Nueve consejos para que la gracia que recibes durante la misa dure toda la semana

junio 22, 2019

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Nos gustaría que toda la semana pudiésemos tener presente la Palabra y el Cuerpo de Cristo

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Nueve consejos para que la gracia que recibes durante la misa dure toda la semana

Por María Belén Andrada

Nos demos cuenta o no de ello, la misa es el momento más importante de la semana. O del día, para quienes tienen la gracia de poder asistir a diario. Pero lo más probable es que no caigamos en cuenta de la magnitud de este misterio y que por este motivo no asistamos con la frecuencia con la que deberíamos hacerlo.

Si así fuera, sería más fácil evitar las distracciones cuando asistimos o no buscaríamos tantas excusas para decir «no puedo» cuando Cristo nos invita a su banquete. Pero de la importancia de la misa en la vida de un cristiano ya hablé en otra oportunidad.

Ahora me dirijo a quienes han descubierto lo maravilloso que es ese momento en que se renueva el sacrificio de Cristo en el Calvario y piensan «cómo me gustaría que durase más tiempo». No hablo de duración en horas. A propósito, a veces una hora ya se nos hace larga y tenemos que recordar lo que decía un santo: «La Misa es larga, dices, y añado yo: porque tu amor es corto».

Pero no, no me refiero a la duración de la celebración eucarística, sino a que nos gustaría que toda la semana pudiésemos tener presente la Palabra y el Cuerpo de Cristo, llevarlo en nuestros corazones y a nuestras obras cada día.

¡Te cuento que es posible! Es tan rica la Misa, que sobreabundan las maneras de que su gracia siga derramándose en nuestro día a día, toda la semana.

1. Meditar la palabra

Podemos meditar y rezar con las lecturas dominicales, preparándonos para el encuentro con Él o prolongando el que ya tuvimos. La mejor manera de hacer esto es leyendo los textos sagrados y preguntarnos tres cosas: qué dice, qué me dice, qué le digo.

2. Sacar jaculatorias

Del salmo o de las antífonas podemos sacar jaculatorias. Oraciones breves que podemos repetir en cualquier momento de la jornada, al terminar una tarea en la oficina, o un capítulo que estamos estudiando. Quizás mientras vamos caminando por las calles.

3.  Rezar la homilía

El sacerdote suele hablar de muchos temas en la homilía. Sí, se refiere a un tema principal, pero de él desglosa otros pequeños aspectos que nos pueden servir para rezar un poco cada día. Meditando cómo incorporar esa enseñanza en nuestras vidas.

4. Sacar un propósito

Los santos han tenido sus propios exámenes particulares, es decir, un punto de lucha en el cual se examinaban específicamente. De lo que el sacerdote habla en la misa podemos aprovechar para tomar ideas de cuál puede ser nuestro próximo examen particular.

5. Tener presencia de Dios

Al comulgar, Él habita en nosotros, nos diviniza y acompaña. Meditar esta realidad puede llevarnos a obrar de tal manera que nuestras obras sean “sus” obras, nuestras palabras la “suya” y que realmente seamos otros Cristos en la tierra.

6. Hacer un sacrificio

Luego de vivir la renovación del sacrificio magno, el sacrificio de la Cruz, podemos sentirnos movidos a hacer también alguno pequeño, por los demás o por el mismo Cristo. Por los demás, como hablar menos de nosotros y escuchar más al otro, sonreír cuando cuesta, ayudar con los platos en la casa, etc.

O simplemente uno escondido, imperceptible, que solo Dios apreciará, como llevar con paciencia el calor, no pedir que cambien una música que nos incomoda, sonreír a quien nos parece intratable, etc.

7. Hacer una obra de misericordia

Solemos dar limosna en la misa y ahí nos acordamos de la Iglesia y de los pobres. Pero podemos hacer esto toda la semana, todos los días, al menos una buena obra de misericordia por día. ¡Tenemos 14 para elegir!

8. Tener una oración personal

Repetir la oración que hicimos al recibir a Jesús en la Eucaristía, puede mantenernos unidos a ese momento y recordar los buenos propósitos de mejora que hicimos cuando lo tuvimos cerca del corazón.

9. Hacer comuniones espirituales

Aunque no lo recibamos físicamente todos los días, podemos recibirlo espiritualmente, todo el día, a cada momento, repitiendo con frecuencia comuniones espirituales. La que yo conozco es bastante breve y quizás podría servirte: «Yo quisiera, Señor, recibirte con aquella pureza, humildad y devoción con que te recibió tu Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos. Amén».

