El maná de cada día, 17.12.16

diciembre 17, 2016

17 de Diciembre. Primera feria mayor de Adviento

.

Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente

Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente

.
Antífona de entrada: Isaías 49, 13

Exulta, cielo; alégrate tierra, porque viene el Señor y se compadecerá de los desamparados.


Oración colecta

Dios, creador y restaurador del hombre, que has querido que tu Hijo, Palabra eterna se encarnase en el seno de María, siempre Virgen; escucha nuestras súplicas, y que Cristo, tu Unigénito, hecho hombre por nosotros, se digne hacernos partícipes de su condición divina. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Génesis 49, 1-2. 8-10

En aquellos días, Jacob llamó a sus hijos y les dijo:

«Reuníos, que os voy a contar lo que os va a suceder en el futuro; agrupaos y escuchadme, hijos de Jacob, oíd a vuestro padre Israel: A ti, Judá, te alabarán tus hermanos, pondrás la mano sobre la cerviz de tus enemigos, se postrarán ante ti los hijos de tu padre.

Judá es un león agazapado, has vuelto de hacer presa, hijo mío; se agacha y se tumba como león o como leona, ¿quién se atreve a desafiarlo?

No se apartará de Judá el cetro, ni el bastón de mando de entre sus rodillas, hasta que venga aquel a quien está reservado, y le rindan homenaje los pueblos.»


SALMO 71, 1-2. 3-4ab. 7-8. 17

Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente.

Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud.

Que los montes traigan paz, y los collados justicia; que él defienda a los humildes del pueblo, socorra a los hijos del pobre.

Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar amar, del Gran Río al confín de la tierra.

Que su nombre sea eterno, y su fama dure como el sol; que él sea la bendición de todos los pueblos, y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.


Aclamación antes del Evangelio:

Sabiduría del Altísimo, que lo ordenas todo con firmeza y suavidad, ven y muéstranos el camino de la prudencia.


EVANGELIO: Mateo 1, 1-17

Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán.

Abrahán engendró a Isaac, Isaac a Jacob, Jacob a Judá y a sus hermanos. Judá engendró, de Tamar, a Farés y a Zará, Farés a Esrón, Esrón a Aram, Aram a Aminadab, Aminadab a Naasón, Naasón a Salmón, Salmón engendró, de Rahab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed; Obed a Jesé, Jesé engendró a David, el rey.

David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón, Salomón a Roboam, Roboam a Abías, Abías a Asaf, Asaf a Josafat, Josafat a Joram, Joram a Ozías, Ozías a Joatán, Joatán a Acaz, Acaz a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés a Amós, Amós a Josías; Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando el destierro de Babilonia.

Después del destierro de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel a Zorobabel, Zorobabel a Abiud, Abiud a Eliaquín, Eliaquín a Azor, Azor a Sadoc, Sadoc a Aquim, Aquim a Eliud, Eliud a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob; y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

Así, las generaciones desde Abrahán a David fueron en total catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta el Mesías, catorce.


Antífona de comunión: Ag 2, 8

Vendrá el deseado de las naciones, y se llenará de gloria el templo del Señor.
.

CATORCE GENERACIONES

Mateo sitúa el nacimiento de Cristo al final de una serie de progenitores y ascendientes con los que va describiendo la genealogía de Jesús. “Desde Abraham a David, catorce generaciones; desde David hasta la deportación de Babilonia, catorce generaciones. Desde la deportación de Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones” (Mt 1,17).

Si el evangelista hubiera tenido que contarnos el origen de Cristo al estilo de las antiguas mitologías, hubiera escrito una genealogía llena de generaciones de dioses, héroes y semidioses. No es el caso de Cristo, de quien sabemos que perteneció a la estirpe de David, fue descendiente de Jacob y nació de María, que era la mujer de José.

Para Mateo es importante recalcar que Jesús era el “hijo de David”, porque el parentesco de sangre con David era necesario para que el pueblo de Israel reconociera a Jesús como el Mesías.

Y, sin embargo, igualmente necesarios eran los demás personajes de esa genealogía para que todos reconociéramos en ese Mesías a alguien de nuestro mismo linaje humano. No hay entre sus antecesores dioses, héroes o semidioses y sí prostitutas, traidores y muchos personajes desconocidos de los que la historia sólo nos dice que pertenecieron a la ascendencia de Cristo.

¿Qué sabemos y quiénes fueron Esrón, Arán, Abiá, Asaf, Salatiel, Aliud o Azor? Y, sin embargo, todos entraban en el plan de Dios, quizá sin ellos saberlo. Ni siquiera el pecado de muchos de ellos impidió que el Verbo se hiciera carne y naciera hecho Niño en un pesebre.

Aquel que quiso pertenecer al real linaje de David quiso también nacer en un pobre establo de Belén. Y aquel que era Dios no quiso renunciar a un linaje humano entreverado de miseria y de pecado.

Y tú ¿por qué no te aceptas como eres? ¿Por qué te empeñas en disimular, esconder o tergiversar la verdad de tu condición de pecador, haciendo creer a otros lo que no eres? ¿Te preocupa más lo que los demás piensen de ti que lo que eres ante Dios y para Dios?

Enamórate de este Dios Niño que pone patas arriba nuestros esquemas, medidas y criterios demasiado humanos. Aquello que no cuenta a los ojos de los hombres es lo que Dios elige para cumplir sus planes. Y hasta los detalles más nimios de tu vida o los acontecimientos más intrascendentes cuentan para Dios.

Piensa que si sólo existieras tú en el mundo sólo por ti el Verbo se habría hecho carne y habría llegado a dar su vida en la Cruz. Dios conduce los hilos y personajes de tu historia, aunque tu vida pase desapercibida y seas para muchos un personaje desconocido que nunca pasó a la historia.

Mater Dei

.

.s

Hoy comienza la recta final del Adviento, las ferias mayores que nos llevarán hasta el día de nochebuena.

La liturgia, a partir de la vísperas de hoy, se prepara alabando al Mesías con diferentes títulos expresados en las antífonas del Magníficat de cada feria hasta el día 23.

María, la Inmaculada, es el título solemne de adviento y fuente de muchos otros. Pero en la tradición cristiana, según los lugares, en el adviento se ha invocado a María con otras advocaciones: Virgen de la Esperanza, Virgen de la Expectación, Virgen de la O

Virgen de la Esperanza, por ser la madre que trajo la esperanza al mundo, Jesús. Virgen de la Expectación, porque esperó como madre que naciera su hijo Jesús.Virgen de la O, porque, según algunos, grávida de su hijo, los artistas la representaron en óvalo.

Más probable es que esta denominación de María arranque de la exclamación ¡Oh! con que comienza la antífona magnificat del 17 al 23 de diciembre, canto evangélico que el evangelista Lucas pone en boca de María y se reza a diario en las vísperas.

“¡Oh!” Expresa alegría y asombro en la boca y el corazón del creyente que ora o canta estas antífonas que se abren sucesivamente con ¡Oh Sabiduría! ¡Oh raíz de Jesé! ¡Oh Adonai! ¡Oh sol naciente! ¡Oh llave de David! ¡Oh Rey de reyes! ¡Oh Enmanuel!

Y alegría y asombro fueron los sentimientos que embargaban a María los días anteriores al nacimiento de Jesús, por lo que la Iglesia peregrinante en su oración litúrgica intenta asemejarse a María y provocar en los fieles esos sentimientos marianos.

Las exclamaciones anteriores se encuentran todas en los libros proféticos del Antiguo Testamento; cosa razonable, porque antes del nacimiento de Jesús eran los libros veterotestamentarios los que conocían y con los que oraban los fieles judíos que esperaban al Mesías.

La Iglesia, que litúrgicamente espera la llegada del Mesías, suplica con vivas fórmulas, ya no sólo judías, sino también cristianas, el nacimiento de Jesús.

