Los dos manuales de Francisco, análisis.

enero 5, 2019

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Los dos manuales de Francisco: Evangelios y Hechos de los Apóstoles.

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Los dos manuales de Francisco, análisis.

Por Juan Vicente Boo

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Quizá de modo inconsciente, durante los últimos dos siglos la Curia vaticana gestionaba muchas tareas siguiendo el estilo de dos manuales raramente mencionados. En cuanto a ceremonias, formas externas, protocolo pontificio y protocolo diplomático, el manual de Versalles. En cuanto a la administración interna, el manual del Imperio austro-húngaro: un sistema de engranajes lento pero que –aplicando los procedimientos– terminaba por llegar a decisiones dejando rigurosa constancia por escrito.

Desde mediados del siglo XX se echaba cada vez más en falta más rapidez. El ritmo de la sociedad, los medios de comunicación y la vida de las personas ya no permiten esperar a los plazos de antaño. Pero Roma es la Ciudad Eterna y no conseguía acelerar el paso.

La llegada de Francisco supuso un terremoto. Al cabo de un mes creaba un Consejo de ocho cardenales de todos los continentes para ayudarle «en el gobierno de la Iglesia universal», puenteando a burócratas intermedios demasiado aficionados a bloquear.

A los seis meses, algunas publicaciones financieras americanas presentaban a Francisco como «un mánager del siglo XXI», pues gobernaba desde fuera del despacho en contacto con la gente, integraba los sistemas horizontales de red junto a las viejas estructuras piramidales, y se movía con soltura sobre escenarios cambiantes sin dejarse paralizar por la falta de un terreno firme.

El desconcierto de buena parte de la Curia vaticana era notorio. Pero en pocos meses los más listos y los más piadosos se dieron cuenta de que Francisco estaba siguiendo, en realidad, dos manuales mucho mejores que los de Versalles y Viena. Eran los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles. Quien los entienda, entiende a Francisco, y puede intuir sus reflejos y decisiones con gran facilidad.

Dejando atrás secuelas tardías de lo que el cardenal Ratzinger solía llamar la «Iglesia imperial» (actitudes palaciegas incorporadas en tiempos de Constantino y agravadas en la etapa de los Estados Pontificios), Francisco se convertía en un Papa libre.

Al romper la obligatoriedad del principio de que «siempre se ha hecho así», Francisco permite a todos acercarse más al estilo de Jesús, de Pedro de Betsaida o de Pablo de Tarso, que se movían con muy poco equipaje pero con mucho dinamismo evangelizador.

El abandono de dos manuales avejentados no es una ruptura. Es la vuelta a los originales.

Juan Vicente Boo

Fecha de Publicación: 04 de Enero de 2019

El maná de cada día, 6.1.19

enero 5, 2019

Epifanía del Señor

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Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra s

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Antífona de entrada: Mal 3, 1; 1 Cro 19, 12

Mirad que llega el Señor del señorío: en su mano está el reino y la potestad y el imperio.


Oración colecta

Señor, tú que este día revelaste a tu Hijo unigénito a los pueblos gentiles, por medio de una estrella, concede a los que ya te conocemos por la fe poder contemplar un día, cara a cara, la hermosura infinita de tu gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 60,1-6

¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti.

Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora.
Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos.

Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos.

Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor.



SALMO 71

Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra.

Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud.

Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.

Que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo. Que los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones; que se postren ante él todos los reyes, y que todos los pueblos le sirvan.

Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres.


SEGUNDA LECTURA: Efesios 3, 2-3a.5-6

Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro.

Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio.


Aclamación antes del Evangelio: Mateo 2, 2

Hemos visto salir su estrella y venimos a adorar al Señor.


EVANGELIO: Mateo 2,1-12

Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes.
Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y , venimos a adorarlo. »

Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenia que nacer el Mesías.

Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta:

“Y tú, Belén, tierra de Judea, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judea, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel.”»

Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «ld y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.»

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.

Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.

Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

Antífona de comunión: Mateo 2, 2

Hemos visto salir la estrella del Señor y venimos con regalos a adorarlo.



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EL MANÁ DE LA NAVIDAD

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La Natividad

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SE DECÍAN UNOS A OTROS “QUÉ ES ESTO”

Los israelitas murmuraron contra Dios en el desierto. Entonces Dios ordenó a Moisés decirle al pueblo: “Al atardecer comeréis carne y por la mañana os hartaréis de pan; y así sabréis que Yo soy Yahvé, vuestro Dios”.

Cuando los israelitas vieron sobre el suelo del desierto una especie de escarcha, “se decían unos a otros: ‘¿qué es esto?’ Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: ‘Este es el pan que Yahvé os da por alimento’” (Ex 16, 12.15).

Reproduzco la nota de la Biblia de Jerusalén: “¿Qué es esto?”, en hebreo mân hû; la etimología popular de la palabra “maná”. Es la pregunta de los hijos de Israel ante algo asombroso realizado por la mano providente de Dios.

