El maná de cada día, 15.9.19

septiembre 14, 2019

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario, Ciclo C

.

rembrandt-harmensz-van-rijn-return-of-the-prodigal-son-med

Su padre lo vio y se conmovió



Antífona de entrada: Sir 36, 18

Señor, da la paz a los que esperan en ti y deja bien a tus profetas, escucha la súplica de tu siervo y la de tu pueblo Israel.


Oración colecta

Oh Dios, creador y dueño de todas las cosas, míranos, y para que sintamos el efecto de tu amor, concédenos servirte de todo corazón. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Éxodo 32, 7-11. 13-14

En aquellos días, el Señor dijo a Moisés:
«Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto.

Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un novillo de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: “Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto.”»

Y el Señor añadió a Moisés:
«Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo.»

Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios:
«¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta?

Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo, diciendo: “Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre.”»

Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.


SALMO 50, 3-4. 12-13. 17 y 19

Me pondré en camino adonde está mi padre.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.

Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias.


SEGUNDA LECTURA: 1 Timoteo 1, 12-17

Querido hermano:
Doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio.

Eso que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente.
Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía.

El Señor derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor en Cristo Jesús.
Podéis fiaros y aceptar sin reserva lo que os digo: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero.

Y por eso se compadeció de mí: para que en mí, el primero, mostrara Cristo Jesús toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que creerán en él y tendrán vida eterna.

Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.


Aclamación antes del Evangelio: 2 Co 5, 19

Dios estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, y a nosotros nos ha confiado la palabra de la reconciliación.


EVANGELIO: Lucas 15, 1-32

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos:
«Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»

Jesús les dijo esta parábola:
«Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles:

“¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.” Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles:

“¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido.”
Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.»

También les dijo:
«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.”
El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.

Recapacitando entonces, se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.”

Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.

Su hijo le dijo:
“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.”

Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebramos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”

Y empezaron el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.

Éste le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.”
Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Y él replicó a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.”

El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”»


Antífona de la comunión: Sal 35, 8

¡Qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios! Los humanos se acogen a la sombra de tus alas.

DOMINGO 24º del TIEMPO ORDINARIO

Lectura Orante de la Palabra: Lucas 15, 1-32

Paso 1. Disponerse: Antes de empezar la lectura por en marcha la fe de tu corazón. ¿Te crees que el Señor quiere hablar contigo en las palabras humanas del texto?

Lucas 15, 1-32

Solían acercarse a Jesús todos los publícanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse».

«O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”. Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

También les dijo: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezaron a celebrar el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. El se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. Él le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Paso 2. Leer: Pon mucha atención en lo que dice cada palabra del texto. ¿Te queda claro a quiénes van dirigidas estas palabras? ¿Verdad que cuanto más tuyo es lo que pierdes más alegría te da encontrarlo?

Paso 3. Escuchar: Lo que dice que lees es para tu vida. ¿Ves cómo trata Jesús a los que se pierden por sus propios caminos? Mira a Jesús que sale a buscar a la gente perdida y no espera a que vengan a buscarle a Él.

Paso 4. Orar: Es el Espíritu quien hace que la lectura toque el corazón. Esta lectura es para que disfrute tu corazón durante la oración. Dale gracias al Señor y déjate querer.

Paso 5. Vivir: ¿Crees de verdad que a Jesús le interesan tus pobrezas y debilidades? ¿Hay señales, se nota en tu vida que Jesús te quiere?

UN DIOS QUE PERDONA

P. Luis de Moya/Homilética.org

Es muy oportuno meditar esta página de san Lucas en todo tiempo. Jesús muestra, no sólo a los escribas y fariseos que murmuraban de Él entonces, sino a la humanidad de ahora y de siempre, qué significan los Mandamientos y cómo es el corazón de Dios. De la mano del Santo Padre, Juan Pablo II, meditemos brevemente esta parábola.

Asistidos por el Espíritu Santo, concluiremos con el Papa, que Dios es un Padre amantísimo de sus hijos los hombres y que nuestro único verdadero mal es apartarnos de Él.

“El hombre, todo hombre –afirma Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Reconciliación y Penitencia–, es este hijo pródigo: hechizado por la tentación de separarse del Padre para vivir independientemente la propia existencia; caído en la tentación; desilusionado por el vacío que, como espejismo, lo había fascinado; solo, deshonrado, explotado mientras buscaba construirse un mundo todo para sí; atormentado –incluso–, desde el fondo de la propia miseria, por el deseo de volver a la casa del Padre.

Como el padre de la parábola, Dios anhela el regreso del hijo, lo abraza a su llegada y adereza la mesa para el banquete del nuevo encuentro, con el que se festeja la reconciliación”.

Sin embargo, parece que necesitamos reconvencernos una y otra vez de que nuestro Creador y Señor es verdaderamente bueno y digno de toda confianza. Será preciso comprender que si no lo vemos lleno de bondad es posiblemente porque vivimos apegados a nuestras apetencias, fijos los ojos en esos otros bienes que tenemos o que deseamos, pero que ni son Dios ni a Dios conducen.

Por el contrario, “hechizados” –según dice gráficamente el Santo Padre– por unos deleites pasajeros, nos desviamos del camino que ha dispuesto nuestro Padre Dios para llegar a Él. Por eso, es muy conveniente que nos sintamos protagonistas de la parábola evangélica encarnando la figura del hijo menor.

Es preciso sentirnos aludidos, reconocer que más de una vez nos importó poco el ambiente acogedor de la vida cristiana –que por momentos se nos hacía odioso– y las costumbres de la Iglesia: el hogar en la tierra de nuestro Padre del Cielo.

A veces, en efecto, nos sucede como al hijo menor de la parábola: soñamos con ideales de vida que son ajenos al querer de Quien nos pensó, y nos dio la existencia y todos nuestros talentos. Nos consta su bondad al vernos en el lugar de privilegio que, según su voluntad, ocupamos en este mundo frente al resto de la creación. Estamos convencidos también, como aquel hijo menor, de que nunca nos faltará lo necesario para ser felices si somos fieles, porque vivimos con un Padre muy bueno.

Sin embargo, de cuando en cuando nos ciegan las pasiones y se apodera de nosotros el orgullo: desconfiamos de Dios para hacer nuestro antojo –comodidad, independencia, autonomía, prestigio, fama, riquezas, sensualidad, honores, poder, orgullo, etc.–, que en ese momento preferimos a su voluntad.

Al poco tiempo –muchos años es también poco tiempo en la historia del mundo– vamos a experimentar necesariamente el hastío. Sucede siempre –sólo nos puede saciar Dios–, que cualquier otro ideal logrado, distinto de Él mismo, nos acaba pareciendo pequeño. Y no es raro que la injusticia propia de las obras sin Dios, se vuelva contra el injusto y acabemos pagando en propia carne las consecuencias de nuestros desvaríos.