Desde aquí se os invita a leer la paráfrasis que a cada una de estas antífonas ha realizado José Antonio Ciordia, agustino recoleto, y profesor de Sagrada Escritura durante más de cuarenta años. Su interpretación de cada una de las “O” está encerrada en el molde de diez versos de rima sencilla que invitan a la contemplación y al asombro esperanzado. En estos versos, la teología se ha hecho oración.

.
¡Oh Sabiduría!
Saliste de la boca del Excelso
y engendras a tu voz las cosas todas,
ordenas en belleza el universo
y tejes con amor la humana historia.
Levanta en mi interior jardín de flores
con el calor que irradia tu Palabra:
en orden pon el caos de pasiones
que arrastran mi existencia hacia la nada.
Concédeme, Señor, gustar tu ciencia
y hallar en mí sabrosa tu presencia.

¡Oh raíz de Jesé!
Volvió a reverdecer el trono antiguo;
de su raíz brotó la flor más bella:
gimieron consternados los Abismos
y el cielo despertó legión de estrellas.
Pastor de las naciones y los pueblos
Enseña fulgurante, Vara enhiesta:
dirige poderoso hacia tu Reino
a cuantos ya se alegran con tu vuelta.
Estrella tuya soy, lucirte quiero
y ser en ti, jugosa Vid, renuevo.

¡Oh Adonai!
La zarza del Horeb, que en luz y fuego
al siervo Moisés de Dios hablara
se muestra imagen fiel de tu misterio:
de ser calor, espíritu y Palabra.
Voz eres celestial que a todos llama
y fuerza universal que todo eleva
y fuego abrasador que en viva llama
al mundo entero en torno a ti congrega.
Tu voz la nuestra sea, creadora,
y nuestra, la pasión que te devora.

¡Oh sol naciente!
Tú, Luz de Luz y Sol de eterno brillo,
fulgor ardiente que ciegas las Tinieblas
mantén tu curso fiel en el designio
de convertir en luz la obscura tierra.
Pues somos noche y hálito de barro,
cuán densas son las sombras en el alma
y cuántas las caídas en los pasos
si Tú no vienes pronto ¡y nos salvas!
¡Alumbre el resplandor de tu mirada
las niñas de mis ojos fatigadas!

¡Oh llave de David!
Sagrado Cetro,
en donde Dios ejerce sus poderes:
recibes en herencia los misterios
y entregas sus riquezas al que quieres.
Si cierras Tú, cerrados permanecen,
y quedan manifiestos si los abres:
al hombre sin orgullo entrada ofreces
y ocultas su valor al arrogante.
Desata al pecador de su pecado
y da tu libertad al que es esclavo.

¡Oh Rey de reyes!
Oh Rey de reyes, Fin de las edades;
Sillar fundamental del reino nuevo;
que rompes con tu cetro las ruindades
que hicieron enemigos a los pueblos.
Encanto de profetas y de sabios,
Anhelo de las islas más distantes,
que animas con el Soplo de tus labios
al hombre que del barro modelaste:
Renueva en tu poder al hombre viejo
y trae a tu redil a los dispersos.

¡Oh Enmanuel !
Y dijo nuestro Dios: “iré con ellos:
pondré sobre mis hombros su destino,
seré su Hermano, Padre y compañero
y haré su corazón igual al mío!”.
Seremos -como esposos- una carne;
en ellos grabaré mi Testamento;
mis venas llevarán la misma sangre:
tendremos en común el aposento.
Yo con vosotros; id, contadlo presto
¡que soy el Enmanuel, hermano vuestro!

El cielo dio su Rocío;
la tierra rompió su entraña
la Virgen espera un Niño:
¡nacer lo veréis mañana!
“Ven, Señor Jesús”.

.


El maná de cada día, 16.12.16

diciembre 16, 2016

Viernes de la 3ª semana de Adviento

.

4985105341_2b46959fc8

Ven, Señor, y concédenos tu paz



PRIMERA LECTURA: Isaías 56, 1-3a. 6-8

Esto dice el Señor:

«Observad el derecho, practicad la justicia, porque mi salvación está por llegar,
y mi justicia se va a manifestar.

Dichoso el hombre que obra así, el mortal que persevera en esto, que observa el sábado sin profanarlo y preserva su mano de obrar el mal.

El extranjero que se ha unido al Señor no diga: “El Señor me excluirá ciertamente de su pueblo”.

A los extranjeros que se han unido al Señor para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que observan el sábado sin profanarlo y mantienen mi alianza, los traeré a mi monte santo, los llenaré de júbilo en mi casa de oración; sus holocaustos y sacrificios serán aceptables sobre mi altar; porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos».

Oráculo del Señor, que reúne a los dispersos de Israel: «Todavía congregaré a otros, además de los ya reunidos».


SALMO 66, 2-3. 5. 7-8

Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación.

Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia y gobiernas las naciones de la tierra.

La tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor, nuestro Dios. Que Dios nos bendiga; que le teman todos los confines de la tierra.


Aclamación Antes del Evangelio

Ven, Señor, visítanos con tu paz, para que nos alegremos en tu presencia de todo corazón.


EVANGELIO: Juan 5, 33-36

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:

«Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él ha dado testimonio en favor de la verdad. No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para que vosotros os salvéis. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y vosotros quisisteis gozar un instante de su luz.

Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado».

.

Papa Francisco: Como San Juan Bautista seamos lámparas que anuncian la llegada de Jesús

En la homilía de este viernes, el Santo Padre invita a preguntarse si la propia vida está plena del gesto de “indicar a Jesús”

Por Miguel Pérez Pichel

VATICANO, 16 Dic. 16 / 06:51 am (ACI).- El Papa Francisco reflexionó en la homilía de la Misa celebrada en la Casa Santa Marta sobre la figura de San Juan Bautista cuya vocación era “dar testimonio de Jesús” siendo la “lámpara que indica dónde está la luz”.

En su homilía, el Santo Padre explicó que San Juan Bautista “era la voz. Juan dice de él mismo: ‘yo soy la voz que grita en el desierto’. Él era la voz que da testimonio de la Palabra, que señala la Palabra, el Verbo de Dios, la Palabra. Se consideraba solo la voz que anuncia la Palabra. Él era el predicador de la penitencia que bautizaba, el bautista”.

En este sentido, él mismo describe su función profética que anuncia la llegada del Salvador: “Lo deja claro, lo dice claramente –insistió Francisco–: ‘Detrás de mí viene otro que es más fuerte que yo, más grande que yo, al cual no soy digno ni de desatar las sandalias. Él los bautizará con el fuego del Espíritu Santo’”.

“Este testimonio –continuó el Pontífice– provisional pero seguro, fuerte…, esa antorcha que no se deja apagar por el viento de la vanidad, esa voz que no se deja eclipsar por la fuerza del orgullo se convierte siempre en una voz que señala al que vendrá luego, y que abre la puerta al testimonio y a la voz del Padre al que Jesús hace referencia hoy: ‘Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado’”.

El Obispo de Roma destacó cómo San Juan Bautista optó, “con humildad”, por el mismo camino que seguiría más tarde el mismo Jesús.

Terminará “en la oscuridad de una celda, en la cárcel, decapitado, por el capricho de una bailarina, por la envidia de una adúltera y la debilidad de un borracho”.

El Papa también se dirigió de manera especial a los fieles presentes: religiosos, obispos y también a los matrimonios que celebran 50 años de de sus compromisos y les expresó un deseo: “hoy es un hermoso día para preguntarse sobre nuestra propia vida cristiana, si siempre permanecemos abiertos al camino de Jesús, si nuestra vida está repleta de aquel gesto del Bautista: anunciar a Jesús”.