También nosotros, ante el Niño nacido en Belén, nos decimos unos a otros: ¿Qué es esto? ¿Qué está sucediendo, qué nos está revelando Dios en estos hechos a la vez tan sencillos y tan portentosos?

En la Navidad Dios revela a los hombres los misteriosos designios que eternamente ha guardado en la intimidad de la familia trinitaria.

El sueño más acariciado por Dios: hacerse hombre para que éste llegue a ser Dios. Nada menos que Dios se ha enamorado de su propia criatura y ha decidido desposarse con la humanidad para siempre, en justicia y santidad.

Por tanto, mientras Dios sea Dios no podrá vivir sin el hombre. Y mientras haya hombres en el mundo no podrán vivir sin Dios.

He ahí el misterio de los sagrados desposorios de Dios con el hombre, con cada hombre, contigo, conmigo. Pero ¿cómo, no es demasiado? ¿Por qué se comporta Dios así, qué busca?

Busca razones… y al final se te dirá: Porque así le pareció bien; eso fue lo que más le gustó, lo que más le agradó… Porque así es Dios, amor; y así actúa, por puro amor.

¿Con qué finalidad? Para alabanza de su gloria. Todo comienza y acaba en él. Con razón nos preguntamos en Navidad: ¿Qué es esto?

Y como es un misterio tan grande, la fiesta de Navidad la celebramos con octava: la prolongamos por ocho días como si fuese un único “día en que actuó el Señor”. Lo mismo sucederá con la Pascua.

¿Qué nos queda a nosotros? Imitar la actitud de María y de José, la reacción gozosa de los ángeles; sintonizar con la alegría de los pastores, seguir a los reyes de oriente; gozarnos con las palabras de Simeón y de Ana; en fin, unirnos a cuantos bendecían a Dios por lo que habían visto y oído sobre el Niño.

Por su parte, el hombre dará la talla de su valía, demostrará su dignidad y ejercerá su grandeza acogiendo al que viene en el nombre del Señor. Él viene a culminar su obra en el hombre: al que creó, ahora lo recrea; al que pecó ahora lo perdona; al que se desvió ahora lo rehabilita y endereza.

El Niño que nace no es un intruso, pues viene a su propia casa, ya que nada fue creado sino por él. No violenta al hombre, hecho a su imagen y semejanza. No lesiona o altera su dignidad pues el hombre está llamado a ser amigo de Dios y está capacitado para entenderse con Dios.

El hombre camina erecto, puede mirar a Dios cara a cara, hablarle y responderle. Es superior a toda la creación. Entre todos los seres creados sólo el hombre es amado por sí mismo: es persona. Por eso Dios lo desposa consigo por pura gracia y para siempre.

Si Dios se ha mostrado tan amoroso y fiel, ¿qué puedes hacer de tu parte? A ti sólo te queda acoger, alabar y agradecer… Dejarte inundar por la ternura de Dios y alegrarte en el Señor, como lo hizo María, como lo hizo José. Pues la alegría que encuentra el marido con su mujer, la encuentra tu Dios contigo.

Perteneces al Señor; eres esposa del Señor para siempre, su amigo más íntimo. Alégrate desde lo más profundo de tu ser, y que de esta manera todo florezca en tu vida. Eres hijo del Rey, no simple jornalero, llevas anillo real. Vístete de fiesta porque ya llega tu Salvador.

Mientras seas persona estás llamado a vivir en íntima comunión con Dios. Cuanto más le dejes entrar en tu ser, más valioso te volverás, más recto será tu proceder y más centrado y feliz te sentirás.

Es decir, crecerás en dignidad y valía, en moralidad, en madurez, en la realización de tus posibilidades, en plenitud y felicidad. Cuanto más unido a Dios, más hombre serás, porque él es el mejor amigo que tienes y tendrás.

Ahí está la razón y la fuente de tu felicidad: en acoger a Dios que viene a ti con agradecimiento y alegría. Dejarte iluminar por esa gran Luz. ¡Qué menos! Hazlo así, y vive la Navidad en plenitud de gozo y santidad, con toda alegría, sintiéndote mimado por el mismo Dios.

Dios ama a los que, como María, le responden pronta y generosamente. Dios es quien más goza con que el hombre llegue a su plenitud y sea feliz. Sólo él colma y realiza todas las potencialidades del hombre. Sólo Dios es la medida del hombre, nada más, pero tampoco nada menos. No te contentes con menos.

La Vida estaba junto a Dios… Vino a los suyos, a su propia casa… y a cuantos la recibieron les dio la posibilidad de hacerse hijos de Dios por el Espíritu.

Tú estás llamado a ser un amigo de Dios, y tú quieres ser hijo de Dios; perteneces a su familia. No porque lo entiendas y menos aún porque te lo merezcas; sino porque así le pareció bien a Él, para alabanza de su gloria.

¿Qué es esto que estamos viendo, qué significa lo que hemos escuchado sobre el Niño? Y se admiraban de lo que decían del Niño y daban gloria a Dios… Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que se dejan amar por Dios, que gozan del amor de Dios.

