Maná y Vivencias Cuaresmales (33), 7.4.19

Domingo V de Cuaresma, Ciclo A

Nota.- También ofrezco al final unas pinceladas sobre las lecturas del ciclo C.
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resurrección de lázaro

¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?

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Antífona de entrada: Salmo 42, 1-2

Señor, hazme justicia. Defiende mi causa contra gente sin piedad; sálvame del hombre injusto y malvado, tú que eres mi Dios y mi defensa.


Oración colecta

Te rogamos, Señor Dios nuestro, que tu gracia nos ayude, para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Ezequiel 37, 12-14

Así dice el Señor: «Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor. Os infundiré mi espíritu, y viviréis; os colocaré en vuestra tierra y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago.» Oráculo del Señor.

SALMO 129, 1-2.3-4ab.4c-6.7-8

Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz, estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica.

Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora. Aguarde Israel al Señor, como el centinela la aurora.

Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y él redimirá a Israel de todos sus delitos.


SEGUNDA LECTURA: Romanos 8, 8-11

Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo.

Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.


Aclamación antes del evangelio: Juan 11, 25.26

Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor; el que cree en mí no morirá para siempre.


EVANGELIO: Juan 11, 1-45

Un hombre llamado Lázaro había caído enfermo. Era natural de Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. Esta María, hermana de Lázaro, fue la que derramó perfume sobre los pies del Señor y los secó con sus cabellos. Así que las dos hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, tu amigo está enfermo.»

Jesús dijo al oírlo: «Esta enfermedad no va a terminar en muerte, sino que ha de servir para mostrar la gloria de Dios y también la gloria del Hijo de Dios.»

Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro; sin embargo, cuando le dijeron que Lázaro estaba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde se encontraba. Después dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»

Los discípulos le contestaron: «Maestro, hace poco los judíos de esa región trataron de matarte a pedradas, ¿y otra vez quieres ir allá?»

Jesús les dijo: «¿No es cierto que el día tiene doce horas? Pues bien, si uno anda de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si uno anda de noche tropieza, porque le falta la luz.»

Después añadió: «Nuestro amigo Lázaro se ha dormido, pero voy a despertarle.»

Los discípulos le dijeron: «Señor, si se ha dormido es señal de que va a sanar.»

Pero lo que Jesús decía era que Lázaro había muerto, mientras que los discípulos pensaban que se había referido al sueño natural. Entonces Jesús les habló claramente: «Lázaro ha muerto. Y me alegro de no haber estado allí, porque así es mejor para vosotros, para que creáis. Pero vayamos a verle.»

Tomás, al que llamaban el Gemelo, dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros, para morir con él.»

Jesús, al llegar, se encontró con que ya hacía cuatro días que habían sepultado a Lázaro. Betania estaba cerca de Jerusalén, a unos tres kilómetros, y muchos judíos habían ido a visitar a Marta y María, para consolarlas por la muerte de su hermano.

Cuando Marta supo que Jesús estaba llegando, salió a recibirle; pero María se quedó en la casa. Marta dijo a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero aun ahora yo sé que Dios te dará cuanto le pidas.»

Jesús le contestó: «Tu hermano volverá a vivir.»

Marta le dijo: «Sí, ya sé que volverá a vivir cuando los muertos resuciten, en el día último.»

Jesús le dijo entonces: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y ninguno que esté vivo y crea en mí morirá jamás.¿Crees esto?»

Ella le dijo: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»

Después de esto, Marta fue a llamar a su hermana María y le dijo en secreto: «El Maestro está aquí y te llama.»

En cuanto María lo oyó, se levantó y fue a ver a Jesús; pero Jesús no había entrado aún en el pueblo, sino que permanecía en el lugar donde Marta había ido a encontrarle.

Al ver que María se levantaba y salía de prisa, los judíos que habían ido a consolarla a la casa, la siguieron pensando que iba al sepulcro a llorar.

Cuando María llegó a donde estaba Jesús, se puso de rodillas a sus pies, diciendo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.»

Jesús, al ver llorar a María y a los judíos que habían llegado con ella, se sintió profundamente triste y conmovido, y les preguntó: «¿Dónde lo habéis sepultado?»

Le dijeron: «Señor, ven a verlo.»

Y Jesús lloró. Los judíos dijeron entonces: «¡Mirad cuánto le quería!»

Pero algunos decían: «Este, que dio la vista al ciego, ¿no podría haber hecho algo para que Lázaro no muriese?»

