El maná de cada día, 14.12.17

diciembre 14, 2017

 

Jueves de la 2ª semana de Adviento

.

No temas, yo mismo te auxilio

No temas, yo mismo te auxilio



PRIMERA LECTURA: Isaías 41, 13-20

Yo, el Señor, tu Dios, te agarro de la diestra y te digo: «No temas, yo mismo te auxilio.» No temas, gusanito de Jacob, oruga de Israel, yo mismo te auxilio –oráculo del Señor–.

Tu redentor es el Santo de Israel.

Mira, te convierto en trillo aguzado, nuevo, dentado: trillarás los montes y los triturarás; harás paja de las colinas; los aventarás, y el viento los arrebatará, el vendaval los dispersará; y tú te alegrarás con el Señor, te gloriarás del Santo de Israel.

Los pobres y los indigentes buscan agua, y no la hay; su lengua está reseca de sed. Yo, el Señor, les responderé; yo, el Dios de Israel, no los abandonaré.

Alumbraré ríos en cumbres peladas; en medio de las vaguadas, manantiales; transformaré el desierto en estanque y el yermo en fuentes de agua; pondré en el desierto cedros, y acacias, y mirtos, y olivos; plantaré en la estepa cipreses, y olmos y alerces, juntos.

Para que vean y conozcan, reflexionen y aprendan de una vez, que la mano del Señor lo ha hecho, que el Santo de Israel lo ha creado.


SALMO 144, 1.9.10-11.12-13ab

El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que té bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas;

Explicando tus hazañas a los hombres, la gloria y majestad de tu reinado. Tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad.


ACLAMACIÓN: Isaías 45, 8

Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad al Justo. Ábrase la tierra y brote la salvación.


EVANGELIO: Mateo 11, 11-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:

«Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él. Desde los días de Juan, el Bautista, hasta ahora se hace violencia contra el reino de Dios, y gente violenta quiere arrebatárselo.

Los profetas y la Ley han profetizado hasta que vino Juan; él es Elías, el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo. El que tenga oídos que escuche.»
.

EL DIVINO IMPERTINENTE

Vivir desde los parámetros de Dios implica abrazar todas las cosas, personas y acontecimientos desde la confianza en esa solicitud con que la providencia divina viste los lirios del campo y la hierba que hoy crece y mañana se seca. No hay nada que se escape a la presencia y al amor de Dios.

Nosotros, en cambio, con nuestra cortedad de miras, nos atrevemos a clasificar los acontecimientos en nimios e importantes, y a distinguir entre las personas que valen la pena y las que no.

¿Crees, acaso, que tienes la suficiente perspectiva humana como para dar su justo valor a esas cosas y personas? Y aunque la tuvieras, ¿crees, acaso, que tienes la suficiente perspectiva sobrenatural para conocer y amar las cosas como Dios las conoce y las ama?

Acostúmbrate a valorar todo lo que te parece humanamente pequeño, eso que otros desprecian por su inutilidad e insignificancia, o que nunca te hará triunfar.

Aprende también a ver y a amar desde los parámetros de Dios esos imprevistos, esos cambios de planes, eso tan inoportuno que te sucede de repente, eso que no viene al caso y que te molesta, esa llamada inesperada, esa persona que te resulta impertinente porque te interrumpe, retrasa o cambia tus planes.

Todo eso vale mucho más que los lirios del campo y está revestido, como ellos, de esa belleza de la providencia de Dios que ni siquiera Salomón, con todo su fasto, pudo alcanzar.
.

Adviento es el tiempo del Espíritu y de María

Adviento es el tiempo de la maternidad de María por obra del Espíritu Santo. Tiempo de gestación expectante en el alma ante el próximo nacimiento del Verbo encarnado.

Al compás del amor, brotan en el corazón deseos callados de contemplar asombrados el rostro niño de Dios. Deseos que nacen del Espíritu Santo, Aquel que ora y clama en nosotros pidiendo la venida de Cristo: ¡Ven, Amado! ¡Ven, Nacido! ¡Ven, Esperado!

Y es la Virgen Madre quien acompaña en el seno del Adviento el nacimiento del Verbo, como acompaña en el seno de Pentecostés el nacimiento de la Iglesia. Paralelismos sostenidos por el Espíritu, Aquel por quien toda virginidad se hace fecunda y materna.

Prepara tu alma con aires de hogar para acoger en ella al Verbo que se hace carne de tu carne. Embellécela con más silencio contemplativo, con oración más intensa, para que resuene en ella la voz de ese Espíritu Santo que clama enamorado al Verbo.

Empapa tu Adviento de mucho Espíritu Santo. Pídele que se haga presente en tu vida, en tu actividad, en tu trabajo, en tus afanes y preocupaciones, en todos los momentos y circunstancias de tu día a día; invócalo sobre las personas que te rodean o sobre las que están lejos, en las situaciones difíciles, en los momentos más duros.

Pídele que cubra con su gracia tu persona y tu vida, la Iglesia toda, el mundo entero, como cubrió y fecundó el seno virginal de María, para que en todo y en todos crezca ese cuerpo niño del Verbo que es la Iglesia.

Adviento es el tiempo que el Espíritu guía y conduce hacia el Verbo de Belén. Allí contemplas también a la Virgen, siempre Madre, que se anonada de humildad adorando esa carne de Dios. Ponte quieto junto a Ella, y calla. Adora y calla.

No quieras romper ese silencio contenido que, en las frías noches de Belén, envuelve con ecos del Espíritu el resonar de esta Palabra del Padre.

