Las Confesiones de san Agustín. III, 3.5-6

mayo 25, 2018

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Aversión a los «eversores» (Conf. III, 3.5-6)

5. Entre tanto, tu misericordia fiel circunvolaba sobre mí a lo lejos. Mas ¡en cuántas iniquidades no me consumí, Dios mío, llevado de cierta curiosidad sacrílega, que, apartándome de ti, me conducía a los más bajos, desleales y engañosos obsequios a los demonios, a quienes sacrificaba mis malas obras, siendo en todas castigado con duro azote por ti!

Tuve también la osadía de apetecer ardientemente y negociar el modo de procurarme frutos de muerte en la celebración de una de tus solemnidades y dentro de los muros de tu iglesia. Por ello me azotaste con duras penas, aunque comparadas con mi culpa no eran nada, ¡oh tú, grandísima misericordia mía, Dios mío y refugio mío contra «los terribles malhechores», con quienes vagué con el cuello erguido, alejándome cada vez más de ti, amando mis caminos y no los tuyos, amando una libertad fugitiva!

6. Tenían aquellos estudios que se llaman honestos o nobles por blanco y objetivo las contiendas del foro y hacer sobresalir en ellas tanto más laudablemente cuanto más engañosamente. ¡Tanta es la ceguera de los hombres, que hasta de su misma ceguera se glorían!

Y ya había llegado a ser «el mayor» [el primero] de la escuela de retórica y me gozaba de ello soberbiamente y me hinchaban de orgullo. Con todo, tú sabes, Señor, que yo era mucho más pacato que los demás y totalmente ajeno a las gamberradas (eversionibus) de los eversores —nombre siniestro y diabólico que llegó a convertirse en vitola de elegancia—, y entre los cuales yo vivía con impudente pudor por no ser uno de tantos.

Es verdad que andaba con ellos y me gozaba a veces con sus amistades, pero siempre aborrecí sus hechos, esto es, las calaveradas con que impudentemente sorprendían y ridiculizaban la candidez de los novatos, sin otro fin que el de tener el gusto de burlarles y fomentar a costa ajena sus malévolas alegrías.

Nada hay más parecido que este hecho a los actos de los demonios, por lo que ningún nombre les cuadra mejor que el de eversores o perversores, por ser ellos antes trastornados y pervertidos totalmente por los espíritus malignos, que así los burlan y engañan, sin saberlo, en aquello mismo en que desean reírse y engañar a los otros.

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Las Confesiones de san Agustín. III, 2.2-4

mayo 23, 2018

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Afición al teatro (Conf. III, 2.2-4)

2. Me arrebataban los espectáculos teatrales, llenos de imágenes de mis miserias y de incentivos del fuego de mi pasión. Pero ¿qué será que el hombre quiera en ellos sentir dolor cuando contempla cosas tristes y trágicas que en modo alguno quisiera padecer?

Con todo, quiere el espectador sentir dolor con ellas, y aun este dolor es su deleite. ¿Qué es esto sino una incomprensible locura? Porque tanto más se conmueve uno con ellas cuanto menos libre se está de semejantes afectos, bien que cuando uno las padece se llamen miserias, y cuando se compadecen en otros, misericordia.

Pero ¿qué misericordia puede darse en cosas fingidas y escénicas? Porque allí no se provoca al espectador a que socorra a alguien, sino que se le invita a condolerse solamente, favoreciendo tanto más al autor de aquellas ficciones cuanto es mayor el sentimiento que siente con ellas.

De donde nace que si tales desgracias humanas —sean tomadas de las historias antiguas, sean fingidas— se representan de forma que no causen dolor al espectador, éste se marcha de allí aburrido y murmurando; pero si, al contrario, siente dolor en ellas, permanece atento y contento.

3. Luego ¿se aman las lágrimas y el dolor? Ciertamente que todo hombre quiere gozar; mas no agradando a nadie ser miserable, y siendo grato a todos ser misericordioso; y no pudiendo ser esto sin sentir dolor, ¿no será ésta la causa verdadera por que se amen los dolores?

También esto viene de la vena de la amistad; pero ¿adónde va? ¿Hacia qué parte fluye? ¿Por qué corre el torrente de la pez hirviendo, a los ardores horribles de negras liviandades, en las que aquélla se muda y vuelve por voluntad propia, alejada y privada de su celestial serenidad?

Luego ¿habrá que rechazar la compasión? De ningún modo. Preciso será, pues, que alguna vez se amen los dolores; mas guárdate en ello de la impureza, alma mía, bajo la tutela de mi Dios, el Dios de nuestros padres, alabado y ensalzado por todos los siglos1; guárdate de la impureza, porque ni aun al presente me hallo exento de tal compasión.

Pero entonces me complacía en los teatros con los amantes cuando ellos se gozaban en sus torpezas —aun cuando estas se ejecutasen sólo imaginariamente en juego escénico—. Y así, cuando alguno de ellos se perdía, me contristaba cuasi misericordioso, y lo uno y lo otro me deleitaba.

Pero ahora tengo más compasión del que se goza en sus pecados que del que padece recias cosas por la carencia de un pernicioso deleite o la pérdida de una mísera felicidad. Esta misericordia es ciertamente más verdadera, pero, en ella el dolor no causa deleite.

Porque si bien es cierto que merece aprobación quien por razón de caridad se compadece del miserable, sin embargo, quien es verdaderamente compasivo quisiera más que no hubiera de qué dolerse. Porque así como no es posible que exista una benevolencia malévola, tampoco lo es que haya alguien verdadera y sinceramente misericordioso que desee haya miserables para tener de quien compadecerse.

Hay, pues, algún dolor que merece aprobación, ninguno que merezca ser amado. Por eso tú, Dios mío, que amas las almas mucho más copiosa y elevadamente que nosotros, te compadeces de ellas de modo mucho más puro, por no sentir ningún dolor. Pero ¿quién será capaz de llegar a esto?

4. Pero yo, desventurado, amaba entonces el dolor y buscaba motivos de tenerle cuando en aquellas desgracias ajenas, falsas y mímicas, me agradaba tanto más la acción del histrión y me tenía tanto más suspenso cuanto me hacía derramar más copiosas lágrimas.

Mas ¿qué maravilla era que yo, infeliz ovejuela descarriada de tu rebaño por no sufrir tu guarda, estuviera plagado de roña asquerosa? De aquí nacían, sin duda, los deseos de aquellos sentimientos de dolor, que, sin embargo, no quería que me penetrasen muy adentro, porque no deseaba padecer cosas como las representadas, sino que aquéllas, oídas o fingidas, como que me rascasen por encima; mas, semejantemente a los que se rascan con las uñas, solía terminar produciéndome un tumor abrasador y una horrible postema y podredumbre. Tal era mi vida. Pero ¿era esto vida, Dios mío?

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Textos de la Misa de Santa Rita de Casia: Misal agustiniano

mayo 22, 2018

 

22 DE MAYO 2018

SANTA RITA DE CASIA, RELIGIOSA

Memoria, fiesta o solemnidad según los lugares

FORMULARIO DE LA SOLEMNIDAD

Santa Rita, mística de la Pasión del Señor. Estigma de la espina.

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Nació en Roccaporrena (Casia) hacia el año 1380. Según la tradición, era hija única y desde su juventud deseó consagrarse a Dios, pero ante la insistencia de sus padres, a la edad de 14 años se casó con un joven de buena voluntad pero de carácter violento. Con su bondad logró limar las asperezas del marido viviendo con él en armonía.

Tras 18 años de matrimonio, su marido fue asesinado. Rita no sólo perdonó a los asesinos, sino que en la oración llegó a confiar al Señor que prefería ver a sus hijos muertos antes que sumidos en el abismo de la venganza. Los dos murieron poco después del asesinato del padre.

Sin obligaciones en esta vida y con el corazón rebosante de amor, Rita se esforzó por llevar a la práctica el deseo de su juventud. Tuvo que luchar para convencer a su familia, a la de su marido y a la del asesino para llegar a una reconciliación pública.

Sólo entonces pudo traspasar las puertas del monasterio agustino de Santa María Magdalena de Casia. En él vivió durante 40 años dedicada a las prácticas de la vida monástica y durante los últimos 15 años llevó en la frente la señal de una espina de la Pasión del Señor.

Murió en la noche de sábado 22 de mayo de 1457 del calendario pisano, equivalente al 1456 del calendario actual. Rasgo peculiar de la santa es su paso por todos los estados de la vida: doncella, esposa, viuda y religiosa; y en todos ellos dio abundantes pruebas de abnegación y generosidad, siendo siempre mensajera de paz y reconciliación.

Su cuerpo se venera en el santuario de Casia, donde continúa atrayendo a multitud de devotos.


RITO INICIALES

ANTÍFONA Y MONICIÓN DE ENTRADA

Celebramos con alegría la fiesta de santa Rita de Casia. Es, sin duda, una de las santas más populares de la Iglesia y su culto se ha extendido por todo el mundo. Nació hacia el año 1380 y murió el 22 de mayo de 1456. Fue esposa, madre, viuda y, finalmente, religiosa después de haber visto morir a sus dos hijos.

Durante cuarenta años vivió en el convento agustiniano de Santa María Magdalena de Casia. En todo tiempo dio pruebas de una generosidad sin límite, siendo siempre mensajera de paz y reconciliación. Su cuerpo se venera en el santuario agustiniano de Casia.

Unidos a nuestra Santa decimos, con el apóstol san Pablo (Ga 6, 14): Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo (T. P. Aleluya).

Al celebrar la fiesta de santa Rita, nos acogemos a su intercesión, para que nos consiga la gracia de ser fieles imitadores de Cristo, como ella lo fue.


ACTO PENITENCIAL

Iniciamos la celebración eucarística pidiendo a Dios nos conceda la conversión de nuestros corazones; así obtendremos la reconciliación y aumentará nuestra comunión con Dios y con nuestros hermanos.

Se dice: GLORIA


ORACIÓN COLECTA

Señor, te rogamos nos concedas la sabiduría y fortaleza de la cruz, con que enriqueciste a santa Rita, para que, compartiendo las tribulaciones con Cristo, podamos asociarnos más íntimamente a su misterio pascual. Él, que vive y reina…
R/. Amén.


LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA
Rita se esforzaba en enseñar a sus hijos con todas sus fuerzas las buenas costumbres.
(De la vida de Santa Rita, escrita por CAVALLUCCI, cap. 1. Siena, 1610, p. 6.)

Lectura del libro de los Proverbios 2, 1-15

Hijo mío, si das acogida a mis palabras, y guardas en tu memoria mis mandamientos, prestando tu oído a la sabiduría, inclinando tu corazón a la prudencia; si invocas a la inteligencia y llamas a voces a la prudencia; si la buscas como la plata y como un tesoro la rebuscas, entonces tendrás el temor del Señor y la ciencia de Dios encontrarás.

Porque el Señor es el que da la sabiduría, de su bondad nacen la ciencia y la prudencia. Reserva para los rectos el auxilio, que es escudo para quienes proceden con entereza, vigila las sendas de la equidad y guarda el camino de sus amigos.

Entonces entenderás la justicia, la equidad y la rectitud, todos los senderos del bien. Cuando entre la sabiduría en tu corazón y la ciencia sea dulce para tu alma, velará sobre ti la reflexión, y la prudencia te guardará, apartándote del mal camino, del hombre que propone planes perversos, de los que abandonan el recto sendero para ir por caminos tenebrosos, de los que se gozan en hacer el mal, se regocijan en la perversidad, cuyos senderos son tortuosos y sus sendas llenas de revueltas.

PALABRA DE DIOS

SALMO RESPONSORIAL Sal 26, 1. 3. 4. 5. 11. 13 (R/. 14a)

R/. ESPERA EN EL SEÑOR, SÉ VALIENTE.

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?

R/.
Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla;
si me declaran la guerra, me siento tranquilo.

R/.
Una cosa pido al Señor, eso buscaré
habitar en la casa del Señor por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor contemplando tu templo.

R/.
El me protegerá en su tienda el día del peligro;
me esconderá en lo escondido de su morada,
me alzará sobre la roca.

R/.
Señor, enséñame tu camino, guíame por la senda llana,
porque tengo enemigos.

R/.
Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. R/.

 

SEGUNDA LECTURA

No te dejes vencer por el mal; vence al mal a fuerza de bien

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 12, 9-21

Hermanos: Que vuestra caridad no sea una farsa: aborreced lo malo y apegaos a lo bueno. Como hermanos, sed cariñosos unos con otros, estimando a los demás más que a uno mismo. En la actividad, no seáis descuidados; en el espíritu manteneos ardientes.

Servid constantemente al Señor. Que la esperanza os tenga alegres: estad firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración. Contribuid en las necesidades del Pueblo de Dios; practicad la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen; bendecid, sí, no maldigáis.

Con los que ríen estad alegres; con los que lloran, llorad. Tened igualdad de trato unos con otros: no tengáis grandes pretensiones, sino poneos al nivel de la gente humilde. No presumáis de listos. No devolváis mal por mal. Procurad la buena reputación entre la gente.

En cuanto sea posible, por vuestra parte, estad en paz con todo el mundo. Amigos, no os toméis la venganza; dejad lugar al castigo divino; porque está escrito: «La venganza es mía, yo daré lo merecido», dice el Señor.

Más aún si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; y así lo abrasarás de remordimiento. No te dejes vencer por el mal; vence el mal a fuerza de bien.

PALABRA DE DIOS



ALELUYA 1 Jn 4, 16b

R/. Aleluya, aleluya.
Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.
R/. Aleluya.


EVANGELIO

Como el Padre me ha amado, así os he amado yo: permaneced en mi amor

† Lectura del santo Evangelio según San Juan 15, 1-14

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto, lo arranca; y a todo el que da fruto, lo poda, para que dé más fruto.

Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos: el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí, lo tiran fuera como el sarmiento, y se seca: luego los recogen y los echan al fuego, y arden.

Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.

Como el Padre me ha amado, así os he amado yo: permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.

PALABRA DEL SEÑOR

Se dice: CREDO…


ORACIÓN DE LOS FIELES

R/. Presentemos ahora al Padre nuestras súplicas y peticiones por medio de santa Rita de Casia intercesora y abogada nuestra.

—Por la santa Iglesia de Dios; para que sus hijos logren la perfección en todos los estados de vida, y, a ejemplo de santa Rita, sean signos de perdón y reconciliación: roguemos al Señor.

—Por las madres de familia; para que desempeñen con entusiasmo su tarea educadora y logren que reine en el hogar el amor y la comprensión: roguemos al Señor.

—Por las viudas que viven en soledad, por los matrimonios separados, por las familias que sufren, por los que viven atribulados por las dificultades de esta vida; para que experimenten la protección de Dios: roguemos al Señor.

—Por nuestros familiares y amigos difuntos; para que gocen de la Pascua eterna: roguemos al Señor.

—Por los que celebramos con gozo la fiesta de santa Rita; para que, siguiendo sus ejemplos, vivamos con autenticidad el Evangelio, amándonos y perdonándonos mutuamente: roguemos al Señor.

(se pueden añadir otras intenciones)

Oh Dios, escucha benignamente las oraciones de los que te suplican y, por intercesión de santa Rita de Casia, extiende sobre nosotros tu mano protectora. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R/. Amén.


