La Cuaresma: Empeñarse en la vivencia de la “dimensión mariana” de la Iglesia

febrero 21, 2018

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¿Qué nos dicen los signos de los tiempos en la Iglesia y en el mundo sobre la mujer?

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Una aproximación a la mejor comprensión de la función de la mujer en la Iglesia. Pasos hacia el reforzamiento de la “dimensión mariana” de la Iglesia. La belleza única de la mujer en la Iglesia Católica.

A cuenta de ello: ¿No habrá llegado el momento de redescubrir el significado del velo o de la mantilla entre las mujeres católicas? ¿Qué nos dicen los signos de los tiempos en la Iglesia y en el mundo sobre la mujer? ¿Tendrá el velo suficiente entidad como para promover una renovación de la función de la mujer en la Iglesia? 

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Hace tiempo me ronda en la cabeza la idea de escribir algo sobre uno de los símbolos religiosos de la tradición judeocristiana: El velo o mantilla usados por las mujeres en las celebraciones religiosas. El artículo que reproduzco ya lo publiqué en este sitio con dos entregas o entradas.

Ahora lo saco de nuevo, única entrada, con motivo de la Cuaresma porque pienso que puede ser un tiempo apropiado para su uso y significación eclesial. Y además, porque todos sin excepción podemos ejercitarnos en comprender y vivir mejor la “dimensión mariana” de la Iglesia de la mano de la “mujer”, icono de la compasión y ternura de Dios y de la belleza de María, madre de la Iglesia. 

Comienzo por recordar que hasta el Concilio Vaticano II estaba generalizado el uso del velo entre las mujeres en la Iglesia. Mejor dicho: Estaba mandado. El Concilio no lo prohibió pero tampoco lo promovió. Simplemente suspendió la obligación de llevarlo. Dejó libertad para usarlo o no, a criterio personal.

El resultado fue que en pocos años desapareció esa práctica en toda la Iglesia, sobre todo romana. Hoy solo se usa el velo o mantilla de manera protocolar en las visitas o encuentros oficiales con el Santo Padre; también lo usan las novias y las religiosas.

Como expresión de religiosidad popular peruana, señalo que en la procesión del Señor de los Milagros de Lima, las señoras que visten hábito morado y queman incienso, también llevan velo blanco.

Actualmente son muy escasas las mujeres que usan el velo o mantilla durante la misa, adoración del Santísimo o en otras celebraciones. Por lo general, estas personas visten el velo con mucha reverencia y convicción porque les ayuda grandemente en su oración.

No suelen provocar rechazo en los demás y las mujeres que las ven, por lo general, se muestran interesadas en conocer los motivos que tienen para usar el velo sobre todo durante la misa.

 

El velo es un signo religioso

¿Qué podemos decir sobre el velo o mantilla? Es un atuendo femenino que, usado en las celebraciones religiosas, se convierte en signo que expresa y facilita la relación con Dios, sobre todo en la oración personal y en el culto litúrgico. El velo bendecido se convierte en “sacramental”: Es decir, adquiere una carga significativa tanto para el que lo porta o usa como para los demás.

Tanto el velo, como el hábito religioso, una medalla, el aro matrimonial… son sacramentales que recuerdan al que los lleva el compromiso contraído de manera privada o pública, pero siempre personal. En ellos expresa el creyente su intención y su relación particular con Dios: su consagración testimonial.

A través de ellos la vivencia interior del creyente se robustece al hacerse pública, y a la vez esos signos ayudan al creyente a evitar los olvidos y las eventuales incoherencias prácticas. Es decir, le ayudan a mantener y hacer crecer su intención primigenia, su experiencia fundante o su consagración original.

Para los demás, esos signos son un testimonio, llaman la atención y les muestran las intenciones de la persona que los lleva. Ofrecen a todos un conocimiento de la persona en su experiencia religiosa, que puede conducir a los demás a valorar, respetar, admirar y hasta imitar a esas personas que manifiestan públicamente su fe. En fin, se fomenta el sentido de Iglesia.

 

Significado específico del velo en la mujer orante

Lo primero que se debe resaltar es que el velo siempre se consideró en la tradición cristiana como una prenda de vestir propia y específica de las mujeres, un atuendo femenino, no de los varones. Tiene referencia no sólo al cabello de las mujeres, sino a su mismo sentido de belleza y de presentación femenina en las oraciones públicas o privadas.

Quizás no sería exagerado ni atrevido afirmar de entrada que el velo tendría algo que ver con el ser y hacer de la mujer en la Iglesia, según los planes de Dios, sobre todo en el culto y las oraciones.

Aparte de las connotaciones socioculturales, pareciera que el velo en sí “diría bien” con la función esencial y específica de la mujer en la Iglesia y concretamente en las oraciones y en la liturgia. El hecho de llevar velo ayudaría a la mujer en su identidad creyente y en su testimonio ante la comunidad eclesial y ante el mundo.

La Palabra nos dice que Dios los creó desde el principio hombre y mujer. Los hizo a su imagen y semejanza, iguales en su dignidad y en su vocación fundamental, pero distintos en su condición de seres sexuados, hechos el uno para el otro, es decir, esencialmente complementarios.

La sexualidad es mucho más que la genitalidad, pues abarca todos los aspectos del ser humano: autoconciencia, inteligencia, sensibilidad, capacidad de acoger y dar afecto, resistencia al dolor y al sufrimiento, aprecio de la vida, optimismo, religiosidad, etc.

Hombres y mujeres somos diferentes; muy diferentes. Pero complementarios, hechos para vivir relacionados en la sociedad y particularmente en el matrimonio.

Se podría sostener que esta condición sexuada del ser humano refleja mejor, o al menos más explícitamente, la esencia de Dios; es expresión de la perfección infinita de Dios, que es Comunión trinitaria, unión en la diversidad, pluralidad en la unidad.

