La Cuaresma: Empeñarse en la vivencia de la “dimensión mariana” de la Iglesia

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¿Qué nos dicen los signos de los tiempos en la Iglesia y en el mundo sobre la mujer?

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Una aproximación a la mejor comprensión de la función de la mujer en la Iglesia. Pasos hacia el reforzamiento de la “dimensión mariana” de la Iglesia. La belleza única de la mujer en la Iglesia Católica.

A cuenta de ello: ¿No habrá llegado el momento de redescubrir el significado del velo o de la mantilla entre las mujeres católicas? ¿Qué nos dicen los signos de los tiempos en la Iglesia y en el mundo sobre la mujer? ¿Tendrá el velo suficiente entidad como para promover una renovación de la función de la mujer en la Iglesia? 

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Hace tiempo me ronda en la cabeza la idea de escribir algo sobre uno de los símbolos religiosos de la tradición judeocristiana: El velo o mantilla usados por las mujeres en las celebraciones religiosas. El artículo que reproduzco ya lo publiqué en este sitio con dos entregas o entradas.

Ahora lo saco de nuevo, única entrada, con motivo de la Cuaresma porque pienso que puede ser un tiempo apropiado para su uso y significación eclesial. Y además, porque todos sin excepción podemos ejercitarnos en comprender y vivir mejor la “dimensión mariana” de la Iglesia de la mano de la “mujer”, icono de la compasión y ternura de Dios y de la belleza de María, madre de la Iglesia. 

Comienzo por recordar que hasta el Concilio Vaticano II estaba generalizado el uso del velo entre las mujeres en la Iglesia. Mejor dicho: Estaba mandado. El Concilio no lo prohibió pero tampoco lo promovió. Simplemente suspendió la obligación de llevarlo. Dejó libertad para usarlo o no, a criterio personal.

El resultado fue que en pocos años desapareció esa práctica en toda la Iglesia, sobre todo romana. Hoy solo se usa el velo o mantilla de manera protocolar en las visitas o encuentros oficiales con el Santo Padre; también lo usan las novias y las religiosas.

Como expresión de religiosidad popular peruana, señalo que en la procesión del Señor de los Milagros de Lima, las señoras que visten hábito morado y queman incienso, también llevan velo blanco.

Actualmente son muy escasas las mujeres que usan el velo o mantilla durante la misa, adoración del Santísimo o en otras celebraciones. Por lo general, estas personas visten el velo con mucha reverencia y convicción porque les ayuda grandemente en su oración.

No suelen provocar rechazo en los demás y las mujeres que las ven, por lo general, se muestran interesadas en conocer los motivos que tienen para usar el velo sobre todo durante la misa.

 

El velo es un signo religioso

¿Qué podemos decir sobre el velo o mantilla? Es un atuendo femenino que, usado en las celebraciones religiosas, se convierte en signo que expresa y facilita la relación con Dios, sobre todo en la oración personal y en el culto litúrgico. El velo bendecido se convierte en “sacramental”: Es decir, adquiere una carga significativa tanto para el que lo porta o usa como para los demás.

Tanto el velo, como el hábito religioso, una medalla, el aro matrimonial… son sacramentales que recuerdan al que los lleva el compromiso contraído de manera privada o pública, pero siempre personal. En ellos expresa el creyente su intención y su relación particular con Dios: su consagración testimonial.

A través de ellos la vivencia interior del creyente se robustece al hacerse pública, y a la vez esos signos ayudan al creyente a evitar los olvidos y las eventuales incoherencias prácticas. Es decir, le ayudan a mantener y hacer crecer su intención primigenia, su experiencia fundante o su consagración original.

Para los demás, esos signos son un testimonio, llaman la atención y les muestran las intenciones de la persona que los lleva. Ofrecen a todos un conocimiento de la persona en su experiencia religiosa, que puede conducir a los demás a valorar, respetar, admirar y hasta imitar a esas personas que manifiestan públicamente su fe. En fin, se fomenta el sentido de Iglesia.

 

Significado específico del velo en la mujer orante

Lo primero que se debe resaltar es que el velo siempre se consideró en la tradición cristiana como una prenda de vestir propia y específica de las mujeres, un atuendo femenino, no de los varones. Tiene referencia no sólo al cabello de las mujeres, sino a su mismo sentido de belleza y de presentación femenina en las oraciones públicas o privadas.