LITURGIA EUCARÍSTICA

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Traspasa, Señor, nuestro corazón con la espina de un dolor saludable, para que, libres de todo pecado, podamos ofrecerte con alma pura este sacrificio de alabanza. Por Jesucristo.
R/. Amén.

PREFACIO

El peso de Santa Rita era su amor

V/. El Señor esté con vosotros.
R/. Y con tu espíritu.
V/. Levantemos el corazón.
R/. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V/. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R/. Es justo y necesario.

V/. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación,
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.

Porque nos has dado en Santa Rita
un modelo insigne de amor a Ti,
y en Ti y por Ti a toda la humanidad.

El amor fue el peso de su vida
y por él fue llevada a través de todos los estados
de su peregrinación por este mundo,
meditando continuamente la Pasión salvadora de tu Hijo.

Convertida en ejemplo de penitencia y caridad,
Rita experimentó con gozo la exigencia sublime del amor,
que lleva a los hombres por la cruz del sufrimiento
a la alegría verdadera y a la luz de la resurrección.

Por eso, con los ángeles y arcángeles
y con todos los coros celestiales
cantamos sin cesar el himno de tu gloria.

R/. Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo. Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.


RITO DE LA COMUNIÓN

ANTÍFONA DE COMUNIÓN Jn 15, 5
El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante, dice el Señor, aleluya.


ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

R/. Alimentados con los sacramentos celestiales, te rogamos suplicantes, Padre, que llevemos impresos en nuestra mente los signos de caridad y pasión de tu Hijo, y gocemos continuamente del fruto de una paz perpetua. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R/. Amén.


RITO DE CONCLUSIÓN

ORACIÓN SOBRE EL PUEBLO

R/. Vuelve, Señor, hacia ti el corazón de tu pueblo;
y tú que le concedes tan grandes intercesores
no dejes de orientarle con tu continua protección.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R/. Amén.

APUNTE BIOGRÁFICO

Pocos santos han calado tanto en la devoción del pueblo como Rita de Casia. Modelo de esposa, madre, viuda y religiosa, nació en Roccaporena (Italia), a pocos kilómetros de Casia, el 22 de mayo del año 1380 ó 1381.

A los dieciséis años se unió en matrimonio con Fernando Manzini y fueron padres de dos hijos varones. Contribuyó de forma decisiva a la conversión de su esposo. El odio generado por las luchas políticas entre grupos, segó la vida de su marido.

Supo perdonar a los asesinos, pero descubrió con dolor que sus hijos preparaban la venganza. Sin dudarlo un instante, manifestó a Dios que prefería verlos muertos a manchados de sangre homicida. Ambos hijos enfermaron y murieron muy jóvenes.

Rita viuda y sin hijos ingresó entonces en el monasterio agustiniano de santa María Magdalena de Casia, donde vivió cuarenta años sirviendo a Dios fielmente y a la comunidad con dedicación y generosidad exquisitas.

“¿Cuál es el mensaje que nos transmite esta santa?”, se preguntaba san Juan Pablo II ante los peregrinos devotos de Santa Rita llegados a Roma el sábado 20 de mayo del año 2000.

El Papa respondía: “La santa de Casia es una de las numerosas mujeres cristianas que ‘han incidido significativamente tanto en la vida de la Iglesia como en la sociedad’ (Mulieris dignitatem, 27). Rita interpretó bien el ‘genio femenino’: lo vivió intensamente, tanto en la maternidad física como espiritual”.

Y, con motivo del VII Centenario del nacimiento de santa Rita, escribía el Papa que Rita es santa “no tanto por la fama de los prodigios que la devoción popular atribuye a la eficacia de su intercesión ante Dios omnipotente, cuanto por su sorprendente ‘normalidad’ en la vida cotidiana, vivida por ella como esposa y madre, después como viuda y, por fin, como monja Agustina”.

Fue beatificada en 1628 por Urbano VIII y proclamada santa por León XIII el 24 de mayo de 1900.

 


Novena a Santa Rita de Casia ( y 9), 21.5.18

mayo 22, 2018

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NOVENO DÍA

RITA, MAESTRA EN EL ARTE DEL PERDÓN Y DE LA PAZ


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1. Señal de la cruz

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


2. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.


3. Oración preparatoria para todos los días

Señor y Dios nuestro, admirable en tus Santos. Venimos a ti, el único Santo, atraídos por el ejemplo de Rita, tu hija predilecta. Nos encomendamos a su poderosa intercesión y queremos imitar su vida de santidad.

Pues tú nos mandaste: “Sean santos porque Yo soy santo”. A la vez, tu Hijo nos ordenó: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”.

Padre de bondad, concédenos poder contemplar durante esta novena con gran admiración y devoción las maravillas que obraste en tu sierva Rita.

Hoy nos unimos a todos los devotos de santa Rita para darte gracias por los ejemplos de santidad que en ella nos dejaste. Concédenos imitarla en la tierra, para que así podamos alabarte con santa Rita y con todos los santos para siempre en el cielo.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


4. Datos biográficos

Humanamente, Rita tenía más que motivos para vivir resentida y violenta o agresiva.

Parecería que la “mala” suerte se ensañó con ella: no le dejaron seguir sus primeras inclinaciones a la vida religiosa; le tocó un esposo difícil; se lo mataron y seguramente no le hicieron justicia; se queda viuda tempranamente; pierde a sus hijos; queda indefensa en el mundo; por un tiempo fue rechazada en su deseo de ingresar al convento; en el claustro sufrió soledad; no faltarían comentarios insulsos y hasta maliciosos tanto fuera como dentro del convento sobre su comportamiento, sus éxtasis, el estigma de la espina…

Y Dios callaba, no respondía a sus oraciones y penitencias. Su existencia fue un continuo calvario, hablando de tejas abajo. Ella no se merecía esa suerte. Todo le salía mal. ¿A quién ofendió ella? ¿Qué mal hacía para que Dios le diera ese trato?

Resulta tan incomprensible el dolor de Rita que muchas personas temen acercarse a ella o hacerse devotos suyos porque piensan que tal devoción les traería pruebas y sufrimientos.

Es una reacción comprensible; pero debemos considerar la otra parte de la moneda: la felicidad que Rita gozó ya aquí en la tierra, la paz interior que nada ni nadie le pudo arrebatar, y que se prolonga en el cielo, y que repercute en sus fieles devotos de todos los tiempos.

Parecía razonable y aun justo que Rita estuviera en conflicto con sus propios orígenes.

Podríamos pensar en una niña rebelde, inquieta y caprichosa por ser hija única, con padres ancianos que difícilmente la entendían, sin hermanitos de su edad como complemento, compañía, punto de referencia, etc.; con unos padres “excesivamente religiosos y sobreprotectores”, que de todas formas interfieren o coartan el desarrollo de la personalidad de Rita, que no le dejan seguir sus inclinaciones por consagrarse a Dios y casi le obligan a casarse con un joven noble e importante, pero difícil de carácter que le hizo sufrir mucho.

Podría haberse rebelado, o sentirse víctima de un atropello, o aprovecharse para suscitar lástima en los demás o justificación para seguir sus caprichos.

Sin embargo, la historia apenas insinúa esa posible rebeldía conflictiva de Rita; más bien todo es armonía, silencio, obediencia, espontaneidad. No hay fricciones: la niña crece y se desarrolla en total sintonía con sus padres, con sus valores culturales y religiosos.

Sumisa a las orientaciones que recibe: crece íntegramente en cuerpo y alma, siendo la admiración de sus parientes y orgullo de sus padres. Asume con espontaneidad y alegría todas las expectativas de sus padres y de la sociedad sobre ella. Es confiada, no está a la defensiva ni recela.

En principio no tiene prejuicios sobre nadie ni sobre nada. Es receptiva, respetuosa. Quiere aprender, porque es consciente de que no sabe todo. No ve mala intención en los demás, comenzando por sus propios padres.

También en el aspecto religioso, de acuerdo a su crecimiento, experimenta la presencia de Dios. Por su inocencia y el ambiente que le rodea avanza rápidamente en el amor del Señor; le subyuga la mansedumbre del Divino Redentor muerto en la cruz, y de su corazón infantil brotan ríos de ternura y compasión.

Tanto que todo el tiempo le parece poco para acompañar al Cristo despreciado en la Cruz o escondido en la Eucaristía. Aquí debió de encontrar una escuela de oración que le transportaba hasta el cielo y que le iba forjando como una persona feliz, segura de sí misma, y sobre todo, segura de Dios y del amor de sus padres, el primer sacramento del amor incondicional de Dios hacia ella.

Indudablemente, aquí, como en casi todos los relatos de su vida, constatamos la idealización que montó la literatura hagiográfica y preciosista en torno a la figura de santa Rita. Sin embargo, en ese ropaje literario, descubrimos la obra portentosa de la gracia, secundada por la disponibilidad del creyente.

Quizás adrede esa literatura deja vacíos para que el alma creyente de cada uno de nosotros los vaya llenando de evangelio y vaya como recreando lo que pudo ser y lo que fue de hecho la andadura de Rita, o la guía de Dios en la vida de Rita. En todo ello descubriremos también lo que puede ser de hecho en cada uno de nosotros. No está bien que se nos diga todo. El Espíritu alienta nuestra imaginación para ir recreando todo de acuerdo a nuestros deseos de Dios y a nuestra generosidad…

Pero volvamos a Rita. En su desarrollo de niña y adolescente, todo parecía prometedor; sentir incluso la vocación religiosa era algo maravilloso, aunque nada estaba determinado, predestinado. Lo importante era gustar el amor de Dios, lo único necesario. Sentirse en sus manos y moverse en su santa Providencia.

Pues bien, en ese momento precisamente se interpone la voluntad y decisión de sus padres: es preciso casarla cuanto antes asegurando su futuro; ellos van avanzando en la vida y Rita no tiene hermanos.

La adolescente y joven Rita pudo rebelarse por este “aparente atropello”. Pudo quejarse contra Dios que así respondía a su incipiente consagración religiosa y a sus intenciones más nobles y generosas. ¿No parecía un desaire de parte de Dios, e incluso un rechazo? ¿Qué había hecho ella? ¿Eran acaso interesadas sus intenciones? ¿Por qué le hacía Dios consentir en algo imposible? ¿Estaría Dios jugando con sus sentimientos?

La joven Rita pudo buscar aliados en su familia, pudo resentirse porque nadie tomó en serio sus ideales, su originalidad e iniciativa personal; no la tomaron en serio hasta sacar la cara por ella. Finalmente pudo rechazar al hombre que le imponían sus padres; al fin y al cabo, ella era la que se casaba; se trataba de su propio futuro, eran cosas muy personales y, por tanto, sagradas. Estaba de por medio su dignidad, diríamos hoy. ¿Y en qué consiste esa dignidad? Bien, sigamos.

Nuestra Santa no asume esas reacciones defensivas, reivindicativas. Nada de eso. Con serenidad, con abnegación de su propia voluntad rastrea los caminos de Dios en medio de la sorpresa, del dolor, de la confusión, pero siempre en actitud humilde y esperanzada. Y la luz se fue abriendo paso en el horizonte oscuro… y resultó que todo estaba bien, que todo era razonable. Nada se perdería. Dios era el mismo, no se mudaba.

Rita fue creciendo y madurando, llena de hermosura y aplomo ante Dios y ante los hombres, no sin abnegaciones personales, a veces en silencio casi insoportable, y aprendiendo a sufrir obedeciendo, aprendiendo la verdadera libertad. Así, Rita se enamoró del marido que le proponían o le imponían. Quiso enamorarse, y lo amó de verdad, en el amor de Dios.

Ella ponía todo de su parte, gracias a su obediencia y oración continua, tratando de asumirlo todo, tal como Dios lo permitía y lo disponía. El matrimonio le acarreó mucho sufrimiento por la escasa correspondencia de su esposo. Irresponsable y violento llegó hasta el maltrato, según cuenta la historia.

Mientras tanto, Rita no devolvía mal por mal; disculpaba, no contaba a los demás su calvario interior buscando compasión o preocupando inútilmente a otros; se refugiaba en Dios. Ella había querido siempre ser fiel a los designios de Dios, manifestados en las circunstancias humanas.

Rita no juzga el comportamiento de su esposo Fernando. Ella trata de comprender su violencia; no está en paz consigo mismo y por eso, la proyecta afuera. Quizás él mismo sufrió violencia en algún tiempo y ahora se estaba defendiendo, protegiéndose. Seguramente él sufre por ser así, por reaccionar de esa manera. Le gustaría ser diferente, llevar de otra manera su hogar, hacerse digno de tal esposa y de los hijos que Dios le confía.

Rita, en vez de acusar o despreciar, trata de sentir tierna compasión por Fernando que sufre en su interior este drama doloroso. Rita ansía que Fernando pueda confiarle su intimidad. De una y mil formas, Rita intenta ganarse la confianza de su esposo; no desespera. El amor le inspira en cada momento lo más oportuno, lo demás no depende de ella.

Podría haber renegado también de tantas rivalidades y problemas entre sus propios parientes o paisanos; podría haber soñado en vivir en otras circunstancias menos conflictivas, con otro esposo, en otra familia; habría sido distinto… Ahí no se podía hacer nada… Pudo haber huido de aquel infierno, pues no era justo que lo tuviera que sufrir, no se lo merecía…

Cuando todo parecía arreglarse, le arrebatan violentamente al esposo; ya estaba dando señales de conversión y acercamiento a Dios. Ahora ni siquiera está cierta de su salvación eterna… Podría haberle permitido Dios algo más de vida para que se confirmara en la fe…

¿Hasta cuándo, Señor? ¿Por qué me pasan a mí estas cosas? ¿Por qué me castiga Dios de esta manera? ¿Y qué va a ser de mí, condenada a ser padre y madre para mis hijos, sin medios y sin trabajo remunerado? ¿Por qué tienen que ver todo esto mis hijos, ellos son inocentes? ¿Por qué tienen que sufrir también ellos? Que me lo carguen a mí, para que ellos no sufran, que no los toquen… ¿Qué va a ser de ellos sin padre? Ya basta, ya no puedo más, no doy más. ¿Hasta cuándo?

Por otra parte, parece que nadie me toma en serio, ya están acostumbrados a verme sufrir, desvalida… “Ése es su destino”, dicen algunos.

Rita podría haberse acabado la vida pensando en los asesinos de su esposo, en su maldad, lamentándose por no haber sabido prevenir o intuir el peligro que corría. Podría haber martillado su cabeza lamentándose por su torpeza, maldiciendo su suerte o soñando en vengarlo. Nada de eso. Sólo busca el perdón de Dios para todos y la obediencia a Dios en todo lo que él permite. Pues al fin y al cabo, Él gobierna como le place, todo lo permite. Es el único justo y sabio. Todo lo hace bien.

Sus hijos arden con deseos de venganza. Rita no reniega, no cae en depresión, no se abandona y se hunde, causando el caos en el hogar, sino que, como la mujer fuerte de Proverbios, se olvida de su propia pena, saca fuerzas de su debilidad para pensar en los demás, en sus hijos sobre todo, y no preocuparlos ni culpabilizarlos, comprende a sus hijos, acoge, arropa, ora ininterrumpidamente, y deja que Dios disponga y abra caminos.

