El maná de cada día, 20.12.18

diciembre 20, 2018

20 de Diciembre. Feria de Adviento

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Antífona de entrada: Isaías 11,1; 40,5; Lc 3,6

Brotará un renuevo del tronco de Jesé y la gloria del Señor llenará toda la tierra. Todos verán la salvación de Dios.


Oración colecta

Señor y Dios nuestro, a cuyo designio se sometió la Virgen Inmaculada aceptando, al anunciárselo el ángel, encarnar en su seno a tu Hijo; tú que la has transformado, por obra del Espíritu Santo, en templo de tu divinidad, concédenos, siguiendo su ejemplo, la gracia de aceptar tus designios con humildad de corazón. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 7, 10-14

En aquellos días, el Señor habló a Acaz: «Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.»

Respondió Acaz: «No la pido, no quiero tentar al Señor.»

Entonces dijo Dios: «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”.»


SALMO 23, 1-2.3-4ab.5-6

Va a entrar el Señor, él es el Rey de la gloria.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos.

Ése recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.


Aclamación antes del Evangelio

Llave de David, que abres las puertas del reino eterno, ven y libra a los cautivos que viven en tinieblas.


EVANGELIO: Lucas 1, 26-38

A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.

El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»

Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»

El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»

María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»

Y la dejó el ángel.


Antífona de comunión: Lucas 1, 31

El ángel dijo a María: concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús.

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Y LA PALABRA SE HIZO CARNE

El tema de la “carne” es uno de los más debatidos a lo largo de la historia de la humanidad. Han existido diversas posturas filosóficas, ideológicas o prácticas.

Desde aquellos que veían en la carne una cárcel para el espíritu, hasta los que la han exaltado hasta convertirla en un ídolo con el que alcanzar bienestar, placer, satisfacción, etc.

También en la historia de la Iglesia se han formulado pensamientos y actitudes dispares. Unos han apelado a la apariencia carnal de Jesucristo, pues lo único real era su espíritu.

Otros han llegado a reducir a Cristo a lo estrictamente humano, olvidando su condición divina. Entre una y otra postura, todo tipo de interpretaciones.

Lo admirable del Evangelio es la sencillez con que Dios se da a conocer en el mundo. Dios hecho carne, la persona del Verbo, el hijo de Dios, se hace uno de nosotros para experimentar en la humildad de esa carne la gloria del Todopoderoso.

Sin embargo, no se reserva nada, se nos da enteramente, para que también en nuestra propia carne seamos partícipes de esa intimidad divina.

Ese “habitar entre nosotros” no es un añadido más, sino que es el reconocimiento de que nuestra carne forma parte de lo más digno que hay en el ser humano, es decir, también en ella estamos hechos a imagen y semejanza de Dios.

Siendo Él puro espíritu, la Palabra se hizo carne y nos elevó a ese orden sobrenatural… Por toda la eternidad.

Mater Dei


Perijóresis: La unión en una única esencia sin confundirse

diciembre 19, 2018

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Icono de la Trinidad y la Eucaristía de Rublev

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Perijóresis: La unión en una única esencia sin confundirse

La vía hacia la verdadera unidad está en imitar entre nosotros, en la Iglesia, esa compenetración divina, ¡entra en la Trinidad!

Por el P. Raniero Cantalamessa, ofmc. 

Hay un “lugar”, sólo uno en el universo, donde se da la unidad perfecta entre personas, el amor al otro como a uno mismo. Ese lugar es la Trinidad. El predicador del Papa, Raniero Cantalamessa invitó el pasado 14 de diciembre a entrar en ese Dios vivo, en su segunda predicación de Adviento a la Curia romana, que reproducimos íntegra traducida al español:

 

Cuando se trata del conocimiento del  Dios vivo, una experiencia vale más que muchos razonamientos y yo quisiera empezar esta segunda meditación precisamente con una experiencia.

Hace tiempo recibí la carta de una persona a la que seguía espiritualmente, una mujer casada, fallecida hace algunos años.

La autenticidad de sus experiencias está confirmada por el hecho de que se las ha llevado consigo a la tumba, sin hablar nunca a nadie, excepto a su padre espiritual.

Pero todas las gracias pertenecen a la Iglesia y quiero, por eso, compartirla con vosotros, ahora que ella está junto a Dios. Ella me ha hecho recordar la experiencia de Moisés ante la zarza ardiente. Decía:

Una mañana, mientras esperaba en mi habitación a que vinieran a vestirme, miraba un gran tilo que extendía las ramas delante de la ventana. El sol naciente le envestía por delante. Quedé encantada de su belleza, cuando de golpe mi atención fue atraída por un resplandor extraño, de un blanco extraordinario.

Cada hoja, cada rama se puso a vibrar como llamitas de mil velas. Estuve más maravillada que cuando vi caer la primera nieve de mi vida. Y mi sorpresa aumentó cuando —no sé si con los ojos del cuerpo o no—  en el centro de todo aquel brillo vi como una mirada y una sonrisa de una belleza y de una benevolencia indecibles.

Tenía el corazón que latía enloquecido; sentí que esa potencia de amor me penetraba y tuve la sensación de ser amada hasta lo más íntimo de mi ser. Duró un minuto, un minuto y medio, no lo sé, para mí era la eternidad.

Fui llevada de nuevo a la realidad por un escalofrío helado que me pasó por el cuerpo y con gran tristeza me di cuenta que la mirada y sonrisa se había desvanecido y que poco a poco el esplendor del árbol se apagaba.

Las hojas retomaron su aspecto ordinario y el tilo, aunque investido por la luz radiante de un sol de verano, en comparación con su esplendor anterior, con mi gran decepción me apareció oscuro como bajo un cielo lluvioso.

No hablé a nadie de este hecho, pero poco tiempo después, escuché a la cocinera y a otra mujer que hablaban de Dios entre ellas. Pregunté: “¿Dios? ¿Quién es?”, intuyendo algo misterioso. “¡Pobre pequeña —dijo la cocinera a la otra mujer—, la abuela es una pagana y no le enseña estas cosas!

Dios -dijo dirigida hacia mí– es aquel que ha hecho el cielo y la tierra, los hombres y los animales. Es omnipotente y habita en el cielo”. Quedé en silencio, pero dije dentro de mí: “¡Es a él a quien he visto!“.

Y, sin embargo, estaba muy confusa. A mis ojos, la abuela era muy superior a estas mujeres de servicio, y con todo, la cocinera había dicho que era una pagana porque no conocía a Dios y yo había entendido que era un término despreciativo. ¿Quién tenía razón?

Una mañana esperaba a que vinieran a vestirme. Estaba impaciente y deploraba el hecho de que mis vestidos de niña se abotonaran por detrás. Al final no esperé más y dije: “Dios, si tú existes y eres verdaderamente todopoderoso, abotóname el vestido sobre la espalda para que pueda bajar al jardín”.

No había terminado de pronunciar estas palabras cuando mi vestido se encontró abotonado. Me quedé con la boca abierta, aterrorizada por el efecto de mis palabras. Las piernas me temblaban, me senté ante el espejo del armario para constatar si era verdad y para retomar el aliento.

No sabía aún qué significaba la frase “tentar a Dios”, pero entendía que habría sido reducida a polvo si me hubiera opuesto a su voluntad.

Toda una vida de santidad vivida después confirma que todo esto no había sido el sueño o la imaginación de una niña. 

1.- Dios es amor y por eso es Trinidad

Ahora proseguimos nuestra reflexión sobre el Dios Viviente. ¿A quién nos dirigimos, nosotros cristianos, cuando pronunciamos la palabra “Dios”, sin otra especificación?

¿A quién se refiere ese «tú», cuando, con las palabras del salmo, decimos: “Oh Dios, tú eres mi Dios” (Sal 63,2)?

¿Quién responde a ello, por así decirlo, al otro lado del cable? Ese “tú” no es simplemente Dios Padre, la primera persona divina, como si hubiera existido o fuera pensable, un solo instante, sin las otras dos.

Tampoco es la esencia divina indeterminada, como si existiera una esencia divina que sólo en un segundo momento se especifica en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El único Dios, aquel que en la Biblia dice: “¡Yo Soy!”, es el Padre que engendra al Hijo y que, con él, espira el Espíritu, comunicándoles toda su divinidad.

Es el Dios comunión de amor, en el que unidad trinidad proceden de la misma raíz y del mismo acto y forman una Tri-unidad, en la que ninguna de las dos cosas —unidad y pluralidad— precede a la otra, o existe sin la otra, ninguno de los dos niveles es superior al otro o más “profundo” que el otro.

Ese “tú” al que nos dirigimos en oración, según los casos y la gracia de cada uno, puede ser una de las tres divinas personas en particular: el Padre, el Hijo Jesucristo, o el Espíritu Santo, sin que se pierda el todo.

Por la comunión trinitaria, en efecto, en cada persona divina están presentes las otras dos. La Trinidad es como uno de esos triángulos musicales que por cualquier lado que se toque vibra todo y da el mismo sonido.

El Dios vivo de los cristianos no es otra cosa, en conclusión, que la Trinidad viviente.

La doctrina de la Trinidad está contenida, como en germen, en la revelación de Dios como amor. Decir: “Dios es amor” (1 Jn 4,8) es decir: Dios es Trinidad.

Todo amor implica un amante, un amado y un amor que los une. Todo amor es amor de alguien o de algo; no se da un amor “vacío”, sin objeto.

Ahora bien, ¿quién ama a Dios, para ser definido amor? ¿El hombre? Pero entonces es amor solo desde hace algún centenar de millones de años.

¿Ama el universo? Pero entonces es amor solo desde hace algunos mil millones de años. Y antes, ¿a quién amaba Dios para ser el amor? 

Los pensadores griegos y, en general, las filosofías religiosas de todos los tiempos, al concebir a Dios, sobre todo como “pensamiento”, podían responder: Dios se pensaba a sí mismo; era “puro pensamiento”, “pensamiento de pensamiento”.

Pero esto no es posible, desde el momento en que se dice que Dios es ante todo amor, porque el “puro amor de sí mismo” sería puro egoísmo, que no es la exaltación máxima del amor, sino su total negación.

Y he aquí la respuesta de la revelación, expuesta por la Iglesia. Dios es amor desde siempre, ab aeterno, porque antes de que existiera un objeto fuera de sí para ser amado, tenía en sí mismo al Verbo, el Hijo que amaba con amor infinito, es decir, “en el Espíritu Santo”. 

Esto no explica “cómo” la unidad pueda ser simultáneamente Trinidad; esto es un misterio incognoscible por nosotros porque ocurre sólo en Dios.

Sin embargo, nos ayuda a intuir “por qué”, en Dios, la unidad debe ser también pluralidad: porque ¡”Dios es amor”!

Un Dios que fuera puro conocimiento o pura ley, o puro poder, ciertamente no tendría ninguna necesidad de ser trino.

Más aún, este hecho complicaría las cosas y de hecho ¡ningún “triunvirato” ha durado largamente en la historia! No así con un Dios que es ante todo amor, porque “no puede haber amor entre menos de dos”.

“Es necesario —escribió Henri de Lubac— que el mundo lo sepa: la revelación de Dios como amor desconcierta todo lo que él había concebido anteriormente sobre la divinidad” [1]. Los cristianos creemos “en un solo Dios”, ¡no en un Dios solitario!

Contemplar la Trinidad para vencer la odiosa división del mundo [2]

Ningún tratado sobre la Trinidad es capaz de hacernos entrar en contacto vivo con ella como la contemplación del icono de la Trinidad de Rublev, del que vemos una reproducción en el mosaico que tenemos ante nosotros, en la cima de la pared de enfrente.

Pintado en 1425 para la Iglesia de San Sergio, el icono fue declarado, por el “concilio de los cien capítulos” de 1551, modelo de todas las representaciones de la Trinidad.

Una cosa se debe notar inmediatamente sobre esta imagen. No quiere representar directamente la Trinidad, que, por definición, es invisible e inefable.

Esto habría sido contrario a todos los cánones de la iconografía bizantina.

Directamente, representa la escena de los tres ángeles aparecidos a Abraham en el encinar de Mambré (Gén 18,1-15); lo demuestra claramente el hecho de que en otras pinturas del mismo tema, antes y después de Rublev, en el icono aparecen también Abraham, Sara, el becerro y, en el trasfondo, la encina.

Sin embargo, esta escena, a la luz de la tradición patrística, se lee como una prefiguración de la Trinidad. El icono es una de las formas que asume la lectura espiritual de la Biblia, es decir, la interpretación de un hecho del Antiguo Testamento a la luz del Nuevo.

El dogma de la unidad y trinidad de Dios se expresa en el icono de Rublev por el hecho de que las figuras presentes son tres y muy distintas, pero muy semejantes entre sí.

Están contenidas idealmente dentro de un círculo que destaca su unidad, mientras que el diverso movimiento, especialmente de la cabeza, proclama su distinción.

Las tres visten, en el original, una túnica de color azul, signo de la naturaleza divina que tienen en común; pero encima, o debajo, de ella cada una tiene un color que la distingue de la otra.

El Padre (identificado en género con el ángel de la izquierda hacia el cual las otras dos personas inclinan la cabeza), tiene una túnica de colores indefinibles, hecha casi de pura luz, signo de su invisibilidad e inaccesibilidad; el Hijo, en el centro, viste una túnica oscura, signo de la humanidad con la que se ha revestido; el Espíritu Santo, el ángel de la derecha, un manto verde, signo de la vida, por ser él quien “da la vida”.

Una cosa impacta sobre todo al contemplar el icono de Rublev: la paz profunda y la unidad que emana del conjunto.

Del icono se desprende un silencioso grito: “Sed una sola cosa, como nosotros somos una sola cosa”.

San Sergio de Radoneż, para cuyo monasterio fue pintado el icono, se había distinguido en la historia rusa por haber traído la unidad entre los jefes en discordia mutua y haber hecho así posible la liberación de Rusia de los tártaros.

Su lema era: “Contemplando la Santísima Trinidad, vencer la odiosa discordia de este mundo”. Rublev quiso recoger la herencia espiritual del gran santo que había hecho de la Trinidad la fuente inspiradora de su vida y de su labor.

De esta visión de la Trinidad recogemos, pues, sobre todo el llamamiento a la unidad. Todos queremos la unidad.

Después de la palabra felicidad, no hay ninguna otra que responda a una necesidad tan apremiante del corazón humano como la palabra unidad.

Nosotros somos “seres finitos, capaces de infinito” y esto quiere decir que somos criaturas limitadas que aspiramos a superar nuestro límite, para ser “todo de alguna manera”, quodammodo omnia, como se dice en filosofía.

No nos resignamos a ser sólo lo que somos. ¿Quién no recuerda, en los años juveniles, algún momento de ansiosa necesidad de unidad, cuando hubiera querido que todo el universo fuera encerrado en un punto y él estar, con todos los demás, en ese único punto, mientras el sentido de separación y de soledad en el mundo se hacía sentir con sufrimiento?

Santo Tomás de Aquino explica todo esto diciendo: “Ya que la unidad (unum) es un principio del ser como la bondad (bonum), resulta de ello que cada uno desea naturalmente la unidad, como desea el bien. Por ello, como el amor o el deseo del bien causa sufrimiento, así actúa también el amor o el deseo de unidad” [3] .

Todos, pues, queremos la unidad, todos la deseamos desde lo profundo del corazón. ¿Por qué entonces es tan difícil hacer unidad, si todos la deseamos tan ardientemente?

Es que nosotros queremos que se haga la unidad, pero… en torno a nuestro punto de vista. Nos parece tan obvio, tan razonable, que nos sorprendemos cómo los demás no se den cuenta e insistan en cambio en su punto de vista.

Trazamos incluso delicadamente a los demás el camino para llegar donde estamos nosotros y alcanzarnos en nuestro centro.

El inconveniente es que el otro está haciendo exactamente lo mismo conmigo. Por esta vía no se alcanzará nunca ninguna unidad. Se hace el camino inverso.

2.- La Trinidad nos indica el verdadero camino hacia la unidad.

Partiendo de las personas divinas, en lugar del concepto de naturaleza, los orientales han encontrado que tenían que asegurar de otro modo la unidad divina. Lo han hecho elaborando la doctrina de la perijóresis.

Aplicada a la Trinidad, perijóresis (literalmente, mutua compenetración) expresa la unión de las tres personas en la única esencia [4].

Gracias a ella las tres Personas están unidas, sin confundirse; cada persona se “identifica” en la otra, se da a la otra y hace ser a la otra. El concepto se basa en las palabras de Cristo: “Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí”.

Jesús amplió este principio a la relación que existe entre él y nosotros: “Yo estoy en el Padre y vosotros en mí y yo en vosotros” (Jn 14,20); “Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad” (Jn 17,23).

La vía hacia la verdadera unidad está en imitar entre nosotros, en la Iglesia, la perijóresis divina. San Pablo indica su fundamento cuando dice que “somos miembros los unos de los otros” (Rom 12,5).

En Dios la perijóresis se basa en la unidad de la naturaleza, en nosotros sobre el hecho de que somos “un solo cuerpo y un solo Espíritu”. 

El Apóstol nos ayuda a comprender qué significa, en la práctica, vivir entre nosotros la perijóresis o mutua compenetración: “Si un miembro sufre, todos los miembros sufren juntos; y si un miembro es honrado, todos los miembros se alegran con él” (1 Cor 12,26); “Llevad el peso los unos de los otros, así cumpliréis la ley de Cristo” (Gál 6,2).

Los “pesos” de los demás son las enfermedades, los límites, los disgustos, y también los defectos y los pecados.

Vivir la perijóresis significa “identificarse” con el otro, ponerse, como suele decirse, en su pellejo, intentar comprender, antes que juzgar.

Las tres personas divinas están siempre comprometidas en glorificarse mutuamente. El Padre glorifica al Hijo; el Hijo glorifica al Padre (Jn 17,4); el Paráclito glorificará al Hijo (Jn 16,14).

Cada persona se da a conocer haciendo conocer a la otra. El Hijo enseña a clamar ¡Abba!; el Espíritu Santo enseña a gritar: “¡Jesús es el Señor!” y “Ven, Señor” Maranatha. No enseñan a pronunciar el nombre propio, sino el de las otras personas.

Hay un solo “lugar” en el universo donde la regla “ama a tu prójimo como a ti mismo” es puesta en práctica, en sentido absoluto, ¡y es en la Trinidad! Cada persona divina ama a la otra exactamente como a sí misma.

¡Qué distinta es la atmósfera que se respira cuando y en un cuerpo social nos esforzamos por vivir con estos ideales sublimes ante los ojos!

Pensemos en una familia en la que el marido defiende y exalta a la propia esposa ante los hijos y ante los extraños, y lo mismo hace la mujer respecto al marido.

Pensamos en una comunidad en que uno se esfuerza por poner en práctica la recomendación de Santiago: “No murmuréis los unos de los otros, hermanos” (Sant 4,11), o la de san Pablo: “Amaos cordialmente con amor fraterno” (Rom 12,10).

De este paso, uno podría incluso llegar a alegrarse del nombramiento de otra persona que se estima en un determinado puesto de honor (por ejemplo al cardenalato), como si hubiera sido nombrado él mismo.

Pero dejemos decir estas cosas a los santos, los únicos que tienen el derecho de hacerlo, porque las ponen en práctica.

En una de sus admoniciones san Francisco de Asís dice: “Bienaventurado aquel siervo que no se enorgullece por el bien que el Señor dice y obra por medio de él, más que por el bien que dice y obra por medio de otro” [5].

San Agustín decía al pueblo: “Si amas la unidad, todo lo que en ella es poseído por alguien, ¡lo posees tú también! Destierra la envidia y será tuyo lo que es mío, y si yo destierro la envidia, es mío lo que tú posees. La envidia separa, la caridad une… Solo la mano actúa en el cuerpo; pero ésta no actúa solo para sí, actúa también para el ojo. Si está a punto de recibir un golpe que no está dirigido a la mano, sino al rostro, ¿dice quizás la mano: “No me muevo, porque el golpe no está dirigido a mí”?” [6].

Quería decir: si tú te esfuerzas por poner el bien de la comunidad por encima de tu afirmación personal, todo carisma y todo honor presente en ella será tuyo, igual que en una familia unida el éxito de un miembro hace felices a todos los demás.

Por eso, la caridad es “la mejor vía de todas” (1 Cor 12, 31): ella multiplica los carismas, hace del carisma de uno el carisma de todos.

Son cosas, me doy cuenta, fáciles de decir, pero difíciles de poner en práctica; en cambio, es bonito saber que, con la gracia de Dios, son posibles y algunas almas las han realizado y las realizan también para nosotros en la Iglesia.

Contemplar la Trinidad ayuda realmente a vencer “la odiosa discordia del mundo”. El primer milagro que el Espíritu obró en Pentecostés fue hacer a los discípulos “concordes” (Hch 1,14), “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32).

Él está siempre dispuesto a repetir este milagro, a transformar cada vez la dis-cordia en con-cordia.

Se puede estar divididos en la mente, en lo que cada uno piensa acerca de cuestiones doctrinales o pastorales legítimamente debatidas en la Iglesia, pero nunca divididos en el corazónIn dubiis libertas, in omnibus vero caritas.

Esto significa, propiamente, imitar la unidad de la Trinidad; ella es, en efecto, “unidad en la diversidad”.

3.- Entrar en la Trinidad

Hay algo todavía más dichoso que podemos hacer respecto a la Trinidad que contemplarla e imitarla, y es ¡entrar en ella!

Nosotros no podemos abrazar el océano, pero podemos entrar en él; no podemos abrazar el misterio de la Trinidad con nuestra mente, pero ¡podemos entrar en él! Cristo nos ha dejado un medio concreto para hacerlo, la Eucaristía.

En el icono de Rublev, los tres ángeles están dispuestos en círculo en torno a una mesa; sobre esa mesa hay una copa y dentro de la copa, se vislumbra un cordero. No se podía decir de forma más sencilla y eficaz que la Trinidad nos da cita cada día en la Eucaristía.

El banquete de Abraham en el encinar de Mambré es figura de este banquete. La visita de los tres a Abraham se renueva para nosotros cada vez que nos acercamos a la Comunión.

También aquí, es decir, a propósito de la Eucaristía, es iluminadora la doctrina de la perijóresis trinitaria. Ella nos dice que donde hay una persona de la Trinidad, allí están también las otras dos, inseparablemente unidas.

En el momento de la Comunión se realiza en sentido estricto la palabra de Cristo: “Yo en ellos y tú en mí”. “Quien me ve a mí, ve al Padre”, quien me recibe a mí recibe al Padre. No llegaremos nunca a valorar plenamente la gracia que se nos ofrece. ¡Comensales de la Trinidad! 

San Cirilo de Alejandría formuló con el habitual rigor teológico, esta verdad que une indisolublemente Trinidad y Eucaristía.

Dice: “Somos consumados en la unidad con Dios Padre por medio de Cristo. Recibiendo, en efecto, en nosotros corporal y espiritualmente, lo que el Hijo es por naturaleza, nos hacemos partícipes y consortes de toda la naturaleza suprema” [7].

La misma persona de la que he referido el testimonio al principio, me confió, en otra ocasión, una experiencia suya de la Trinidad.

Me permito compartir también esta porque nos ayuda a entender que la Iglesia no es solamente lo que la gente ve o piensa de ella. Decía:

“La otra noche, el Espíritu me introdujo en el misterio del amor trinitario. El intercambio extasiante de dar y recibir se obró también a través de mí: de Cristo, a quien yo estaba unida, hacia el Padre y del Padre hacia el Hijo. Pero, ¿cómo expresar lo inefable? No veía nada, pero era mucho más que ver, y mis palabras son impotentes para traducir este intercambio en el júbilo, que se respondía, se lanzaba, recibía y daba. Y de ese intercambio fluía una vida intensa de Uno a Otro, como una leche tibia que fluye desde el seno de la madre a la boca del niño agarrado a este bienestar. Y era yo aquel niño, era toda la creación que participa en la vida, en el reino, en la gloria, habiendo sido regenerada por Cristo. ¡Oh, Trinidad santa y viviente! Quedé como fuera de mí, durante dos o tres días, y todavía hoy esta experiencia permanece fuertemente grabada en mí”.

La Trinidad no es sólo un misterio y un artículo de nuestra fe, es una realidad viva y palpitante. Como decía al principio, el Dios vivo de la Biblia al que estamos buscando no es otro que la Trinidad viviente. Que el Espíritu nos introduzca también a nosotros en ella y nos haga gustar su dulce compañía.

 

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

 

[1] H. de Lubac, Histoire et Esprit (Aubier, París 1950) cap.5.

[2] Reproduzco aquí en parte lo que escribí en mi libro Contemplando la Trinità (Àncora, Milán 2002) 7ss [trad. esp. Contemplando la Trinidad(Monte Carmelo, Burgos 62012).

[3] Santo Tomás, Suma Teológica, I-IIae , q.26, a.3.

[4] Cf. Ps. Cirilo de Alejandría, De Trinitate, 23; PG 77 1164B; San Juan Damasceno, De fide orthodoxa, 3,7.

[5] San Francisco, Amonestación XVII: FF 166.

[6] San Agustín, Tratados sobre Juan, 32,8.

[7] San Cirilo de Alejandría, Comentario a Juan, XI, 12: PG 74, 564.

Perijóresis: La unión en una única esencia sin confundirse

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El maná de cada día, 19.12.18

diciembre 19, 2018

El maná de cada día, 19.12.17

19 de Diciembre. Feria de Adviento

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Tu ruego ha sido escuchado: Tu mujer Isabel te dará un hijo

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Antífona de entrada: Hebreos 10, 37

El que viene, llegará sin retraso, y ya no habrá temor en nuestra tierra, porque él es nuestro Salvador.


Oración colecta

Dios y Señor nuestro, que en el parto de la Virgen María has querido revelar al mundo entero el esplendor de tu gloria, asístenos con tu gracia, para que proclamemos con fe íntegra y celebremos con piedad sincera el misterio admirable de la encarnación de tu Hijo. Él, que vive y reina contigo.


PRIMERA LECTURA: Jueces 13, 2-7.24-25a

En aquellos días, había en Sorá un hombre de la tribu de Dan, llamado Manoj. Su mujer era estéril y no había tenido hijos.

El ángel del Señor se apareció a la mujer y le dijo: «Eres estéril y no has tenido hijos. Pero concebirás y darás a luz un hijo; ten cuidado de no beber vino ni licor, ni comer nada impuro, porque concebirás y darás a luz un hijo. No pasará la navaja por su cabeza, porque el niño estará consagrado a Dios desde antes de nacer. Él empezará a salvar a Israel de los filisteos.»

La mujer fue a decirle a su marido: «Me ha visitado un hombre de Dios que, por su aspecto terrible, parecía un mensajero divino; pero no le pregunté de dónde era, ni él me dijo su nombre. Sólo me dijo: “Concebirás y darás a luz un hijo: ten cuidado de no beber vino ni licor, ni comer nada impuro; porque el niño estará consagrado a Dios desde antes de nacer hasta el día de su muerte.”»

La mujer de Manoj dio a luz un hijo y le puso de nombre Sansón. El niño creció y el Señor lo bendijo. Y el espíritu del Señor comenzó a agitarlo.


SALMO 70, 3-4a.5-6ab.16-17

Que mi boca esté llena de tu alabanza y cante tu gloria.

Sé tú mi roca de refugio, el alcázar donde me salve, porque mi peña y mi alcázar eres tú. Dios mío, líbrame de la mano perversa.

Porque tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud. En el vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías.

Contaré tus proezas, Señor mío, narraré tu victoria, tuya entera. Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas.


Aclamación antes del Evangelio

Renuevo del tronco de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos, ven a librarnos, no tardes más.


EVANGELIO: Lucas 1, 5-25

En tiempos de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, del turno de Abías, casado con una descendiente de Aarón llamada Isabel. Los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin falta según los mandamientos y leyes del Señor. No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y los dos eran de edad avanzada.

Una vez que oficiaba delante de Dios con el grupo de su turno, según el ritual de los sacerdotes, le tocó a él entrar en el santuario del Señor a ofrecer el incienso; la muchedumbre del pueblo estaba fuera rezando durante la ofrenda del incienso. Y se le apareció el ángel del Señor, de pie a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías se sobresaltó y quedó sobrecogido de temor.

Pero el ángel le dijo: «No temas, Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado: tu mujer Isabel te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan. Te llenarás de alegría, y muchos se alegrarán de su nacimiento. Pues será grande a los ojos del Señor: no beberá vino ni licor; se llenará de Espíritu Santo ya en el vientre materno, y convertirá muchos israelitas al Señor, su Dios. Irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacía los hijos, y a los desobedientes, a la sensatez de los justos, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto.»

Zacarías replicó al ángel: «¿Cómo estaré seguro de eso? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada.»

El ángel le contestó: «Yo soy Gabriel, que sirvo en presencia de Dios; he sido enviado a hablarte para darte esta buena noticia. Pero mira: te quedarás mudo, sin poder hablar, hasta el día en que esto suceda, porque no has dado fe a mis palabras, que se cumplirán en su momento.»

El pueblo estaba aguardando a Zacarías, sorprendido de que tardase tanto en el santuario. Al salir no podía hablarles, y ellos comprendieron que había tenido una visión en el santuario. Él les hablaba por señas, porque seguía mudo. Al cumplirse los días de su servicio en el templo volvió a casa. Días después concibió Isabel, su mujer, y estuvo sin salir cinco meses, diciendo: «Así me ha tratado el Señor cuando se ha dignado quitar mi afrenta ante los hombres.»


Antífona de comunión: Lucas 1, 78-79

Nos visitará el Sol que nace de lo alto, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.
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LA ECONOMÍA DE LA ENCARNACIÓN REDENTORA

Del Tratado de San Ireneo, obispo, contra las herejías.
(Libro 3, 20,2-3)

La gloria del hombre es Dios; el hombre, en cambio, es el receptáculo de la actuación de Dios, de toda su sabiduría y su poder.

De la misma manera que los enfermos demuestran cuál sea el médico, así los hombres manifiestan cuál sea Dios. Por lo cual dice también Pablo: Pues Dios nos encerró a todos en la rebeldía para tener misericordia de todos. Esto lo dice del hombre, que desobedeció a Dios y fue privado de la inmortalidad, pero después alcanzó misericordia y, gracias al Hijo de Dios, recibió la filiación que es propia de éste.

Si el hombre acoge sin vanidad ni jactancia la verda­dera gloria procedente de cuanto ha sido creado y de quien lo creó, que no es otro que el poderosísimo Dios que hace que todo exista, y si permanece en el amor, en la sumisión y en la acción de gracias a Dios, recibirá de él aún más gloria, así como un acrecentamiento de su propio ser, hasta hacerse semejante a aquel que murió por él.

Porque el Hijo de Dios se encarnó en una carne pecadora como la nuestra, a fin de condenar al pecado y, una vez condenado, arrojarlo fuera de la carne. Asumió la carne para incitar al hombre a hacerse semejante a él y para proponerle a Dios como modelo a quien imitar. Le impuso la obediencia al Padre para que llegara a ver a Dios, dándole así el poder de alcanzar al Padre. La Palabra de Dios, que habitó en el hombre, se hizo también Hijo del hombre, para habituar al hombre a percibir a Dios, y a Dios a habitar en el hombre, según el beneplácito del Padre.

Por esta razón el mismo Señor nos dio como señal de nuestra salvación al que es Dios-con-nosotros, nacido de la Virgen, ya que era el Señor mismo quien salvaba a aquellos que no tenían posibilidad de salvarse por sí mis­mos; por lo que Pablo, al referirse a la debilidad humana, exclama: Sé que no es bueno eso que habita en mi carne, dando a entender que el bien de nuestra salvación no proviene de nosotros, sino de Dios; y añade: ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo presa de la muer­te? Después de lo cual se refiere al libertador: la gracia nuestro Señor Jesucristo.

También Isaías dice lo mismo: Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes; decid a los co­bardes de corazón: «Sed fuertes, no temáis». Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona y os salvará; porque hemos de salvarnos, no por nosotros mis­mos, sino con la ayuda de Dios


El maná de cada día, 18.12.18

diciembre 18, 2018

18 de Diciembre. Segunda feria mayor de Adviento



FIESTA DE NTRA. SRA. DE LA ESPERANZA,

VIRGEN DE LA O,

VIRGEN DE LA EXPECTACIÓN DEL PARTO

Alegría y asombro embargaban a María los días anteriores al nacimiento de Jesús



Antífona de entrada

El Mesías que Juan nos anunció como Cordero, vendrá como Rey.


Oración colecta

Concédenos, Señor, a los que vivimos oprimidos por la antigua esclavitud del pecado ser liberados por el nuevo y esperado nacimiento de tu Hijo. Él, que vive y reina contigo.


PRIMERA LECTURA: Jeremías 23, 5-8

«Mirad que llegan días -oráculo del Señor en que suscitaré a David un vástago legítimo: reinará como rey prudente, hará justicia y derecho en la tierra.

En sus días se salvará Judá, Israel habitará seguro.

Y lo llamarán con este nombre: “El-Señor-nuestra-justicia”.

Por eso, mirad que llegan días -oráculo del Señor – en que no se dirá: “Vive el Señor, que sacó a los israelitas de Egipto”, sino que se dirá: “Vive el Señor, que sacó a la raza de Israel del país del Norte y de los países adonde los expulsó, y los trajo para que habitaran en sus campos”.»


SALMO 71, 1-2. 12-13. 18-19

Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente.

Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud.

Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel, el único que hace maravillas; bendito por siempre su nombre glorioso; que su gloria llene la tierra. ¡Amén, amén!


Aclamación antes del Evangelio

Pastor de la casa de Israel, que en el Sinaí diste a Moisés tu ley, ven a librarnos con el poder de tu brazo.


EVANGELIO: Mateo 1, 18-24

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera:

María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:

– «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta:

«Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”.»
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.


Antífona de comunión: Mateo 1, 23

Le pondrán por nombre Enmanuel, que significa: Dios-con-nosotros.


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ADVIENTO ES TIEMPO DEL ESPÍRITU

Adviento es el tiempo de la maternidad de María por obra del Espíritu Santo. Tiempo de gestación expectante en el alma ante el próximo nacimiento del Verbo encarnado.

Al compás del amor, brotan en el corazón deseos callados de contemplar asombrados el rostro niño de Dios. Deseos que nacen del Espíritu Santo, Aquel que ora y clama en nosotros pidiendo la venida de Cristo: ¡Ven, Amado! ¡Ven, Nacido! ¡Ven, Esperado!

Y es la Virgen Madre quien acompaña en el seno del Adviento el nacimiento del Verbo, como acompaña en el seno de Pentecostés el nacimiento de la Iglesia. Paralelismos sostenidos por el Espíritu, Aquel por quien toda virginidad se hace fecunda y materna.

Prepara tu alma con aires de hogar para acoger en ella al Verbo que se hace carne de tu carne. Embellécela con más silencio contemplativo, con oración más intensa, para que resuene en ella la voz de ese Espíritu Santo que clama enamorado al Verbo.

Empapa tu Adviento de mucho Espíritu Santo. Pídele que se haga presente en tu vida, en tu actividad, en tu trabajo, en tus afanes y preocupaciones, en todos los momentos y circunstancias de tu día a día; invócalo sobre las personas que te rodean o sobre las que están lejos, en las situaciones difíciles, en los momentos más duros.

Pídele que cubra con su gracia tu persona y tu vida, la Iglesia toda, el mundo entero, como cubrió y fecundó el seno virginal de María, para que en todo y en todos crezca ese cuerpo niño del Verbo que es la Iglesia. Adviento es el tiempo que el Espíritu guía y conduce hacia el Verbo de Belén.

Allí contemplas también a la Virgen, siempre Madre, que se anonada de humildad adorando esa carne de Dios. Ponte quieto junto a Ella, y calla. Adora y calla. No quieras romper ese silencio contenido que, en las frías noches de Belén, envuelve con ecos del Espíritu el resonar de esta Palabra del Padre.

http://www.mater-dei.es


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VIRGEN DE LA “O”, TÍTULO MARIANO

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Por Marciano Santervás Paniagua, agustino recoleto
Publicado el 17-12-2007 en www.agustinosrecoletos.org

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Hoy comienza la recta final del Adviento, las ferias mayores que nos llevarán hasta el día de nochebuena. La liturgia se prepara alabando al Mesías con diferentes títulos.

María, la Inmaculada, es el título solemne de adviento y fuente de muchos otros. Pero en la tradición cristiana, según los lugares, en el adviento se ha invocado a María con otras advocaciones: Virgen de la Esperanza, Virgen de la Expectación, Virgen de la O

Virgen de la Esperanza, por ser la madre que trajo la esperanza al mundo, Jesús. Virgen de la Expectación, porque esperó como madre que naciera su hijo Jesús.Virgen de la O, porque, según algunos, grávida de su hijo, los artistas la representaron en óvalo. Más probable es que esta denominación de María arranque de la exclamación ¡Oh! con que comienza la antífona magnificat del 17 al 23 de diciembre, canto evangélico que el evangelista Lucas pone en boca de María y se reza a diario en las vísperas.

“¡Oh!” Expresa alegría y asombro en la boca y el corazón del creyente que ora o canta estas antífonas que se abren sucesivamente con ¡Oh Sabiduría! ¡Oh raíz de Jesé! ¡Oh Adonai! ¡Oh sol naciente! ¡Oh llave de David! ¡Oh Rey de reyes! ¡Oh Enmanuel!

Y alegría y asombro fueron los sentimientos que embargaban a María los días anteriores al nacimiento de Jesús, por lo que la Iglesia peregrinante en su oración litúrgica intenta asemejarse a María y provocar en los fieles esos sentimientos marianos.

Las exclamaciones anteriores se encuentran todas en los libros proféticos del Antiguo Testamento; cosa razonable, porque antes del nacimiento de Jesús eran los libros veterotestamentarios los que conocían y con los que oraban los fieles judíos que esperaban al Mesías. La Iglesia, que litúrgicamente espera la llegada del Mesías, suplica con vivas fórmulas, ya no sólo judías, sino también cristianas, el nacimiento de Jesús.

Desde aquí se os invita a leer la paráfrasis que a cada una de estas antífonas ha realizado José Antonio Ciordia, agustino recoleto, y profesor de Sagrada Escritura durante más de cuarenta años. Su interpretación de cada una de las “O” está encerrada en el molde de diez versos de rima sencilla que invitan a la contemplación y al asombro esperanzado. En estos versos, la teología se ha hecho oración.

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¡Oh Sabiduría!
Saliste de la boca del Excelso
y engendras a tu voz las cosas todas,
ordenas en belleza el universo
y tejes con amor la humana historia.
Levanta en mi interior jardín de flores
con el calor que irradia tu Palabra:
en orden pon el caos de pasiones
que arrastran mi existencia hacia la nada.
Concédeme, Señor, gustar tu ciencia
y hallar en mí sabrosa tu presencia.

¡Oh raíz de Jesé!
Volvió a reverdecer el trono antiguo;
de su raíz brotó la flor más bella:
gimieron consternados los Abismos
y el cielo despertó legión de estrellas.
Pastor de las naciones y los pueblos
Enseña fulgurante, Vara enhiesta:
dirige poderoso hacia tu Reino
a cuantos ya se alegran con tu vuelta.
Estrella tuya soy, lucirte quiero
y ser en ti, jugosa Vid, renuevo.

¡Oh Adonai!
La zarza del Horeb, que en luz y fuego
al siervo Moisés de Dios hablara
se muestra imagen fiel de tu misterio:
de ser calor, espíritu y Palabra.
Voz eres celestial que a todos llama
y fuerza universal que todo eleva
y fuego abrasador que en viva llama
al mundo entero en torno a ti congrega.
Tu voz la nuestra sea, creadora,
y nuestra, la pasión que te devora.

¡Oh sol naciente!
Tú, Luz de Luz y Sol de eterno brillo,
fulgor ardiente que ciegas las Tinieblas
mantén tu curso fiel en el designio
de convertir en luz la obscura tierra.
Pues somos noche y hálito de barro,
cuán densas son las sombras en el alma
y cuántas las caídas en los pasos
si Tú no vienes pronto ¡y nos salvas!
¡Alumbre el resplandor de tu mirada
las niñas de mis ojos fatigadas!

¡Oh llave de David!
Sagrado Cetro,
en donde Dios ejerce sus poderes:
recibes en herencia los misterios
y entregas sus riquezas al que quieres.
Si cierras Tú, cerrados permanecen,
y quedan manifiestos si los abres:
al hombre sin orgullo entrada ofreces
y ocultas su valor al arrogante.
Desata al pecador de su pecado
y da tu libertad al que es esclavo.

¡Oh Rey de reyes!
Oh Rey de reyes, Fin de las edades;
Sillar fundamental del reino nuevo;
que rompes con tu cetro las ruindades
que hicieron enemigos a los pueblos.
Encanto de profetas y de sabios,
Anhelo de las islas más distantes,
que animas con el Soplo de tus labios
al hombre que del barro modelaste:
Renueva en tu poder al hombre viejo
y trae a tu redil a los dispersos.

¡Oh Enmanuel !
Y dijo nuestro Dios: “iré con ellos:
pondré sobre mis hombros su destino,
seré su Hermano, Padre y compañero
y haré su corazón igual al mío!”.
Seremos -como esposos- una carne;
en ellos grabaré mi Testamento;
mis venas llevarán la misma sangre:
tendremos en común el aposento.
Yo con vosotros; id, contadlo presto
¡que soy el Enmanuel, hermano vuestro!

El cielo dio su Rocío;
la tierra rompió su entraña
la Virgen espera un Niño:
¡nacer lo veréis mañana!
“Ven, Señor Jesús”.


El maná de cada día, 17.12.18

diciembre 17, 2018

17 de Diciembre. Primera feria mayor de Adviento

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Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente

Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente

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Antífona de entrada: Isaías 49, 13

Exulta, cielo; alégrate tierra, porque viene el Señor y se compadecerá de los desamparados.


Oración colecta

Dios, creador y restaurador del hombre, que has querido que tu Hijo, Palabra eterna se encarnase en el seno de María, siempre Virgen; escucha nuestras súplicas, y que Cristo, tu Unigénito, hecho hombre por nosotros, se digne hacernos partícipes de su condición divina. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Génesis 49, 1-2. 8-10

En aquellos días, Jacob llamó a sus hijos y les dijo:

«Reuníos, que os voy a contar lo que os va a suceder en el futuro; agrupaos y escuchadme, hijos de Jacob, oíd a vuestro padre Israel: A ti, Judá, te alabarán tus hermanos, pondrás la mano sobre la cerviz de tus enemigos, se postrarán ante ti los hijos de tu padre.

Judá es un león agazapado, has vuelto de hacer presa, hijo mío; se agacha y se tumba como león o como leona, ¿quién se atreve a desafiarlo?

No se apartará de Judá el cetro, ni el bastón de mando de entre sus rodillas, hasta que venga aquel a quien está reservado, y le rindan homenaje los pueblos.»


SALMO 71, 1-2. 3-4ab. 7-8. 17

Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente.

Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud.

Que los montes traigan paz, y los collados justicia; que él defienda a los humildes del pueblo, socorra a los hijos del pobre.

Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar amar, del Gran Río al confín de la tierra.

Que su nombre sea eterno, y su fama dure como el sol; que él sea la bendición de todos los pueblos, y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.


Aclamación antes del Evangelio:

Sabiduría del Altísimo, que lo ordenas todo con firmeza y suavidad, ven y muéstranos el camino de la prudencia.


EVANGELIO: Mateo 1, 1-17

Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán.

Abrahán engendró a Isaac, Isaac a Jacob, Jacob a Judá y a sus hermanos. Judá engendró, de Tamar, a Farés y a Zará, Farés a Esrón, Esrón a Aram, Aram a Aminadab, Aminadab a Naasón, Naasón a Salmón, Salmón engendró, de Rahab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed; Obed a Jesé, Jesé engendró a David, el rey.

David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón, Salomón a Roboam, Roboam a Abías, Abías a Asaf, Asaf a Josafat, Josafat a Joram, Joram a Ozías, Ozías a Joatán, Joatán a Acaz, Acaz a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés a Amós, Amós a Josías; Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando el destierro de Babilonia.

Después del destierro de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel a Zorobabel, Zorobabel a Abiud, Abiud a Eliaquín, Eliaquín a Azor, Azor a Sadoc, Sadoc a Aquim, Aquim a Eliud, Eliud a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob; y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

Así, las generaciones desde Abrahán a David fueron en total catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta el Mesías, catorce.


Antífona de comunión: Ag 2, 8

Vendrá el deseado de las naciones, y se llenará de gloria el templo del Señor.
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CATORCE GENERACIONES

Mateo sitúa el nacimiento de Cristo al final de una serie de progenitores y ascendientes con los que va describiendo la genealogía de Jesús. “Desde Abraham a David, catorce generaciones; desde David hasta la deportación de Babilonia, catorce generaciones. Desde la deportación de Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones” (Mt 1,17).

Si el evangelista hubiera tenido que contarnos el origen de Cristo al estilo de las antiguas mitologías, hubiera escrito una genealogía llena de generaciones de dioses, héroes y semidioses. No es el caso de Cristo, de quien sabemos que perteneció a la estirpe de David, fue descendiente de Jacob y nació de María, que era la mujer de José.

Para Mateo es importante recalcar que Jesús era el “hijo de David”, porque el parentesco de sangre con David era necesario para que el pueblo de Israel reconociera a Jesús como el Mesías.

Y, sin embargo, igualmente necesarios eran los demás personajes de esa genealogía para que todos reconociéramos en ese Mesías a alguien de nuestro mismo linaje humano. No hay entre sus antecesores dioses, héroes o semidioses y sí prostitutas, traidores y muchos personajes desconocidos de los que la historia sólo nos dice que pertenecieron a la ascendencia de Cristo.

¿Qué sabemos y quiénes fueron Esrón, Arán, Abiá, Asaf, Salatiel, Aliud o Azor? Y, sin embargo, todos entraban en el plan de Dios, quizá sin ellos saberlo. Ni siquiera el pecado de muchos de ellos impidió que el Verbo se hiciera carne y naciera hecho Niño en un pesebre.

Aquel que quiso pertenecer al real linaje de David quiso también nacer en un pobre establo de Belén. Y aquel que era Dios no quiso renunciar a un linaje humano entreverado de miseria y de pecado.

Y tú ¿por qué no te aceptas como eres? ¿Por qué te empeñas en disimular, esconder o tergiversar la verdad de tu condición de pecador, haciendo creer a otros lo que no eres? ¿Te preocupa más lo que los demás piensen de ti que lo que eres ante Dios y para Dios?

Enamórate de este Dios Niño que pone patas arriba nuestros esquemas, medidas y criterios demasiado humanos. Aquello que no cuenta a los ojos de los hombres es lo que Dios elige para cumplir sus planes. Y hasta los detalles más nimios de tu vida o los acontecimientos más intrascendentes cuentan para Dios.

Piensa que si sólo existieras tú en el mundo sólo por ti el Verbo se habría hecho carne y habría llegado a dar su vida en la Cruz. Dios conduce los hilos y personajes de tu historia, aunque tu vida pase desapercibida y seas para muchos un personaje desconocido que nunca pasó a la historia.

Mater Dei

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Hoy comienza la recta final del Adviento, las ferias mayores que nos llevarán hasta el día de nochebuena.

La liturgia, a partir de la vísperas de hoy, se prepara alabando al Mesías con diferentes títulos expresados en las antífonas del Magníficat de cada feria hasta el día 23.

María, la Inmaculada, es el título solemne de adviento y fuente de muchos otros. Pero en la tradición cristiana, según los lugares, en el adviento se ha invocado a María con otras advocaciones: Virgen de la Esperanza, Virgen de la Expectación, Virgen de la O

Virgen de la Esperanza, por ser la madre que trajo la esperanza al mundo, Jesús. Virgen de la Expectación, porque esperó como madre que naciera su hijo Jesús.Virgen de la O, porque, según algunos, grávida de su hijo, los artistas la representaron en óvalo.

Más probable es que esta denominación de María arranque de la exclamación ¡Oh! con que comienza la antífona magnificat del 17 al 23 de diciembre, canto evangélico que el evangelista Lucas pone en boca de María y se reza a diario en las vísperas.

“¡Oh!” Expresa alegría y asombro en la boca y el corazón del creyente que ora o canta estas antífonas que se abren sucesivamente con ¡Oh Sabiduría! ¡Oh raíz de Jesé! ¡Oh Adonai! ¡Oh sol naciente! ¡Oh llave de David! ¡Oh Rey de reyes! ¡Oh Enmanuel!

Y alegría y asombro fueron los sentimientos que embargaban a María los días anteriores al nacimiento de Jesús, por lo que la Iglesia peregrinante en su oración litúrgica intenta asemejarse a María y provocar en los fieles esos sentimientos marianos.

Las exclamaciones anteriores se encuentran todas en los libros proféticos del Antiguo Testamento; cosa razonable, porque antes del nacimiento de Jesús eran los libros veterotestamentarios los que conocían y con los que oraban los fieles judíos que esperaban al Mesías.

La Iglesia, que litúrgicamente espera la llegada del Mesías, suplica con vivas fórmulas, ya no sólo judías, sino también cristianas, el nacimiento de Jesús.

Desde aquí se os invita a leer la paráfrasis que a cada una de estas antífonas ha realizado José Antonio Ciordia, agustino recoleto, y profesor de Sagrada Escritura durante más de cuarenta años. Su interpretación de cada una de las “O” está encerrada en el molde de diez versos de rima sencilla que invitan a la contemplación y al asombro esperanzado. En estos versos, la teología se ha hecho oración.

.
¡Oh Sabiduría!
Saliste de la boca del Excelso
y engendras a tu voz las cosas todas,
ordenas en belleza el universo
y tejes con amor la humana historia.
Levanta en mi interior jardín de flores
con el calor que irradia tu Palabra:
en orden pon el caos de pasiones
que arrastran mi existencia hacia la nada.
Concédeme, Señor, gustar tu ciencia
y hallar en mí sabrosa tu presencia.

¡Oh raíz de Jesé!
Volvió a reverdecer el trono antiguo;
de su raíz brotó la flor más bella:
gimieron consternados los Abismos
y el cielo despertó legión de estrellas.
Pastor de las naciones y los pueblos
Enseña fulgurante, Vara enhiesta:
dirige poderoso hacia tu Reino
a cuantos ya se alegran con tu vuelta.
Estrella tuya soy, lucirte quiero
y ser en ti, jugosa Vid, renuevo.

¡Oh Adonai!
La zarza del Horeb, que en luz y fuego
al siervo Moisés de Dios hablara
se muestra imagen fiel de tu misterio:
de ser calor, espíritu y Palabra.
Voz eres celestial que a todos llama
y fuerza universal que todo eleva
y fuego abrasador que en viva llama
al mundo entero en torno a ti congrega.
Tu voz la nuestra sea, creadora,
y nuestra, la pasión que te devora.

¡Oh sol naciente!
Tú, Luz de Luz y Sol de eterno brillo,
fulgor ardiente que ciegas las Tinieblas
mantén tu curso fiel en el designio
de convertir en luz la obscura tierra.
Pues somos noche y hálito de barro,
cuán densas son las sombras en el alma
y cuántas las caídas en los pasos
si Tú no vienes pronto ¡y nos salvas!
¡Alumbre el resplandor de tu mirada
las niñas de mis ojos fatigadas!

¡Oh llave de David!
Sagrado Cetro,
en donde Dios ejerce sus poderes:
recibes en herencia los misterios
y entregas sus riquezas al que quieres.
Si cierras Tú, cerrados permanecen,
y quedan manifiestos si los abres:
al hombre sin orgullo entrada ofreces
y ocultas su valor al arrogante.
Desata al pecador de su pecado
y da tu libertad al que es esclavo.

¡Oh Rey de reyes!
Oh Rey de reyes, Fin de las edades;
Sillar fundamental del reino nuevo;
que rompes con tu cetro las ruindades
que hicieron enemigos a los pueblos.
Encanto de profetas y de sabios,
Anhelo de las islas más distantes,
que animas con el Soplo de tus labios
al hombre que del barro modelaste:
Renueva en tu poder al hombre viejo
y trae a tu redil a los dispersos.

¡Oh Enmanuel !
Y dijo nuestro Dios: “iré con ellos:
pondré sobre mis hombros su destino,
seré su Hermano, Padre y compañero
y haré su corazón igual al mío!”.
Seremos -como esposos- una carne;
en ellos grabaré mi Testamento;
mis venas llevarán la misma sangre:
tendremos en común el aposento.
Yo con vosotros; id, contadlo presto
¡que soy el Enmanuel, hermano vuestro!

El cielo dio su Rocío;
la tierra rompió su entraña
la Virgen espera un Niño:
¡nacer lo veréis mañana!
“Ven, Señor Jesús”.

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El maná de cada día, 16.12.18

diciembre 15, 2018

Domingo III de Adviento, Ciclo C

 

Estad siempre alegres

Estad siempre alegres en el Señor

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Antífona de entrada: Flp 4, 4. 5

Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca.


Oración colecta

Estás viendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe la fiesta del nacimiento de tu Hijo; concédenos llegar a la Navidad, fiesta de gozo y de salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Sofonías 3, 14-18a

Alégrate, hija de Sión, grita de gozo, Israel, regocíjate y disfruta con todo tu ser, hija de Jerusalén.

El Señor ha revocado tu sentencia, ha expulsado a tu enemigo.

El rey de Israel, el Señor, está en medio de ti, no temas mal alguno.

Aquel día se dirá a Jerusalén: «¡No temas! ¡Sión, no desfallezcas!».

El Señor, tu Dios, está en medio de ti, valiente y salvador; se alegra y se goza contigo, te renueva con su amor; exulta y se alegra contigo como en día de fiesta.


SALMO: Isaías 12, 2-3. 4bcde. 5-6

Gritad jubilosos, porque es grande en medio de ti el Santo de Israel.

«Él es mi Dios y salvador: confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación». Y sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación.

«Dad gracias al Señor, invocad su nombre, contad a los pueblos sus hazañas, proclamad que su nombre es excelso».

Tañed para el Señor, que hizo proezas, anunciadlas a toda la tierra; gritad jubilosos, habitantes de Sión: porque es grande en medio de ti el Santo de Israel.


SEGUNDA LECTURA: Filipenses 4, 4-7

Hermanos:
Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos.

Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca.

Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios.

Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.


ALELUYA: Is 61, 1

El Espíritu del Señor está sobre mí: me ha enviado a evangelizar a los pobres.


EVANGELIO: Lucas 3, 10-18

En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan: «Entonces, ¿qué debemos hacer?».

Él contestaba: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».

Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?».

Él les contestó: «No exijáis más de lo establecido.»

Unos soldados igualmente le preguntaban: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?».

Él les contestó: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga».