Así sucede a los egoístas, que son tristes; a los que mienten, que pierden credibilidad; a los orgullosos, que se quedan solos… Como a aquel hijo menor, las consecuencias de los propios pecados nos harán sufrir.

Que la experiencia de la poquedad personal, con la tristeza que le acompaña, nos haga recapacitar, como recapacitó aquel hijo, y que volvamos arrepentidos cada vez que sea preciso al sacramento de la Penitencia. Nuestro Padre Dios nos espera siempre y nuestra Madre se alegra lo indecible con nuestro regreso.


El Papa destaca el Padre Nuestro como instrumento de liberación frente al diablo

mayo 15, 2019

.

El Papa destaca el Padre Nuestro como instrumento de liberación frente al diablo

.

.

El Papa destaca el Padre Nuestro como instrumento de liberación frente al diablo

.

El Papa Francisco finalizó este miércoles 15 de mayo sus catequesis sobre el Padre Nuestro reflexionando, durante la Audiencia General que presidió en la Plaza de San Pedro del Vaticano, sobre la última petición: “Líbranos del mal”.

“Con esta expresión, el que reza no sólo pide no ser abandonado en el momento de la tentación, sino que también suplica ser liberado del mal”, explicó.

En este sentido, recordó que “el verbo griego original es mucho más fuerte: evoca la presencia del maligno que intenta atraparnos y mordernos y del cual se pide a Dios que nos libere”.

El Pontífice insistió en que el demonio no es un mito. “No pensemos que sea un mito, tal engaño nos lleva a bajar la guardia y así, mientras reducimos las defensas, él aprovecha para destruir nuestra vida”.

Por el contrario, “mantengamos la lámpara encendida y usemos las poderosas armas que el Señor nos da: la fe que se expresa en la oración, la meditación de la Palabra de Dios, la Reconciliación sacramental y las obras de caridad”.

Señaló también que “con esta doble súplica, ‘no nos abandones’ y ‘libéranos’, emerge una característica esencial de la oración cristiana. Jesús enseña a sus amigos a poner la invocación del Padre delante de todo, también, y especialmente, en los momentos en los cuales el maligno hace sentir su presencia amenazadora”.

El Papa subrayó que esta última petición pone de relieve que el Padre Nuestro “es una oración filial y no una oración infantil”.

Por otro lado, afirmó que “hay un mal en nuestra vida que mantiene una presencia incontestable”. Señaló que no hay más que consultar los libros de historia y ver “el desolador catálogo de cómo nuestra existencia en este mundo ha sido una aventura con frecuencia fallida”.

“Hay un mal misterioso, que seguramente no es obra de Dios, pero que penetra silencioso entre las heridas de la historia”. “En ciertos días su presencia parece incluso más nítida que la misericordia de Dios”.

Reconoció que “el orante no es ciego y ve claramente delante de sus ojos este mal así de desagradable, y así de contradictorio con el misterio mismo de Dios. Lo ve en la naturaleza, en la historia, incluso en su mismo corazón. Porque no hay nadie en medio de nosotros que pueda decir que está libre del mal, o que, al menos, no ha sido nunca tentado”.

“El último grito del ‘Padre Nuestro’ se lanza contra ese mal de gran amplitud que tiene bajo su paraguas las experiencias más diversas: el luto del hombre, el dolor del inocente, la esclavitud, la instrumentalización del otro, el llanto de los niños”.

Todos estos sucesos “protestan en el corazón del hombre y se transforman en voz en esta última palabra de la oración de Jesús”.

En la Cruz “Jesús experimenta por completo el daño del mal. No sólo la muerte, sino la muerte de Cruz. No sólo la soledad, sino también el desprecio. No sólo la desolación, sino también la crueldad”.

“Eso es el hombre: un ser lanzado a la vida que sueña el amor y el bien, pero que luego se expone continuamente al mal, a él mismo y a sus semejantes”, lamentó.

A pesar de ello, finalizó el Papa su catequesis, “la oración de Jesús nos deja la más preciosa herencia: la presencia del Hijo de Dios que nos ha librado del mal”.

https://www.aciprensa.com/noticias/el-papa-destaca-el-padre-nuestro-como-instrumento-de-liberacion-frente-al-diablo-56677


Maná y Vivencias Cuaresmales (29), 3.4.19

abril 3, 2019

Miércoles de la 4ª semana de Cuaresma

 

amapolas

Cerca está el Señor de los que lo invocan sinceramente



Antífona de entrada: Salmo 68, 14

Ahora, Señor, que estás dispuesto a escucharme, elevo a ti mi súplica: Respóndeme, Dios mío, según tu gran amor y tu fidelidad a las promesas.


Oración colecta

Señor, Dios nuestro, que concedes a los justos el premio de sus méritos y a los pecadores que hacen penitencia les perdonas sus pecados, ten piedad de nosotros y danos, por la humilde confesión de nuestras culpas, tu paz y tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Isaías 49, 8-15

Así dice el Señor: «En tiempo de gracia te he respondido, en día propicio te he auxiliado; te he defendido y constituido alianza del pueblo, para restaurar el país, para repartir heredades desoladas, para decir a los cautivos: “Salid”, a los que están en tinieblas: “Venid a la luz.”

Aun por los caminos pastarán, tendrán praderas en todas las dunas; no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el bochorno ni el sol; porque los conduce el compasivo y los guía a manantiales de agua. Convertiré mis montes en caminos, y mis senderos se nivelarán. Miradlos venir de lejos; miradlos, del norte y del poniente, y los otros del país de Sin.

Exulta, cielo; alégrate, tierra; romped a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de los desamparados. Sión decía: “Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado.”

¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré.»


SALMO 144, 8-9.13cd-14.17-18

El Señor es clemente y misericordioso

El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas.

El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan.

El Señor es Justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente.

Aclamación antes del Evangelio: Juan 11, 25-26

Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá.


EVANGELIO: Juan 5, 17-30

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo.»

Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo: porque no sólo abolía el sábado, sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios.

Jesús tomó la palabra y les dijo: «Os lo aseguro: El Hijo no puede hacer por su cuenta nada que no vea hacer al Padre. Lo que hace éste, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará obras mayores que ésta, para vuestro asombro.

Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.

Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo el juicio de todos, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo envió.

Os lo aseguro: Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no se le llamará a juicio, porque ha pasado ya de la muerte a la vida.

Os aseguro que llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán. Porque, igual que el Padre dispone de la vida, así ha dado también al Hijo el disponer de la vida. Y le ha dado potestad de juzgar, porque es el Hijo del hombre.

No os sorprenda, porque viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de juicio.

Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.»

Antífona de comunión: Juan 3, 17

Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.


.

VIVENCIAS CUARESMALES

Mi Padre sigue actuando y yo también actúo

.
.
29. MIÉRCOLES

CUARTA SEMANA DE CUARESMA

.
Por si había alguna duda, el Señor viene en ayuda de nuestra fe porque a veces dudamos de su ternura y de los efectos de su salvación. El Señor pregunta: ¿Puede una madre olvidarse del niño que está criando, o dejar de querer al hijo de sus entrañas?

¿Cabe mayor condescendencia, mayor compasión, paciencia y magnanimidad del Creador para con su criatura? Oremos: Haz, Señor, que crea de todo corazón y perdona mi incredulidad.

Te cantaré, Señor, y no me cansaré de repetir para mí mismo y para los demás: “El Señor es clemente y misericordioso” (Salmo 144, 8-9-13-14-11-18). En la antífona de comunión, Juan 3, 17: Tanto nos ama el Padre que ha enviado a su Hijo al mundo para salvarlo, para que nadie dude más, no para condenar, sino para salvar.

Si crees en Cristo ya eres salvo, si no crees, nadie te condena, ni el Padre, ni el Hijo, sino tú mismo, porque te sales, te apartas de la familia divina a la que fuiste invitado. El Padre y el Hijo mutuamente se dan crédito, se dan confianza y amor en un mismo Espíritu Santo, y los tres quieren tu salvación.

¿Cabe mayor consideración y ternura hacia ti? ¿Podrá olvidarse una madre de la criatura de sus entrañas?

Tú eres criatura de Dios. Eternamente él ha pensado en ti. Dios ha pronunciado tu nombre, eres único para él: desde toda la eternidad. No te cabe en la cabeza pero él te lo asegura una y mil veces para que te lo creas, porque Dios sabe que eres de barro, voluble y olvidadizo.

Dios pide tu fe: es decir, que te comprendas a ti mismo desde la fe, desde el designio y proyecto que Dios tiene sobre tu vida, desde siempre. Él pensó en ti, estás proyectado por él y para él. ¡Nos hiciste, Señor, para ti!, exclamará san Agustín.

Por eso, cuando te olvidas de tus orígenes, pecas. Lo mismo le sucedía al pueblo de Israel, al salir de Egipto cuando caminaba por el desierto: en vez de mirar adelante, hacia la tierra prometida, miraba hacia atrás, añorando la casa de la esclavitud, y pecaban. No te dejes arrebatar la “memoria de Dios”, la impronta original e imborrable que Dios depositó en ti por la creación y por la recreación en Cristo Jesús (“memoria Dei”).

Seguramente alguna vez habrás considerado tu condición de hijo de Dios Padre y habrás meditado en su proyecto sobre ti. Ahora puedes recordarlo, durante la Cuaresma. Encuentras su plan sobre ti, resumido en Efesios 1, 13-14.

Nos llamó a ser sus hijos en su Único Hijo. El Padre ha acreditado a Jesucristo como su Palabra, no tiene otra: quien escuche a Jesús y lo siga, se salvará. Quien lo rechace, se condenará, se autoexcluirá.

Tratemos de descubrir este plan maravilloso de Dios Padre sobre nosotros, en el pasado de Israel, en el presente y en el futuro: él nos sacará de todas las esclavitudes, él nos hará volver de todos los destierros.

Por eso, “exulta, cielo; alégrate, tierra; romped a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo, se compadece de los desamparados. Sión decía: ‘Me ha abandonado el Señor, mi dueño se ha olvidado’.

¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré, dice el Señor todopoderoso” (Is 49, 13-15).

Jesús ha realizado la salvación prometida por el Padre. Lo estamos viendo estos días en el evangelio de Juan: la curación del ciego de nacimiento, el domingo, ciclo A; el envío del Hijo al mundo para salvarlo, no para condenarlo, domingo, ciclo B; la curación del hijo del funcionario de Cafarnaún, el lunes; y la del paralítico de la piscina de Betsaida, el martes, ayer.

En el Evangelio de hoy, Jesús nos revela su comunión con el Padre. Nos introduce en la vida trinitaria. ¡Gran confidencia! “Mi Padre sigue actuando y yo también actúo. Os lo aseguro: el Hijo no puede hacer por su cuenta nada que no vea hacer al Padre. Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Jn 5, 17-30).

.

Del comentario de san Juan Fisher, obispo y mártir,
sobre los salmos

Si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre

Cristo Jesús es nuestro sumo sacerdote, y su precioso cuerpo, que inmoló en el ara de la cruz por la salvación de todos los hombres, es nuestro sacrificio. La sangre que se derramó para nuestra redención no fue la de los becerros y los machos cabríos (como en la ley antigua), sino la del inocentísimo Cordero, Cristo Jesús, nuestro salvador.

El templo en el que nuestro sumo sacerdote ofrecía el sacrificio no era hecho por manos de hombres, sino que había sido levantado por el solo poder de Dios; pues Cristo derramó su sangre a la vista del mundo: un templo ciertamente edificado por la sola mano de Dios. Y ese templo tiene dos partes: una es la tierra, que ahora nosotros habitamos; la otra nos es aún desconocida a nosotros, mortales.

Así, primero, ofreció su sacrificio aquí en la tierra, cuando sufrió la más acerba muerte. Luego, cuando revestido de la nueva vestidura de la inmortalidad entró por su propia sangre en el santuario, o sea, en el cielo, presentó ante el trono del Padre celestial aquella sangre de inmenso valor, que había derramado una vez para siempre en favor de todos los hombres, pecadores.

Este sacrificio resultó tan grato y aceptable a Dios, que así que lo hubo visto, compadecido inmediatamente de nosotros, no pudo menos que otorgar su perdón a todos los verdaderos penitentes.

Es además un sacrificio perenne, de forma que no sólo cada año (como entre los judíos se hacía), sino también cada día, y hasta cada hora y cada instante, sigue ofreciéndose para nuestro consuelo, para que no dejemos de tener la ayuda más imprescindible. Por lo que el Apóstol añade: Consiguiendo la liberación eterna.

De este santo y definitivo sacrificio se hacen partícipes todos aquellos que llegaron a tener verdadera contrición y aceptaron la penitencia por sus crímenes, aquellos que con firmeza decidieron no repetir en adelante sus maldades, sino que perseveran con constancia en el inicial propósito de las virtudes.

Sobre lo cual, san Juan se expresa en estos términos: Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero (Salmo 129: opera omnia, edición, p. 1610).