Jesús, otra vez muy conmovido, se acercó al sepulcro. Era una cueva que tenía la entrada tapada con una piedra. Jesús dijo: «Quitad la piedra.»

Marta, la hermana del muerto, le dijo: «Señor, seguramente huele mal, porque hace cuatro días que murió.»

Jesús le contestó: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»

Quitaron la piedra, y Jesús, mirando al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas, pero digo esto por el bien de los que están aquí, para que crean que tú me has enviado.»

Habiendo hablado así, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, sal de ahí!»

Y el muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas y envuelta la cara en un lienzo.

Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadle ir.»

Al ver lo que Jesús había hecho, creyeron en él muchos de los judíos que habían ido a acompañar a María.


Antífona de comunión: Juan 11, 26

El que está vivo y cree en mí, dice el Señor, no morirá para siempre.


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VIVENCIAS CUARESMALES

En la Cruz resplandece la gloria de la Trinidad

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33. DOMINGO QUINTO

DE CUARESMA

CICLO A

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TEMA ILUMIADOR.- Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí no morirá para siempre.

En la oración colecta se pide participar en el mismo amor que movió a Cristo a complacer al Padre y a salvar a los hombres. Ya no se trata sólo de contemplar el amor de Cristo como algo externo sino de interiorizarlo afectiva y efectivamente. El dolor parece que está acercando al justo a Dios. Ahora, en el sufrimiento parece que es más difícil rehuir a Dios. La presencia de Dios en el corazón y en la vida real se interaccionan con más fuerza y nitidez. Poco a poco se impone la única realidad: sólo Dios basta. Él todo lo llena. Si a él lo tengo, ¿qué me falta?; si él está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?; ¿quién nos podrá separar del amor de Dios que está en Cristo Jesús?

La pasión va perfeccionando al justo. Dios perfeccionó a Jesús a base de sufrimientos. Lo hizo más humilde y lo llenó de su amor. Por eso puede someterse a los verdugos. Como cordero llevado al matadero. Sólo hay un actor, Dios mismo. Los demás actores del gran teatro del mundo se van diluyendo como niebla matinal, y se secan como hierba del campo. Dice el salmista: volví a pasar y ya no estaban. Y no se trata de verlo con los ojos de la carne, sino con los del Espíritu. Es decir, como los mira y los ve Dios mismo. La luz y la verdad se van imponiendo en todo su brillo y munificencia: precisamente en la pasión, en el dolor.

Por eso se ve como hermano aun al mismo adversario y aun al enemigo. Él no tiene culpa; no sabe lo que hace. El justo ya no se enreda en las mediaciones humanas, tratando de buscar culpables, hallar explicaciones: todo aparece con una especial claridad más allá de las cortinas puramente humanas.

Esta purificación del justo a través del dolor viene a ser como una “resurrección en vida”. Pues se accede a un tipo de existencia que permite al justo vivir permanentemente en un nivel de victoria, en una felicidad que resulta inaccesible e incomprensible para los pecadores, los hombres carnales. De ahí la oportunidad de las lecturas de hoy acerca de la resurrección del justo, y del poder de Jesús para resucitar muertos, gracias al poder que le ofrece el Padre Celestial. Veamos las lecturas de este domingo.

La resurrección prometida en el Antiguo Testamento Cristo la ha llevado a cabo en su propia persona antes y después de su muerte. La resurrección de Lázaro es un anticipo de la resurrección operada por Jesús en todo bautizado. El bautismo se nos da como don, gracias al cual entramos con comunión con las personas de la Santísima Trinidad, por la fe, la esperanza y la caridad. A la vez, nosotros asumimos el bautismo como una tarea que llevamos a cabo día a día con la ayuda constante del Espíritu Santo derramado en nuestros corazones.

El Espíritu que habita en nuestro interior lo sentimos como primicia de la resurrección definitiva en Cristo para gloria del Padre. Dios que nos creó de la nada nos recreará en Cristo por el poder del Espíritu. Se trata del poder de Dios: “Yo lo digo y lo pongo por obra”. Como lo ha demostrado en Cristo, también lo realizará en nosotros, para alabanza de su gloria.

Observa la perfecta comunión y solidaridad que se vive en la Trinidad, modelo de toda comunidad, y contémplala con admiración. Maravillosa revelación de Jesús que ora en el Espíritu a su Padre hasta conmoverse interiormente: “Te doy gracias, Padre. Yo sé que siempre me atiendes.”

