El poder de rezar «fuerte»: El Papa pide orar «como Abraham» y cuenta un milagro que logró la oración de un padre

mayo 21, 2013
El Papa Francisco en Santa Marta

El Papa Francisco en Santa Marta

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Religion en Libertad

Una oración valiente, humilde y fuerte, obtiene milagros: es la idea principal que ha expresado el papa esta mañana en la misa presidida en la Casa Santa Marta. Asistieron algunos empleados de Radio Vaticana, acompañados por el director, padre Federico Lombardi, SJ.

La liturgia del día presenta el pasaje del evangelio en el que los discípulos no pueden curar a un niño; debe intervenir el mismo Jesús que se queja de la falta de fe de los presentes; y al padre del niño que pide ayuda le dice que “todo es posible para el que cree”.

Según informa Radio Vaticana, Francisco enseñó que también los que quieren amar a Jesús, a menudo no arriesgan demasiado en la fe y no se confían totalmente a Él: “Pero ¿por qué esta falta de fe? Creo que es el corazón, que no se abre, el corazón cerrado, el corazón que quiere tener todo bajo control”.

Es un corazón, por lo tanto, que “no se abre “que no le da el control de las cosas a Jesús” -dijo el Papa-, y cuando los discípulos le preguntan por qué no podían sanar al joven, el Señor le dice que aquella “especie de demonios no pueden ser expulsados ​​por nada, excepto por la oración”.

“Todos nosotros, dijo, tenemos un poco de incredulidad en el interior”. Es necesaria “una oración fuerte, y esta oración humilde y fuerte hace que Jesús pueda hacer el milagro. La oración para pedir un milagro, para pedir una acción extraordinaria, continúa, debe ser una oración que involucre, que nos involucre a todos”.

Y en este sentido se extendió en un incidente producido en Argentina: una niña de siete años se enferma y los médicos le dan pocas horas de vida. Su padre, un electricista, un “hombre de fe”, se “vuelve loco y en esa locura” tomó un autobús para ir al Santuario mariano de Luján, a setenta kilómetros de distancia: “Llegó después de las nueve de la noche, contó Francisco, cuando todo estaba cerrado. Y se puso a rezar a la Virgen, con las manos sobre la valla de hierro. Y oraba y oraba, mientras lloraba y lloraba… y así, así se quedó toda la noche. Pero este hombre estaba luchando: luchaba con Dios, luchaba verdaderamente con Dios para alcanzar la curación de su hija.

Luego, después de las seis de la mañana, se dirigió a la estación, tomó el autobús y llegó a casa, y al hospital a las nueve de la mañana, más o menos. Y encontró a su esposa llorando. Y pensó en lo peor. “Pero ¿qué sucede? ¡No lo entiendo, no lo entiendo! ¿Qué ha pasado?”.

“Es que vinieron los médicos y me dijeron que la fiebre había desaparecido, que respira bien, ¡que no tiene nada!, le dijo la esposa. ¡La dejarán otros dos días, pero no entiendo lo que pasó!”. “Esto todavía sucede, ¿eh?, hay milagros”, añadió el Papa.

Pero hay que orar con el corazón, concluyó Francisco: “Una oración valiente, que lucha por conseguir tal milagro; no esas oraciones gentiles, ´Ah, voy a orar por ti´, y digo un Padre Nuestro, un Ave María y me olvido. No, sino una oración valerosa, como la de Abraham, que luchaba con el Señor para salvar la ciudad, como la de Moisés, que tenía las manos en alto y se cansaba, orando al Señor; como la de muchas personas, de tantas personas que tienen fe y con la fe oran y oran.

La oración hace milagros, ¡pero tenemos que creer! Creo que podemos hacer una hermosa oración… y decirla hoy, todo el día: «Señor, creo, ayúdame en mi incredulidad»… y cuando nos piden que oremos por tanta gente que sufre en las guerras, por todos los refugiados, por todos aquellos dramas que hay en este momento, rezar, pero con el corazón al Señor: «¡Hazlo!», y decirle: «Señor, yo creo. Ayúdame en mi incredulidad» Hagamos esto hoy”.


El maná de cada día, 21.5.13

mayo 21, 2013

Martes de la 7ª semana del Tiempo Ordinario

El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mi no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.

El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí



Antífona de entrada: Sal 12, 6

Confío, Señor, en tu misericordia; alegra mi corazón con tu auxilio. Cantaré al Señor por el bien que me ha hecho.