Maná y Vivencias Cuaresmales (18), 23.3.19

marzo 23, 2019

Sábado de la 2ª semana de Cuaresma

.

aqui-estoy-sec3b1or-para-hacer-tu-voluntad1

El Señor es compasivo y misericordioso



Antífona de entrada: Salmo 144, 8-9

El Señor es compasivo y misericordioso, lleno de paciencia y amor; el Señor es bueno con todos y su bondad se extiende a todas sus creaturas.


Oración colecta

Señor, Dios nuestro, que por medio de los sacramentos permites participar de los bienes de tu reino ya en nuestra vida mortal, dirígenos tú mismo en el camino de la vida, para que lleguemos a alcanzar la luz en la que habitas con tus santos. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Miqueas: 7, 14-15.18-20

Señor, pastorea a tu pueblo con el cayado, a las ovejas de tu heredad, a las que habitan apartadas en la maleza, en medio del Carmelo. Pastarán en Basán y Galaad, como en tiempos antiguos; como cuando saliste de Egipto y te mostraba mis prodigios. ¿Qué Dios como tú, que perdonas el pecado y absuelves la culpa al resto de tu heredad?

No mantendrá por siempre la ira, pues se complace en la misericordia. Volverá a compadecerse y extinguirá nuestras culpas, arrojará a lo hondo del mar todos nuestros delitos. Serás fiel a Jacob, piadoso con Abrahán, como juraste a nuestros padres en tiempos remotos.


SALMO 102, 1-2.3-4.9-10.11-12

El Señor es compasivo y misericordioso

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; el rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.

No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas.

Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos.


Aclamación antes del Evangelio: Lucas 15, 18

Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”.


EVANGELIO: Lucas 15, 1-3.11-32

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»

Jesús les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.” El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de saciarse de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.

Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.”

Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.”

Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.” Y empezaron el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.”

Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.”

El padre le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”»

Antífona de comunión: Lucas 15, 32

Alégrate, hijo mío, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado.


.

VIVENCIAS CUARESMALES

Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.



18. SÁBADO

SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

.

TEMA.- El hijo pródigo, paradigma de la confesión sacramental.

En la antífona de entrada una vez más se resalta la bondad de Dios. El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas” (Salmo 144, 8-9).

Una y otra vez, consideramos a Dios en lo específico suyo: la misericordia. ¿Cuándo nos convenceremos de ello? Él es Dios, no hombre. Nuestros parámetros no son apropiados para captar a Dios en su originalidad. En efecto, ninguno de los dos hijos llegó a conocer a su padre, aunque vivían en su casa día y noche.

El mayor era egoísta y había reducido su relación filial a un cumplimiento legalista y frío; él obedecía para que le premiaran. El menor era también egoísta y se entusiasmó con la idea de hacer su voluntad, de liberarse del padre, del “viejo”. La relación con él era rutinaria y le aburría esa vida. Quería romper la dependencia y emanciparse.

Los dos hijos vivían afectivamente lejos de su padre aunque convivieran con él, no lo conocían bien, no lo apreciaban, no lo amaban. Eran ingratos, desagradecidos y hasta injustos con un padre cuyo delito fue el haberles dado lo mejor que podía darles, y buscar lo mejor para ellos.

Si muchos se identifican con el hijo pródigo, no son menos los que podemos identificarnos con el hijo mayor. Él no amaba a su padre, y se constata que tampoco amaba a su hermano. No ama a su hermano y, por tanto, no lo puede excusar y menos aún perdonar.

Teme que, si lo perdona, su hermano seguirá en lo mismo, que no le va a doler lo que ha hecho. Piensa que si no se le aplica un correctivo a su hermano, éste no escarmentará y en el futuro será capaz de abusar de la bondad del padre y perjuficará a toda la familia; por eso critica la actitud indulgente del padre como excesivamente generosa hasta rayar en ingenua: le parece tonta, incomprensible y hasta injusta.

Nosotros, por lo general, igual que el hijo mayor, creemos que a la gente hay que cambiarla a como dé lugar; y eso se consigue cuadrando a la gente, ajustando cuentas, reprochando, humillando si es necesario, castigando, vengándose, y obligando a los demás a pagar en justicia todo lo adeudado. En fin, haciendo que el pecador pruebe lo amargo de las consecuencias de su falta.

Nos da miedo dejar libre al otro, decirle que no importa lo que ha hecho, que le comprendemos, que no ha pasado nada, que lo seguimos amando igual o más que antes, que le seguimos esperando y que confiamos en él, que le damos una nueva oportunidad, que sufrimos con él lo mal que se siente por lo que ha hecho, que quizás es él precisamente el que más lamenta lo sucedido y sufre por el pecado cometido, que él es más grande que su propio pecado, que no puede identificarse para siempre con lo que ha hecho.

Todo eso nos cuesta practicarlo porque no nos fiamos del hermano y no creemos en la capacidad regenerativa del hombre. Es posible que tampoco estemos dispuestos a que nos hagan otra jugarreta. No queremos pasar más aprietos.

En fin, nos cuesta aceptar a los hermanos en su proceso de crecimiento en libertad, en la “libertad de hijo” que nos ha dado el Padre, nuestro Padre, como un derecho a todos sus hijos sin excepción. Querríamos a nuestros prójimos más perfectos, más disciplinados, más agradecidos, pero es a Dios a quien deben dar cuentas, no a nosotros.

Eso es lo que nos cuesta: aceptar que Dios es el soberano y dueño de todo y de todos, y no nosotros. Querríamos poner nosotros la medida y las reglas de juego; pero eso, felizmente para todos, pertenece a Dios. Tanto nos atrae esa pretensión, que nos atrevemos a juzgar a Dios como el hijo mayor tachándole de ingenuo y aun de injusto.

Sin embargo, el Padre, el único bueno, a los operarios que le reclamaban, les dijo: ¿Por qué veis con malos ojos que yo sea bueno? ¿Quiénes sois vosotros para imponerme determinados comportamientos y para decirme lo que debo hacer y cómo tengo que amar y hacer justicia?

Porque es Dios, puede confiar sin medida en nosotros. Él es el Amor que todo lo espera, todo lo cree, todo lo soporta. Nosotros somos limitados: nosotros estamos invitados a imitar a nuestro Padre en esa característica tan propia y exclusiva de Dios. Es mucho lo que se nos pide: es algo imposible para el hombre, pero posible para Dios.

Deberíamos alegrarnos de que Dios sea tan bueno; y porque mucho se nos perdona, mucho queremos alabarlo. Dios cree que el amor y el perdón es el mejor antídoto al abuso y a la ingratitud del hombre pecador. Sólo el amor le hace salir de sí mismo y le cambia. Pues “amor saca amor”, sobre todo considerando el ejemplo de Cristo interpretado e interiorizado en nosotros por la acción del Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones como prenda de vida eterna.