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De los sermones de san Gregorio de Nisa, obispo

Primogénito de la nueva creación

Ha comenzado el reino de la vida y se ha disuelto el imperio de la muerte. Han aparecido otro nacimiento, otra vida, otro modo de vivir, la transformación de nuestra misma naturaleza. ¿De qué nacimiento se habla? Del de aquellos que no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

¿Preguntas que cómo es esto posible? Lo explicaré en pocas palabras. Este nuevo ser lo engendra la fe; la regeneración del bautismo lo da a luz; la Iglesia, cual nodriza lo amamanta con su doctrina e instituciones y con su pan celestial lo alimenta; llega a la edad madura con la santidad de vida; su matrimonio es la unión con la Sabiduría; sus hijos, la esperanza; su casa, el reino; su herencia y sus riquezas, las delicias del paraíso; su desenlace no es la muerte, sino la vida eterna y feliz en la mansión de los santos.

Éste es el día en que actuó el Señor, día totalmente distinto de aquellos otros establecidos desde el comienzo de los siglos y que son medidos por el paso del tiempo. Este día es el principio de una nueva creación, porque, como dice el profeta, en este día Dios ha creado un cielo nuevo y una tierra nueva. ¿Qué cielo? El firmamento de la fe en Cristo. Y, ¿qué tierra? El corazón bueno que, como dijo el Señor, es semejante a aquella tierra que se impregna con la lluvia que desciende sobre ella y produce abundantes espigas.

En esta nueva creación, el sol es la vida pura; las estrellas son las virtudes; el aire, una conducta sin tacha; el mar, aquel abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento de Dios; las hierbas y semillas, la buena doctrina y las enseñanzas divinas en las que el rebaño, es decir, el pueblo de Dios, encuentra su pasto, los árboles que llevan fruto son la observancia de los preceptos divinos. En este día es creado el verdadero hombre, aquel que fue hecho a imagen y semejanza de Dios. ¿No es, por ventura, un nuevo mundo el que empieza para ti en este día en que actuó el Señor? ¿No habla de este día el Profeta, al decir que será un día y una noche que no tienen semejante?

Pero aún no hemos hablado del mayor de los privilegios de este día de gracia: lo más importante de este día es que él destruyó el dolor de la muerte y dio a luz al primogénito de entre los muertos, a aquel que hizo este admirable anuncio: Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.

¡Oh mensaje lleno de felicidad y de hermosura! El que por nosotros se hizo hombre semejante a nosotros, siendo el Unigénito del Padre, quiere convertirnos en sus hermanos y, al llevar su humanidad al Padre, arrastra tras de sí a todos los que ahora son ya de su raza (Sermón 1 sobre la resurrección de Cristo: PG 46, 603-606, 626-627).

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De los sermones de san León Magno, papa

La gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo

Que la predicación del Evangelio sirva para la confirmación de la fe de todos, y que nadie se avergüence de la cruz de Cristo, gracias a la cual el mundo ha sido redimido. Que nadie tema sufrir por la justicia, ni desconfíe del cumplimiento de las promesas, porque por el trabajo se va al descanso, y por la muerte se pasa a la vida; pues el Señor echó sobre sí toda la debilidad de nuestra condición, y, si nos mantenemos en su amor, venceremos lo que él venció y recibiremos lo que prometió.

En efecto, ya se trate de cumplir los mandamientos o de tolerar las adversidades, nunca debe dejar de resonar en nuestros oídos la palabra pronunciada por el Padre: “Éste es mi Hijo, Amado, mi predilecto; escuchadlo” (Sermón 51, 3-4.8: PL 54, 310-311.313).

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DOMINGO QUINTO DE CUARESMA, CICLO C

Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás, corro hacia la meta

 

Textos bíblico-litúrgicos

Entrada: Salmo 42, 1-2
1era. lectura: Ezequiel 37, 12-14
Salmo: 129, 1-2-3-4. 6-7-8
2da. Lectura: Romanos 8, 8-11
Aclamación: Juan 11, 25-26
Evangelio: Juan 11, 1-45
Comunión: Juan 11, 26

Estimado amigo, sin querer queriendo, estamos llegando al final de la Cuaresma. Entramos en la última semana, la semana santa. El viernes pasado ingresamos a la quincena de la pasión: estamos a menos de quince días del Viernes santo, de la muerte de Jesús.

Por tanto, la Iglesia, a través de la liturgia, se apresura a ofrecernos la manera de acompañar a Jesús en los últimos días de su vida mortal, en sus sentimientos de “redentor”, de siervo de Yahvé obediente hasta la muerte y muerte de cruz. 

