Novena al Señor de los Milagros, Día 4, Oct. 2019

octubre 24, 2019

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Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. Porque con tu santa cruz redimiste al mundo. 

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NOVENA AL SEÑOR DE LOS MILAGROS, Día 4, Oct. 2019

Con reflexiones y oraciones sobre la Santísima Trinidad

 

  1. Señal de la cruz

Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

  1. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a santa María, siempre virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.

  1. Oración preparatoria para todos los días: Postrados ante el Señor de los Milagros. Adoración y petición.

Señor de los Milagros, me postro a tus pies y te reconozco como mi Salvador y mi Dios. Te adoro y te pido la gracia de hacer devotamente esta Novena en tu honor.

Te doy gracias, Señor Jesús, porque tú bajaste del cielo y viniste al mundo para demostrarnos cuánto nos ama el Padre, el Dios invisible. Divino Jesús, tú sabías que el Padre desea que todos sus hijos se salven y tengan vida en abundancia.

Por eso, te ofreciste al Padre voluntariamente para venir al mundo y cumplir la misión de Mesías y Salvador del pueblo elegido Israel y después de todos los hombres. Eso fue lo que más te gustó, Señor Jesús. Nadie te obligó, a no ser tu amor incondicional a tu Padre Dios, y por él, a todos los hombres.

Señor Jesús, desde lo más íntimo de mi corazón te agradezco que te encarnaras y te hicieras hombre como uno de nosotros, igual en todo a nosotros, menos en el pecado. Te reconozco como mi Señor y mi Dios y te admiro por tu generosidad y tu solidaridad con los hombres.

Señor de los Milagros, mi Redentor, te bendigo y te alabo por tu bondad y tierna compasión hacia todos los hombres. Tú eres el puente entre Dios y los hombres. A través de ti, Señor Jesús, todos tenemos acceso seguro y directo al Padre Dios.

Por eso, Padre Santo, yo me postro en tu presencia, te adoro y te bendigo pues tú eres digno de toda bendición en el cielo y en la tierra. A ti la gloria y el poder porque gobiernas el mundo con sabiduría y misericordia. Tú eres el Creador, el Amo y Señor: Todo está en tus manos y nada está perdido.

Gracias, Padre, por enviarnos a tu propio Hijo y también al Espíritu Santo derramado en nuestros corazones. Este Espíritu nos conduce a la Verdad total que nos trajo Jesucristo. El Espíritu Santo habla con suavidad y poder persuasivo a nuestro espíritu asegurándonos que somos hijos amados del Padre y hermanos entrañables de Cristo. Él nos hace clamar: ¡Abba, Padre! Y también: ¡Jesús vive y es Señor!

Por eso, Padre de bondad, como hijos tuyos que somos en tu Hijo bendito, te pedimos que nos envíes el Espíritu y lo derrames en nuestros corazones. Ven, pues, Espíritu Santo, y llénanos del amor del Padre y del Hijo. Ven, dulce huésped del alma. Ven, Padre amoroso del pobre, y no pases de largo ante nosotros en esta Novena. Déjanos la huella de la santa unción que nos dé fe, vida y salud.

Te pedimos, Espíritu Vivificador, que durante estos días podamos saborear el amor personal e incondicional del Padre Dios y la dulzura inefable de su bendito hijo Jesucristo, el Señor de los Milagros. Amén.

  1. Consideraciones bíblico-teológicas para cada día de la Novena:

1. El Misterio de la Encarnación

Hoy queremos considerar el misterio de la Encarnación: El Hijo eterno de Dios, el Verbo Increado, la Palabra que estaba junto al Padre desde toda la eternidad y que hemos contemplado ayer, se ha encarnado y se ha hecho hombre en El Nazareno, en Jesús, el hijo de José y de María.

¿Por qué se hizo hombre y se encarnó de esa manera? El Catecismo de la Iglesia Católica, citando el Credo Niceno-Constantinopolitano, responde: “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre” (n. 456).

¿Cuál ha sido la finalidad de la encarnación del Hijo de Dios? ¿Para qué lo envió el Padre? ¿Qué misión, qué encargo o encomienda ha traído el Hijo al mundo de parte del Padre Dios? ¿Cómo le ha ayudado el Espíritu Santo a cumplir la voluntad y los designios del Padre? La encarnación ¿ha alterado de alguna manera la pacífica y eterna convivencia de la Trinidad, las relaciones de las personas divinas, las funciones y los servicios de las tres divinas personas?

El Catecismo nos responde: El Verbo vino al mundo y se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios (n. 457), para que nosotros conociésemos así el amor de Dios (n. 458), para ser nuestro modelo de santidad (n. 459) y para hacernos “partícipes de la naturaleza divina” (n. 460).

He aquí, bien resumido, el “admirable intercambio” realizado por el poder y el amor de Dios en la Encarnación del Hijo de Dios: Dios se hace hombre para que el hombre se pueda hacer Dios. Estamos ante el “misterio” del amor inefable de Dios por su propia criatura, tan fuerte y tan tierno que la biblia habla de “enamoramiento, de desposorio, de amor nupcial” entre Dios y el hombre.

De ahí la pregunta que muchos se han planteado, entre curiosidad y asombro, ¿la Encarnación se ha producido porque los hombres han pecado, o de todas formas Dios se habría encarnado como una consecuencia no necesaria, sino “libre” de su amor infinito y eternamente condescendiente con los hombres? Algunos piensan que la Encarnación no se explica ni se justifica totalmente por la existencia del pecado, sino por el infinito amor de Dios a su criatura.

En este sentido, escribe san Ireneo: “Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios”. Y lo completa san Atanasio: “Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios”.

Prosigue el Catecismo: “La Iglesia llama ‘Encarnación’ al hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación” (n. 461).

La Encarnación es un gran misterio si no el más importante y determinante, pues de él se derivan múltiples consecuencias y efectos salvíficos, más allá, claro está, de la destrucción del pecado. De ahí la expresión agustiniana: ¡Feliz culpa, la de Adán, que nos mereció tal redentor! El pregón pascual dirá que hemos salido beneficiados a cuenta del pecado de nuestros primeros padres, que el amor de Dios siempre se impone, prevalece…

De hecho el Catecismo afirma que la Encarnación “es el signo distintivo de la fe cristiana: ‘Podréis conocer en esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios’ (1 Jn 4, 2). Esa es la alegre convicción de la Iglesia desde sus comienzos cuando canta ‘el gran misterio de la piedad’: ‘Él ha sido manifestado en la carne’” (1 Tm 3, 16; n. 463).

2. Dos naturalezas pero una sola persona

A la primitiva Iglesia le costó tiempo y dolor formular debidamente este misterio. De nuevo el Catecismo nos ilustra: “El acontecimiento único y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. Él se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre” (n. 464). 

Jesucristo es Hijo de Dios por naturaleza y no por adopción. Jesucristo ha sido engendrado, no creado, de la misma sustancia o naturaleza que el Padre (n. 465). Es verdadero Dios y verdadero hombre, nn. 464-469: dos naturalezas, una persona. Unión hipostática. “No hay más que una hipóstasis -o persona- que es nuestro Señor Jesucristo, uno de la Trinidad” (DS 424).

Por tanto, todo en la humanidad de Jesucristo debe ser atribuido a su persona divina como a su propio sujeto (cf ya Cc Éfeso: DS 255), no solamente los milagros sino también los sufrimiento (cf DS 424) y la misma muerte: ‘El que ha sido crucificado en la carne, nuestro Señor Jesucristo, es verdadero Dios, Señor de la gloria y uno de la Santísima Trinidad (DS 432; n. 468). “La naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida”, n. 470.

“Se ha de reconocer a un solo y mismo Cristo Señor, Hjo único en dos naturalezas, sin confusion, sin cambio, sin división, sin separación. La diferencia de naturalezas de ningún modo queda suprimida por su unión, sino que quedan a salvo las propiedades de cada una de las naturalezas y confluyen en un solo sujeto y en una sola persona” (DS 301-302; n. 467).

Por tanto, Jesucristo tiene dos naturalezas completas porque es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre. Pero no tiene dos personalidades, dos sujetos de apropiación, sino una sola personalidad que es la divina. Dos naturalezas, pero una sola persona, la del Hijo de Dios o del Verbo.

Según el Catecismo, el Concilio de Éfeso confiesa que ‘“el Verbo, al unirse en su persona a una carne animada por un alma racional, se hizo hombre’ (DS 250). La humanidad de Cristo no tiene más sujeto que la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido y hecho suya desde su concepción” (n. 466).

“Por eso el Concilio de Éfeso proclamó en el año 431 que María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno: ‘Madre de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina, sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma racional, unido a la persona del Verbo, de quien se dice que el Verbo nació según la carne’” (DS 251; n. 466; “… porque es de ella… de quien se dice que el Verbo nació según la carne”).

Con estas afirmaciones nos estamos moviendo en el terreno sagrado de la fe: ¿Cómo podemos afirmar que Jesús es verdadera y completamente hombre si no tiene personalidad humana? Este hecho ¿implicaría necesariamente una imperfección, una privación de bien o bondad en Jesús? No, en absoluto. La naturaleza humana ha sido creada para ser dirigida por el Espíritu de Dios al bien y habitada totalmente por el Amor de Dios. Por eso, cuanto más dependa del amor de Dios, e incluso viva de él, mejor, más humana será y más divina a la vez, más plenamente realizada en su esencia y misión, según los designios divinos.

Es decir, lo que le faltaría a Jesús sería la personalidad “pecadora”, una carencia de bien. Al carecer de toda inclinación al mal y de todo pecado, Jesús vive totalmente animado por el Espíritu y plenamente habitado por el poder y la gracia y la santidad de Dios.

De hecho, la esencia de la vida cristiana consiste en echar fuera de nosotros al pecado para ser habitados por el Espíritu de Dios, porque el hombre ha sido creado “capaz” de Dios. La irrupción de lo divino en su ser y vivencia resulta tan extraordinaria y tan fuerte que san Pablo podrá exclamar: “vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”.

El Catecismo enseña con toda claridad: “Siguiendo, pues, a los Santos Padres, enseñamos unánimemente que hay que confesar a un solo y mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo: perfecto en la divinidad, y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre compuesto de alma racional y cuerpo; consustancial con el Padre según la divinidad, y consustancial con nosotros según la humanidad, ‘en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado’ (Hb 4, 15); nacido del Padre antes de todos los siglos según la divinidad; y por nosotros y por nuestra salvación, nacido en los últimos tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la humanidad” (n. 467).

“Puesto que en la unión misteriosa de la Encarnación ‘la naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida” (GS 22, 2), la Iglesia ha llegado a confesar con el correr de los siglos, la plena realidad del alma humana, con sus operaciones de inteligencia y de voluntad, y del cuerpo humano de Cristo. Pero paralelamente, ha tenido que recordar en cada ocasión que la naturaleza humana de Cristo pertenece propiamente a la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido. Todo lo que es y hace en ella pertenece a ´uno de la Trinidad´. El Hijo de Dios comunica, pues, a su humanidad su propio modo personal de existir en la Trinidad. Así, en su alma como en su cuerpo, Cristo expresa humanamente las costumbres divinas de la Trinidad” (cf Jn 14, 9-10; n. 470).

Por tanto, entre la convivencia del Verbo dentro de la Trinidad Santísima y su comportamiento en la historia de la Salvación como Verbo encarnado hay una correspondencia, una continuidad; no hay dicotomía, ni discontinuidad ni mucho menos arbitrariedad o contradicción. Esta verdad de fe nos trae mucha paz, sosiego y asombro por la condescendencia de Dios en su revelación a los hombres, para hacerlos partícipes de su vida divina, miembros de la familia divina.

De ahí que el n. 470 concluya con estas afirmaciones: “El Hijo de Dios… trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado” (GS 22, 2).

En síntesis, la encarnación del Hijo de Dios es el abrazo de Dios y el hombre para siempre, la unión y común unión del hombre y de Dios, sin perjuicio de ninguno de los dos, Creador y creatura. En perfecta armonía y misteriosa implicación o intercomunicación: Es decir, por una parte, Humanización de Dios, y por otra, Divinización del hombre. Desposorio de Dios con la humanidad, en el que Dios toma la iniciativa de manera unilateral, pero necesitando la benevolencia obsequiosa y la colaboración del hombre (cf Cantar, 2, 8-14).

  1. Peticiones o plegaria universal
  1. Dios Padre misericordioso, te damos gracias porque tú eres digno de toda bendición. Haz que te alabemos siempre a través de tu propio Hijo Jesucristo,

Invitación: Roguemos al Señor.

Respuesta: Te lo pedimos, Señor.

  1. Gracias, Padre santo, porque enviaste a tu Hijo al mundo para salvarnos. Concédenos acoger a tu Hijo como el mayor regalo que nos has dado,

Roguemos al Señor…

  1. Padre todopoderoso, que todos los hombres reconozcan que tú, con el Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios, para que crean, esperen y amen al Dios único y verdadero,

Roguemos al Señor…

  1. Padre eterno, que a través de tu Hijo has creado todas las cosas y con el Espíritu Santo todo lo gobiernas y diriges, haz que sepamos cuidar del mundo en que vivimos,

Roguemos al Señor…

  1. Señor de los Milagros, honrado, venerado y adorado por generaciones de peruanos dentro y fuera del territorio patrio, bendice al Perú para que seamos un pueblo próspero y creyente para gloria de Dios Padre en el Espíritu Santo,

Roguemos al Señor…

  1. Señor Jesús, te adoramos y te bendecimos porque con tu santa cruz has redimido el mundo. Ayúdanos a colaborar siempre contigo en la salvación de nuestros hermanos para gloria del Padre,

Roguemos al Señor…

  1. Espíritu Santo, don del Padre y del Hijo, ven a iluminar a todos los que estamos rezando esta novena a fin de que conozcamos mejor el amor del Padre y del Hijo,

Roguemos al Señor…

  1. Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener en esta Novena

(Pausa en silencio)

Roguemos al Señor…

6. Padre nuestro, Ave María y Gloria (tres veces).

7. Oración final para todos los días

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro y te bendigo como mi único Señor y mi Dios. Me postro ante tu divina majestad y me rindo totalmente en tu presencia como criatura tuya que soy y también como hijo tuyo en tu bendito Hijo Jesucristo.

Te adoro, mi único Dios y Señor, y te entrego toda mi libertad. Quiero pertenecerte en cuerpo y alma y me consagro íntegramente a tu divina voluntad y misericordia. Te entrego todas mis facultades y pongo ante ti todas mis posibilidades: Deseo hacer siempre tu santa voluntad, pues te confieso como mi único amo y señor. Quiero andar en tu presencia toda mi vida. No quiero vivir dividido, disperso, y renuncio a toda actitud o conducta que me separe y me aparte de ti.

Padre de bondad infinita, te consagro mi memoria y quiero recordar y considerar siempre lo que tú esperas de mí. Deseo vivir, Padre Santo, según las expectativas, planes y proyectos que, desde toda la eternidad, has acariciado, soñado y pensado sobre mí. Que nada me distraiga y me aparte de ese proyecto misterioso. Quiero que estés orgulloso de mí como lo estás de tu amado Hijo, Jesús.

A ti, Señor Jesús, Señor de los Milagros, te consagro mi entendimiento y toda mi capacidad de pensar, discurrir y soñar. Tú eres mi sabiduría y mi ciencia. En tu vida narrada en el Evangelio, divino Maestro, quiero aprender todos los secretos y todo el saber. En ti encuentro el sentido más pleno de mi vida y de mi existencia. No quiero saber ni entender nada fuera de ti. Tú eres mi luz, vida y esperanza. Renuncio a buscar al margen de ti razones para vivir y esperar.

A ti, Espíritu Consolador, te entrego toda mi voluntad. Te consagro toda mi capacidad de gozo y felicidad. Que sólo en ti encuentre alegría y contento. Dame, Espíritu Santo, gusto en las cosas santas. Dame la vida eterna, que es conocer de verdad y saborear el amor del Padre y del Hijo. Hazme sentir la belleza y la bondad de la vida cristiana, y valorar la sabiduría de la Cruz. Líbrame de la mentira y de la vanidad del mundo presente.

