¿Cómo orar para recibir el Espíritu Santo? Responde el predicador del Papa

junio 10, 2019

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La colombina: la paloma del Espíritu Santo

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Raniero Cantalamessa con motivo de la campaña mundial de oración en preparación de Pentecostés 2019.

¿Cómo orar para recibir el Espíritu Santo? Responde el predicador del Papa

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En el próximo Pentecostés entrará en función CHARIS, el nuevo organismo único de servicio de toda la corriente de gracia de la Renovación Carismática Católica. Es una ocasión única para una efusión renovada del Espíritu sobre nosotros y sobre toda la Iglesia.

El propósito de ésta, y de las dos sucesivas reflexiones que me ha pedido el comité de coordinación, es precisamente el de apoyar y estimular con motivaciones bíblicas y teológicas el compromiso de oración con la que muchos hermanos y hermanas quieren contribuir al éxito espiritual del evento.

ORAD PARA RECIBIR EL ESPÍRITU

¿Cómo se prepararon los apóstoles a la venida del Espíritu Santo? ¡Orando! “Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hch l, 14).

La oración de los apóstoles reunidos en el Cenáculo con María, es la primera gran epíclesis, es la inauguración de la dimensión epiclética de la Iglesia, de ese «Ven, Espíritu Santo» que seguirá resonando en la Iglesia por todos los siglos y que la liturgia antepondrá a todas sus acciones más importantes.

Mientras la Iglesia estaba en oración, “De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso… quedaron todos llenos del Espíritu Santo” (Hch 2, 2-4).

Se repite lo que había sucedido en el bautismo de Cristo: “Sucedió que cuando todo el pueblo estaba bautizándose, bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal” (Lc 3, 21-22).

Se diría que para San Lucas fue la oración de Jesús la que rasgó el cielo e hizo descender el Espíritu sobre él. Lo mismo sucede en Pentecostés.

Es impresionante la insistencia con la que, en los Hechos de los Apóstoles, la venida del Espíritu Santo se pone en relación con la oración. Sin olvidar el papel determinante del bautismo (cf Hch 2, 38), pero se insiste más sobre el de la oración.

Saulo «estaba orando» cuando el Señor le envió a Ananías para que recuperase la vista y se llenase de Espíritu Santo (cf Hch 9, 9.11). Cuando los apóstoles supieron que la Samaria había escuchado la Palabra, mandaron a Pedro y a Juan; «estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo» (At 8, 15).

Orar para recibir, recibir para orar

Cuando, en la misma ocasión, Simón el Mago intentó obtener el Espíritu Santo pagando, los apóstoles reaccionaron indignados (cf Hch 8, 18 ss). El Espíritu Santo no se puede comprar, sólo se puede implorar con la oración.

Jesús mismo de hecho había ligado el don del Espíritu Santo a la oración, diciendo: “Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!” (Lc 11, 13).

Lo había ligado no sólo a nuestra oración sino también, y sobre todo, a la suya diciendo: “y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre” (Jn 14, 16).

Entre la oración y el don del Espíritu existe la misma circularidad y compenetración que entre la gracia y la libertad. Nosotros tenemos necesidad de recibir el Espíritu Santo para poder orar, y tenemos necesidad de orar para poder recibir el Espíritu Santo. Al principio está el don de la gracia, pero después es necesario orar para que este don se conserve y se acreciente.

Pero todo esto no debe quedarse en una enseñanza abstracta y genérica. Me debe decir algo a mí individualmente. ¿Quieres recibir el Espíritu Santo? ¿Te sientes débil y deseas ser revestido con la fuerza de lo alto? ¿Te sientes tibio y quieres ser recalentado? ¿Seco y quieres ser regado? ¿Rígido y quieres ser doblado? ¿Descontento de la vida pasada y quieres ser renovado?

¡Ora, ora, ora! Que en tu boca no se apague el grito sumiso: Veni, Sancte Spiritus, ¡Ven, Espíritu Santo! Si una persona o un grupo de personas, con fe, se pone en oración y en retiro, decididos a no levantarse sin haber recibido lo que pedían y de hecho mucho más.

Así sucedió en aquel primer retiro de Duquesne en el que se inició la Renovación Carismática Católica.

Oración de corazón

Como fue la oración de María y los apóstoles, también la nuestra debe ser una oración «concorde y perseverante». Concorde o unánime (homothymadon) significa, al pie de la letra, hecha con un solo corazón (con-corde) y con una sola alma («un-ánima»).

Jesús dijo: “Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos” (Mt 18,19).

