Novena al Señor de los Milagros, Día 2, Oct. 2019

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Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. Pues con tu santa cruz redimiste al mundo.

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NOVENA AL SEÑOR DE LOS MILAGROS, Día 2, Oct. 2019

Con reflexiones y oraciones sobre la Santísima Trinidad

 

  1. Señal de la cruz

Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

  1. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a santa María, siempre virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.

  1. Oración preparatoria para todos los días: Postrados ante el Señor de los Milagros. Adoración y petición.

Señor de los Milagros, me postro a tus pies y te reconozco como mi Salvador y mi Dios. Te adoro y te pido la gracia de hacer devotamente esta Novena en tu honor.

Te doy gracias, Señor Jesús, porque tú bajaste del cielo y viniste al mundo para demostrarnos cuánto nos ama el Padre, el Dios invisible. Divino Jesús, tú sabías que el Padre desea que todos sus hijos se salven y tengan vida en abundancia.

Por eso, te ofreciste al Padre voluntariamente para venir al mundo y cumplir la misión de Mesías y Salvador del pueblo elegido Israel y después de todos los hombres. Eso fue lo que más te gustó, Señor Jesús. Nadie te obligó, a no ser tu amor incondicional a tu Padre Dios, y por él, a todos los hombres.

Señor Jesús, desde lo más íntimo de mi corazón te agradezco que te encarnaras y te hicieras hombre como uno de nosotros, igual en todo a nosotros, menos en el pecado. Te reconozco como mi Señor y mi Dios y te admiro por tu generosidad y tu solidaridad con los hombres.

Señor de los Milagros, mi Redentor, te bendigo y te alabo por tu bondad y tierna compasión hacia todos los hombres. Tú eres el puente entre Dios y los hombres. A través de ti, Señor Jesús, todos tenemos acceso seguro y directo al Padre Dios.

Por eso, Padre Santo, yo me postro en tu presencia, te adoro y te bendigo pues tú eres digno de toda bendición en el cielo y en la tierra. A ti la gloria y el poder porque gobiernas el mundo con sabiduría y misericordia. Tú eres el Creador, el Amo y Señor: Todo está en tus manos y nada está perdido.

Gracias, Padre, por enviarnos a tu propio Hijo y también al Espíritu Santo derramado en nuestros corazones. Este Espíritu nos conduce a la Verdad total que nos trajo Jesucristo. El Espíritu Santo habla con suavidad y poder persuasivo a nuestro espíritu asegurándonos que somos hijos amados del Padre y hermanos entrañables de Cristo. Él nos hace clamar: ¡Abba, Padre! Y también: ¡Jesús vive y es Señor!

Por eso, Padre de bondad, como hijos tuyos que somos en tu Hijo bendito, te pedimos que nos envíes el Espíritu y lo derrames en nuestros corazones. Ven, pues, Espíritu Santo, y llénanos del amor del Padre y del Hijo. Ven, dulce huésped del alma. Ven, Padre amoroso del pobre, y no pases de largo ante nosotros en esta Novena. Déjanos la huella de la santa unción que nos dé fe, vida y salud.

Te pedimos, Espíritu Vivificador, que durante estos días podamos saborear el amor personal e incondicional del Padre Dios y la dulzura inefable de su bendito hijo Jesucristo, el Señor de los Milagros. Amén.

  1. Consideraciones bíblico-teológicas para cada día de la Novena:

DÍA SEGUNDO: Trinidad salvífica y Ofrecimiento de obras

  1. Consideraciones bíblico-teológicas sobre la Trinidad Salvífica

Si el hombre ha sido creado por Dios que es Uno y Trino, que es comunidad, que es comunión de las tres personas divinas, entonces el hombre tiene que parecerse a su Creador, tiene que ser esencialmente comunicativo, llamado a vivir en comunión con Dios, en primer lugar, y también con sus semejantes y con el mundo. ¿En qué cualidades del hombre se manifiestan los vestigios de la Trinidad creadora y salvadora?

En el plano natural de la creación, el hombre refleja de múltiples formas a su Hacedor. Entre ellas, destacamos en primer lugar que el hombre posee tres facultades superiores que lo diferencian específicamente de los demás seres creados: memoria, entendimiento y voluntad. Cada facultad podemos relacionarla específica y metodológicamente con una de las tres divinas personas.

Así, por la memoria, el hombre recuerda los hechos y experiencias puntuales de su historia personal. Además, tiene presente la “impronta” original recibida del Creador por la que es consciente de su dignidad, tiene conciencia moral y tiende de forma espontánea y natural a cumplir el proyecto divino de alcanzar la felicidad en Dios. Está hecho para ser feliz, y busca de manera espontánea el bien y huye instintivamente del mal.

La memoria la referimos a Dios Padre porque él es origen, fuente y principio de todo. El Padre toma la iniciativa, él se adelanta a todo, nos amó primero. Por eso, le atribuimos las palabras de la Escritura: Eternamente te he amado, he pensado en ti, he pronunciado tu nombre, tengo pensamientos de paz y no de aflicción sobre ti, eres único para mí (…).

Por la memoria, nos preguntamos sobre el proyecto que Dios Padre ha soñado desde toda la eternidad para cada uno de nosotros. La memoria nos recuerda las expectativas que el Padre se ha forjado sobre nosotros. Ese proyecto en el fondo está calcado de la realidad de su propio Hijo, y ya está perfectamente cumplido en Cristo. Por tanto, en la medida en que nos parezcamos y reproduzcamos a Cristo en nuestra vida estaremos cumpliendo las expectativas del Padre, realizando su proyecto y dándole gloria.

El entendimiento lo aplicamos al Verbo. El Padre no tiene más que un Hijo que es su Palabra y solamente a través de él se comunica hacia afuera de la Trinidad. Todas las cosas fueron creadas a través de él, por él y para él, y solo por medio de él pueden volver al Padre. Fuera del Verbo nada ha sido hecho. Él es la horma, el molde en el que se ha hecho todo lo creado. Por tanto, todo tiene “racionalidad” en el Verbo y también “referencialidad” o relación. Solo en él se puede conocer el hombre a sí mismo, y también conocer y entender todas las cosas.

El cristiano no quiere saber nada fuera de Cristo. En él encuentra la solución, la explicación y la clave de todos los problemas humanos. En Cristo habitan todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia.

La voluntad la relacionamos con el Espíritu Santo. El hombre desea, se goza y disfruta de las cosas y de las personas por medio de la voluntad. El Espíritu es la simpatía de la Trinidad. Es amor, comunión, abrazo, descanso… El Espíritu hace apetitosas y gustosas las cosas de Dios. Sin él todo es arduo, misterioso, oscuro, pesado, insípido…

En el plano de la gracia, el cristiano se comunica con Dios Uno y Trino mediante las virtudes infusas recibidas en el bautismo como la primera gratuidad de la Trinidad. Son llamadas virtudes “teologales” porque permiten al creyente comunicarse directamente con Dios, de manera inmediata. Son tres las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad.

La caridad o amor lo relacionamos con Dios Padre porque él ha tomado la iniciativa de amarnos cuando no éramos buenos; amándonos en su Hijo, nos hizo buenos. No nos amó porque ya fuésemos buenos o lo mereciéramos. No somos nosotros los que nos hemos adelantado en el amor a Dios, sino que Dios nos amó primero. De ahí, de ese amor fontal viene todo, “porque le pareció bien, porque quiso, para que sea alabada su gloria”. Tanto nos ha amado Dios Padre que ha enviado a su Hijo al mundo para hacernos sus hijos en su bendito Hijo Jesucristo: para salvarnos.

La fe la atribuimos al Hijo porque solamente él ha hablado y nos ha dicho todo lo que necesitamos saber sobre Dios. Sólo él ha bajado del cielo, sólo él ha sido enviado y ha sido acreditado con palabras y hechos poderosos: Por tanto, a él hay que creerle. El que le crea, se salvará; el que no crea en él será condenado. El Hijo nos ha comunicado cuanto el Padre le encomendó, porque éste todo lo ha puesto en sus manos.

Por eso, el Hijo solo nos ha revelado lo que el Padre le confió sin quitar ni añadir nada. Luego enseña la verdad, no puede engañarse ni engañar. Él se puede presentar y se define como el camino y la verdad y la vida. Nadie puede ir al Padre sino a través de él. Es la verdad en persona. El Salvador. El que no le crea, no tiene remedio, queda fuera del ámbito divino.

Y al Espíritu lo relacionamos con la esperanza. El Hijo ha vuelto al Padre pero nos han enviado otro consolador, el Espíritu que nunca se irá. Él nos hará comprender la verdad plena de lo que Jesús hizo y enseñó. Con él se inauguran los últimos tiempos y él nos ayudará para que seamos fieles hasta el final. Él asegura a nuestro espíritu la verdad del amor del Padre y del Hijo y nos infunde la esperanza que no defrauda.

El Espíritu completa la obra del Padre y del Hijo en nosotros, la culmina, la embellece, la hace no solo posible para nosotros sino incluso agradable, gratificante, segura. Todo está bien, todo funciona bien, todo tiene sentido. Es el testigo interior del creyente. El que da garantía. El que “convence” a nuestro espíritu acerca de la verdad. El que sostiene nuestra peregrinación por este mundo hasta llegar al Cielo.

El hombre es un ser deficitario, necesitado, no acabado. Por eso, los autores sostienen que todo ser humano tiene tres necesidades fundamentales que deben ser atendidas y satisfechas. Los padres satisfacen básicamente esas necesidades del hombre. Pero a la vez en esta estructura ontológica y existencial del hombre queremos ver un reflejo de la Trinidad. El hombre herido por el pecado es sanado mediante una relación específica con cada una de las tres divinas personas.

Todo hombre necesita ser afirmado, querido, valorado, acompañado… Los padres proporcionan ese fundamento existencial al ser humano de manera suficiente. Ellos participan así del amor del Padre Dios creador que da la plena fundamentación, sentido y derecho a la existencia a todo ser humano.

El amor personal e incondicional de Dios Padre subsana los vacíos afectivos que puede el hombre haber sufrido en sus orígenes y crecimiento. El creyente desarrolla todas sus potencialidades apoyado en el respaldo que experimenta en el sólido amor del Padre Dios que lo afirma, lo recrea constantemente y nunca lo niega. Que lo empuja hacia adelante siempre.

En segundo lugar, todo ser humano siente la necesidad de sentirse útil, de desarrollar sus talentos, de ser y sentirse valioso para los demás… El trabajo es dignidad. El Hijo de Dios nos convoca a compartir su gran misión en el mundo: Vayan por todo el mundo, y prediquen el Evangelio a toda criatura. Den gratuitamente lo que han recibido de balde. Jesús nos recordará que al Padre le gusta que demos mucho fruto.

Jesús no es celoso ni acaparador. Más bien goza con ver felices a los 72 discípulos cuando volvían contentos de la misión. No acabarán los pueblos de Israel antes de que llegue el Hijo del hombre. Sin embargo, no pongan su felicidad en los éxitos, les dice. Alégrense más bien porque sus nombres están escritos en el libro de la vida.

Y finalmente, el Espíritu Santo, sanará las heridas afectivas del hombre que necesita ser acogido incondicionalmente por lo que es, no por lo que tiene o produce. La unción del Espíritu satisface plenamente la necesidad de afecto y de gratuidad en todo hombre. Él es el consolador, el dulce huésped del alma que alegra el desposorio de Dios con su criatura: Padre amoroso del pobre, don en tus dones espléndido.

Podríamos rastrear todavía mucho más las huellas dejadas en la creación, sobre todo en el ser humano, por el Creador, Uno y Trino a la vez. Encontraríamos con seguridad similitudes y analogías sin fin, incontables, sobre todo en lo afectivo, sicológico, referencial, interpersonal, intencional…

Sólo cito una semejanza muy sugerente: Muchos autores distinguen en el hombre tres centros vitales estrechamente relacionados entre sí: cabeza, corazón y entrañas. Estarían relacionados con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo respectivamente. Dejamos ahí esta visión panorámica y referencial.

  1. Ofrecimiento de obras al comenzar el día

Todo lo que vamos explicando sobre la Trinidad no es solo para “saberlo”, para aumentar nuestros conocimientos, sino sobre todo para “experimentar”, para sentir y vivir una relación afectiva con Dios uno y trino. La fe nos capacita para “fiarnos” de Dios y crecer en confianza y amor hacia él.

Por medio de la oración expresamos esa incipiente relación con Dios, la hacemos crecer dentro de nosotros y nos motivamos para proyectarla en todo nuestros ser: pensamientos, sentimientos, deseos y acciones personales y comunitarias.

Por eso, me parece oportuno formular una oración trinitaria que nos sirva para consagrarnos a Dios al comenzar el día, cada mañana.

Esta oración-consagración se fundamenta en una enseñanza muy categórica de Jesús: Si alguien me ama, guardará mis palabras, y el Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. Esta confesión de Jesús nos asegura que somos templo de Dios, sagrario de la Trinidad. Aunque no se cita expresamente al Espíritu, indudablemente se sobrentiende presente como el testigo del amor del Padre y del Hijo, primero entre ellos, y después entre ellos y nosotros. El Espíritu es el perfume que ambienta toda la casa, el corazón de los creyentes y la Iglesia del Señor.

A esta enseñanza bíblica, le añado una oración tradicional que pudo tener su origen en san Agustín y su desarrollo más logrado en san Ignacio de Loyola. Con esa oración el creyente expresa su consagración total a Dios, uno y trino, enumerando la libertad, en primer lugar, y después las tres facultades superiores del hombre: memoria, entendimiento y voluntad.

Según estas observaciones, la oración quedaría reformulada de la siguiente manera:

“Tomad, Señor –Dios Uno-, y recibid toda mi libertad”. Te consagro, Dios único y verdadero, toda mi persona con mi capacidad de elegir, seleccionar y preferir, y te elijo libremente a ti con toda mi alma, te adoro y te reconozco como al único Señor y Dueño soberano de cielos y tierra; y renuncio a pensar y a actuar por mi cuenta, distrayéndome de ti, apartándome de ti, eligiendo otros bienes, otros caminos, otros dioses… Tú eres el único Dios, Altísimo Señor de cielo y tierra, y me consagro totalmente a ti, tuyo soy, y para siempre. Amén.

“Tomad, Señor –Dios Padre Santo-, y recibid… mi memoria”. Te consagro, Padre Santo, toda mi capacidad de recordar: No quiero sino acordarme siempre de tu divina voluntad, de tu designio de amor sobre mí; quiero recordar siempre lo que tú esperas de mí, según el modelo de Cristo. Y renuncio a recordar y a considerar todo aquello que me aparta de ti. Que todo este día esté consagrado a recordar las cosas buenas y santas: de dónde vengo, quién pensó en mí desde la eternidad, y adónde voy. Amén.

“Tomad, Señor –Dios Hijo, Jesucristo-, y recibid… mi entendimiento”. Te consagro, Señor Jesús, mi capacidad de pensar, entender, comprender… y deseo “entender” las cosas de Dios, las Escrituras. Que mi mente esté llena de la sabiduría de Dios. En ti, Señor Jesús, están todos los tesoros de la vida y de la ciencia. No quiero saber nada fuera de ti, Cristo Jesús. Que en ti, pueda entender el sentido de todas las cosas, las intenciones de todos los hombres, el sentido de la historia y de los acontecimientos… Lo único necesario, la vida eterna. Amén.

“Tomad, Señor –Dios Espíritu-, y recibid… mi voluntad”: Te consagro, Santo Espíritu, toda mi capacidad de gozar, de saborear, de gustar, de sentirme plenamente feliz y realizado… Que mi gozo esté en contemplar y saborear las cosas de Dios, que mi disfrute sea cumplir sus santos mandamientos. No quiero complacerme en nada que no seas tú, divino Espíritu: Nada de rivalidades, impurezas, mentiras, soberbia, insultos, peleas, guerras, injusticias… Sólo quiero agradarme en la comunión, comprensión, amor, reconciliación, amistad, benevolencia, alegría, gratuidad, perdón, armonía, consolación, sanación, paz… Rezar con el salmista: Gustad y ved qué bueno es el Señor; es agradable vivir los hermanos unidos…

“En fin, todo mi haber y mi poseer, tú me lo diste, a ti, Señor, lo devuelvo. Todo es vuestro. Disponed de mí, Señor, según vuestra santa voluntad. Dadme vuestro amor y vuestra gracia que esto me basta”. Amén.

Señor, haz de mí lo que quieras. Sea lo que sea te doy las gracias. Ven y toma tu lugar en mi corazón: Puebla mis soledades, habítame. Que durante este día sea sagrario y templo tuyo, que habites en mí y yo en ti, o Santa Trinidad. Me abandono en tus manos, con infinita confianza, porque tú eres mi padre. Tú sabes mejor que yo lo que me conviene, por eso te doy gracias por lo que has hecho, por lo que haces conmigo, y por lo que harás… Habitaré en tu santo templo cantando tus alabanzas. Amén.

  1. Peticiones o plegaria universal

 

  1. Dios Padre misericordioso, te damos gracias porque tú eres digno de toda bendición. Haz que te alabemos siempre a través de tu propio Hijo Jesucristo,

Invitación: Roguemos al Señor.

Respuesta: Te lo pedimos, Señor.

  1. Gracias, Padre santo, porque enviaste a tu Hijo al mundo para salvarnos. Concédenos acoger a tu Hijo como el mayor regalo que nos has dado,

Roguemos al Señor…

  1. Padre todopoderoso, que todos los hombres reconozcan que tú, con el Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios, para que crean, esperen y amen al Dios único y verdadero,

Roguemos al Señor…

  1. Padre eterno, que a través de tu Hijo has creado todas las cosas y con el Espíritu Santo todo lo gobiernas y diriges, haz que sepamos cuidar del mundo en que vivimos,

Roguemos al Señor…

  1. Señor de los Milagros, honrado, venerado y adorado por generaciones de peruanos dentro y fuera del territorio patrio, bendice al Perú para que seamos un pueblo próspero y creyente para gloria de Dios Padre en el Espíritu Santo,

Roguemos al Señor…

  1. Señor Jesús, te adoramos y te bendecimos porque con tu santa cruz has redimido el mundo. Ayúdanos a colaborar siempre contigo en la salvación de nuestros hermanos para gloria del Padre,

Roguemos al Señor…

  1. Espíritu Santo, don del Padre y del Hijo, ven a iluminar a todos los que estamos rezando esta novena a fin de que conozcamos mejor el amor del Padre y del Hijo,

Roguemos al Señor…

  1. Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener en esta Novena

(Pausa en silencio)

Roguemos al Señor…

  1. Padre nuestro, Ave María y Gloria (tres veces).

 

  1. Oración final para todos los días

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro y te bendigo como mi único Señor y mi Dios. Me postro ante tu divina majestad y me rindo totalmente en tu presencia como criatura tuya que soy y también como hijo tuyo en tu bendito Hijo Jesucristo.

Te adoro, mi único Dios y Señor, y te entrego toda mi libertad. Quiero pertenecerte en cuerpo y alma y me consagro íntegramente a tu divina voluntad y misericordia. Te entrego todas mis facultades y pongo ante ti todas mis posibilidades: Deseo hacer siempre tu santa voluntad, pues te confieso como mi único amo y señor. Quiero andar en tu presencia toda mi vida. No quiero vivir dividido, disperso, y renuncio a toda actitud o conducta que me separe y me aparte de ti.

Padre de bondad infinita, te consagro mi memoria y quiero recordar y considerar siempre lo que tú esperas de mí. Deseo vivir, Padre Santo, según las expectativas, planes y proyectos que, desde toda la eternidad, has acariciado, soñado y pensado sobre mí. Que nada me distraiga y me aparte de ese proyecto misterioso. Quiero que estés orgulloso de mí como lo estás de tu amado Hijo, Jesús.

A ti, Señor Jesús, Señor de los Milagros, te consagro mi entendimiento y toda mi capacidad de pensar, discurrir y soñar. Tú eres mi sabiduría y mi ciencia. En tu vida narrada en el Evangelio, divino Maestro, quiero aprender todos los secretos y todo el saber. En ti encuentro el sentido más pleno de mi vida y de mi existencia. No quiero saber ni entender nada fuera de ti. Tú eres mi luz, vida y esperanza. Renuncio a buscar al margen de ti razones para vivir y esperar.

A ti, Espíritu Consolador, te entrego toda mi voluntad. Te consagro toda mi capacidad de gozo y felicidad. Que sólo en ti encuentre alegría y contento. Dame, Espíritu Santo, gusto en las cosas santas. Dame la vida eterna, que es conocer de verdad y saborear el amor del Padre y del Hijo. Hazme sentir la belleza y la bondad de la vida cristiana, y valorar la sabiduría de la Cruz. Líbrame de la mentira y de la vanidad del mundo presente.

Ven, Espíritu Vivificador, y mira mi pequeñez, ten compasión de mí, Padre amoroso del pobre: Ven a iluminar lo que está oscuro en mí, ven a enderezar lo torcido, a calentar lo frío, a endulzar lo amargo, en fin, a sanar mis heridas. Ven, Espíritu Santo, a pacificar a los violentos, a reconciliar a los enemistados, a robustecer a los débiles, a vivificar lo que languidece, y finalmente, a resucitar a los que están muertos.

Padre Santo, por tu bendito Jesús, derrama el Santo Espíritu sobre toda carne, sobre tu santa Iglesia, sobre el Perú, y de manera especial sobre todos los devotos del Señor de los Milagros, y sobre los que estamos haciendo esta Novena en su honor. Amén.

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

  1. Himno al Señor de los Milagros

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión

tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

 

Faro que guía, da a nuestras almas

la fe, esperanza, la caridad;

tu amor divino nos ilumine,

nos haga dignos de tu bondad.

 

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión

tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

 

Con paso firme de buen cristiano

hagamos grande nuestro Perú,

y unidos todos como una fuerza

te suplicamos nos des tu luz.

 

Señor de los Milagros, a ti venimos en procesión

tus fieles devotos, a implorar tu bendición (bis)

 

Letra y música: Isabel Rodríguez Larraín

NOTA: Revisado en San Millán, oct. de 2019

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