Espero que estos consejos te puedan servir y puedas implementarlos progresivamente. Recuerda compartirlos con tus amigos y familiares para que encuentren otras formas de sentir más cerca a Dios a cada instante.

9 consejos para que la gracia que recibes durante la misa dure toda la semana


El maná de cada día, 23.6.19

junio 22, 2019

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Ciclo C

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El que coma de este pan vivirá para siempre



Antífona de Entrada: Sal 80, 17

El Señor los alimentó con flor de harina y los sació con miel silvestre.


Oración colecta

Oh Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas.


PRIMERA LECTURA: Génesis 14, 18-20

En aquellos días, Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, sacó pan y vino y bendijo a Abrán, diciendo: «Bendito sea Abrahán por el Dios altísimo, creador de cielo y tierra; bendito sea el Dios altísimo, que te ha entregado tus enemigos.» Y Abrán le dio un décimo de cada cosa.

SALMO 109, 1.2.3.4

Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.

Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro: somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento, entre esplendores sagrados; yo mismo te engendré, como rocío, antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: «Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.»


SEGUNDA LECTURA: 1 Corintios 11, 23-26

Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.»

Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.»

Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 6, 51

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo -dice el Señor-; el que coma de este pan vivirá para siempre.


EVANGELIO: Lucas 9, 11b-17

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban.

Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.»
Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.»

Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.» Porque eran unos cinco mil hombres.

Jesús dijo a sus discípulos: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.»

Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.


Antífona de la comunión: Jn 6, 57

El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él -dice el Señor.


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¡Oh banquete precioso y admirable!

Santo Tomás de Aquino. Opúsculo 57, en la fiesta del Cuerpo de Cristo 1-4

El Hijo único de Dios, queriendo hacernos partícipe de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que hecho hombre, divinizase a los hombres.

Además, entregó por nuestra salvación todo cuan tomó de nosotros. Porque, por nuestra reconciliación ofreció, sobre el altar de la cruz, su cuerpo como víctima a Dios, su Padre, y derramó su sangre como precio de nuestra libertad y como baño sagrado que nos lava, para que fuésemos liberados de una miserable esclavitud y purificados de todos nuestros pecados.

Pero, a fin de que guardásemos por siempre jamás en nosotros la memoria de tan gran beneficio, dejó a los fie­les, bajo la apariencia de pan y de vino, su cuerpo, para que fuese nuestro alimento, y su sangre, para que fuese nuestra bebida.

¡Oh banquete precioso y admirable, banquete saluda­ble y lleno de toda suavidad! ¿Qué puede haber, en efecto, más precioso que este banquete en el cual no se nos ofrece, para comer, la carne de becerros o de machos cabríos, como se hacía antiguamente, bajo la ley, sino al mismo Cristo, verdadero Dios?

No hay ningún sacramento más saludable que éste, pues por él se borran los pecados, se aumentan las vir­tudes y se nutre el alma con la abundancia de todos los dones espirituales.

Se ofrece, en la Iglesia, por los vivos y por los difuntos para que a todos aproveche, ya que ha sido establecido para la salvación de todos.

Finalmente, nadie es capaz de expresar la suavidad de este sacramento, en el cual gustamos la suavidad espiri­tual en su misma fuente y celebramos la memoria del in­menso y sublime amor que Cristo mostró en su pasión.

Por eso, para que la inmensidad de este amor se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena, cuando, después de celebrar la Pascua con sus discípulos, iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia.

VIVIR  LA EUCARISTÍA COMO VERDADERA COMUNIÓN

CON CRISTO Y TAMBIÉN CON LOS HERMANOS

Homilía del Papa Francisco en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, 30 de mayo de 2013

Info Católica

Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio que hemos escuchado hay una expresión de Jesús que me sorprende siempre: “Denles ustedes de comer” (Lc 9,13). Partiendo de esta frase, me dejo guiar por tres palabras: seguimiento, comunión, compartir.

1.- Ante todo: ¿quiénes son aquellos a los que dar de comer? La respuesta la encontramos al inicio del pasaje evangélico: es la muchedumbre, la multitud. Jesús está en medio a la gente, la recibe, le habla, la sana, le muestra la misericordia de Dios; en medio a ella elige a los Doce Apóstoles para permanecer con Él y sumergirse como Él en las situaciones concretas del mundo.

Y la gente lo sigue, lo escucha, porque Jesús habla y actúa de una manera nueva, con la autoridad de quien es auténtico y coherente, de quien habla y actúa con verdad, de quien dona la esperanza que viene de Dios, de quien es revelación del Rostro de un Dios que es amor. Y la gente, con gozo, bendice al Señor.