Esa vida eterna que consiste en conocer el amor del Padre y del Hijo; en disponerse a vivir en correspondencia a su Amor ingresando a la misma familia divina.

Con el salmista agradecemos el infinito amor y perdón de Dios. Que nuestra alabanza llene la tierra, que llene la Iglesia, como llenó el perfume de la Magdalena toda la casa: ella pudo amar mucho, porque mucho se le perdonó; y también, mucho se le pudo perdonar porque mucho amó. A quien poco se le perdona, poco ama. Quien no permite que se le perdone mucho, poco puede amar.

.

ORACIÓN COLECTA

Señor, Dios nuestro, que, por medio de los sacramentos, nos permites participar de los bienes de tu reino ya en nuestra vida mortal; dirígenos tú mismo en el camino de la vida, para que lleguemos a alcanzar la luz en la que habitas con tus santos.

ORACIÓN DE LA COMUNIÓN

Señor, que la gracia de tus sacramentos llegue a lo más hondo de nuestro corazón y nos comunique su fuerza divina.

.

PREFACIO DE LA PLEGARIA EUCARÍSTICA SOBRE LA RECONCILIACIÓN I. La reconciliación como retorno al Padre.

En verdad es justo y necesario darte gracias, Señor Padre santo, porque no dejas de llamarnos a una vida plenamente feliz.

Tú, Dios de bondad y misericordia, ofreces siempre tu perdón e invitas a los pecadores a recurrir confiadamente a tu clemencia. Muchas veces los hombres hemos quebrantado tu alianza; pero tú, en vez de abandonarnos, has sellado de nuevo con la familia humana, por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, un pacto tan sólido, que ya nada lo podrá romper.

Y ahora, mientras ofreces a tu pueblo un tiempo de gracia y reconciliación, lo alientas en Cristo para que vuelva a ti, obedeciendo más plenamente al Espíritu Santo, y se entregue al servicio de todos los hombres.

Por eso, llenos de admiración y agradecimiento, unimos nuestras voces a las de los coros celestiales para cantar la grandeza de tu amor y proclamar la alegría de nuestra salvación.

Santo, Santo, Santo es el Señor…

.

HIMNO

Éste es el día en que actuó el Señor. Éste es el tiempo de la misericordia. ¡Exulten mis entrañas! ¡Alégrese mi pueblo! Porque el Señor que es justo revoca sus decretos: La salvación se anuncia donde acechó el infierno, porque el Señor habita en medio de su pueblo.

.


San José, esposo de la Virgen María

marzo 19, 2019

Solemnidad de San José

Esposo de la Virgen María, Protector y custodio fiel

.

Su linaje será perpetuo

Su linaje será perpetuo

.



¡Felicidades a los padres de familia, maestros y carpinteros; a los que llevan el nombre de José o Josefa, Josefina; a las personas consagradas que lo tienen como modelo de vida contemplativa; a las instituciones que lo veneran como titular y patrón!

San José bendito, ruega por nosotros. Amén.

.


Antífona de entrada: Lucas 12, 42

Éste es el criado fiel y solícito a quien el Señor ha puesto al frente de su familia.


Oración colecta:

Dios todopoderoso, que confiaste los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de san José; haz que, por su intercesión, la Iglesia los conserve fielmente y los lleve a plenitud en su misión salvadora. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 2 Samuel 7, 4-5a.12-14a.16

En aquellos días, recibió Natán la siguiente palabra del Señor: «Ve y dile a mi siervo David:

“Esto dice el Señor: Cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. Él construirá una casa para mi nombre, y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre.

Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre.”»


SALMO 88, 2-3.4-5.27.29

Su linaje será perpetuo.

Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad.»

Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo: «Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades.»

Él me invocará: «Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora.» Le mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable.

SEGUNDA LECTURA: Romanos 4, 13.16-18

No fue la observancia de la Ley, sino la justificación obtenida por la fe, la que obtuvo para Abrahán y su descendencia la promesa de heredar el mundo. Por eso, como todo depende de la fe, todo es gracia; así, la promesa está asegurada para toda la descendencia, no solamente para la descendencia legal, sino también para la que nace de la fe de Abrahán, que es padre de todos nosotros.

Así, dice la Escritura: «Te hago padre de muchos pueblos.» Al encontrarse con el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe, Abrahán creyó. Apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia.»

Por lo cual le valió la justificación.


Aclamación antes del Evangelio: Salmo 83, 5

Dichosos los que viven en tu casa, Señor, alabándote siempre.

EVANGELIO: Mateo 1, 16.18-21.24a

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto.

Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:

«José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»

Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.

Antífona de comunión: Mateo 25, 21

Siervo fiel y cumplidor, pasa al banquete de tu Señor.



.

FIEL CUIDADOR Y GUARDIÁN

De los sermones de san Bernardino de Siena, presbítero

La norma general que regula la concesión de gracias singulares a una criatura racional determinada es la de que, cuando la gracia divina elige a alguien para un oficio singular o para ponerle en un estado preferente, le concede ¬todos aquellos carismas que son necesarios para el ministerio que dicha persona ha de desempeñar.

Esta norma se ha verificado de un modo excelente en san José, que hizo las veces de padre de nuestro Señor Jesucristo y que fue verdadero esposo de la Reina del universo y Señora de los ángeles.

José fue elegido por el eterno Padre como protector y custodio fiel de sus principales tesoros, esto es, de su Hijo y de su Esposa, y cumplió su oficio con insobornable fidelidad. Por eso le dice el Señor: Eres un empleado fiel y cumplidor; pasa al banquete de tu Señor.

Si relacionamos a José con la Iglesia universal de Cristo, ¿¬no es este el hombre privilegiado y providencial, por medio del cual la entrada de Cristo en el mundo se desarrolló de una manera ordenada y sin escándalos?

Si es verdad que la Iglesia entera es deudora a la Virgen Madre por cuyo medio recibió a Cristo, después de María es san José a quien debe un agradecimiento y una veneración singular.

José viene a ser el broche del antiguo Testamento, broche en el que fructifica la promesa hecha a los patriarcas y los profetas. Sólo él poseyó de una manera corporal lo que para ellos había sido mera promesa.

No cabe duda de que Cristo no sólo no se ha desdicho de la familiaridad y respeto que tuvo con él durante su vida mortal como si fuera su padre, sino que la habrá completado y perfeccionado en el cielo.

Por eso, también con razón, se dice más adelante: Pasa al banquete de tu Señor.

Aun cuando el gozo santificado por este banquete es el que entra en el corazón del hombre, el Señor prefirió decir: Pasa al banquete, a fin de insinuar místicamente que dicho gozo no es puramente interior, sino que circunda y absorbe por doquier al bienaventurado, como sumergiéndole en el abismo infinito de Dios.