“Les doy las gracias por lo que han hecho, gracias por recomenzar, después de 50 años, con esta ‘vieja juventud’ o ‘juventud vieja’ –¡como el buen vino!–, con ese paso adelante para continuar siendo testimonio de Jesús”.

“Que Juan, el gran testimonio, los ayude en este nuevo camino que hoy, después de la celebración de su 50 aniversario de sacerdocio, de vida consagrada y de matrimonio, reemprenden”, concluyó.


Oración de compunción de san Columbano ante la Morada de Dios

noviembre 28, 2016

.

rOSTROS DE LA tRINIDAD

Misterio de la Santísima Trinidad que habita en el corazón creyente

.

QUE YO SEA UNA LÁMPARA EN EL TEMPLO DE DIOS

De las Instrucciones de san Columbano, abad
(Instrucción 12, Sobre la compunción, 2-3: Opera, Dublín 1957, pp. 112-114)
.

LUZ PERENNE EN EL TEMPLO DEL PONTÍFICE ETERNO

¡Cuán dichosos son aquellos siervos, a quienes el amo a su llegada encuentra velando! Feliz aquella vigilia en la cual se espera al mismo Dios y Creador del universo, que todo lo llena y todo lo supera.

¡Ojalá se dignara el Señor despertarme del sueño de mi desidia, a mí, que, aun siendo vil, soy su siervo! ¡Ojalá me inflamara en el deseo de su amor inconmensurable y me encendiera con el fuego de su divina caridad!; resplandeciente con ella, brillaría más que los astros y todo mi interior ardería continuamente con este divino fuego.

¡Ojalá mis méritos fueran tan abundantes que mi lámpara ardiera sin cesar, durante la noche, en el templo de mi Señor e iluminara a cuantos penetran en la casa de mi Dios! Concédeme, Señor, te lo suplico en nombre de Jesucristo, tu Hijo y mi Dios, un amor que nunca mengüe, para que con él brille siempre mi lámpara y no se apague nunca y sus llamas sean para mí fuego ardiente y para los demás luz brillante.

Señor Jesucristo, dulcísimo Salvador nuestro, dígnate encender tú mismo nuestras lámparas para que brillen sin cesar en tu templo y de ti, que eres la luz perenne, reciban ellas la luz indeficiente con la cual se ilumine nuestra oscuridad y se alejen de nosotros las tinieblas del mundo.

Te ruego, Jesús mío, que enciendas tan intensamente mi lámpara con tu resplandor que, a la luz de una claridad tan intensa, pueda contemplar el santo de los santos que está en el interior de aquel gran templo, en el cual tú, Pontífice eterno de los bienes eternos, has penetrado; que allí, Señor, te contemple continuamente y pueda así desearte, amarte y quererte solamente a ti, para que mi lámpara, en tu presencia, esté siempre luciente y ardiente.

Te pido, Salvador amantísimo, que te manifiestes a nosotros, que llamamos a tu puerta, para que, conociéndote, te amemos sólo a ti y únicamente a ti; que seas tú nuestro único deseo, que día y noche meditemos sólo en ti y en ti únicamente pensemos.

Alumbra en nosotros un amor inmenso hacia ti, cual corresponde a la caridad con la que Dios debe ser amado y querido; que esta nuestra dilección hacia ti invada todo nuestro interior y nos penetre totalmente, y hasta tal punto inunde todos nuestros sentimientos que nada podamos ya amar fuera de ti, el único eterno.

Así, por muchas que sean las aguas de la tierra y del firmamento nunca llegarán a extinguir en nosotros la caridad, según aquello que dice la Escritura: Las aguas torrenciales no podrían apagar el amor.

Que esto llegue a realizarse, al menos parcialmente, por don tuyo, Señor Jesucristo, a quien pertenece la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

http://www.liturgiadelashoras.com.ar/sync/2015/oct/20/oficio.htm


El maná de cada día, 25.11.16

noviembre 25, 2016

Viernes de la 34ª semana del Tiempo Ordinario

.

751859_INWDKRTEIMFLAUE

El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán



PRIMERA LECTURA: Apocalipsis 20, 1-4. 11-21, 2

Yo, Juan, vi un ángel que bajaba del cielo llevando la llave del abismo y una cadena grande en la mano. Agarró al dragón, que es la serpiente primordial, el diablo o Satanás, y lo encadenó para mil años; lo arrojó al abismo, echó la llave y puso un sello encima, para que no pueda extraviar a las naciones antes que se cumplan los mil años. Después tiene que estar suelto por un poco de tiempo.

Vi también unos tronos y en ellos se sentaron los encargados de juzgar; vi también las almas de los decapitados por el testimonio de Jesús y la palabra de Dios, los que no habían rendido homenaje a la bestia ni a su estatua y no habían recibido su señal en la frente ni en la mano. Éstos volvieron a la vida y reinaron con Cristo mil años.

Luego vi un trono blanco y grande, y al que estaba sentado en él. A su presencia desaparecieron cielo y tierra, porque no hay sitio para ellos. Vi a los muertos, pequeños y grandes, de pie ante el trono. Se abrieron los libros y se abrió otro libro, el libro de la vida.

Los muertos fueron juzgados según sus obras, escritas en los libros. El mar entregó sus muertos, muerte y abismo entregaron sus muertos, y todos fueron juzgados según sus obras.

Después muerte y abismo fueron arrojados al lago de fuego -el lago de fuego es la segunda muerte-. Los que no estaban escritos en el libro de la vida fueron arrojados al lago de fuego.

Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo.


SALMO 83, 3. 4. 5-6a y 8ª

Ésta es la morada de Dios con los hombres.

Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo.

Hasta el gorrión ha encontrado una casa; la golondrina, un nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor de los ejércitos, Rey mío y Dios mío.

Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre. Dichosos los que encuentran en ti su fuerza: caminan de baluarte en baluarte.


Aclamación antes del Evangelio: Lc 21, 28

Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación.


EVANGELIO: Lucas 21, 29-33

En aquel tiempo, expuso Jesús una parábola a sus discípulos:

«Fijaos en la higuera o en cualquier árbol: cuando echan brotes, os basta verlos para saber que el verano está cerca.

Pues, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios.

Os aseguro que antes que pase esta generación todo eso se cumplirá. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán.»

.
.

CINCO PASOS PARA LA LECTIO DIVINA O

LECTURA ORANTE DE LA PALABRA



Primer paso: Disponerse (composición de lugar)

Decídete a leer orando y creyendo. Conéctate a la luz de Dios: Entra en la presencia de Dios. Reconoce con humildad tu condición de creatura, por tanto, débil y limitada: Solo no puedes. Pide ayuda al Espíritu Santo. Pacifica tu corazón: acepta que es Dios quien quiere hablar contigo y saber de ti.

Estás disponiéndote porque el Señor te ha movido internamente. Cuando tú deseas encontrarte con Dios es porque él ya te ha encontrado. No temas. Entra en el santuario donde el Señor habita: Pues quiere verte. Ánimo. Jesús te toma de la mano. No tengas miedo.


Segundo paso: Leer (captar, legere en latín significa recoger, seleccionar, tomar: Contexto)

Lee despacio y varias veces el texto bíblico. Haz pausas de silencio. No tengas prisa por comprender y delimitar bien el texto y su significado. No te agobies por interpretar. Pon atención a cada palabra, frase o detalle. Para comprender mejor el texto, hazle preguntas al mismo: ¿por qué dice esto, y por qué no dice lo otro? Sitúa el texto dentro del libro al que pertenece. Si puedes recordar el autor, el contexto en que se escribe, la intención del autor, los destinatarios a los que se dirige… Todo eso ayuda.