Es decir, la condición sexuada hace más comprensible a los humanos el misterio de Dios Uno y Trino a la vez, Único Dios en tres personas distintas. Además, le facilitaría experimentar la riqueza de la diversidad de los humanos, la belleza de la convivencia humana y las bondades de la complementariedad.

Le abriría finalmente a la capacidad de la procreación, a la fecundidad del amor entre dos personas sexualmente diferentes y complementarias.

En la Historia de la Salvación Dios mismo se ha encargado de asumir y de santificar la condición sexuada del ser humano, mediante la Encarnación del Verbo y la Maternidad divina de la Virgen María.

Al encarnarse, Dios asume la condición humana en su totalidad y existencialmente sexuada: De hecho, necesitó una madre, la Santísima Virgen María, mujer y no varón; y en Jesús de Nazaret el Verbo de Dios asumió la condición humana como varón, no como mujer. Jesús no fue mujer. De María su madre asumió Jesús la esencia del hombre y existencialmente fue varón, el hijo de José el carpintero.

Ahora ellos dos, Jesús y María, solamente ellos están resucitados y glorificados en el Cielo, los dos únicos seres humanos, hombre y mujer. Cada uno cumple la voluntad de Dios y sirve a la salvación de los hombres, según el plan único e inescrutable de Dios.

Ante estas consideraciones elementales de nuestra fe, ¡qué desenfocadas resultan ciertas apreciaciones en referencia a Jesús o a María! Así, algunas mujeres recriminan a Jesús que no hiciera apóstol y sacerdotisa a su madre María. Sería falta de amor. A otras les parece una discriminación que la Iglesia no permita a las mujeres acceder al sacerdocio.

 

En las cosas de Dios no hay autoservicio: todo se recibe, nada se toma por propia iniciativa

Lo primero que se desprende de lo expuesto es que Dios en la historia de salvación programa, dispensa y distribuye sus dones como a él le parece: En función del bien de todos y para su gloria.

Nadie toma nada por su cuenta, todo se recibe y se agradece. Dios sabe poner a cada uno en el mejor lugar, con las mejores cualidades. Él provee a cada uno con largueza, y sin perjudicar a nadie.

Por tanto, la reivindicación no cabe en la Iglesia. Tampoco la emancipación. Nadie debe buscar su propio bien, su propio interés. Cada uno es un don para los demás. La caridad, que no busca lo propio, se entiende como la búsqueda del bien de los demás. Y la perfección del cristiano consiste en anteponer el bien común al propio.

Al razonar con estos criterios, qué lejos estaríamos del espíritu que, por lo general, ha inspirado la liberación de la mujer, la revolución sexual, el feminismo radical: contrarrestar la tradicional opresión sociocultural del varón y luchar por la conquista del poder de las mujeres sobre los hombres. Que las mujeres se rebelen y luchen por oprimir a los varones, aun a costa de renunciar a su condición de mujeres.

Esta manera de razonar y de actuar socaba los fundamentos de la maternidad, de la familia y de la sociedad como tal. Al fondo descubrimos un egocentrismo si no egoísmo nefasto que lleva a la esterilidad, a la infecundidad. El Papa Francisco atribuye al Diablo la esterilidad. La anticultura de la muerte -contracepción, aborto, homosexualidad y la ideología de género- está llevando a la destrucción de la comunidad humana, sobre todo en ciertos países, los más secularizados.

Esta transformación ideológica, moral y sociorreligiosa, lleva consigo la cosificación de la mujer, reduciéndola a un objeto de placer para el hombre, cebo de publicidad y comercialización de productos.

Por tanto, la salvación de la familia, de la sociedad y de la Iglesia, si se nos permite, pasará necesariamente por la reivindicación de la mujer en todo el esplendor de su vocación como “genio femenino”, esposa y madre, icono de la vida, la verdad y la belleza de Dios.

 

Dios sabe lo que hace: La mujer, reflejo de la ternura, belleza y amor de Dios.

El Papa Francisco insiste una y otra vez en la necesidad de que la mujer vaya ocupando en la Iglesia el sitio que le pertenece. Porque algo resulta evidente: de hecho en la actualidad no está viviendo plena y específicamente la misión que le corresponde según el plan de Dios y en favor de la Iglesia. Es una tarea pendiente y urgente.

Y esta es la cuestión más importante y casi única que pretendo abordar en estas líneas, un tanto prolijas si se quiere: Tenemos que estudiar, profundizar, dialogar, compartir nuestros sueños, frustraciones y esperanzas respecto de la función de la mujer en la Iglesia y en el mundo. Tal objetivo legitimaría suficientemente nuestro discurso.

Para reconocer la dignidad y la sublimidad de la vocación propia de la mujer en la Iglesia y en la sociedad hay que rastrear con atención los planes de Dios manifestados en la historia de la salvación: Hechos y palabras. No hay que inventar cosas ni pensar mucho.

En la Palabra, al principio, dijo Dios: No está bien que el hombre esté solo. Hagámosle una ayuda semejante a él, un ser “apropiado y proporcionado” para él. Y así Dios creó a la mujer, igual al varón. Ambos llamados a vivir en comunión, a complementarse como un don mutuo en el amor de Dios.

La mujer es un don de Dios deseado por el hombre, necesario y conveniente para él. Sin ella el hombre no es completo, no puede sentirse realizado plenamente.

El hombre y la mujer, por separado, son imagen de Dios y semejanza de Dios, sí, pero de manera imperfecta: Porque el hombre, a pesar de ser dueño de todas las cosas creadas, no hallaba en ellas un ser de su misma dignidad, un ser con el que pudiera entenderse, encontrarse, ayudarse, planificar juntos, gozar juntos…

Para establecer esta comunión conyugal, el hombre dejará a su padre y a su madre, se unirá a su mujer… y los dos serán una sola carne. Tanto el varón como la mujer sienten una atracción mutua para encontrarse, conocerse, dialogar, vivir en comunión, unirse maritalmente y procrear seres semejantes a ellos…

En una palabra, el varón y la mujer están llamados a reproducir en este mundo la comunión de las tres divinas personas. Y les dijo Dios: Crezcan, multiplíquense, llenen de hijos la tierra.

