La misa dominical, mucho más que un precepto.

enero 2, 2019

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Luis F. Álvarez González, sacerdote salesiano y doctor en teología litúrgica.

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La misa dominical, mucho más que un precepto. 

Por Luis F. Álvarez González, sacerdote salesiano y doctor en teología litúrgica. 

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Los cristianos con cierta formación en el campo de la teología litúrgica no necesitan que nadie les informe sobre cómo está hoy, en nuestro contexto socio-religioso, el tema de la Eucaristía del domingo.

¡El tsunami del secularismo ha hecho estragos! Hasta el punto de poder afirmar con toda razón que “el olvido de Dios es el problema más acuciante de nuestro tiempo” (J. Ratzinger: Papa Benedicto XVI).

Ni tampoco desconocen el formidable esfuerzo llevado a cabo por la Iglesia en los últimos 60 años, para profundizar en la teología del domingo, proponerla de una manera más clara a los creyentes y cuidar con esmero la participación de la asamblea en la celebración de la Eucaristía del domingo. Quizás sin todo ese meritorio y laudable esfuerzo el resultado hubiera sido mucho más grave.

Sin embargo, hoy una gran parte de los cristianos de España y también de los demás países de Europa padece una escasa formación cristiana, que no va más allá del nivel del catecumenado; carecen sobre todo de una formación espiritual y de una experiencia sacramental suficiente. La familia, por añadidura, ya no es el lugar privilegiado de la transmisión y el crecimiento de la fe.

Para ser objetivos es obligado afirmar que existe también un “resto de Israel”, una minoría de fieles cristianos que resisten y son “confesores” y testigos de su fe, como luces en medio de la oscuridad.

Por eso la Iglesia entera, en cada uno de sus miembros, está abocada hoy “a una nueva etapa evangelizadora” Evangelii gaudium 1) para anunciar con todas sus fuerzas la alegría del Evangelio. ¡Ay de nosotros si no evangelizamos!

El precepto dominical, que desde siglos atrás hace obligatoria la participación activa y plena en la Eucaristía del día del Señor (el domingo), no ha servido ni mucho ni poco para detener la “espantada”, o el abandono, de tantos cristianos de la Eucaristía dominical y, en consecuencia, de la comunidad cristiana.

Dicho precepto además dejó grabada en lo más hondo de la conciencia de algunos cristianos la profunda marca del ir a Misa solo “por obligación”, por cumplir el precepto.

Creo que, yendo más allá de la discutible utilidad pedagógica del precepto dominical, debemos preguntarnos sobre si la consideración de la Eucaristía dominical como una mera “obligación” no es una reducción inadmisible del mandato del Señor a sus discípulos en la noche en que fue entregado: “Haced esto en memoria mía” (Lucas 22, 19). En efecto, ¿se puede obligar a amar?

Es precisamente en este nivel de análisis en el que me sitúo en este punto de vista: El significado del domingo, cuyo centro es la celebración de la Eucaristía, para la vida del cristiano y de la Iglesia. Pero sin olvidar precisar que al preguntarse  por la relación que existe entre la Eucaristía y la vida del cristiano ¿no es, en realidad, preguntarse por la relación personal, buscada y elegida, entre Jesús, el Señor, y el cristiano?

Fieles al testamento o a la voluntad del Señor, la Iglesia no ha cesado, nunca desde aquel memorable día de la Resurrección, de reunirse cada ocho días, para experimentar la fuerza liberadora y transformadora del Señor de la vida y vivir enteramente de Él (SC 106). ”Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando” (Juan 15, 14-15), nos había dicho.

No celebramos, por tanto, la Eucaristía por devoción, ni siquiera por necesidad y menos aún por obligación. Nos reunimos cada domingo, nuestra fiesta primordial, pase lo que pase, por fidelidad  y amor a nuestro Señor. Para vivir el acontecimiento central de la historia: la Pascua del Señor, que nos ha cambiado la vida para siempre.

La historia ha dejado constancia de la muerte de muchos cristianos, a lo largo de los siglos, que han dado su vida por Jesús por no faltar a la Pascua semanal (del domingo). Y este hecho no es solo del pasado. Pasa en nuestros días, es de palpitante actualidad. Los periódicos y la televisión relatan noticias de iglesias incendiadas con cristianos dentro reunidos en asamblea litúrgica en torno a la mesa del Señor.