Alaba a tu Dios y vive feliz. El gozo en el Señor sea tu fortaleza. Sabrás que has pasado de la muerte a la vida porque amas de verdad, a discreción, a Dios y a tu prójimo. Amén, amén. Enhorabuena, hermano. ¡Gloria a Dios! ¡Es Navidad!

 


El maná de cada día, 5.1.19

enero 5, 2019

Sábado 5 de enero. Feria de Navidad

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Aclama al Señor, tierra entera

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Antífona de entrada: Jn 1, 1

En el principio y antes de los siglos, el Verbo era Dios, y se ha dignado nacer como Salvador del mundo.

Oración colecta

Oh, Dios, que con el nacimiento de tu Unigénito has comenzado de modo admirable la redención de tu pueblo, te pedimos que concedas a tus fieles una fe tan sólida que, guiados por él, alcancemos el premio prometido de la gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 1 Juan 3, 11-21

Éste es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros. No seamos como Caín, que procedía del Maligno y asesinó a su hermano. ¿Y por qué lo asesinó? Porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran buenas.

No os sorprenda, hermanos, que el mundo os odie; nosotros hemos pasado de la muerte a la vida: lo sabemos porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte. El que odia a su hermano es un homicida. Y sabéis que ningún homicida lleva en sí vida eterna.

En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos. Pero si uno tiene de qué vivir y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios?

Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo. Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios.


SALMO 99

Aclama al Señor, tierra entera.

Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores.

Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño.

Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre.

«El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.»


ALELUYA

Nos ha amanecido un día sagrado; venid, naciones, adorad al Señor, porque hoy una gran luz ha bajado a la tierra.


EVANGELIO: Juan 1, 43-51

En aquel tiempo, determinó Jesús salir para Galilea; encuentra a Felipe y le dice: «Sígueme.»

Felipe era de Betsaida, ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encuentra a Natanael y le dice: «Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret.»

Natanael le replicó: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?»

Felipe le contestó: «Ven y verás.»

Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.»

Natanael le contesta: «¿De qué me conoces?»

Jesús le responde: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.»

Natanael respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.»

Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores.»

Y le añadió: «Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»


Antífona de comunión: Jn 3, 16

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

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Seremos saciados con la visión de la Palabra

San Agustín, Sermón 194, 3-4

¿Qué ser humano podría conocer todos los tesoros de sabiduría y de ciencia ocultos en Cristo y escondidos en la pobreza de su carne? Porque, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza. Pues cuando asumió la condición mortal y experimentó la muerte, se mostró pobre: pero prometió riquezas para más adelante, y no perdió las que le habían quitado.

¡Qué inmensidad la de su dulzura, que escondió para que los que lo temen, y llevó a cabo para los que esperan en él!

Nuestro conocimientos son ahora parciales, hasta que se cumpla lo que es perfecto. Y para que nos hagamos capaces de alcanzarlo, él, que era igual al Padre en la forma de Dios, se hizo semejante a nosotros en la forma de siervo, para reformarnos a semejanza de Dios: y, con­vertido en hijo del hombre –él, que era único Hijo de Dios–, convirtió a muchos hijos de los hombres en hijos de Dios; y, habiendo alimentado a aquellos siervos con su forma visible de siervo, los hizo libres para que contem­plasen la forma de Dios.

Pues ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Pues ¿para qué son aquellos tesoros de sabiduría y de ciencia, para qué sirven aquellas riquezas divinas sino para colmarnos? ¿Y para qué la inmensidad de aquella dulzura sino para saciarnos? Muéstranos al Padre y nos basta.

Y en algún salmo, uno de nosotros, o en nosotros, o por nosotros, le dice: Me saciaré cuando se manifieste tu gloria. Pues él y el Padre son una misma cosa: y quien lo ve a él ve también al Padre. De modo que el Señor, Dios de los ejércitos, él es el Rey de la gloria. Volviendo a nosotros, nos mostrará su rostro; y nos salvaremos y quedaremos saciados, y eso nos bastará.

Pero mientras eso no suceda, mientras no nos muestre lo que habrá de bastarnos, mientras no le bebamos como fuente de vida y nos saciemos, mientras tengamos que andar en la fe y peregrinemos lejos de él, mientras tenemos hambre y sed de justicia y anhelamos con inefable ardor la belleza de la forma de Dios, celebremos con devota obsequiosidad el nacimiento de la forma de siervo.

Si no podemos contemplar todavía al que fue engendrado por el Padre antes que el lucero de la mañana, tratemos de acercarnos al que nació de la Virgen en medio de la noche. No comprendemos aún que su nombre dura como el sol; reconozcamos que su tienda ha sido puesta en el sol.

Todavía no podemos contemplar al Único que permanece en su Padre; recordemos al Esposo que sale de su alcoba. Todavía no estamos preparados para el banquete de nuestro Padre; reconozcamos al menos el pesebre de nuestro Señor Jesucristo.


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