La vida humana surge en el seno de una comunidad y sólo en ella crece y llega a plenitud. Un individuo no puede engendrar vida ni puede garantizar su crecimiento y madurez. En esa comunidad conyugal, el papel de la mujer tiene unas características únicas.

Toda mujer está llamada a encarnar y hacer visible la ternura de Dios, su belleza, su cercanía providente, su capacidad de acogida y de comunión y su apuesta por la vida. Está llamada a ser esposa y así hacerse madre. En la generación de la vida, en su gestación y en la educación del nuevo ser humano, el papel de la mujer, esposa y madre es único, e intransferible.

 

La mujer, primera transmisora del don de la vida y de la fe, iniciadora de auténtica humanidad

La mujer es el sagrario de la vida, pues la fecundación acontece en sus entrañas y la implantación vital del embrión humano se realiza en el seno materno. Éste garantiza la permanente y segura acogida del nuevo ser, y con ello su incorporación a la familia humana.

Los esposos y padres, pero específicamente la madre, son los transmisores de la vida y de la experiencia religiosa. A este embrión es infundida el alma inmortal creada directamente por Dios para completar las condiciones vitales del nuevo ser, según los planes de Dios.

Así la esposa y madre se convierte en el primer recinto sagrado donde se desarrollará el nuevo ser humano. Ella será la primera trasmisora del reconocimiento de los padres y del mundo exterior hacia el nuevo ser humano: acogida, valoración, afirmación, seguridad, supervivencia, desarrollo vital, absorción de los valores humanos y de la experiencia religiosa.

La mujer, esposa y madre, comparte las vivencias y experiencias de la Santísima Virgen María. Con ella pronuncia el “fiat”: Hágase en mí, como tú digas. Con María, como mujer y madre, comparte su respuesta “personal” y en cierta soledad, pero no desamparo.

Es la sumisión obsequiosa de la fe a Dios, no al varón, ni al destino, ni a la visión cultural o moda social. Ella se siente feliz como criatura del Señor, vivencialmente como mujer, semejante a María, que es bendita entre todas las mujeres por su particular y personal obediencia a Dios.

“Ser madre no significa sólo traer al mundo un hijo, sino que también es una elección de vida. La elección de vida de una madre es la elección de dar vida. Y esto es grande, esto es bello. Sin las madres, no sólo no habría nuevos fieles, sino que la fe perdería buena parte de su calor sencillo y profundo. No somos huérfanos, somos hijos de la Iglesia, somos hijos de la Virgen y somos hijos de nuestras madres” (Papa Francisco).

 

La belleza polifacética de la mujer en la Iglesia

La mujer es icono de la ternura y belleza de Dios en el mundo, en la sociedad. En la Iglesia es icono de la nueva Eva, de María, la llena de gracia y bendita entre todas las mujeres. Representa a la Iglesia como la Esposa de Cristo. En fin, goza de un espectro magnífico y esplendoroso de gracia y belleza espiritual.

Por estas y otras mil razones, la mujer, en el orden de la gracia, en la Iglesia, en la familia, en la sociedad, en el mundo… posee una riqueza real y significativa casi infinita, según los planes de Dios. La grandiosidad de María nos es accesible en cada mujer, sobre todo en la propia madre, gracias a la cual hemos venido al mundo todos los seres humanos y hemos experimentado las vivencias más originales y fundantes.

En fin, es tan grande la mujer cristiana en los planes de Dios que ignorarla equivaldría a privar a la Iglesia y a la humanidad de una riqueza inimaginable y polifacética. Equivaldrá a un reduccionismo empobrecedor de la creación de Dios. Casi le quitaría el alma, la alegría.

Es mucho en efecto lo que Dios ha dispuesto depositar en María y en la mujer como don para la humanidad, para la sociedad y para la Iglesia, como un mar sin fondo en el que siempre podremos bucear para sacar más y más tesoros de gracia y bendición en Cristo.

Por eso, la mujer en la Iglesia debería ser considerada como una perla preciosa digna de todo respeto y veneración. En ella, Dios ha depositado bienes admirables e inefables para bendición de la Iglesia y de la humanidad entera.

En analogía con la vida religiosa que no es jerarquía, la mujer pertenecería al corazón de la Iglesia. Por tanto, estarían justificadas en ella todas las formas de vestir y de presentación que expresen ternura, belleza, recato, pureza, castidad, prudencia, humildad, servicio, disponibilidad, sobriedad, cercanía, acogida, perdón, reconciliación, paz…

Y todo ello para contento y admiración del varón que la contempla y respeta como el mayor don recibido de Dios, como “la ayuda apropiada y a medida” que Dios mismo le ha proporcionado con infinito amor y deferencia para bien de la humanidad y para su gloria, que al y al cabo, es lo mismo.

 

La mujer hace posible y exige una cultura del encuentro en nuestros tiempos, una evangelización de la ternura

Aquí, gracias a la consideración de la mujer en la grandeza de su vocación, nos topamos con un filón que debe ser descubierto con alegría, trabajado con denuedo y puesto a valer cultural y religiosamente para progreso y edificación del mundo entero.

Se ha dicho, no sin razón, que la cultura actual ha sido forjada más por el espíritu y talante del varón que de la mujer.