Oración colecta

Concédenos, Señor, ser dóciles a las inspiraciones de tu Espíritu para que realicemos siempre en nuestra vida tu santa voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Eclesiástico 2, 1-13

Hijo mío, cuando te acerques al temor de Dios, prepárate para las pruebas; mantén el corazón firme, sé valiente, no te asustes en el momento de la prueba; pégate a él, no lo abandones, y al final serás enaltecido. Acepta cuanto te suceda, aguanta enfermedad y pobreza, porque el oro se acrisola en el fuego, y el hombre que Dios ama, en el horno de la pobreza.

Confía en Dios, que él te ayudará; espera en él, y te allanará el camino. Los que teméis al Señor, esperad en su misericordia, y no os apartéis, para no caer; los que teméis al Señor, confiad en él, que no retendrá vuestro salario hasta mañana; los que teméis al Señor, esperad bienes, gozo perpetuo y salvación; los que teméis al Señor, amadlo, y él iluminará vuestros corazones.

Fijaos en las generaciones pretéritas: ¿quien confió en el Señor y quedó defraudado?; ¿quién esperó en él y quedó abandonado?; ¿quién gritó a él y no fue escuchado?

Porque el Señor es clemente y misericordioso, perdona el pecado y salva del peligro.



SALMO 36, 3-4.18-19.27-28.39-40

Encomienda tu camino al Señor, y él actuará.

Confía en el Señor y haz el bien, habita tu tierra y practica la lealtad; sea el Señor tu delicia, y él te dará lo que pide tu corazón.

El Señor vela por los días de los buenos, y su herencia durará siempre; no se agostarán en tiempo de sequía, en tiempo de hambre se saciarán.

Apártate del mal y haz el bien, y siempre tendrás una casa; porque el Señor ama la justicia y no abandona a sus fieles. Los inicuos son exterminados, la estirpe de los malvados se extinguirá.

El Señor es quien salva a los justos, él es su alcázar en el peligro; el Señor los protege y los libra, los libra de los malvados y los salva porque se acogen a él.



Aclamación antes del Evangelio: Gal 6, 14

No permita Dios que yo me gloríe en algo que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo.


EVANGELIO: Marcos 9, 30-37

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos.
Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.»
Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle.

Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?»
Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante.
Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.»

Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mi no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.»


Antífona de comunión: Sal 9, 2-3

Proclamaré Señor, todas tus maravillas y me alegraré en ti y entonaré salmos a tu nombre, Dios Altísimo.



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Del deseo de ambicionar puestos y cargos mayores, líbrame Jesús

La competencia profesional, los cargos y puestos de responsabilidad en el ámbito civil o eclesial, pueden ser un arma de doble filo. Puestos al servicio del Evangelio y de Dios, dan mayor eficacia al apostolado y ayudan a producir buenos frutos en el campo de las almas.

Sin embargo, puestos al servicio del propio interés, se convierten en agua sucia que estropea y esteriliza la vida de los mejores campos. Nadie está libre de la tentación de poder. Nos agarramos a los cargos, puestos u oficios, aunque sean pequeños, con la avaricia y la ambición de quien se agarra a sus vestidos para cubrir la propia desnudez.

Y, cuando esa ambición se adorna y se camufla con el servicio en nombre de Dios, cuando la tentación de poder lleva a subir y trepar hacia lo más alto de la escala de las dignidades humanas, ese mismo servicio a Dios se convierte en una profunda fuente de insatisfacción y frustración personal, que no hace feliz a nadie y apenas deja huella de Dios en las almas.

Hace falta mucho desprendimiento de uno mismo para ocuparse con libertad de las cosas de Dios, sin hacer de ellas un instrumento al servicio del propio «yo». Hace falta mucha contemplación de la Cruz, para sacudirse ese polvo de honra humana que constantemente se nos pega en los zapatos. No pienses que la lógica del poder y los parámetros de la eficacia humana explican la encarnación del Verbo o el misterio de la Cruz.

El poder de Dios está, precisamente, en la fuerza de la debilidad, en lo que no cuenta a los ojos del mundo. Pero, no experimentarás en ti esa fuerza de Dios mientras sigas dejándote deslumbrar por los avalorios y espejismos que te ofrece el poder del mundo y la honra de los hombres.

No hay mayor poder en este mundo que el de la Cruz. Y, mientras no te lo creas, seguirás esclavo de la falsa eficacia humana.

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