Quizás no sería exagerado ni atrevido afirmar de entrada que el velo tendría algo que ver con el ser y hacer de la mujer en la Iglesia, según los planes de Dios, sobre todo en el culto y las oraciones.

Aparte de las connotaciones socioculturales, pareciera que el velo en sí “diría bien” con la función esencial y específica de la mujer en la Iglesia y concretamente en las oraciones y en la liturgia. El hecho de llevar velo ayudaría a la mujer en su identidad creyente y en su testimonio ante la comunidad eclesial y ante el mundo.

La Palabra nos dice que Dios los creó desde el principio hombre y mujer. Los hizo a su imagen y semejanza, iguales en su dignidad y en su vocación fundamental, pero distintos en su condición de seres sexuados, hechos el uno para el otro, es decir, esencialmente complementarios.

La sexualidad es mucho más que la genitalidad, pues abarca todos los aspectos del ser humano: autoconciencia, inteligencia, sensibilidad, capacidad de acoger y dar afecto, resistencia al dolor y al sufrimiento, aprecio de la vida, optimismo, religiosidad, etc.

Hombres y mujeres somos diferentes; muy diferentes. Pero complementarios, hechos para vivir relacionados en la sociedad y particularmente en el matrimonio.

Se podría sostener que esta condición sexuada del ser humano refleja mejor, o al menos más explícitamente, la esencia de Dios; es expresión de la perfección infinita de Dios, que es Comunión trinitaria, unión en la diversidad, pluralidad en la unidad.

Es decir, la condición sexuada hace más comprensible a los humanos el misterio de Dios Uno y Trino a la vez, Único Dios en tres personas distintas. Además, le facilitaría experimentar la riqueza de la diversidad de los humanos, la belleza de la convivencia humana y las bondades de la complementariedad.

Le abriría finalmente a la capacidad de la procreación, a la fecundidad del amor entre dos personas sexualmente diferentes y complementarias.

En la Historia de la Salvación Dios mismo se ha encargado de asumir y de santificar la condición sexuada del ser humano, mediante la Encarnación del Verbo y la Maternidad divina de la Virgen María.

Al encarnarse, Dios asume la condición humana en su totalidad y existencialmente sexuada: De hecho, necesitó una madre, la Santísima Virgen María, mujer y no varón; y en Jesús de Nazaret el Verbo de Dios asumió la condición humana como varón, no como mujer. Jesús no fue mujer. De María su madre asumió Jesús la esencia del hombre y existencialmente fue varón, el hijo de José el carpintero.

Ahora ellos dos, Jesús y María, solamente ellos están resucitados y glorificados en el Cielo, los dos únicos seres humanos, hombre y mujer. Cada uno cumple la voluntad de Dios y sirve a la salvación de los hombres, según el plan único e inescrutable de Dios.

Ante estas consideraciones elementales de nuestra fe, ¡qué desenfocadas resultan ciertas apreciaciones en referencia a Jesús o a María! Así, algunas mujeres recriminan a Jesús que no hiciera apóstol y sacerdotisa a su madre María. Sería falta de amor. A otras les parece una discriminación que la Iglesia no permita a las mujeres acceder al sacerdocio.

 

En las cosas de Dios no hay autoservicio: todo se recibe, nada se toma por propia iniciativa

Lo primero que se desprende de lo expuesto es que Dios en la historia de salvación programa, dispensa y distribuye sus dones como a él le parece: En función del bien de todos y para su gloria.

Nadie toma nada por su cuenta, todo se recibe y se agradece. Dios sabe poner a cada uno en el mejor lugar, con las mejores cualidades. Él provee a cada uno con largueza, y sin perjudicar a nadie.

Por tanto, la reivindicación no cabe en la Iglesia. Tampoco la emancipación. Nadie debe buscar su propio bien, su propio interés. Cada uno es un don para los demás. La caridad, que no busca lo propio, se entiende como la búsqueda del bien de los demás. Y la perfección del cristiano consiste en anteponer el bien común al propio.