Consecuencia de este protagonismo y a veces imposición del varón, y también por el poder del pecado, nuestra cultura se caracteriza por la ley del más fuerte, la confrontación, la eficacia y el bienestar, la no sostenibilidad de una sociedad próspera, pacífica, inclusiva; la guerra, la muerte necesaria de un individuo o de un colectivo para que sobreviva el otro…

Pues no hay alimentos para todos; no hay tierra para todos; no hay prosperidad para todos; no cabemos todos en el mundo… Algunos tienen que morir necesariamente, desaparecer, o emigrar, o sufrir, o resignarse…

Frente a estas realidades, muchas personas abogan por ir creando, soñando y forjando, incluso ensayando una cultura hecha más según la inspiración de la mujer, según su sentir, sus necesidades, sus parámetros, sus ideales, su intuición y experiencia religiosa.

Según esto, habría que pensar en primer lugar en una cultura del diálogo, del encuentro, de la reconciliación y del perdón, de la opción por la vida como valor supremo y de la inclusión, no del desencuentro, de la guerra, del descarte. No, pues todos cabemos en el mundo, hay alimentos para todos, nadie debe morir, no hay que sacrificar a ningún ser vivo y menos a los hombres…

Es posible un mundo distinto, una sociedad de la acogida, de la convivencia pacífica, de la inclusión incondicional del otro, del respeto sagrado hacia todo ser humano más allá de su credo, cultura, raza, posición social, salud personal física o psíquica, por encima del bienestar material…

La forma de pensar, de sentir y de actuar de la mujer le conecta con un ser superior y con Dios, de una forma, diríamos “connatural” y afectuosa: Dios debe de ser algo así como una “mujer”, especialmente si ha llegado a ser esposa y madre; debe de sentir algo así como siente una mujer al varón, a la vida, al mundo, a los niños, a los hijos, a los ancianos, a sí misma…

Por tanto, Dios no debe de estar muy lejano de la vida de los hombres y de la sociedad, y no debe de alegrarse con la muerte de nadie, no debe ser promotor de guerras y de rivalidades, ni esclavo de la ambición, de la avaricia, del poder dominador… Es muy difícil creer y justificar que, en nombre de Dios, se pueda matar, se pueda declarar la guerra y promover conflictos, violencia o terrorismo…

La verdadera religión y el culto a Dios han de incluir y promover todo lo que significa reconciliación, compasión, perdón, diálogo, respeto e incluso ternura en las relaciones humanas entre las personas, las comunidades y los pueblos. La humanidad, antes que nada, tiene que ser una familia de hermanos que viven en paz y armonía y se sienten solidarios en la abundancia y en la escasez.

La mujer nos recuerda a los cristianos la necesidad de no olvidar jamás la “dimensión mariana” de la Iglesia. Ella es constitutiva de la Iglesia y anterior a la función petrina: esposa, madre, evangelizadora.

Todo intento de combatir la cultura de la muerte, la destrucción de la familia y de la sociedad necesariamente tendrá que pasar por la restauración y promoción de la dignidad de la mujer, garantía de la vida y de la familia.

 

El velo “dice bien” con la mujer que representa la feminidad en la Iglesia y la nupcialidad

En la tradición de la Iglesia ha existido hasta nuestros días la costumbre y la delicadeza de cubrir los objetos bendecidos o consagrados dedicados al culto, como son el tabernáculo o sagrario donde se reserva el Santísimo Sacramento.

Los altares están cubiertos con manteles y adornados porque representan a Cristo. Son la “mesa” donde se preparan los dones que serán consagrados. Los vasos sagrados, copones y cálices, son adornados y también cubiertos artísticamente.

La Iglesia como tal es la “perla preciosa”, la nueva creación en gracia y santidad, la novia que representa a todas las naciones. Todos los laicos toman parte en la naturaleza femenina de la Iglesia, pero las mujeres simbolizan a la Iglesia como la novia.

Las mujeres recuerdan a los varones que la esencia de la Iglesia es su condición de “desposada” con Dios: Ha sido sacada de las tinieblas y del pecado y ha sido adornada como novia para su Esposo. Toda mujer bautizada es un icono de esa vocación de toda la Iglesia. Ésta no puede olvidarse de ese primer amor, fundante y definitivo.

Por eso, toda mujer en la Iglesia es digna de una veneración especial, de respeto, de estima y de cariño. Una comunidad cristiana madura debería reservar para toda mujer un sitial de honor por consideración a la Nueva Eva, la Santísima Virgen María, Madre de Dios, y en atención a la función humana y salvífica con la que Dios le ha distinguido y embellecido, no para su autocomplacencia y vanidad, sino para gloria de Dios y bien de la humanidad y de la Iglesia.

Esta disposición de Dios respecto de la mujer es sagrada y única, digna de todo respeto por parte del varón. Los laicos varones en la Iglesia representan a Cristo, el novio. De ahí que algunos varones accedan al sacerdocio ministerial de Cristo, para bien de la Iglesia, no para su propio interés y poder.

La función y la dignidad jerárquicas no debe generar en el clero actitudes de suficiencia, autoritarismo y discriminación respecto de las mujeres, sino más bien todo lo contrario: un ministerio sacerdotal y pastoral inspirado por la caridad y la atención personal según las necesidades de cada uno. Los clérigos deben imitar la humildad y delicadeza con que Jesús trataba a las mujeres de su tiempo.

El Papa Francisco ha denunciado los daños que causa el clericalismo en la Iglesia. Los pastores deberían ser especialmente cuidadosos en el trato y consideración de la mujer en la Iglesia, sus más acérrimos defensores y promotores. Siempre será la mujer una prioridad pastoral. A veces ellas constituyen, de hecho, la verdadera opción por los pobres y marginados, o descartados.

Lamentablemente, la mujer suele ser víctima de la violencia, la marginación, el abuso, la soledad, la insolidaridad, el egoísmo cruel… Las “viudas” de la Sagrada Escritura son la personificación de los más abandonados en la sociedad y en la comunidad religiosa. Y Dios aparece frecuentemente como el “defensor de las viudas”.

