El Papa, al Islam: “O construimos el futuro juntos o no habrá futuro”

febrero 4, 2019

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El Papa Francisco y el Imán Al Tayek

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El Papa, al Islam: “O construimos el futuro juntos o no habrá futuro”

“Dios está con el hombre que busca la paz. Y desde el cielo bendice cada paso que, en este camino, se realiza en la tierra” (Papa Francisco). “La religión no tiene nada que ver con el terror y con la violencia” (Imán Al Tayek).

Por José M. Vidal

Discurso programático del Papa Francisco sobre el diálogo interreligioso con el Islam, hablando desde los Emiratos “a todos los países de la Península”, bajo el signo del encuentro, en 1219, entre San Francisco y el sultán Malek y “como un creyente sediento de paz, como un hermano que busca la paz con los hermanos”, para ser, todos juntos, “instrumentos de paz”.

Cogidos de la mano, el imán de Al Azhar, el Príncipe heredero y el Papa llegan a la gran mezquita, para celebrar el encuentro interreligioso y el ‘Año de la Tolerancia’, en el Founder’s Memorial.

Ante el monumento de la constelación, que representa el retrato tridimensional del jeque fundador del país, formado por miles de figuras geométricas, que dan rostro tridimensional al padre fundador. Su objetivo: la paz y el diálogo interreligioso.

Se proyecta un video sobre los objetivos del Centro, especialmente el diálogo y la tolerancia. Fruto de este encuentro se publicará una declaración conjunta por la paz y la fraternidad humana entre los pueblos de todos los líderes religiosso presentes en el Encuentro. Para construir puentes.

Después, el vicepresidente y primer ministro de Emiratos pronuncia un discurso.

“En nombre de Alteza, tengo el gran honor de dar la bienvenida a Su Santidad y a su Eminencia el Gran Imán de Al Azhar”.

“Celebramos la convivencia fraterna entre los diversos miembros de la comunidad. Un momento histórico de la importancia de cultivar el respeto entre los que seguimos una religión. Emiratos están profundamente agradecidos para servir de encuentro a este evento extraordinario”

A continuación, el discurso de Al Tayek, imán de Al Azhar, una figura reconocida en todo el universo musulmán.

“Saludo en nombre de Dios al querido hermano Papa Francisco y querido hermano Jeque Said, príncipe heredero… Les deseo la paz a todos y a todos sus pueblos”

“Les animo a continuar en la vía de este encuentro de la fraternidad, que hemos empezado en los Emiratos, que es un ideal para todas las religiones y todos los pueblos”

“Queremos construir una cultura y una fraternidad en todo el mundo. Construir la fraternidad y la paz y detener los frentes de guerra en los que se derrama la sangre de nuestros hermanos”.

“Hemos sufrido la división en bloques del mundo. Hemos sufrido el terror. Vivimos los estragos de una economía de guerra. Hemos alcanzado la paz, pero no del todo. Vivimos esa forma de terrorismo y esa forma de violencia que afecta a todo el mundo”

“Los musulmanes hemos pagado un gran precio. Hemos sido negativizados en todo el mundo por el 11-S, y el Islam es visto como una religión violenta y de la sangre. Y no es así. Eso es una propaganda extremista y de odio contra el Islam, que se ha sembrado en el mundo. Hablar del Islam es, para muchos, hablar de miedo y terror. Y eso no es así”.

“Querido Papa: queremos reafirmar nuestra voluntad de construir este mundo fraterno”

“Estos días hemos tenido presentes a las personas que sufren en diferentes partes del mundo. Queremos ayudar a los hermanos que están sufriendo. Asumimos nuestra responsabilidad como líderes religiosos”.

“Lo más importante de la religión es que todos nos sintamos hermanos, hijos de un mismo Padre. La religión no tiene nada que ver con el terror y con la violencia. Consolar a los que necesitan de nosotros y de la religión”.

“En la vida de Jesús y en el Corán encontramos fuentes sobre la hermandad entre los hombres. Por encima de tradiciones, de culturas y de credos, las religiones contribuyen a construir esta fraternidad. La Historia nos lo ha demostrado. Es posible la unidad entre el género humano”.