Sus hijos son suyos ciertamente; pero no le pertenecen de manera exclusiva. Antes que suyos, son de Dios. Él también los ama y se preocupa de ellos, más que ella incluso. Al fin y al cabo es problema de Dios, más que de ella. Él verá…

Y queda viuda. Sin embargo, cada vez es menor la confusión, menor la lucha: la corriente de amor, de perdón y de paz es más poderosa cada vez en su vida. Es un río ancho en medio de la selva tropical: no sabe uno hasta dónde llegan sus aguas, no sabe uno dónde están sus riberas; avanza sereno hacia el mar, imperturbable.

Y así, los horizontes son cada vez más luminosos en la vida de Rita. El poder de Dios encuentra menos obstáculos. Su gloria refulge galanamente en la debilidad humana. También en el convento hay pecado. La espina despide un olor fétido, casi insoportable; las hermanas no siempre aciertan a disimular su repulsa. Son humanas. El hábito no hace al monje.

Rita se ve obligada a recluirse en una celda apartada; quizás oye comentarios acerca de los motivos de su ingreso, de la oportunidad de su admisión, de su dudosa idoneidad para la vida religiosa; quizás algunas personas, incluso, religiosas, dudan acerca del origen divino de su llaga. Quizás es un castigo de Dios… Cuando pide la gracia del jubileo para irse a Roma, le exigen la cura inmediata. Rita no reclama nada, platica solamente con su Amo y Señor.

Así Rita se consume en el amor y el perdón. Se apaga una existencia feliz y fecunda en la tierra para brillar y amanecer eternamente en la gloria de Dios, al servicio de los hombres, sobre todo de sus devotos de todos los tiempos. Rita abarca ambas riberas, por la gracia de Dios, para su bien y el de la Iglesia.

5. Fuentes bíblicas

Rita aprendió de sus padres a ser pacificadora, conforme a la exhortación de san Pedro en su primera carta:

Finalmente, tengan todos un mismo sentir; compartan las preocupaciones de los demás con amor fraternal; sean compasivos y humildes, no devuelvan mal por mal, no contesten el insulto con el insulto; al contrario, bendigan, ya que fueron llamados a bendecir, y a alcanzar ustedes mismos, por ese medio, las bendiciones de Dios. Porque el que de veras busca gozar de la vida y quiere vivir días felices, cuide que su lengua no hable mal, y que de su boca no salga el engaño. Aléjese del mal y haga el bien, busque la paz y corra tras ella…

¿Y quién les podrá hacer daño si ustedes se afanan en hacer el bien? Por lo demás, felices ustedes cuando sufran por la justicia: no teman las amenazas, ni se turben… Es mejor sufrir por hacer el bien, si tal es la voluntad de Dios, que por hacer el mal (1 Pedro 3, 8-11.13-14.17).

Indudablemente, Rita aprendió del Crucificado el perdón a los enemigos: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”. Rita resume las características de los hijos de Dios.

Ustedes saben que se dijo: Ama a tu prójimo y guarda rencor a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores. Así serán hijos de su Padre que está en los cielos. Él hace brillar el sol sobre malos y buenos y caer la lluvia sobre justos y pecadores.

Porque si ustedes aman a los que los aman, ¿qué premio merecen? ¿No obran así también los pecadores? ¿Qué hay de nuevo si saludan sólo a sus amigos? ¿No lo hacen también los que no conocen a Dios? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto su Padre que está en el cielo (Mateo 5, 43-48).

Parábola del siervo malvado:

El reino de los Cielos es semejante a un rey que resolvió arreglar cuentas con sus empleados. Cuando estaba empezando a hacerlo, le trajeron a uno que debía diez millones de monedas de oro. Como el hombre no tenía para pagar, el rey dispuso que fuera vendido como esclavo, junto con su mujer, sus hijos y todas sus cosas, para pagarse de la deuda.

El empleado se arrojó a los pies del rey, suplicándole: “Ten paciencia conmigo y yo te pagaré todo”. El rey se compadeció y no sólo lo dejó libre, sino que además le perdonó la deuda.

Pero apenas salió el empleado de la presencia del rey, se encontró con uno de sus compañeros que le debía cien monedas; lo agarró del cuello y casi lo ahogaba, gritándole: “Paga lo que me debes”. El compañero se echó a sus pies y le rogaba: “Ten un poco de paciencia conmigo y yo te pagaré todo”. Pero el otro no lo aceptó. Al contrario, lo mandó a la cárcel hasta que le pagara toda la deuda.

Los compañeros, testigos de esta escena, quedaron muy molestos y fueron a contarle todo a su patrón. Entonces el patrón lo hizo llamar y le dijo: “Siervo malo, todo lo que me debías te lo perdoné en cuanto me suplicaste. ¿No debías haberte compadecido de tu compañero como yo me compadecí de ti?” Y estaba tan enojado el patrón que lo entregó a la justicia, hasta que pagara toda su deuda.

Y Jesús terminó con estas palabras: “Así hará mi Padre Celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos” (Mateo 18, 23-35).

Rita practicó los sabios consejos de san Pablo:

Que el amor sea sincero. Aborrezcan el mal y cuiden todo lo bueno. En el amor entre hermanos, demuéstrense cariño unos a otros. En el respeto, estimen a los otros como más dignos. En el cumplimiento del deber, no sean flojos. En el espíritu, sean fervorosos y sirvan al Señor.

Tengan esperanza y estén alegres. En las pruebas, sean pacientes. Oren en todo tiempo. Con los creyentes necesitados, compartan con ellos. Con los que están de paso, sean solícitos para recibirlos en su casa. Bendigan a quienes los persiguen, bendigan y no maldigan. Alégrense con los que están alegres, lloren con los que lloren. Vivan en armonía unos con otros.

No busquen las grandezas, sino que vayan a lo humilde. No se tomen por unos sabios. No devuelvan a nadie mal por mal; procuren ganarse el aprecio de todos los hombres. Hagan todo lo posible, en cuanto de ustedes dependa, para vivir en paz con todos. No se hagan justicia por ustedes mismos, queridos hermanos; dejen que Dios sea el que castigue.

Ya la Escritura lo dice: “Yo castigaré, yo daré lo que corresponde”. Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber, haciendo eso amontonarás brasas sobre tu cabeza. No te dejes vencer por lo malo; más bien vence el mal a fuerza del bien (Romanos 12, 9-21).

 

6. Consideraciones bíblicas, sicológicas y espirituales: la sanación por el perdón

La falta del perdón constituye quizás el mayor mal de la humanidad. El perdón es una de las manifestaciones más inmediatas e importantes del amor. Así como el amor es la señal indicativa de que hemos pasado de la muerte a la vida, de igual forma el perdón confiere vida al creyente y transmite vida a los demás.

Por eso el hombre necesita estar en paz y poder perdonar. Quien no perdona; está muerto: vive inquieto, violento. Por lo demás, el que odia es un homicida.

De ahí, que Dios quiere que perdonemos. Hemos de reconocer, para empezar bien, que humanamente hablando, es imposible perdonar y olvidar. Pues, por naturaleza, somos susceptibles, resentidos, vengativos; y sin embargo, Dios no sólo quiere que perdonemos; nos manda perdonar.

Nos manda imitarle: “Sean santos como Yo soy santo. No juzguen, no devuelvan mal por mal… así serán hijos del Padre Celestial que hace salir el sol sobre buenos y sobre malos”.

El perdón se aplica a tres niveles de realidad: uno mismo, los demás y Dios.

Mucha gente no se perdona a sí misma; se lamentan constantemente de sus faltas pasadas, maldicen su suerte, sus propios orígenes, tienen un concepto muy miserable de sí mismos, les falta autoaprecio y compasión o ternura para consigo mismos. Por tanto, estas personas deben aprender a recibir el amor de Dios; pues para Dios son valiosos. Él espera mucho de ellos. Él tiene un plan muy especial para ellos.

En un segundo nivel, encontramos a muchas personas que no perdonan a los demás, no pueden perdonar a sus enemigos, ni olvidar las ofensas; recuerdan el daño que les causaron y lo siguen sintiendo como en carne viva, a flor de piel; es algo que no pueden sacarse de encima; esperan poderse vengar algún día, reivindicar sus derechos; sueñan con el día en que, por fin, se les haga justicia y todo quede aclarado, y todo el mundo les dé la razón, y sea reconstruida su dignidad.

Finalmente, hay gente que se ofende con Dios porque “les quitó un ser querido, porque les va mal en la vida, porque parecería que Dios los castiga sin motivo alguno; pues no se merecen tales males; al revés, son honestos, cumplen con Dios y con los hombres, según su conciencia.

Los tres niveles están implicados. Cuando se vive honestamente la relación con uno mismo, por ejemplo, se mejora la relación con Dios y con los demás. Por otra parte, perdonarse a sí mismo, perdonar a los demás y perdonar a Dios, supone un proceso; no es un momento instantáneo; se aprende a perdonar.

Es un arte, el arte de perdonar. Supone aprendizaje. Nadie está exento de este ejercicio que supone esfuerzo. No hay privilegiados por más que tengan un carácter afable o un temperamento pacífico. ¿Qué pasos dar hacia el perdón?


* El primer paso consiste en romper el tifón que nos domina y nos hace recordar obsesivamente el mal que nos causaron. Se martiriza uno a sí mismo: la obsesión martillea la mente, causando dolor de cabeza, presión alta, alucinamiento o hipertensión y a veces amago o principio de locura, incluso.

La persona está como fuera de sí, no vive, no descansa; es preciso desviar la atención de “mi” herida que aún sangra, salir de uno mismo para considerar a la persona que nos ha ofendido, salir para ver la realidad, objetiva y un poco más imparcialmente. Es bueno distraerse, quitar la atención, renunciar a la obsesión.


* En segundo lugar, es preciso renovar la memoria para considerar todo lo bueno que esa persona enemiga nos proporcionó en el pasado. El demonio hacía pecar constantemente al Pueblo de Israel en su éxodo de Egipto, porque les arrebataba la memoria de los portentos que Dios había hecho con ellos; les borraba el recuerdo de lo bueno, y les mostraba con exageración las dificultades del momento.

Por tanto, debemos ser más justos considerando en conjunto la relación con esa persona que nos hirió o nos está hiriendo, real o supuestamente; o la relación con Dios. Ampliar la visión. Ser más justos.


* Un tercer paso hacia el perdón total consiste en tratar de comprender; o sea, considerar a la persona integralmente, en todo su ser consciente e inconsciente. Pues no conocemos sino la periferia de las personas; ignoramos sus múltiples limitaciones en su conciencia, en su voluntad y, por tanto, en su capacidad de decisión y de responsabilidad en lo que hacen.

Debemos admitir que nadie es malo sin motivo, gratuitamente; en principio, no hay personas malvadas o completamente perversas; ellas seguramente son las que más sufren por su incapacidad o maldad. ¡Qué más querrían ellas que ser distintas, no haber cometido tales errores, reaccionar mejor con sus propios familiares, etc.! Pero no pueden, no saben, no aciertan.

Escribe así el padre Larrañaga:

“Él parece orgulloso, no es orgulloso. Es timidez. Parece un tipo obstinado, no es obstinación. Es un mecanismo de autoafirmación. Su conducta parece agresiva contigo; no es agresividad, es autodefensa, un modo de darse seguridad; no te está atacando, se está defendiendo. Y tú estás suponiendo perversidades en su corazón. ¿Quién es el injusto y el equivocado?

Ciertamente, él es difícil para ti; más difícil es para sí mismo. Con su modo de ser sufres tú, es verdad; más sufre él mismo. Si hay alguien interesado en este mundo en no ser así, no eres tú, es él mismo. Le gustaría agradar a todos, no puede… Le gustaría vivir en paz con todos, no puede… Le gustaría ser encantador…

¿Tendrá él tanta culpa como tú propones? En fin de cuentas, ¿no serás tú, con tus suposiciones y repulsas, más injusto con él? Si supieras comprender, no haría falta perdonar” (Encuentro, pág. 132).


* En cuarto lugar, es preciso suspender el juicio sobre nuestros enemigos. Por dos razones: primero, porque no podemos sopesar la culpabilidad, y, segundo, porque el juicio pertenece a Dios. Nuestro hermano no nos pertenece. Su conducta debería dolernos, no tanto por lo que nos ofende a nosotros mismos, sino por lo que se ofende y perjudica a sí mismo, y ofende sobre todo a Dios, que lo creó y lo redimió. A Dios pertenece. Dios ha hecho infinitamente más que nadie por él, por eso, a él le ofende infinitamente más que a nosotros. Al fin y al cabo, ¿qué nos debe a nosotros…?

Hasta cierto punto, que nuestro prójimo se pierda o se salve, es problema más de Dios que nuestro; más le afecta a Él que a nosotros. Es preciso, por tanto, respetar los derechos de Dios; a Él le compete juzgar, pues Él lo ve todo. Él juzgará con justicia, verdad y misericordia.

Dios es celoso de su derecho: sólo Él es juez por ser el dueño. Ni siquiera juzga el Hijo, sólo el Padre. A nosotros nos desborda esa tarea. No nos pertenece. No sabemos apenas nada, ni siquiera nos entendemos a nosotros mismos… Además, la ofensa inferida a nosotros es ridícula comparada con la inferida o causada a Dios.


* En quinto lugar, no podemos saber si somos mejores que los demás, porque no sabemos las gracias que han recibido de Dios. Pues “mucho se le exigirá a quien mucho se le confió”. Quizás tú, en el caso de tu hermano, habrías hecho cosas peores. Por otra parte, él no debe responder ante ti, sino ante Dios.

¿Quién sabe si, ante Dios, tiene más méritos que tú? Si todo lo has recibido de Dios, ¿de qué te glorías? Si tu hermano hubiera recibido lo que has recibido tú… quizás estaría respondiendo a Dios mejor que tú. Dice san Pablo: “¿Por qué te comparas o desprecias a tu hermano?”. Por tanto, como no sabemos, san Pablo nos sugiere la manera de evitarnos mil enredos: “juzguen a los demás como más dignos”. Y se acabó el pleito.


* Por consiguiente, en sexto lugar, no podemos ser muy exigentes con los demás, no sea que desesperemos al pecador y lo empujemos al abismo. Sólo Dios puede exigir. Nuestra responsabilidad es bien concreta: acoger siempre, disculpar siempre, pensar lo mejor. Y así nunca pecaremos.

Se suele decir: “piensa mal y acertarás”. Nosotros decimos: “piensa bien y nunca pecarás”. Piensa bien –aunque a veces te equivoques, pero sólo en un primer momento– y empujarás siempre al pecador a superarse, porque el amor es creativo, rehabilita a la persona, la estimula a ser otra; no le consiente quedarse en el pecado.

El amor todo lo perdona, cree y confía sin límites. Empuja a la persona amada hacia lo que Dios quiere de ella, la estimula y la transforma en algo que está siempre más allá, la eleva. En fin, la recrea o rehace.


* En séptimo lugar, excusar siempre a los demás y acusarse uno a sí mismo. No se trata de compararse para ver quién tiene más culpa o merecimiento; se trata de aprender en todo, crecer a porfía, reconocer que Dios mismo es quien nos pastorea en todo y por todo cuanto sucede.

Hay que ser, eso sí, ovejas de su redil que escuchan su voz; por tanto, excusar siempre a los demás y acusarse uno mismo para ver en qué puedo corregirme o en qué puedo crecer aun más para complacer a Dios, no tanto los hombres. A Él tenemos que rendir cuentas y Él lleva nota de todo. No hay privilegiados ante Dios. A quien mucho se le dio, mucho se le exigirá, y a quien tiene se le dará aún más, y tendrá en abundancia, de sobra. Nos envía para que llevemos mucho fruto.