Las palabras que el ángel dirigió a san José también se aplican a los clérigos: José, no tengas reparo en llevarte a María tu mujer. Ellos no deben tener ningún reparo en acoger todo lo que Dios ha depositado y realiza en ellas para enriquecer a la Iglesia y a la humanidad entera. Como José a María en su día, deben dar legitimidad y plena integración de las mujeres en la Iglesia y en la sociedad, como una bendición de Dios. “Le pondrás por nombre Jesús, que significa Salvador”.

El Papa Francisco aconsejaba no hace mucho a los jesuitas de Perú superar la vanidad y elitismo clerical y adoptar gestos y conductas cercanas al pueblo y más en concreto a las mujeres: “La mujer debe dar a la Iglesia toda aquella riqueza que von Balthasar llamaba «la dimensión mariana». Sin esta dimensión la Iglesia queda renga o tiene que usar muletas y entonces camina mal. Creo que en esto hay mucho que andar. Y repito, como les dije hoy a los obispos: «desprincipiar», estar cercanos a la gente…” (https://ismaelojeda.wordpress.com/2018/02/16/46026/).

 

Al final, ¿usar velo, por qué, y para qué?

A estas alturas, la mujer consciente de lo dicho hasta aquí se preguntaría qué añade llevar velo o qué se pierde si deja de llevarlo. Quizás lo más acertado y valioso sea la voluntad y la libertad de cada mujer en la Iglesia. Lo más valioso de lo expuesto quizás sea el haber dado vueltas a un tema y a una experiencia que interesa a todos, para gloria de Dios, bien de la humanidad y crecimiento y belleza de la Iglesia.

Ante esta ambiciosa apuesta, el uso de un atuendo femenino en sí mismo puede parecer insignificante y hasta ridículo. Sin embargo, no despreciable. El valor de este gesto a los ojos de Dios será infinito y de capital importancia para la madurez, belleza y fecundidad de la Iglesia en nuestro mundo.

En efecto, una mujer que usa el velo, con motivación religiosa, muestra a todas luces una gran reverencia ante Dios y ante la Iglesia, y fomenta su propio recogimiento para la oración; se honra a sí misma ante los demás valorando su pertenencia a Dios. Simboliza también a toda la Iglesia en cuanto que es la esposa de Cristo.

San Pablo pide a las mujeres que se sometan a sus maridos por amor a Dios; análogamente la Iglesia debe someterse a Cristo; y Cristo llevó una vida sumisa a los designios del Padre. Por eso, Cristo amó a la Iglesia hasta el punto de sufrir y morir por ella. Los maridos imitando a Cristo amarán a sus esposas como a su propio cuerpo. Y este es un gran misterio, confesará san Pablo, y “yo lo refiero a Cristo y a su Iglesia”.

El velo es una prenda de vestir que la mujer utiliza para orar, para comunicarse con Dios por lo general en asamblea litúrgica. Las mujeres tienen naturalmente un cabello hermoso, y el velo acentúa esa belleza. Pero con la intención de agradar a Dios no a los hombres. Por tanto, con velo o sin velo, la mujer expresará siempre ante su Esposo y Señor sentimientos de humildad, delicadeza, amor apasionado y nupcial, recato, modestia, recogimiento, piedad y, en fin, contemplación.

El Papa Francisco comenta la forma peculiar de sentir y de orar de María que guardaba todas estas cosas en su corazón: “Contemplando a la Madre nos sentimos animados a soltar tantos pesos inútiles y a encontrar lo que verdaderamente cuenta. El don de la Madre, el don de toda madre y de toda mujer es muy valioso para la Iglesia, que es madre y mujer”.

Prosigue el Papa con una referencia muy sugerente acerca de la manera peculiar de sentir, actuar y orar de san José y de todo varón: “Y mientras el hombre frecuentemente abstrae, afirma e impone ideas; la mujer, la madre, sabe custodiar, unir en el corazón, vivificar. Para que la fe no se reduzca sólo a una idea o doctrina, todos necesitamos de un corazón de madre, que sepa custodiar la ternura de Dios y escuchar los latidos del hombre. Que la Madre, que es el sello especial de Dios sobre la humanidad, custodie este año y traiga la paz de su Hijo al corazón de todos los hombres y al mundo entero” (https://www.aciprensa.com/noticias/texto-homilia-del-papa-francisco-en-la-solemnidad-de-santa-maria-madre-de-dios-12676).

 

A modo de conclusión

¿Por qué usar velo? Porque quieres: Porque a Dios le encantó hacerte mujer, como María, con una misión única e intransferible. Quiso hacerte libre y le gusta verte libre y creativa, llena de amor y feliz como él, que Amante de la vida. Porque estás orgullosa de ser mujer, porque te gustas en él, porque es tu respuesta entusiasta a Dios que te hizo mujer como María, y sabes por fe, estás segura de que eso es lo mejor para ti, para todos.

¿Y para qué usar velo? Para aprender a cumplir la voluntad de Dios, para aprender la fidelidad a tu vocación única y original de mujer como María… Para disponerte a ser esposa, a ser madre… Para colaborar de la mejor manera posible con los designios de Dios y salvar a todos los hombres, para amar a discreción, como María… bendita entre todas las mujeres. Y para llevar el Fruto bendito de su vientre a todas las naciones, para gloria y alabanza de Dios Padre, Hijo y Espíritu. Amén.