La otra característica de la oración de María y de los apóstoles es que era una oración «perseverante». El término original griego que expresa esta cualidad de la oración cristiana (proskarteroúntes) indica una acción tenaz, insistente, el estar ocupado con asiduidad y constancia en alguna cosa.

Se traduce con perseverantes, o asiduos, en la oración. Se podría también traducir «aferrados tenazmente» a la oración.

Esta palabra es importante porque es la que se repite con más frecuencia cada vez que se habla de oración en el Nuevo Testamento. En los Hechos vuelve poco después, cuando se habla de los primeros creyentes que llegaban a la fe, que «acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones» (Hch 2, 42).

También San Pablo recomienda ser «perseverantes en la oración» (Rm 12, 12; Col 4, 2). En un fragmento de la carta a los Efesios se lee: “siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia” (Ef 6, 18).

Como la viuda importuna

La esencia de esta enseñanza deriva de Jesús, el cual contó la parábola de la viuda importuna, precisamente para decir que es necesario «orar siempre, sin cansarse» (cf Lc 18, 1).

La mujer cananea es un ejemplo viviente de esta oración insistente que no se deja desalentar por nada y que al final, precisamente por esto, obtiene lo que desea. Ella le pide la sanación de la hija, y Jesús –está escrito– «no le respondió palabra». Insiste, y Jesús responde que ha sido enviado sólo para las ovejas de Israel. Ella se echa a sus pies, y Jesús se resiste diciendo que no es bueno tomar el alimento de la mesa de los hijos para dárselo a los perritos.

Era suficiente para desanimarse. Pero la mujer cananea no se rinde; dice: «Sí… pero también los perritos…», y Jesús feliz exclama: “Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas” (Mt 15, 21 ss).

No es parloteo

Orar largo tiempo, con perseverancia, no significa con muchas palabras, abandonándose a un parloteo vano como los paganos (cf Mt 6, 7). Ser perseverante en la oración significa pedir a menudo, no dejar de pedir, no dejar de esperar, no rendirse nunca.

Significa no darse reposo y no dárselo tampoco a Dios: “Los que hacéis que Yahveh recuerde, no guardéis silencio. No le dejéis descansar, hasta que restablezca, hasta que trueque a Jerusalén en alabanza en la tierra”  (Is 62, 6-7).

Pero ¿por qué la oración debe ser perseverante y por qué Dios no escucha inmediatamente? ¿No es él mismo el que, en la Biblia, promete escuchar inmediatamente, en cuanto se ora, es más antes de haber terminado de orar?

“Antes que me llamen, yo responderé; aún estarán hablando, y yo les escucharé” (Is 65, 24). Jesús corrobora: “y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar? “Os digo que les hará justicia pronto” (Lc 18, 7).

¿No desmiente clamorosamente la experiencia estas palabras? No, Dios ha prometido escuchar siempre y escuchar inmediatamente nuestra oración, y así lo hace. Somos nosotros los que debemos abrir los ojos.

“Buscad y encontraréis…”

Es muy cierto, él cumple su palabra: en el retrasar el auxilio, él ya auxilia; más bien este diferir es ello mismo un auxilio. Esto para que no ocurra que escuchando demasiado deprisa la voluntad del que pide, él no pueda proporcionarle una salud perfecta.

Es necesario distinguir la escucha según la voluntad del orante y la escucha según la necesidad del orante, que es su salvación. Jesús dijo: “Buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá” (Mt 7,7). Cuando se leen estas palabras, se piensa inmediatamente que Jesús promete darnos todas las cosas que le pidamos, y nos quedamos perplejos porque vemos que esto se consigue raramente.

Pero él pretendía decir sobre todo una cosa: “Buscadme y me encontraréis, llamad y os abriré”. Promete darse a sí mismo, más allá de las cosas que le pedimos, y esta promesa siempre se mantiene infaliblemente. Quien le busca, le encuentra; a quien llama, le abre y una vez encontrado, todo lo demás pasa a segundo plano.

Cuando el objeto de nuestra oración es el don bueno por excelencia, lo que Dios mismo quiere darnos sobre todas las cosas -el Espíritu Santo-, es necesario protegerse de un posible engaño.

Nosotros estamos inclinados a concebir el Espíritu Santo, más o menos conscientemente, como una ayuda potente de lo alto, un soplo de vida que viene a reavivar agradablemente nuestra oración y nuestro fervor, a volver eficaz nuestro ministerio y fácil llevar la cruz.

Has orado de esta manera durante años para tener tu Pentecostés y te parece que no se ha movido ni un soplo de viento. Nada de todo lo que esperabas ha sucedido.