“Firme determinación para hacer frente al ateísmo, que se difunde por muchas partes del mundo. Respetar los diferentes credos religiosos. La religión crea conciencia entre los ciudadanos, de la que carece el mundo actual”.

“Sobre todo, la conciencia del bien, de la justicia y de la fraternidad. Por eso, algunos ejercen la violencia e instrumentalizan a las personas. De la visión equivocada de la religión surgen las guerras santas y en nombre de la religión y se instrumentaliza ésta”.

“No usar las armas, la religión o el terrorismo para conquistar el mundo, sino el bien para construir la fraternidad. No necesitamos a los que aterrorizan a las personas, sino cosas positivas, para poder llegar a la fraternidad universal, que debe nacer desde la región árabe. Desde aquí queremos lanzar nuestro mensaje de fraternidad a todos los hombres”.

“Éste es un encuentro histórico para promover la fraternidad entre el género humano. Hay cristianos que acogen y reciben y son hombres de paz. Los cristianos son una comunidad de misericordia”.

“Quiero invitar a todos los cristianos a insertarse en esta sociedad, respetando las leyes y viviendo en cohesión social con pueblos y tradiciones religiosas”.

“Queremos defender, con Usted, Santidad, combatir la violencia, la discriminación y el terror. Deseo que se pueda alcanzar el ideal de la fraternidad. A todos les deseo la paz”.

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A continuación, el discurso del Papa Francisco, en el que diserta sobre una paz que se escenifica en el logo de la visita (paloma con rama de olivo), que recuerda la historia del diluvio universal y el arca de Noé.

Según el Papa “en nombre de Dios, para salvaguardar la paz, necesitamos entrar juntos como una misma familia en un arca que pueda navegar por los mares tormentosos del mundo: el arca de la fraternidad”.

Una fraternidad que se fundamenta en el Dios creador, que “quiere que vivamos como hermanos y hermanas, habitando en la casa común de la creación que Él nos ha dado” y por lo tanto, en la que “todos tenemos la misma dignidad” y “nadie puede ser amo o esclavo de los demás”.

Porque la mirada paterna de Dios es la de la inclusión. “Por lo tanto, reconocer los mismos derechos a todo ser humano es glorificar el nombre de Dios en la tierra” y, por eso, “usar el nombre de Dios para justificar el odio y la violencia contra el hermano es una grave profanación. No hay violencia que encuentre justificación en la religión”.

Para el Papa, pues, el auténtico creyente, no debe caer en la tentación de “juzgar a los demás como enemigos y adversarios”, sino “superar la brecha entre amigos y enemigos”.

De ahí que Francisco alabe la tolerancia religiosa y la libertad de culto en los Emiratos, “oponiéndose al extremismo y al odio”, así como a la instrumentalización de la religión, al no admitir la violencia y el terrorismo.

La paz que se basa en la fraternidad, también se expresa en la diferencia y en la “pluralidad religiosa” y, por eso, el Papa se pregunta “cómo pueden las religiones ser canales de fraternidad en lugar de barreras de separación”.

En la respuesta a su pregunta retórica, el Papa recuerda que la familia humana “presupone la propia identidad” y “al mismo tiempo, pide la valentía de la alteridad” y el consiguiente reconocimiento del otro y del respeto a sus derechos fundamentales. Entre ellos, la libertad religiosa.

Esta libertad “no se limita solo a la libertad de culto, sino que ve en el otro a un verdadero hermano, un hijo de mi propia humanidad que Dios deja libre y que, por tanto, ninguna institución humana puede forzar, ni siquiera en su nombre”.

Y es que, para el Papa, “la valentía de la alteridad es el alma del diálogo” y se plasma también en la oración que “hecha con el corazón es regeneradora de fraternidad”. Con oración y fraternidad, podemos construir el futuro juntos. Porque “o construimos el futuro juntos o no habrá futuro”.

Porque la tarea de las religiones es construir puentes, luchar por la reconciliación y por los “itinerarios concretos de paz”. Pero ésta (y su imagen de la paloma) necesita dos alas para volar: la educación y la justicia.