Al razonar con estos criterios, qué lejos estaríamos del espíritu que, por lo general, ha inspirado la liberación de la mujer, la revolución sexual, el feminismo radical: contrarrestar la tradicional opresión sociocultural del varón y luchar por la conquista del poder de las mujeres sobre los hombres. Que las mujeres se rebelen y luchen por oprimir a los varones, aun a costa de renunciar a su condición de mujeres.

Esta manera de razonar y de actuar socaba los fundamentos de la maternidad, de la familia y de la sociedad como tal. Al fondo descubrimos un egocentrismo si no egoísmo nefasto que lleva a la esterilidad, a la infecundidad. El Papa Francisco atribuye al Diablo la esterilidad. La anticultura de la muerte -contracepción, aborto, homosexualidad y la ideología de género- está llevando a la destrucción de la comunidad humana, sobre todo en ciertos países, los más secularizados.

Esta transformación ideológica, moral y sociorreligiosa, lleva consigo la cosificación de la mujer, reduciéndola a un objeto de placer para el hombre, cebo de publicidad y comercialización de productos.

Por tanto, la salvación de la familia, de la sociedad y de la Iglesia, si se nos permite, pasará necesariamente por la reivindicación de la mujer en todo el esplendor de su vocación como “genio femenino”, esposa y madre, icono de la vida, la verdad y la belleza de Dios.

 

Dios sabe lo que hace: La mujer, reflejo de la ternura, belleza y amor de Dios.

El Papa Francisco insiste una y otra vez en la necesidad de que la mujer vaya ocupando en la Iglesia el sitio que le pertenece. Porque algo resulta evidente: de hecho en la actualidad no está viviendo plena y específicamente la misión que le corresponde según el plan de Dios y en favor de la Iglesia. Es una tarea pendiente y urgente.

Y esta es la cuestión más importante y casi única que pretendo abordar en estas líneas, un tanto prolijas si se quiere: Tenemos que estudiar, profundizar, dialogar, compartir nuestros sueños, frustraciones y esperanzas respecto de la función de la mujer en la Iglesia y en el mundo. Tal objetivo legitimaría suficientemente nuestro discurso.

Para reconocer la dignidad y la sublimidad de la vocación propia de la mujer en la Iglesia y en la sociedad hay que rastrear con atención los planes de Dios manifestados en la historia de la salvación: Hechos y palabras. No hay que inventar cosas ni pensar mucho.

En la Palabra, al principio, dijo Dios: No está bien que el hombre esté solo. Hagámosle una ayuda semejante a él, un ser “apropiado y proporcionado” para él. Y así Dios creó a la mujer, igual al varón. Ambos llamados a vivir en comunión, a complementarse como un don mutuo en el amor de Dios.

La mujer es un don de Dios deseado por el hombre, necesario y conveniente para él. Sin ella el hombre no es completo, no puede sentirse realizado plenamente.

El hombre y la mujer, por separado, son imagen de Dios y semejanza de Dios, sí, pero de manera imperfecta: Porque el hombre, a pesar de ser dueño de todas las cosas creadas, no hallaba en ellas un ser de su misma dignidad, un ser con el que pudiera entenderse, encontrarse, ayudarse, planificar juntos, gozar juntos…

Para establecer esta comunión conyugal, el hombre dejará a su padre y a su madre, se unirá a su mujer… y los dos serán una sola carne. Tanto el varón como la mujer sienten una atracción mutua para encontrarse, conocerse, dialogar, vivir en comunión, unirse maritalmente y procrear seres semejantes a ellos…

En una palabra, el varón y la mujer están llamados a reproducir en este mundo la comunión de las tres divinas personas. Y les dijo Dios: Crezcan, multiplíquense, llenen de hijos la tierra.

La vida humana surge en el seno de una comunidad y sólo en ella crece y llega a plenitud. Un individuo no puede engendrar vida ni puede garantizar su crecimiento y madurez. En esa comunidad conyugal, el papel de la mujer tiene unas características únicas.

Toda mujer está llamada a encarnar y hacer visible la ternura de Dios, su belleza, su cercanía providente, su capacidad de acogida y de comunión y su apuesta por la vida. Está llamada a ser esposa y así hacerse madre. En la generación de la vida, en su gestación y en la educación del nuevo ser humano, el papel de la mujer, esposa y madre es único, e intransferible.