Cuanto más y mejor centres el texto, sacarás más jugo: Esto es buscar el sentido literal del texto, no centrado en la materialidad del mismo. Puedes recurrir a las ayudas de tu Biblia: Notas, citas paralelas, vocabulario. También puedes hacer dos lecturas: Una con la inteligencia para conocer al Interlocutor, Dios mismo; y otra con el corazón para amar, acoger, alegrarte en Dios y con los personajes del texto. Finalmente, no te angusties por ninguna limitación o deficiencia en la realización y ejecución de este segundo paso.


Tercer paso: Escuchar

Es difícil escuchar, y más en un mundo de tanto ruido como el nuestro. Para escuchar hay que hacer silencio dentro de uno mismo, dejar hablar al interlocutor, en este caso a Dios. En este momento, él es el más importante. Toda la persona del oyente de la Palabra debe quedar como tendida u orientada, tensada hacia Dios. Ábrete a lo que Dios quiera. Que la curiosidad del pensamiento no distraiga tu atención interior, la del corazón, la del afecto o amor a Dios.

Por eso, guarda en tu corazón la Palabra y particularmente las realidades más cuestionantes o importantes, como lo hizo María. Aunque los padres de Jesús no entendieron su respuesta, María lo guardaba todo en su corazón. Ahí se hace “entrañable” la voluntad de Dios, sus planes sobre ti y sobre los demás. Mira a Jesús, rumia su Palabra, fíjate en él. Acaricia y saborea las palabras que más te llegan al corazón. Las que consideres más importantes.

Recuerda finalmente que la invitación a “escuchar” es el primer mandamiento de Dios. Es la llave para encontrarse con Dios. De ahí la insistencia de Dios a su pueblo: Escucha, Israel, a tu Dios; escucha sus mandatos y preceptos, y te irá bien. Es la actitud fundamental para establecer la relación salvífica con Dios y crecer en gracia y en amistad.


Cuarto paso: Orar

Es la hora de comenzar a dirigirse a Dios de manera confiada, respetuosa pero a la vez confidencial: Es hora de hablarle a Dios desde tu intimidad y desde tu pobreza de criatura, pero también desde tu dignidad de hijo de Dios, por gracia; porque eso fue lo que más le gustó a él. Por eso, debes orar con alegría.

Cuéntale a Dios lo que su Palabra te dice y te inspira decirle. Exprésale tus sentimientos, tus afectos, tus emociones… que pueden llegar hasta tus sentidos, debes vibrar: Puedes llegar a reír cuando hablas a Dios, puedes llorar de emoción y de agradecimiento, puedes pedir perdón, cantarle alabanzas con entusiasmo, darle gracias con estremecimiento de todo tu ser… Si el Espíritu te lo permite, déjate de ideas brillantes o rebuscadas y de palabras huecas. Pon amor en lo que dices y ten confianza siempre. Deja que el Espíritu guíe tu oración.

Conviene que tu oración tenga un rostro, no sea genérica, impersonal… porque tu Dios también tiene un rostro: Es el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Dios es uno, pero no solitario. Es Dios en tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu. Un solo Dios, sí, pero en tres personas distintas. Es el misterio central de nuestra fe y que debe centrar también nuestro diálogo con él. Lo que hace cada persona como propio lo hacen los tres a la vez: Los tres crean, los tres redimen, los tres santifican, pero cada una de manera especial, propia, personal.

Por eso, podemos distinguir y conviene diferenciar una oración dirigida al Padre, otra dirigida al Hijo y otra dirigida al Espíritu. Las tres van dirigidas a Dios, pero a cada persona le agradecemos lo que hace de manera personal.

De ahí que al Padre corresponde que le tributemos una oración de adoración, de postración, de agradecimiento, de alabanza, de glorificación, de silencio contemplativo… porque él es el origen de todo, digno de toda bendición, el único santo y bueno, etc.

Al Hijo le corresponde una oración de nuestra parte basada en expresiones de confianza, de agradecimiento, de solidaridad, de amistad, de intimidad… porque él es nuestro hermano mayor, el que va delante, el que mejor nos puede comprender porque ha pasado por las mismas pruebas que nosotros experimentamos, es el compañero de camino, él ha triunfado llevando a cabo el encargo que el Padre le confió; si lo seguimos él nos garantiza el triunfo definitivo sobre todo mal.

Al Espíritu Santo, como es el abrazo del Padre y el Hijo, es la simpatía de Dios, es el constructor de la comunidad intradivina y eclesial, él está dentro de nosotros mismos, más interior a nosotros que nosotros mismos… a él le dirigiremos una oración emocionada de intimidad por ser acogidos con todo afecto, oración de cercanía y descanso, gozosa y jubilosa pues todo es gracia y bendición, una oración llena de espíritu de alegría, comunión y reconciliación, sanación de toda apetencia mala… Una oración que nos introduce en el mismo seno de la Santísima Trinidad: Cuanto tenemos lo ofrecemos generosamente y a discreción a todos, y lo de todos es nuestro. No hay barreras, no hay división… todo es amor y paz en el Señor.

Aunque todo esto te pueda parecer un mundo complicado, no te angusties, vete haciendo y sintiendo lo que el Señor te permita, lo que él quiera regalarte. Pues sus planes sobre ti son de paz y no de aflicción. Y lo que tiene reservado para ti es tan especial que ni ojo vio, ni oído escuchó ni pudo imaginar mente humana… Así que: Ánimo. Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios. Suerte, y que Dios se glorifique en tu vida y en tu oración.


Quinto y último paso: Vivir. Es decir, acción y misión

La Palabra me lleva al compromiso con los demás. Si realmente nos dejamos impactar por la Palabra, no podemos quedarnos indiferentes y resignados como si nada hubiera pasado. Los apóstoles después de recibir al Espíritu en Pentecostés no podían dejar de hablar las maravillas de Dios, no podían acallar y silenciar la experiencia sufrida. Tal era su entusiasmo y su ímpetu que la gente decía que estaban como borrachos.

Después de escuchar lo que Dios quiere de mí, después de captar la misión a la que Dios me envía, ya no puedo permanecer en la montaña de la transfiguración, en el quinto cielo… Hay que bajar inmediatamente de la montaña para ir al encuentro de los hermanas y hermanas para proclamarles lo que Dios ha hecho conmigo, como en el caso de los apóstoles o de la samaritana. Si no proclamamos, si no sentimos pasión por dar testimonio es que no hemos sentido, no hemos sido alcanzados por el poder de Dios, por el fuego del Espíritu.

Los que se han encontrado con Dios en la oración, salen renovados y transformados, con ganas de comerse el mundo entero. Tienen un halo especial, y viven entusiasmados (en griego, “como en-diosados”). Necesariamente se les notará que han hablado con Dios, como se le notaba a Moisés: Llevarán el brillo de la Verdad de Cristo en sus rostros. No tendrán que llamar la atención con acciones espectaculares o extravagantes. Aunque hagan lo mismo de siempre, llamarán la atención y los demás lo notarán. Serán, necesariamente, sal de la tierra y luz del mundo; cuantos los vean darán gloria a Dios.

Más que maestros que enseñan teorías, serán testigos de la Verdad por todo el mundo. No podrán ocultar lo que han visto y oído. La persona que se ha encontrado con Dios, o mejor, la persona que haya sido encontrada por Dios, haya sido reconocida por Dios, se convertirá en un sacramento elocuente del poder de Dios. El orante se convierte en testigo, en profeta de Dios. Oración, acción y misión se implican necesariamente porque son, dentro del creyente y de la comunidad eclesial, un reflejo de la misma vida intratrinitaria.

La Iglesia será mística, su comunión es prolongación de la intercomunión trinitaria y la Iglesia vive para evangelizar: No puede vivir en razón de sí misma, para sí misma, porque Dios es amor, comunión, vida que fluye. Es decir, las personas divinas dándolo todo lo tienen todo. Son misterio de Amor. La Iglesia merece la vida divina dándola. En la medida en que la Iglesia sea canal transparente y limpio del agua de la vida que fluye abundante para los hombres, en esa misma medida ella será plena y vivificada. Siempre al servicio del Reino y para que los hombres tengan vida en abundancia.