Por si puede interesar: 

http://www.academia.edu/34679861/DIMENSI%C3%93N_MARIANA_DE_LA_IGLESIA_Y_MISERICORDIAhttp://www.academia.edu/34679861/DIMENSI%C3%93N_MARIANA_DE_LA_IGLESIA_Y_MISERICORDIA

http://nihilobstat.dominicos.org/articulos/una-iglesia-mariana/

https://youtu.be/LWu_RFHBZmQ

http://adelantelafe.com/uso-del-velo-en-la-mujer-en-la-santa-misa/

http://www.padremiguel.info/mujer-como-te-vistes-delante-de-dios/

 


Maná y Vivencias Cuaresmales (8), 21.2.18

febrero 21, 2018

Miércoles de la 1ª semana de Cuaresma

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Un corazón quebrantado y humillado, tú, Dios mío, no lo desprecias



Antífona de entrada: Salmo 24, 6.3.22

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas y no permitas que nos derrote el enemigo. Sálvanos, Dios de Israel, de todas nuestras angustias.


Oración colecta

Señor, mira complacido a tu pueblo, que desea entregarse a ti con una vida santa; y a los que dominan su cuerpo con la penitencia transfórmales interiormente mediante el fruto de las buenas obras. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Jonás 3, 1-10

Vino la palabra del Señor sobre Jonás: «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo.»

Se levantó Jonás y fue a Nínive, como mandó el Señor. Nínive era una gran ciudad, tres días hacían falta para recorrerla. Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día, proclamando: «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!»

Creyeron en Dios los ninivitas; proclamaron el ayuno y se vistieron de saco, grandes y pequeños.

Llegó el mensaje al rey de Nínive; se levantó del trono, dejó el manto, se cubrió de saco, se sentó en el polvo y mandó al heraldo a proclamar en su nombre a Nínive:

«Hombres y animales, vacas y ovejas, no prueben bocado, que no pasten ni beban; vístanse de saco hombres y animales; invoquen fervientemente a Dios, que se convierta cada cual de su mala vida y de la violencia de sus manos; quizá se arrepienta, se compadezca Dios, quizá cese el incendio de su ira, y no pereceremos.»

Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó.


SALMO 50, 3-4.12-13.18-19

Un corazón quebrantado y humillado, tú, Dios mío, no lo desprecias.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.

Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias.


Aclamación antes del Evangelio: Ezequiel 18, 31

Arrojad lejos de vosotros todo el mal y estrenad un corazón nuevo, y vivid con ánimo renovado.


EVANGELIO: Lucas 11, 29-32

En aquel tiempo, la gente se apiñaba alrededor de Jesús, y él se puso a decirles: «Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás.

Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación.

Cuando sean juzgados los hombres de esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que los condenen; porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.

Cuando sea juzgada esta generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que los condenen; porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás.»


Antífona de comunión: Salmo 5, 12

Que se alegren, Señor, cuantos en ti confían, que se regocijen eternamente porque tú estás con ellos.


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VIVENCIAS CUARESMALES

San Agustín, maestro de la conversión cristiana

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8. MIÉRCOLES

PRIMERA SEMANA DE CUARESMA

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Esta generación es una generación perversa, porque los habitantes de Nínive se convirtieron con la predicación de Jonás; y aquí hay uno que es más que Jonás.


TEMA: La conversión, “la determinada determinación” de cambio. Intransigencia con toda forma de mal. Transformación del corazón.

La conversión es para todos sin excepción y no podemos excusarnos ni exigir demasiadas pruebas. Cristo ya ha venido, Dios ya no tiene más que hacer por nosotros; ahora se pone en acción nuestra respuesta generosa, nuestra creatividad, la hora de la Iglesia, la hora de la imaginación. ¿Sientes, hermano, celos y fuego por la gloria de Dios en ti y en los demás?

Deberías pedir a Dios con toda sinceridad que te purifique sin miramientos, deberías ponerte en sus manos cada día, pues él es un experto cirujano. El Espíritu intervendría en toda tu persona para que reprodujeras la imagen de Cristo.

Como solícito hortelano, Cristo podaría tus ramas muertas para que dieses más fruto aunque la poda te doliera. ¿Vives con deportividad tu entrega al Señor y a los hermanos? No busques muchas pruebas del amor de Dios hacia ti, ni de sus exigencias, para que seas verdaderamente libre.

La conversión de los bautizados supera la conversión de los ninivitas porque se abren a un Dios “siempre mayor”. Nuestra conversión consistirá en acoger todo el plan de Dios, pues llegaron los últimos tiempos. Esa acogida exige matar de raíz toda negligencia ante el advenimiento del reino de Dios pues se ha cumplido el plazo…

Por eso, Ezequiel 18, 31 nos pide: “Arrojad lejos de vosotros todo el mal y estrenad un corazón nuevo, y vivid con ánimo renovado” (Aclamación del Evangelio).

Nuestra conversión se traducirá en una auténtica renuncia al mal en todas sus formas, con total determinación, de manera absoluta. Renunciar a todo lo que Dios llama pecado aunque nosotros no lo percibamos del todo así, o no nos parezca tan malo; sólo de esta manera llegaremos a la verdad total y la libertad de los hijos de Dios.

Reza el salmo 50 una y otra vez, en esta cuaresma, porque es el salmo penitencial por excelencia. Tu oración cuaresmal, por excelencia. ¿Si no lo rezas ahora de verdad, cuándo lo harías? Además, ahora toda la Iglesia te acompaña, de manera especial.

¿No lo notas? Trata de sentirlo: La Iglesia es tu familia, no la sientas en modo alguno ajena. Tú rezas por la conversión de los otros y, al rezar, los comienzas a perdonar y pides que sus pecados les sean perdonados. Y los demás rezan por ti. Tus pecados, de alguna manera, son de los otros o afectan a todos. Lo que hacen los demás, lo haces tú con ellos. En la Cuaresma puedes sentir más intensamente la unidad de la Iglesia.

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Oración:

Misericordia, Dios mío; por tu bondad, por tu inmensa compasión, borra mi culpa. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. ¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme. Y mi boca cantará tu alabanza. Amén.

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Amable lector, apreciada lectora, hace ocho días comenzamos el itinerario cuaresmal, con la imposición de la ceniza. Me alegra pensar que sigues con renovado amor el día a día de la Cuaresma. Pero nadie está libre de caer en la rutina.

Por eso, hermano, hermana, te invito a echar un vistazo atrás y preguntarte cómo has aprovechado estos ocho días: ¿Has encontrado algo nuevo que te ha impactado, que te hace vibrar, has avanzado en tu vida espiritual?

Da gracias a Dios por lo conseguido, y pide la gracia de una conversión sincera. San Agustín, el gran convertido, te recuerda: No necesitas escuchar novedades, sino ser nuevo tú mismo por el afán de aprender, de superarte, de conocer más a Dios y de hacer más felices a tus hermanos.

Pensando en los hermanos terciarios, pero sin excluir a nadie, a continuación te ofrezco un resumen de cómo entendía y sentía san Agustín la Cuaresma, y cómo la predicaba a sus fieles.

A ver si sus palabras siguen teniendo inspiración y fuerza para ti. Suerte, con la gracia de Dios, y con el obsequio de tu actitud humilde. Hasta mañana, si Dios quiere.



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SAN AGUSTÍN EN VIVO, para la Cuaresma

El ciclo litúrgico de los misterios del Señor significa para la Iglesia una consagración y santificación del tiempo, totalmente opuesto a los ciclos cósmicos de la filosofía antigua. Contra el perpetuo rodar de los siglos sin esperanza, la Iglesia introdujo la Pascua, cuyo hecho central es la resurrección del Señor, y en esperanza la resurrección de todos los hombres.

Tal ha sido la máxima revolución de la historia, que ya ordena y encabeza los tiempos en Cristo dándoles un contenido espiritual que nunca tuvieron los paganos, ni tiene el tiempo entre los musulmanes o entre los hindúes.

Nuestro tiempo está lleno de Cristo, y por eso lo llamamos cristiano. Situándose, pues, San Agustín en medio de este acontecimiento cósmico, divide o acoge la división del tiempo en dos secciones: antes y después de Pascua.

El primero es de tentación, lucha y tristeza; el segundo, de triunfo y de gozo. “Este tiempo de miseria y gemido nuestro significa la cuaresma antes de la Pascua, y los cincuenta días posteriores dedicados a la alabanza divina representan el tiempo de alegría, del reposo en la felicidad, de la vida eterna, del reino sin fin que todavía no ha llegado.

Hay, pues, dos tiempos; uno, antes de la resurrección del Señor; otro, después de la misma; uno, en el que estamos ahora; otro, en el que esperamos estar. El tiempo cuaresmal, que es nuestro tiempo actual, es de tristeza. El aleluya pascual significa el tiempo de gozo, del descanso y del reino que poseeremos. Son frecuentes en la Iglesia las alabanzas de Dios -el canto del aleluya- para significar la vida de alabanzas incesantes del reino futuro.

La pasión del Señor significa nuestro tiempo, en que estamos. Los azotes, las ataduras, injurias, salivazos, corona de espinas, el vino con hiel, el vinagre en la esponja, los insultos, los oprobios y, finalmente, la cruz con el cuerpo pendiente en ella, ¿qué significan sino el tiempo en que vivimos, que es de tristeza, mortalidad, tentación?

Por eso es un tiempo feo… Tiempo feo; pero, si lo usamos bien, tiempo fiel. ¿Qué cosa más fea que un campo estercolado? Más hermoso estaba antes de recibir el estiércol; mas fue abonado para que diese fruto. La fealdad, pues, de este tiempo es un signo; ella sea para nosotros tiempo de fertilidad” (Sermón 254,5).

Aunque todo el tiempo cristiano, mientras vivimos en este mundo, tiene un rasgo cuaresmal en el sentido mencionado, la cuaresma cristiana comprende un espacio limitado de días para prepararse a la fiesta de la Pascua.

Este tiempo se celebraba muy solemnemente en la época del Obispo de Hipona: “Ya llega el tiempo solemne que debo recomendarles para que reflexionen más seriamente sobre su alma y sobre la penitencia corporal. Porque éstos son los cuarenta días sacratísimos en todo el orbe de la tierra en que, al acercarse la Pascua, todo el mundo, que Dios reconcilia consigo en Cristo, celebra con loable devoción” (Sermón 209, 1).

Este exordio solemne de un sermón cuaresmal indica bien la seriedad con que la Iglesia promovía la reconciliación de los cristianos con Dios. Pensamiento central de la cuaresma era el misterio de la redención humana obrada por Cristo, y que debía ser actuada por los cristianos con una cooperación espiritual y corporal.

En la raíz misma de la espiritualidad cuaresmal pone el Santo la humildad: “Porque este tiempo de humildad significado por estos días es la misma vida de este mundo en que Cristo, nuestro Señor, que murió una vez por nosotros, en cierto modo vuelve a padecer todos los años con el retorno de esta solemnidad. Pues lo que se realizó una vez en el tiempo para que fuese renovada nuestra vida, se celebra todos los años para traerlo a nuestra memoria.

Si, pues, durante todo el tiempo de nuestra peregrinación, viviendo en medio de tentaciones, debemos ser humildes de corazón, ¡cuánto más en estos días, en que no sólo se vive, sino que también se simboliza en la celebración este tiempo de nuestra humillación!

Humildes nos enseñó a ser la humildad de Cristo, pues se entregó a la muerte por los impíos; grandes nos hace la grandeza de Cristo, porque, resucitando, se adelantó a nuestra piedad” (Sermón 206, 1).

El cristiano, pues, ha de participar de la pasión y resurrección de Cristo. Por la humildad de la pasión, a la gloria de la resurrección: he aquí el itinerario espiritual de la cuaresma cristiana. Por eso la cruz se alza en medio de este tiempo, no sólo como signo de redención, sino también como bandera de la milicia cristiana: “Y en esta cruz, durante toda esta vida que se lleva en medio de tentaciones, debe estar siempre clavado el cristiano” (Sermón 205, 1).

¿Cuál es el programa espiritual de este tiempo? El de una más copiosa alimentación espiritual por la meditación de la palabra de Dios, o digamos de las verdades eternas; y el de la crucifixión o mortificación corporal, significada, sobre todo, por el ayuno.

Tres tipos de penitencia cuaresmal nos ofrece la Escritura en otros tres personajes de la historia de la salvación: Moisés, Elías y Cristo. Ellos nos enseñan que “no hemos de conformarnos y apegarnos a este mundo, sino crucificar al hombre viejo, no andando en comilonas y embriagueces, en los placeres carnales e impurezas, ni en discordias o envidias, sino que debemos revestirnos de Jesucristo, sin preocuparnos de las pasiones del cuerpo (Rom. 13,13-14).

Vive así siempre, ¡oh cristiano! Si no quieres sumergirte en el fango de la tierra, no desciendas de esta cruz. Y así se debe vivir, sobre todo en este tiempo cuaresmal, en espera de la vida nueva” (Sermón 205, 1).

La cuaresma tiene una significación total para la vida cristiana: la de renuncia a los deseos desordenados del mundo. Es la misma exigencia bautismal con su abnegación de las vanidades mundanas: “Se nos recomienda en nuestra conducta, mientras vivimos en este mundo, abstenernos de las codicias del siglo; esto indica el ayuno de este tiempo conocido de todos con el nombre de cuaresma” (Sermón 270, 3).

La ocupación de este tiempo se resume en la meditación de la palabra de Dios, en la penitencia corporal -significada particularmente por el ayuno- y en las obras de misericordia. La Iglesia recomienda más oración para este tiempo: “Durante estos días dedíquense a más frecuentes y fervorosas oraciones” (Sermón 205, 2). El fin es conseguir humildad y contrición de los pecados, o lo que llama el Santo “afanarse gimiendo” (in gemitu laborare).

El gemido de la oración reconoce dos causas: el sentimiento de los pecados y la ausencia de la patria durante la peregrinación. Reflexionar sobre la miseria del pecado y de la ausencia de Dios y de los grandes bienes que esperamos en la vida futura da a la cuaresma su sello de austeridad.

Por eso la memoria de la pasión de Cristo impregna todo este programa, porque el aniversario de los trabajos de Cristo en la pasión nos recuerda la condición temporal de la existencia cristiana, sujeta a tantas tentaciones, y nos confirma en la esperanza del perdón.

San Agustín da también una gran importancia al ejercicio de las obras de misericordia, y dedica un sermón cuaresmal al perdón de las ofensas. El hombre que odia es una cárcel tenebrosa para sí mismo; su corazón es su cárcel. Con este motivo comenta las palabras de san Juan: El que no ama a su hermano está en las tinieblas todavía (Jn 3, 15).

Este ejercicio es necesario para los cristianos durante su vida, pero en la cuaresma es cuando debe purificarse el corazón, y Agustín no se cansa de repetir que es uno de los ejercicios cuaresmales que más deben tenerse en cuenta:

“Atención todos, hombres y mujeres, pequeños y grandes, laicos y clérigos; y yo también me dirijo a mí mismo. Oigamos todos, temamos todos. Si hemos faltado contra los hermanos, hagamos lo que manda el Padre, que también será nuestro juez; pidamos perdón a todos, a los que tal vez hemos ofendido y dañado con nuestras faltas” (Sermón 211, 5).

El ejercicio del perdón mutuo era muy necesario en la diócesis de Hipona, porque los africanos eran vengativos. Ya se sabe también que el ayuno corporal era práctica universal de la Iglesia, con privación de cosas lícitas e ilícitas: “Castiguemos nuestro cuerpo y reduzcámoslo a servidumbre; y, a fin de que las pasiones insumisas no nos arrastren a cosas ilícitas, para dominarlas privémonos también de cosas lícitas” (Sermón 207, 2).

Pero lo que se le niega al cuerpo debe distribuirse a los necesitados, porque el ayuno no aprovecha al que lo guarda sin practicar la misericordia. Constantemente une el Santo las tres cosas -ayunos, oraciones y limosnas-, como medio de prepararse para la Pascua: “Hay que dar limosna, ayunar y orar para vencer las tentaciones del mundo, las insidias del diablo, los trabajos de la vida, las sugestiones de la carne, las turbulencias temporales y toda clase de adversidad corporal y espiritual” (Sermón 207, 1).

Toda esta ascética cuaresmal es propia de cualquier tiempo. Por eso san Agustín asemeja la cuaresma a la misma peregrinación humana, que avanza en este mundo entre contradicciones, fatigas y combates que sólo acabarán con el descanso de la Pascua. “Los pobres a quienes damos limosna, ¿qué otra cosa son sino nuestros portaequipajes, que nos ayudan a transportar nuestros bienes de la tierra al cielo? Los entregas al portaequipajes, y él lleva al cielo lo que le das” (Sermón 97 A, 1).

“Mi exhortación, hermanos, sería ésta: den del pan terreno y llamen a las puertas del Pan celeste. El Señor es ese Pan. Yo soy -dice- el pan de la vida (Jn 5, 35). ¿Cómo te lo va a dar a ti, cuando tú no se lo ofreces al necesitado? Ante ti está un necesitado, y tú mismo estás como necesitado ante otro. Pero aquél está como necesitado ante otro necesitado, mientras que aquél ante quien tú estás no necesita de nadie. Haz tú lo que quieres que se haga contigo (Sermón 389, 6).

(Del libro del P. Víctor Capánaga Agustín de Hipona, Maestro de la conversión cristiana, Madrid 1974, pp. 417-420; resumen del P. Pablo Panedas, oar).


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