De ahí que debamos redoblar nuestros esfuerzos por conectar con los sentimientos del corazón de Jesús y con las preocupaciones de su mente. Como discípulos del Maestro somos invitados en este domingo a estrechar nuestros vínculos de amistad sincera con Jesús. Su figura, su personalidad irá tomando cada vez más relieve conforme avanzamos hacia su pasión y muerte.

Así, en la oración colecta suplicamos al Padre que nos conceda vivir siempre de aquel amor que movió a su Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo. En un doble sentido: Recibiendo agradecidos la salvación que con dolor nos mereció Cristo; y también compartiendo con él su misión de salvar al mundo, sufrir con él al tratar de predicar su Reino.

Dichosos nosotros si nos cuesta sacrificio ser cristianos, vivir como discípulos de Cristo, enviados por él a convertir al mundo entero para Dios.

¡Qué menos que tratar de sintonizar con Jesús en estos últimos días de su vida, tan azarosos, tan conflictivos, tan dolorosos! ¡Y qué menos que consolar a Jesús acogiendo agradecidos su salvación y haciendo que su sangre preciosa borre los pecados propios y ajenos!

Toda la liturgia eucarística de este domingo está orientada hacia la persona de Jesús. En el oficio de lectura de la liturgia de las horas se presenta la carta a los Hebreos. Merece la pena destacar su comienzo, pues no tiene desperdicio para la espiritualidad de estos días últimos de la Cuaresma, texto bisagra entre la muerte y resurrección del Señor:

“En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de su majestad en las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles, cuanto más sublime es el nombre que ha heredado” (1, 1-4).

En la segunda lectura de la misa, san Pablo nos confiesa que él, personalmente, todo lo considera basura comparado con el conocimiento de Cristo Jesús. Por Cristo que se entregó por él, Pablo lo ha perdido todo y ha dejado todo, con tal de vivir para Cristo y adquirir así la justicia de Dios, la que proviene de la fe, no de las obras de la ley.

Jesús, en el episodio del Evangelio, va más allá de la ley escrita en piedra, la de Moisés, y concede el perdón a la mujer sorprendida en adulterio. Él ha venido, no a condenar, sino a salvar. ¿Nadie te ha condenado? Pues yo tampoco te condeno. ¡No faltaba más!

Jesús cumple la voluntad de Dios su Padre que es Dios de vivos y no de muertos, y que ha hecho al hombre para que viva. Ésa es su gloria: que el hombre viva, que sea feliz siguiendo su Palabra que le interpela constantemente y que no le permite ser del mundo. El hombre está en el mundo, pero no es del mundo.

Debe vivir siempre habituado al “desierto”, donde permanentemente experimenta la total dependencia de Dios: quien sacia su sed, lo alimenta y le habla, le promete una tierra de bendición, y lo hace caminar hacia la tierra que mana leche y miel, y que será al final la Tierra de la comunión con él para siempre en la Patria celestial.

En este sentido el Dios Creador es el mismo que el Dios Salvador. Es decir, el hombre no está acabado. Dios lo va recreando constantemente y haciéndolo crecer a la estatura de Cristo, muriendo su misma muerte para gozar de una resurrección como la suya. La muerte que sufrimos con Cristo básicamente se reduce a entregar nuestra propia personalidad de pecadores para ser transformados en nuevas criaturas en Cristo, en hombres nuevos o espirituales, es decir, habitados a la presencia de Dios y guiados por el mismo Espíritu de Cristo, el de filiación.

Esta vida nueva y victoriosa en Cristo es un don divino porque Dios ha estado y sigue estando grande con nosotros. Por eso se nos llena la boca de risas y nuestra lengua de cantares. Pero a la vez es logro de la fe, que siembra con dolor. Al ir, iban llorando llevando la semilla. Ésta es nuestra existencia terrenal, nuestra Cuaresma. Es preciso dejarse moldear por todo lo que permite el Señor que nos suceda en el mundo.

Pero al volver, volveremos cantando llevando la semilla. El regreso, la vuelta será definitiva en el Cielo. Y aquí en la tierra es medio definitiva y suficiente en la oración y sobre todo en la celebración eucarística, donde tocamos ya la Patria celeste.

Por eso, debemos celebrar nuestra victoria en Cristo cada domingo. Necesitamos la celebración eucarística como necesitamos respirar o comer. Con la fuerza de este alimento podremos, como Elías, continuar nuestro éxodo por el desierto de esta vida.

Sigue, hermano, este itinerario cuaresmal con renovada ilusión. Merece la pena. El Señor mismo será tu consolación y tu premio. Amén. 

 

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