Ojalá, hermanos, podáis alimentar vuestro espíritu cada mañana con la Palabra de Vida para que vuestra jornada sea cada día más plena, más victoriosa, más esplendorosa ante los hombres y más gratificante para vosotros mismos. La Palabra tiene fuerza por sí misma, y ella os hará libres y felices. Dios se complazca en vuestras vidas. Amén.

.


El maná de cada día, 18.11.16

noviembre 18, 2016

Viernes de la 33ª semana de Tiempo Ordinario

.

expulsion-mercaderes

Mi casa es casa de oración



PRIMERA LECTURA: Apocalipsis 10, 8-11

Yo, Juan, oí cómo la voz del cielo que había escuchado antes se puso a hablarme de nuevo, diciendo: «Ve a coger el librito abierto de la mano del ángel que está de pie sobre el mar y la tierra. »

Me acerqué al ángel y le dije: «Dame el librito.»

Él me contestó: «Cógelo y cómetelo; al paladar será dulce como la miel, pero en el estómago sentirás ardor.»

Cogí el librito de mano del ángel y me lo comí; en la boca sabía dulce como la miel, pero, cuando me lo tragué, sentí ardor en el estómago.

Entonces me dijeron: «Tienes que profetizar todavía contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes.»


SALMO 118, 14. 24. 72. 103. 111. 131

¡Qué dulce al paladar tu promesa!

Mi alegría es el camino de tus preceptos, más que todas las riquezas.

Tus preceptos son mi delicia, tus decretos son mis consejeros.

Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata.

¡Qué dulce al paladar tu promesa: más que miel en la boca!

Tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón.

Abro la boca y respiro, ansiando tus mandamientos.


Aclamación antes del Evangelio: Juan 10, 27

Mis ovejas escuchan mi voz, dice el Señor; y yo las conozco y ellas me siguen.


EVANGELIO: Lucas 19, 45-48

En aquel tiempo, entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: «Escrito está: “Mi casa es casa de oración”; pero vosotros la habéis convertido en una “cueva de bandidos.”»

Todos los días enseñaba en el templo.

Los sumos sacerdotes, los escribas y los notables del pueblo intentaban quitarlo de en medio; pero se dieron cuenta de que no podían hacer nada, porque el pueblo entero estaba pendiente de sus labios.

.

Quien escandaliza al pueblo
Papa Francisco en Casa Santa Marta
Viernes 21 de noviembre de 2014

Párrocos y laicos que tienen responsabilidades pastorales deben «mantener limpio el templo» y «acoger a cada persona como si fuera María», cuidando de no «dar escándalo al pueblo de Dios» y evitando transformar a la iglesia en un intercambio de dinero, «porque la salvación es gratuita». Es esta la recomendación que dio el Papa Francisco el viernes, 21 de noviembre, fiesta de la presentación de la bienaventurada Virgen María en el templo, durante la misa en Santa Marta.

«El gesto de Jesús en el templo» —que como escribe san Lucas en su Evangelio (19, 45-48) «se puso a echar a los vendedores»— según el Papa «es precisamente una ceremonia de purificación del templo». El pueblo de Israel «conocía estas ceremonias: muchas veces tuvo que purificar el templo al ser profanado».

Basta pensar, recordó, «en los tiempos de Nehemías en la reconstrucción del templo». Estaba «siempre ese celo por la casa de Dios, porque el templo para ellos era precisamente la morada de Dios, era lo “sagrado”, y cuando era profanado, tenía que ser purificado».

Así, pues, «Jesús, en ese momento, hace una ceremonia de purificación» afirmó el Papa, confesando: «hoy pensaba cuánta diferencia entre este Jesús, celoso de la gloria de Dios, con látigo en mano, y ese Jesús de doce años, que hablaba con los doctores: ¡cuánto tiempo pasó y cómo cambiaron las cosas!».

En efecto, «Jesús, movido por el celo de la gloria del Padre, realiza este gesto, esta ceremonia de purificación: el templo había sido profanado». Pero «no sólo el templo: con el templo, el pueblo de Dios profanado con el pecado tan grave del escándalo».

Al hacer nuevamente referencia al pasaje evangélico, el Pontífice destacó que «la gente era buena, iba al templo, no miraba estas cosas: buscaba a Dios, oraba». Sin embargo, «tenía que cambiar las monedas para realizar la ofrenda, y lo hacía allí». Es precisamente para buscar a Dios que «el pueblo de Dios iba al templo; no por esos que vendían». La gente «iba al templo por Dios». Y «allí estaba la corrupción que escandalizaba al pueblo».

Al respecto, el Papa recordó «una escena de la Biblia muy hermosa» que tiene también relación con la fiesta de la presentación de María: «Cuando la mamá de Samuel fue al templo, oraba para obtener la gracia de un hijo. Y murmuraba en silencio sus oraciones. El sacerdote, anciano, pobrecito, pero muy corrupto» le dijo «que era una borracha». En ese momento «sus dos hijos sacerdotes explotaban a la gente, explotaban a los peregrinos, escandalizaban al pueblo: el pecado del escándalo».

Pero la mujer, «con mucha humildad, en vez de decirle alguna que otra palabra fuerte a este sacerdote, le explicó su angustia». Así, «en medio de la corrupción, en ese momento» estaba «la santidad y la humildad del pueblo de Dios».

Pensemos, prosiguió el obispo de Roma, en «cuánta gente miraba a Jesús que limpiaba el templo con el látigo». Escribe san Lucas: «Todo el templo estaba pendiente de Él, escuchándolo». Precisamente a la luz del gesto de Jesús, «pienso en el escándalo —afirmó el Papa— que podemos dar a la gente con nuestra actitud, con nuestras costumbres no sacerdotales en el templo: el escándalo del comercio, el escándalo de las mundanidades».

En efecto «cuántas veces vemos que al entrar en una iglesia, aun hoy, está la lista de los precios: bautismo, tanto; bendición, tanto; intenciones de misa, tanto…». Y «el pueblo se escandaliza».

El Papa Francisco contó también un hecho que vivió de cerca: «Una vez, recién ordenado sacerdote, estaba con un grupo de universitarios y una pareja de novios que quería casarse. Habían ido a una parroquia, querían hacerlo con la misa. Y ahí, el secretario parroquial dijo: No, no: no se puede —¿Por qué no se puede con la misa? ¿Si el concilio recomienda hacerlo siempre con la misa? —No, no se puede, porque más de veinte minutos no se puede —¿Por qué? —Porque hay otros turnos —¡Pero nosotros queremos la misa! —Pero pagáis dos turnos».

Así que «para casarse con la misa tuvieron que pagar dos turnos». Esto, destacó el Papa, «es pecado de escándalo». Y «sabemos lo que Jesús dice a los que son causa de escándalo: mejor ser arrojados al fondo del mar».

Es un hecho: «cuando los que están en el templo —sean sacerdotes, laicos, secretarios que tienen que gestionar en el templo la pastoral del templo— se convierten en especuladores, el pueblo se escandaliza». Y «nosotros somos responsables de esto, también los laicos: todos». Porque, explicó, «si veo que en mi parroquia se hace esto, debo tener el valor de decirlo en la cara al párroco», de lo contrario «la gente sufre ese escándalo».

Y «es curioso», añadió el Papa, que «el pueblo de Dios sabe perdonar a sus sacerdotes, cuando tienen una debilidad, caen en un pecado». Pero «hay dos cosas que el pueblo de Dios no puede perdonar: un sacerdote apegado al dinero y un sacerdote que maltrata a la gente. No logran perdonar» el escándalo de la «casa de Dios» que se convierte en una «casa de negocios». Precisamente como ocurrió a «ese matrimonio: se alquilaba la iglesia» para «un turno, dos turnos…».