* Un paso más, el octavo: verlo todo desde la fe; nadie nos ha ofendido, sino que Dios lo ha permitido para nuestro bien. No nos enredemos en consideraciones humanas de causas segundas; no ha sido la casualidad, ni la mala suerte, ni la maldad humana, ni la necesidad fatalista… Es Dios quien ha permitido todo lo que nos pasa, los demás no pueden hacer nada que Dios previamente no autorice.

Porque sólo Él es Dios: “Dios es fiel, y no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas”. Dios, por supuesto, no quiere el mal, pero es capaz de transformar el mal en bien, no para todos sino para aquellos que perseveran en la oración humilde y también imitan el ejemplo de Jesucristo. Dice san Pablo que “todo contribuye para el bien de los que Dios ama o que aman a Dios”.

Por consiguiente, nada ni nadie puede arrebatar la paz al creyente; él se siente en manos de su Padre y permanece impasible e inexpugnable. Nada ni nadie puede empañar la felicidad de los elegidos de Dios, los verdaderos hijos de Dios. Su felicidad no depende de las circunstancias externas, ni de la correspondencia de los humanos, ni siquiera del propio cónyuge o de los hijos.

En fin, la felicidad depende de uno mismo y de Dios, básica y principalmente. Si mi felicidad dependiera de algo exterior a mí, Dios sería injusto porque yo no sería libre, no sería persona, ni Cristo sería el Señor.


* En noveno lugar, es preciso renunciar a llevar la razón o reivindicar mis derechos. Renunciar a que me hagan justicia los humanos algún día. Renunciar lo más decididamente posible, borrar esa posibilidad como condición para comenzar a vivir en paz. Entregar a Dios mis derechos: que Él haga justicia, que los asuntos de Dios sean más importantes que los míos… al fin y al cabo, ¿quién soy yo? ¿Qué me he creído?

Renunciar quiere decir también perdonar, entregarlo a Dios todo y olvidar, poder respirar hondo y sacarse de encima ese peso que oprimía; sentirse liberado de esa maraña asfixiante. Entregarlo todo, desatar a mi hermano, dejarlo libre ante Dios, y olvidar para siempre esa pesadilla que no nos dejaba vivir, pues teníamos que estar custodiando a nuestro hermano maniatado y encarcelado por nuestro resentimiento y venganza.

Más aun, rezar por la persona que nos ofendió, pedir lo mejor para ella. Al rezar estamos ejercitando el amor hacia ese hermano. Ahora tratamos incluso de bendecir a Dios por todo lo que pasó ya que fue para nuestro bien y para su gloria. Bendecimos a Dios, no por el mal, sino porque su amor es infinito hacia nosotros y hacia el hermano; y saca bien siempre aunque sea de lo malo, porque Él no se mueve por las apariencias, ni según el criterio humano, sino según su gran misericordia.

Ya no se ve con malos ojos que Dios sea bueno con el hermano, y que haga lo que quiera con él. Tiene derecho a hacerlo; nosotros no tenemos al Esposo, oímos su voz y nos alegramos, y esto es bastante y suficiente; es nuestra herencia perpetua y nuestra medida rebosante que recibimos siempre del Señor. ¡Gloria al Señor, Padre de todos! ¿Por qué íbamos a ver con malos ojos que Dios sea bueno? ¿No es Él el único Dios?


Para concluir, podríamos ejercitarnos en la práctica del perdón, fomentando sentimientos de compasión, interés y sobreabundancia de cariño, siempre y por sistema, respecto de todos nuestros hermanos, sin excepción, sea cual fuere su situación social, religiosa, familiar, moral, política, etnológica, cultural. De esta forma entraríamos en el mundo ancho y maravilloso del amor infinito de Dios que nos hace realmente hijos suyos.

Estas actitudes cristianas son especialmente hoy necesarias, pues la globalización hace que nos lleguen las noticias buenas, pero también y con mayor frecuencia las malas. Y ante las injusticias y el poder del mal en el mundo, estamos tentados de desesperanza, de reniego, de radicalismos que no son evangélicos.

Permanecer en el amor y la compasión, inocentes como palomas y prudentes como serpientes… viene a ser hoy como un milagro para nosotros… Permanecer en la misericordia incondicional hacia todo ser humano es nuestra tarea más urgente, quizás, y nuestro mayor testimonio frente a tanto radicalismo y violencia de los que no conocen a Dios. Pues por sus obras los conocerán…

7. Peticiones o plegaria universal

Presentemos a Dios nuestras peticiones implorando que nos inspire el Señor sentir y actuar como lo hizo santa Rita en toda su vida.

1. Señor, que te has revelado a los hombres,
– por la intercesión de santa Rita, muéstranos tu rostro, aumentándonos la fe en tu palabra de verdad, y nuestro amor a tu Hijo Jesucristo.

Invitación: Roguemos al Señor.
Respuesta: Te lo pedimos, Señor.

2. Señor, tu sierva santa Rita conservó la paciencia en medio de tantas pruebas y tribulaciones;
– haz que en nuestra vida no seamos jamás motivo de molestia, o irritación para los demás.

3. Señor, que te glorificaste en la vida familiar de santa Rita, utilizándola como instrumento de salvación para su esposo y sus hijos;
– haz que nosotros seamos colaboradores tuyos en la salvación de los hombres, comenzando por nuestros propios hogares, comunidades religiosas o eclesiales.

4. Señor, que concediste a santa Rita la constancia de llamar a las puertas del monasterio hasta ser admitida como religiosa;
– haz que aprendamos el valor del sacrificio y el de la perseverancia en todas las circunstancias de nuestra vida.

5. Señor, que moviste a santa Rita para que prefiriese la muerte de sus hijos a verlos manchados por el pecado del odio y de la condenación eterna,
– enséñanos a perdonar a nuestros enemigos y a vivir en paz con todo el mundo, para que así podamos gozar nosotros mismos de tu paz y bendición.

6. Señor, que diste a santa Rita la paz y la tranquilidad en el monasterio después de tantas penas como había sufrido,
– suscita muchas vocaciones a la vida religiosa, donde muchos hijos tuyos alcancen lo único necesario y adelanten el Reino a este mundo.

7. Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener por la intercesión de santa Rita en esta novena.

8. Señor, que por tu resurrección venciste a la muerte y permitiste que Rita participara de tu victoria,
– concede la vida eterna a todos los fieles difuntos y en particular a los devotos de santa Rita.

Peticiones para el noveno día

9. Dios Todopoderoso, que gobiernas el mundo con sabiduría y amor y que juzgas a cada uno según sus obras con justicia y misericordia,
– ayúdanos, por intercesión de santa Rita, a no juzgar a nadie, para ser libres de todo mal, y servirte con verdad y tranquilidad.

10. Oh Dios, el único Santo, que nos mandas perdonar siempre para llegar a ser verdaderos hijos tuyos,
– concédenos, por intercesión de santa Rita, poder perdonar con sinceridad a nuestros enemigos y gozar de tu paz abundante.

 

Oración conclusiva

Dios Todopoderoso, que te dignaste conceder a santa Rita amar a sus enemigos y llevar en su corazón y en su frente la señal de la pasión de tu Hijo, concédenos, siguiendo sus ejemplos, considerar de tal manera los dolores de la muerte de tu Hijo que podamos perdonar a nuestros enemigos, y así llegar a ser en verdad hijos tuyos, dignos de la vida eterna prometida a los mansos y sufridos.

Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

8. Padre Nuestro, Ave María y Gloria (tres veces).

9. Oración final para todos los días

Oh Dios y Señor nuestro, admirable en tus santos, te alabamos porque hiciste de santa Rita un modelo insigne de amor a ti y a todos los hombres.

El amor fue el peso de su vida que la impulsó, cual río de agua viva, a través de todos los estados de su peregrinación por este mundo, dando a todos ejemplo de santidad, y manifestando la victoria de Cristo sobre todo mal.

Ella meditó continuamente la Pasión salvadora de tu Hijo y compartió sus dolores “completando en su carne lo que faltaba a los sufrimientos de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia”.

Aleccionada en su interior por la consolación del Espíritu Santo, Rita se convirtió en ejemplo de penitencia y caridad, experimentando continua y gozosamente, cómo la cruz del sufrimiento conduce a la alegría verdadera y a la luz de la resurrección.

De esta manera, se convirtió en instrumento de salvación al servicio del Dios providente, para bien de todos los hombres, sus hermanos, sobre todo en su propio hogar, en su familia, y finalmente en la comunidad agustiniana y en tu Iglesia.

Te damos gracias, oh Padre de bondad, fuente de todo don, y te bendecimos por las maravillas obradas en la vida de santa Rita de Casia, tu sierva. A la vez, te imploramos ser protegidos por su poderosa intercesión, de todo mal, llegando a cumplir tu voluntad en todas las circunstancias de nuestra vida, de acuerdo a los ejemplos de santidad que Rita nos dejó.

Te lo pedimos por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

10. Gozos a santa Rita

CORO

Tú que vives de amor,
y en el amor te recreas,
bendita por siempre seas,
dulce esposa del Señor.

ESTROFAS

1. Cual del ángel la belleza
difunde luz celestial,
exhalaba su pureza
tu corazón virginal.
Danos guardar esa flor,
que es la reina de las flores,
y ponga en ella su amor
el Dios de santos amores.

2. Santa madre, santa esposa,
en las penas y amarguras
brindaba tu amor dulzuras,
como fragancias las rosas.
Trocando en templo tu hogar
buscaste en Dios el consuelo:
almas que saben amar
hacen de un hogar un cielo.

3. Como esposa del Señor
con alma de serafín,
en tu amor ardió el amor
del corazón de Agustín.
Amor que Dios galardona
y en prenda de unión divina,
brota en tu frente una espina
y una flor en su corona.

11. Himno a santa Rita de Casia

Gloria del género humano,
Rita bienaventurada,
sé nuestra fiel abogada (tres veces)
cerca del Rey soberano.

Nido de castos amores,
fue tu corazón sencillo,
claro espejo, cuyo brillo
no hirieron negros vapores.
Haz que nunca amor profano
tenga en nuestro pecho entrada.

Gloria del género humano…

NOTA: Los contenidos de esta Novena a Santa Rita están tomados, con la debida autorización, del librito publicado por Ed. Paulinas, Lima 2015. Asociación Hijas de San Pablo, Lima, Perú.


El maná de cada día, 22.5.18

mayo 22, 2018

Martes de la 7ª semana del Tiempo Ordinario

 

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Dios resiste a los soberbios, mas da su gracia a los humildes



Antífona de entrada: Sal 15, 5-6

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mí suerte está en tu mano: me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad.

Oración colecta

Concédenos, Dios todopoderoso, que la constante meditación de tus misterios nos impulse a decir y hacer siempre lo que sea de tu agrado. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.


PRIMERA LECTURA: Santiago 4, 1-10

Queridos hermanos:

¿De dónde proceden los conflictos y las luchas que se dan entre vosotros? ¿No es precisamente de esos deseos de placer que pugnan dentro de vosotros? Ambicionáis y no tenéis, asesináis y envidiáis y no podéis conseguir nada, lucháis y os hacéis la guerra, y no obtenéis porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, con la intención de satisfacer vuestras pasiones.

Adúlteros, ¿no sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Por tanto, si alguno quiere ser amigo del mundo, se constituye en enemigo de Dios.

¿O es que pensáis que la Escritura dice en vano: «El espíritu que habita en nosotros inclina a la envidia»? Pero la gracia que concede es todavía mayor; por eso dice: «Dios resiste a los soberbios, mas da su gracia a los humildes».

Por tanto, sed humildes ante Dios, pero resistid al diablo y huirá de vosotros. Acercaos a Dios y él se acercará a vosotros.

Lavaos las manos, pecadores; purificad el corazón, los inconstantes. Lamentad vuestra miseria, haced duelo y llorad; que vuestra risa se convierta en duelo y vuestra alegría e aflicción. Humillaos ante el Señor y él os ensalzará.

SALMO 54, 7-8.9-10a.10b-11.23

Encomienda a Dios tus afanes, que él te sustentará.

Pienso: «¡Quién me diera alas de paloma para volar y posarme! Emigraría lejos, habitaría en el desierto.»

«Me pondría en seguida a salvo de la tormenta, del huracán que devora, Señor; del torrente de sus lenguas.»

Violencia y discordia veo en la ciudad: día y noche hacen la ronda sobre sus murallas.

Encomienda a Dios tus afanes, que él te sustentará; no permitirá jamás que el justo caiga.


Aclamación antes del Evangelio: Gal 6, 14

No permita Dios que yo me gloríe en algo que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo.


EVANGELIO: Marcos 9, 30-37

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos.

Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará».

Pero no entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?».

Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante.

Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».

Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado».


Antífona de comunión: Sal 9, 2-3

Proclamaré todas tus maravillas; me alegraré y exultaré contigo y entonaré salmos a tu nombre, Dios Altísimo.

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Si destruyes al prójimo por envidia, orgullo y ansias de poder el Papa te da este consejo

Comentario del Papa a las lecturas bíblicas de la misa de hoy, en Santa Marta

VATICANO, 17 May. 16 / 04:33 am (ACI).- La tentación de la mundanidad es una de las principales que sufre todo cristiano y contra la que debe luchar. Así lo dijo el Papa Francisco en la homilía de la Misa en la Casa Santa Marta al advertir que muchos destruyen al prójimo por sus ansias de poder y de ser más que el prójimo.

Al comentar las lecturas del día, el Santo Padre explicó que Jesús enseña a sus discípulos el camino del servicio cuando se preguntan quién es el más grande entre ellos. “Jesús habla un lenguaje de humillación, de muerte, de redención y ellos hablan un lenguaje carrerista: ¿quién estará más alto en el poder?”.

Esta es “una tentación que tenían ellos”, eran “tentados por el modo de pensar del mundo mundano”. “En el camino que Jesús nos enseña para ir adelante, el servicio es la regla”.

“El más grande es el que más sirve, aquél que está más al servicio de los otros, no el que cuenta, el que busca el poder, el dinero… la vanidad, el orgullo… No, estos no son los grandes”, afirmó el Papa.

“Esto es lo que sucedió con los apóstoles, también con la madre de Juan y Jacob, es una historia que sucede cada día en la Iglesia, en cada comunidad. ‘De nosotros, ¿quién es el más grande?, ¿quién manda?’. Las ambiciones. En toda comunidad –en las parroquias o en las instituciones– siempre hay esta querencia de ‘escalar’, de tener el poder”.

Francisco manifestó entonces que “la vanidad, el poder… es como y cuando tengo esta querencia mundana de ‘ser con el poder’, no de servir, sino de ser servido, no se ahorra nunca cómo llegar: los chismes, ensuciar a los otros… la envidia y los celos llevan a este camino y destruye. Y esto nosotros lo sabemos todos”, aseguró.

El Obispo de Roma expresó que ocurre “en cada institución de la Iglesia: parroquias, colegios, otras instituciones, también en los obispados… todos. La querencia del espíritu del mundo, que es espíritu de riqueza, vanidad y orgullo”.