Ven, Espíritu Vivificador, y mira mi pequeñez, ten compasión de mí, Padre amoroso del pobre: Ven a iluminar lo que está oscuro en mí, ven a enderezar lo torcido, a calentar lo frío, a endulzar lo amargo, en fin, a sanar mis heridas. Ven, Espíritu Santo, a pacificar a los violentos, a reconciliar a los enemistados, a robustecer a los débiles, a vivificar lo que languidece, y finalmente, a resucitar a los que están muertos.

Padre Santo, por tu bendito Jesús, derrama el Santo Espíritu sobre toda carne, sobre tu santa Iglesia, sobre el Perú, y de manera especial sobre todos los devotos del Señor de los Milagros, y sobre los que estamos haciendo esta Novena en su honor. Amén.

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

8. Himno al Señor de los Milagros

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión

tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

 

Faro que guía, da a nuestras almas

la fe, esperanza, la caridad;

tu amor divino nos ilumine,

nos haga dignos de tu bondad.

 

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión

tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

 

Con paso firme de buen cristiano

hagamos grande nuestro Perú,

y unidos todos como una fuerza

te suplicamos nos des tu luz.

 

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión

tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

 

Letra y música: Isabel Rodríguez Larraín

NOTA: Revisado en San Millán, oct. de 2019

 

 

 


Novena al Señor de los Milagros, Día 3, Oct. 2019

octubre 23, 2019

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Por su dolorosa pasión, ten compasión de nosotros y del mundo entero.

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NOVENA AL SEÑOR DE LOS MILAGROS, Día 3, Oct. 2019

Con reflexiones y oraciones sobre la Santísima Trinidad

 

  1. Señal de la cruz

Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

  1. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a santa María, siempre virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.

  1. Oración preparatoria para todos los días: Postrados ante el Señor de los Milagros. Adoración y petición. 

Señor de los Milagros, me postro a tus pies y te reconozco como mi Salvador y mi Dios. Te adoro y te pido la gracia de hacer devotamente esta Novena en tu honor.

Te doy gracias, Señor Jesús, porque tú bajaste del cielo y viniste al mundo para demostrarnos cuánto nos ama el Padre, el Dios invisible. Divino Jesús, tú sabías que el Padre desea que todos sus hijos se salven y tengan vida en abundancia.

Por eso, te ofreciste al Padre voluntariamente para venir al mundo y cumplir la misión de Mesías y Salvador del pueblo elegido Israel y después de todos los hombres. Eso fue lo que más te gustó, Señor Jesús. Nadie te obligó, a no ser tu amor incondicional a tu Padre Dios, y por él, a todos los hombres.

Señor Jesús, desde lo más íntimo de mi corazón te agradezco que te encarnaras y te hicieras hombre como uno de nosotros, igual en todo a nosotros, menos en el pecado. Te reconozco como mi Señor y mi Dios y te admiro por tu generosidad y tu solidaridad con los hombres.

Señor de los Milagros, mi Redentor, te bendigo y te alabo por tu bondad y tierna compasión hacia todos los hombres. Tú eres el puente entre Dios y los hombres. A través de ti, Señor Jesús, todos tenemos acceso seguro y directo al Padre Dios.

Por eso, Padre Santo, yo me postro en tu presencia, te adoro y te bendigo pues tú eres digno de toda bendición en el cielo y en la tierra. A ti la gloria y el poder porque gobiernas el mundo con sabiduría y misericordia. Tú eres el Creador, el Amo y Señor: Todo está en tus manos y nada está perdido.

Gracias, Padre, por enviarnos a tu propio Hijo y también al Espíritu Santo derramado en nuestros corazones. Este Espíritu nos conduce a la Verdad total que nos trajo Jesucristo. El Espíritu Santo habla con suavidad y poder persuasivo a nuestro espíritu asegurándonos que somos hijos amados del Padre y hermanos entrañables de Cristo. Él nos hace clamar: ¡Abba, Padre! Y también: ¡Jesús vive y es Señor!

Por eso, Padre de bondad, como hijos tuyos que somos en tu Hijo bendito, te pedimos que nos envíes el Espíritu y lo derrames en nuestros corazones. Ven, pues, Espíritu Santo, y llénanos del amor del Padre y del Hijo. Ven, dulce huésped del alma. Ven, Padre amoroso del pobre, y no pases de largo ante nosotros en esta Novena. Déjanos la huella de la santa unción que nos dé fe, vida y salud.

Te pedimos, Espíritu Vivificador, que durante estos días podamos saborear el amor personal e incondicional del Padre Dios y la dulzura inefable de su bendito hijo Jesucristo, el Señor de los Milagros. Amén.

  1. Consideraciones bíblico-teológicas para cada día de la Novena:

DÍA TERCERO: El Hijo de Dios, el Verbo increado

Ayer contemplamos la Imagen del Señor de los Milagros en su referencia al Misterio de la Santísima Trinidad. Hoy deseamos acercarnos al misterio de la identidad del Nazareno clavado en la cruz. ¿Quién es?

La fe nos asegura que “El Crucificado” es Dios y hombre a la vez, es el Verbo, la Palabra, el Hijo de Dios, y también en él adoramos a Jesucristo, el nuevo Adán que ha resucitado, ha subido al cielo, se ha sentado a la derecha de Dios Padre y nos ha enviado el Espíritu Santo.

Según esto, en Dios Hijo distinguimos tres estados de existencia, sin detrimento de su única Personalidad e Identidad divina:

– El Verbo increado o eterno que vive junto al Padre desde siempre y por siempre.

– El Verbo encarnado, Dios y hombre a la vez: Jesús de Nazaret

– El Señor Jesucristo, Cristo Resucitado, Cabeza de la nueva creación.

1.- El dato bíblico de la relación de Jesús con su Padre Dios

Podemos hablar del Verbo eterno porque Jesús, un hombre como nosotros, con una historia personal y familiar bien concreta, se presentó en el mundo asegurando que él conocía a Dios eternamente, porque venía del cielo y había sido enviado por Dios a quien llamaba con toda su alma y en verdad “Padre”.

Los discípulos de Jesús fueron testigos de esta experiencia única, la creyeron y la predicaron a la Iglesia; también la pusieron por escrito, sobre todo Juan evangelista, como patrimonio espiritual de la comunidad cristiana.

Escribe, en efecto: Al principio existía el Verbo, la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Vino a este mundo a dar testimonio de la verdad. Nosotros hemos conocido la Palabra, la hemos visto y oído, la hemos tocado con nuestras propias manos. Y damos testimonio de la misma. Y sabemos que decimos la verdad. Damos testimonio para que ustedes crean lo mismo que nosotros… y sabemos que decimos la verdad (Jn 1, 1 ss.; 1 Jn 1, 1 ss.)

Desde la experiencia del Jesús histórico que los discípulos recordaban y guardaban celosamente y con la ayuda de la vivencia pascual nos remontamos hasta la vida intratrinitaria de “ese Nazareno”, vida escondida en Dios antes de los siglos.

Jesús vivió en constante comunicación con su Padre Dios. Se sentía enviado por él para salvar a todos los hombres. No tenía un proyecto ni un mensaje propio, sino el mismo del Padre. Sólo hablaba de lo que había visto y oído junto al Padre, sólo predicaba lo que el Padre le había revelado, sin aumentarle ni quitarle nada. Su doctrina no era suya. Su alimento era cumplir la voluntad de su Padre, porque sólo él es bueno, lo sabe todo y lo gobierna todo con sabiduría y amor.

Esta familiaridad de Jesús con su Padre Dios tenía tan impactados a los discípulos que, un buen día, Felipe le dijo a Jesús: Muéstranos al Padre y eso nos basta, no te preguntaremos más cosas, seguro que eso será suficiente para nosotros.

Jesús le respondió: ¿No te has dado cuenta, Felipe, de que el Padre y yo somos uno? Quien me ve a mí, ve al Padre, quien me conoce, conoce al Padre. Jesús y el Padre están íntimamente unidos, viven en plena comunión (Jn 14, 8, ss.)

2.- Formulación eclesial y teológica de esa relación “misteriosa”

Acogiendo estos elementos bíblicos y las enseñanzas de la primitiva Iglesia los teólogos nos han ayudado a comprender mejor el misterio de la Santísima Trinidad, y más en concreto la relación entre el Padre y el Hijo. Gracias a esta tradición la Iglesia no invita y enseña a creer en la comunión que existe entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo.

Así, afirmamos que nuestro Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Dios uno y trino a la vez no es un individuo o una personalidad única, sino una familia, una comunidad: Un solo Dios, sí, pero en tres personas distintas iguales en su ser y dignidad. Dios es comunión o intercomunicación de las tres divinas personas.

En Dios, ser y existir es a la vez, es lo mismo, desde siempre e infinitamente. Dios Padre existe porque tiene un Hijo. No existe primero como Dios y después se hace Padre. No. El Padre, desde siempre engendra al Hijo, y a él le da todo, sin reservarse nada, excepto su relación o referencia al Hijo. No tiene nombre propio. Su nombre como su entidad personal es esencialmente referencial. Si no engendrara al Hijo, no existiría ni como Padre ni como Dios Padre.

Y ese Padre es Dios porque no existen más formas de ser “padre”, otras maneras de ser origen, amor, dador de vida, que engendra, que afirma, que protege, que sostiene… El Padre es Dios porque genera toda forma de “paternidad”, realiza todas las formas posibles e imaginables de paternidad y acaba, agota, todas las posibles maneras de ser “padre”, origen, dador y protector de la vida…

Por eso, es “Dios” porque no queda ninguna “paternidad” fuera de él… Todo lo da al Hijo, esencialmente, desde siempre y, por siempre, eterna e infinitamente, sólo hace eso, y nada más… de una manera simplicísima y purísima: Es la “paternidad en persona, en esencia y eternamente”.

Respecto de Dios Hijo, afirmamos algo parecido: Dios Hijo existe porque tiene un Padre. No existe primero como Dios y después se hace Hijo. No. El Hijo, el Verbo, la Palabra, desde siempre es engendrado por Dios Padre y desde siempre está vuelto al Padre, adorándolo, glorificándolo, dándole todo su amor y ternura, sin reservarse nada, excepto su relación o referencia al Padre, o su relación filial.

No tiene nombre propio, es decir, existir primero como algo consistente, sólido y autosuficiente en sí, y después “darse” al Padre, no; tiene nombre común, “hijo” o engendrado. Si no tuviera al Padre, no existiría. Si no tuviera una referencia esencial al Padre, no existiría, ni como Hijo ni como Dios Hijo.

Y ese Hijo es Dios porque no existen más formas de ser “hijo”, engendrado, amado, respetuoso, obediente, que glorifica, que cumple la voluntad del Padre… El Hijo es Dios porque genera toda forma de “filiación”, de sumisión obsequiosa y libre, dependiente esencialmente, porque realiza todas las formas posibles de obediencia y acaba, agota, todas las formas de ser “hijo bien nacido y agradecido”, fiel, amoroso, entregado, tierno…

Por eso, el Hijo es “Dios” porque no queda ninguna “forma de filiación” fuera de él… Todo lo agradece al Padre, está esencial y totalmente vuelto al Padre, adorándolo, desde siempre y, por siempre, eterna e infinitamente, sólo hace eso, y nada más… de una manera simplicísima y purísima: Es la “filiación en persona, en esencia y eternamente”.

Escribe el P. Nereo Silanes, trinitario: “Si el Padre es solo Padre, el Hijo es solo Hijo. Ser Hijo, en la segunda persona de la Trinidad es el mismo ser divino en su plenitud infinita, en entrega filial. El Padre es solo Padre, pero el Hijo, de igual forma, es solo Hijo, constitutivamente Hijo. Todo su ser divino es filial. ¿Y qué es ser Hijo? Estar recibiendo constantemente la divinidad del Padre, ser engendrado ininterrumpidamente por el Padre… El Hijo… nunca sale del Padre. Ser Padre y ser Hijo en la Trinidad se corresponden…” (El don de Dios, La Trinidad en nuestra vida; págs. 136 y 137).

3.- Teología trinitaria

El Padre da todo lo que es, se autodona desde siempre… El Hijo devuelve todo lo recibido, toda su sustancia, filialmente. “Ser Padre constitutiva y esencialmente es comunicar toda su riqueza infinita al Hijo; y ser Hijo constitutiva y sustancialmente es eso: no ser nada más que Hijo: entregarse plena y totalmente al Padre” (Ibíd., pág. 137).

Tanto el Padre como el Hijo descansan en esa comunión, son un don mutuo y gratuito en el Espíritu Santo: sin distracción, sin fluctuación, sin dispersión, sin egoísmo ni rivalidad… de manera simplicísima y recíproca, plena, generosa y amorosa, total, desde siempre y para siempre.

Así, en Dios Hijo todo su ser filial es estar vuelto, estar volviendo, estar contemplando, agradeciendo al Padre… diciéndole “tú eres mi Padre”, soy tu Hijo amado, solo tu Hijo… Es lo que más me gusta. Todo es poco para agradecerte suficientemente, por eso te obedezco en todo, es mi delicia cumplir tu voluntad, me ofrezco totalmente, qué quieres de mí, en qué te puedo agradar… Aquí estoy para hacer tu voluntad… (Is 6, 8 ss.).

Eternamente el Padre Dios se dirige al Hijo para expresarle todo su amor hacia dentro de la Santísima Trinidad, y también hacia fuera. Y el Hijo también eternamente responde al Padre. Por tanto “dialogan” entre ellos o mejor “tria-logan” porque se comunican en el Espíritu.

Y así el Padre le expresa al Hijo que todo lo que él pueda imaginar y crear lo hará siempre a través del Hijo, contando con él, por medio de él, según su peculiaridad filial… y asegurándole que por él y en él encontrarán entidad y consistencia todas las cosas… y que sólo aceptará gloria de parte de la creación a través de él y por él, pues en él ha fundado todas las cosas y les da consistencia (Jn 14, 10 y ss.; 17, 1 y ss.). Nada puede volver al Padre si no es a través del Hijo, por el Hijo, siendo de alguna manera el mismo y único Hijo en el Espíritu.

Todo cuanto existe fuera de la Trinidad ha sido creado en el Hijo, a través del Verbo, de la Palabra. Por tanto, de alguna manera tiene relación estrecha con el Hijo, es como una prolongación del Verbo ya que nada ha sido creado fuera de él. El Verbo, por ser horma o molde de la creación, es causa ejemplar de la misma, y también causa final pues todo debe volver al Padre por medio de él y en la medida en que se parezca a él será salvo y grato a Dios Padre. No será por esencia sino por participación o gracia.

Y cuando el hombre se aparta del proyecto de Dios por el pecado y arrastra consigo a toda la creación, el Padre le confía al Hijo su preocupación: ¿A quién enviaré, quién irá por mí, cómo hacerle entender al hombre su gran equivocación, cómo hacerle volver a la casa paterna? (Is 6, 8. Salmo 11).

Y el Hijo se ofrece sin pensarlo dos veces y responde inmediatamente: Aquí estoy, yo iré, dame un cuerpo y mándame a mí, yo iré y les hablaré de ti y te los devolveré para que tu casa se llene de invitados y tu banquete no sea despreciado (Hebreos, 10, 5-7. Salmo 40; Jn 17, 1-5).

En la Biblia, la segunda persona de la Trinidad toma diversos nombres que nos ayudan a comprender y gustar la realidad bendita del Hijo de Dios, el engendrado por el Padre desde siempre. Los enumeramos someramente: Palabra del Padre, Verbo, del latín, o Logos en griego. Es la mente o inteligencia del Padre, el lenguaje del Padre, su gesto o su rostro. Es impronta de su sustancia. Imagen, manifestación o esplendor del Padre.

El Hijo del Padre es conocido como la sabiduría divina en persona, es amable, pacífica, dulce, paciente, humilde, amante de los hombres, casta, noble… (Prov 8, 22; Eclesiástico, 24, 1 y ss.; Sab 7, 21 y ss.; Prov. 9, 1-6).