 

La mujer, primera transmisora del don de la vida y de la fe, iniciadora de auténtica humanidad

La mujer es el sagrario de la vida, pues la fecundación acontece en sus entrañas y la implantación vital del embrión humano se realiza en el seno materno. Éste garantiza la permanente y segura acogida del nuevo ser, y con ello su incorporación a la familia humana.

Los esposos y padres, pero específicamente la madre, son los transmisores de la vida y de la experiencia religiosa. A este embrión es infundida el alma inmortal creada directamente por Dios para completar las condiciones vitales del nuevo ser, según los planes de Dios.

Así la esposa y madre se convierte en el primer recinto sagrado donde se desarrollará el nuevo ser humano. Ella será la primera trasmisora del reconocimiento de los padres y del mundo exterior hacia el nuevo ser humano: acogida, valoración, afirmación, seguridad, supervivencia, desarrollo vital, absorción de los valores humanos y de la experiencia religiosa.

La mujer, esposa y madre, comparte las vivencias y experiencias de la Santísima Virgen María. Con ella pronuncia el “fiat”: Hágase en mí, como tú digas. Con María, como mujer y madre, comparte su respuesta “personal” y en cierta soledad, pero no desamparo.

Es la sumisión obsequiosa de la fe a Dios, no al varón, ni al destino, ni a la visión cultural o moda social. Ella se siente feliz como criatura del Señor, vivencialmente como mujer, semejante a María, que es bendita entre todas las mujeres por su particular y personal obediencia a Dios.

“Ser madre no significa sólo traer al mundo un hijo, sino que también es una elección de vida. La elección de vida de una madre es la elección de dar vida. Y esto es grande, esto es bello. Sin las madres, no sólo no habría nuevos fieles, sino que la fe perdería buena parte de su calor sencillo y profundo. No somos huérfanos, somos hijos de la Iglesia, somos hijos de la Virgen y somos hijos de nuestras madres” (Papa Francisco).

 

La belleza polifacética de la mujer en la Iglesia

La mujer es icono de la ternura y belleza de Dios en el mundo, en la sociedad. En la Iglesia es icono de la nueva Eva, de María, la llena de gracia y bendita entre todas las mujeres. Representa a la Iglesia como la Esposa de Cristo. En fin, goza de un espectro magnífico y esplendoroso de gracia y belleza espiritual.

Por estas y otras mil razones, la mujer, en el orden de la gracia, en la Iglesia, en la familia, en la sociedad, en el mundo… posee una riqueza real y significativa casi infinita, según los planes de Dios. La grandiosidad de María nos es accesible en cada mujer, sobre todo en la propia madre, gracias a la cual hemos venido al mundo todos los seres humanos y hemos experimentado las vivencias más originales y fundantes.

En fin, es tan grande la mujer cristiana en los planes de Dios que ignorarla equivaldría a privar a la Iglesia y a la humanidad de una riqueza inimaginable y polifacética. Equivaldrá a un reduccionismo empobrecedor de la creación de Dios. Casi le quitaría el alma, la alegría.

Es mucho en efecto lo que Dios ha dispuesto depositar en María y en la mujer como don para la humanidad, para la sociedad y para la Iglesia, como un mar sin fondo en el que siempre podremos bucear para sacar más y más tesoros de gracia y bendición en Cristo.

Por eso, la mujer en la Iglesia debería ser considerada como una perla preciosa digna de todo respeto y veneración. En ella, Dios ha depositado bienes admirables e inefables para bendición de la Iglesia y de la humanidad entera.

En analogía con la vida religiosa que no es jerarquía, la mujer pertenecería al corazón de la Iglesia. Por tanto, estarían justificadas en ella todas las formas de vestir y de presentación que expresen ternura, belleza, recato, pureza, castidad, prudencia, humildad, servicio, disponibilidad, sobriedad, cercanía, acogida, perdón, reconciliación, paz…

Y todo ello para contento y admiración del varón que la contempla y respeta como el mayor don recibido de Dios, como “la ayuda apropiada y a medida” que Dios mismo le ha proporcionado con infinito amor y deferencia para bien de la humanidad y para su gloria, que al y al cabo, es lo mismo.