“Cuando los grandes santos decían sentirse muy pecadores es porque habían entendido este espíritu del mundo que estaba dentro de ellos y tenían muchas tentaciones mundanas”.

“Ninguno de nosotros –prosiguió– puede decir: no, yo soy una persona santa, limpia”, pero “todos nosotros somos tentados por estas cosas, somos tentados de destruir al otro para subir”, afirmó.

“Es una tentación mundana, que divide y destruye la Iglesia, no es el Espíritu de Jesús”, recordó antes de pedir imaginar la escena: ‘Jesús que dice estas palabras y los discípulos que dicen ‘no, mejor no preguntar demasiado, vamos adelante’, y los discípulos que prefieren discutir entre ellos sobre quién será el más grande”.

Francisco terminó diciendo: “Nos hará bien pensar en las veces que hemos visto esto en la Iglesia, en las veces que nosotros hemos hecho esto, y pedir al Señor que nos ilumine para entender que el amor por el mundo, es decir, este espíritu mundano, es enemigo de Dios”.

 


Santa Rita de Casia: Vida breve

mayo 21, 2018

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Santa Rita de Casia, mística de la Pasión del Señor. Estigma de la espina.

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INTRODUCCIÓN

La finalidad de esta entrada sobre Santa Rita de Casia

Amable lector, santa Rita es una figura señera en la familia agustiniana. Suele ser conocida como la mujer que pasó por todos los estados de la vida con gran entereza cristiana. Esa particularidad condujo a Rita a vivir de una manera especial la vocación fundamental de todo bautizado: el amor a Dios y al hermano.

Además, en los últimos cuarenta años de su vida cristiana, Rita pudo extraer las últimas consecuencias del bautismo consagrándose a Dios como esposa del Cordero, como monja. De esta manera nos ayuda a comprender las vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal. Y también nos da ejemplo a los que hemos recibido ese don.

Por eso, santa Rita constituye una verdadera joya en la familia agustiniana que nosotros, como agustinos, debemos compartir con toda la Iglesia. De esta forma Rita seguirá luciendo como un ejemplo luminoso para muchísimas personas en nuestros tiempos.

Eso es lo que pretendo precisamente con las entradas que, Dios mediante, iré colgando en esta páginare. Intentaré dar a conocer a todos, pero en particular a las mujeres, la grandeza y santidad de Rita para que les sirva de apoyo y estímulo en las diversas situaciones de la vida.

Como se desprende de lo anterior, la finalidad de esta página es pastoral tanto en la parte biográfica como en la novena. Sobre todo en ésta, trataré de acoger y acompañar el crecimiento espiritual de muchas personas en su vida personal y familiar, a la luz de los ejemplos de santa Rita. Pretendo ayudarles en su carrera hacia la santidad que es la vocación de todo bautizado.

El contenido bíblico y doctrinal de la novena en honor de santa Rita gira en torno a dos polos que son prioridad en la nueva evangelización a la que nos está llamando reiteradamente la Iglesia y que la Orden trata de llevar adelante: la familia, la vida, la transmisión de la fe a las nuevas generaciones  y las vocaciones, tanto las laicales como las de especial consagración.

Resumo el contenido de la novena y su enfoque diciendo que en ella se ofrecen unos apuntes de evangelización tipo personalista y familiar, más vivenciales que teóricos, con fundamentos bíblicos y agustinianos, trenzados en torno a la figura legendaria de santa Rita de Casia.

Ésta es precisamente la envoltura que la tradición ha elaborado para transmitirnos íntegra la invalorable obra de arte de la gracia de Dios: santa Rita de Casia, nuestra hermana, especial abogada ante Dios en las situaciones difíciles.

Sin excluir a nadie, estas consideraciones las ofrezco de manera especial a las madres y esposas afiliadas a la Fraternidad Seglar Agustino-Recoleta y a la Asociación de Madres Cristianas Santa Mónica. Ojalá que descubran en santa Rita el modelo cercano y seguro que les lleve al Evangelio: a la felicidad de una vocación totalmente lograda.

Quiera el Señor, el único santo, glorificarse en esta pequeña contribución a la tarea eclesial y agustiniana por volver a las fuentes de la santidad. Divulgando y compartiendo los dones específicos del Señor a nuestra familia agustiniana, contribuiremos al embellecimiento de la Iglesia, esposa de Cristo, en los umbrales del tercer milenio.

María, la estrella de la evangelización, interceda por nosotros, ante su Hijo, luz del mundo. Ella, que es Madre de consolación, enjugue las lágrimas de las madres y esposas, y las fortalezca para construir día a día, con todos los suyos, verdaderos hogares cristianos, templos de Dios en el mundo y semilleros de vocaciones a la santidad.

¡Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo!

NOTA: Los apartados de esta entrada seguirán de cerca los contenidos publicados por Ed. Paulinas, grupo editorial latinoamericano, en Caracas, enero de 2005, con el título Santa Rita de Casia, Vida breve y Novena, del mismo autor. Salvo indicación expresa en otro sentido. Con la debida autorización. Gracias a la Editorial.

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SANTA RITA DE CASIA

Vida breve

Santa Rita es una de las santas más populares de toda la cristiandad. Sus perfiles biográficos e históricos nos han llegado envueltos en los ropajes ampulosos de la literatura hagiográfica y de la épica religiosa.

A la mentalidad crítica histórica le incomoda ese estilo. Pero quizá sea esta característica la que hace más cautivadora la personalidad de nuestra Santa, la sal que mejor conserva la riqueza de su patrimonio espiritual válido para todos los tiempos.

Sin embargo, santa Rita no ha caído del cielo. Emerge de nuestro suelo y crece en nuestra tierra fecundada por el Evangelio. Surge en el seno de un hogar cristiano. Se alimenta de valores cristianos, específicamente agustinianos.

Florece en santidad viviendo los distintos estados de vida en el mundo, y culmina su peregrinación terrena dentro del claustro como religiosa agustina. Recorramos con devoción los hitos biográficos e históricos más importantes de santa Rita de Casia.


1.  Ambientación histórica. Nacimiento, infancia y adolescencia de santa Rita


2.  Juventud y matromonio de santa Rita. Viudedad.


3.  Ingreso al convento. Santa Rita, monja de clausura. Estigmatizada. Leyendas de santidad.


4.  Muerte de santa Rita. Taumaturga


5.  Las fuentes históricas de la vida y santidad de santa Rita


6.  Reconocimiento oficial de la Iglesia: Beatificación y canonización de santa Rita.

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1    Ambientación histórica. Nacimiento, infancia y adolescencia de santa Rita.

La vida de santa Rita transcurre entre los siglos XIV y XV, en el ocaso de la Edad Media que da paso al Renacimiento. Los autores colocan su nacimiento en torno al año 1381 y su muerte hacia el 1457. Vivió, por tanto, 76 años.

Se desposó a los 15 años. Habría vivido 18 años de casada, y, después de tres años de viudedad en Rocaporrena, habría entrado al convento de las agustinas de Casia. Tenía 36 años. Al año siguiente hizo la profesión como religiosa y vivió sus últimos 40 años consagrada a Dios.

Los últimos 15 años sufrió el estigma de la espina del Crucificado en la frente, y vivió medio recluida en su celda. Salió del convento para viajar a Roma el año 1450 a fin de ganar el jubileo del año santo. Los últimos cuatro años los pasó en cama, gravemente enferma.

Estos datos se deducen de las fuentes históricas, de la tradición y de las leyendas con las que el pueblo cristiano adornó la existencia de santa Rita. Que nos sirvan esos datos como puntos de referencia para comprender mejor el mensaje espiritual que nos transmite nuestra Santa.

Santa Rita nació el año 1381 en Rocaporrena, aldea perteneciente a Casia, ciudad de la Umbría italiana, situada a unos 150 kilómetros al norte de Roma. En Rocaporrena vivían unas cuarenta familias.

Casia era una ciudad-fortaleza, capital de un pequeño condado que funcionaba como una república relativamente autónoma. Tenía dominio sobre 23 castillos y de ella dependían unas 40 aldeas, entre las que se contaba Rocaporrena, a sólo cinco kilómetros de distancia.

Casia era un centro comercial y político importante, bien comunicada. Se ubicaba en la zona fronteriza entre el reino de Nápoles y los Estados Pontificios. Por eso estaba expuesta a las reyertas entre los güelfos o romanos, partidarios del Papa, y los gibelinos, partidarios del Emperador alemán.

 A Rita, pues, le tocó vivir en tiempos especialmente marcados por convulsiones políticas, sociales y religiosas. En el tiempo, santa Rita es contemporánea de san Bernardino de Siena (1380-1444) y de san Juan Capistrano (1386-1456).

La Iglesia vive, en ese tiempo, momentos difíciles por distintos motivos, entre ellos, el Cisma de Occidente (1378-1417). Eso no impide que se den frutos de santidad como los anotados. Casia pertenece eclesiásticamente a la arquidiócesis de Espoleto.

Ciudades cercanas a Casia y notables por los muchos santos que en ellas nacieron o vivieron son: Asís, Tolentino, Montefalco, Loreto, Perugia, Rieti y Nurcia.

En Casia se respira un ambiente religioso intenso. Hay bastante clero secular y muchas iglesias. Desde hace tiempo se instalaron en Casia los frailes agustinos y los franciscanos. Los agustinos llevan más de un siglo, es decir, desde el comienzo de la Orden, la Gran Unión de 1256.

En sus alrededores había eremitorios agustinos, de hombres y probablemente también de mujeres. Algunas leyendas colocan a Rita en un eremitorio de Rocaporrena.

En Casia los agustinos tenían un convento con una iglesia dedicada a san Agustín. En ella se daba culto además a san Juan Bautista y a san Nicolás de Tolentino, que serán los tres protectores de santa Rita.

Y también había dos monasterios de agustinas: el de Santa Magdalena y el de Santa Lucía.

Los padres de Rita fueron Antonio Lotti y Amanda Ferri. Son artesanos que viven en la aldea de Rocaporrena. Son gente muy honesta y profundamente religiosa. Pertenecen a familias distinguidas o, al menos, bien situadas y apreciadas en la sociedad.

No tuvieron más que una única hija: Rita. La consideraron un regalo de Dios, ya que según la leyenda eran estériles.

Desempeñan el oficio cívico de “juzgado de paz o de reconciliación” en las disputas y juicios entre los vecinos del pueblo y alrededores. Son llamados “pacificadores de Jesucristo”.

El nacimiento de Rita fue adornado por la literatura hagiográfica de Florecillas con rasgos y curiosidades tomados de los nacimientos milagrosos de Isaac, Sansón, Saúl, y de san Juan Bautista.

Así se dice que santa Rita nace de padres ya ancianos y estériles. Es anunciada a sus padres por un ángel del cielo que les revela el nombre que llevaría. Su nacimiento produce gran alegría en el pueblo.

Al bautizarla, en la Colegiata Santa María de la Plebe de Casia, le pusieron el nombre que había anunciado el ángel: Margarita, que significa “piedra preciosa” o “perla”; pero fue más conocida por su nombre de cariño, “Rita”; y así ha pasado a la posteridad.

Sobre su infancia corrió de boca en boca la leyenda de las abejas. Los padres habían dejado a la niña Rita en la cuna a la sombra de un árbol mientras laboraban en el campo. De pronto vieron revolotear alrededor de la cuna un enjambre de abejas blancas que entraban y salían de la boca de la niña sin causarle ningún daño y elaboraban en sus labios un panal de miel.

Un labriego que intentaba ahuyentar a las abejas fue curado de una herida en la mano. Los padres y el campesino se abrazaron dando gracias a Dios.

Aunque el relato tiene como fondo la aldea de Rocaporrena, en el monasterio de Casia se muestran hasta hoy las llamadas “abejas de santa Rita” que producen ricos panales de miel en las grietas de la pared del convento.

Rita va creciendo en un ambiente familiar muy religioso y aleccionador, pues sus padres hacen de su vida una constante oración, de práctica religiosa, laboriosidad, ejercicio de la reconciliación y de amor a los pobres con los que comparten sus bienes.

En consecuencia, se cuenta que desde muy niña Rita se interesó por la oración y se distinguió por su vida piadosa y caritativa. Particularmente era devota de Jesús Crucificado. Con frecuencia se retiraba a orar en una habitación de la casa donde había construido una especie de ermita.

Rita creció como una muchacha normal del pueblo, ocupada en la casa, sola o con amigas, y acompañando a sus padres en las prácticas religiosas.

Además de su padres, influyeron en la educación de la pequeña Rita, una prima suya mayor que ella, Catherina Antonii Mancini, que se hizo religiosa agustina. Es muy probable que Catherina influyese en la inclinación de Rita a la vida religiosa. De hecho acudía frecuentemente a visitarla.

También se cita a un ermitaño agustino que instruía a la joven Rita. Es casi seguro, pues, que recibiera alguna enseñanza escolar y que aprendiera a leer.

Además de estos indicios, existe otro dato a favor de tal suposición: inmediatamente después de su muerte la pintaron, en su propio ataúd, con un libro abierto en la mano. Sin embargo y a pesar de lo expuesto, no se conserva ni su autógrafo ni una sola letra suya.



2   Juventud y matrimonio de santa Rita. Viudedad.

Rita creció como una muchacha normal: debió de tener una constitución delicada pero sana, de estatura normal para entonces o más bien baja, de acuerdo a los retratos del ataúd y a sus dimensiones, 158 centímetros de largo.

En su juventud pensó hacerse religiosa, probablemente agustina, porque era muy conocido en la comarca el convento de las agustinas de Casia.

Sin duda, Rita habría estado muchas veces en Casia: la primera vez, la llevaron para ser bautizada, después habría acompañado a sus padres para hacer compras o diversas diligencias, para asistir a ceremonias religiosas, procesiones, o para escuchar a famosos predicadores.

Así que debía de conocer a los frailes agustinos y a las monjas agustinas. Además, los agustinos, más que los franciscanos, atendían espiritualmente las aldeas y capillas de los alrededores de Casia, al menos en ciertas celebraciones.

Sin embargo, la vocación religiosa no la pudo seguir de momento, porque los padres creyeron que lo mejor para ella era el matrimonio. En aquel tiempo era costumbre que los padres arreglaran el matrimonio de los hijos, pero no hasta el punto de obligarlos en un sentido o en otro.

Los padres de Rita se preocupaban del futuro de su hija única y buscaron lo mejor para ella. A Rita le salió pronto un pretendiente. Se llamaba Pablo Fernando Manzini, y era hijo de un oficial del Castillo de Collegiacone. Debido a este origen, algunos autores lo califican de soldado o militar.

Los padres de Rita lo consideraron buen partido para su hija y abrigaron la esperanza de que la haría feliz. Cuenta, por otra parte, la tradición que Fernando era un joven impulsivo, temperamental y resentido. Para destacar la paciencia de Rita algunos biógrafos han exagerado los defectos de Fernando.

Sin embargo éste no pudo ser tan conflictivo antes de casarse, pues entonces los padres de Rita no la hubieran animado tanto a casarse con él, sino más bien habrían tratado de disuadirla. Es también probable que, una vez casado, los defectos se agravaran, como suele suceder por lo general.

El caso es que Rita Lotti se desposó con Fernando y lo amó tiernamente formando con él un matrimonio bendecido por el Señor, dándole todo el valor del sacramento cristiano. La bondad de Rita superó las asperezas del marido e hizo posible una vida de paz y de concordia hogareña.