La Palabra de Dios es revelación del Padre, proyección y sacramento, icono del Padre, es el amén al Padre y el amén de los hombres a Dios. Es también la bendición descendente desde el Padre y la bendición ascendente desde los hombres al Creador.

 

  1. Peticiones o plegaria universal

 

  1. Dios Padre misericordioso, te damos gracias porque tú eres digno de toda bendición. Haz que te alabemos siempre a través de tu propio Hijo Jesucristo,

Invitación: Roguemos al Señor.

Respuesta: Te lo pedimos, Señor.

  1. Gracias, Padre santo, porque enviaste a tu Hijo al mundo para salvarnos. Concédenos acoger a tu Hijo como el mayor regalo que nos has dado,

Roguemos al Señor…

  1. Padre todopoderoso, que todos los hombres reconozcan que tú, con el Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios, para que crean, esperen y amen al Dios único y verdadero,

Roguemos al Señor…

  1. Padre eterno, que a través de tu Hijo has creado todas las cosas y con el Espíritu Santo todo lo gobiernas y diriges, haz que sepamos cuidar del mundo en que vivimos,

Roguemos al Señor…

  1. Señor de los Milagros, honrado, venerado y adorado por generaciones de peruanos dentro y fuera del territorio patrio, bendice al Perú para que seamos un pueblo próspero y creyente para gloria de Dios Padre en el Espíritu Santo,

Roguemos al Señor…

  1. Señor Jesús, te adoramos y te bendecimos porque con tu santa cruz has redimido el mundo. Ayúdanos a colaborar siempre contigo en la salvación de nuestros hermanos para gloria del Padre,

Roguemos al Señor…

  1. Espíritu Santo, don del Padre y del Hijo, ven a iluminar a todos los que estamos rezando esta novena a fin de que conozcamos mejor el amor del Padre y del Hijo,

Roguemos al Señor…

  1. Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener en esta Novena

(Pausa en silencio)

Roguemos al Señor…

7. Padre nuestro, Ave María y Gloria (tres veces).

8. Oración final para todos los días

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro y te bendigo como mi único Señor y mi Dios. Me postro ante tu divina majestad y me rindo totalmente en tu presencia como criatura tuya que soy y también como hijo tuyo en tu bendito Hijo Jesucristo.

Te adoro, mi único Dios y Señor, y te entrego toda mi libertad. Quiero pertenecerte en cuerpo y alma y me adhiero y me consagro íntegramente a tu divina voluntad y misericordia. Te entrego todas mis facultades y pongo ante ti todas mis posibilidades: Deseo hacer siempre tu santa voluntad, pues te confieso como mi único amo y señor. Quiero andar en tu presencia toda mi vida. No quiero vivir dividido, disperso, y renuncio a toda actitud o conducta que me separe y me aparte de ti.

Padre de bondad infinita, te consagro mi memoria y quiero recordar y considerar siempre lo que tú esperas de mí. Deseo vivir, Padre Santo, según las expectativas, planes y proyectos que, desde toda la eternidad, has acariciado, soñado y pensado sobre mí. Que nada me distraiga y me aparte de ese proyecto misterioso. Quiero que estés orgulloso de mí como lo estás de tu amado Hijo, Jesús.

A ti, Señor Jesús, Señor de los Milagros, te consagro mi entendimiento y toda mi capacidad de pensar, discurrir y soñar. Tú eres mi sabiduría y mi ciencia. En tu vida narrada en el Evangelio, divino Maestro, quiero aprender todos los secretos y todo el saber. En ti encuentro el sentido más pleno de mi vida y de mi existencia. No quiero saber ni entender nada fuera de ti. Tú eres mi luz, vida y esperanza. Renuncio a buscar al margen de ti razones para vivir y esperar.

A ti, Espíritu Consolador, te entrego toda mi voluntad. Te consagro toda mi capacidad de gozo y felicidad. Que sólo en ti encuentre alegría y contento. Dame, Espíritu Santo, gusto en las cosas santas. Dame la vida eterna, que es conocer de verdad y saborear el amor del Padre y del Hijo. Hazme sentir la belleza y la bondad de la vida cristiana, y valorar la sabiduría de la Cruz. Líbrame de la mentira y de la vanidad del mundo presente.

Ven, Espíritu Vivificador, y mira mi pequeñez, ten compasión de mí, Padre amoroso del pobre: Ven a iluminar lo que está oscuro en mí, ven a enderezar lo torcido, a calentar lo frío, a endulzar lo amargo, en fin, a sanar mis heridas. Ven, Espíritu Santo, a pacificar a los violentos, a reconciliar a los enemistados, a robustecer a los débiles, a vivificar lo que languidece, y finalmente, a resucitar a los que están muertos.

Padre Santo, por tu bendito Jesús, derrama el Santo Espíritu sobre toda carne, sobre tu santa Iglesia, sobre el Perú, y de manera especial sobre todos los devotos del Señor de los Milagros, y sobre los que estamos haciendo esta Novena en su honor. Amén.

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

  1. Himno al Señor de los Milagros

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión

tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

 

Faro que guía, da a nuestras almas

la fe, esperanza, la caridad;

tu amor divino nos ilumine,

nos haga dignos de tu bondad.

 

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión

tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

 

Con paso firme de buen cristiano

hagamos grande nuestro Perú,

y unidos todos como una fuerza

te suplicamos nos des tu luz.

 

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión

tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

 

Letra y música: Isabel Rodríguez Larraín

NOTA: Revisado en San Millán, oct. de 2019


Novena al Señor de los Milagros, Día 2, Oct. 2019

octubre 22, 2019

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Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. Pues con tu santa cruz redimiste al mundo.

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NOVENA AL SEÑOR DE LOS MILAGROS, Día 2, Oct. 2019

Con reflexiones y oraciones sobre la Santísima Trinidad

 

  1. Señal de la cruz

Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

  1. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a santa María, siempre virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.

  1. Oración preparatoria para todos los días: Postrados ante el Señor de los Milagros. Adoración y petición.

Señor de los Milagros, me postro a tus pies y te reconozco como mi Salvador y mi Dios. Te adoro y te pido la gracia de hacer devotamente esta Novena en tu honor.

Te doy gracias, Señor Jesús, porque tú bajaste del cielo y viniste al mundo para demostrarnos cuánto nos ama el Padre, el Dios invisible. Divino Jesús, tú sabías que el Padre desea que todos sus hijos se salven y tengan vida en abundancia.

Por eso, te ofreciste al Padre voluntariamente para venir al mundo y cumplir la misión de Mesías y Salvador del pueblo elegido Israel y después de todos los hombres. Eso fue lo que más te gustó, Señor Jesús. Nadie te obligó, a no ser tu amor incondicional a tu Padre Dios, y por él, a todos los hombres.

Señor Jesús, desde lo más íntimo de mi corazón te agradezco que te encarnaras y te hicieras hombre como uno de nosotros, igual en todo a nosotros, menos en el pecado. Te reconozco como mi Señor y mi Dios y te admiro por tu generosidad y tu solidaridad con los hombres.

Señor de los Milagros, mi Redentor, te bendigo y te alabo por tu bondad y tierna compasión hacia todos los hombres. Tú eres el puente entre Dios y los hombres. A través de ti, Señor Jesús, todos tenemos acceso seguro y directo al Padre Dios.

Por eso, Padre Santo, yo me postro en tu presencia, te adoro y te bendigo pues tú eres digno de toda bendición en el cielo y en la tierra. A ti la gloria y el poder porque gobiernas el mundo con sabiduría y misericordia. Tú eres el Creador, el Amo y Señor: Todo está en tus manos y nada está perdido.

Gracias, Padre, por enviarnos a tu propio Hijo y también al Espíritu Santo derramado en nuestros corazones. Este Espíritu nos conduce a la Verdad total que nos trajo Jesucristo. El Espíritu Santo habla con suavidad y poder persuasivo a nuestro espíritu asegurándonos que somos hijos amados del Padre y hermanos entrañables de Cristo. Él nos hace clamar: ¡Abba, Padre! Y también: ¡Jesús vive y es Señor!

Por eso, Padre de bondad, como hijos tuyos que somos en tu Hijo bendito, te pedimos que nos envíes el Espíritu y lo derrames en nuestros corazones. Ven, pues, Espíritu Santo, y llénanos del amor del Padre y del Hijo. Ven, dulce huésped del alma. Ven, Padre amoroso del pobre, y no pases de largo ante nosotros en esta Novena. Déjanos la huella de la santa unción que nos dé fe, vida y salud.

Te pedimos, Espíritu Vivificador, que durante estos días podamos saborear el amor personal e incondicional del Padre Dios y la dulzura inefable de su bendito hijo Jesucristo, el Señor de los Milagros. Amén.

  1. Consideraciones bíblico-teológicas para cada día de la Novena:

DÍA SEGUNDO: Trinidad salvífica y Ofrecimiento de obras

  1. Consideraciones bíblico-teológicas sobre la Trinidad Salvífica

Si el hombre ha sido creado por Dios que es Uno y Trino, que es comunidad, que es comunión de las tres personas divinas, entonces el hombre tiene que parecerse a su Creador, tiene que ser esencialmente comunicativo, llamado a vivir en comunión con Dios, en primer lugar, y también con sus semejantes y con el mundo. ¿En qué cualidades del hombre se manifiestan los vestigios de la Trinidad creadora y salvadora?

En el plano natural de la creación, el hombre refleja de múltiples formas a su Hacedor. Entre ellas, destacamos en primer lugar que el hombre posee tres facultades superiores que lo diferencian específicamente de los demás seres creados: memoria, entendimiento y voluntad. Cada facultad podemos relacionarla específica y metodológicamente con una de las tres divinas personas.

Así, por la memoria, el hombre recuerda los hechos y experiencias puntuales de su historia personal. Además, tiene presente la “impronta” original recibida del Creador por la que es consciente de su dignidad, tiene conciencia moral y tiende de forma espontánea y natural a cumplir el proyecto divino de alcanzar la felicidad en Dios. Está hecho para ser feliz, y busca de manera espontánea el bien y huye instintivamente del mal.

La memoria la referimos a Dios Padre porque él es origen, fuente y principio de todo. El Padre toma la iniciativa, él se adelanta a todo, nos amó primero. Por eso, le atribuimos las palabras de la Escritura: Eternamente te he amado, he pensado en ti, he pronunciado tu nombre, tengo pensamientos de paz y no de aflicción sobre ti, eres único para mí (…).

Por la memoria, nos preguntamos sobre el proyecto que Dios Padre ha soñado desde toda la eternidad para cada uno de nosotros. La memoria nos recuerda las expectativas que el Padre se ha forjado sobre nosotros. Ese proyecto en el fondo está calcado de la realidad de su propio Hijo, y ya está perfectamente cumplido en Cristo. Por tanto, en la medida en que nos parezcamos y reproduzcamos a Cristo en nuestra vida estaremos cumpliendo las expectativas del Padre, realizando su proyecto y dándole gloria.

El entendimiento lo aplicamos al Verbo. El Padre no tiene más que un Hijo que es su Palabra y solamente a través de él se comunica hacia afuera de la Trinidad. Todas las cosas fueron creadas a través de él, por él y para él, y solo por medio de él pueden volver al Padre. Fuera del Verbo nada ha sido hecho. Él es la horma, el molde en el que se ha hecho todo lo creado. Por tanto, todo tiene “racionalidad” en el Verbo y también “referencialidad” o relación. Solo en él se puede conocer el hombre a sí mismo, y también conocer y entender todas las cosas.

El cristiano no quiere saber nada fuera de Cristo. En él encuentra la solución, la explicación y la clave de todos los problemas humanos. En Cristo habitan todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia.

La voluntad la relacionamos con el Espíritu Santo. El hombre desea, se goza y disfruta de las cosas y de las personas por medio de la voluntad. El Espíritu es la simpatía de la Trinidad. Es amor, comunión, abrazo, descanso… El Espíritu hace apetitosas y gustosas las cosas de Dios. Sin él todo es arduo, misterioso, oscuro, pesado, insípido…

En el plano de la gracia, el cristiano se comunica con Dios Uno y Trino mediante las virtudes infusas recibidas en el bautismo como la primera gratuidad de la Trinidad. Son llamadas virtudes “teologales” porque permiten al creyente comunicarse directamente con Dios, de manera inmediata. Son tres las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad.

La caridad o amor lo relacionamos con Dios Padre porque él ha tomado la iniciativa de amarnos cuando no éramos buenos; amándonos en su Hijo, nos hizo buenos. No nos amó porque ya fuésemos buenos o lo mereciéramos. No somos nosotros los que nos hemos adelantado en el amor a Dios, sino que Dios nos amó primero. De ahí, de ese amor fontal viene todo, “porque le pareció bien, porque quiso, para que sea alabada su gloria”. Tanto nos ha amado Dios Padre que ha enviado a su Hijo al mundo para hacernos sus hijos en su bendito Hijo Jesucristo: para salvarnos.

La fe la atribuimos al Hijo porque solamente él ha hablado y nos ha dicho todo lo que necesitamos saber sobre Dios. Sólo él ha bajado del cielo, sólo él ha sido enviado y ha sido acreditado con palabras y hechos poderosos: Por tanto, a él hay que creerle. El que le crea, se salvará; el que no crea en él será condenado. El Hijo nos ha comunicado cuanto el Padre le encomendó, porque éste todo lo ha puesto en sus manos.

Por eso, el Hijo solo nos ha revelado lo que el Padre le confió sin quitar ni añadir nada. Luego enseña la verdad, no puede engañarse ni engañar. Él se puede presentar y se define como el camino y la verdad y la vida. Nadie puede ir al Padre sino a través de él. Es la verdad en persona. El Salvador. El que no le crea, no tiene remedio, queda fuera del ámbito divino.

Y al Espíritu lo relacionamos con la esperanza. El Hijo ha vuelto al Padre pero nos han enviado otro consolador, el Espíritu que nunca se irá. Él nos hará comprender la verdad plena de lo que Jesús hizo y enseñó. Con él se inauguran los últimos tiempos y él nos ayudará para que seamos fieles hasta el final. Él asegura a nuestro espíritu la verdad del amor del Padre y del Hijo y nos infunde la esperanza que no defrauda.

El Espíritu completa la obra del Padre y del Hijo en nosotros, la culmina, la embellece, la hace no solo posible para nosotros sino incluso agradable, gratificante, segura. Todo está bien, todo funciona bien, todo tiene sentido. Es el testigo interior del creyente. El que da garantía. El que “convence” a nuestro espíritu acerca de la verdad. El que sostiene nuestra peregrinación por este mundo hasta llegar al Cielo.

El hombre es un ser deficitario, necesitado, no acabado. Por eso, los autores sostienen que todo ser humano tiene tres necesidades fundamentales que deben ser atendidas y satisfechas. Los padres satisfacen básicamente esas necesidades del hombre. Pero a la vez en esta estructura ontológica y existencial del hombre queremos ver un reflejo de la Trinidad. El hombre herido por el pecado es sanado mediante una relación específica con cada una de las tres divinas personas.

Todo hombre necesita ser afirmado, querido, valorado, acompañado… Los padres proporcionan ese fundamento existencial al ser humano de manera suficiente. Ellos participan así del amor del Padre Dios creador que da la plena fundamentación, sentido y derecho a la existencia a todo ser humano.

El amor personal e incondicional de Dios Padre subsana los vacíos afectivos que puede el hombre haber sufrido en sus orígenes y crecimiento. El creyente desarrolla todas sus potencialidades apoyado en el respaldo que experimenta en el sólido amor del Padre Dios que lo afirma, lo recrea constantemente y nunca lo niega. Que lo empuja hacia adelante siempre.

En segundo lugar, todo ser humano siente la necesidad de sentirse útil, de desarrollar sus talentos, de ser y sentirse valioso para los demás… El trabajo es dignidad. El Hijo de Dios nos convoca a compartir su gran misión en el mundo: Vayan por todo el mundo, y prediquen el Evangelio a toda criatura. Den gratuitamente lo que han recibido de balde. Jesús nos recordará que al Padre le gusta que demos mucho fruto.