Anuncios

Las Confesiones de san Agustín. I, 7.11

diciembre 13, 2017

.

.

.

Agustín confiesa los pecados de la infancia (Conf. I, 7.11)

.

11. Escúchame, ¡Oh Dios! ¡Ay de los pecados de los hombres! Y esto lo dice un hombre, y tú te compadeces de él por haberlo hecho, aunque no el pecado que hay en él24.

¿Quién me recordará el pecado de mi infancia, ya que nadie está delante de ti limpio de pecado, ni aun el niño cuya vida es de un solo día sobre la tierra?25 ¿Quién me lo recordará? ¿Acaso cualquier chiquito o párvulo de hoy, en quien veo lo que no recuerdo de mí? ¿Y qué era en lo que yo entonces pecaba? ¿Acaso en desear con ansia el pecho llorando?

Porque si ahora hiciera yo esto, no con el pecho, sino con la comida propia de mis años, deseándola con tal ansia, justamente fuera mofado y reprendido. Luego dignas eran de reprensión las cosas que hacía yo entonces; mas como no podía entender a quien me reprendiera, ni la costumbre ni la razón sufrían que se me reprendiese.

La prueba de ello es que, según vamos creciendo, extirpamos y arrojamos estas cosas de nosotros26, y jamás he visto a un hombre cuerdo que al tratar de limpiar una cosa arroje lo bueno de ella.

¿Acaso, aun para aquel tiempo, era bueno pedir llorando lo que no se podía conceder sin daño, indignarse acremente con las personas libres que no se sometían y aun con las mayores y hasta con mis propios progenitores y con muchísimos otros, que, más prudentes, no accedían a las señales de mis caprichos, esforzándome yo por hacerles daño con mis golpes, en cuanto podía, por no obedecer a mis órdenes, a las que hubiera sido pernicioso obedecer?

¿De aquí se sigue que lo que es inocente en los niños es la debilidad de los miembros infantiles, no el alma de los mismos?

Vi yo y hube de experimentar cierta vez a un niño celoso. Todavía no hablaba y ya miraba pálido y con cara amargada a un hermano suyo de leche. ¿Quién hay que ignore esto? Dicen que las madres y nodrizas pueden conjurar estas cosas con no sé qué remedios.

Yo no sé que se pueda tener por inocencia no sufrir por compañero en la fuente de leche que mana copiosa y abundante al que está necesitadísimo del mismo socorro y que con sólo aquel alimento sostiene la vida. Pero se tolera indulgentemente con estas faltas, no porque sean nulas o pequeñas, sino porque se espera que con el tiempo han de desaparecer.

Por lo cual, aunque lo apruebes, si tales cosas las hallamos en alguno entrado en años, apenas si las podemos llevar con paciencia.

http://www.augustinus.it/spagnolo/confessioni/index.htm


El maná de cada día, 13.12.17

diciembre 13, 2017

Miércoles de la 2ª semana de Adviento

.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré



PRIMERA LECTURA: Isaías 40, 25-31

«¿A quién podéis compararme, que me asemeje?», dice el Santo. Alzad los ojos a lo alto y mirad: ¿Quién creó aquello?

El que cuenta y despliega su ejército y a cada uno lo llama por su nombre; tan grande es su poder, tan robusta su fuerza, que no falta ninguno.

Por qué andas hablando, Jacob, y diciendo, Israel: «Mi suerte está oculta al Señor, mi Dios ignora mi causa»? ¿Acaso no lo sabes, es que no lo has oído?

El Señor es un Dios eterno y creó los confines del orbe. No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia.

Él da fuerza al cansado, acrecienta el vigor del inválido; se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan; pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse.


SALMO 102,1-2.3-4.8.10

Bendice, alma mía, al Señor.

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.

El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas.


Aclamación antes del Evangelio

Mirad que llega el Señor para salvar a su pueblo; dichosos los que están preparados para salir a su encuentro.

EVANGELIO: Mateo 11, 28-30

En aquel tiempo, exclamó Jesús:

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

.

JESÚS, MODELO DE MANSEDUMBRE

P. Francisco Fernández Carvajal

El texto del profeta Isaías en la Primera lectura de la Misa (1), como el Salmo responsorial (2), nos invitan a contemplar la grandeza de Dios, frente a esa debilidad nuestra que conocemos por la experiencia de repetidas caídas.

Y nos dicen que el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en misericordia (3), y quienes esperan en Él renuevan sus fuerzas, les nacen alas como de águila, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse (4).

El Mesías trae a la humanidad un yugo y una carga, pero ese yugo es llevadero porque es liberado y la carga no es pesada, porque Él lleva la parte más dura. Nunca nos agobia el Señor con sus preceptos y mandatos; al contrario, ellos nos hacen más libres y nos facilitan siempre la existencia.

Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré, nos dice Jesús en el Evangelio de la Misa. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera (5).

Se propone a Sí mismo el Señor como modelo de mansedumbre y de humildad, virtudes y actitudes del corazón que irán siempre juntas.

Se dirige Jesús a aquellas gentes que le siguen, maltratadas y abatidas como ovejas sin pastor (6), y se gana su confianza con la mansedumbre de su corazón, siempre acogedor y comprensivo.

La liturgia de Adviento nos propone a Cristo manso y humilde para que vayamos a Él con sencillez, y también para que procuremos imitarle como preparación de la Navidad. Sólo así podremos comprender los sucesos de Belén; sólo así podremos hacer que quienes caminan junto a nosotros nos acompañen hasta el Niño Dios.