Una educación para “formar identidades abiertas”, para que disminuya el odio. Porque “la educación y la violencia son inversamente proporcionales”. Sólo así, los jóvenes aprenderán “a defender los derechos de los demás con el mismo vigor con el que defienden sus derechos”.

La otra ala de la paz es la justicia, de acuerdo a la máxima de oro: “Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella; pues esta es la Ley y los Profetas” (Mt 7,12). Una justicia universal, uno de cuyos enemigos es la codicia.

Por eso, el Papa subraya que “las religiones tienen también la tarea de recordar que la codicia del beneficio vuelve el corazón inerte y que las leyes del mercado actual, que exigen todo y de forma inmediata, no favorecen el encuentro, el diálogo, la familia, las dimensiones esenciales de la vida que necesitan de tiempo y paciencia. Que las religiones sean la voz de los últimos, que no son estadísticas sino hermanos, y estén del lado de los pobres”.

Y de la imagen del “arca de la paz”, el Papa pasa a la del “desierto que florece”, como se ve y se palpa en los Emiratos.

“Aquí el desierto ha florecido, no solo por unos pocos días al año, sino para muchos años venideros. Este país, en el que la arena y los rascacielos se dan la mano, sigue siendo una importante encrucijada entre el Occidente y el Oriente, entre el Norte y el Sur del planeta, un lugar de desarrollo, donde los espacios, en otro tiempo inhóspitos, ofrecen puestos de trabajo para personas de diversas naciones”.

Un importante desarrollo que tiene sus enemigos, entre ellos la indiferencia, que “impide ver a la comunidad humana más allá de las ganancias y al hermano más allá del trabajo que realiza. La indiferencia no mira hacia el futuro; no le interesa el futuro de la creación, no le importa la dignidad del forastero y el futuro de los niños”.

Un país, pues, desarrollado y ejemplo de inclusión, que el Papa querría ver reproducido “en toda la amada y neurálgica región de Oriente Medio“, para la que pide “oportunidades concretas de encuentro”.

Es decir, “una sociedad donde personas de diferentes religiones tengan el mismo derecho de ciudadanía y donde solo se le quite ese derecho a la violencia, en todas sus formas”.

Por eso, el Papa suplica la “desmilitarización del corazón”, porque “la carrera armamentística, la extensión de sus zonas de influencia, las políticas agresivas en detrimento de los demás nunca traerán estabilidad. La guerra no sabe crear nada más que miseria, las armas nada más que muerte”.

A los líderes de las religiones les corresponde, según el Papa, “desterrar todos los matices de aprobación de la palabra guerra. Devolvámosla a su miserable crudeza. Ante nuestros ojos están sus nefastas consecuencias”.

Y para no quedarse en lo abstracto de la denuncia, el Papa cita a “Yemen, Siria, Irak y Libia” e invita a los líderes musulmanes a comprometerse “contra la lógica del poder armado, contra la mercantilización de las relaciones, los armamentos de las fronteras, el levantamiento de muros, el amordazamiento de los pobres; a todo esto nos oponemos con el dulce poder de la oración y con el empeño diario del diálogo”.

Y concluye, invitando a no rendirse ante “los diluvios de la violencia y la desertificación del altruismo”. Porque “Dios está con el hombre que busca la paz. Y desde el cielo bendice cada paso que, en este camino, se realiza en la tierra”

Texto integro del discurso del Papa en el encuentro interreligioso

Al Salamò Alaikum! La paz esté con vosotros.

Agradezco sinceramente a Su Alteza el Jeque Mohammed bin Zayed Al Nahyan y al Dr. Ahmad Al-Tayyib, Gran Imán de Al-Azhar, por sus palabras. Doy las gracias al Consejo de los Ancianos por el encuentro que acabamos de tener en la Mezquita Sheikh Zayed.

Saludo cordialmente a las autoridades civiles y religiosas y al cuerpo diplomático. Permítanme además un sincero agradecimiento por la cálida bienvenida que nos han dispensado a mí y a mi delegación.

También doy las gracias a todas las personas que contribuyeron a hacer posible este viaje y que han trabajado en este evento con dedicación, entusiasmo y profesionalismo: a los organizadores, al personal de Protocolo, al de Seguridad y a todos aquellos que “entre bambalinas” han colaborado de diversas maneras. Agradezco de forma especial al señor Mohamed Abdel Salam, exconsejero del Gran Imán.