Jesús no es celoso ni acaparador. Más bien goza con ver felices a los 72 discípulos cuando volvían contentos de la misión. No acabarán los pueblos de Israel antes de que llegue el Hijo del hombre. Sin embargo, no pongan su felicidad en los éxitos, les dice. Alégrense más bien porque sus nombres están escritos en el libro de la vida.

Y finalmente, el Espíritu Santo, sanará las heridas afectivas del hombre que necesita ser acogido incondicionalmente por lo que es, no por lo que tiene o produce. La unción del Espíritu satisface plenamente la necesidad de afecto y de gratuidad en todo hombre. Él es el consolador, el dulce huésped del alma que alegra el desposorio de Dios con su criatura: Padre amoroso del pobre, don en tus dones espléndido.

Podríamos rastrear todavía mucho más las huellas dejadas en la creación, sobre todo en el ser humano, por el Creador, Uno y Trino a la vez. Encontraríamos con seguridad similitudes y analogías sin fin, incontables, sobre todo en lo afectivo, sicológico, referencial, interpersonal, intencional…

Sólo cito una semejanza muy sugerente: Muchos autores distinguen en el hombre tres centros vitales estrechamente relacionados entre sí: cabeza, corazón y entrañas. Estarían relacionados con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo respectivamente. Dejamos ahí esta visión panorámica y referencial.

  1. Ofrecimiento de obras al comenzar el día

Todo lo que vamos explicando sobre la Trinidad no es solo para “saberlo”, para aumentar nuestros conocimientos, sino sobre todo para “experimentar”, para sentir y vivir una relación afectiva con Dios uno y trino. La fe nos capacita para “fiarnos” de Dios y crecer en confianza y amor hacia él.

Por medio de la oración expresamos esa incipiente relación con Dios, la hacemos crecer dentro de nosotros y nos motivamos para proyectarla en todo nuestros ser: pensamientos, sentimientos, deseos y acciones personales y comunitarias.

Por eso, me parece oportuno formular una oración trinitaria que nos sirva para consagrarnos a Dios al comenzar el día, cada mañana.

Esta oración-consagración se fundamenta en una enseñanza muy categórica de Jesús: Si alguien me ama, guardará mis palabras, y el Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. Esta confesión de Jesús nos asegura que somos templo de Dios, sagrario de la Trinidad. Aunque no se cita expresamente al Espíritu, indudablemente se sobrentiende presente como el testigo del amor del Padre y del Hijo, primero entre ellos, y después entre ellos y nosotros. El Espíritu es el perfume que ambienta toda la casa, el corazón de los creyentes y la Iglesia del Señor.

A esta enseñanza bíblica, le añado una oración tradicional que pudo tener su origen en san Agustín y su desarrollo más logrado en san Ignacio de Loyola. Con esa oración el creyente expresa su consagración total a Dios, uno y trino, enumerando la libertad, en primer lugar, y después las tres facultades superiores del hombre: memoria, entendimiento y voluntad.

Según estas observaciones, la oración quedaría reformulada de la siguiente manera:

“Tomad, Señor –Dios Uno-, y recibid toda mi libertad”. Te consagro, Dios único y verdadero, toda mi persona con mi capacidad de elegir, seleccionar y preferir, y te elijo libremente a ti con toda mi alma, te adoro y te reconozco como al único Señor y Dueño soberano de cielos y tierra; y renuncio a pensar y a actuar por mi cuenta, distrayéndome de ti, apartándome de ti, eligiendo otros bienes, otros caminos, otros dioses… Tú eres el único Dios, Altísimo Señor de cielo y tierra, y me consagro totalmente a ti, tuyo soy, y para siempre. Amén.

“Tomad, Señor –Dios Padre Santo-, y recibid… mi memoria”. Te consagro, Padre Santo, toda mi capacidad de recordar: No quiero sino acordarme siempre de tu divina voluntad, de tu designio de amor sobre mí; quiero recordar siempre lo que tú esperas de mí, según el modelo de Cristo. Y renuncio a recordar y a considerar todo aquello que me aparta de ti. Que todo este día esté consagrado a recordar las cosas buenas y santas: de dónde vengo, quién pensó en mí desde la eternidad, y adónde voy. Amén.

“Tomad, Señor –Dios Hijo, Jesucristo-, y recibid… mi entendimiento”. Te consagro, Señor Jesús, mi capacidad de pensar, entender, comprender… y deseo “entender” las cosas de Dios, las Escrituras. Que mi mente esté llena de la sabiduría de Dios. En ti, Señor Jesús, están todos los tesoros de la vida y de la ciencia. No quiero saber nada fuera de ti, Cristo Jesús. Que en ti, pueda entender el sentido de todas las cosas, las intenciones de todos los hombres, el sentido de la historia y de los acontecimientos… Lo único necesario, la vida eterna. Amén.

“Tomad, Señor –Dios Espíritu-, y recibid… mi voluntad”: Te consagro, Santo Espíritu, toda mi capacidad de gozar, de saborear, de gustar, de sentirme plenamente feliz y realizado… Que mi gozo esté en contemplar y saborear las cosas de Dios, que mi disfrute sea cumplir sus santos mandamientos. No quiero complacerme en nada que no seas tú, divino Espíritu: Nada de rivalidades, impurezas, mentiras, soberbia, insultos, peleas, guerras, injusticias… Sólo quiero agradarme en la comunión, comprensión, amor, reconciliación, amistad, benevolencia, alegría, gratuidad, perdón, armonía, consolación, sanación, paz… Rezar con el salmista: Gustad y ved qué bueno es el Señor; es agradable vivir los hermanos unidos…

“En fin, todo mi haber y mi poseer, tú me lo diste, a ti, Señor, lo devuelvo. Todo es vuestro. Disponed de mí, Señor, según vuestra santa voluntad. Dadme vuestro amor y vuestra gracia que esto me basta”. Amén.

Señor, haz de mí lo que quieras. Sea lo que sea te doy las gracias. Ven y toma tu lugar en mi corazón: Puebla mis soledades, habítame. Que durante este día sea sagrario y templo tuyo, que habites en mí y yo en ti, o Santa Trinidad. Me abandono en tus manos, con infinita confianza, porque tú eres mi padre. Tú sabes mejor que yo lo que me conviene, por eso te doy gracias por lo que has hecho, por lo que haces conmigo, y por lo que harás… Habitaré en tu santo templo cantando tus alabanzas. Amén.

  1. Peticiones o plegaria universal

 

  1. Dios Padre misericordioso, te damos gracias porque tú eres digno de toda bendición. Haz que te alabemos siempre a través de tu propio Hijo Jesucristo,

Invitación: Roguemos al Señor.

Respuesta: Te lo pedimos, Señor.

  1. Gracias, Padre santo, porque enviaste a tu Hijo al mundo para salvarnos. Concédenos acoger a tu Hijo como el mayor regalo que nos has dado,

Roguemos al Señor…

  1. Padre todopoderoso, que todos los hombres reconozcan que tú, con el Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios, para que crean, esperen y amen al Dios único y verdadero,

Roguemos al Señor…

  1. Padre eterno, que a través de tu Hijo has creado todas las cosas y con el Espíritu Santo todo lo gobiernas y diriges, haz que sepamos cuidar del mundo en que vivimos,

Roguemos al Señor…

  1. Señor de los Milagros, honrado, venerado y adorado por generaciones de peruanos dentro y fuera del territorio patrio, bendice al Perú para que seamos un pueblo próspero y creyente para gloria de Dios Padre en el Espíritu Santo,

Roguemos al Señor…

  1. Señor Jesús, te adoramos y te bendecimos porque con tu santa cruz has redimido el mundo. Ayúdanos a colaborar siempre contigo en la salvación de nuestros hermanos para gloria del Padre,

Roguemos al Señor…

  1. Espíritu Santo, don del Padre y del Hijo, ven a iluminar a todos los que estamos rezando esta novena a fin de que conozcamos mejor el amor del Padre y del Hijo,

Roguemos al Señor…

  1. Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener en esta Novena

(Pausa en silencio)

Roguemos al Señor…

  1. Padre nuestro, Ave María y Gloria (tres veces).

 

  1. Oración final para todos los días

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro y te bendigo como mi único Señor y mi Dios. Me postro ante tu divina majestad y me rindo totalmente en tu presencia como criatura tuya que soy y también como hijo tuyo en tu bendito Hijo Jesucristo.

Te adoro, mi único Dios y Señor, y te entrego toda mi libertad. Quiero pertenecerte en cuerpo y alma y me consagro íntegramente a tu divina voluntad y misericordia. Te entrego todas mis facultades y pongo ante ti todas mis posibilidades: Deseo hacer siempre tu santa voluntad, pues te confieso como mi único amo y señor. Quiero andar en tu presencia toda mi vida. No quiero vivir dividido, disperso, y renuncio a toda actitud o conducta que me separe y me aparte de ti.

Padre de bondad infinita, te consagro mi memoria y quiero recordar y considerar siempre lo que tú esperas de mí. Deseo vivir, Padre Santo, según las expectativas, planes y proyectos que, desde toda la eternidad, has acariciado, soñado y pensado sobre mí. Que nada me distraiga y me aparte de ese proyecto misterioso. Quiero que estés orgulloso de mí como lo estás de tu amado Hijo, Jesús.

A ti, Señor Jesús, Señor de los Milagros, te consagro mi entendimiento y toda mi capacidad de pensar, discurrir y soñar. Tú eres mi sabiduría y mi ciencia. En tu vida narrada en el Evangelio, divino Maestro, quiero aprender todos los secretos y todo el saber. En ti encuentro el sentido más pleno de mi vida y de mi existencia. No quiero saber ni entender nada fuera de ti. Tú eres mi luz, vida y esperanza. Renuncio a buscar al margen de ti razones para vivir y esperar.

A ti, Espíritu Consolador, te entrego toda mi voluntad. Te consagro toda mi capacidad de gozo y felicidad. Que sólo en ti encuentre alegría y contento. Dame, Espíritu Santo, gusto en las cosas santas. Dame la vida eterna, que es conocer de verdad y saborear el amor del Padre y del Hijo. Hazme sentir la belleza y la bondad de la vida cristiana, y valorar la sabiduría de la Cruz. Líbrame de la mentira y de la vanidad del mundo presente.

Ven, Espíritu Vivificador, y mira mi pequeñez, ten compasión de mí, Padre amoroso del pobre: Ven a iluminar lo que está oscuro en mí, ven a enderezar lo torcido, a calentar lo frío, a endulzar lo amargo, en fin, a sanar mis heridas. Ven, Espíritu Santo, a pacificar a los violentos, a reconciliar a los enemistados, a robustecer a los débiles, a vivificar lo que languidece, y finalmente, a resucitar a los que están muertos.

Padre Santo, por tu bendito Jesús, derrama el Santo Espíritu sobre toda carne, sobre tu santa Iglesia, sobre el Perú, y de manera especial sobre todos los devotos del Señor de los Milagros, y sobre los que estamos haciendo esta Novena en su honor. Amén.

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

  1. Himno al Señor de los Milagros

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión

tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

 

Faro que guía, da a nuestras almas

la fe, esperanza, la caridad;

tu amor divino nos ilumine,

nos haga dignos de tu bondad.

 

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión

tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

 

Con paso firme de buen cristiano

hagamos grande nuestro Perú,

y unidos todos como una fuerza

te suplicamos nos des tu luz.

 

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión

tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

 

Letra y música: Isabel Rodríguez Larraín

NOTA: Revisado en San Millán, oct. de 2019


Novena al Señor de los Milagros, Día 1, Oct. 2019

octubre 21, 2019

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Imagen del Señor de los Milagros y la Cofradía con hábito morado, color del Nazareno

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NOVENA AL SEÑOR DE LOS MILAGROS, Día 1, oct. 2019

Con reflexiones y oraciones sobre la Santísima Trinidad

 

  1. Señal de la cruz

Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

  1. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a santa María, siempre virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.

  1. Oración preparatoria para todos los días: Postrados ante el Señor de los Milagros. Adoración y petición.

Señor de los Milagros, mepostro a tus pies y te reconozco como mi Salvador y mi Dios. Te adoro y te pido la gracia de hacer devotamente esta Novena en tu honor.

Te doy gracias, Señor Jesús, porque tú bajaste del cielo y viniste al mundo para demostrarnos cuánto nos ama el Padre, el Dios invisible. Divino Jesús, tú sabías que el Padre desea que todos sus hijos se salven y tengan vida en abundancia.

Por eso, te ofreciste al Padre voluntariamente para venir al mundo y cumplir la misión de Mesías y Salvador del pueblo elegido Israel y después de todos los hombres. Eso fue lo que más te gustó, Señor Jesús. Nadie te obligó, a no ser tu amor incondicional a tu Padre Dios, y por él, a todos los hombres.

Señor Jesús, desde lo más íntimo de mi corazón te agradezco que te encarnaras y te hicieras hombre como uno de nosotros, igual en todo a nosotros, menos en el pecado. Te reconozco como mi Señor y mi Dios y te admiro por tu generosidad y tu solidaridad con los hombres.

Señor de los Milagros, mi Redentor, te bendigo y te alabo por tu bondad y tierna compasión hacia todos los hombres. Tú eres el puente entre Dios y los hombres. A través de ti, Señor Jesús, todos tenemos acceso seguro y directo al Padre Dios.

Por eso, Padre Santo, yo me postro en tu presencia, te adoro y te bendigo pues tú eres digno de toda bendición en el cielo y en la tierra. A ti la gloria y el poder porque gobiernas el mundo con sabiduría y misericordia. Tú eres el Creador, el Amo y Señor: Todo está en tus manos y nada está perdido.

Gracias, Padre, por enviarnos a tu propio Hijo y también al Espíritu Santo derramado en nuestros corazones. Este Espíritu nos conduce a la Verdad total que nos trajo Jesucristo. El Espíritu Santo habla con suavidad y poder persuasivo a nuestro espíritu asegurándonos que somos hijos amados del Padre y hermanos entrañables de Cristo. Él nos hace clamar: ¡Abba, Padre! Y también: ¡Jesús vive y es Señor!

Por eso, Padre de bondad, como hijos tuyos que somos en tu Hijo bendito, te pedimos que nos envíes el Espíritu y lo derrames en nuestros corazones. Ven, pues, Espíritu Santo, y llénanos del amor del Padre y del Hijo. Ven, dulce huésped del alma. Ven, Padre amoroso del pobre, y no pases de largo ante nosotros en esta Novena. Déjanos la huella de la santa unción que nos dé fe, vida y salud.

Te pedimos, Espíritu Vivificador, que durante estos días podamos saborear el amor personal e incondicional del Padre Dios y la dulzura inefable de su bendito hijo Jesucristo, el Señor de los Milagros. Amén.

  1. Consideraciones bíblico-teológicas para cada día de la Novena:

DÍA PRIMERO: El Cuadro del Señor de los Milagros y el misterio de la Santísima Trinidad.

  1. El cuadro, la pintura

La representación del Crucificado de las Nazarenas de Lima es conocida como el Señor de los Milagros. Originalmente fue una pintura realizada en el paño de una pared de barro en la Lima antigua. La tradición nos habla de que aquella representación era venerada por una comunidad de fieles de gente de color. Hubo un terremoto y se cree que milagrosamente la pared donde estaba pintado el Crucificado no sufrió daño alguno. Por eso, comenzó a ser llamado y conocido como el “Señor de los Milagros”.

La pintura del cuadro refleja la manera habitual como los artistas e imagineros religiosos solían representar al Crucificado: La visión de conjunto del cuadro como tal, la distribución de las figuras y objetos, la composición de la escena, los gestos y expresiones de los personajes, la primacía de la finalidad catequética y devocional sobre el mero interés artístico… son los rasgos comunes a este tipo de representaciones cristianas en las iglesias barrocas de la época colonial.