 

La mujer hace posible y exige una cultura del encuentro en nuestros tiempos, una evangelización de la ternura

Aquí, gracias a la consideración de la mujer en la grandeza de su vocación, nos topamos con un filón que debe ser descubierto con alegría, trabajado con denuedo y puesto a valer cultural y religiosamente para progreso y edificación del mundo entero.

Se ha dicho, no sin razón, que la cultura actual ha sido forjada más por el espíritu y talante del varón que de la mujer.

Consecuencia de este protagonismo y a veces imposición del varón, y también por el poder del pecado, nuestra cultura se caracteriza por la ley del más fuerte, la confrontación, la eficacia y el bienestar, la no sostenibilidad de una sociedad próspera, pacífica, inclusiva; la guerra, la muerte necesaria de un individuo o de un colectivo para que sobreviva el otro…

Pues no hay alimentos para todos; no hay tierra para todos; no hay prosperidad para todos; no cabemos todos en el mundo… Algunos tienen que morir necesariamente, desaparecer, o emigrar, o sufrir, o resignarse…

Frente a estas realidades, muchas personas abogan por ir creando, soñando y forjando, incluso ensayando una cultura hecha más según la inspiración de la mujer, según su sentir, sus necesidades, sus parámetros, sus ideales, su intuición y experiencia religiosa.

Según esto, habría que pensar en primer lugar en una cultura del diálogo, del encuentro, de la reconciliación y del perdón, de la opción por la vida como valor supremo y de la inclusión, no del desencuentro, de la guerra, del descarte. No, pues todos cabemos en el mundo, hay alimentos para todos, nadie debe morir, no hay que sacrificar a ningún ser vivo y menos a los hombres…

Es posible un mundo distinto, una sociedad de la acogida, de la convivencia pacífica, de la inclusión incondicional del otro, del respeto sagrado hacia todo ser humano más allá de su credo, cultura, raza, posición social, salud personal física o psíquica, por encima del bienestar material…

La forma de pensar, de sentir y de actuar de la mujer le conecta con un ser superior y con Dios, de una forma, diríamos “connatural” y afectuosa: Dios debe de ser algo así como una “mujer”, especialmente si ha llegado a ser esposa y madre; debe de sentir algo así como siente una mujer al varón, a la vida, al mundo, a los niños, a los hijos, a los ancianos, a sí misma…

Por tanto, Dios no debe de estar muy lejano de la vida de los hombres y de la sociedad, y no debe de alegrarse con la muerte de nadie, no debe ser promotor de guerras y de rivalidades, ni esclavo de la ambición, de la avaricia, del poder dominador… Es muy difícil creer y justificar que, en nombre de Dios, se pueda matar, se pueda declarar la guerra y promover conflictos, violencia o terrorismo…

La verdadera religión y el culto a Dios han de incluir y promover todo lo que significa reconciliación, compasión, perdón, diálogo, respeto e incluso ternura en las relaciones humanas entre las personas, las comunidades y los pueblos. La humanidad, antes que nada, tiene que ser una familia de hermanos que viven en paz y armonía y se sienten solidarios en la abundancia y en la escasez.

La mujer nos recuerda a los cristianos la necesidad de no olvidar jamás la “dimensión mariana” de la Iglesia. Ella es constitutiva de la Iglesia y anterior a la función petrina: esposa, madre, evangelizadora.

Todo intento de combatir la cultura de la muerte, la destrucción de la familia y de la sociedad necesariamente tendrá que pasar por la restauración y promoción de la dignidad de la mujer, garantía de la vida y de la familia.

 

El velo “dice bien” con la mujer que representa la feminidad en la Iglesia y la nupcialidad

En la tradición de la Iglesia ha existido hasta nuestros días la costumbre y la delicadeza de cubrir los objetos bendecidos o consagrados dedicados al culto, como son el tabernáculo o sagrario donde se reserva el Santísimo Sacramento.

Los altares están cubiertos con manteles y adornados porque representan a Cristo. Son la “mesa” donde se preparan los dones que serán consagrados. Los vasos sagrados, copones y cálices, son adornados y también cubiertos artísticamente.