Desde vuestra patria me dirijo a todos los países de la Península, a quienes deseo enviarles mi más cordial saludo, con amistad y aprecio.

Con gratitud al Señor, en el octavo centenario del encuentro entre san Francisco de Asís y el sultán al-Malik al-Kāmil, he aceptado la ocasión para venir aquí como un creyente sediento de paz, como un hermano que busca la paz con los hermanos. Querer la paz, promover la paz, ser instrumentos de paz: estamos aquí para esto.

El logo de este viaje representa una paloma con una rama de olivo. Es una imagen que recuerda la historia del diluvio universal, presente en diferentes tradiciones religiosas. De acuerdo con la narración bíblica, para preservar a la humanidad de la destrucción, Dios le pide a Noé que entre en el arca con su familia. También hoy, en nombre de Dios, para salvaguardar la paz, necesitamos entrar juntos como una misma familia en un arca que pueda navegar por los mares tormentosos del mundo: el arca de la fraternidad.

El punto de partida es reconocer que Dios está en el origen de la familia humana. Él, que es el Creador de todo y de todos, quiere que vivamos como hermanos y hermanas, habitando en la casa común de la creación que él nos ha dado. Aquí, en las raíces de nuestra humanidad común, se fundamenta la fraternidad como una «vocación contenida en el plan creador de Dios».1 Nos dice que todos tenemos la misma dignidad y que nadie puede ser amo o esclavo de los demás.

No se puede honrar al Creador sin preservar el carácter sagrado de toda persona y de cada vida humana: todos son igualmente valiosos a los ojos de Dios. Porque él no mira a la familia humana con una mirada de preferencia que excluye, sino con una mirada benevolente que incluye.

Por lo tanto, reconocer los mismos derechos a todo ser humano es glorificar el nombre de Dios en la tierra. Por lo tanto, en el nombre de Dios Creador, hay que condenar sin vacilación toda forma de violencia, porque usar el nombre de Dios para justificar el odio y la violencia contra el hermano es una grave profanación. No hay violencia que encuentre justificación en la religión.

El enemigo de la fraternidad es el individualismo, que se traduce en la voluntad de afirmarse a sí mismo y al propio grupo por encima de los demás. Es una insidia que amenaza a todos los aspectos de la vida, incluso la prerrogativa más alta e innata del hombre, es decir, la apertura a la trascendencia y a la religiosidad. La verdadera religiosidad consiste en amar a Dios con todo nuestro corazón y al prójimo como a nosotros mismos.

Por lo tanto, la conducta religiosa debe ser purificada continuamente de la tentación recurrente de juzgar a los demás como enemigos y adversarios. Todo credo está llamado a superar la brecha entre amigos y enemigos, para asumir la perspectiva del Cielo, que abraza a los hombres sin privilegios ni discriminaciones.

Por eso, quisiera expresar mi aprecio por el compromiso con que este país tolera y garantiza la libertad de culto, oponiéndose al extremismo y al odio. De esta manera, al mismo tiempo que se promueve la libertad fundamental de profesar la propia fe, que es una exigencia intrínseca para la realización del hombre, también se vigila para que la religión no sea instrumentalizada y corra el peligro, al admitir la violencia y el terrorismo, de negarse a sí misma.

La fraternidad ciertamente «expresa también la multiplicidad y diferencia que hay entre los hermanos, si bien unidos por el nacimiento y por la misma naturaleza y dignidad».2 Su expresión es la pluralidad religiosa. En este contexto, la actitud correcta no es la uniformidad forzada ni el sincretismo conciliatorio: lo que estamos llamados a hacer, como creyentes, es comprometernos con la misma dignidad de todos, en nombre del Misericordioso que nos creó y en cuyo nombre se debe buscar la recomposición de los contrastes y la fraternidad en la diversidad.