Todo esto nos hace evidente que la figura central es el Crucificado. A su alrededor, sin embargo, descubrimos otros elementos esenciales de la fe cristiana católica, como es –y no podía ser de otra manera- el misterio de la Santísima Trinidad, y de la Iglesia.

En este primer día de la Novena vamos a considerar este misterio central de nuestra fe, reflejado en el Cuadro del Señor de los Milagros: La Trinidad. En la cúspide del cuadro aparece el Padre Eterno que inspira y afirma todo lo creado y lo gobierna. En su mano sostiene el globo del mundo. Entre la figura central del Crucificado y el Padre está representado el Espíritu en forma de paloma. Estamos, pues, ante el misterio de la Santísima Trinidad.

La teología nos enseña a distinguir la Trinidad inmanente y la Trinidad económica o salvífica. No son dos realidades totalmente distintas y autónomas o independientes, sino la misma y única realidad. Es el mismo Dios Uno y Trino considerado en su eternidad, hacia dentro de sí, por un lado; y por otro, considerado en su proyección en el espacio y en el tiempo, hacia afuera en la creación y en la historia de la salvación que abarca desde los orígenes del género humano hasta nuestros días.

Los teólogos han conocido y adorado de manera correcta la Trinidad inmanente, cuando no han realizado sus estudios desde un laboratorio, sino desde los datos y las huellas que la Trinidad salvífica nos ha dejado en la historia de la salvación. Dios se ha revelado para darse a conocer a los hombres y establecer una relación amistosa con ellos. No para satisfacer su curiosidad intelectual. No es un objeto, es un ser personal. Le interesa nuestra salvación.

San Agustín dice que Dios no nos enseña en su revelación cómo funcionan los cielos –ciencia, astronomía- sino cómo se va al cielo. Por tanto, a Dios lo conocemos sólo por su actuar en la historia de salvación, no por la pura especulación. O sea que a la Trinidad la conocemos sólo en su actuar salvífico en el mundo, y en lo que Cristo mismo nos ha revelado. Él es la revelación en persona, el Verbo, la Palabra.

Por tanto, Dios no se ha revelado para satisfacer nuestra curiosidad o para deslumbrarnos, sino en su acción salvadora y en su relación espiritual con los creyentes. De ahí que el cristiano no es el que “sabe” cosas de Dios, sino el que “conoce por experiencia personal y comunitaria” a Dios en el devenir de la historia de la salvación, personal y comunitaria. El cristianismo no es una ideología o un código de leyes, sino una persona viva: Cristo Jesús que nos lleva al Padre y al Espíritu.

De ahí que afirmamos que nuestro Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. Esto es muy importante y muy actual. Así, podríamos preguntarnos: Si de mi idea de Dios y de mi fe sobre Dios quitara todo lo que es aprendido o pura información ¿con qué me quedaría? ¿Realmente conozco a Dios por lo que ha hecho en mi vida o está haciendo actualmente en mí? ¿De qué me salva Dios en verdad, aquí y ahora? ¿Lo necesito realmente, es algo vital y necesario para mí? ¿Es algo real y vivo, o es una idea vaga que apenas influye en mi vida?

Al hablar de la Trinidad nuestro lenguaje es necesariamente deficiente y simbólico. En verdad, es mucho más lo que dejamos de “nombrar” o decir,  que lo que afirmamos positivamente de Dios; más lo que desconocemos que lo que conocemos realmente, pero no tenemos más remedio que expresarnos así para entendernos, conocer y experimentar la realidad divina, siempre situada “más allá de nosotros”. Este discurso y esta literatura se conocen como la “teología apofática” o negativa: Es más lo que dejamos de decir, que lo que en verdad decimos de Dios y sobre Dios. Al respecto dirá San Agustín magistralmente: “Si tú me dices que lo entiendes, yo te digo que eso no es Dios”. Él es “siempre más”.

A pesar de esta pobreza y limitación, Dios nos ha comunicado lo suficiente de sí mismo como para conocerlo y relacionarnos con él y ser plenamente felices. Y debemos seguir hablando de la Trinidad, porque lo que más desea Dios es que nosotros lo conozcamos lo mejor posible y seamos así dichosos y plenos amándolo de corazón y estableciendo con él una relación tan especial que nos lleve a la comunión real y verdadera con la Trinidad, con el Dios verdadero, uno y trino.

Por tanto, si lo que más quiere Dios es dársenos a conocer personalmente, debe de ser relativamente fácil conocer al verdadero Dios lo suficiente como para establecer una relación real y plena con él. Ese conocimiento de la Trinidad tiene que ser algo que está al alcance de todos, no monopolio de personas superdotadas; tiene que ser como el abecé de nuestra fe, lo más elemental y accesible para todos los creyentes.

Nos hace bien remarcar esta cercanía de Dios, porque muchas veces hemos colocado a Dios muy distante de nosotros de manera que llegar a Dios resultaba algo muy difícil, casi imposible de conseguir porque exige mucho esfuerzo de nuestra parte. Es decir, hemos caído frecuentemente en un pelagianismo dañino.

  1. Consideraciones bíblico-teológicas sobre la Trinidad Inmanente

La teología tradicional, apoyada en la historia de la salvación y en la vida y enseñanzas de Jesús, trata de mostrarnos el inefable misterio de la Santísima Trinidad. En esa línea pretendemos movernos en el desarrollo de esta Novena.

El hombre es un espíritu encarnado o un cuerpo espiritualizado. Conforme. Pero Dios es puro espíritu. A Dios nadie lo ha visto jamás. Sólo el Hijo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, se ha encarnado, se ha hecho hombre como nosotros. Sólo hemos visto a Jesús, el hijo de María y de José, el hijo del carpintero, el nazareno.

Por él hemos sabido que hay un Dios Padre y un Dios Espíritu. De hecho Jesús se relacionaba con un Ser Superior, trascendente y cercano a la vez, al que llamaba Padre y al que le confiaba permanentemente todos sus afanes. Se sentía Hijo suyo y su alimento era cumplir en todo su santa voluntad. De junto a él había venido al mundo y a él tenía que volver. El Padre constituía el sentido total de su vida.

A la vez, por Jesús sabemos que hay un Espíritu o Poder de Dios. De hecho Jesús se siente habitado por él: Animado por él, ora al Padre; empujado por él, sale a predicar; amparado en su fuerza, habla con poder y expulsa a los espíritus inmundos, y cura todas las enfermedades.

Es decir, Jesús nos revela la comunidad trinitaria. Dios no es un ser superior autosuficiente y solitario. Dios es comunidad, familia, comunión. No tiene nombre propio, sino relacional, referencial. Dios Padre existe porque tan pronto como es y existe, se da al Hijo y lo engendra. Esencia y existencia son, en Dios, a la vez, simultáneas. Dios Padre existe porque desde siempre tiene un Hijo al que se da totalmente. Si no tuviera un Hijo no existiría, ni como Padre ni como Dios.

Dios Hijo existe porque desde siempre y por siempre tiene un Dios Padre al que se da, obedece, y busca en todo momento y con toda convicción e intencionalidad su gloria. Está total e íntegramente volcado al Padre Dios. Si no fuera así, no existiría ni como Hijo ni como Dios.

La fuerza que hace salir a Dios Padre de sí para engendrar a Dios Hijo y la fuerza que mueve a Dios Hijo para volverse a Dios Padre es el Espíritu Santo. El abrazo total de Dios Padre y de Dios Hijo desde siempre, eternamente, constituye el Espíritu Santo o Dios comunión, Amor. La comunicación, la comunión y la unión que se da entre ambos es el Espíritu Santo en persona, también Dios.

No son tres dioses sino un solo Dios en tres personas distintas. Son iguales en su dignidad, en la perfección de su esencia y su existencia. Todo les es común menos su relación, hacia adentro de la familia trinitaria, desde toda la eternidad. El Padre engendra al Hijo. El Hijo es engendrado y el Espíritu es espirado tanto por el Padre como por el Hijo.

El Padre no es cualquier padre sino que es a la vez Dios porque es fuente, realización y culminación de todas las formas posibles de ser padre, de paternidad o maternidad, de dar vida, engendrar… El Hijo no es cualquier hijo, sino también Dios porque es origen, realización y terminación de todas las formas posibles de ser hijo, de filiación, de obediencia, de pleitesía, de fidelidad… El Espíritu es también Dios, y no puede haber otro Espíritu, porque origina, realiza y completa toda forma posible de comunidad, de unión, de comunicación, de amor, de vida, de donación… El Padre, el Hijo y el Espíritu son Dios, porque no dejan nada fuera de la paternidad, de la filiación y de la comunión.

Como el Padre asume todas las formas posibles de ser “padre” sin dejar nada fuera, por eso es “Dios”; y no puede haber más que un “dios” o “padre” y “fuente”. Si hubiera dos “dioses” eso sería una contradicción en sí. Como el Hijo no deja ninguna filiación “fuera de sí”, por eso es Dios, no hay otro “hijo”. Y como el Espíritu asume toda forma de unión y comunión y no deja nada fuera, por eso es también Dios. No son tres dioses, sino un único Dios, pero en tres personalidades o formas distintas, para entendernos. El Padre es la Paternidad en persona, el Hijo es la filiación en persona y el Espíritu es la comunión o el amor en persona.

Abundando en lo mismo: El Padre origina, realiza y completa o acaba toda forma de paternidad o maternidad, de dar vida… El Hijo origina, realiza y agota toda forma de filiación, obediencia, fidelidad… El Espíritu hace brotar, realiza y completa toda forma de nexo, comunicación, relación, diálogo, simpatía, comunión, síntesis, inclusión, compenetración, abrazo, empatía…

Estimado lector, es posible que estos razonamientos te resulten extraños o intrincados, pero no te desanimes. Tratamos de acercarnos al misterio de Dios, que es una realidad trascendente a nosotros, pero a la vez asequible porque toda persona está hecha para comprender y gustar las realidades divinas: Necesitamos a Dios, y él se hace el encontradizo. Poco a poco irás sacándole gusto a esta novena porque el Espíritu actúa en tu mente para que comprendas y también en tu corazón para que admires, desees y adores a Dios.

5. Peticiones o plegaria universal

  1. Dios Padre misericordioso, te damos gracias porque tú eres digno de toda bendición. Haz que te alabemos siempre a través de tu propio Hijo Jesucristo,

Invitación: Roguemos al Señor.

Respuesta: Te lo pedimos, Señor.

  1. Gracias, Padre santo, porque enviaste a tu Hijo al mundo para salvarnos. Concédenos acoger a tu Hijo como el mayor regalo que nos has dado,

Roguemos al Señor…

  1. Padre todopoderoso, que todos los hombres reconozcan que tú, con el Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios, para que crean, esperen y amen al Dios único y verdadero,

Roguemos al Señor…

  1. Padre eterno, que a través de tu Hijo has creado todas las cosas y con el Espíritu Santo todo lo gobiernas y diriges, haz que sepamos cuidar del mundo en que vivimos,

Roguemos al Señor…

  1. Señor de los Milagros, honrado, venerado y adorado por generaciones de peruanos dentro y fuera del territorio patrio, bendice al Perú para que seamos un pueblo próspero y creyente para gloria de Dios Padre en el Espíritu Santo,

Roguemos al Señor…

  1. Espíritu Santo, don del Padre y del Hijo, ven a iluminar a todos los que estamos rezando esta novena a fin de que conozcamos mejor el amor del Padre y del Hijo,

Roguemos al Señor…

7. Señor Jesús, te adoramos y te bendecimos porque con tu santa cruz has redimido el mundo. Ayúdanos a colaborar siempre contigo en la salvación de nuestros hermanos para gloria del Padre,

Roguemos al Señor…

8. Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener en esta Novena

(Pausa en silencio)

Roguemos al Señor…

  1. Padre nuestro, Ave María y Gloria (tres veces)..
  2. Oración final para todos los días

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro y te bendigo como mi único Señor y mi Dios. Me postro ante tu divina majestad y me rindo totalmente en tu presencia como criatura tuya que soy y también como hijo tuyo en tu bendito Hijo Jesucristo.

Te adoro, mi único Dios y Señor, y te entrego toda mi libertad. Quiero pertenecerte en cuerpo y alma y me consagro íntegramente a tu divina voluntad y misericordia. Te entrego todas mis facultades y pongo ante ti todas mis posibilidades: Deseo hacer siempre tu santa voluntad, pues te confieso como mi único amo y señor. Quiero andar en tu presencia toda mi vida. No quiero vivir dividido, disperso, y renuncio a toda actitud o conducta que me separe y me aparte de ti.

Padre de bondad infinita, te consagro mi memoria y quiero recordar y considerar siempre lo que tú esperas de mí. Deseo vivir, Padre Santo, según las expectativas, planes y proyectos que, desde toda la eternidad, has acariciado, soñado y pensado sobre mí. Que nada me distraiga y me aparte de ese proyecto misterioso. Quiero que estés orgulloso de mí como lo estás de tu amado Hijo, Jesús.

A ti, Señor Jesús, Señor de los Milagros, te consagro mi entendimiento y toda mi capacidad de pensar, discurrir y soñar. Tú eres mi sabiduría y mi ciencia. En tu vida narrada en el Evangelio, divino Maestro, quiero aprender todos los secretos y todo el saber. En ti encuentro el sentido más pleno de mi vida y de mi existencia. No quiero saber ni entender nada fuera de ti. Tú eres mi luz, vida y esperanza. Renuncio a buscar al margen de ti razones para vivir y esperar.

A ti, Espíritu Consolador, te entrego toda mi voluntad. Te consagro toda mi capacidad de gozo y felicidad. Que sólo en ti encuentre alegría y contento. Dame, Espíritu Santo, gusto en las cosas santas. Dame la vida eterna, que es conocer de verdad y saborear el amor del Padre y del Hijo. Hazme sentir la belleza y la bondad de la vida cristiana, y valorar la sabiduría de la Cruz. Líbrame de la mentira y de la vanidad del mundo presente.

Ven, Espíritu Vivificador, y mira mi pequeñez, ten compasión de mí, Padre amoroso del pobre: Ven a iluminar lo que está oscuro en mí, ven a enderezar lo torcido, a calentar lo frío, a endulzar lo amargo, en fin, a sanar mis heridas. Ven, Espíritu Santo, a pacificar a los violentos, a reconciliar a los enemistados, a robustecer a los débiles, a vivificar lo que languidece, y finalmente, a resucitar a los que están muertos.

Padre Santo, por tu bendito Jesús, derrama el Santo Espíritu sobre toda carne, sobre tu santa Iglesia, sobre el Perú, y de manera especial sobre todos los devotos del Señor de los Milagros, y sobre los que estamos haciendo esta Novena en su honor. Amén.

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

  1. Himno al Señor de los Milagros

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión

tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

 

Faro que guía, da a nuestras almas

la fe, esperanza, la caridad;

tu amor divino nos ilumine,

nos haga dignos de tu bondad.

 

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión

tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

 

Con paso firme de buen cristiano

hagamos grande nuestro Perú,

y unidos todos como una fuerza

te suplicamos nos des tu luz.

 

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión

tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

 

Letra y música: Isabel Rodríguez Larraín

Revisado en San Millán, oct. de 2019

 


Novena al Señor de los Milagros, día segundo

octubre 4, 2019

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Procesión del Señor de los Milagros en su paso por la Plaza Mayor de Lima

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NOVENA AL SEÑOR DE LOS MILAGROS, Día segundo

Con reflexiones y oraciones sobre la Santísima Trinidad

  1. Señal de la cruz

Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

  1. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a santa María, siempre virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.

  1. Oración preparatoria para todos los días: Postrados ante el Señor de los Milagros. Adoración y petición.

Señor de los Milagros, me postro a tus pies y te reconozco como mi Salvador y mi Dios. Te adoro y te pido la gracia de hacer devotamente esta Novena en tu honor.

Te doy gracias, Señor Jesús, porque tú bajaste del cielo y viniste al mundo para demostrarnos cuánto nos ama el Padre, Dios invisible. Divino Jesús, tú sabías que el Padre desea que todos sus hijos se salven y tengan vida en abundancia.