En el Evangelio, san Lucas no dice que «Jesús está enfadado». Jesús más bien «es el celo por la casa de Dios, aquí: es más que el enfado». Pero, se preguntó el Pontífice, «¿por qué actúa Jesús así? Él lo había dicho y lo repite de otra manera aquí: no se puede servir a dos señores. O das culto a Dios o das culto al dinero».

Y «aquí la casa del Dios vivo es una casa de negocios: se daba precisamente culto al dinero». Jesús, en cambio, dice : «Está escrito: mi casa será casa de oración; pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos». De este modo, «distingue claramente las dos cosas».

Así que «no se puede servir a dos señores: Dios es absoluto». Pero hay otra cuestión: «¿Por qué Jesús se molesta con el dinero?». Porque —respondió el Pontífice— «la redención es gratuita: la gratuidad de Dios». Jesús, en efecto, «vino a traernos la gratuidad total del amor de Dios».

Por ello «cuando la Iglesia o las iglesias se convierten en negocios, se dice que la salvación no es tan gratuita». Y es justo «por eso que Jesús toma el látigo en la mano para hacer este rito de purificación en el templo».

http://www.vatican.va

Evangelio del día: Que nuestra fe no sea un negocio ni especulación

Reflexión del Papa: Debemos pedirle al Señor que nos ayude a hacer muchas cosas buenas, pero con fe

La expulsión de los mercaderes del templo y el complot de los fariseos:

En aquel tiempo, cuando Jesús entró al Templo, se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: “Está escrito: Mi casa será una casa de oración, pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones”. Y diariamente enseñaba en el Templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los más importantes del pueblo, buscaban la forma de matarlo. Pero no sabían cómo hacerlo, porque todo el pueblo lo escuchaba y estaba pendiente de sus palabras”.

Reflexión del Papa Francisco

Los explotadores, los especuladores del templo, explotan incluso el lugar sagrado de Dios para hacer negocios: cambian las monedas, venden los animales para el sacrificio, también entre ellos tienen como un sindicato para defenderse.

Y esto no sólo era tolerado, sino incluso permitido por los sacerdotes del templo. Son aquellos que hacen de la religión un negocio.

En la Biblia está la historia de los hijos de un sacerdote que inducían a la gente a dar ofertas y ganaban tanto, incluso con los pobres. Y Jesús no ahorra sus palabras:

“Mi casa será llamada casa de oración. ¡Ustedes, en cambio, han hecho de ella una cueva de ladrones!”

La gente que iba en peregrinación allí a pedir la bendición del Señor, a hacer un sacrificio: ¡allí, aquella gente era explotada! Los sacerdotes allí no enseñaban a rezar, no les daban la catequesis… Era una cueva de ladrones. Paguen, entren… Hacían ritos vacíos, sin piedad.

No sé si nos hará bien pensar si entre nosotros sucede algo de este tipo en algún lugar. No lo sé. Esto es utilizar las cosas de Dios para beneficio propio.

[…] Pídele al Señor que te ayude a hacer cosas buenas, pero con fe. Sólo con una condición: cuando ustedes se pongan a rezar pidiendo esto, si tienen algo contra alguien, perdonen. Es la única condición, para que también su Padre que está en los cielos les perdone a ustedes sus culpas.

Pidamos hoy al Señor que nos enseñe este estilo de vida de fe y que nos ayude a no caer jamás, a nosotros, a cada uno de nosotros, a la Iglesia, en la esterilidad y la especulación (Homilía en Santa Marta, 29 de mayo de 2015)

.

Oración de Sanación

Mi Señor, quiero hoy entregar en tus manos mi vida entera para que me moldees a tu manera y me libres de todas mis fragilidades que me quitan las ganas de seguir luchando y me van desencantando de tu amistad dulce y generosa.

Mi experiencia cristiana debe estar fundamentada en conocerte, amarte, seguirte y concretar actos de amor en mi vida cotidiana. Cuando dejo de hacer todo eso, tú lloras por mí, te lamentas.

Cuando elijo otros caminos que no son los tuyos, sientes como una tristeza de muerte porque sabes que abandono la casa de amor que el Padre, en su infinita bondad, ha construido para mí.

Quiero comprender, en este día, todos los gestos y acciones que me llevan a abordar el tren de la fe, el tren de la esperanza y la caridad, y no perder el tiempo en ocupaciones inútiles que me aparten de tu alegría.

¡No quiero que vuelvas a llorar por mí!, no quiero que llores por mis pecados y apatías a tu Palabra. Quiero más bien, que sientas el gozo de que yo haya recobrado mi dignidad de Hijo de Dios

Ayúdame, oh Dios de amor, a redescubrirte y encontrarme contigo en la Eucaristía, sacramento bendito con el cual me fortaleces el alma y me haces valiente para dar la batalla a las tentaciones del mundo.

Te ofrezco mi vida y todos mis proyectos. Haz de mí, un discípulo amado que nunca te rechace ni te cause tristezas o pena alguna. Confío en tu divino amor y en la bendición que ahora recibo de ti.

Ven a mi corazón, Santísima Trinidad, pues soy templo habitado por tu divina majestad.

Padre Santo, te adoro y te bendigo porque tú todo lo has dispuesto para mi bien, a través de tu bendito Hijo Jesús que vive en mí por la fe, el amor y la esperanza que el Espíritu Santo suscita y alimenta en mi corazón.

Ven a mi vida, ven a mi corazón, Santa Trinidad, y glorifícate en todos mis pensamientos, palabras y acciones. Ven, aduéñate de mí durante todo este día, y nunca te apartes de mi lado. Amén



.


El maná de cada día, 12.11.16

noviembre 12, 2016

Sábado de la 32ª semana del Tiempo Ordinario

.

Orar incesantemente

Orar sin desfallecer, con perseverancia, ininterrumpidamente



PRIMERA LECTURA: 3 Juan 5-8

Querido amigo Gayo, te portas con plena lealtad en todo lo que haces por los hermanos, y eso que para ti son extraños. Ellos han hablado de tu caridad ante la comunidad de aquí.

Por favor, provéelos para el viaje como Dios se merece; ellos se pusieron en camino para trabajar por él sin aceptar nada de los gentiles.

Por eso debemos nosotros sostener a hombres como éstos, cooperando así en la propagación de la verdad.


SALMO 111, 1-2.3-4.5-6

Dichoso quien teme al Señor.

Dichoso quien teme al Señor y ama de corazón sus mandatos. Su linaje será poderoso en la tierra, la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia, su caridad es constante, sin falta. En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta, y administra rectamente sus asuntos. El justo jamás vacilará, su recuerdo será perpetuo.


ALELUYA: 2 Tesalonicenses 2, 14

Dios nos llamó por medio del Evangelio, para que sea nuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo.


EVANGELIO: Lucas 18,1-8

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola:

«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario.”

Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.”»

Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas?

Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»


.

ORAR CON INSISTENCIA

Vivimos, sin darnos cuenta, con una enorme necesidad de Dios y, sin embargo, preferimos llenar nuestra hambre con golosinas de falsos espejismos que dejan el corazón seco y desabrido.

Oramos poco y mal, y pretendemos saciar con nuestra anemia espiritual el hambre de Dios que padece el mundo. “Conviene orar siempre y no desfallecer” (Lc 18,1).

Cristo oró. Oró con mayor insistencia cuanta mayor era la agonía de Getsemaní. Oró de manera extraordinaria cuando realizaba milagros. Oró también en lo ordinario, durante los largos años de la vida oculta de Nazaret. Oró en lo pequeño, cuando estuvo oculto en el seno de María.