Aquí me gustaría reafirmar la convicción de la Iglesia Católica: «No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios».3

Sin embargo, se nos presentan varias cuestiones: ¿Cómo protegernos mutuamente en la única familia humana? ¿Cómo alimentar una fraternidad no teórica que se traduzca en auténtica fraternidad? ¿Cómo hacer para que prevalezca la inclusión del otro sobre la exclusión en nombre de la propia pertenencia de cada uno? ¿Cómo pueden las religiones, en definitiva, ser canales de fraternidad en lugar de barreras de separación?

La familia humana y la valentía de la alteridad

Si creemos en la existencia de la familia humana, se deduce que esta, en sí misma, debe ser protegida. Como en todas las familias, esto ocurre principalmente a través de un diálogo cotidiano y efectivo. Presupone la propia identidad, de la que no se debe abdicar para complacer al otro.

Pero, al mismo tiempo, pide la valentía de la alteridad,4 que implica el pleno reconocimiento del otro y de su libertad, y el consiguiente compromiso de empeñarme para que sus derechos fundamentales sean siempre respetados por todos y en todas partes. Porque sin libertad ya no somos hijos de la familia humana, sino esclavos. De entre las libertades me gustaría destacar la religiosa.

Esta no se limita solo a la libertad de culto, sino que ve en el otro a un verdadero hermano, un hijo de mi propia humanidad que Dios deja libre y que, por tanto, ninguna institución humana puede forzar, ni siquiera en su nombre.

Diálogo y oración

La valentía de la alteridad es el alma del diálogo, que se basa en la sinceridad de las intenciones. El diálogo está de hecho amenazado por la simulación, que aumenta la distancia y la sospecha: no se puede proclamar la fraternidad y después actuar en la dirección opuesta. Según un escritor moderno, «quien se miente a sí mismo y escucha sus propias mentiras, llega al punto en el que ya no puede distinguir la verdad, ni dentro de sí mismo ni a su alrededor, y así comienza a no tener ya estima ni de sí mismo ni de los demás».5

Para todo esto la oración es indispensable: mientras encarna la valentía de la alteridad con respecto a Dios, en la sinceridad de la intención, purifica el corazón del replegarse en sí mismo. La oración hecha con el corazón es regeneradora de fraternidad.

Por eso, «en lo referente al futuro del diálogo interreligioso, la primera cosa que debemos hacer es rezar. Y rezar los unos por los otros: ¡somos hermanos! Sin el Señor, nada es posible; con él, ¡todo se vuelve posible!

Que nuestra oración -cada uno según la propia tradición- pueda adherirse plenamente a la voluntad de Dios, quien desea que todos los hombres se reconozcan hermanos y vivan como tal, formando la gran familia humana en la armonía de la diversidad».6

No hay alternativa: o construimos el futuro juntos o no habrá futuro. Las religiones, de modo especial, no pueden renunciar a la tarea urgente de construir puentes entre los pueblos y las culturas. Ha llegado el momento de que las religiones se empeñen más activamente, con valor y audacia, con sinceridad, en ayudar a la familia humana a madurar la capacidad de reconciliación, la visión de esperanza y los itinerarios concretos de paz.

La educación y la justicia

Volvemos entonces a la imagen inicial de la paloma de la paz. También la paz para volar necesita alas que la sostengan. Las alas de la educación y la justicia.

Educar -en latín significa extraer, sacar- es descubrir los preciosos recursos del alma. Es confortador observar que en este país no solo se invierte en la extracción de los recursos de la tierra, sino también en los del corazón, en la educación de los jóvenes.

Es un compromiso que espero continúe y se extienda a otros lugares. También la educación acontece en la relación, en la reciprocidad. Junto a la famosa máxima antigua “conócete a ti mismo”, debemos colocar “conoce a tu hermano”: su historia, su cultura y su fe, porque no hay un verdadero conocimiento de sí mismo sin el otro.

Como hombres, y más aún como hermanos, recordémonos que nada de lo que es humano nos puede ser extraño.7 Es importante para el futuro formar identidades abiertas, capaces de superar la tentación de replegarse sobre sí mismos y volverse rígidos.

Invertir en cultura ayuda a que disminuya el odio y aumente la civilización y la prosperidad. La educación y la violencia son inversamente proporcionales. Las instituciones católicas -muy apreciadas en este país y en la región- promueven dicha educación para la paz y el entendimiento mutuo para prevenir la violencia.