¿No sentimos vergüenza nosotros los cristianos de España y Europa de tener que apoyarnos en el “andador” del precepto para serle fieles a Jesucristo?

Es indudable que una reflexión teológica sobre la esencial relación entre Cristo, el Señor, y el cristiano en la celebración de la Eucaristía no puede pasar por alto que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Benedicto XVI).

Cuanto venimos considerando nos convence de que el precepto dominical satisface muy poco al cristiano que, “por experiencia propia, está convencido de que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo” (Evangelii gaudium 266).

El mero precepto ayuda muy poco al cristiano que “unido a Jesús, busca lo que Él busca, ama lo que Él ama. En definitiva, lo que busca es la gloria del Padre” (Evangelii gaudium 267).

Por último debo recordar que el día del Señor, núcleo y fundamento del año litúrgico, posee una riqueza extraordinaria. No se agota en la celebración de la Eucaristía.

Por eso se necesita mucho una pastoral del domingo nueva y fresca, ambiciosa y renovada, que no se limite a la organización de los horarios de misas (que con frecuencia sirven para fragmentar a la comunidad cristiana), sino precisamente a favorecer el encuentro de los cristianos, la experiencia de la fraternidad y a vivir juntos la alegría de la Resurrección en una celebración eucarística verdaderamente expresiva, festiva y participada.

 

 

 

 


El maná de cada día, 2.1.19

enero 2, 2019

San Basilio Magno y san Gregorio Nacianceno,

obispos y doctores de la Iglesia

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22250A

San Basilio y san Gregorio 

 

Antífona de entrada: Isaías 9, 2

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras y una luz les brilló.


Oración colecta

Señor Dios, que te dignaste instruir a tu Iglesia con la vida y doctrina de san Basilio Magno y san Gregorio Nacianceno, haz que busquemos humildemente tu verdad y la vivamos fielmente en el amor. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 1 Juan 2, 22-28

¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ése es el Anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre. Quien confiesa al Hijo posee también al Padre.

En cuanto a vosotros, lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros. Si permanece en vosotros lo que habéis oído desde el principio, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre; y ésta es la promesa que él mismo nos hizo: la vida eterna.

Os he escrito esto respecto a los que tratan de engañaros. Y en cuanto a vosotros, la unción que de él habéis recibido permanece en vosotros, y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas –y es verdadera y no mentirosa– según os enseñó, permanecéis en él.

Y ahora, hijos, permaneced en él para que, cuando se manifieste, tengamos plena confianza y no quedemos avergonzados lejos de él en su venida.


SALMO 97

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad.


Aclamación antes del Evangelio: Hebreos 1, 1-2

En distintas ocasiones habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo.


EVANGELIO: Juan 1, 19-28

Éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?»

Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías.»

Le preguntaron: «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?»

Él dijo: «No lo soy.»

«¿Eres tú el Profeta?»

Respondió: «No.»

Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?»

Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías.»

Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»

Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.»

Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.


Antífona de comunión: 1 Juan 1, 2

La vida, que estaba con el Padre, se hizo visible y se nos manifestó.



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COMENTARIO

La espiritualidad de Navidad consiste en experimentar más y mejor la filiación divina:

Que somos verdaderos hijos de Dios en el Hijo unigénito, pues al encarnarse ha asumido nuestra naturaleza y por eso, en la humanidad de Jesús está comprometida la nuestra.

Y si aquella humanidad fue llena del Espíritu del Hijo de Dios, también la nuestra, después de la Resurrección y del envío del Espíritu, por el bautismo, puede y debe ser llena del Espíritu de Cristo.

Pidamos al Padre que se haga realidad todo lo que ha pretendido hacer con nosotros al amarnos tanto que ha enviado a su Hijo al mundo: que se cumplan sus designios de paz y bendición en nosotros, que no se quede a medias su la relización de su proyecto inefable… Que nos envíe la plenitud del Espíritu.

Por nuestra parte debemos ratificar nuestra entrega a Dios renunciando a todo pecado, perdonando a discreción las ofensas que hayamos recibido de los demás, dejando atrás el hombre viejo y lanzándonos hacia adelante para ser nuevas creaturas en Cristo.