A un corazón manso y humilde, como el de Cristo, se abren las almas de par en par. Allí, en su Corazón amabilísimo, encontraban refugio y descanso las multitudes; y también ahora se sienten fuertemente atraídas por Él, y en Él hallan la paz.

El Señor nos ha dicho que aprendamos de Él. La fecundidad de todo apostolado estará siempre muy relacionada con esta virtud de la mansedumbre.

Si observamos de cerca a Jesús, le vemos paciente con los defectos de sus discípulos, y no tendrá inconveniente en repetir una y otra vez las mismas enseñanzas, explicándolas detalladamente, para que sus íntimos, lentos y distraídos, conozcan la doctrina de la salvación.

No se impacienta con sus tosquedades y faltas de correspondencia. Verdaderamente, Jesús, “que es Maestro y Señor nuestro, manso y humilde de corazón, atrajo e invitó pacientemente a sus discípulos” (7).

Imitar a Jesús en su mansedumbre es la medicina para nuestros enfados, impaciencias y faltas de cordialidad y de comprensión. Ese espíritu sereno y acogedor nacerá y crecerá en nosotros en la medida en que tengamos más presencia de Dios y consideremos con más frecuencia la vida de Nuestro Señor.

“Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación, que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo” (8). Especialmente la contemplación de Jesús nos ayudará a no ser altivos y a no impacientarnos ante las contrariedades.

No cometamos el error de pensar que ese “mal carácter” nuestro, manifestado en ocasiones y circunstancias bien determinadas, depende de la forma de ser de quienes nos rodean.

“La paz de nuestro espíritu no depende del buen carácter y benevolencia de los demás. Ese carácter bueno y esa benignidad de nuestros prójimos no están sometidos en modo alguno a nuestro poder y a nuestro arbitrio. Esto sería absurdo.

La tranquilidad de nuestro corazón depende de nosotros mismos. El evitar los efectos ridículos de la ira debe estar en nosotros, y no supeditarlo a la manera de ser de los demás. El poder de superar nuestro mal carácter no ha de depender de la perfección ajena, sino de nuestra virtud” (9).

La mansedumbre se ha de poner especialmente de manifiesto en aquellas circunstancias en las que la convivencia puede resultar más dificultosa.

(1) Cfr. Is 40, 25-31.- (2) Sal 102, 1-2. 8. 10.- (3) Sal 102, 8.- (4) Is 40-31.- (5) Mt 11, 28-30.- (6) Mt 9, 36.- (7) CONC. VAT. II, Decl. Dignitatis humanae, 11.- (8) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Camino, n. 2.- (9) CASIANO, Constituciones, 8.-

www.homilética.org


Homilía del Papa Francisco en la Misa por la Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe

diciembre 12, 2017

.

El Papa Francisco durante la Misa por la Fiesta de la Virgen de Guadalupe

.

.TEXTO: Homilía del Papa Francisco en la Misa por la Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe

.

VATICANO, 12 Dic. 17 / 12:57 pm (ACI).- Como cada año, el Papa Francisco presidió una solemne Misa en la Basílica de San Pedro con motivo de la festividad de Nuestra Señora de Guadalupe, en la que participaron miles de fieles latinoamericanos y concelebraron unos 750 sacerdotes.

En su homilía, el Pontífice pidió a América Latina defender “a nuestros pueblos de una colonización ideológica que cancela lo más rico de ellos, sean indígenas, afroamericanos, mestizos, campesinos, o suburbanos”.

A continuación, el texto completo de la homilía:

El Evangelio que acaba de ser proclamado es el prefacio de dos grandes cánticos: el cántico de María conocido como el «Magníficat» y el cántico de Zacarías, el «Benedictus», y me gusta llamarlo «el cántico de Isabel o de la fecundidad».

Miles de cristianos a lo largo y ancho de todo el mundo comienzan el día cantando: «Bendito sea el Señor» y terminan la jornada «proclamando su grandeza porque ha mirado con bondad la pequeñez de los suyos». De esta forma, los creyentes de diversos pueblos, día a día, buscan hacer memoria; recordar que de generación en generación la misericordia de Dios se extiende sobre todo el pueblo como lo había prometido a nuestros padres.

Y en este contexto de memoria agradecida brota el canto de Isabel en forma de pregunta: «¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a visitarme?». A Isabel, la mujer marcada por el signo de la esterilidad, la encontramos cantando bajo el signo de la fecundidad y del asombro.

Quisiera subrayar estos dos aspectos. Isabel, la mujer bajo el signo de la esterilidad y bajo el signo de la fecundidad.

1.   Isabel la mujer estéril, con todo lo que esto implicaba para la mentalidad religiosa de su época, que consideraba la esterilidad como un castigo divino fruto del propio pecado o el del esposo. Un signo de vergüenza llevado en la propia carne o por considerarse culpable de un pecado que no cometió o por sentirse poca cosa al no estar a la altura de lo que se esperaba de ella.

Imaginemos, por un instante, las miradas de sus familiares, de sus vecinos, de sí misma… esterilidad que cala hondo y termina paralizando toda la vida. Esterilidad que puede tomar muchos nombres y formas cada vez que una persona siente en su carne la vergüenza al verse estigmatizada o sentirse poca cosa.

Así podemos vislumbrarlo en el indiecito Juan Diego cuando le dice a María «yo en verdad no valgo nada, soy mecapal, soy cacaxtle, soy cola, soy ala, sometido a hombros y a cargo ajeno, no es mi paradero ni mi paso allá donde te dignas enviarme»[1].