Los jóvenes, rodeados con frecuencia por mensajes negativos y noticias falsas, deben aprender a no rendirse a las seducciones del materialismo, del odio y de los prejuicios; aprender a reaccionar ante la injusticia y también ante las experiencias dolorosas del pasado; aprender a defender los derechos de los demás con el mismo vigor con el que defienden sus derechos.

Un día ellos nos juzgarán: bien, si les hemos dado bases sólidas para crear nuevos encuentros de civilización; mal, si les hemos proporcionado solo espejismos y la desolada perspectiva de conflictos perjudiciales de incivilidad.

La justicia es la segunda ala de la paz, que a menudo no se ve amenazada por episodios individuales, sino que es devorada lentamente por el cáncer de la injusticia.

Por lo tanto, uno no puede creer en Dios y no tratar de vivir la justicia con todos, de acuerdo con la regla de oro: «Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella; pues esta es la Ley y los Profetas» (Mt 7,12).

¡La paz y la justicia son inseparables! El profeta Isaías dice: «La obra de la justicia será la paz» (32,17). La paz muere cuando se divorcia de la justicia, pero la justicia es falsa si no es universal. Una justicia dirigida solo a miembros de la propia familia, compatriotas, creyentes de la misma fe es una justicia que cojea, es una injusticia disfrazada.

Las religiones tienen también la tarea de recordar que la codicia del beneficio vuelve el corazón inerte y que las leyes del mercado actual, que exigen todo y de forma inmediata, no favorecen el encuentro, el diálogo, la familia, las dimensiones esenciales de la vida que necesitan de tiempo y paciencia.

Que las religiones sean la voz de los últimos, que no son estadísticas sino hermanos, y estén del lado de los pobres; que vigilen como centinelas de fraternidad en la noche del conflicto, que sean referencia solícita para que la humanidad no cierre los ojos ante las injusticias y nunca se resigne ante los innumerables dramas en el mundo.

El desierto que florece

Después de haber hablado de la fraternidad como arca de paz, me gustaría inspirarme en una segunda imagen, la del desierto que nos rodea.

Aquí, en pocos años, con visión de futuro y sabiduría, el desierto se ha transformado en un lugar próspero y hospitalario; el desierto ha pasado de ser un obstáculo intransitable e inaccesible a un lugar de encuentro entre culturas y religiones.

Aquí el desierto ha florecido, no solo por unos pocos días al año, sino para muchos años venideros. Este país, en el que la arena y los rascacielos se dan la mano, sigue siendo una importante encrucijada entre el Occidente y el Oriente, entre el Norte y el Sur del planeta, un lugar de desarrollo, donde los espacios, en otro tiempo inhóspitos, ofrecen puestos de trabajo para personas de diversas naciones.

Sin embargo, el desarrollo tiene también sus adversarios. Y si el enemigo de la fraternidad era el individualismo, me gustaría señalar a la indiferencia como un obstáculo para el desarrollo, que termina convirtiendo las realidades florecientes en tierras desiertas. De hecho, un desarrollo meramente utilitario no ofrece un progreso real y duradero.

Solo un desarrollo integral e integrador favorece un futuro digno del hombre. La indiferencia impide ver a la comunidad humana más allá de las ganancias y al hermano más allá del trabajo que realiza. La indiferencia no mira hacia el futuro; no le interesa el futuro de la creación, no le importa la dignidad del forastero y el futuro de los niños.

En este contexto, me alegro de que, en el pasado mes de noviembre, haya tenido lugar aquí en Abu Dhabi el primer Foro de la Alianza Interreligiosa para Comunidades más seguras, sobre el tema de la dignidad del niño en la era digital. Este evento acogió el mensaje publicado un año antes en Roma en el Congreso Internacional sobre el mismo tema, al que le di todo mi apoyo y aliento.

Por lo tanto, agradezco a todos los líderes comprometidos en este ámbito y les aseguro mi apoyo, solidaridad y colaboración, como también la de la Iglesia Católica, en esta causa importante de la protección de los menores en todos sus aspectos.