Por eso, te ofreciste voluntariamente para cumplir la misión de Mesías y Salvador de todos los hombres. Eso fue lo que más te gustó. Nadie te obligó, a no ser tu amor incondicional y fiel a tu Padre Dios.

Señor Jesús, desde lo más íntimo de mi corazón te agradezco que te encarnaras y te hicieras hombre como uno de nosotros, igual en todo a nosotros, menos en el pecado. Te reconozco como mi Señor y mi Dios y te admiro por tu generosidad y tu solidaridad con los hombres.

Señor de los Milagros, mi Redentor, te bendigo y te alabo por tu bondad y tierna compasión hacia los hombres. Tú eres el puente entre Dios y los hombres. A través de ti, Señor Jesús, todos tenemos acceso seguro y directo al Padre Dios.

Por eso, Padre Santo, yo me postro en tu presencia, te adoro y te bendigo pues tú eres digno de toda bendición en el cielo y en la tierra. A ti la gloria y el poder porque gobiernas el mundo con sabiduría y misericordia. Tú eres el Creador, el Amo y Señor: Todo está en tus manos y nada está perdido.

Gracias, Padre, por enviarnos a tu propio Hijo y también al Espíritu Santo derramado en nuestros corazones. Este Espíritu nos conduce a la Verdad total que nos trajo Jesucristo. El Espíritu Santo habla con suavidad y poder a nuestro espíritu asegurándonos que somos hijos amados del Padre y hermanos entrañables de Cristo. Él nos hace clamar ¡Abba, Padre!

Por eso, Padre de bondad, como hijos tuyos que somos en tu Hijo bendito, te pedimos que nos envíes el Espíritu. Ven, pues, Espíritu Santo, y llénanos del amor del Padre y del Hijo. Ven, dulce huésped del alma. Ven, Padre amoroso del pobre, y no pases de largo en esta Novena. Déjanos la huella de la santa unción que nos da fe, vida y salud.

Te pedimos, Espíritu Vivificador, que durante estos días podamos saborear el amor personal e incondicional del Padre Dios y la dulzura inefable de su bendito hijo Jesucristo, el Señor de los Milagros. Amén.

  1. Consideraciones bíblico-teológicas para cada día de la Novena:

DÍA SEGUNDO: El Hijo de Dios, el Verbo increado

Ayer contemplamos la Imagen del Señor de los Milagros en su referencia al Misterio de la Santísima Trinidad. Hoy deseamos acercarnos al misterio de la identidad del Nazareno clavado en la cruz. El mismo que aparece representado en el Cuadro del Señor de los Milagros. ¿Quién es?

La fe nos asegura que “El Crucificado” es Dios y hombre a la vez, es el Verbo, la Palabra, el Hijo de Dios, y también en él adoramos a Jesucristo, el nuevo Adán que ha resucitado, ha subido al cielo, se ha sentado a la derecha de Dios Padre y nos ha enviado el Espíritu Santo.

Según esto, en Dios Hijo distinguimos tres estados de existencia, sin detrimento de su única Personalidad e Identidad divina:

– El Verbo increado o eterno que vive junto al Padre desde siempre y por siempre.

– El Verbo encarnado, Dios y hombre a la vez: Jesús de Nazaret

– El Señor Jesucristo, Cristo Resucitado, Cabeza de la nueva creación.

1.- El dato bíblico de la relación de Jesús con su Padre Dios

Podemos hablar del Verbo eterno porque Jesús, un hombre como nosotros, con una historia personal y familiar bien concreta, se presentó en el mundo asegurando que él conocía a Dios eternamente, porque venía del cielo y había sido enviado por Dios a quien llamaba con toda su alma y en verdad “Padre”.

Los discípulos de Jesús fueron testigos de esta experiencia única, la creyeron, sobre todo después de la Resurrección, y la predicaron a la Iglesia; también la pusieron por escrito, sobre todo Juan evangelista, como patrimonio espiritual de la comunidad cristiana.

Escribe, en efecto: Al principio existía el Verbo, la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Vino a este mundo a dar testimonio de la verdad. Nosotros hemos conocido la Palabra, la hemos visto y oído, la hemos tocado con nuestras propias manos. Y damos testimonio de la misma. Y sabemos que decimos la verdad. Damos testimonio para que ustedes crean lo mismo que nosotros… y sabemos que decimos la verdad (Jn 1, 1 ss.; 1 Jn 1, 1 ss.)

Desde la experiencia del Jesús histórico que los discípulos recordaban y guardaban celosamente y con la ayuda de la vivencia pascual nos remontamos hasta la vida intratrinitaria de “ese Nazareno”, hasta su vida escondida en Dios antes de los siglos.

Jesús vivió en constante comunicación con su Padre Dios. Se sentía enviado por él para salvar a todos los hombres. No tenía un proyecto ni un mensaje propio, sino el mismo del Padre. Sólo hablaba de lo que había visto y oído junto al Padre, sólo predicaba lo que el Padre le había revelado, sin aumentarle ni quitarle nada. Su doctrina no era suya. Su alimento era cumplir la voluntad de su Padre, porque sólo él es bueno, lo sabe todo y lo gobierna todo con sabiduría y amor.

Esta familiaridad de Jesús con su Padre Dios tenía tan impactados a los discípulos que un buen día, Felipe le dijo a Jesús: Muéstranos al Padre y eso nos basta, no te preguntaremos más cosas, seguro que eso será suficiente para nosotros.

Jesús le respondió: ¿No te has dado cuenta, Felipe, de que el Padre y yo somos uno? Quien me ve a mí, ve al Padre, quien me conoce, conoce al Padre. Jesús y el Padre están íntimamente unidos, viven en plena comunión (Jn 14, 8, ss.)

2.- Formulación eclesial y teológica de esa relación “misteriosa”

Acogiendo estos elementos bíblicos y las enseñanzas de la primitiva Iglesia los teólogos nos han ayudado a comprender mejor el misterio de la Santísima Trinidad, y más en concreto la relación entre el Padre y el Hijo. Gracias a eso creemos en la comunión que existe entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo.

Así, afirmamos que nuestro Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Dios uno y trino a la vez no es un individuo o una personalidad única, sino una familia, una comunidad: Un solo Dios, sí, pero en tres personas distintas iguales en su ser y dignidad. Dios es comunión o intercomunicación de las tres divinas personas.

En Dios, ser y existir es a la vez, es lo mismo, desde siempre e infinitamente. Dios Padre existe porque tiene un Hijo. No existe primero como Dios y después se hace Padre. No. El Padre, desde siempre engendra al Hijo, y a él le da todo, sin reservarse nada, excepto su relación o referencia al Hijo. No tiene nombre propio. Su nombre como su entidad personal es esencialmente referencial. Si no tuviera al Hijo, no existiría.

Y ese Padre es Dios porque no existen más formas de ser “padre”, otras maneras de ser origen, amor, dador de vida, que engendra, que afirma, que protege, que sostiene… El Padre es Dios porque genera toda forma de “paternidad”, realiza todas las posibles formas de paternidad y acaba, agota, todas las posibles maneras de ser “padre”, origen, dador de vida… Por eso, es “Dios” porque no queda ninguna “paternidad” fuera de él… Todo lo da al Hijo, esencialmente, desde siempre y, por siempre, eterna e infinitamente, sólo hace eso, y nada más… de una manera simplicísima y purísima: Es la “paternidad en persona, en esencia y eternamente”.

Respecto de Dios Hijo, afirmamos algo parecido: Dios Hijo existe porque tiene un Padre. No existe primero como Dios y después se hace Hijo. No. El Hijo, el Verbo, la Palabra, desde siempre es engendrado por Dios Padre y desde siempre está vuelto al Padre, adorándolo, glorificándolo, dándole todo su amor y ternura, sin reservarse nada, excepto su relación o referencia al Padre, o su relación filial. No tiene nombre propio, es decir, existir primero como algo consistente, sólido y autosuficiente en sí, y después “darse” al Padre, no; tiene nombre común, “hijo” o engendrado. Si no tuviera al Padre, no existiría. Si no tuviera una referencia esencial al Padre, no existiría.

Y ese Hijo es Dios porque no existen más formas de ser “hijo”, engendrado, amado, respetuoso, obediente, que glorifica, que cumple la voluntad del Padre… El Hijo es Dios porque genera toda forma de “filiación”, de sumisión obsequiosa y libre, dependiente esencialmente, porque realiza todas las formas posibles de obediencia y acaba, agota, todas las formas de ser “hijo bien nacido y agradecido”, fiel, amoroso, entregado, tierno…

Por eso, el Hijo es “Dios” porque no queda ninguna “forma de filiación” fuera de él… Todo lo agradece al Padre, está esencial y totalmente vuelto al Padre, adorándolo, desde siempre y, por siempre, eterna e infinitamente, sólo hace eso, y nada más… de una manera simplicísima y purísima: Es la “filiación en persona, en esencia y eternamente”.

Escribe el P. Nereo Silanes: “Si el Padre es sólo Padre, el Hijo es sólo Hijo. Ser Hijo, en la segunda persona de la Trinidad es el mismo ser divino en su plenitud infinita, en entrega filial. El Padre es sólo Padre, pero el Hijo, de igual forma, es sólo Hijo, constitutivamente Hijo. Todo su ser divino es filial. ¿Y qué es ser Hijo? Estar recibiendo constantemente la divinidad del Padre, ser engendrado ininterrumpidamente por el Padre… El Hijo… nunca sale del Padre. Ser Padre y ser Hijo en la Trinidad se corresponden…” (El don de Dios, La Trinidad en nuestra vida; págs. 136 y 137).

3.- Teología trinitaria

El Padre da todo lo que es, se autodona desde siempre… El Hijo devuelve todo lo recibido, toda su sustancia, filialmente. “Ser Padre constitutiva y esencialmente es comunicar toda su riqueza infinita al Hijo; y ser Hijo constitutiva y sustancialmente es eso: no ser nada más que Hijo: entregarse plena y totalmente al Padre” (Ibíd., pág. 137).

Tanto el Padre como el Hijo descansan en esa comunión, son un don mutuo y gratuito en el Espíritu Santo sin distracción, sin fluctuación, sin dispersión, sin egoísmo ni rivalidad… de manera simplicísima y recíproca, plena, generosa y amorosa, total, desde siempre y para siempre.

Así, en Dios Hijo todo su ser filial es estar vuelto, estar volviendo, estar contemplando, agradeciendo al Padre… diciéndole “tú eres mi Padre”, soy tu Hijo amado, sólo tu Hijo… Es lo que más me gusta. Todo es poco para agradecerte suficientemente, por eso te obedezco en todo, es mi delicia cumplir tu voluntad, me ofrezco totalmente, qué quieres de mí, en qué te puedo agradar… Aquí estoy para hacer tu voluntad… (Is 6, 8 ss.).

Eternamente el Padre Dios se dirige al Hijo para expresarle todo su amor hacia dentro de la Santísima Trinidad, y también hacia fuera. Y el Hijo también eternamente responde al Padre. Por tanto “dialogan” entre ellos o mejor “trialogan” porque se comunican en el Espíritu. Y así el Padre le expresa al Hijo que todo lo que él pueda imaginar y crear lo hará siempre a través del Hijo, contando con él, por medio de él, según su peculiaridad filial… y asegurándole que por él y en él encontrarán entidad y consistencia todas las cosas… y que sólo aceptará gloria de parte de la creación a través de él y por él, pues en él ha fundado todas las cosas y les da consistencia (Jn 14, 10 y ss.; 17, 1 y ss.).

Todo cuanto existe fuera de la Trinidad ha sido creado en el Hijo, a través del Verbo, de la Palabra. Por tanto, de alguna manera todo lo creado tiene relación estrecha con el Hijo, es como una prolongación del Verbo ya que nada ha sido pensado ni hecho fuera de él. El Verbo, por ser horma o molde de la creación, es causa ejemplar de la misma, y también causa final pues todo debe volver al Padre por medio de él y en la medida en que se parezca a él será salvo y grato a Dios Padre.

Y cuando el hombre se aparta del proyecto de Dios por el pecado, el Padre le confía al Hijo su preocupación: ¿A quién enviaré, quién irá por mí, cómo hacerle entender al hombre su gran equivocación, cómo hacerle volver a la casa paterna? (Is 6, 8. Salmo 11).

Y el Hijo se ofrece y responde inmediatamente: Aquí estoy, yo iré, dame un cuerpo y mándame a mí, yo iré y les hablaré de ti y te los devolveré para que tu casa se llene de invitados y tu banquete no sea despreciado (Hebreos, 10, 5-7. Salmo 40; Jn 17, 1-5).

En la Biblia, la segunda persona de la Trinidad toma diversos nombres que nos ayudan a comprender y gustar la realidad bendita del Hijo de Dios, el engendrado por el Padre desde siempre. Los enumeramos someramente: Palabra del Padre, Verbo, del latín, o Logos en griego. Es la mente o inteligencia del Padre, el lenguaje del Padre, su gesto o su rostro. Es impronta de su sustancia. Imagen, manifestación o esplendor del Padre.

El Hijo del Padre es conocido como la sabiduría divina en persona, es amable, pacífica, dulce, paciente, humilde, amante de los hombres, casta, noble… (Prov 8, 22; Eclesiástico, 24, 1 y ss.; Sab 7, 21 y ss.; Prov. 9, 1-6).

La Palabra de Dios es revelación del Padre, proyección y sacramento, icono del Padre, es el amén al Padre y el amén de los hombres a Dios. Es también la bendición descendente desde el Padre y bendición ascendente desde los hombres al Creador.

5.- Peticiones o plegaria universal 

  • Dios Padre todopoderoso y eterno, a quien nadie ha visto jamás, te damos gracias porque te ha parecido bien revelarte a nosotros a través de tu propio Hijo Jesucristo; haz que sepamos agradecerte esta condescendencia admirable. Roguemos al Señor. Te lo pedimos, Señor.
  • Gracias, Padre santo, porque enviaste a tu Hijo al mundo para darnos a conocer tu misterio inefable. Concédenos acoger a tu Hijo con amor y creer en su palabra y testimonio. Roguemos al Señor…
  • Padre todopoderoso, que todos los hombres reconozcan que tú, con el Hijo y el Espíritu Santo eres uno, para que crean, esperen y amen al Dios único y verdadero, Roguemos al Señor…
  • Padre eterno, que a través de tu Hijo has creado todas las cosas y con el Espíritu Santo todo lo gobiernas y diriges, haz que sepamos cuidar del mundo en que vivimos, Roguemos al Señor…
  • Señor de los Milagros, honrado, venerado y adorado por generaciones de peruanos dentro y fuera del territorio patrio, bendice al Perú y al mundo entero, para que todos los hombres se salven. Roguemos al Señor…
  • Señor Jesús, te adoramos y te bendecimos porque con tu santa cruz has redimido el mundo. Ayúdanos a colaborar con tus ministros sagrados para que todos lleguemos al conocimiento de la verdad. Roguemos al Señor…
  • Espíritu Santo, don del Padre y del Hijo, ven a iluminar a todos los que estamos rezando esta novena a fin de que conozcamos mejor el amor del Padre y del Hijo, Roguemos al Señor…
  • Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener en esta Novena (Pausa). Roguemos al Señor…

6.- Padre nuestro, Ave María y Gloria (tres veces).

7.- Oración final para todos los días

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro y te bendigo como mi único Señor y mi Dios. Me postro ante tu divina majestad y me rindo totalmente en tu presencia como criatura tuya que soy y también como hijo tuyo en tu bendito Hijo Jesucristo.

Te adoro, mi único Dios y Señor, y te entrego toda mi libertad. Quiero pertenecerte en cuerpo y alma y me consagro íntegramente a tu divina voluntad y misericordia. Te entrego todas mis facultades y pongo ante ti todas mis posibilidades: Deseo hacer siempre tu santa voluntad, pues te confieso como mi único amo y señor. Quiero andar en tu presencia toda mi vida. No quiero vivir dividido, disperso, y renuncio a toda actitud o conducta que me separe y me aparte de ti.