Así también este sentimiento  puede estar —como bien nos hacían ver los obispos Latinoamericanos— en nuestras comunidades «indígenas y afroamericanas, que, en muchas ocasiones, no son tratadas con dignidad e igualdad de condiciones; o en muchas mujeres, que son excluidas en razón de su sexo, raza o situación socioeconómica; jóvenes, que reciben una educación de baja calidad y no tienen oportunidades de progresar en sus estudios ni de entrar en el mercado del trabajo para desarrollarse y constituir una familia; muchos pobres, desempleados, migrantes, desplazados, campesinos sin tierra, quienes buscan sobrevivir en la economía informal; niños y niñas sometidos a la prostitución infantil, ligada muchas veces al turismo sexual»[2].

2.   Y junto a Isabel, la mujer estéril, contemplamos a Isabel la mujer fecunda-asombrada. Es ella la primera en reconocer y bendecir a María. Es ella la que en la vejez experimentó en su propia vida, en su carne, el cumplimiento de la promesa hecha por Dios. La que no podía tener hijos llevó en su seno al precursor de la salvación.

En ella, entendemos que el sueño de Dios no es ni será la esterilidad ni estigmatizar o llenar de vergüenza a sus hijos, sino hacer brotar en ellos y de ellos un canto de bendición.

De igual manera lo vemos en Juan Diego. Fue precisamente él, y no otro, quien lleva en su tilma la imagen de la Virgen: la Virgen de piel morena y rostro mestizo, sostenida por un ángel con alas de quetzal, pelícano y guacamayo; la madre capaz de tomar los rasgos de sus hijos para hacerlos sentir parte de su bendición.

Pareciera que una y otra vez Dios se empecina en mostrarnos que la piedra que desecharon los constructores se vuelve la piedra angular (cf. Sal 117,22).

Queridos hermanos, en medio de esta dialéctica de fecundidad–esterilidad miremos la riqueza y la diversidad cultural de nuestros pueblos de América Latina y el Caribe, ella es signo de la gran riqueza que somos invitados no sólo a cultivar sino, especialmente en nuestro tiempo, a defender valientemente de todo intento homogeneizador que termina imponiendo —bajo slogans atrayentes— una única manera de pensar, de ser, de sentir, de vivir, que termina haciendo inválido o estéril todo lo heredado de nuestros mayores; que termina haciendo sentir, especialmente a nuestros jóvenes, poca cosa por pertenecer a tal o cual cultura.

En definitiva, nuestra fecundidad nos exige defender a nuestros pueblos de una colonización ideológica que cancela lo más rico de ellos, sean indígenas, afroamericanos, mestizos, campesinos, o suburbanos.

La Madre de Dios es figura de la Iglesia (Lumen Gentium, 63) y de ella queremos aprender a ser Iglesia con rostro mestizo, con rostro indígena, afroamericano, rostro campesino, rostro cola, ala, cacaxtle. Rostro pobre, de desempleado, de niño y niña, anciano y joven para que nadie se sienta estéril ni infecundo, para que nadie se sienta avergonzado o poca cosa.

Sino, al contrario, para que cada uno al igual que Isabel y Juan Diego pueda sentirse portador de una promesa, de una esperanza y pueda decir desde sus entrañas: «¡Abba!, es decir, ¡Padre!» (Ga 4,6) desde el misterio de esa filiación que, sin cancelar los rasgos de cada uno, nos universaliza constituyéndonos pueblo.

Hermanos, en este clima de memoria agradecida por nuestro ser latinoamericanos, cantemos en nuestro corazón el cántico de Isabel, el canto de la fecundidad, y digámoslo junto a nuestros pueblos que no se cansan de repetirlo: Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.


Papa: Dejarse consolar por el Señor, no a quejas ni rencores

diciembre 12, 2017

.

El Papa Francisco celebra en Santa Marta la Eucaristía de Adviento: Dejarse consolar por el Señor, no a quejas ni rencores ni tristezas

.

El Papa Francisco: Es más fácil consolar que dejarse consolar por el Señor

.
María Fernanda Bernasconi – Ciudad del Vaticano

Dejarse consolar por el Señor en lugar de preferir las quejas y los rencores. Es el núcleo de la invitación que hizo el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta el segundo lunes de diciembre. El Santo Padre reflexionó sobre la Primera Lectura tomada del Profeta Isaías (Is 35, 1-10) en la que el Señor promete a su pueblo la consolación.

El Señor ha venido a consolarnos

“El Señor ha venido a consolarnos”, reafirmó el Papa. El mismo San Ignacio “nos dice que es bueno contemplar el oficio de consolador de Cristo” parangonándolo al modo con que algunos amigos consuelan a los demás. Y, después, basta pensar en la mañana de la Resurrección en el Evangelio de Lucas cuando Jesús se aparece a los apóstoles y era tanta la alegría que no podían creerlo. “Muchas veces –afirmó Francisco–  el consuelo del Señor nos parece una maravilla”.

“Pero no es fácil dejarse consolar; es más fácil consolar a los demás que dejarse consolar. Porque tantas veces nosotros estamos apegados a lo negativo, estamos apegados a la herida del pecado dentro de nosotros y, muchas veces, preferimos permanecer allí, solos, o sea en la cama, como aquel del Evangelio, aislados, allí, y no levantarnos. “Levántate” es la palabra de Jesús, siempre: “Levántate”.

El problema –explicó el Papa Bergoglio– es que en lo “negativo somos patrones”, porque tenemos dentro la herida del pecado mientras “en lo positivo somos mendicantes” y no nos gusta mendigar el consuelo.