Aquí, en el desierto, se ha abierto un camino de desarrollo fecundo que, a partir del trabajo, ofrece esperanzas a muchas personas de diferentes pueblos, culturas y credos. Entre ellos, también muchos cristianos, cuya presencia en la región se remonta a siglos atrás, han encontrado oportunidades y han contribuido de manera significativa al crecimiento y bienestar del país.

Además de las habilidades profesionales, os brindan la autenticidad de su fe. El respeto y la tolerancia que encuentran, así como los lugares de culto necesarios donde rezan, les permiten esa maduración espiritual que luego beneficia a toda la sociedad. Los animo a que continúen en este camino, para que aquellos que viven o están de paso preserven no solo la imagen de las grandes obras construidas en el desierto, sino también de una nación que incluye y abarca a todos.

En este mismo espíritu deseo que, no solo aquí, sino en toda la amada y neurálgica región de Oriente Medio, haya oportunidades concretas de encuentro: una sociedad donde personas de diferentes religiones tengan el mismo derecho de ciudadanía y donde solo se le quite ese derecho a la violencia, en todas sus formas.

Una convivencia fraterna basada en la educación y la justicia; un desarrollo humano, construido sobre la inclusión acogedora y sobre los derechos de todos: estas son semillas de paz, que las religiones están llamadas a hacer brotar. A ellos les corresponde, quizás como nunca antes, en esta delicada situación histórica, una tarea que ya no puede posponerse: contribuir activamente a la desmilitarización del corazón del hombre.

La carrera armamentística, la extensión de sus zonas de influencia, las políticas agresivas en detrimento de lo demás nunca traerán estabilidad. La guerra no sabe crear nada más que miseria, las armas nada más que muerte.

La fraternidad humana nos exige, como representantes de las religiones, el deber de desterrar todos los matices de aprobación de la palabra guerra. Devolvámosla a su miserable crudeza. Ante nuestros ojos están sus nefastas consecuencias. Estoy pensando de modo particular en Yemen, Siria, Irak y Libia.

Juntos, hermanos de la única familia humana querida por Dios, comprometámonos contra la lógica del poder armado, contra la mercantilización de las relaciones, los armamentos de las fronteras, el levantamiento de muros, el amordazamiento de los pobres; a todo esto nos oponemos con el dulce poder de la oración y con el empeño diario del diálogo.

Que nuestro estar juntos hoy sea un mensaje de confianza, un estímulo para todos los hombres de buena voluntad, para que no se rindan a los diluvios de la violencia y la desertificación del altruismo. Dios está con el hombre que busca la paz. Y desde el cielo bendice cada paso que, en este camino, se realiza en la tierra.

https://www.periodistadigital.com/religion/mundo/2019/02/04/no-publicar-papa-dialogo-interreligioso-islam-iman-francisco-emiratos-paz-fraternidad.shtml


El maná de cada día, 4.2.19

febrero 4, 2019

Lunes de la 4ª semana del Tiempo Ordinario

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tercer-misterio-luminoso

Vieron al endemoniado sentado, vestido y en su sano juicio



PRIMERA LECTURA: Hebreos 11, 32-40

¿Para qué seguir? No me da tiempo de referir la historia de Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas; éstos, por medio de la fe, subyugaron reinos, practicaron la justicia, obtuvieron promesas, amordazaron fauces de leones, apagaron hogueras voraces, esquivaron el filo de la espada, se curaron de enfermedades, fueron valientes en la guerra, derrotaron ejércitos extranjeros; hubo mujeres que recobraron resucitados a sus difuntos.

Pero otros fueron tundidos a golpes y rehusaron el rescate, para obtener una resurrección mejor; otros pasaron por la prueba de la flagelación ignominiosa, de las cadenas y la cárcel; los apedrearon, los serraron, murieron a espada, rodaron por el mundo vestidos con pieles de oveja y de cabra, faltos de todo, oprimidos, maltratados; el mundo no era digno de ellos: vagabundos por desiertos y montañas, por grutas y cavernas de la tierra.

Y todos éstos, aun acreditados por su fe, no consiguieron lo prometido; Dios tenía preparado algo mejor para nosotros, para que no llegaran sin nosotros a la perfección.