Padre de bondad infinita, te consagro mi memoria y quiero recordar y considerar siempre lo que tú esperas de mí. Deseo vivir, Padre Santo, según las expectativas, planes y proyectos que, desde toda la eternidad, has acariciado, soñado y pensado sobre mí. Que nada me distraiga y me aparte de ese proyecto misterioso. Quiero que estés orgulloso de mí como lo estás de tu amado Hijo, Jesús.

A ti, Señor Jesús, Señor de los Milagros, te consagro mi entendimiento y toda mi capacidad de pensar, discurrir y soñar. Tú eres mi sabiduría y mi ciencia. En ti, divino Maestro, quiero aprender todos los secretos y todo el saber. En ti encuentro el sentido más pleno de mi vida y de mi existencia. No quiero saber ni entender nada fuera de ti. Tú eres mi luz, vida y esperanza. Renuncio a buscar al margen de ti razones para vivir y esperar.

A ti, Espíritu Consolador, te entrego toda mi voluntad. Te consagro toda mi capacidad de gozo y felicidad. Que sólo en ti encuentre alegría y contento. Dame, Espíritu Santo, gusto en las cosas santas. Dame la vida eterna, que es conocer de verdad y saborear el amor del Padre y del Hijo. Hazme sentir la belleza y la bondad de la vida cristiana, y valorar la sabiduría de la Cruz. Líbrame de la mentira y de la vanidad del mundo presente.

Ven, Espíritu Vivificador, y mira mi pequeñez, ten compasión de mí, Padre amoroso del pobre: Ven a iluminar lo que está oscuro en mí, ven a enderezar lo torcido, a calentar lo frío, a endulzar lo amargo, en fin a sanar mis heridas. Ven, Espíritu Santo, a pacificar a los violentos, a reconciliar a los enemistados, a robustecer a los débiles, a vivificar lo que languidece, y finalmente, a resucitar a los que están muertos.

Padre Santo, por tu bendito Jesús, derrama el Santo Espíritu sobre toda carne, sobre tu santa Iglesia, sobre el Perú y de manera especial sobre todos los devotos del Señor de los Milagros, y sobre los que estamos haciendo esta Novena en su honor. Amén.

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

8.- Himno al Señor de los Milagros

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión
tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

Faro que guía, da a nuestras almas
la fe, esperanza, la caridad;
tu amor divino nos ilumine,
nos haga dignos de tu bondad.

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión
tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

Con paso firme de buen cristiano
hagamos grande nuestro Perú,
y unidos todos como una fuerza
te suplicamos nos des tu luz.

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión
tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

Letra y música: Isabel Rodríguez Larraín

 

 


Novena al Señor de los Milagros, día primero.

octubre 1, 2019

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Procesión del Señor de los Milagros en Lima, dirigida por su Hermandad

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NOVENA AL SEÑOR DE LOS MILAGROS

Con reflexiones y oraciones sobre la Santísima Trinidad

Para los devotos de Perú y del exterior.

  1. Señal de la cruz

Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

  1. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a santa María, siempre virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.

  1. Oración preparatoria para todos los días: Postrados ante el Señor de los Milagros. Adoración y petición.

Señor de los Milagros, me postro a tus pies y te reconozco como mi Salvador y mi Dios. Te adoro y te pido la gracia de hacer devotamente esta Novena en tu honor.

Te doy gracias, Señor Jesús, porque tú bajaste del cielo y viniste al mundo para demostrarnos cuánto nos ama el Padre, Dios invisible. Divino Jesús, tú sabías que el Padre desea que todos sus hijos se salven y tengan vida en abundancia.

Por eso, te ofreciste voluntariamente para cumplir la misión de Mesías y Salvador de todos los hombres. Eso fue lo que más te gustó. Nadie te obligó, a no ser tu amor incondicional y fiel a tu Padre Dios.

Señor Jesús, desde lo más íntimo de mi corazón te agradezco que te encarnaras y te hicieras hombre como uno de nosotros, igual en todo a nosotros, menos en el pecado. Te reconozco como mi Señor y mi Dios y te admiro por tu generosidad y tu solidaridad con los hombres.

Señor de los Milagros, mi Redentor, te bendigo y te alabo por tu bondad y tierna compasión hacia los hombres. Tú eres el puente entre Dios y los hombres. A través de ti, Señor Jesús, todos tenemos acceso seguro y directo al Padre Dios.

Por eso, Padre Santo, yo me postro en tu presencia, te adoro y te bendigo pues tú eres digno de toda bendición en el cielo y en la tierra. A ti la gloria y el poder porque gobiernas el mundo con sabiduría y misericordia. Tú eres el Creador, el Amo y Señor: Todo está en tus manos y nada está perdido.

Gracias, Padre, por enviarnos a tu propio Hijo y también al Espíritu Santo derramado en nuestros corazones. Este Espíritu nos conduce a la Verdad total que nos trajo Jesucristo. El Espíritu Santo habla con suavidad y poder a nuestro espíritu asegurándonos que somos hijos amados del Padre y hermanos entrañables de Cristo. Él nos hace clamar ¡Abba, Padre!

Por eso, Padre de bondad, como hijos tuyos que somos en tu Hijo bendito, te pedimos que nos envíes el Espíritu. Ven, pues, Espíritu Santo, y llénanos del amor del Padre y del Hijo. Ven, dulce huésped del alma. Ven, Padre amoroso del pobre, y no pases de largo en esta Novena. Déjanos la huella de la santa unción que nos da fe, vida y salud.

Te pedimos, Espíritu Vivificador, que durante estos días podamos saborear el amor personal e incondicional del Padre Dios y la dulzura inefable de su bendito hijo Jesucristo, el Señor de los Milagros. Amén.

  1. Consideraciones bíblico-teológicas para cada día de la Novena:

DÍA PRIMERO: El Cuadro del Señor de los Milagros y el misterio de la Santísima Trinidad.

  1. El cuadro, la pintura 

La representación del Crucificado de las Nazarenas de Lima es conocida como el Señor de los Milagros. Originalmente fue una pintura realizada en el paño de una pared de barro en la Lima antigua. La tradición nos habla de que aquella representación era venerada por una comunidad de fieles de gente de color. Hubo un terremoto y se cree que milagrosamente la pared donde estaba pintado el Crucificado no sufrió daño. Por eso, comenzó a ser nombrado “Señor de los Milagros”.

La pintura del cuadro refleja la manera habitual como los artistas solían representar al Crucificado: La visión de conjunto del cuadro como tal, la distribución de las figuras y objetos, la composición de la escena, los gestos y expresiones de los personajes, la primacía de la finalidad catequética y devocional sobre el mero interés pictórico… son los rasgos comunes a este tipo de representaciones cristianas en las iglesias barrocas de la época colonial.

Todo esto nos hace evidente que la figura central es el Crucificado. A su alrededor sin embargo, descubrimos otros elementos esenciales de la fe cristiana católica, como es –y no podía ser de otra manera- el misterio de la Santísima Trinidad, y la Iglesia.

En este primer día de la Novena vamos a considerar este misterio central de nuestra fe, reflejado en el Cuadro del Señor de los Milagros. En la cúspide del cuadro aparece el Padre Eterno que afirma todo lo creado, lo gobierna y sostiene en su mano el globo del mundo. Entre la figura central del Crucificado y el Padre está representado el Espíritu en forma de paloma. Estamos, pues ante el misterio de la Santísima Trinidad.

La teología nos enseña a distinguir la Trinidad inmanente y la Trinidad económica o salvífica. No son dos realidades totalmente distintas y autónomas o independientes, sino la misma y única realidad. Es el mismo Dios Uno y Trino considerado en su eternidad, hacia dentro de sí, por un lado; y por otro, en su proyección en el espacio y en el tiempo, hacia afuera en la creación y en la historia de la salvación hasta nuestros días.

Los teólogos han estudiado la Trinidad inmanente, pero no realizando sus elucubraciones desde un laboratorio, sino tomando los datos y las huellas que la Trinidad salvífica nos ha dejado en la historia de la salvación. O sea que a la Trinidad la conocemos sólo en su actuar salvífico en el mundo, y en lo que Cristo mismo nos ha revelado. Él es la revelación en persona, el Verbo, la Palabra.

Por tanto, Dios no se ha revelado para satisfacer nuestra curiosidad intelectual o esotérica, sino en su acción salvadora y en su relación espiritual con los creyentes. De ahí que el cristiano no es el que “sabe” cosas de Dios, sino el que “conoce por experiencia personal y comunitaria” a Dios. El cristianismo no es una ideología, sino una persona viva: Cristo Jesús que nos lleva al Padre y al Hijo.

Nuestro Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. Esto es muy importante y muy actual. Así, podríamos preguntarnos: Si de mi idea de Dios y de mi fe sobre Dios quitara todo lo que es aprendido o pura información ¿con qué me quedaría? ¿Realmente conozco a Dios por lo que ha hecho y hace en mí? ¿De qué me salva Dios en verdad? ¿Lo necesito realmente? ¿Es algo real y vivo, o es una idea vaga que apenas influye en mi vida?

Al hablar de la Trinidad nuestro lenguaje es necesariamente deficiente y simbólico. En verdad, es mucho más lo que dejamos de nombrar que lo que nombramos de Dios; más lo que desconocemos que lo que conocemos realmente, pero no tenemos más remedio que expresarnos así para entendernos, conocer y experimentar la realidad divina, siempre situada “más allá de nosotros”. Este discurso y esta literatura se conocen como la “teología apofática” o negativa. Por eso, dirá San Agustín magistralmente: “Si tú me dices que lo entiendes, yo te digo que eso no es Dios”.

A pesar de esta pobreza y limitación, Dios nos ha comunicado lo suficiente de sí mismo como para ser plenamente felices. Y debemos seguir hablando de la Trinidad, porque lo que más desea Dios es que nosotros lo conozcamos lo mejor posible y seamos así felices amándolo de corazón y estableciendo una relación tan especial que nos lleve a la comunión real y verdadera con él.

Por tanto, si eso es lo que más quiere Dios darnos a conocer, debe de ser relativamente fácil conocer al verdadero Dios lo suficiente como para establecer una relación feliz y real con él. Ese conocimiento de la Trinidad tiene que ser algo que está al alcance de todos, no monopolio de personas superdotadas; tiene que ser como el abecé de nuestra fe, lo más elemental y accesible para todos los creyentes.

  1. Consideraciones bíblico-teológicas sobre la Trinidad Inmanente

La ciencia teológica, apoyada en la historia de la salvación y en la vida y enseñanzas de Jesús, trata de mostrarnos el inefable misterio de la Santísima Trinidad. En esa línea pretendemos movernos durante esta Novena.

El hombre es un espíritu encarnado o un cuerpo espiritualizado. Conforme. Pero Dios es puro espíritu. A Dios nadie lo ha visto jamás. Sólo el Hijo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, se ha encarnado, se ha hecho hombre como nosotros. Sólo hemos visto a Jesús, el hijo de María y de José, el hijo del carpintero, el nazareno.

Por él hemos sabido que hay un Dios Padre y un Dios Espíritu. De hecho Jesús se relacionaba con un Dios al que llamaba Padre y al que le confiaba todos sus afanes. Se sentía Hijo suyo y su alimento era cumplir en todo su santa voluntad. De junto a él había venido al mundo y a él tenía que volver. El Padre constituía el sentido total de su vida.

A la vez, por Jesús sabemos que hay un Espíritu o Poder de Dios. De hecho Jesús se siente habitado por él: Animado por él, ora al Padre; empujado por él, sale a predicar; apoyado en su fuerza habla con poder y expulsa a los espíritus inmundos y cura todas las enfermedades.

Es decir, Jesús nos revela la comunidad trinitaria. Dios no es un ser superior autosuficiente y solitario. Dios es comunidad, familia, comunión. No tiene nombre propio. Dios Padre existe porque tan pronto como es, se da y engendra un Hijo. Esencia y existencia son, en Dios, a la vez, simultáneas. Dios Padre existe porque desde siempre tiene un Hijo al que se da totalmente. Si no tuviera un Hijo no existiría ni como Padre ni como Dios.

Dios Hijo existe porque desde siempre y por siempre tiene un Dios Padre al que se da, obedece, busca su gloria. Está total y íntegramente volcado al Padre Dios. Si no fuera así, no existiría ni como Hijo ni como Dios.

La fuerza que hace salir a Dios Padre de sí para engendrar a Dios Hijo y la fuerza que mueve a Dios Hijo para volverse a Dios Padre es el Espíritu Santo. Y así, el abrazo de Dios Padre y de Dios Hijo constituye el Espíritu Santo. La comunicación, la comunión y la unión que se da entre ambos es el Espíritu Santo en persona.

No son tres dioses sino un solo Dios en tres personas distintas. Son iguales en su dignidad, en la perfección de su esencia y su existencia. Todo les es común menos su relación, hacia adentro de la familia trinitaria, desde toda la eternidad. El Padre engendra al Hijo. El Hijo es engendrado y el Espíritu es espirado tanto por el Padre como por el Hijo.

El Padre no es cualquier padre sino que es a la vez Dios porque es fuente, realización y culminación de todas las formas posibles de ser padre, de paternidad o maternidad, de dar vida, engendrar o crear… El Hijo no es cualquier hijo, sino también Dios porque es origen, realización y terminación de todas las formas posibles de ser hijo, de filiación, de obediencia, de pleitesía, de fidelidad… El Espíritu es Dios porque origina, realiza y completa toda forma de comunidad, de unión, de comunicación, de amor, de donación…

Como el Padre asume todas las formas posibles de ser “padre” sin dejar nada fuera, por eso es “Dios”; y no puede haber más que un “dios”. Si hubiera dos “dioses” eso sería una contradicción en sí. Como el Hijo no deja ninguna filiación “fuera de sí”, por eso es Dios. Y como el Espíritu asume toda forma de unión y comunión y no deja nada fuera, por eso es también Dios. No son tres dioses, sino un único Dios pero en tres personalidades o formas distintas, para entendernos.

Abundando en lo mismo: El Padre origina, realiza y completa o acaba toda forma de paternidad o maternidad, de dar vida… El Hijo origina, realiza y agota toda forma de filiación, obediencia, fidelidad… El Espíritu hace brotar, realiza y completa toda forma de nexo, comunicación, relación, diálogo, simpatía, comunión, síntesis, inclusión, compenetración, abrazo, empatía…

  1. Consideraciones bíblico-teológicas sobre la Trinidad Salvífica

Si el hombre ha sido creado por Dios que es Uno y Trino, que es comunidad, que es comunión de las tres personas divinas, entonces el hombre tiene que parecerse a su Creador, tiene que ser esencialmente comunicativo, llamado a vivir en comunión con Dios, en primer lugar, y también con sus semejantes y con el mundo. ¿En qué cualidades del hombre se manifiestan los vestigios de la Trinidad creadora y salvadora?

En el plano natural de la creación, el hombre refleja de múltiples formas a su Hacedor. Entre ellas, destacamos en primer lugar que el hombre posee tres facultades superiores que lo diferencian específicamente de los demás seres creados: memoria, entendimiento y voluntad. Cada facultad podemos relacionarla específica y metodológicamente con una de las tres divinas personas.

Así, por la memoria, el hombre recuerda los hechos y experiencias puntuales de su historia personal. Además, tiene presente la “impronta” original recibida del Creador por la que es consciente de su dignidad, tiene conciencia moral y tiende de forma espontánea y natural a cumplir el proyecto divino de alcanzar la felicidad en Dios.

La memoria la referimos a Dios Padre porque él es origen, fuente y principio de todo. El Padre toma la iniciativa, él se adelanta a todo. Por eso, le atribuimos las palabras de la Escritura: Eternamente te he amado, he pensado en ti, he pronunciado tu nombre, tengo pensamientos de paz y no de aflicción sobre ti, eres único para mí (…).

Por la memoria, nos preguntamos sobre el proyecto que Dios Padre ha soñado desde toda la eternidad para cada uno de nosotros. La memoria nos recuerda las expectativas que el Padre se ha forjado sobre nosotros. Ese proyecto en el fondo está calcado de la realidad de su propio Hijo, y ya está perfectamente cumplido en Cristo. Por tanto, en la medida en que nos parezcamos y reproduzcamos a Cristo en nuestra vida estaremos cumpliendo las expectativas del Padre, realizando su proyecto y dándole gloria.