Como el pueblo estaba en expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, Juan les respondió dirigiéndose a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; en su mano tiene el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga».

Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio.


Antífona de la comunión: Is 35, 4

Decid a los cobardes de corazón: Sed fuertes, no temáis. Mirad a nuestro Dios que viene y nos salvará.
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CRISTO ES TANTO NUESTRO COMO DE ELLOS (Lc 3,10-18)

San Agustín, Sermón 302, 15

«¡Pero este soldado me ha hecho tanto mal!». Quisiera saber si no harías tú lo mismo si fueses soldado como él. Tampoco yo quiero que los soldados hagan cosas tales como afligir a los pobres. No lo quiero; quiero que también ellos escuchen el evangelio. El hacer el bien no lo prohíbe la milicia, sino la malicia.

Llegando unos soldados al bautismo de Juan, le preguntaron: -Y nosotros, ¿qué hemos de hacer? Juan les responde: –No hagáis extorsión a nadie ni denunciéis falsamente; que os baste vuestro salario (Lc 3,14). Así ha de ser, hermanos; si los soldados fuesen así, sería dichoso hasta el Estado, pero a condición de que también el recaudador de impuestos se acomodase a lo que indica el evangelio.

Le preguntaron los publicanos, es decir, los recaudadores de impuestos: -Y nosotros ¿qué hemos de hacer? Se les respondió: No cobréis más de lo que tenéis establecido (Lc 3,13).

Fue aleccionado el soldado, fue aleccionado el recaudador; séanlo también los tributarios.

Tienes una exhortación dirigida a todos: ¿Qué haremos todos? (ib., 10). Quien tenga dos túnicas, dé una a quien no la tiene; haga lo mismo quien tiene alimentos (ib., 11). Quiero que oigan los soldados lo que ordenó Cristo; oigámoslo también nosotros, pues Cristo es tanto nuestro como de ellos, y Dios lo es de ellos y nuestro al mismo tiempo. Escuchémoslo todos y vivamos concordes en la paz.

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LA ALEGRÍA CRISTIANA

Juan Pablo II, Domingo 14 de diciembre de 2003

1. “Estad siempre alegres en el Señor… El Señor está cerca” (Flp 4, 4-5). Con estas palabras del apóstol san Pablo la liturgia nos invita a la alegría. Es el tercer domingo de Adviento, llamado precisamente por eso domingo “Gaudete”. Son las palabras con las que el siervo de Dios Papa Pablo VI quiso titular, en 1975, su memorable exhortación apostólica sobre la alegría cristiana: “Gaudete in Domino!”.

2. El Adviento es tiempo de alegría, porque hace revivir la espera del acontecimiento más feliz de la historia: el nacimiento del Hijo de Dios de la Virgen María. Saber que Dios no está lejos, sino cerca, que no es indiferente, sino compasivo, que no es extraño, sino Padre misericordioso que nos sigue amorosamente respetando nuestra libertad: todo esto es motivo de una alegría profunda, que los alternos acontecimientos diarios no pueden ofuscar.

3. Una característica inconfundible de la alegría cristiana es que puede convivir con el sufrimiento, porque está totalmente basada en el amor. En efecto, el Señor, que “está cerca” de nosotros hasta el punto de hacerse hombre, viene a infundirnos su alegría, la alegría de amar. Sólo así se comprende la serena alegría de los mártires incluso en medio de las pruebas, o la sonrisa de los santos de la caridad en presencia de quienes sufren: una sonrisa que no ofende, sino que consuela.

“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). El anuncio del ángel a María es una invitación a la alegría. Pidamos a la Virgen saber acoger la salutación de Dios y dejarnos llenar de una alegría que no pasará.


El maná de cada día, 15.12.18

diciembre 15, 2018

 

Sábado de la 2ª semana de Adviento

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Los discípulos entendieron que se refería a Juan el Bautista

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PRIMERA LECTURA: Eclesiástico 48, 1-4.9-11

Surgió Elías, un profeta como un fuego, cuyas palabras eran horno encendido.

Les quitó el sustento del pan, con su celo los diezmó; con el oráculo divino sujetó el cielo e hizo bajar tres veces el fuego.

¡Qué terrible eras, Elías!; ¿quién se te compara en gloria? Un torbellino te arrebató a la altura; tropeles de fuego, hacia el cielo.

Está escrito que te reservan para el momento de aplacar la ira antes de que estalle, para reconciliar a padres con hijos, para restablecer las tribus de Israel.

Dichoso quien te vea antes de morir, y más dichoso tú que vives.


SALMO: 79

Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

Pastor de Israel, escucha, tú que te sientas sobre querubines, resplandece; despierta tu poder y ven a salvarnos.

Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa.

Que tu mano proteja a tu escogido, al hombre que tú fortaleciste. No nos alejaremos de ti: danos vida, para que invoquemos tu nombre.


Aclamación antes del Evangelio: Lucas 3, 4. 6

Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Todos verán la salvación de Dios.


EVANGELIO: Mateo 17, 10-13

Cuando bajaban de la montaña, los discípulos preguntaron a Jesús: «¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?»

Él les contestó: «Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido, y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo. Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos.»

Entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista.

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Las promesas de Dios se nos conceden por su Hijo

San Agustín. Comentario sobre los salmos 109, 1-3

Dios estableció el tiempo de sus promesas y el momento de su cumplimiento.

El período de las promesas se extiende desde los profe­tas hasta Juan Bautista. El del cumplimiento, desde éste hasta el fin de los tiempos.

Fiel es Dios, que se ha constituido en deudor nuestro, no porque haya recibido nada de nosotros, sino por lo mucho que nos ha prometido. La promesa le pareció poco, incluso; por eso, quiso obligarse mediante escritura, ha­ciéndonos, por decirlo así, un documento de sus promesas para que, cuando empezara a cumplir lo que prometió, viésemos en el escrito el orden sucesivo de su cumplimiento. El tiempo profético era, como he dicho muchas veces, el del anuncio de las promesas.

Prometió la salud eterna, la vida bienaventurada en la compañía eterna de los ángeles, la herencia inmar­cesible, la gloria eterna, la dulzura de su rostro, la casa de su santidad en los cielos y la liberación del miedo a la muerte, gracias a la resurrección de los muertos. Esta última es como su promesa final, a la cual se enderezan todos nuestros esfuerzos y que, una vez alcanzada, hará que no deseemos ni busquemos ya cosa alguna. Pero tam­poco silenció en qué orden va a suceder todo lo relativo al final, sino que lo ha anunciado y prometido.

Prometió a los hombres la divinidad, a los mortales la inmortalidad, a los pecadores la justificación, a los mise­rables la glorificación.

Sin embargo, hermanos, como a los hombres les parecía increíble lo prometido por Dios –a saber, que los hombres habían de igualarse a los ángeles de Dios, saliendo de esta mortalidad, corrupción, bajeza, debilidad, polvo y ceni­za–, no sólo entregó la escritura a los hombres para que creyesen, sino que también puso un mediador de su fide­lidad. Y no a cualquier príncipe, o a un ángel o arcángel sino a su Hijo único. Por medio de éste había de mostrarnos y ofrecernos el camino por donde nos llevaría al fin prometido.

Poco hubiera sido para Dios haber hecho a su Hijo manifestador del camino. Por eso, le hizo camino, para que, bajo su guía, pudieras caminar por él.

Debía, pues, ser anunciado el unigénito Hijo de Dios en todos sus detalles: en que había de venir a los hombres y asumir lo humano, y, por lo asumido, ser hombre, morir y resucitar, subir al cielo, sentarse a la derecha del Padre y cumplir entre las gentes lo que prometió. Y, después del cumplimiento de sus promesas, también cumpliría su anuncio de una segunda venida, para pedir cuentas de sus dones, discernir los vasos de ira de los de misericordia, y dar a los impíos las penas con que amenazó, y a los justos los premios que ofreció.

Todo esto debió ser profetizado, anunciado, encomia­do como venidero, para que no asustase si acontecía de repente, sino que fuera esperado porque primero fue creído.


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