El Espíritu Santo no se da para potenciar nuestro egoísmo. Mejor, mira alrededor. Quizás todo ese Espíritu Santo que pedías para ti, Dios te lo ha concedido, pero para los otros.

Tal vez la oración de otros en torno a ti, por tu palabra, se ha renovado y la tuya ha seguido adelante chapurreada como antes; otros han sentido traspasado el corazón, han sentido la compunción y llorando se han arrepentido, y tú sigues todavía ahí pidiendo precisamente esa gracia.

Deja libre a Dios; hazte honor de dejar a Dios su libertad. Éste es el modo que él ha escogido para darte su Santo Espíritu y es el más bello. Tal vez algún apóstol, el día de Pentecostés, viendo a toda aquella multitud arrepentida dándose golpes de pecho, traspasada por la Palabra de Dios, tal vez, digo, no había sentido envidia y confusión, pensando que también él todavía no había llorado por haber crucificado a Jesús de Nazaret.

San Pablo, que en la predicación era acompañado por la manifestación del Espíritu y de su poder, pide por tres veces ser liberado de su espina en la carne, pero no fue escuchado y tuvo que resignarse a vivir con ella para que se manifestase mejor el poder de Dios (cf 2 Cor 12, 8 s).

En la Renovación Carismática la oración se manifiesta de una forma nueva respecto al pasado: la de la oración en grupo o el grupo de oración.

Participando en ellos se comprende lo que quería decir el Apóstol cuando escribe a los Efesios: “llenaos más bien del Espíritu. Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5,18-20).

Y de nuevo: “siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu” (Ef 6,18).

Nosotros conocemos sólo dos tipos fundamentales de oración: la oración litúrgica y la oración privada. La oración litúrgica es comunitaria, pero no es espontánea; la oración privada es espontánea pero no es comunitaria.

Son necesarios momentos en los que se pueda orar espontáneamente, como dicte el Espíritu, pero compartiendo la propia oración con otros, poniendo en común los diversos dones y carismas y edificándose cada uno con el fervor del otro; poniendo en común las diversas “lenguas de fuego” de manera que formen una única llama. Es necesaria, en resumen, una oración que sea espontánea y comunitaria a la vez.

Tenemos un ejemplo magnífico de esta oración “carismática”, espontánea y comunitaria a la vez, en el capítulo cuarto de los Hechos.

Pedro y Juan, liberados de la cárcel con la orden de no hablar más en el nombre de Jesús, regresan a la comunidad y ésta se pone a orar. Uno proclama una palabra de la Escritura (“Los reyes y magistrados se han aliado contra el Señor y contra su Ungido”), otro tiene el don de aplicar la palabra a la situación del momento; es como una “sublevación” de fe que da la osadía de pedir “sanaciones, signos y prodigios”.

Al final se repite lo que había sucedido en el primer Pentecostés “todos quedaron llenos del Espíritu Santo” y siguieron predicando a Cristo “con valentía”.

Un don especial a pedir al Espíritu Santo, con ocasión de la renovación y de la unificación de los organismos de servicio, es el que revive la maravilla de aquellos primeros grupos de oración carismáticos en los que casi se respiraba la presencia del Espíritu Santo, y el señorío de Cristo no era una verdad solamente proclamada sino experimentada casi tangiblemente.

No olvidemos que el grupo de oración o la oración en grupo es el elemento básico que une entre sí tanto a la realidad de los grupos de oración como la de las fraternidades carismáticas.

Con cada una de las formas de oración mencionadas se puede participar en la cadena de oración en preparación de Pentecostés. A quien ama la oración litúrgica, le sugiero que repita más veces al día, a elegir, una de las siguientes invocaciones al Espíritu Santo que está en uso en la liturgia, sabiendo que se une así a las innumerables filas de creyentes que la han pronunciado antes que nosotros:

“Ven, Santo Espíritu, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”. (A los que todavía les gusta orar con la fórmula original latina: “Veni, Sancte Spiritus, reple tuorum corda fidelium et tui amoris in eis ignem accende”). O bien: “Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra”. O bien: “Ven, Espíritu Creador, visita las almas de tus fieles y llena con tu divina gracia, los corazones que tú creaste”.

A los hermanos y a las hermanas de lengua inglesa les sugiero que repitan, a solas o en el grupo, las palabras de ese canto que hemos recibido de los hermanos pentecostales y que ha acompañado a millones de creyentes en el momento de recibir el bautismo en el Espíritu Santo (cambiando el singolare “me” por el plural “us”): “Spirit of the living God, fall afresh on me: melt me, mould me, fill me, use me. Spirit of the living God, fall afresh on me”.