SALMO 30, 20.21.22.23.24

Sed fuertes y valientes de corazón, los que esperáis en el Señor.

Qué bondad tan grande, Señor, reservas para tus fieles, y concedes a los que a ti se acogen a la vista de todos.

En el asilo de tu presencia los escondes de las conjuras humanas; los ocultas en tu tabernáculo, frente a las lenguas pendencieras.

Bendito el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia en la ciudad amurallada.

Yo decía en mí ansiedad: «Me has arrojado de tu vista»; pero tú escuchaste mi voz suplicante cuando yo te gritaba.

Amad al Señor, fieles suyos; el Señor guarda a sus leales, y a los soberbios les paga con creces.


Aclamación: Lucas 7, 16

Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.


EVANGELIO: Marcos 5, 1-20

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a la orilla del lago, en la región de los gerasenos. Apenas desembarcó, le salió al encuentro, desde el cementerio, donde vivía en los sepulcros, un hombre poseído de espíritu inmundo; ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo; muchas veces lo habían sujetado con cepos y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba los cepos, y nadie tenía fuerza para domarlo. Se pasaba el día y la noche en los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndose con piedras.

Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él y gritó a voz en cuello: «¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes.»

Porque Jesús le estaba diciendo: «Espíritu inmundo, sal de este hombre.»

Jesús le preguntó: «¿Cómo te llamas?»

Él respondió: «Me llamo Legión, porque somos muchos.»

Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca. Había cerca una gran piara de cerdos hozando en la falda del monte. Los espíritus le rogaron: «Déjanos ir y meternos en los cerdos.»

Él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y la piara, unos dos mil, se abalanzó acantilado abajo al lago y se ahogó en el lago. Los porquerizos echaron a correr y dieron la noticia en el pueblo y en los cortijos. Y la gente fue a ver qué había pasado. Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio. Se quedaron espantados. Los que lo habían visto les contaron lo que había pasado al endemoniado y a los cerdos. Ellos le rogaban que se marchase de su país. Mientras se embarcaba, el endemoniado le pidió que lo admitiese en su compañía. Pero no se lo permitió, sino que le dijo: «Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia.»

El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; todos se admiraban.
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“LE ROGARON QUE SE ALEJARA DE ELLOS”

Los habitantes de la aldea de Gerasa conocían bien a aquel endemoniado, que vivía en los sepulcros y se mostraba desnudo ante la gente. Más de una vez habían tenido que atarle con grillos y cadenas, pues se manifestaba en él con gran virulencia el poder del demonio. El nombre de los demonios era “Legión”, porque eran muchos los que habían entrado en aquel hombre.

Jesús liberó a aquel endemoniado del poder del mal, enviando a los demonios a una piara de cerdos. Los porqueros contaron con tanto asombro y temor lo que habían visto, que toda la aldea fue a pedirle a Jesús que se alejara de allí.

Aquellos gerasenos no temían el poder del Señor, que se les había manifestado de forma grandiosa y espectacular. Temían, más bien, que aquel hombre les desinstalara de su vida acomodada. Estaban acostumbrados a convivir pacíficamente con el mal, habían aceptado que el poder de los demonios rigiera su aldea y su vida. Se encontraban así más o menos tranquilos. No querían que nadie viniese de fuera a romper aquella paz fría y aparente.

Es más cómodo vivir un cristianismo a la carta, de costumbre. Es más fácil vivir apoyados en una fe, que no necesita de la gracia para transformar ese corazón, que prefiere vivir como siempre, sin complicarse la vida.

Pactamos indefinidamente con viejas actitudes y defectos que han anidado en el corazón desde hace tiempo, nos conformamos con ese rescoldo de fe que no crece con los años, preferimos la comodidad de una tibieza que no da problemas, antes que vivir en la tensión espiritual de crecer en el amor a Dios y en la propia conversión.

Y, aunque recemos, o no hayamos perdido la fe de la infancia, podemos ser cristianos gerasenos, que prefieren convivir con su propio pecado y mediocridad, antes que dejar que el Señor entre de verdad a transformar nuestra vida.

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