Panamá 2019: Los jóvenes

enero 22, 2019

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La Jornada Mundial de la Juventud tiene como misión impulsar la vocación de los miles de jóvenes que se darán cita en Panamá con el Papa Francisco.

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Panamá 2019: Los jóvenes

La Jornada Mundial de la Juventud tiene como misión impulsar la vocación de los miles de jóvenes que se darán cita en Panamá con el Papa Francisco.

Por Antonio Maza Pereda

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“Los ancianos soñarán sueños y los jóvenes verán visiones” Joel, 1, 3

“Les escribo a ustedes, jóvenes, porque son valientes, permanecen fieles a la palabra de Dios y han vencido al maligno”. 1 Juan, 2, 14

Como cada tres años, en algún país católico, se celebra la Jornada Mundial de la Juventud. Este 2019 toca el turno a Panamá. Bajo el lema muy mariano: “He aquí a la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”, centenares de miles de jóvenes de todo el mundo se reunirán con el Papa Francisco y los unos con los otros.

No es un tema menor. Ellos son el presente y el futuro de la Iglesia. Ellos, bajo el ataque del mal, vencen cada día al maligno. Tienen visiones, ven lo que otros, con nuestros ojos ya cansados, no podemos ver. Ven, como dice el poeta lo que puede ser, mientras otros vemos lo que es.

Nosotros, la Iglesia, a veces, vemos con miedo a los jóvenes. Y hacemos mal. Ellos no son solo nuestro futuro. Son nuestro presente. De ellos sacamos valentía y la visión de lo que debemos construir. Pero a veces nos negamos a aprender de ellos.

Claro, hablamos de los jóvenes en años, pero también hay viejos con espíritu joven como a veces hay jóvenes con espíritu avejentado. Pero, por supuesto, esos casos son excepciones. La valentía, la visión está mayormente presente en los jóvenes.

La sociedad, los países, víctimas de un invierno demográfico y una ancianidad del espíritu están buscando cómo recuperar a los hijos de sus migrantes, para renovar sus poblaciones avejentadas. Ofreciendo dobles nacionalidades a los descendientes de aquellos que emigraron de sus países.

Los motivos pueden ser muy diferentes: los israelitas tratando de atraer a los jóvenes de la Diáspora; los españoles, en nombre de la memoria histórica, tratando de atraer a jóvenes de Latinoamérica; los franceses y alemanes atrayendo a jóvenes con apellidos propios de sus naciones.

Así podría analizarse esta situación de la Iglesia. Ante la escasez de vocaciones, se trata de atraer a los jóvenes. Y funciona: de las jornadas mundiales de la juventud surgen vocaciones abundantes. Me consta de primera mano: uno de mis hijos encontró su vocación en la Jornada de Cracovia.

Pero eso no es todo. No es solo el interés, legítimo por otro lado, de renovar las filas del clero. Las Jornadas son más profundas. Proceden de un auténtico amor y aprecio por los jóvenes por el mero hecho de serlo, no por la renovación que pueden ofrecer.

Por otro lado, el Papa al hablar a los jóvenes, está dirigiéndose al cuerpo místico de Cristo, el siempre joven. Nos habla a todos. Nos habla al joven católico que está dentro de nosotros, no importa nuestra edad. Y por ello tenemos que estar muy atentos. Lo que les diga a los jóvenes, nos lo estará diciendo a todos.

La jornada durará del 22 al 27 de enero de 2019 y consta de 15 actividades anunciadas hasta la fecha, en muchas de las cuales habrá discursos, alocuciones y mensajes de diversos tipos. Como ha ocurrido en otras jornadas, serán comunicaciones particularmente cuidadas, profundas, con un mensaje para todos. Para los jóvenes, en primer lugar, pero también para los no tan jóvenes. Para los católicos, pero también para los no católicos.

Los medios mundiales los difundirán y los medios católicos los comentarán y verán las aplicaciones y las consecuencias de esos mensajes. Una oportunidad que no se da frecuentemente. Hay que estar muy atentos y presentes: el Espíritu nos estará hablando a través del Papa.

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El maná de cada día, 22.1.19

enero 22, 2019

Martes de la 2ª semana del Tiempo Ordinario

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Los discípulos iban arrancando espigas

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PRIMERA LECTURA: Hebreos 6, 10-20

Dios no es injusto para olvidarse de vuestro trabajo y del amor que le habéis demostrado sirviendo a los santos ahora igual que antes. Deseamos que cada uno de vosotros demuestre el mismo empeño hasta el final, para que se cumpla vuestra esperanza, y no seáis indolentes, sino imitad a los que, con fe y perseverancia, consiguen lo prometido.

Cuando Dios hizo la promesa a Abrahán, no teniendo a nadie mayor por quien jurar, juró por sí mismo, diciendo: «Te llenaré de bendiciones y te multiplicaré abundantemente.» Abrahán, perseverando, alcanzó lo prometido.