Esta tarde nosotros somos la multitud del Evangelio, también nosotros intentamos seguir a Jesús para escucharlo, para entrar en comunión con Él en la Eucaristía, para acompañarlo y para que nos acompañe.

Preguntémonos: ¿cómo sigo a Jesús? Jesús habla en silencio en el Misterio de la Eucaristía y cada vez nos recuerda que seguirlo quiere decir salir de nosotros mismos y hacer de nuestra vida no una posesión nuestra, sino un don a Él y a los demás.

2.- Demos un paso adelante: ¿de dónde nace la invitación que Jesús hace a los discípulos de saciar ellos mismos el hambre de la multitud? Nace de dos elementos: sobre todo de la multitud que, siguiendo a Jesús, se encuentra en un lugar solitario, lejos de los lugares habitados, mientras cae la tarde, y luego por la preocupación de los discípulos que piden a Jesús despedir a la gente para que vaya a los pueblos y caseríos a buscar alojamiento y comida (cfr. Lc 9, 12).

Frente a la necesidad de la multitud, ésta es la solución de los apóstoles: que cada uno piense en sí mismo: ¡despedir a la gente! ¡Cuántas veces nosotros cristianos tenemos esta tentación! No nos hacemos cargo de la necesidad de los otros, despidiéndolos con un piadoso: “¡Que Dios te ayude!”. Pero la solución de Jesús va hacia otra dirección, una dirección que sorprende a los discípulos: “denles ustedes de comer”.

Pero ¿cómo es posible que seamos nosotros los que demos de comer a una multitud? “No tenemos más que cinco panes y dos pescados; a no ser que vayamos nosotros mismos a comprar víveres para toda esta gente”. Pero Jesús no se desanima: pide a los discípulos hacer sentar a la gente en comunidades de cincuenta personas, eleva su mirada hacia el cielo, pronuncia la bendición parte los panes y los da a los discípulos para que los distribuyan.

Es un momento de profunda comunión: la multitud alimentada con la palabra del Señor, es ahora nutrida con su pan de vida. Y todos se saciaron, escribe el Evangelista.

Esta tarde también nosotros estamos en torno a la mesa del Señor, a la mesa del Sacrificio eucarístico, en el que Él nos dona su cuerpo una vez más, hace presente el único sacrificio de la Cruz. Es en la escucha de su Palabra, en el nutrirse de su Cuerpo y de su Sangre, que Él nos hace pasar del ser multitud a ser comunidad, del anonimato a la comunión. La Eucaristía es el Sacramento de la comunión, que nos hace salir del individualismo para vivir juntos el seguimiento, la fe en Él.

Entonces tendremos todos que preguntarnos ante el Señor: ¿cómo vivo la Eucaristía? ¿La vivo en forma anónima o como momento de verdadera comunión con el Señor, pero también con tantos hermanos y hermanas que comparten esta misma mesa? ¿Cómo son nuestras celebraciones eucarísticas?

3.- Un último elemento: ¿de dónde nace la multiplicación de los panes? La respuesta se encuentra en la invitación de Jesús a los discípulos “Denles ustedes”, “dar”, compartir. ¿Qué cosa comparten los discípulos? Lo poco que tienen: cinco panes y dos peces. Pero son justamente esos panes y esos peces que en las manos del Señor sacian el hambre de toda la gente.

Y son justamente los discípulos desorientados ante la incapacidad de sus posibilidades, ante la pobreza de lo que pueden ofrecer, los que hacen sentar a la muchedumbre y distribuyen -confiándose en la palabra de Jesús- los panes y los peces que sacian el hambre de la multitud.

Y esto nos indica que en la Iglesia pero también en la sociedad existe una palabra clave a la que no tenemos que tener miedo: “solidaridad”, o sea saber `poner a disposición de Dios aquello que tenemos, nuestras humildes capacidades, porque solo en el compartir, en el donarse, nuestra vida será fecunda, dará frutos. Solidaridad: ¡una palabra mal vista por el espíritu mundano!

Esta tarde, una vez más, el Señor distribuye para nosotros el pan que es su cuerpo, se hace don. Y también nosotros experimentamos la “solidaridad de Dios” con el hombre, una solidaridad que no se acaba jamás, una solidaridad que nunca termina de sorprendernos: Dios se hace cercano a nosotros, en el sacrificio de la Cruz se abaja entrando en la oscuridad de la muerte para darnos su vida, que vence el mal, el egoísmo, la muerte.