La Iglesia como tal es la “perla preciosa”, la nueva creación en gracia y santidad, la novia que representa a todas las naciones. Todos los laicos toman parte en la naturaleza femenina de la Iglesia, pero las mujeres simbolizan a la Iglesia como la novia.

Las mujeres recuerdan a los varones que la esencia de la Iglesia es su condición de “desposada” con Dios: Ha sido sacada de las tinieblas y del pecado y ha sido adornada como novia para su Esposo. Toda mujer bautizada es un icono de esa vocación de toda la Iglesia. Ésta no puede olvidarse de ese primer amor, fundante y definitivo.

Por eso, toda mujer en la Iglesia es digna de una veneración especial, de respeto, de estima y de cariño. Una comunidad cristiana madura debería reservar para toda mujer un sitial de honor por consideración a la Nueva Eva, la Santísima Virgen María, Madre de Dios, y en atención a la función humana y salvífica con la que Dios le ha distinguido y embellecido, no para su autocomplacencia y vanidad, sino para gloria de Dios y bien de la humanidad y de la Iglesia.

Esta disposición de Dios respecto de la mujer es sagrada y única, digna de todo respeto por parte del varón. Los laicos varones en la Iglesia representan a Cristo, el novio. De ahí que algunos varones accedan al sacerdocio ministerial de Cristo, para bien de la Iglesia, no para su propio interés y poder.

La función y la dignidad jerárquicas no debe generar en el clero actitudes de suficiencia, autoritarismo y discriminación respecto de las mujeres, sino más bien todo lo contrario: un ministerio sacerdotal y pastoral inspirado por la caridad y la atención personal según las necesidades de cada uno. Los clérigos deben imitar la humildad y delicadeza con que Jesús trataba a las mujeres de su tiempo.

El Papa Francisco ha denunciado los daños que causa el clericalismo en la Iglesia. Los pastores deberían ser especialmente cuidadosos en el trato y consideración de la mujer en la Iglesia, sus más acérrimos defensores y promotores. Siempre será la mujer una prioridad pastoral. A veces ellas constituyen, de hecho, la verdadera opción por los pobres y marginados, o descartados.

Lamentablemente, la mujer suele ser víctima de la violencia, la marginación, el abuso, la soledad, la insolidaridad, el egoísmo cruel… Las “viudas” de la Sagrada Escritura son la personificación de los más abandonados en la sociedad y en la comunidad religiosa. Y Dios aparece frecuentemente como el “defensor de las viudas”.

Las palabras que el ángel dirigió a san José también se aplican a los clérigos: José, no tengas reparo en llevarte a María tu mujer. Ellos no deben tener ningún reparo en acoger todo lo que Dios ha depositado y realiza en ellas para enriquecer a la Iglesia y a la humanidad entera. Como José a María en su día, deben dar legitimidad y plena integración de las mujeres en la Iglesia y en la sociedad, como una bendición de Dios. “Le pondrás por nombre Jesús, que significa Salvador”.

El Papa Francisco aconsejaba no hace mucho a los jesuitas de Perú superar la vanidad y elitismo clerical y adoptar gestos y conductas cercanas al pueblo y más en concreto a las mujeres: “La mujer debe dar a la Iglesia toda aquella riqueza que von Balthasar llamaba «la dimensión mariana». Sin esta dimensión la Iglesia queda renga o tiene que usar muletas y entonces camina mal. Creo que en esto hay mucho que andar. Y repito, como les dije hoy a los obispos: «desprincipiar», estar cercanos a la gente…” (https://ismaelojeda.wordpress.com/2018/02/16/46026/).

 

Al final, ¿usar velo, por qué, y para qué?

A estas alturas, la mujer consciente de lo dicho hasta aquí se preguntaría qué añade llevar velo o qué se pierde si deja de llevarlo. Quizás lo más acertado y valioso sea la voluntad y la libertad de cada mujer en la Iglesia. Lo más valioso de lo expuesto quizás sea el haber dado vueltas a un tema y a una experiencia que interesa a todos, para gloria de Dios, bien de la humanidad y crecimiento y belleza de la Iglesia.

Ante esta ambiciosa apuesta, el uso de un atuendo femenino en sí mismo puede parecer insignificante y hasta ridículo. Sin embargo, no despreciable. El valor de este gesto a los ojos de Dios será infinito y de capital importancia para la madurez, belleza y fecundidad de la Iglesia en nuestro mundo.