Acuérdate de nosotros, bienaventurado José, e intercede con tu oración ante aquel que pasaba por hijo tuyo; intercede también por nosotros ante la Virgen, tu esposa, madre de aquel que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.


.

DOLORES Y GOZOS DE SAN JOSÉ

San José y la Virgen embarazada subiendo a Belén

San José y la Virgen embarazada subiendo a Belén

La piedad tradicional ha tributado a san José una especial devoción. Él ha sido considerado un ejemplo extraordinario de fe y santidad para todas las generaciones.

Podemos fácilmente intuir en la rica y excepcional personalidad redimida de san José la experiencia cuaresmal y la pascual; de dolor y gozo.

El ejercicio piadoso conocido como “Los Dolores y Gozos de san José” nos pueden ayudar a percibir la hondura de su experiencia de fe en dos dimensiones fundamentales: la del dolor y la prueba, Cuaresma, y la del gozo y la gloria, Pascua.

PRIMER DOLOR Y GOZO

¡Glorioso san José! Comprendemos tu angustia al no entender el misterio de la Encarnación. Pero el Señor quitó tu pena cuando te lo reveló claramente a través del ángel que se le apareció en sueños.

Por este dolor y este gozo concédenos la discreción, el silencio y la caridad sincera, en todo momento.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.


SEGUNDO DOLOR Y GOZO

El nacimiento del Hijo de Dios en un pesebre llenó de lágrimas los ojos de san José. Pero el cántico de los ángeles colmó de alegría su corazón.

Por este dolor y este gozo concédenos una vida austera y sencilla en la presencia de Dios.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

TERCER DOLOR Y GOZO

En la circuncisión vio san José deslizarse gotas de sangre por el cuerpo del Hijo de Dios. Pero la imposición del nombre de Jesús, que significa Salvador, inundó de gozo su corazón.

Por este dolor y este gozo haz, bendito san José, que en nuestra vida se haga fecunda la sangre del Redentor.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

CUARTO DOLOR Y GOZO

El anciano Simeón anuncia la muerte pero también el triunfo de Jesús sobre todo mal trayendo la luz y la paz a todas las naciones.

Concédenos, glorioso san José, que no defraudemos las esperanzas que Dios tiene puestas en cada uno de nosotros, de acuerdo con nuestra vocación.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

QUINTO DOLOR Y GOZO

La Sagrada Familia, camino de Egipto, formaba parte de los desplazados de su patria. En un país desconocido José, junto con María y el Niño, vivió la soledad y la pobreza. Pero también sintió la alegría de la paz y de la seguridad de su propia familia.

Por este dolor y este gozo te pedimos nos concedas caminar por la vida con paso seguro hacia la eternidad.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

SEXTO DOLOR Y GOZO

Arquelao, aquel mal rey judío, entristeció las noches de san José. Pero un ángel le indica la tranquila casa de Nazaret como lugar seguro para habitar en paz.

Glorioso san José, santifica nuestra comunidad y haz que nuestros hogares se parezcan a la familia de Nazaret.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.


SÉPTIMO DOLOR Y GOZO

San José y su santa esposa María, con el corazón angustiado, buscan a su hijo, el pequeño Niño Dios. Pero su encuentro les mereció una inmensa satisfacción y consuelo.

En cada instante y sobre todo en el momento de nuestra muerte, danos, santo José, la presencia amorosa de Jesús que nos introduzca en la vida eterna del cielo.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.


V. Lo nombró administrador de su casa.

R. Y señor de todas sus posesiones.



OREMOS

Dios todopoderoso, que confiaste los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de san José, haz que, por su intercesión, la Iglesia los conserve fielmente y los lleve a plenitud en su misión salvadora. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

.


Maná y Vivencias Cuaresmales (9), 14.3.19

marzo 14, 2019

Jueves de la 1ª semana de Cuaresma

.

Parent-and-Child-holding-Hands-e1304316147250

Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos…



Antífona de entrada: Salmo 5, 2-3

Señor, oye mis palabras, escucha mi lamento, haz caso de mi voz suplicante, Rey mío y Dios mío.


Oración colecta

Concédenos, Señor, la gracia de conocer y practicar siempre el bien, y, pues sin ti no podemos ni siquiera existir, haz que vivamos siempre según tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Ester 14, 1.3-5.12-14

En aquellos días, la reina Ester, temiendo el peligro inminente, acudió al Señor y rezó así al Señor, Dios de Israel:

«Señor mío, único rey nuestro. Protégeme, que estoy sola y no tengo otro defensor fuera de ti, pues yo misma me he expuesto al peligro. Desde mi infancia oí, en el seno de mi familia, cómo tú, Señor, escogiste a Israel entre las naciones, a nuestros padres entre todos sus antepasados, para ser tu heredad perpetua; y les cumpliste lo que habías prometido.

Atiende, Señor, muéstrate a nosotros en la tribulación y dame valor, Señor, rey de los dioses y señor de poderosos. Pon en mi boca un discurso acertado cuando tenga que hablar al león; haz que cambie y aborrezca a nuestro enemigo, para que perezca con todos sus cómplices.

A nosotros, líbranos con tu mano; y a mí, que no tengo otro auxilio fuera de ti, protégeme tú, Señor, que lo sabes todo.»


SALMO 137, 1-2a.2bc.3.7c-8

Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor.

Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti, me postraré hacia tu santuario.

Daré gracias a tu nombre, por tu misericordia y tu lealtad; cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma.

Tu derecha me salva. El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.


Aclamación antes del Evangelio: Juan 3, 16

Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.


EVANGELIO: Mateo 7, 7-12

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le va a dar una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente?

Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden! En resumen: Tratad a los demás como queréis que ellos os traten; en esto consiste la Ley y los profetas.»


Antífona de comunión: Mateo 7, 8

Todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que toca, se le abrirá.


.

VIVENCIAS CUARESMALES

Misterio, vida y comunión en la Santísima Trinidad

.

9. JUEVES

PRIMERA SEMANA DE CUARESMA

.

.

TEXTO ILUMINADOR: ¡Cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas –Mateo-, dará el Espíritu Santo –Lucas- a los que le pidan!

TEMA: La voluntad de Dios es que el hombre tenga vida en abundancia.

La oración colecta de este día recoge magistralmente los sentimientos que culminaban la jornada de ayer: “Concédenos, Señor, la gracia de conocer y practicar siempre el bien, y, pues sin ti no podemos ni siquiera existir, haz que vivamos siempre según tu voluntad”.

Como si dijéramos: “Ya que nos das, Señor, el don primero, el de la vida, danos todo lo demás; ayúdanos a no apartarnos en lo más mínimo de lo que tú ya has dispuesto para nosotros con sabiduría y bondad eternas”. Amén.