El entendimiento lo aplicamos al Verbo. El Padre no tiene más que un Hijo que es su Palabra y solamente a través de él se comunica hacia afuera de la Trinidad. Todas las cosas fueron creadas a través de él, por él y para él, y solo por medio de él pueden volver al Padre. Fuera del Verbo nada ha sido hecho. Él es la horma, el molde en el que se ha hecho todo lo creado. Por tanto, todo tiene “racionalidad” en el Verbo. Solo en él se pueden conocer y entender todas las cosas.

El cristiano no quiere saber nada fuera de Cristo. En él encuentra la solución, la explicación y la clave de todos los problemas humanos. En Cristo habitan todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia.

La voluntad la relacionamos con el Espíritu Santo. El hombre desea, se goza y disfruta de las cosas y de las personas por medio de la voluntad. El Espíritu es la simpatía de la Trinidad. Es amor, comunión, abrazo, descanso… El Espíritu hace apetitosas y gustosas las cosas de Dios. Sin él todo es arduo, misterioso, oscuro, pesado, insípido…

En el plano de la gracia, el cristiano se comunica con Dios Uno y Trino mediante las virtudes infusas recibidas en el bautismo como la primera gratuidad de la Trinidad. Son llamadas “teologales” porque permiten al creyente comunicarse directamente con Dios, de manera inmediata. Son las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad.

La caridad o amor lo relacionamos con Dios Padre porque él ha tomado la iniciativa de amarnos cuando no éramos buenos; amándonos en su Hijo, nos hizo buenos. Tanto nos ha amado Dios Padre que ha enviado a su Hijo al mundo para hacernos sus hijos en su bendito Hijo Jesucristo.

La fe la atribuimos al Hijo porque solamente él ha hablado y nos ha dicho todo lo que necesitamos saber sobre Dios. Sólo él ha bajado del cielo, sólo él ha sido enviado y ha sido acreditado con palabras y hechos poderosos: Por tanto, a él hay que creerle. El que le crea, se salvará; el que no crea en él será condenado.

Y al Espíritu lo relacionamos con la esperanza. El Hijo ha vuelto al Padre pero nos han enviado otro consolador, el Espíritu que nunca se irá. Él nos hará comprender la verdad plena de lo que Jesús hizo y enseñó. Con él se inauguran los últimos tiempos y él nos ayudará para que seamos fieles hasta el final. Él asegura a nuestro espíritu la verdad del amor del Padre y del Hijo y nos infunde la esperanza que no defrauda.

El hombre es un ser deficitario, necesitado, no acabado. Por eso, los autores hablan de tres necesidades fundamentales del ser humano. Los padres satisfacen básicamente esas necesidades del hombre. Pero a la vez en esta estructura ontológica y existencial del hombre queremos ver un reflejo de la Trinidad. El hombre herido por el pecado es sanado mediante una relación específica con cada una de las tres divinas personas.

Todo hombre necesita ser afirmado, querido, valorado, acompañado… Los padres proporcionan ese fundamento existencial al ser humano de manera suficiente. Ellos participan así del amor del Padre Dios creador que da a todo hombre la plena fundamentación, sentido y derecho a la existencia.

El amor personal e incondicional de Dios Padre subsana los vacíos afectivos que pueda el hombre padecer. El creyente desarrolla todas sus potencialidades apoyado en el respaldo que experimenta en el sólido amor del Padre Dios que lo afirma, lo recrea constantemente y nunca lo niega. Que lo empuja hacia adelante siempre.

En segundo lugar, todo ser humano experimenta la necesidad de sentirse útil, de desarrollar sus talentos, de ser y sentirse valioso para los demás… El trabajo es dignidad. El Hijo de Dios nos convoca a compartir su gran misión en el mundo: Vayan por todo el mundo, y prediquen el Evangelio a toda criatura. Den gratuitamente lo que han recibido de balde. Al Padre le gusta que ustedes den mucho fruto.

Jesús no es celoso ni acaparador. Más bien goza con ver felices a los 72 discípulos cuando volvían contentos de la misión. No acabarán los pueblos de Israel antes de que llegue el Hijo del hombre. Sin embargo, no pongan su felicidad en los éxitos. Alégrense más bien porque sus nombres están escritos en el libro de la vida.

Y finalmente, el Espíritu Santo, sanará las heridas afectivas del hombre que necesita ser acogido incondicionalmente por lo que es, no por lo que tiene o produce. La unción del Espíritu satisface plenamente la necesidad de afecto y de gratuidad en todo hombre. Él es el consolador, el dulce huésped del alma que alegra el desposorio de Dios con su criatura.

Podríamos rastrear todavía mucho más las huellas dejadas en la creación, sobre todo en el ser humano, por el Creador, Uno y Trino a la vez. Encontraríamos con seguridad similitudes y analogías sin fin. Sólo cito una semejanza muy sugerente: Muchos autores distinguen en el hombre tres centros vitales estrechamente relacionados entre sí: cabeza, corazón y entrañas. Estarían relacionados con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo respectivamente.

  1. Peticiones o plegaria universal: Demos gracias a Dios Uno y Trino porque es digno de toda bendición y también porque nos ha creado con un amor exquisito y nos ha llamado a participar de su vida divina.
  • Dios Padre misericordioso, te damos gracias porque tú eres digno de toda bendición. Haz que te alabemos siempre a través de tu propio Hijo Jesucristo, Roguemos al Señor. Te lo pedimos, Señor.
  • Gracias, Padre santo, porque enviaste a tu Hijo al mundo para salvarnos. Concédenos acoger a tu Hijo como el mayor regalo que nos has dado, Roguemos al Señor…
  • Padre todopoderoso, que todos los hombres reconozcan que tú, con el Hijo y el Espíritu Santo eres uno, para que crean, esperen y amen al Dios único, Roguemos al Señor…
  • Padre eterno, que a través de tu Hijo has creado todas las cosas y con el Espíritu Santo todo lo gobiernas y diriges, haz que sepamos cuidar del mundo en que vivimos, Roguemos al Señor…
  • Señor de los Milagros, honrado, venerado y adorado por generaciones de peruanos dentro y fuera del territorio patrio, bendice al Perú para que seamos un pueblo próspero y creyente para gloria de Dios Padre en el Espíritu Santo, Roguemos al Señor…
  • Señor Jesús, te adoramos y te bendecimos porque con tu santa cruz has redimido el mundo. Ayúdanos a colaborar con el Padre en la salvación de nuestros hermanos, Roguemos al Señor…
  • Espíritu Santo, don del Padre y del Hijo, ven a iluminar a todos los que estamos rezando esta novena a fin de que conozcamos mejor el amor del Padre y del Hijo, Roguemos al Señor…
  • Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener en esta Novena (Pausa) Roguemos al Señor…
  1. Padre nuestro, Ave María y Gloria (tres veces).
  2. Oración final para todos los días

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro y te bendigo como mi único Señor y mi Dios. Me postro ante tu divina majestad y me rindo totalmente en tu presencia como criatura tuya que soy y también como hijo tuyo en tu bendito Hijo Jesucristo.

Te adoro, mi único Dios y Señor, y te entrego toda mi libertad. Quiero pertenecerte en cuerpo y alma y me consagro íntegramente a tu divina voluntad y misericordia. Te entrego todas mis facultades y pongo ante ti todas mis posibilidades: Deseo hacer siempre tu santa voluntad, pues te confieso como mi único amo y señor. Quiero andar en tu presencia toda mi vida. No quiero vivir dividido, disperso, y renuncio a toda actitud o conducta que me separe y me aparte de ti.

Padre de bondad infinita, te consagro mi memoria y quiero recordar y considerar siempre lo que tú esperas de mí. Deseo vivir, Padre Santo, según las expectativas, planes y proyectos que, desde toda la eternidad, has acariciado, soñado y pensado sobre mí. Que nada me distraiga y me aparte de ese proyecto misterioso. Quiero que estés orgulloso de mí como lo estás de tu amado Hijo, Jesús.

A ti, Señor Jesús, Señor de los Milagros, te consagro mi entendimiento y toda mi capacidad de pensar, discurrir y soñar. Tú eres mi sabiduría y mi ciencia. En ti, divino Maestro, quiero aprender todos los secretos y todo el saber. En ti encuentro el sentido más pleno de mi vida y de mi existencia. No quiero saber ni entender nada fuera de ti. Tú eres mi luz, vida y esperanza. Renuncio a buscar al margen de ti razones para vivir y esperar.

A ti, Espíritu Consolador, te entrego toda mi voluntad. Te consagro toda mi capacidad de gozo y felicidad. Que sólo en ti encuentre alegría y contento. Dame, Espíritu Santo, gusto en las cosas santas. Dame la vida eterna, que es conocer de verdad y saborear el amor del Padre y del Hijo. Hazme sentir la belleza y la bondad de la vida cristiana, y valorar la sabiduría de la Cruz. Líbrame de la mentira y de la vanidad del mundo presente.

Ven, Espíritu Vivificador, y mira mi pequeñez, ten compasión de mí, Padre amoroso del pobre: Ven a iluminar lo que está oscuro en mí, ven a enderezar lo torcido, a calentar lo frío, a endulzar lo amargo, en fin a sanar mis heridas. Ven, Espíritu Santo, a pacificar a los violentos, a reconciliar a los enemistados, a robustecer a los débiles, a vivificar lo que languidece, y finalmente, a resucitar a los que están muertos.

Padre Santo, por tu bendito Jesús, derrama el Santo Espíritu sobre toda carne, sobre tu santa Iglesia, sobre el Perú y de manera especial sobre todos los devotos del Señor de los Milagros, y sobre los que estamos haciendo esta Novena en su honor. Amén.

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

  1. Himno al Señor de los Milagros

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión
tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

Faro que guía, da a nuestras almas
la fe, esperanza, la caridad;
tu amor divino nos ilumine,
nos haga dignos de tu bondad.

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión
tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

Con paso firme de buen cristiano
hagamos grande nuestro Perú,
y unidos todos como una fuerza
te suplicamos nos des tu luz.

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión
tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

Letra y música: Isabel Rodríguez Larraín

 

 

 

 

 

 

 

 


La Eucaristía: Abre al futuro de Dios

julio 27, 2019

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La Eucaristía es la cumbre, aquí abajo, de la alianza de amor entre Dios y su pueblo: signo y fuente de alegría cristiana, preparación para la fiesta eterna.

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La Eucaristía: Abre al futuro de Dios

Catequesis sobre la Eucaristía

Audiencia General, S.S. Juan Pablo II
25 de octubre, 2000

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1. “En la liturgia terrena pregustamos y participamos en la liturgia celeste” (Sacrosanctum Concilium, 8; cf. Gaudium et spes, 38). Estas palabras tan claras y esenciales del concilio Vaticano II nos presentan una dimensión fundamental de la Eucaristía: es “futurae gloriae pignus”, prenda de la gloria futura, según una hermosa expresión de la tradición cristiana (cf. Sacrosanctum Concilium, 47).

“Este sacramento -afirma santo Tomás de Aquino- no nos introduce inmediatamente en la gloria, pero nos da la fuerza para llegar a la gloria y por eso se le llama “viático”” (Summa Theol., III, 79, 2, ad 1). La comunión con Cristo que vivimos ahora mientras somos peregrinos y caminantes por las sendas de la historia anticipa el encuentro supremo del día en que “seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2).

Elías, que, caminando por el desierto, se sienta sin fuerzas bajo una retama y es fortalecido por un pan misterioso hasta llegar a la cumbre del encuentro con Dios (cf. 1 R 19, 1-8) es un símbolo tradicional del itinerario de los fieles, que en el pan eucarístico encuentran la fuerza para caminar hacia la meta luminosa de la ciudad santa.

2. También este es el sentido profundo del maná dado por Dios en las estepas del Sinaí, “pan de los ángeles”, que podía brindar todas las delicias y satisfacer todos los gustos, manifestación de la dulzura de Dios para con sus hijos (cf. Sb 16, 20-21).

Cristo mismo pondrá de relieve este significado espiritual del evento del Éxodo. Es él quien nos hace gustar en la Eucaristía el doble sabor de pan del peregrino y de alimento de la plenitud mesiánica en la eternidad (cf. Is 25, 6). Utilizando una expresión dedicada a la liturgia sabática judía, la Eucaristía es “gustar la eternidad en el tiempo” (A. J. Heschel).

Como Cristo vivió en la carne permaneciendo en la gloria de Hijo de Dios, así la Eucaristía es presencia divina y trascendente, comunión con lo eterno, signo de la “compenetración de la ciudad terrena y la ciudad celeste” (Gaudium et spes, 40).

Por su naturaleza, la Eucaristía, memorial de la Pascua de Cristo, introduce lo eterno y lo infinito en la historia humana.

3. Las palabras que Jesús pronuncia sobre el cáliz del vino en la última Cena (cf. Lc 22, 20; 1 Co 11, 25) ilustran este aspecto que abre la Eucaristía al futuro de Dios, aun dejándola anclada en la realidad presente. San Marcos y san Mateo evocan en esas mismas palabras la alianza en la sangre de los sacrificios del Sinaí (cf. Mc 14, 24; Mt 26, 28; Ex 24, 8).

San Lucas y san Pablo, por el contrario, revelan el cumplimiento de la “nueva alianza” anunciada por el profeta Jeremías: “He aquí que vienen días -oráculo de Yahveh- en que yo pactaré con la casa de Israel, y con la casa de Judá, una nueva alianza; no como la alianza que pacté con sus padres” (Jr 31, 31-32).

En efecto, Jesús declara. “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre”. “Nuevo”, en lengua bíblica, indica generalmente progreso, perfección definitiva.

Son también san Lucas y san Pablo quienes subrayan que la Eucaristía es anticipación del horizonte de luz gloriosa propia del reino de Dios. Antes de la última Cena, Jesús declara:

“Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el reino de Dios. Y, tomando el cáliz, dadas las gracias, dijo: Tomad esto y repartidlo entre vosotros; porque os digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el reino de Dios” (Lc 22, 15-18).

También san Pablo recuerda explícitamente que la cena eucarística está orientada hacia la última venida del Señor: “Cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga” (1 Co 11, 26).

4. El cuarto evangelista, san Juan, destaca esta orientación de la Eucaristía hacia la plenitud del reino de Dios dentro del célebre discurso sobre el “pan de vida” que Jesús pronuncia en la sinagoga de Cafarnaúm. El símbolo que utiliza como punto de referencia bíblico es, como ya hemos mencionado, el del maná dado por Dios a Israel peregrino en el desierto.

A propósito de la Eucaristía Jesús afirma solemnemente: “Si uno come de este pan, vivirá para siempre (…). El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día (…). Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 51. 54. 58).

La “vida eterna”, en el lenguaje del cuarto evangelio, es la misma vida divina que rebasa las fronteras del tiempo. La Eucaristía, al ser comunión con Cristo, es también participación en la vida de Dios, que es eterna y vence la muerte.

Por eso Jesús declara: “Esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo lo resucite el último día” (Jn 6, 39-40).

5. Desde esta perspectiva, como decía sugestivamente un teólogo ruso, Sergej Bulgakov, “la liturgia es el cielo en la tierra”.

Por eso, en la carta apostólica Dies Domini, recogiendo palabras de Pablo VI, exhorté a los cristianos a no abandonar “este encuentro, este banquete que Cristo nos prepara con su amor. ¡Que la participación sea muy digna y festiva a la vez! Cristo, crucificado y glorificado, viene en medio de sus discípulos para conducirlos juntos a la renovación de su resurrección. Es la cumbre, aquí abajo, de la alianza de amor entre Dios y su pueblo: signo y fuente de alegría cristiana, preparación para la fiesta eterna” (n. 58; cf. Gaudete in Domino, conclusión).

Oraciones a la Eucaristía:

https://www.aciprensa.com/Oracion/papa8.htm


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