En efecto, una mujer que usa el velo, con motivación religiosa, muestra a todas luces una gran reverencia ante Dios y ante la Iglesia, y fomenta su propio recogimiento para la oración; se honra a sí misma ante los demás valorando su pertenencia a Dios. Simboliza también a toda la Iglesia en cuanto que es la esposa de Cristo.

San Pablo pide a las mujeres que se sometan a sus maridos por amor a Dios; análogamente la Iglesia debe someterse a Cristo; y Cristo llevó una vida sumisa a los designios del Padre. Por eso, Cristo amó a la Iglesia hasta el punto de sufrir y morir por ella. Los maridos imitando a Cristo amarán a sus esposas como a su propio cuerpo. Y este es un gran misterio, confesará san Pablo, y “yo lo refiero a Cristo y a su Iglesia”.

El velo es una prenda de vestir que la mujer utiliza para orar, para comunicarse con Dios por lo general en asamblea litúrgica. Las mujeres tienen naturalmente un cabello hermoso, y el velo acentúa esa belleza. Pero con la intención de agradar a Dios no a los hombres. Por tanto, con velo o sin velo, la mujer expresará siempre ante su Esposo y Señor sentimientos de humildad, delicadeza, amor apasionado y nupcial, recato, modestia, recogimiento, piedad y, en fin, contemplación.

El Papa Francisco comenta la forma peculiar de sentir y de orar de María que guardaba todas estas cosas en su corazón: “Contemplando a la Madre nos sentimos animados a soltar tantos pesos inútiles y a encontrar lo que verdaderamente cuenta. El don de la Madre, el don de toda madre y de toda mujer es muy valioso para la Iglesia, que es madre y mujer”.

Prosigue el Papa con una referencia muy sugerente acerca de la manera peculiar de sentir, actuar y orar de san José y de todo varón: “Y mientras el hombre frecuentemente abstrae, afirma e impone ideas; la mujer, la madre, sabe custodiar, unir en el corazón, vivificar. Para que la fe no se reduzca sólo a una idea o doctrina, todos necesitamos de un corazón de madre, que sepa custodiar la ternura de Dios y escuchar los latidos del hombre. Que la Madre, que es el sello especial de Dios sobre la humanidad, custodie este año y traiga la paz de su Hijo al corazón de todos los hombres y al mundo entero” (https://www.aciprensa.com/noticias/texto-homilia-del-papa-francisco-en-la-solemnidad-de-santa-maria-madre-de-dios-12676).

 

A modo de conclusión

¿Por qué usar velo? Porque quieres: Porque a Dios le encantó hacerte mujer, como María, con una misión única e intransferible. Quiso hacerte libre y le gusta verte libre y creativa, llena de amor y feliz como él, que Amante de la vida. Porque estás orgullosa de ser mujer, porque te gustas en él, porque es tu respuesta entusiasta a Dios que te hizo mujer como María, y sabes por fe, estás segura de que eso es lo mejor para ti, para todos.

¿Y para qué usar velo? Para aprender a cumplir la voluntad de Dios, para aprender la fidelidad a tu vocación única y original de mujer como María… Para disponerte a ser esposa, a ser madre… Para colaborar de la mejor manera posible con los designios de Dios y salvar a todos los hombres, para amar a discreción, como María… bendita entre todas las mujeres. Y para llevar el Fruto bendito de su vientre a todas las naciones, para gloria y alabanza de Dios Padre, Hijo y Espíritu. Amén.

Por si puede interesar: 

http://www.academia.edu/34679861/DIMENSI%C3%93N_MARIANA_DE_LA_IGLESIA_Y_MISERICORDIAhttp://www.academia.edu/34679861/DIMENSI%C3%93N_MARIANA_DE_LA_IGLESIA_Y_MISERICORDIA

http://nihilobstat.dominicos.org/articulos/una-iglesia-mariana/

https://youtu.be/LWu_RFHBZmQ

http://adelantelafe.com/uso-del-velo-en-la-mujer-en-la-santa-misa/

http://www.padremiguel.info/mujer-como-te-vistes-delante-de-dios/

 

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