De la unión matrimonial nacieron dos hijos, según algunos autores, gemelos o morochos: Juan Santiago y Pablo María.

Dicen que Fernando llegó a maltratar alguna vez a Rita, pero ésta logró su conversión con paciencia, sacrificio, ternura y oración. Cuando parecía que todo funcionaba mejor en el hogar y cuando Fernando se iba retirando de las malas compañías, inesperadamente, fue asesinado junto al río Corno.

No sabemos exactamente la causa ni los responsables. Hechos así eran relativamente frecuentes en aquellos tiempos y particularmente en la ciudad de Casia y su entorno: bandolerismo, ajuste de cuentas, asaltos, asesinatos, venganzas, intrigas políticas.

Rita, gracias a su educación y a la madurez de su fe, logró perdonar de corazón y casi de inmediato a los asesinos. A los pies del Crucificado había aprendido a perdonar a los demás. Rita oraba por los que le habían arrebatado a su esposo y al padre de sus hijos. Era muy doloroso, pero Dios le concedía la gracia de poder perdonar.

A sus hijos Juan Santiago y Pablo María les resultaba muy difícil comprender lo sucedido y poco menos que imposible perdonar a los asesinos de su padre porque en aquellos tiempos se consideraba, con frecuencia, una obligación ineludible vengar la muerte de un ser querido.

Rita, como madre cristiana, suplicó insistentemente a sus hijos que perdonaran a los asesinos como lo hizo Jesús en la cruz. Con dolor de madre y con no menor fortaleza y abnegación de creyente, expresaba ante Dios sus deseos y pedía la ayuda divina para saberse comportar como madre y como cristiana. Sin embargo, no veía los frutos de su oración por sus hijos que seguían renuentes al perdón.

Llegó a pensar, e incluso a manifestarle a Dios en la oración, que prefería ver muertos a sus dos hijos, antes que verlos vengar la muerte de su padre. No quería verlos apartados de Dios por el odio y la venganza. Es decir, muertos espiritualmente.

Y cuenta la leyenda que Rita pidió a Dios que se los llevara de este mundo, antes de que se perdieran para siempre.

Se dice que por aquellos tiempos, una epidemia invadió Europa y llegó hasta Rocaporrena. Los hijos de Rita enfermaron y murieron víctimas de la peste, al poco tiempo de la muerte violenta de su padre, en el transcurso de un año.

Rita, pues, perdió en muy poco tiempo a toda su familia. Algo muy duro que puso a prueba su madurez espiritual. Entonces ella se queda a solas con su dolor, viuda, y sin los hijos de sus entrañas y de sus lágrimas.

Para la tradición los restos mortales de Fernando y de los dos hijos descansan en la Capilla de San Montano en Rocaporrena, su pueblo natal.

El comportamiento cristiano de Rita que practica el perdón, la oración y el amor a los asesinos de su esposo da la talla de su santidad. Este testimonio cristiano no se limita a su propio hogar.

Inmediatamente después de la muerte de su esposo, se afana con toda prudencia y valentía en lograr la reconciliación entre las dos familias afectadas por aquel asesinato. Las leyes de aquel tiempo exigían una reconciliación pública y un compromiso de paz expresado por los bandos encontrados o enemistados.

Debían recurrir hasta tres veces ante las autoridades o ante los jueces de paz o pacificadores para que así se garantizara la paz y la convivencia en la ciudad, en la sociedad.

Rita participó activa y casi protagónicamente en ese proceso de reconciliación. Así experimentó en su propia carne lo que había visto realizar tantas veces a sus padres en su oficio cívico y cristiano como pacificadores de Jesucristo.

Cumplida con éxito esta tarea de reconciliación, renacen en su corazón, con más fuerza que nunca, los deseos de entregarse totalmente al Señor en la vida religiosa. También es posible que la reconciliación de las familias fuera la condición para ingresar al convento, como veremos enseguida.

Sea lo que fuere, la verdad es que Rita piensa bien las cosas y las coloca en la oración, pidiendo las luces del Espíritu.

Por fin, se decide a golpear las puertas del convento de Santa María Magdalena de agustinas en Casia. La primera vez es rechazada, y la segunda, y la tercera.

Algunos biógrafos creen que era rechazada por su condición de viuda.
Sin embargo, parece que la viudedad no era de por sí un impedimento para ingresar al convento. Más bien, se cree que la dificultad para ser aceptaba radicaba en que era viuda de un marido asesinado, muerto violentamente.

Y mientras las partes implicadas no se reconciliaran, no podía ingresar al convento. Es decir, no podía introducir al convento el odio y la venganza de las familias enemistadas, pues dentro del convento podía haber monjas pertenecientes a uno u otro bando. En este caso, posibles monjas familiares o simpatizantes de los asesinos de Fernando, el esposo de Rita.

Si Rita quería ingresar al convento, antes debía dejarlo todo arreglado en el siglo: la reconciliación de las familias; la distribución de los bienes materiales; la probable dote entregada al convento. Pues en algunas representaciones pictóricas Rita aparece entregando dinero para reparar el convento.

Se supone que en el convento vivirían unas doce monjas. De siete de ellas conocemos los nombres.

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3. Ingreso al convento. Santa Rita, monja de clausura. Estigmatizada. Leyendas de santidad.

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Sea como fuere, al final logró el ingreso de una forma milagrosa. Primero, el milagro de la reconciliación. Y segundo, el que cuenta la tradición de la siguiente manera.

Una noche estaba Rita en Rocaporrena orando a sus santos protectores, Juan Bautista, Agustín y Nicolás de Tolentino, y pidiéndoles el ingreso al convento de las agustinas. Ya llevaba tres años empeñada en conseguir el ingreso al convento.

Pues bien, cuenta la tradición que Rita fue llevada en vuelo desde “La Roca”, un lugar alto y rocoso de Rocaporrena, por los aires, hasta el coro del convento de las agustinas de Casia, donde las monjas se la encontraron al ir a rezar las oraciones de la mañana.

Ellas consideraron el hecho como un milagro y de inmediato la aceptaron como postulante al noviciado. Corría el año 1417. En el lugar de La Roca, o del Scoglio se levantó una capilla en honor de la Santa que ha llegado hasta nuestros días.

Parece que era un lugar de oración para los lugareños y en especial para Rita. Algunos autores nos la retratan incluso como catequista presidiendo una procesión de rogativas pidiendo lluvia para los campos.

Al entrar en el convento Rita culmina una etapa de su vida que se habría desarrollado en Rocaporrena, en un ambiente familiar, sin protagonismos ni actividades mundanas, cercana a la gente sencilla de su aldea, dedicada íntegramente al servicio de los suyos y de los pobres.

Ella vivió en silencio, entregada a Dios con oraciones frecuentes en la medida en que se lo permitían sus obligaciones familiares y disfrutando constantemente de la presencia y compañía amorosa de Dios en todo momento, sobre todo, en las dificultades y sufrimientos.

En poco tiempo había vivido mucho. Había procurado por encima de todo no defraudar a las personas que Dios le había encomendado: sus padres, su esposo, sus hijos, y a los pobres. Rita se sentía satisfecha. Había merecido la pena sacrificarse por ellos. Se sentía plena y feliz. A todos los había acercado a Dios, de quien estaban ya gozando en el cielo.

Pero aún no había acabado su peregrinar. Dios todavía esperaba más de ella. Y Rita estaba dispuesta a recorrer el camino de la consagración religiosa en el convento, ayudada por los consejos que san Agustín dejó escritos en la Regla.

Cuentan las crónicas que Rita, una vez en el convento, se entregó con todas fuerzas a la observancia religiosa y a la oración, de manera que ya de novicia parecía una religiosa aventajadísima en la vida comunitaria y monástica. Al final del año de noviciado fue aprobada para formular sus votos de consagración: pobreza, castidad y obediencia.

Con ellos se consagraba a Dios para servirle con un corazón indiviso y se convertía en esposa de Cristo. Seguro que Rita vivió muy intensamente ese desposorio en santidad y justicia.

Para expresarlo la tradición narra que, al día siguiente de la profesión, Rita vio una escalera, como cuenta la Biblia del patriarca Job, con muchos peldaños que representaban todas las virtudes. Un extremo de la misma se apoyaba en la tierra y el otro tocaba el cielo. Por ella subían y bajaban los ángeles. En lo más alto estaba el Señor.

La visión significaba que Rita, ya en el año de noviciado, había practicado todas las virtudes escalando así las más altas cimas de santidad y de unión mística con Dios.

En el convento, al igual que en su pueblo de Rocaporrena, Rita no consta que desempeñara cargos de responsabilidad, que escribiera o tuviera dones de consejo, profecías, dirección espiritual.

No se conserva ni siquiera su autógrafo, ni una palabra suya. Nada. Lo suyo fue siempre servir a los demás, estar sometida a ellos por amor, y obedecer: primero en su familia, y después en el convento. Es la Santa del silencio, de la oración y del compromiso callado. Sumisa y obediente: primero a Dios y por él y en él a todos los demás.

Parece que en el convento formaba parte del grupo de monjas encargadas del rezo coral, porque en su ataúd la pintaron con un libro abierto en la mano. Las monjas analfabetas se ocupaban en trabajos manuales y no tenían responsabilidades en los rezos corales.

La imaginación popular y la tradición han elaborado algunas anécdotas o leyendas sobre la vida de santa Rita en el convento, no tanto para llenar vacíos, como para expresar de manera plástica la santidad, la práctica de las virtudes y los fenómenos místicos con los que Dios la bendijo.

Así, para resaltar la práctica de la obediencia y docilidad de Rita a Dios y a las hermanas, se cuenta que la madre abadesa le mandó regar un tronco de vid que estaba seco. Era algo absurdo. Pero Rita, dice la tradición, lo regó todos los días durante años, hasta que un buen día aquel tronco reverdeció, le brotaron tallos, creció y dio uvas.

Es una forma de resaltar la obediencia de la Santa. Hoy día se muestra al visitante la parra que luce frondosa y fecunda en el patio del convento.

Ya hemos visto que santa Rita, desde pequeña tuvo una gran devoción a Cristo crucificado. La espiritualidad románica que prefería la contemplación de la divinidad de Cristo, había dado paso a la espiritualidad gótica que adora la humanidad del Señor, y en particular considera con toda piedad y compasión los sufrimientos de su pasión y muerte.

Pues bien, la tradición cuenta que el día de Viernes Santo del año 1442, Rita, después de escuchar la predicación del padre Giacomo de la Marca sobre los sufrimientos de Jesús en la pasión y muerte, quedó tan conmovida que, postrada ante una pintura de Jesús Crucificado, le pidió compartir su dolor redentor.

Y fue tal su amor y compasión hacia el Redentor que, por una gracia especial, una espina de la corona del Crucificado se desprendió milagrosamente y fue a clavarse en la frente de Rita en el marco de un arrebato místico.

La espina le produjo una herida dolorosa y nauseabunda que la obligaba a recluirse en su propia celda por el mal olor que despedía, y le acompañó el resto de su vida. Sólo llegó a cicatrizar durante el tiempo que duró su peregrinación a Roma en el año santo de 1450.

La madre abadesa le había prohibido viajar por causa de la herida. Entonces santa Rita pidió a su Señor que cicatrizara la herida temporalmente. Así sucedió de manera milagrosa. Visto lo cual, la madre le permitió viajar a Roma para ganar el jubileo.

Y así, durante los últimos 15 años de su vida sobrellevó el estigma de una espina de la pasión clavada en la propia carne.

El estigma es un fenómeno no tan infrecuente en la Iglesia y en el tiempo de santa Rita. Tiempo atrás había alcanzado el mismo favor san Francisco de Asís (1182-1226) y poco antes santa Catalina de Siena (1347-1380).

Gracias a un deseo intenso, vehemente, y a un amor apasionado de compasión, Dios le permitió a Rita participar de sus dolores y su-frimientos por la redención de los hombres.

La estigmatización fue la gracia y el signo más admirado por sus coetáneos, dentro y fuera del convento, y el hecho más relevante transmitido por la tradición oral que arranca inmediatamente después de su muerte, y que valoran los devotos como el distintivo de la santidad de Rita y de su poderosa intercesión ante su Señor.

Apoyados en ese hecho no dudan en calificarla como la abogada de los casos desesperados o de imposibles. De ahí que desde el principio fue representada con la herida de la espina en la frente: las pinturas de la caja donde se colocó su cuerpo la reproducen con la herida en la frente.

Aun hoy día, después de seis siglos, puede apreciarse de alguna forma en su cuerpo incorrupto el estigma de la frente, como reconocieron los especialistas al examinar sus restos en 1972.

Entre las bellas leyendas de santa Rita merece destacarse la del rosal florido en pleno invierno. Estando Rita en cama próxima a su muerte fue visitada por uno o por varios parientes y conocidos de Rocaporrena. Anotemos que el convento de Santa María Magdalena no era de clausura estricta.

Pues bien, después de platicar con ellos en su propia celda, con toda probabilidad, al despedirlos alguien le dijo si le podían traer algún presente de Rocaporrena. Entonces ella les encargó que le trajeran una rosa del jardín que había en su casa. Algunos autores añaden que les pidió también dos higos maduros, fruto de la higuera de su jardín.

Cuando regresaron al pueblo, fueron al jardín y encontraron la rosa y los higos maduros que Rita había solicitado, algo totalmente insólito en un tiempo inapropiado y en un rosal y en una higuera casi congelados. Los cortaron y se los llevaron a santa Rita.

Ésta tomó la rosa, la olió y la rosa empezó a despedir tal perfume que la habitación de la enferma y el convento entero se llenaron de suave fragancia, que sorprendió a toda la comunidad. La fragancia procedía precisamente de la celda de Rita que siempre olía mal debido a la herida infectada que le acompañaba.

De este relato se originó la práctica tradicional de la bendición de las “rosas de santa Rita” el día de su fiesta, el 22 de mayo, que los enfermos y devotos suelen tomar en infusión o de otra forma como ayuda espiritual y como remedio milagroso.

El perfume de la rosa contrarrestó la fetidez de la herida incurable y expresaba a las claras el olor de santidad que Rita vivía por la gracia de Dios en beneficio de sus hermanas de hábito y de sus devotos de to-dos los tiempos.

Santa Rita vivió en el convento totalmente entregada a la oración y a la penitencia. De ma-nera especial se ejercitaba en la contemplación de los sufrimientos de su Señor en la pasión y muerte. Su vida era una oración continua. Dicen algunos biógrafos que “no podía estar siquiera un momento sin orar ni meditar sobre la sacratísima pasión”.

Por eso, en la celda tenía pintados en la pared el monte Calvario y el santo Sepulcro, para mantener su atención en el amor del Redentor. Junto con la estigmatización Rita gozó de experiencias místicas, en las que se manifestaban la consolación y la unión propias de los desposorios con su Señor.

Tengo que hacerte, amigo lector, una observación: que no encuentro en la literatura consultada ni recuerdo haber escuchado en charlas o predicaciones referencia alguna a la devoción de santa Rita a la Virgen María. En uno de los retratos de la caja ataúd se la representa con un rosario en la mano mirando la cruz del Señor.

Es impensable que santa Rita no contemplara junto a la cruz a la Madre del Crucificado, a la Dolorosa. Seguro que ella compartía también los dolores de la Madre entregando a su Hijo por nuestra salvación.

Remontándonos a su infancia, es seguro que sus padres, tan religiosos, le inculcaran la devoción a la Santísima Virgen. Como devotos de san Agustín por su asistencia al culto en la iglesia de los agustinos en Casia, los padres le transmitirían la historia de san Agustín y su conversión gracias a las lágrimas de santa Mónica, y la historia de la Virgen de la Correa.

Y se supone que ella, en su experiencia matrimonial, buscaría con avidez el ejemplo de santa Mónica que también oró por la conversión de su esposo y de su hijo Agustín. Se sentiría cercana a Mónica, a quien se le apareció la Virgen de la Correa consolándola por la muerte de su esposo Patricio y los extravíos de su hijo Agustín.

Seguro que escucharía casual o intencionadamente los sermones de los agustinos narrando los episodios familiares de Mónica y Agustín, y que ella estaba experimentando en carne propia…

En fin, no parece del todo descabellado tener por probables esas suposiciones, máxime cuando las vidas de santa Mónica y nuestra Santa tienen tantas similitudes. De hecho algunas predicaciones sobre santa Rita parecen calcadas de las Confesiones de san Agustín.

Pero, repito, no he visto nada reseñado al respecto. Espero que sea por ignorancia propia. ¿Será una laguna más en la historia de santa Rita?

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4. Muerte de santa Rita. Taumaturga

La vida de la Santa se fue consumiendo como una cera en el altar del Señor. Los últimos cuatro años los pasó casi permanentemente en cama, aquejada de una grave enfermedad. A veces le visitaban los familiares y amistades.

Todos admiraban la integridad de su vida, su sencillez, la capacidad de perdón y la paz que le embargaba y que transmitía a los demás. Hubo personas que le pedían rogara por enfermos y necesidades especiales, y de hecho le atribuyeron milagros realizados por Dios en vida de nuestra Santa.

Después se consignarán en el Códex miraculorum o Relación de milagros.

Antes de morir, llamó a las religiosas del convento y les dejó este testamento espiritual: “Ánimo, mis queridas hermanas, ha llegado el momento de mi partida. Permaneced en el amor de Jesús amoroso”. Luego pidió los últimos sacramentos que recibió “con grandísima humildad y devoción”.

Finalmente, exhortó a las hermanas a permanecer fieles a su vocación, les pidió perdón a todas, y las animó a “vivir en paz y en caridad fraterna”.

Santa Rita murió en la noche del 22 de mayo de 1457, a los 76 años de edad y 40 de vida consagrada. Cuenta la tradición que un suave perfume invadió todo el convento y las campanas comenzaron a tocar a gloria por sí solas.

Al funeral acudió muchísima gente, atraída por la fama de santidad de que ya gozaba en vida, aunque no muy exteriorizada.

A raíz de su muerte, se multiplicaron los testimonios de milagros y señales prodigiosas obradas por intercesión de santa Rita, comenzando por la curación del ebanista que, una vez sanado de su parálisis, confeccionó la caja ataúd de la Santa.

Los relatos corrían de boca en boca. Muchos fieles de Casia y sus alrededores visitaban el monasterio de Santa María Magdalena para venerar su sepulcro.

Muy pronto, antes de los cinco años de la muerte, exhumaron su cuerpo que, al encontrarlo incorrupto, lo depositaron en una caja de madera ricamente adornada con pinturas que representan a la Santa.

Estos retratos y el epitafio anexo constituyen testimonios preciosos de la vida y santidad de Rita. Su cuerpo incorrupto se conservó en esta obra de arte desde su muerte hasta el año 1745.

En 1692 el rey de España Carlos II regaló una urna barroca. En ella se depositaron los restos el año 1745 y en ella reposaron hasta 1930.

Desde el 18 de mayo de 1947 su cuerpo incorrupto permanece como expuesto a la veneración de los fieles en una urna de cristal ricamente adornada y colocada detrás del altar mayor de la nueva Basílica de Santa Rita bendecida e inaugurada en la fecha y año reseñados.

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5. Las fuentes históricas de la vida y santidad de santa Rita

Como se desprende de la exposición anterior, la vida de santa Rita está plagada de tradiciones y leyendas, y son muy pocos los datos históricos comprobados científicamente.

En realidad sólo tenemos cuatro fuentes bien precisas sobre la vida de la Santa, que datan de los años inmediatamente posteriores a su muerte.

En primer lugar, existe un Códex miraculorum o Relación de milagrosescrita por un notario de Casia, de nombre Domingo Angeli, cinco años después de la muerte de Rita, o sea el 1462.

Este notario recoge los milagros atribuidos a santa Rita desde su muerte. A este primer códice siguieron otros tres códices o fascículos escritos por diversos notarios de Casia en tiempos posteriores.

En segundo lugar, contamos con la caja ataúd en la que fue coloca-do el cuerpo de la Santa. Esta Caja solemne está adornada con pinturas y retratos de santa Rita, que constituyen un testimonio invalorable.

En tercer lugar, contamos con un epitafio poético de cinco tercetos adosado a la caja.

Y la cuarta fuente es una tela o manto antiguo guardado como reliquia en Rocaporrena. Cuatro testigos del proceso de beatificación de 1626, hacen alusión a la devoción, existente en su aldea, al Manto de santa Rita, cuya imposición curaba las fiebres de los devotos y ayudaba a las mujeres en el momento de dar a luz.

De estas cuatro fuentes deducimos lo siguiente:

que santa Rita era de estatura más bien pequeña, 157 centímetros según el médico legal que reconoció su cuerpo en 1972; que pertenecía a una familia acomodada, pues el notario la llamaba “señora” y las pinturas de la caja la representan con un libro abierto en la mano, distribuyendo limosnas y contribuyendo a la reparación del monasterio; que vivió 40 años en el monasterio dedicada a una vida de penitencia y oración; que durante 15 años soportó con ánimo esforzado los dolores de la espina; y que su fama taumatúrgica comenzó con su muerte.

A los cinco años, el notario de Casia recordaba “los muchos milagros y prodigios” que Dios operaba por su intercesión. En la tela antiquísima ya aparece rodeada de las abejas y de las figuras de san Juan Bautista, san Agustín y san Nicolás de Tolentino, y, en exvotos un poco más tardíos, “con la disciplina manchada de sangre en su mano izquierda”.

Los otros datos que figuran en la descripción anterior y en otras historias de santa Rita son más inciertos, no tienen mayor sustentación científica: son fruto de la tradición oral, de la predicación y de las vidas hagiográficas edificantes.

Tendrán que pasar unos 150 años de la muerte de la Santa para que un agustino llamado Agustín Cavallucci de Foligno nos escriba la primera biografía de santa Rita, recogiendo y ordenando sistemáticamente todos lo datos que le proporcionaban la tradición oral y el testimonio de las fuentes históricas que conocía.

Fray Agustín Cavallucci redactó la primera vida de nuestra Santa con el fin de divulgar su conocimiento y su culto y así preparar el proceso de beatificación que se abrió de hecho 16 años más tarde, en 1626.

Mientras tanto, la devoción a santa Rita había tomado consistencia en las prácticas devocionales del pueblo de Dios. Primero en Casia y en Rocaporrena.

El monasterio de las agustinas se había convertido en un santuario de peregrinación pues conservaba incorrupto el cuerpo de la Santa.

También fue tomando mucha importancia la fiesta de santa Rita unida a la del Corpus Christi, la principal de la ciudad, cuya procesión era muy nombrada y concurrida. Posteriormente la fiesta se prolongaba por tres días, comprendía una feria y un torneo famoso.

En Rocaporrena se conservaba la casa de santa Rita, señalada por dos prodigios: fue la única casa que no sufrió las consecuencias del terremoto de 1599; además, en el techo había una abertura que era imposible tapar y decían que era la utilizada por el ángel que visitaba a santa Rita.

Después de la beatificación el obispo mandó convertir la casa en capilla dedicada a santa Rita que todavía hoy existe. De esta manera los devotos disponen de dos lugares emblemáticos para sus peregrinaciones: la Capilla de Rocaporrena y el Santuario de Casia.

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6. Reconocimiento oficial de la Iglesia: Beatificación y canonización de santa Rita.

Además de Casia y Rocaporrena la devoción a santa Rita se extendió rápidamente por la comarca. Los paisanos y los devotos de santa Rita propagaron su fama por la diócesis de Espoleto y por diversos lugares de Italia, llegando pronto a Roma.

Allá existía una importante colonia de casianos. La Orden agustiniana, sobre todo, y también los franciscanos divulgaron y propagaron la devoción a santa Rita. La fama de gran taumaturga y de abogada de imposibles se iba extendiendo más y más entre el pueblo sencillo.

La oportunidad del reconocimiento oficial de la Iglesia para proclamarla beata llegó cuando un grupo de casianos influyentes residentes en Roma y cercanos a la Curia Pontificia ejercieron sus buenos oficios ante el papa Urbano VIII que había sido arzobispo de Espoleto, a cuya jurisdicción pertenecía Casia.

Por tanto, el papa Barberini conocía bien la personalidad de santa Rita y la devoción que le tenía el pueblo sencillo. Varias personalidades oriundas de Casia y residentes en Roma fueron los promotores de la beatificación.

Pero los que formalmente la solicitaron e iniciaron el proceso fueron el Ayuntamiento de Casia y la Orden de San Agustín. También apoyaron los franciscanos.

Como queda dicho fray Agustín Cavallucci publicó en 1610 la primera biografía de santa Rita. El proceso de beatificación fue abierto el año 1626 por el papa Urbano VIII.

Cumplidos los interrogatorios a los testigos de Rocaporrena y Casia y culminados con éxito los demás trámites canónicos, a los dos años la beatificó el mismo papa Urbano en la Iglesia de San Agustín de Roma, el 16 de julio del año 1628.

De esta manera la Iglesia presentaba a santa Rita como ejemplo de madre y esposa, pero sobre todo modelo de persona consagrada a Dios en el silencio del claustro.

Para la aprobación oficial como santa en la Iglesia habrá que esperar hasta el año 1900, aunque de hecho ya fuera venerada como tal por el Pueblo de Dios. Hubo un intento de canonización promovido por la Orden agustina en 1738, que no prosperó.

Hubo que esperar hasta 1887 cuando el papa León XIII, preocupado por la crisis de la institución familiar y por las amenazas de introducir el divorcio por parte del Estado italiano, reconoció en la beata casiana, bien conocida por él habiendo sido obispo de Perusa, un modelo de fundamentación cristiana de la institución familiar.

Y así la presentó a la Iglesia el papa León XIII y la canonizó el 24 de mayo de 1900, junto con san Juan Bautista de La Salle: una pareja simbólica propuesta a la devoción del siglo que se abría.

Sin exagerar los acentos y sin excluir ningún rasgo en la personalidad de Rita, su figura y su ejemplaridad en la Iglesia, hasta el siglo XIX, se concretó preferentemente en su condición de religiosa, pero después fue revalorizada su condición de madre y mujer, a partir sobre todo de su canonización.

Naturalmente, la ejemplaridad varía según los tiempos, según las personas y otras circunstancias imprevisibles y comprensibles. El caso es que santa Rita constituye un tesoro para la Iglesia y para la familia agustiniana, es la perla de Umbría, una joya en la Iglesia, regalo de Dios para todos.

Nuestra santa Rita bendita, motivo de honor para nosotros, un don y a la vez tarea y compromiso para darla a conocer a todos.

Finalmente, como botón de muestra y sin desmerecer a nadie, voy a señalar dos centros promotores de la devoción a santa Rita, ubicados en Casia y en Monachil.

En primer lugar, destacamos la figura de la madre agustina María Teresa Fasce, profesa en el monasterio de Santa Rita de Casia, y después maestra de novicias y abadesa. Nació en Torriglia, Génova, en 1881.

Promovió con todas sus fuerzas la devoción a santa Rita y sus peregrinaciones. Fundó el boletín “De las abejas a las rosas” que ha llegado hasta nuestros días, y construyó la colmena para niñas huérfanas, la casa de ejercicios y el hospital. Falleció el 18 de enero de 1947 y fue beatificada el día 12 de octubre de 1997.

En segundo lugar, los padres agustinos recoletos del convento de Monachil, Granada, fundaron en el año 1905 la revista “Santa Rita y el pueblo cristiano” y montaron a la vez una imprenta para su impresión. Además de la revista se publica el Calendario Misional de Santa Rita.

Durante un siglo la Comunidad Agustino Recoleta ha promovido la devoción a santa Rita organizando múltiples actividades hasta hacer de Monachil el primer centro de peregrinaciones y publicaciones referentes a Santa Rita en España y en los países de habla hispana.

En mayo del 1999 se hizo realidad un deseo y un sueño de muchos devotos de santa Rita: el Hermanamiento de Monachil y de Casia. De esta forma, en nombre de santa Rita, ambas ciudades se han comprometido a revivir y compartir los mismos valores que vivió la Santa, a quien desean venerar siguiendo sus huellas de santidad. Que todo sea para gloria de Dios.


Novena a Santa Rita de Casia (8), 20.5.18

mayo 21, 2018

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OCTAVO DÍA

RITA, ESPOSA DE JESUCRISTO


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1. Señal de la cruz

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


2. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.


3. Oración preparatoria para todos los días

Señor y Dios nuestro, admirable en tus Santos. Venimos a ti, el único Santo, atraídos por el ejemplo de Rita, tu hija predilecta. Nos encomendamos a su poderosa intercesión y queremos imitar su vida de santidad.

Pues tú nos mandaste: “Sean santos porque Yo soy santo”. A la vez, tu Hijo nos ordenó: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”.

Padre de bondad, concédenos poder contemplar durante esta novena con gran admiración y devoción las maravillas que obraste en tu sierva Rita.

Hoy nos unimos a todos los devotos de santa Rita para darte gracias por los ejemplos de santidad que en ella nos dejaste. Concédenos imitarla en la tierra, para que así podamos alabarte con santa Rita y con todos los santos para siempre en el cielo.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


4. Datos biográficos o ejemplos de vida

Recordemos en primer lugar que Rita vivió en los siglos XIV y XV, en el Quattrocento, es decir, en la época de la espiritualidad gótico-renacentista, marcada por el descubrimiento de lo humano, de la belleza natural.

En el aspecto religioso, estos siglos se caracterizan por una espiritualidad centrada en la contemplación piadosa de la santa humanidad de Cristo, y no tanto en la divinidad estática e impasible preferida por la espiritualidad bizantina y románica.

En estos tiempos prevalece la veneración de los misterios del nacimiento, bautismo, pasión y muerte del Señor.

Rita recibió del ambiente religioso y cultural esta espiritualidad. Todos sus biógrafos destacan la temprana piedad de Rita todavía niña y adolescente.

Dice la tradición que a los trece años se retiró a una habitación para dedicarse a la penitencia y a las prácticas de piedad, venerando la santa humanidad de Cristo sobre todo en su pasión y muerte.

Rita amó tiernamente a Cristo humanado, el único rostro del Dios invisible. Sintió particular compasión por el Cristo sufriente.

Cuentan, además, las crónicas que pasaba largos ratos en profunda adoración ante Jesús Sacramentado. También lo veneraba en las personas afligidas por la pobreza o la enfermedad.