En mi libro del comentario al Veni Creator he escrito yo también una invocación al Espíritu Santo. La comparto con mucho gusto en este momento con quien se sienta inspirado:

“¡Espíritu Santo, ven!

¡Ven, fuerza y dulzura de Dios!

¡Ven tú que eres movimiento y quietud al mismo tiempo!  

¡Renueva nuestro valor,

llena nuestra soledad en este mundo,

infúndenos la intimidad con Dios!

Ya no decimos como el profeta: ‘Ven de los cuatro vientos’,

como si no supiéramos aún de dónde vienes;

nosotros decimos:

‘¡Ven, Espíritu que sales del costado traspasado de Cristo en la cruz!

¡Ven de la boca del Resucitado!’”.

¿Cómo orar para recibir el Espíritu Santo? Responde el predicador del Papa


El maná de cada día, 10.6.19

junio 10, 2019

Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia

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Maria Madre de la Iglesia

María, Madre de la Iglesia



Antífona de entrada: Hch 1, 14

Los discípulos perseveraban unánimes en la oración con María, la madre de Jesús.


Oración colecta

Oh, Dios, Padre de misericordia, cuyo Unigénito, clavado en la cruz, proclamó a santa María Virgen, su Madre, como Madre también nuestra, concédenos, por su cooperación amorosa, que tu Iglesia, cada día más fecunda, se llene de gozo por la santidad de sus hijos y atraiga a su seno a todas las familias de los pueblos. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Génesis 3, 9-15. 20

Después de comer Adán del árbol, el Señor Dios lo llamó y le dijo: «Dónde estás?».

Él contestó: «Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí».

El Señor Dios le replicó: «¿Quién te informó de que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?».

Adán respondió: «La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí».

El Señor Dios dijo a la mujer: «¿Qué has hecho?».

La mujer respondió: «La serpiente me sedujo y comí».

El Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho eso, maldita tú entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón».

Adán llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven.


SALMO 86, 1-2. 3 y 5. 6-7

¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!

Él la ha cimentado sobre el monte santo; y el Señor prefiere las puertas de Sion a todas las moradas de Jacob.

¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios! Se dirá de Sion: «Uno por uno, todos han nacido en ella; el Altísimo en persona la ha fundado».

El Señor escribirá en el registro de los pueblos: «Este ha nacido allí». Y cantarán mientras danzan: «Todas mis fuentes están en ti».


ALELUYA

¡Oh, feliz Virgen que engendraste al Señor! ¡Oh, Bienaventurada Madre de la Iglesia, que infundes en nosotros el Espíritu de tu Hijo Jesucristo!


EVANGELIO: Juan 19, 25-34

En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena.

Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo».

Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre».

Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed».

Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido».

E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua.


Antífona de la comunión: Jn 2, 1. 11

Había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí; entonces Jesús comenzó sus signos y manifestó su gloria, y creyeron los discípulos en él.
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LA IGLESIA ES MUJER Y MADRE
Papa Francisco en la capilla de la Casa Santa Marta
Lunes, 21 de mayo de 2018

En Santa Marta, el 21 de mayo, el Papa Francisco celebró por primera vez la misa en la memoria de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia: desde este año, de hecho, la solemnidad en el calendario romano general se celebra el lunes después de Pentecostés, como fue dispuesto por el Pontífice con el decreto Ecclesia mater de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos (11 febrero 2018), precisamente para «favorecer el crecimiento del sentido materno de la Iglesia en los pastores, en los religiosos y en los fieles, como también de la genuina piedad mariana».

«En los Evangelios cada vez que se habla de María se habla de la “madre de Jesús”» hizo notar Francisco en la homilía, refiriéndose al pasaje evangélico de Juan (19, 25-34). Y «aunque en la Anunciación no se dice la palabra “madre”, el contexto es de maternidad: la madre de Jesús» afirmó el Papa, subrayando que «esta actitud de madre acompaña su obra durante toda la vida de Jesús: es madre». Tanto que, prosiguió, «al final Jesús la da como madre a los suyos, en la persona de Juan: “Yo me voy, pero esta es vuestra madre”». He ahí, por tanto, «la maternidad de María».

«Las palabras de la Virgen son palabras de madre» explicó el Papa. Y lo son «todas: después de aquellas, al principio, de disponibilidad a la voluntad de Dios y de alabanza a Dios en el Magníficat, todas las palabras de la Virgen son palabras de madre». E incluso «antes, en Nazaret, lo hace crecer, lo cría, lo educa, pero después lo sigue: “Tu madre está ahí”». María «es madre desde el principio, desde el momento en el que aparece en los Evangelios, desde el momento de la Anunciación hasta el final, ella es madre». De ella «no se dice “la señora” o “la viuda de José”» —y en realidad «podían decirlo»— sino que siempre María «es madre».