De su oración brotaba su apostolado. De su oración nació la Iglesia. Su oración en la cruz nos alcanzó el don del Espíritu. Has de orar, si quieres vivir en la realidad. Orar con Cristo y orar como Cristo.

¿Crees, acaso, que tu eficacia apostólica, tu vida de caridad, la reforma de tu carácter, la lucha contra el pecado, toda tu vida espiritual y tu relación con Dios pueden sostenerse sin la oración diaria?

Te pueden las cosas, las prisas, el trabajo, las mil ocupaciones del día a día. Pero todo eso es echar agua por un colador, se vuelve espuma entre los dedos, si no nace de una profunda vida interior.

No dejes pasar más días sin dedicar un poco de tu tiempo a estar con Dios. Búscate un Sagrario y haz de él el centro de tu jornada.

Organiza tu horario de cada día dando prioridad a tu vida de oración y no dejes para después, para el final, lo más importante. Sólo así tu vida dejará de ser un metal que resuena y que hace mucho ruido, pero que no deja huella. En proporción a tu oración así será tu santidad y tus frutos.

www.mater-dei.es


El maná de cada día, 6.11.16

noviembre 5, 2016

Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, Ciclo C

.

Moisés lo indica en el episodio de la zarza

Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza



Antífona de entrada: Sal 87, 3

Llegue hasta ti mi súplica; inclina tu oído a mi clamor, Señor.


Oración colecta

Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, bien dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 2 Macabeos 7, 1-2.9-14

En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la Ley.

Uno de ellos habló en nombre de los demás: «¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres.»

El segundo, estando para morir, dijo: «Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna.»

Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida, y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente: «De Dios las recibí, y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios.»

El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos. Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto. Y, cuando estaba para morir, dijo: «Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida.»


SALMO 16,1.5-6.8.15

Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

Señor, escucha mi apelación, atiende a mis clamores, presta oído a mi súplica, que en mis labios no hay engaño.

Mis pies estuvieron firmes en tus caminos, y no vacilaron mis pasos. Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío; inclina el oído y escucha mis palabras.

Guárdame como a las niñas de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme. Yo con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante.


SEGUNDA LECTURA: 2 Tesalonicenses 2, 16–3,5

Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, os consuele internamente y os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas.

Por lo demás, hermanos, rezad por nosotros, para que la palabra de Dios siga el avance glorioso que comenzó entre vosotros, y para que nos libre de los hombres perversos y malvados, porque la fe no es de todos. El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del Maligno.

Por el Señor, estamos seguros de que ya cumplís y seguiréis cumpliendo todo lo que os hemos enseñado. Que el Señor dirija vuestro corazón, para que améis a Dios y tengáis constancia de Cristo.


Aclamación antes del Evangelio: Ap 1, 5a y 6b

Jesucristo es el primogénito de entre los muertos; a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos.


EVANGELIO: Lucas 20, 27-38

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano.

Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.»

Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección.

Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob.” No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.»


Antífona de comunión: Sal 22, 1-2

El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas.
.


.
LECTIO DIVINA, DOMINGO 32º del TIEMPO ORDINARIO, CICLO C

Antes de abrir tu Biblia, abre tu corazón a la acción del Espíritu Santo.

Paso 1. Disponerse: Puedes repetir varias veces: Habla, Señor, que tu sierva escucha. Ponte en manos de María. ¿Cómo sueles estar con alguien que tiene ganas de entrevistarse contigo? ¿En qué notas que el Espíritu interviene en la lectura? Ponte en manos de María la Madre, con una sentida oración.

Lc 20,27-38

Se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su hermano”. Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer». Jesús les dijo: «En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».

Paso 2. Leer: ¿Ves cómo los saduceos rizan el rizo de la ley para ver si pillan a Jesús fuera de juego? ¿Sabes qué es una pregunta capciosa? Los saduceos pretenden ridiculizar la fe en la resurrección. Jesús responde con mucha paciencia y con deseo de instruir: La resurrección nos transforma en ángeles de Dios, un Dios de vivos no de muertos.

Paso 3. Escuchar: ¿Qué te dice la interpretación de la ley al pie de la letra? ¿Qué te parece, qué tiene que ver contigo la respuesta de Jesús? ¿Ves cómo propone la nueva ley de la vida con amor? Contempla a Jesús que no se altera por la intención de sus interlocutores; no se ofende ni responde con ira o soberbia; no hiere ni humilla. Van por él, pero Jesús evita los choques y las polémicas. No los condena. ¿No te impresiona la serenidad y el dominio de la situación que tiene Jesús?

Paso 4. Orar: Mira qué brota en tu corazón, qué te hace decir al Señor la lectura. Habla de tu vida con el Dios de los vivos. Cuéntale tus cosas a tu Padre, con mucho amor y confianza. Habla de tu vida con el Dios de los vivos. Permite que él también te hable. Escúchale.

Paso 5. Vivir: ¿Tú también tratas a Jesús como si fuera un diccionario? ¿Qué tiene que ver con tus cosas de cada día el Dios de los vivos? No hay que hacer grandes cosas sino poner amor en lo que hacemos a diario. ¿Escuchar y rumiar la Palabra pone amor en tu vida, a discreción? Déjate llevar del Espíritu de Dios, que da vida, alegría, esperanza… amor.

http://semillas-edit.es/


.

LA DIGNIDAD DEL CUERPO HUMANO

P. Francisco Fernández Carvajal/Homiletica.org

La resurrección de los cuerpos, declarada por Jesús.

— Los cuerpos están destinados a dar gloria a Dios junto con el alma.

— Nuestra filiación divina, iniciada ya en el alma por la gracia, será consumada por la glorificación del cuerpo.

I. La liturgia de la Misa de este domingo propone a nuestra consideración una de las verdades de fe recogidas en el Credo, y que hemos repetido muchas veces: la resurrección de los cuerpos y la existencia de una vida eterna para la que hemos sido creados.

La Primera lectura1 nos habla de aquellos siete hermanos que, junto con su madre, prefirieron la muerte antes que traspasar la Ley del Señor.

Mientras eran torturados, confesaron con firmeza su fe en una vida más allá de la muerte: Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará.

Otros lugares del Antiguo Testamento también expresan esta verdad fundamental revelada por Dios. Era una creencia universalmente admitida entre los judíos en tiempos de Jesús, salvo por el partido de los saduceos, que tampoco creían en la inmortalidad del alma, en la existencia de los ángeles y en la acción de la Providencia divina2.

En el Evangelio de la Misa3 leemos cómo se acercaron a Jesús con la intención de ponerle en un aprieto. Según la ley del levirato4, si un hombre moría sin dejar hijos, el hermano estaba obligado a casarse con la viuda para suscitar descendencia.

Así –le dicen a Jesús– ocurrió con siete hermanos: Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella. Les parecía que las consecuencias de esta ley provocaban una situación ridícula a la hora de poder explicar la resurrección de los cuerpos.

Jesús deshace esta cuestión, frívola en el fondo, reafirmando la resurrección y enseñando las propiedades de los cuerpos resucitados. La vida eterna no será igual a esta: allí no tomarán ni mujer ni marido…, pues son iguales a los ángeles e hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección.

Y, citando la Sagrada Escritura5, pone de manifiesto el grave error de los saduceos, y argumenta: No es Dios de muertos, sino de vivos; todos viven para Él. Moisés llamó al Señor Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob, que hacía tiempo que habían muerto.

Por tanto, aunque estos justos hayan muerto en cuanto al cuerpo, viven con verdadera vida en Dios, pues sus almas son inmortales, y esperan la resurrección de los cuerpos6. Los saduceos ya no se atrevían a preguntarle más.