Los sentimientos de ternura, compasión y amor sincero que profesaba al Cristo adolorido, los proyectaba también hacia los pobres, hacia los más necesitados. Compartía con ellos vestidos y alimentos.

De esta forma, la espiritualidad de Rita era profundamente alegre y humanizadora: entendía que Cristo la había amado hasta entregarse por ella, y que, por tanto, ella debía corresponder a ese amor infinito con todas sus fuerzas y con todas las consecuencias.

Como se lo había demostrado Jesús a Rita y a todos nosotros, hasta el extremo.

Rita contemplaba admirada ese torrente de amor que llegaba hasta ella, lo agradecía ensimismada y se dejaba invadir del Espíritu del Amor Hermoso para poder, consiguientemente, transmitirlo a los hermanos y devolverlo al mismo Dios, multiplicado.

Con san Pablo, Rita exclamaba: ¡Él me amó y se entregó por mí; fui alcanzada por el amor de Dios cuando era pecadora. Él me amó primero!

Aceptaba gozosa los sufrimientos de la vida: en primer lugar, para imitar a Cristo y compartir sus dolores redentores porque “amor con amor se paga”; y, en segundo lugar, los ofrecía por sus propios pecados, por la conversión y la santificación de su prójimo comenzando por su misma familia y después por sus hermanas de comunidad.

Así Rita suplía lo que faltaba a los sufrimientos de Cristo para llegar hasta sus hermanos. Es decir, prolongaba los sufrimientos redentores de Cristo hasta hacerlos efectivos en favor de sus hermanos, en su familia, en su comunidad conventual.

5. Fuentes bíblicas

Rita respondió tiernamente al requerimiento de Jesús que busca consoladores, según aquel texto de Lamentaciones 1, 12.19.21.16.17:

Todos ustedes que pasan por el camino, miren y observen si hay dolor semejante al que me atormenta, con el que Yahvé me ha herido en el día de su ardiente cólera. Llamé a mis amigos, pero me traicionaron. Oye cómo gimo, no hay quien me consuele.

Por eso lloro yo, mis ojos se deshacen en lágrimas porque está lejos de mí el consolador que reanime mi alma. Sión tiende sus manos: no hay quien la consuele.

Rita acompañó y consoló al Siervo sufriente de Isaías:

… Hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento… estaba despreciado y no hemos hecho caso de él. Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban, y nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado.

Fue tratado como culpable a causa de nuestras rebeldías y aplastado por nuestros pecados. Fue detenido y enjuiciado injustamente sin que nadie se preocupara por él (Isaías 53, 2-9).

Rita, invadida por los sentimientos más ardientes de caridad y de dolor, pidió al Crucificado con muchas lágrimas: “Oh Jesús, hazme partícipe de tus dolores”, y Cristo le concedió el estigma de la espina.

Así pudo exclamar con san Pablo: Yo, por mi parte, llevo en mi cuerpo las señales de Jesús (Efesios 6, 17).

Y también: Al presente, me alegro cuando tengo que sufrir por ustedes, así completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su Cuerpo que es la Iglesia (Colosenses 1, 24-25).

Estoy crucificado con Cristo, y ahora no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Todo lo que me toca vivir, lo vivo transformado por la fe en el Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí (Gálatas 2, 20).

También Rita dijo con su vida lo que escribió san Pablo a los Corintios:

Nosotros proclamamos un Mesías crucificado. Para los judíos, ¡qué escándalo más grande! Y para los griegos, ¡qué locura! Él, sin embargo, es Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios para aquellos que Dios ha llamado (1 Corintios 1, 23-24).

Me propuse no saber otra cosa entre ustedes sino a Cristo Jesús y a éste crucificado (1 Corintios 2, 2).

Dios me libre –exclamaba también san Pablo– de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo.

Por último, Rita sublimaba todo sufrimiento, porque en verdad lo que sufrimos en la vida presente no se puede ni comparar con la gloria que se manifestará después en nosotros (Romanos 8, 12).

Preguntado Jesús sobre el mandamiento principal, contestó: El primer mandamiento es: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor. Al Señor tu Dios amarás con todo tu corazón y con toda tu alma, con toda tu inteligencia y con todas tus fuerzas.

Y después viene éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento más importante que éstos (Marcos 12, 29-31).

 

6. Consideraciones bíblicas y agustinianas

Como buena hija de Agustín, Rita llenó su vida del amor a Dios y al prójimo. Nada más justo y legítimo, porque el amor constituye el núcleo de la espiritualidad agustiniana.

El amor fue el motor de toda la vida de Agustín, la meta siempre perseguida y siempre inalcanzable, hilo conductor de su pensamiento y sus escritos.

La Regla que escribió para los monasterios la encabeza así: “Ante todo, queridos hermanos, amemos a Dios; después, también al prójimo, porque éstos son los mandatos principales que se nos han dado”.

Y al concluirla, resume así su intención: “El Señor os conceda cumplir todo esto por amor, como realmente enamorados de la belleza espiritual; y exhalando el buen perfume de Cristo con vuestra ejemplar convivencia”.

Tratando de acercarnos a la experiencia y enseñanza agustiniana diríamos, en primer lugar, que el plan de Dios y la gracia de Dios llevan al hombre más por la vía afectiva que por la intelectiva. Aceptamos la gracia de Dios en nosotros porque nos proporciona gusto y deleite en las cosas santas.

El hombre está hecho más para gozar que para entender: el imán que más atrae al alma es el amor. El alma humana es particularmente vulnerable al amor; es como la debilidad del hombre.

Por tanto, el hombre, necesaria y libremente, siente, busca y descansa sólo en la fruición del amor y del bien. El hombre busca ser feliz como la meta más añorada, y buscando la felicidad se mueve en todo su pensar y quehacer.

Pero aquí entra el misterio del pecado. ¿Por qué el hombre, si busca la felicidad por encima de todo, escoge el mal, el pecado, su propia perdición?

Porque es engañado: se le presenta un mal bajo apariencia de bien y cae. Elige un bien finito que le agrada de momento, pero que le aparta del bien supremo e infinito. Ese bien finito, se convierte en un mal porque el hombre sólo se saciará con el Bien de Dios, y el bien finito le deja más insatisfecho e infeliz, esclavo de las criaturas.

El hombre se autoengaña por instigación del diablo, que lo enreda en el disfrute de las cosas creadas, al margen de Dios, y aun en contra de Dios.

De esta forma, el hombre no sólo usa, sino que abusa de las cosas, cayendo en la codicia y haciéndose tan vano como las cosas mismas que le tienen atrapado.

Porque somos lo que amamos, dirá san Agustín, parafraseando este texto suyo: “Cada cual es lo que es su amor: amas la tierra, tierra eres; amas a Dios, no me atrevo a decirlo yo, escucha la Escritura: Yo dije: sois dioses e hijos todos del Altísimo”.

Por gracia, Dios nos inspira su amor; por el que podemos, en primer lugar, deleitarnos en sus mandatos y, en segundo lugar, desear y amar lo que nos manda. Así el que ama, no siente el trabajo y, por otra parte, cualquier trabajo resulta pesado para quienes no aman.

Por eso exclamará san Agustín: “Ama, y haz lo que quieras”. Porque de la raíz de la caridad no puede salir sino el bien; así como de la codicia salen todos los males (1 Timoteo 6, 10).

De todo esto se deduce que el camino de la perfección coincide con el camino de la caridad. El progreso en la vida cristiana se medirá por el amor alcanzado a Dios, al prójimo y a uno mismo.

San Agustín dirá: “Caminan los que aman, pues no corremos hacia Dios con nuestros pasos sino con nuestros afectos”.

La perfección cristiana consiste en imitar el amor de Dios o la santidad de Dios, pues son equivalentes: “Sed santos porque Yo soy santo. Sed perfectos como el Padre Celestial es perfecto”, es decir, misericordioso y paciente, que manda la lluvia sobre buenos y malos, que hace brillar el sol sobre justos y pecadores.

Amar a Dios sin medida, por puro amor y sin esperanza de recompensa; y al prójimo como a nosotros mismos, y por amor a Dios: Éste es el camino agustiniano del amor.

Las Constituciones de los Agustinos Recoletos resumen la prioridad del amor en la familia agustiniana: El carisma agustiniano se resume en el amor a Dios sin condición, que une las almas y los corazones en convivencia comunitaria de hermanos, y que se difunde hacia todos los hombres para ganarlos y unirlos en Cristo dentro de su Iglesia.

Elemento primordial del patrimonio de san Agustín y de la Orden es la contemplación, que es “vida bajo el amparo de Dios, vida con Dios, vida recibida de Dios, vida que es Dios mismo”; y, también, la entrega total e incondicionada del hombre a Dios.

El agustino recoleto se siente referido a Dios como a fin último y único. El conocimiento y el amor de Dios, sin otra recompensa que el mismo amor, constituyen el ejercicio del “amor casto”, de la contemplación, que es el principal cuidado del religioso en esta vida, y que se convertirá en felicidad perfecta en el reino celestial” (Constituciones, nn. 6, 8 y 9).

A continuación reproduzco una oración usada tradicionalmente para contemplar los sufrimientos y la pasión del Señor y también para expresar los sentimientos de arrepentimiento y dolor de los pecados que han provocado la pasión del Crucificado.

Un dolor no sólo de atrición o afligimiento sino incluso de contrición. La paternidad literaria de la siguiente oración es discutida. Algunos críticos la creen “agustiniana”. Reza así:

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera;
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera. Amén.

7. Peticiones o plegaria universal

Presentemos a Dios nuestras peticiones implorando que nos inspire el Señor sentir y actuar como lo hizo santa Rita en toda su vida.

1. Señor, que te has revelado a los hombres,
– por la intercesión de santa Rita, muéstranos tu rostro, aumentándonos la fe en tu palabra de verdad, y nuestro amor a tu Hijo Jesucristo.

Invitación: Roguemos al Señor.
Respuesta: Te lo pedimos, Señor.

2. Señor, tu sierva santa Rita conservó la paciencia en medio de tantas pruebas y tribulaciones;
– haz que en nuestra vida no seamos jamás motivo de molestia, o irritación para los demás.

3. Señor, que te glorificaste en la vida familiar de santa Rita, utilizándola como instrumento de salvación para su esposo y sus hijos;
– haz que nosotros seamos colaboradores tuyos en la salvación de los hombres, comenzando por nuestros propios hogares, comunidades religiosas o eclesiales.

4. Señor, que concediste a santa Rita la constancia de llamar a las puertas del monasterio hasta ser admitida como religiosa;
– haz que aprendamos el valor del sacrificio y el de la perseverancia en todas las circunstancias de nuestra vida.

5. Señor, que moviste a santa Rita para que prefiriese la muerte de sus hijos a verlos manchados por el pecado del odio y de la condenación eterna,
– enséñanos a perdonar a nuestros enemigos y a vivir en paz con todo el mundo, para que así podamos gozar nosotros mismos de tu paz y bendición.

6. Señor, que diste a santa Rita la paz y la tranquilidad en el monasterio después de tantas penas como había sufrido,
– suscita muchas vocaciones a la vida religiosa, donde muchos hijos tuyos alcancen lo único necesario y adelanten el Reino a este mundo.

7. Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener por la intercesión de santa Rita en esta novena.

8. Señor, que por tu resurrección venciste a la muerte y permitiste que Rita participara de tu victoria,
– concede la vida eterna a todos los fieles difuntos y en particular a los devotos de santa Rita.

Peticiones para el octavo día

9. Dios Todopoderoso, que concediste a Rita por medio del Espíritu ser revestida de los sentimientos de Cristo,
– ayúdanos, por intercesión de santa Rita, a practicar la obediencia y el silencio en el seguimiento de tu Hijo en nuestros hogares, y en la vida común.

10. Oh Santo Espíritu, derramado en nuestros corazones,
– concédenos, por intercesión de santa Rita, poder contemplar los sufrimientos de Cristo con tal amor que podamos descubrirlo presente en el dolor de nuestros hermanos a los que tratamos de servir en el hogar y en la comunidad de hermanos.


Oración conclusiva

Dios Todopoderoso, que te dignaste conceder a santa Rita amar a sus enemigos y llevar en su corazón y en su frente la señal de la pasión de tu Hijo, concédenos, siguiendo sus ejemplos, considerar de tal manera los dolores de la muerte de tu Hijo que podamos perdonar a nuestros enemigos, y así llegar a ser en verdad hijos tuyos, dignos de la vida eterna prometida a los mansos y sufridos.

Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

8. Padre Nuestro, Ave María y Gloria (tres veces).

9. Oración final para todos los días

Oh Dios y Señor nuestro, admirable en tus santos, te alabamos porque hiciste de santa Rita un modelo insigne de amor a ti y a todos los hombres.

El amor fue el peso de su vida que la impulsó, cual río de agua viva, a través de todos los estados de su peregrinación por este mundo, dando a todos ejemplo de santidad, y manifestando la victoria de Cristo sobre todo mal.

Ella meditó continuamente la Pasión salvadora de tu Hijo y compartió sus dolores “completando en su carne lo que faltaba a los sufrimientos de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia”.

Aleccionada en su interior por la consolación del Espíritu Santo, Rita se convirtió en ejemplo de penitencia y caridad, experimentando continua y gozosamente, cómo la cruz del sufrimiento conduce a la alegría verdadera y a la luz de la resurrección.

De esta manera, se convirtió en instrumento de salvación al servicio del Dios providente, para bien de todos los hombres, sus hermanos, sobre todo en su propio hogar, en su familia, y finalmente en la comunidad agustiniana y en tu Iglesia.

Te damos gracias, oh Padre de bondad, fuente de todo don, y te bendecimos por las maravillas obradas en la vida de santa Rita de Casia, tu sierva.

A la vez, te imploramos ser protegidos por su poderosa intercesión, de todo mal, llegando a cumplir tu voluntad en todas las circunstancias de nuestra vida, de acuerdo a los ejemplos de santidad que Rita nos dejó.

Te lo pedimos por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

10. Gozos a santa Rita

CORO

Tú que vives de amor,
y en el amor te recreas,
bendita por siempre seas,
dulce esposa del Señor.

ESTROFAS

1. Cual del ángel la belleza
difunde luz celestial,
exhalaba su pureza
tu corazón virginal.
Danos guardar esa flor,
que es la reina de las flores,
y ponga en ella su amor
el Dios de santos amores.

2. Santa madre, santa esposa,
en las penas y amarguras
brindaba tu amor dulzuras,
como fragancias las rosas.
Trocando en templo tu hogar
buscaste en Dios el consuelo:
almas que saben amar
hacen de un hogar un cielo.

3. Como esposa del Señor
con alma de serafín,
en tu amor ardió el amor
del corazón de Agustín.
Amor que Dios galardona
y en prenda de unión divina,
brota en tu frente una espina
y una flor en su corona.

11. Himno a santa Rita de Casia

Gloria del género humano,
Rita bienaventurada,
sé nuestra fiel abogada (tres veces)
cerca del Rey soberano.

Nido de castos amores,
fue tu corazón sencillo,
claro espejo, cuyo brillo
no hirieron negros vapores.
Haz que nunca amor profano
tenga en nuestro pecho entrada.

Gloria del género humano…

 

NOTA: Los contenidos de esta Novena a Santa Rita están tomados, con la debida autorización, del librito publicado por Ed. Paulinas, Lima 2015. Asociación Hijas de San Pablo, Lima, Perú.


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