Navidad significa vivir en plenitud, estrenar un optimismo nuevo basado en el milagro de la encarnación: Fundada esa vivencia en el desposorio de Dios con la humanidad, de tu Dios contigo, de manera personal, misteriosa, irreversible y definitiva.

Ahora es cuando se hace realidad aquella afirmación categórica de la Palabra de Dios: Eternamente te he amado, desde siempre he pronunciado tu nombre; tú eres única para mí, mi hija; tú eres valioso, único para mí; porque yo soy un Dios de vida y me gozo en la verdad.

Y todo este misterio de vida y plenitud lo expresamos, lo creemos y lo queremos vivir, precisamente, cuando el poder de las tinieblas parece invencible, cuando la noche se impone sobre el día, en el equinocio de invierno del hemisferio norte, abriéndose paso la victoria neta, progresiva y firme de la luz: Los días se van alargando insensible pero regularmente hasta reducir la noche a su mínima expresión como sucederá en el equinocio de verano…

En fin, todo nos invita a dejarnos transformar por la Luz de Dios que ha puesto su tienda en medio de nosotros, en medio de la oscuridad… Una Luz que debe crecer hasta hacer nuevas todas las cosas en Cristo, hasta recapitular todo en Cristo. Amén.

San Pablo nos lo resume: No tengan miedo; todo es de ustedes, ustedes de Cristo, y Cristo de Dios. Amén.  .

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De quien ya no vive de acuerdo con la carne, sino que actúa en virtud del Espíritu de Dios, se llama hijo de Dios y se ha vuelto conforme a la imagen del Hijo de Dios, se dice que es hombre espiritual. Y así como la capacidad de ver es propia de un ojo sano, así también la actuación del Espíritu es propia del alma purificada.

Así mismo, como reside la palabra en el alma, unas veces como algo pensado en el corazón, otras veces con algo que se profiere con la lengua, así también acontece con el Espíritu Santo, cuando atestigua a nuestro espíritu y exclama en nuestros corazones: Abba (Padre), o habla en nuestro lugar, según lo que se dijo: No seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros.

Ahora bien, así como entendemos el todo distribuido en sus partes, así también comprendemos el Espíritu según la distribución de sus dones. Ya que todos somos efectivamente miembros unos de otros, pero con dones que son diversos, de acuerdo con la gracia de Dios que nos sido concedida.

Por ello precisamente, el ojo no puede decir a la mano: «No te necesito»; y la cabeza no puede decir a los pies: «No os necesito.» Sino que todos los miembros completan a la vez el cuerpo de Cristo, en la unidad del Espíritu; y de acuerdo con las capacidades recibidas se distribuyen unos a otros los servicios que necesitan.

Dios fue quien puso en el cuerpo los miembros, cada uno de ellos como quiso. Y los miembros sienten la misma solicitud unos por otros, en virtud de la comunica­ción espiritual del mutuo afecto que les es propia. Esa es la razón de que cuando un miembro sufre, todos sufren con él; cuando un miembro es honrado, todos le felicitan.

Del mismo modo, cada uno de nosotros estamos en el Espíritu, como las partes en el todo, ya que hemos sido bautizados en un solo cuerpo, en nombre y virtud de un mismo Espíritu.

Y como al Padre se le contempla en el Hijo, al Hijo se le contempla en el Espíritu. La adoración, si se lleva a cabo en el Espíritu, presenta la actuación de nuestra alma como realizada en plena luz, cosa que puede deducirse de las palabras que fueron dichas a la samaritana. Pues como ella, llevada a error por la costumbre de su región, pensase que la adoración había de hacerse en un lugar, el Señor la hizo cambiar de manera de pensar, al decirle que había que adorar en Espíritu y verdad; al mismo tiempo, se designaba a sí mismo como la verdad.

De la misma manera que decimos que la adoración tie­ne que hacerse en el Hijo, ya que es la imagen de Dios Padre, decimos que tiene que hacerse también en el Espí­ritu, puesto que el Espíritu expresa en sí mismo la divinidad del Señor.

Así pues, de modo propio y congruente contemplamos el esplendor de la gloria de Dios mediante la iluminación del Espíritu; y su huella nos conduce hacia aquel de quien es huella y sello, sin dejar de compartir el mismo ser.


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