Los cristianos profesamos en el Credo nuestra esperanza en la resurrección del cuerpo y en la vida eterna. Este artículo de la fe «expresa el término y el fin del designio de Dios» sobre el hombre. «Si no existe la resurrección, todo el edificio de la fe se derrumba, como afirma vigorosísimamente San Pablo (cfr. 1 Cor 15).

Si el cristiano no está seguro del contenido de las palabras vida eterna, las promesas del Evangelio, el sentido de la Creación y de la Redención desaparecen, e incluso la misma vida terrena queda desposeída de toda esperanza (cfr. Heb 11, l)»7.

Ante la atracción de las cosas de aquí abajo, que pueden aparecer en ocasiones como las únicas que cuentan, hemos de considerar repetidamente que nuestra alma es inmortal, y que se unirá al propio cuerpo al fin de los tiempos; ambos –el hombre entero: alma y cuerpo– están destinados a una eternidad sin término.

Todo lo que llevemos a cabo en este mundo hemos de hacerlo con la mirada puesta en esa vida que nos espera, pues «pertenecemos totalmente a Dios, con alma y cuerpo, con la carne y con los huesos, con los sentidos y con las potencias»8.

II. La muerte, como enseña la Sagrada Escritura, no la hizo Dios; es pena del pecado de Adán9. Cristo mostró con su resurrección el poder sobre la muerte: mortem nostram moriendo destruxit et vita resurgendo reparavit, muriendo destruyó nuestra muerte, y resurgiendo reparó nuestra vida, canta la Iglesia en el Prefacio pascual.

Con la resurrección de Cristo la muerte ha perdido su aguijón, su maldad, para tornarse redentora en unión con la Muerte de Cristo. Y en Él y por Él nuestros cuerpos resucitarán al final de los tiempos, para unirse al alma, que, si hemos sido fieles, estará dando gloria a Dios desde el instante mismo de la muerte, si nada tuvo que purificar.

Resucitar significa volver a levantarse aquello que cayó10, la vuelta a la vida de lo que murió, levantarse vivo aquello que sucumbió en el polvo. La Iglesia predicó desde el principio la resurrección de Cristo, fundamento de toda nuestra fe, y la resurrección de nuestros propios cuerpos, de la propia carne, de «esta en que vivimos, subsistimos y nos movemos»11. El alma volverá a unirse al propio cuerpo para el que fue creada.

Y precisa el Magisterio de la Iglesia: los hombres «resucitarán con los propios cuerpos que ahora llevan»12. Al meditar que nuestros cuerpos darán también gloria a Dios, comprendemos mejor la dignidad de cada hombre y sus características esenciales e inconfundibles, distintas de cualquier otro ser de la Creación.

El hombre no solo posee un alma libre, «bellísima entre las obras de Dios, hecha a imagen y semejanza del Creador, e inmortal porque así lo quiso Dios»13, que le hace superior a los animales, sino un cuerpo que ha de resucitar y que, si se está en gracia, es templo del Espíritu Santo.

San Pablo recordaba frecuentemente esta verdad gozosa a los primeros cristianos: ¿no sabéis que vuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo, que habita en vosotros?14.

Nuestros cuerpos no son una especie de cárcel que el alma abandona cuando sale de este mundo, no «son lastre, que nos vemos obligados a arrastrar, sino las primicias de eternidad encomendadas a nuestro cuidado»15. El alma y el cuerpo se pertenecen mutuamente de manera natural, y Dios creó el uno para el otro.

«Respétalo –nos exhorta San Cirilo de Jerusalén–, ya que tiene la gran suerte de ser templo del Espíritu Santo. No manches tu carne y si te has atrevido a hacerlo, purifícala ahora con la penitencia. Límpiala mientras tienes tiempo»16.

III. La altísima dignidad del hombre se encuentra ya presente en su creación, y con la Encarnación del Verbo, en la que existe como un desposorio del Verbo con la carne humana17, llega a su plena manifestación.

Cada hombre «ha sido comprendido en el misterio de la redención, con cada uno ha sido unido Cristo, para siempre, por parte de este misterio. Todo hombre viene al mundo concebido en el seno materno, naciendo de madre, y es precisamente por razón del misterio de la Redención por lo que es confiado a la solicitud de la Iglesia.

Tal solicitud afecta al hombre entero y está centrada sobre él de manera del todo particular. El objeto de esta premura es el hombre en su única e irrepetible realidad humana, en la que permanece intacta la imagen y semejanza de Dios mismo»18.

Enseña Santo Tomás que nuestra filiación divina, iniciada ya por la acción de la gracia en el alma, «será consumada por la glorificación del cuerpo (…), de forma que así como nuestra alma ha sido redimida del pecado, así nuestro cuerpo será redimido de la corrupción de la muerte»19.

Y cita a continuación las palabras de San Pablo a los filipenses: Nosotros somos ciudadanos del Cielo, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo, el cual transformará nuestro humilde cuerpo conforme a su Cuerpo glorioso en virtud del poder que tiene para someter a sí todas las cosas20.

El Señor transformará nuestro cuerpo débil y sujeto a la enfermedad, a la muerte y a la corrupción, en un cuerpo glorioso. No podemos despreciarlo, ni tampoco exaltarlo como si fuera la única realidad en el hombre. Hemos de tenerlo sujeto mediante la mortificación porque, a consecuencia del desorden producido por el pecado original, tiende a «hacernos traición»21.

Es de nuevo San Pablo el que nos exhorta: Habéis sido comprados a gran precio. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo22. Y comenta el Papa Juan Pablo II: «La pureza como virtud, es decir, capacidad de mantener el propio cuerpo en santidad y respeto (cfr. 1 Tes 4, 4), aliada con el don de piedad, como fruto de la inhabitación del Espíritu Santo en el templo del cuerpo, realiza en él una plenitud tan grande de dignidad en las relaciones interpersonales, que Dios mismo es glorificado en él. La pureza es gloria del cuerpo humano ante Dios. Es la gloria de Dios en el cuerpo humano»23.

Nuestra Madre Santa María, que fue asunta al Cielo en cuerpo y alma, nos recordará en toda ocasión que también nuestro cuerpo ha sido hecho para dar gloria a Dios, aquí en la tierra y en el Cielo por toda la eternidad.

12 Mac 7, 1-2; 9-14. — 2 Cfr. J. Dheilly, Diccionario bíblico, voz Saduceos, p. 921. — 3 Lc 20, 27-38. — 4 Cfr. Dt 25, 5 ss. — 5 Ex 3, 2; 6. — 6 Cfr. Sagrada Biblia, Santos Evangelios, EUNSA, Pamplona 1983, nota a Lc 20, 27-40. — 7 S. C. para la Doctrina de la Fe, Carta sobre algunas cuestiones referentes a la escatología. 17-V-1979. — 8 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 177. — 9 Cfr. Rom 5. 12. — 10 Cfr. San Juan Damasceno, Sobre la fe ortodoxa, 27. — 11 Cfr. J. Ibáñez-F. Mendoza, La fe divina y católica de la Iglesia, Magisterio Español, Madrid 1978. nn. 7, 216 y 779. — 12 Ibídem. — 13 San Cirilo de Jerusalén, Catequesis, IV, 18. — 14 1 Cor 6, 19. — 15 Cfr. R. A. Knox, El torrente oculto, Rialp, Madrid 1956, p. 346. — 16 San Cirilo de Jerusalén, Catequesis, IV, 25. — 17 Tertuliano, Sobre la resurrección, 63. — 18 Juan Pablo II, Enc. Redemptor hominis, 4-III-1979, 13. — 19 Santo Tomás, Comentario a la Carta a los Romanos, 8, 5. — 20 Flp 3, 21. — 21 Cfr. San Josemaría Escrivá, Camino, n. 196 — 22 1 Cor 6, 20, — 23 Juan Pablo II, Audiencia general 18-III-1981.