Que ésta sea tu oración frecuente, estimado hermano, apreciada hermana, en este día hasta que embargue tu espíritu, lo pacifique y lo dilate en un gozoso descanso en el Señor. Repítela una y otra vez, si tienes posibilidades. El Espíritu irá haciendo su obra, sea que veles y te esfuerces, sea que descanses o bajes la guardia.

Dios es siempre el mismo: dador de vida por excelencia, por antonomasia. “El Dador de vida en persona”. La semilla de Dios crece por sí sola en tu corazón benevolente, acogedor, agradecido.

Sabemos que Dios desea lo mejor para nosotros; no podemos suponer maldad en él, aunque frecuentemente sentimos dificultades para ver sus planes de paz y bendición. El mal, el dolor, el pecado, las limitaciones nos escandalizan y perturban.

Por eso, Dios sale a nuestro encuentro por la palabra y la vida de su Hijo. “¿Quién de ustedes da una serpiente a su hijo en vez de un pez? Si ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre, el único bueno, dará el Espíritu a los que se lo pidieren!” (Mt. 7, 7-12).

“¿Quién de ustedes es capaz de darle una piedra a su hijo si le pide pan, o una culebra si le pide pescado? Si ustedes, que son malos, son capaces de dar cosas buenas a sus hijos ¡con mayor razón el Padre que está en los cielos dará cosas buenas al que se las pida!”.

.

ORACIÓN TRINITARIA, SUGERIDA

Gracias, Señor Jesús, porque eres mi hermano mayor. Te confieso como mi Señor y Salvador. Gracias por tu condescendencia con nuestra flaqueza y por tu paciencia para repetirnos una y otra vez que el Padre también nos ama.

Perdona nuestra debilidad en creer; en fiarnos de la acción del Espíritu en nosotros que trata de convencernos del infinito amor del Padre. Ten paciencia con nosotros, Señor Jesús, e infúndenos tu santo Espíritu que ilumine nuestra mente y mueva nuestro corazón.

Señor Jesús, queremos escuchar tu voz que nos dice: ¿Tanto tiempo con ustedes y aún no han descubierto a mi Padre? ¿Aún no me conocen, no se dan cuenta de que el Padre es todo para mí? Él es mi fundamento, mi razón de ser, no hago sino lo que el Padre me encomienda. ¿Aún no me conocen en profundidad? ¿De dónde sacaría yo fuerzas y capacidad para devolver bien por mal, sino de él?

A él le confío constantemente todos mis asuntos; por eso, si me vieran en profundidad, verían claramente a mi Padre, porque él está en mis orígenes y en el transfondo de todo mi ser, de mi hablar y de mi actuar.

Quien me ve a mí, Felipe, ve al Padre. No soy yo quien predica, quien sana, quien perdona… es el Padre que está cumpliendo por mí y en mí y juntamente conmigo todo lo que había prometido a los patriarcas y profetas. Porque él es el único bueno. Él es mayor que yo…

Yo soy el amén del Padre: para su gloria y contento, y también para vuestra salvación; así mi alegría será cumplida, llegará a plenitud, en vosotros, a cuenta vuestra, por vuestra libertad y salvación. Con ustedes no tengo secretos; pues sois mis amigos, el pequeño rebaño que el Padre me confió y me encomendó.

Gracias, Señor Jesús, porque nos aseguras que cuanto ha hecho el Padre en ti y a través de ti durante tu vida mortal, lo quiere hacer en nosotros y por nosotros.

El Espíritu que vino sobre ti en el Jordán es el mismo Espíritu que el Padre ha derramado sobre nosotros en el bautismo; lo derramó sobre tus discípulos al glorificarte en la cruz, haciéndote perfecto a fuerza de sufrimientos y sumisión.

Desde la cruz abriste el santuario de tu costado y comenzó a fluir el río de agua viva que saciará la sed de todos los hombres.

Gracias, Padre bueno, porque apoyado en la palabra y las obras de tu bendito Hijo, puedo creer que tú quieres lo mejor para mí, quieres que tenga vida en abundancia y en plenitud; es lo que más te gusta, lo que te pareció mejor. Por eso enviaste a tu único Hijo y lo hiciste pecado por mí.

Si nos has dado al Hijo, ¿qué podrías reservarte ya? Por eso creo que tú me das con Cristo todas las cosas, es decir, el Espíritu de tu propio Hijo, el que reproduce en mí la imagen del Hijo y la conciencia de filiación, la de ser hijo tuyo; hijo adoptivo, sí; pero verdadero hijo en el Hijo primogénito.

Padre santo, el único generoso, fuente de toda vida, dame el Espíritu Santo y eso me bastará…

Glorifícate en mi vida, Padre de bondad, como te complazca, haz de mí lo que quieras; pues de ti nada malo me puede venir; no quiero ponerte ningún obstáculo, ningún reparo; quiero ser como tu Hijo; dispón de mí como quieras, restaura, poda, sana… enviándome el Santo Espíritu.

Ven, Espíritu Santo, padre amoroso del pobre; ven, dulce huésped del alma, y haz de mí lo que quieras. Sea lo que sea, te doy las gracias. Quiero que te derrames en todo mi ser para que pueda tener los sentimientos del Hijo, la mente de Cristo, la humildad de Jesús y su fidelidad hasta la muerte y muerte de cruz.

Toma en serio mi palabra, Padre de bondad; pues yo también quiero tomar en serio tu palabra y tu promesa que nos ha comunicado con verdad y autoridad tu propio Hijo hecho hombre.

Querría tener más fe, querría estar más convencido de todo esto que estoy expresando, y sentirlo más profundamente, pero tú me comprendes, pues sabes que soy de barro: ayúdame, y dame esa palabra gemida y sincera que el Espíritu suscita en mi corazón, el Espíritu que nos hace hijos en tu bendito Hijo Jesús. Amén.

“Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le suplican!”.

ACLAMACIÓN AL EVANGELIO:

“Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él tenga vida eterna”.

.

Estimado lector, te ofrezco una versión del Padrenuestro que puede iluminar tu vivencia cuaresmal en este día. Se nos exhorta a que pidamos.

Pues oremos al Señor hasta que sintamos la fuerza y la suavidad del Espíritu que hace nuevas todas las cosas, comenzando por nuestro propio corazón.

El Espíritu que nos une al Padre y al Hijo, y que es el corazón de la Iglesia, que construye la comunidad de los hijos de Dios. Supliquemos se nos conceda el sentir con la Iglesia de Cristo.

.

Padre nuestro, Padre de todos,
líbranos del orgullo de estar solo.

No vengo a la soledad cuando vengo a la oración,
pues sé que, estando contigo, con mis hermanos estoy;
y sé que, estando con ellos, tú estás en medio, Señor.