También esta tarde Jesús se dona a nosotros en la Eucaristía, comparte nuestro mismo camino, es más se hace alimento, el verdadero alimento que sostiene nuestra vida en los momentos en los que el camino se hace duro, los obstáculos frenan nuestros pasos.

Y en la Eucaristía el Señor nos hace recorrer su camino, aquel del servicio, del compartir, del donarse, y lo poco que tenemos, lo poco que somos, si es compartido, se convierte en riqueza, porque es la potencia de Dios, que es la potencia del amor que desciende sobre nuestra pobreza para transformarla.

Esta tarde entonces preguntémonos, adorando a Cristo presente realmente en la Eucaristía: ¿me dejo transformar por Él? ¿Dejo que el Señor que se dona a mí, me guíe para salir cada vez más de mi pequeño espacio y no tener miedo de donar, de compartir, de amarlo a Él y a los demás?

Seguimiento, comunión, compartir. Oremos para que la participación a la Eucaristía nos provoque siempre: a seguir al Señor cada día, a ser instrumentos de comunión, a compartir con Él y con nuestro prójimo aquello que somos. Entonces nuestra existencia será verdaderamente fecunda. Amén.


El maná de cada día, 22.6.19

junio 22, 2019

Sábado de la 11ª semana del Tiempo Ordinario

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¿La opinión del mundo o la verdad de Dios?

¿La opinión del mundo o la verdad de Dios?

 

PRIMERA LECTURA: 2 Corintios 12, 1-10

Hermanos: Toca presumir. Ya sé que no está bien, pero paso a las visiones y revelaciones del Señor.

Yo sé de un cristiano que hace catorce años fue arrebatado hasta el tercer cielo, con el cuerpo o sin cuerpo, ¿qué sé yo?, Dios lo sabe. Lo cierto es que ese hombre fue arrebatado al paraíso y oyó palabras arcanas, que un hombre no es capaz de repetir. De uno como ése podría presumir; lo que es yo, sólo presumiré de mis debilidades.

Y eso que, si quisiera presumir, no diría disparates, diría la pura verdad; pero lo dejo, para que se hagan una idea de mí sólo por lo que ven y oyen. Por la grandeza de estas revelaciones, para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un ángel de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces he pedido al Señor verme libre de él; y me ha respondido: «Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad.»

Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte.


SALMO 33, 8-9. 10-11. 12-13

Gustad y ved qué bueno es el Señor.

El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él.

Todos sus santos, temed al Señor, porque nada les falta a los que le temen; los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan al Señor no carecen de nada.

Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor; ¿hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad?


Aclamación antes del Evangelio: 2 Cor 8, 9

Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre, para enriqueceros con su pobreza.


EVANGELIO: Mateo 6, 24-34

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

– «Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.

Por eso os digo: No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido?

Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?

¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe?

No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura.

Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos.»



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UN CRIADO Y DOS SEÑORES

“Ningún criado puede servir a dos señores” (Lc 16,13). El problema es que se nos contagia del ambiente ese afán de contemporizar, de acomodarse a todo, de quedar bien con todos, de vivir encendiendo una vela a Dios y otra al diablo.

Y, además, esa tendencia natural a lo mínimo y justito, a lo más cómodo, a lo menos exagerado y radical, a vivir con dos caras, una ante el mundo y otra ante Dios, nos acostumbra a vivir una vida cristiana instalada en la mediocridad, en la incoherencia y en el rasero de los meramente cumplidores.

A la larga no se puede mantener un cristianismo a medias, dividido entre dos amos, “porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien, se entregará a uno y despreciará al otro”. Tarde o temprano esa doble vida y esa doble fe, en la opinión del mundo y en la verdad de Dios, termina por resquebrajarse y ponernos entre la espada y la pared.

O, al menos, así es de desear, porque mucho peor es la situación de aquellos que se conforman con vivir su cristianismo siempre a dos aguas, como criado embustero que engaña a la vez a sus dos señores. A éstos, su propia tibieza y mediocridad les sirve ya de castigo, porque no hay nada que genere más infelicidad que no tener un ideal por el que entregar tu vida.

Entrégate de verdad, sinceramente, sin rodeos; al mundo, o a Dios, pero entrégate.

Ahora bien, ya que te entregas hazlo por la felicidad más grande, la que no pasa, la que te llena de verdad. Y, ya que te entregas, prueba la mayor entrega y la más gozosa, esa de la cruz, que es donde encontrarás la verdadera y plena felicidad ya en este mundo. Que ese crucificado sea tu verdadero y único Señor.

Lañas diarias www.mater-dei.es


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