Jonás: Premio Nobel de las quejas

Para explicar esto el Pontífice puso dos ejemplos: cuando se prefiere “el rencor” y “cocinamos nuestros sentimientos” en el caldo del resentimiento, cuando hay “un corazón amargo”, cuando nuestro tesoro es nuestra amargura.

Su pensamiento fue al paralítico de la piscina de Siloé: 38 años con su amargura diciendo que cuando se movían las aguas, nadie lo ayudaba. “Para estos corazones es mejor lo amargo que lo dulce”.

Tanta gente lo prefiere, notó Francisco: “Raíz amarga”, “que nos lleva con la memoria al pecado original. Y éste es precisamente un modo para no dejarse consolar.

También en las quejas hay cosas contradictorias

Después está la amargura que “siempre nos conduce a expresiones de quejas”: los hombres que se quejan ante Dios en lugar de alabarlo: quejas como música que acompaña la vida. El pensamiento del Papa se centró en Santa Teresa que decía: “Atención a la monja que dice: ‘Me han hecho una injusticia, me han hecho una cosa no razonable’”.

Y después, aludió al profeta Jonás, a quien el Papa Francisco definió: “Premio Nobel de las quejas”. Huyó de Dios porque se lamentaba de que Dios le habría hecho algo. Después terminó ahogado y engullido por el pez y después volvió a la misión. Y en lugar de alegrarse por la conversión de la gente, se lamentaba porque Dios la salvaba.

“También en las quejas hay cosas contradictorias”, añadió el Pontífice antes de relatar que había conocido a un buen sacerdote, pero que se quejaba de todo: “Tenía la característica de encontrar la mosca en la leche”:

“Era un buen sacerdote. Decían que en el confesionario era tan misericordioso, ya era anciano y sus compañeros de presbiterio decían cómo habría sido su muerte y cuándo habría ido al cielo. Decían: “Lo primero que dirá a San Pedro, en lugar de saludarlo, es: ‘¿Dónde está el infierno?’. Siempre lo negativo. Y que San Pedro le mostraría el infierno. Y una vez visto…: ‘¿Pero cuántos condenados hay? – ‘Sólo uno’- ‘Ah, qué desastre la redención’…

Siempre… sucede esto. Y ante la amargura, el rencor, las quejas, la palabra de la Iglesia de hoy es ‘coraje’, ‘coraje’”.

En efecto, Isaías invita al coraje porque Dios –recordó Francisco– “viene a salvarnos”. De manera que el pensamiento del Papa se dirigió al Evangelio del día (Lc 5, 17-26): cuando algunas personas van sobre el techo -porque había mucha gente– y bajan al paralítico para ponerlo delante de Jesús. No pensaron que estaban los escribas u otros, sino que sólo querían la curación de aquel hombre.

Dejarse consolar por el Señor

El Papa Francisco concluyó su homilía afirmando que el mensaje de la Liturgia del día es el de “dejarse consolar por el Señor”.

“Y no es fácil porque para dejarse consolar por el Señor debemos despojarnos de nuestros egoísmos, de aquellas cosas que son el propio tesoro, ya sea la amargura, o las quejas, o tantas cosas. Nos hará bien hoy, a cada uno de nosotros, hacer un examen de conciencia: ¿cómo es mi corazón? ¿Tengo alguna amargura allí? ¿Tengo alguna tristeza? ¿Cómo es mi lenguaje? ¿Es de alabanza a Dios, de belleza, o siempre de quejas? Y pedir al Señor la gracia del coraje, porque en el coraje Él viene a consolarnos. Y decir: Señor, ven a consolarnos”.

http://es.radiovaticana.va/news/2017/12/11/papa_francisco_%E2%80%93_homil%C3%ADa_%E2%80%93_santa_marta_%E2%80%93_misa/1354086

 


El maná de cada día, 12.12.17

diciembre 12, 2017

Martes de la 2ª semana de Adviento

.
12 de diciembre, Fiesta de la Virgen de Guadalupe, Patrona de México y de toda América Latina:
“La aparición de la imagen de la Virgen en la tilma de Juan Diego fue un signo profético de un abrazo, el abrazo de María a todos los habitantes de las vastas tierras americanas, a los que ya estaban allí y a los que llegarían después” (Papa Francisco, 11 dic. 2013)
.

Como un pastor, el Señor cuida de todas sus ovejas

Como un pastor, el Señor cuida de todas sus ovejas

.
PRIMERA LECTURA: Isaías 40, 1-11

«Consolad, consolad a mi pueblo, –dice vuestro Dios–; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que se ha cumplido su servicio, y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados.»

Una voz grita: «En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres juntos –ha hablado la boca del Señor–.»

Dice una voz: «Grita.»
Respondo: «¿Qué debo gritar?»

«Toda carne es hierba y su belleza como flor campestre: se agosta la hierba, se marchita la flor, cuando el aliento del Señor sopla sobre ellos; se agosta la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece por siempre.

Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén; álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: «Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor Dios llega con poder, y su brazo manda. Mirad, viene con él su salario, y su recompensa lo precede. Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres.»


SALMO 95, 1-2.3.10ac.11-12.13-14

Nuestro Dios llega con poder.

Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre, proclamad día tras día su victoria.

Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones. Decid a los pueblos: «El Señor es rey, él gobierna a los pueblos rectamente.»

Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque.

Delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra: regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad.


Aclamación antes del Evangelio

El día del Señor está cerca; él viene a salvarnos.


EVANGELIO: Mateo 18, 12-14

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en el monte y va en busca de la perdida?

Y si la encuentra, os aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado.

Lo mismo vuestro Padre del cielo: no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños.»
.
.
.

CORAZÓN DE BUEN PASTOR, RUEGA POR NOSOTROS

Conoces íntimamente a tus ovejas, a cada una la llamas por su nombre, das la vida por ellas.

En cada acontecimiento inesperado o aparentemente absurdo, en cada dolor, fracaso o sufrimiento, en todos los instantes de mi jornada, eres siempre el Buen Pastor, que me busca solícito para llevarme sobre sus hombros y recorrer conmigo el camino de mi vida.

Corazón de Buen Pastor, que no escatimas deseos, amores y gracias, con tal de atraer hacia Ti un poco del amor y correspondencia de tus ovejas.

¡Cómo me cuesta adelantarme a las necesidades de los demás! ¡Cuánto me molesta e incomoda estar disponible para servirles sin medida ni regateos, para acompañar sus agobios y soledades, para calmar sus heridas!

¿Cómo no ofrecer mis hombros para que otras ovejas, todos los hombres, descansen en ellos y se apoyen en mí, para ayudarles a seguir caminando juntos hacia el Padre?

Hay todavía muchas ovejas que no son de este redil y que esperan de ti que seas su cayado y pastor.

Corazón de Buen Pastor, que cuidas los apriscos donde resguardar el alma y conoces los verdes pastos donde me llevas a descansar. Sólo siendo tu oveja podré ser para otros pastor y cayado y llevar en mis hombros las cargas de tantos hermanos, que sufren sin la fuerza de Dios.

En el redil de tu Corazón entrañable quisiera yo descansar, viendo en tus divinos ojos el amor vigilante de quien conoce y abraza a cada una de sus ovejas.

Lañas diarias www.mater-dei.es



.
.

NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE

P. Francisco Fernández Carvajal
.

Nuestra Señora de Guadalupe

Nuestra Señora de Guadalupe

— La aparición de la Virgen a Juan Diego.
— Nuestra Señora precede a todo apostolado y prepara las almas.
— La nueva evangelización. El Señor cuenta con nosotros. No desaprovechar las ocasiones.


I. La devoción a la Virgen de Guadalupe en México tiene su origen en los comienzos de su evangelización, cuando los creyentes eran aún muy pocos. Nuestra Señora se apareció en aquellos primeros años a un indio campesino, Juan Diego, y lo envió al Obispo del lugar para manifestarle el deseo de tener un templo dedicado a Ella en una colina próxima, llamada Tepeyac.

Le dijo la Virgen en la primera aparición: «en este santuario le daré a las gentes todo mi amor personal, mi mirada compasiva, mi auxilio, mi salvación: porque Yo, en verdad, soy vuestra Madre compasiva, tuya y de todos los hombres… Allí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores»1.

El Obispo del lugar, antes de acceder a esta petición, pidió una señal. Y Juan Diego, por encargo de la Señora de los Cielos, fue a cortar un ramo de rosas, en el mes de diciembre, sobre la árida colina, a más de dos mil metros de altura. Habiendo encontrado, con la consiguiente sorpresa, las rosas, las llevó al Obispo.

Juan Diego extendió su blanca tilma, en cuyo hueco había colocado las flores. Y cuando cayeron en el suelo «apareció de repente la Amada Imagen de la Virgen Santa María, Madre de Dios, en la forma y figura que ahora se encuentra»2. Esa imagen de Nuestra Señora de Guadalupe quedó impresa en la rústica tilma del indio, tejida con fibras vegetales. Representa a la Virgen como una joven mujer de rostro moreno, rodeada por una luz radiante.

María dijo a Juan Diego, y lo repite a todos los cristianos: «¿No estoy Yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No estás por ventura en mi regazo?». ¿Por qué hemos de temer, si Ella es Madre de Jesús y Madre de los hombres?

Con la aparición de María en el cerro del Tepeyac comenzó en todo el antiguo territorio azteca un movimiento excepcional de conversiones, que se extendió a toda América Centro-Meridional y llegó hasta el lejano archipiélago de Filipinas.

«La Virgen de Guadalupe sigue siendo aún hoy el gran signo de la cercanía de Cristo, al invitar a todos los hombres a entrar en comunión con Él, para tener acceso al Padre. Al mismo tiempo, María es la voz que invita a los hombres a la comunión entre ellos…»3.

La Virgen ha ido siempre por delante en la evangelización de los pueblos. No se entiende el apostolado sin María. Por eso, cuando el Papa, Vicario de Cristo en la tierra, pide a los fieles la recristianización de Europa y del mundo acudimos a Ella para que «indique a la Iglesia los caminos mejores que hay que recorrer para realizar una nueva evangelización.

Le imploramos la gracia de servir a esta causa sublime con renovado espíritu misionero»4. Le suplicamos que nos señale a nosotros el modo de acercar a nuestros amigos a Dios y que Ella misma prepare sus almas para recibir la gracia.


II. «Virgen de Guadalupe, Madre de las Américas… mira cuán grande es la mies, e intercede junto al Señor para que infunda hambre de santidad en todo el Pueblo de Dios…»5, que los fieles «caminen por los senderos de una intensa vida cristiana, de amor y de humilde servicio a Dios y a las almas»6. Solo así –con una intensa vida cristiana, con amor y deseos de servir– podremos llevar a cabo esa nueva evangelización en todo el mundo, empezando por los más cercanos.

¡Cuánta mies sin brazos que la recojan!, gentes hambrientas de la verdad que no tienen quienes se la enseñen, personas de todo tipo y condición que desearían acercarse a Dios y no encuentran el camino. Cada uno de nosotros debe ser un indicador claro que señale, con el ejemplo y con la palabra, el camino derecho que, a través de María, termina en Cristo.

De Europa partió la primera llamarada que encendió la fe en el continente americano. ¡Cuántos hombres y mujeres, de razas tan diversas, han encontrado la puerta del Cielo, por la fe heroica y sacrificada de aquellos primeros evangelizadores! La Virgen les fue abriendo camino y, a pesar de las dificultades, con tesón, paciencia y sentido sobrenatural enseñaron por todas partes los misterios más profundos de la fe.

«Ahora nos encontramos en una Europa en la que se hace cada vez más fuerte la tentación del ateísmo y del escepticismo; en la que arraiga una penosa incertidumbre moral con la disgregación de la familia y la degeneración de las costumbres; en la que domina un peligroso conflicto de ideas y movimientos»7.

De estos países que fueron profundamente cristianos, algunos dan la impresión de estar en camino de volver al paganismo del que fueron sacados, muchas veces con la sangre del martirio y siempre con la ayuda eficaz de la Virgen.

Toda una civilización cimentada sobre ideas cristianas parece encontrarse sin recursos para reaccionar. Y desde estas naciones, de donde salió en otros tiempos la luz de la fe para propalarse por todo el mundo, desgraciadamente «se envía al mundo entero la cizaña de un nuevo paganismo»8.

Los cristianos seguimos siendo fermento en medio del mundo. La fuerza de la levadura no ha perdido su vigor en estos veinte siglos, porque es sobrenatural y es siempre joven, nueva y eficaz. Por eso nosotros no nos quedaremos parados, como si nada pudiéramos hacer o como si las dimensiones del mal pudieran ahogar la pequeña simiente que somos cada uno de los que queremos seguir a Cristo.

Si los primeros que llevaron la fe a tantos lugares se hubieran quedado paralizados ante la tarea ingente que se les presentaba, si solo hubieran confiado en sus fuerzas humanas, nada habrían llevado a cabo. El Señor nos alienta continuamente a no quedar rezagados en esta labor, que se presenta «fascinadora desde el punto sobrenatural y humano»9.

Pensemos hoy ante Nuestra Señora de Guadalupe, una vez más, qué estamos haciendo a nuestro alrededor: el interés por acercar a Cristo a nuestros familiares y amigos, si aprovechamos todas las ocasiones, sin dejar ninguna, para hablar con valentía de la fe que llevamos en el corazón, si nos tomamos en serio nuestra propia formación, de la que depende la formación de otros, si prestamos nuestro tiempo, siempre escaso, en catequesis o en otras obras buenas, si colaboramos también económicamente en el sostenimiento de alguna tarea que tenga como fin la mejora sobrenatural y humana de las personas.

No nos debe detener el pensar que en ocasiones es poco lo que tenemos a nuestro alcance, en medio de un trabajo profesional que llena el día y aún le faltan horas. Dios multiplica ese poco; y, además, muchos pocos cambian un país entero.


III. Id por todo el mundo; predicad el Evangelio a todas las criaturas10. Estas palabras del Señor son actuales en cada época y en todo tiempo, y no excluyen a ningún pueblo o civilización, a ninguna persona. Los Apóstoles recibieron este mandato de Jesucristo, y ahora lo recibimos nosotros.

En un mundo que muchas veces se muestra como pagano en sus costumbres y modos de pensar, «se impone a los cristianos la dulcísima obligación de trabajar para que el mensaje divino de la revelación sea conocido por todos los hombres de cualquier lugar de la tierra»11.

Contamos con la asistencia siempre eficaz del Señor: Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos12.

Dios actúa directamente en el alma de cada persona por medio de la gracia, pero es voluntad del Señor, afirmada en muchos pasajes del Evangelio, que los hombres sean instrumento o vehículo de salvación para los demás hombres. Id, pues, a los caminos, y a cuantos encontréis llamadlos a las bodas13.

Y comenta San Juan Crisóstomo: «Son caminos también todos los conocimientos humanos, como los de la filosofía, los de la milicia, y otros por el estilo. Dijo, pues: id a la salida de todos los caminos, para que llamen a la fe a todos los hombres, cualquiera que sea su condición»14.

Los mismos viajes, de negocios o de descanso, son ocasiones que Dios pone muchas veces a nuestro alcance para dar a conocer a Cristo15. También los lazos familiares, la enfermedad, una visita de cortesía a casa de unos amigos, una felicitación de Navidad, una carta a un periódico…

«Son innumerables las ocasiones que tienen los seglares para ejercitar el apostolado de la evangelización y de la santificación»16.

Nosotros, cada uno, tendríamos que decir con Santa Teresa de Lisieux: «No podré descansar hasta el fin del mundo mientras haya almas que salvar»17. ¿Y cómo vamos a descansar, si además esas almas están en el mismo hogar, en el mismo trabajo, en la misma Facultad, en el vecindario?

Hemos de pedir a la Virgen el deseo vivo y eficaz de ser almas valientes, audaces, atrevidas para sembrar el bien, procurando, sin respetos humanos, que no haya rincones de la sociedad en los que no se conozca a Cristo18.

Es preciso desterrar el pesimismo de pensar que no se puede hacer nada, como si hubiera una predeterminación hacia el mal. Con la gracia del Señor, seremos como la piedra caída en el lago, que produce una onda, y esta otra más grande19, y no para hasta el fin de los tiempos. El Señor da una eficacia sobrenatural a nuestras palabras y obras que nosotros desconocemos la mayor parte de las veces.

Hoy pedimos a Nuestra Señora la Virgen de Guadalupe que se muestre como Madre compasiva con nosotros, que nos haga anunciadores del Evangelio, que sepamos comprender a todos, participando de sus gozos y esperanzas, de todo lo que inquieta su vida, para que, siendo muy humanos, podamos elevar a nuestros amigos al plano sobrenatural de la fe.

«¡Reina de los Apóstoles! Acepta nuestra prontitud para servir sin reserva a la causa de tu Hijo, la causa del Evangelio y la causa de la paz, basada sobre la justicia y el amor entre los hombres y entre los pueblos»20.

1 Nican Mopohua, según la traducción de M. Rojas, México 1981, nn. 28-32. — 2 Ibídem, nn. 181-183. — 3 Juan Pablo II, Ángelus 13-XII-1987. — 4 Ibídem. — 5 Cfr. ídem, Oración a la Virgen de Guadalupe, México 27-I-1979. — 6 Ibídem. —7 ídem, Discurso 6-XI-1981. — 8 A. del Portillo, Carta pastoral 25-XII-1985. — 9 Ibídem. — 10 Mc 16, 1. — 11 Conc. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, 3. — 12 Mt 28, 18. — 13 Mt 22. 9. — 14 San Juan Crisóstomo, en Catena Aurea, vol. III, p. 63. — 15 Cfr. Conc. Vat. II, loc. cit., 14. — 16 Ibídem, 6. — 17 Santa Teresa de Lisieux, Novissima verba, en Obras completas, Monte Carmelo, 5ª ed., Burgos 1980. — 18 Cfr. San Josemaría Escrivá, Forja, n. 716. — 19 Cfr. ídem, Camino, n. 831. — 20 Juan Pablo II, Homilía en Guadalupe, 27-I-1979.

http://www.homiletica.org


El maná de cada día, 11.12.17

diciembre 11, 2017

Lunes de la 2ª semana de Adviento

.

El páramo será un estanque; lo reseco, un manantial

El páramo será un estanque; lo reseco, un manantial

.
PRIMERA LECTURA: Isaías 35, 1-10

El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarión. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios.

Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes; decid a los cobardes de corazón: «Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará.»

Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa; el páramo será un estanque, lo reseco, un manantial.

En el cubil donde se tumbaban los chacales brotarán cañas y juncos. Lo cruzará una calzada que llamarán Vía Sacra: no pasará por ella el impuro, y los inexpertos no se extraviarán. No habrá por allí leones, ni se acercarán las bestias feroces; sino que caminarán los redimidos, y volverán por ella los rescatados del Señor.

Vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.


SALMO 84, 9ab-10.11-12.13-14

Nuestro Dios viene y nos salvará.

Voy a escuchar lo que dice el Señor: «Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos.» La salvación está ya cerca de sus fieles, y la gloria habitará en nuestra tierra.

La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo.

El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos.


Aclamación antes del Evangelio

Mirad, el Rey viene, el Señor de la tierra, y él romperá el yugo de nuestra cautividad.


EVANGELIO: Lucas 5, 17-26

Un día estaba Jesús enseñando, y estaban sentados unos fariseos y maestros de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén. Y el poder del Señor lo impulsaba a curar.

Llegaron unos hombres que traían en una camilla a un paralítico y trataban de introducirlo para colocarlo delante de él. No encontrando por donde introducirlo, a causa del gentío, subieron a la azotea y, separando las losetas, lo descolgaron con la camilla hasta el centro, delante de Jesús.

Él, viendo la fe que tenían, dijo: «Hombre, tus pecados están perdonados.»
Los escribas y los fariseos se pusieron a pensar: «¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados más que Dios?»

Pero Jesús, leyendo sus pensamientos, les replicó: «¿Qué pensáis en vuestro interior? ¿Qué es más fácil: decir “tus pecados quedan perdonados”, o decir “levántate y anda”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados… –dijo al paralítico–: A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa.»

Él, levantándose al punto, a la vista de ellos, tomó la camilla donde estaba tendido y se marchó a su casa dando gloria a Dios.

Todos quedaron asombrados, y daban gloria a Dios, diciendo llenos de temor: «Hoy hemos visto cosas admirables.»
.
.

EL ADVIENTO

Preparar la llegada de Cristo al mundo necesita de un tiempo necesario para predisponer nuestro interior a semejante misterio.

El adviento viene revestido de esperanza, además de una cierta actitud de tensión espiritual: el color morado con el que el sacerdote se reviste en la celebración de la Eucaristía, es signo de penitencia, austeridad y discreción… Son los mismos instrumentos que utilizó Dios para hacerse carne.

Lo que denominamos el anonadamiento divino no es otra cosa sino la contemplación del misterio de Dios, que deja de ser tal, para que tú y yo podamos experimentar en nuestra propia carne la gloria de Aquel que se ha hecho de nuestra misma condición.

El adviento es ir también de la mano de María. La Virgen, durante este tiempo, lleva en su seno a Aquel que resuelve el misterio de Dios y mi propio misterio.

Ella, con sencillez, me invita a descomplicar mi existencia para responder a la llamada de Dios sin miedo, sino con la esperanza puesta en el milagro de Belén: todo el poder de Dios hecho niño, asequible a mi entendimiento y a mi voluntad.

Mater Dei