No he venido a refugiarme dentro de tu torreón,
como quien huye a un exilio de aristocracia interior.
Pues vine huyendo del ruido, pero de los hombres no.

Allí donde va un cristiano no hay soledad, sino amor,
pues lleva toda la Iglesia dentro de su corazón.
Y dice siempre “nosotros”, incluso si dice “yo”.
.


Audiencia general del 27 de febrero de 2019 – Catequesis completa – Santificado sea tu nombre

febrero 27, 2019

.

Audiencia general: La oración ahuyenta todo miedo. El Padre nos ama, el Hijo levanta sus brazos al lado de los nuestros, el Espíritu obra en secreto por la redención del mundo.

.

Audiencia general del 27 de febrero de 2019 – Catequesis completa

‘Santificado sea tu nombre’

.

(ZENIT – 27 febrero 2019).- La audiencia general ha tenido lugar a las 9:20 horas en la Plaza de San Pedro donde el Santo Padre Francisco ha encontrado grupos de peregrinos y fieles de Italia y de todo el mundo y, retomando el ciclo de catequesis sobre el Padre nuestro, se ha centrado en la frase “Santificado sea tu nombre”  (Pasaje bíblico: Ezequiel  36, 22-23)

Tras resumir su discurso en diversas lenguas, el Santo Padre ha saludado en particular a los grupos de fieles presentes procedentes de todo el mundo.

La audiencia general ha terminado con el canto del Pater Noster y la bendición apostólica.

***

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Parece que el invierno se está yendo y por eso hemos vuelto a la Plaza. ¡Bienvenidos a la Plaza!

En nuestro itinerario de redescubrimiento de la oración del “Padre Nuestro”, hoy profundizaremos la primera de sus siete peticiones, es decir, “santificado sea tu nombre”.

Las invocaciones del “Padre Nuestro” son siete, fácilmente divisibles en dos subgrupos. Las tres primeras tienen el “Tú” de Dios Padre en el centro; las otras cuatro tienen en el centro el “nosotros” y nuestras necesidades humanas.

En la primera parte, Jesús nos hace entrar en sus deseos, todos dirigidos al Padre: “Santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad”; en la segunda es Él quien entra en nosotros y se hace intérprete de nuestras necesidades: el pan de cada día, el perdón de los pecados, la ayuda en la tentación y la liberación del mal.

Aquí está la matriz de toda oración cristiana, -diría de toda oración humana- que está siempre hecha, por un lado, de la contemplación de Dios, de su misterio, de su belleza y bondad, y, por el otro, de sincera y valiente petición de lo que necesitamos para vivir, y vivir bien.

Así, en su simplicidad y en su esencialidad, el “Padre Nuestro” educa a quienes le ruegan a no multiplicar palabras vanas, porque, como dice el mismo Jesús, “vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo” (Mt, 6, 8).

Cuando hablamos con Dios, no lo hacemos para revelarle lo que tenemos en nuestros corazones: ¡Él lo sabe mucho mejor! Si Dios es un misterio para nosotros, nosotros, en cambio, no somos un enigma para sus ojos (cf. Sal 139: 1-4). Dios es como esas madres a las que les basta una mirada para entenderlo  todo de sus hijos: si están contentos o están tristes, si son sinceros u ocultan algo …

El primer paso en la oración cristiana es, por lo tanto, la entrega de nosotros mismos a Dios, a su providencia. Es como decir: “Señor, tú lo sabes todo, ni siquiera hace falta que te cuente mi dolor, solo te pido que te quedes aquí a mi lado: eres Tú mi esperanza”.

Es interesante notar que Jesús, en el Sermón de la Montaña, inmediatamente después de transmitir el texto del “Padre Nuestro”, nos exhorta a no preocuparnos y no afanarnos por las cosas. Parece una contradicción: primero nos enseña a pedir el pan de cada día y luego nos dice: «No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis” (Mt 6,31).

Pero la contradicción es solo aparente: las peticiones de los cristianos expresan confianza en el Padre. Y es precisamente esta confianza la que nos hace pedir lo que necesitamos sin afán ni agitación.

Por eso rezamos diciendo: “¡Santificado sea tu nombre!”. En esta petición –la primera, ¡Santificado sea tu nombre!– se siente toda la admiración de Jesús por la belleza y la grandeza del Padre, y el deseo de que todos lo reconozcan y lo amen por lo que realmente es.

Y al mismo tiempo, está la súplica de que su nombre sea santificado en nosotros, en nuestra familia, en nuestra comunidad, en el mundo entero. Es Dios quien nos santifica, quien nos transforma con su amor, pero al mismo tiempo también somos nosotros quienes, a través de nuestro testimonio, manifestamos la santidad de Dios en el mundo, haciendo presente su nombre.

Dios es santo, pero si nosotros, si nuestra vida no es santa, hay una gran incoherencia. La santidad de Dios debe reflejarse en nuestras acciones, en nuestra vida. “Yo soy cristiano, Dios es santo, pero yo hago tantas cosas malas”; no, esto no vale. Esto también hace daño, esto escandaliza y no ayuda.

La santidad de Dios es una fuerza en expansión, y nosotros le suplicamos para que rompa rápidamente las barreras de nuestro mundo. Cuando Jesús comienza a predicar, el primero en pagar las consecuencias es precisamente el mal que aflige al mundo. Los espíritus malignos imprecan: “¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: ¡el Santo de Dios!”(Mc 1, 24).

Nunca se había visto una santidad semejante: no preocupada por ella misma, sino volcada hacia el exterior. Una santidad –la de Jesús- que se expande en círculos concéntricos, como cuando arrojamos una piedra a un estanque.

El mal tiene los días contados, el mal no es eterno, el mal ya no puede hacernos daño: ha llegado el hombre fuerte que toma posesión de su casa (cf. Mc 3, 23-27). Y este hombre fuerte es Jesús, que nos da a nosotros también la fuerza para tomar posesión de nuestra casa interior.

La oración ahuyenta todo miedo. El Padre nos ama, el Hijo levanta sus brazos al lado de los nuestros, el Espíritu obra en secreto por la redención del mundo. ¿Y nosotros? Nosotros no vacilamos en la incertidumbre, sino que tenemos una certeza: Dios me ama; Jesús ha dado la vida por mí. El Espíritu está dentro de mí.

Y esta es la gran cosa cierta. ¿Y el mal? Tiene miedo. Y esto es hermoso.

© Librería Editorial Vaticano

FEBRERO 27, 2019 13:36 AUDIENCIA GENERAL

https://es.zenit.org/articles/audiencia-general-del-27-de-febrero-de-2019-catequesis-completa/


A %d blogueros les gusta esto: