Nacidos para Dios, por Mons. Mario Molina, oar

julio 21, 2019

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He traído fuego a la tierra… Ojalá estuviera ya ardiendo.

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Nacidos para Dios. Marta y María ante Jesús.

El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 21 de julio

Nacidos para Dios

El relato evangélico de hoy es exclusivo de san Lucas. Solo él nos cuenta este episodio. Jesús sigue su camino hacia Jerusalén, y un día se hospeda en casa de unas hermanas, Marta y María. Este par de hermanas también son conocidas en el evangelio según san Juan.

Las diferencias principales son dos. En el evangelio según san Juan, las hermanas viven muy cerca de Jerusalén, y aquí parece que Jesús todavía debe caminar un tramo largo hasta llegar a la ciudad santa. La otra diferencia es que en san Juan, Marta y María tienen un hermano, Lázaro, que en este relato no aparece.

Por otra parte, los dos relatos son muy diferentes en contenido y ningún relato hace la menor alusión al otro. En ambos casos, parece que Jesús es amigo de la casa.

En el relato que se nos ofrece hoy para la reflexión, Marta parece ser la que administra la casa. Una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Es cosa de ella sola. Pero enseguida nos enteramos de que Marta tiene una hermana, llamada María.

Desde el primer momento de la llegada de Jesús, María adopta la actitud y la postura física del discípulo. Se sienta a los pies de Jesús y escucha su palabra. Marta, por su parte se ocupa de todo el servicio de la casa y hasta se queja con Jesús de que María la haya dejado sola y tiene la osadía de pedirle a Jesús que le diga que se levante y se ponga a trabajar.

Era como decirle a Jesús: “Mira, hay mucho que hacer, y ahí está mi hermana perdiendo el tiempo escuchándote, cuando yo la necesito para que me ayude a preparar las cosas que sí cuentan y se ven para atenderte bien a ti y a tus discípulos”.

La respuesta de Jesús es el corazón de la enseñanza de este pasaje: Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas, cuando en realidad una sola es necesaria. 

María no “pierde el tiempo” escuchando a Jesús. Todas las ocupaciones y faenas en torno a las necesidades temporales, incluso atender a Jesús para que se sienta bien servido y acogido, son preocupaciones secundarias en relación con lo único importante que hay: escuchar la palabra de Jesús y ponerla en el corazón.

Uno podría comparar este pasaje con otras palabras de Jesús que van en la misma dirección.

Por ejemplo, más adelante en este mismo evangelio, Jesús va a enseñar: No se inquieten pensando qué van a comer para poder vivir, ni con qué vestido cubrirán su cuerpo. Porque la vida es más importante que el alimento, y el cuerpo más que el vestido. Ustedes no se inquieten buscando qué comerán o qué beberán. Por todo eso se inquieta la gente del mundo, pero su Padre ya sabe lo que necesitan. Busquen más bien su reino, y él les dará lo demás (Lc 12, 22-23.29-31).

Ahora, ¿cómo es posible no preocuparse o incluso descuidar la comida y el vestido, es decir, la atención a las necesidades primarias de la vida para escuchar la Palabra de Jesús? ¿No se nos acusaría no solo de haraganes, sino también de indolentes ante las necesidades de los demás? ¿No habría que buscar un modo de acomodar la urgencia de ocuparse de las necesidades temporales con la dedicación a la escucha de la Palabra de Dios?

En la práctica de la vida cristiana, siempre ha habido personas que se dedican por entero a la meditación de la Palabra de Dios y a la oración. Pero esas personas también han tenido que dedicar tiempo para trabajar y ganarse el pan. El fundador del monaquismo, san Benito, puso como consigna a sus monjes el lema “ora y trabaja”. La práctica nos da un criterio para entender la palabra de Jesús.

En realidad, no se trata de alternativas: o me dedico a trabajar o me dedico a orar. La palabra de Jesús a Marta tiene otro alcance y responde a otra pregunta: ¿Para qué vivimos? ¿Es el trabajo y la preocupación por satisfacer las necesidades de este mundo lo más importante, lo único importante? ¿Nacimos solo para trabajar? ¿Se agota el sentido de la vida en ganarse el pan? ¿Cuál es la necesidad verdaderamente importante y el fin que debe guiar nuestra vida?

Jesús con su enseñanza nos orienta para poner orden y prioridades en nuestra vida. Hay necesidades más importantes que las primarias corporales de comer y vestirse. Hemos nacido y vivimos para Dios; alcanzamos la recta actitud en la vida cuando nuestro propósito se encamina a Dios: a escuchar la Palabra de Jesús su Hijo, a conversar con él en la oración.

Descubrimos la verdadera consistencia en la vida cuando sabemos que lo único importante es Jesús y el Reino de Dios. Esa es la perla que merece la pena que uno venda todo para adquirirla; ese es el tesoro enterrado en un campo que merece que sacrifiquemos todos los otros bienes para adquirir el campo y poseerlo (cf. Mt 13,44-46). María ha elegido la mejor parte, y nadie se la quitará.

Cuando Jesús dice no se inquieten pensando qué van a comer para poder vivir, ni con qué vestido cubrirán su cuerpo, o cuando le reprocha a Marta que anda inquieta y preocupada por muchas cosas, cuando en realidad una sola es necesaria, no está invitando a la holgazanería ni a vivir de limosna.

Está invitando con urgencia a abrir el horizonte de nuestras referencias fundamentales a Dios y su Palabra. La existencia humana no se acaba y agota en el círculo de las necesidades temporales, sino que nuestra plena realización comienza a darse cuando lanzamos la mirada hasta el cielo.

Vivimos en una cultura que cada vez más se cierra en sí misma y considera real solo las cosas y los acontecimientos que se dan en este tiempo y en este mundo. Jesús nos invita a alzar la mirada más allá, a trascender el horizonte de lo temporal y mundano para anclar nuestra existencia en la eternidad de Dios.

Eso no significa descuidar las cosas de este mundo; eso significa saber ordenar nuestra vida para orientarla hacia las realidades que le dan consistencia. Y esto se aplica no solo en el ámbito de lo personal, sino también de lo pastoral.

Hacer que la preocupación por solucionar las desigualdades e injusticias de nuestra sociedad sea el eje de la pastoral de la Iglesia desfigura el evangelio y deja insatisfecho el deseo del corazón humano de encontrar sentido y plenitud.

La acción evangelizadora de la Iglesia alcanza su meta cuando anunciamos, incluso a los más necesitados de comida, vestido, salud y vivienda, que la necesidad suprema es Dios. La caridad socorre ambas necesidades, no solo las visibles.

Una sociedad que ha encontrado sentido de vida en Dios se esforzará, en consecuencia, en ser más justa e incluyente. Eso enseña Jesús hoy.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

Nacidos para Dios


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