Los hombres juran por alguien que sea mayor y, con la garantía del juramento, queda zanjada toda discusión. De la misma manera, queriendo Dios demostrar a los beneficiarios de la promesa la inmutabilidad de su designio, se comprometió con juramento, para que por dos cosas inmutables, en las que es imposible que Dios mienta, cobremos ánimos y fuerza los que buscamos refugio en él, asiéndonos a la esperanza que se nos ha ofrecido. La cual es para nosotros como ancla del alma, segura y firme, que penetra más allá de la cortina, donde entró por nosotros, como precursor, Jesús, sumo sacerdote para siempre, según el rito de Melquisedec.


SALMO 110, 1-2.4-5.9.10c

El Señor recuerda siempre su alianza.

Doy gracias al Señor de todo corazón, en compañía de los rectos, en la asamblea. Grandes son las obras del Señor, dignas de estudio para los que las aman.

Ha hecho maravillas memorables, el Señor es piadoso y clemente. Él da alimento a sus fieles, recordando siempre su alianza.

Envió la redención a su pueblo, ratificó para siempre su alianza, su nombre es sagrado y temible. La alabanza del Señor dura por siempre.


Aclamación antes del Evangelio: Efesios 1, 17-18

Que el Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine nuestras mentes, para que podamos comprender cuál es la esperanza que nos da su llamamiento.


EVANGELIO: Marcos 2, 23-28

Un sábado, atravesaba el Señor un sembrado; mientras andaban, los discípulos iban arrancando espigas.

Los fariseos le dijeron: «Oye, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?»

Él les respondió: «¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre? Entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes presentados, que sólo pueden comer los sacerdotes, y les dio también a sus compañeros.»

Y añadió: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado.»

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22 de enero
San Vicente, diácono y mártir

Vicente, diácono de la Iglesia de Zaragoza, sufrió un atroz martirio en Valencia, durante la persecución de Diocleciano [284-305]. Su culto se difundió en seguida por toda la Iglesia.

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Vicente venció en aquel por quien había sido vencido el mundo

De los sermones de san Agustín, obispo

A vosotros se os ha concedido la gracia –dice el Após­tol–, de estar del lado de Cristo, no sólo creyendo en él, sino sufriendo por él.

Una y otra gracia había recibido del diácono Vicente, las había recibido y, por esto, las tenía. Si no las hubiese recibido, ¿cómo hubiera podido tenerlas? En sus palabras tenía la fe, en sus sufrimientos la paciencia.

Nadie confíe en sí mismo al hablar; nadie confíe en sus propias fuerzas al sufrir la prueba, ya que, si hablamos con rectitud y prudencia, nuestra sabiduría proviene de Dios y, si sufrimos los males con fortaleza, nuestra paciencia es también don suyo.

Recordad qué advertencias da a los suyos Cristo, el Señor, en el Evangelio; recordad que el Rey de los mártires es quien equipa a sus huestes con las armas espirituales, quien les enseña el modo de luchar, quien les suministra su ayuda, quien les promete el remedio, quien, habiendo dicho a sus discípulos: En el mundo tendréis luchas, añade inmediatamente, para consolarlos y ayudarlos a vencer el temor: Pero tened valor: yo he vencido al mundo.

¿Por qué admirarnos, pues, amadísimos hermanos, de que Vicente venciera en aquel por quien había sido vencido el mundo? En el mundo –dice– tendréis luchas; se lo dice para que estas luchas no los abrumen, para que en el combate no sean vencidos. De dos maneras ataca el mundo a los soldados de Cristo: los halaga para seducirlos, los atemoriza para doblegarlos. No dejemos que nos domine el propio placer, no dejemos que nos atemorice la ajena crueldad, y habremos vencido al mundo.

En uno y otro ataque sale al encuentro Cristo, para que el cristiano no sea vencido. La constancia en el sufrimiento que contemplamos en el martirio que hoy conmemoramos es humanamente incomprensible, pero la vemos como algo natural si en este martirio reconocemos el poder divino.

Era tan grande la crueldad que se ejercitaba en el cuerpo del mártir y tan grande la tranquilidad con que él hablaba, era tan grande la dureza con que eran tratados sus miembros y tan grande la seguridad con que sonaban sus palabras, que parecía como si el Vicente que hablaba no fuera el mismo que sufría el tormento.

Es que, en realidad, hermanos, así era: era otro el que hablaba. Así lo había prometido Cristo a sus testigos, en el Evangelio, al prepararlos para semejante lucha. Había dicho, en efecto: No os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis. No seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros.

Era, pues, el cuerpo de Vicente el que sufría, pero era el Espíritu quien hablaba, y, por estas palabras del Espíritu, no sólo era redargüida la impiedad, sino también ­confortada la debilidad.

 


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