«Los padres de la Iglesia han entendido bien esto —afirmó el Pontífice— y han entendido también que la maternidad de María no termina en ella; va más allá». También los padres «dicen que María es madre, la Iglesia es madre y tu alma es madre: hay femenino en la Iglesia, que es maternal». Por eso, explicó Francisco, «la Iglesia es femenina porque es “iglesia”, “esposa”: es femenina y es madre, da a luz». Es, por tanto «esposa y madre», pero «los padres van más allá y dicen: “También tu alma es esposa de Cristo y madre”».

«En esta actitud que viene de María que es madre de la Iglesia —hizo presente el Papa— podemos entender esta dimensión femenina de la Iglesia: cuando no está, la Iglesia pierde la verdadera identidad y se convierte en una asociación de beneficencia o en un equipo de fútbol o cualquier otra cosa, pero no la Iglesia».

«La Iglesia es “mujer” —reiteró Francisco— y cuando nosotros pensamos en el rol de la mujer en la Iglesia debemos remontarnos hasta esta fuente: María, madre». Y «la Iglesia es “mujer” porque es madre, porque es capaz de “dar a luz hijos”: su alma es femenina porque es madre, es capaz de dar a luz actitudes de fecundidad».

«La maternidad de María es algo grande» insistió el Pontífice. Dios, de hecho, «ha querido nacer de una mujer para enseñarnos este camino». Es más, «Dios se ha enamorado de su pueblo como un esposo con la esposa: esto se dice en el Antiguo Testamento. Y es «un misterio grande». Como consecuencia, prosiguió Francisco, «nosotros podemos pensar» que «si la Iglesia es madre, las mujeres deberán tener funciones en la Iglesia: sí, es verdad, deberán tener funciones, muchas funciones que hacen, gracias a Dios son más las funciones que las mujeres tienen en la Iglesia».

Pero «esto no es lo más significativo» advirtió el Papa, porque «lo importante es que la Iglesia sea mujer, que tenga esta actitud de esposa y de madre». Con la conciencia de que «cuando olvidamos esto, es una Iglesia masculina sin esta dimensión, y tristemente se convierte en una Iglesia de solterones, que viven en este aislamiento, incapaces de amor, incapaces de fecundidad». Por tanto, afirmó el Pontífice, «sin la mujer la Iglesia no va adelante, porque ella es mujer, y esta actitud de mujer le viene de María, porque Jesús lo ha querido así».

Francisco, al respecto, también quiso indicar «el gesto, diría la actitud, que diferencia mayormente a la Iglesia como mujer, la virtud que la diferencia más como mujer». Y sugirió reconocerlo en el «gesto de María en el nacimiento de Jesús: “Dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo puso en un pesebre”». Una imagen en la que se encuentra «precisamente la ternura de toda madre con su hijo: curarlo con ternura, para que no se hiera, para que esté bien cubierto». Y «la ternura» por eso es también «la actitud de la Iglesia que se siente mujer y se siente madre».

«San Pablo —lo escuchamos ayer, también en el breviario lo hemos rezado— nos recuerda las virtudes del Espíritu y nos habla de la mansedumbre, la humildad, de estas virtudes llamadas “pasivas”» afirmó el Papa, haciendo notar que sin embargo «son las virtudes fuertes, las virtudes de las madres». He ahí que, añadió, «una Iglesia que es madre va por el camino de la ternura; conoce el lenguaje de tanta sabiduría de las caricias, del silencio, de la mirada que sabe de compasión, que sabe de silencio». Y «también un alma, una persona que vive esta pertenencia a la Iglesia, sabiendo que también es madre debe ir por el mismo camino: una persona mansa, tierna, sonriente, llena de amor».

«María, madre; la Iglesia, madre; nuestra alma, madre» repitió Francisco, invitando a pensar «en esta riqueza grande de la Iglesia y nuestra; y dejemos que el Espíritu Santo nos fecunde, a nosotros y a la Iglesia, para convertirnos también nosotros en madres de los otros, con actitud de ternura, de mansedumbre, de humildad. Seguros de que este es el camino de María». Y, en conclusión, el Papa hizo notar también que «curioso es el lenguaje de María en los Evangelios: cuando habla al Hijo, es para decirle cosas que los demás necesitan; y cuando habla a los demás, es para decirles: “haced todo lo que Él os diga”».

http://w2.vatican.va/content/francesco/es/cotidie/2018/documents/papa-francesco-cotidie_20180521_iglesia-mujer-madre.html


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