¿Miramos a otro lado cuando hablamos de venta de armas?

diciembre 26, 2018

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¿Miramos a otro lado cuando hablamos de venta de armas?

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¿Miramos a otro lado cuando hablamos de venta de armas?

¿Por que la justificamos diciendo que este sector crea puestos de trabajo?

Por César Nebot

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¿Consideramos aceptable no acabar con un grupo terrorista simplemente porque su constante amenaza genera demanda de servicios de seguridad y, por lo tanto, desde el punto de vista económico, puestos de trabajo? ¿Qué pensaríamos si además quien vendiera armas argumentara que es armamento de precisión? Indignados clamaríamos por los derechos humanos y nos repugnarían los pretexto peregrinos.

Pero claro, si las muertes que provocan no son cercanas y pueden no ser televisadas entonces nos quedan lejos. Si el comprador es Arabia Saudí y los muertos son yemeníes, ya es harina de otro costal. Caemos rápidamente en el conformismo y miramos a otro lado.

“Es un contrato de bombas asépticas que apenas matan; es bueno para luchar contra el desempleo”, nos repetimos como Gollum de “El Señor de los Anillos”, para adormilar conciencias, batallando en su ambivalencia. Con tal de aceptar lo que sea, nos aferramos a lo que nos tranquilice y permita pervivir exentos de responsabilidad. 

Siempre me saltan todas las alarmas cuando pretenden venderme como bueno algo aludiendo a que pretenden luchar contra el desempleo. Es el comodín estrella que suele esconder otra realidad. Una vez usado nadie cuestiona, nadie protesta.

Curiosamente, quienes defienden a capa y espada la movilidad y readaptación laboral a nuevos sectores, cuando se trata del sector de la venta de armas, suelen olvidar la reconversión en este caso. Esa incoherencia compromete la supuesta honestidad en su lucha contra el desempleo. 

Como el bienestar proviene de lo que disponemos y la conciencia de lo que conocemos, tenemos tendencia a ignorar ciertas realidades y a adquirir argumentos anestésicos para adormilarnos. 

Preferimos vendarnos los ojos y seguir con nuestra película, observando conflictos y muerte por televisión mientras olvidamos que parte de nuestro bienestar depende de vender armamento.

La inquietante intro de la película “El Señor de la Guerra” muestra el recorrido de una bala desde su fabricación hasta que atraviesa la cabeza de un niño en el tercer mundo. Las rentas de ese negocio recorren el camino contrario engrosando nuestro bienestar civilizado, azotea desde la que indignarnos exentos de culpabilidad y responsabilidad. Nos exculpamos desde una torre de superioridad moral exenta de redención.

Lo primero que deberíamos hacer es aceptar la realidad desnuda. De igual manera que para poder resucitar se precisa aceptar la cruz, aceptar nuestra realidad social es el primer paso para permitir su transformación.

La cruda realidad es que unos pocos obtienen suculentas comisiones de este negocio y fomentan argumentos clorofórmicos (pues admitir abiertamente que el objeto último y principal es su acumulación de riqueza) que socialmente aceptamos.

Como perros en torno a una mesa de la que caen las migajas, el resto nos beneficiamos vía impuestos, empleo o consumo del suculento y cruento negocio. No disparar nos exime de culpa pero no de responsabilidad. En consecuencia, es necesario que demos respuesta no de compasión o caridad, sino de justicia. 

Un amigo misionero, procurando civilizadamente sembrar paz en el deprimido norte de Uganda, se quedó desarmado de argumentos cuando su ayudante indígena extrajo una bala Made in Spain del cadáver de un niño de cinco años.

Aunque en nuestro mundo nos creamos en una perfecta burbuja moral, desde fuera nada genera mayor descrédito que nuestra hipocresía.

Individualmente, como pequeños Davides, es difícil que podamos hacer nada contra los Goliath pero, tal vez, si el político necesita esconder las vergüenzas, podemos negarnos a aceptar adormilar nuestras conciencias ante la obstinada declaración de nuestros políticos que pretenden desviar la atención. 

¿Miramos a otro lado cuando hablamos de venta de armas?


El maná de cada día, 26.12.18

diciembre 26, 2018

San Esteban, protomártir

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Antífona de entrada

Las puertas del cielo se han abierto para Esteban, el primero de los mártires; por eso ha recibido el premio de la corona del triunfo.


Oración colecta

Concédenos, Señor, la gracia de imitar a tu mártir san Esteban y de amar a nuestros enemigos, ya que celebramos la muerte de quien supo orar por sus perseguidores. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Hechos de los apóstoles 6, 8-10;7,54-60

En aquellos días, Esteban, lleno de gracia y poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo. Unos cuantos de la sinagoga llamada de los libertos, oriundos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con Esteban; pero no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba.

Oyendo estas palabras, se recomían por dentro y rechinaban los dientes de rabia. Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo: «Veo el cielo abierto y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios.»

Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos, dejando sus capas a los pies de un joven llamado Saulo, se pusieron también a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación: «Señor Jesús, recibe mi espíritu.»

Luego, cayendo de rodillas, lanzó un grito: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado.»
Y, con estas palabras, expiró.


SALMO 30, 3cd-4.6 y Sab 16bc-17

A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

Sé la roca de mi refugio, un baluarte donde me salve, tú que eres mi roca y mi baluarte; por tu nombre dirigeme y guíame.

A tus manos encomiendo mi espíritu: tú, el Dios leal, me librarás. Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría. Te has fijado en mi aflicción.

Líbrame de los enemigos que me persiguen; haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame por tu misericordia.


Aclamación: Salmo 117, 26a y 27a

Bendito el que viene en nombre del Señor, el Señor es Dios, él nos ilumina.


EVANGELIO: Mateo 10, 17-22

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

«No os fiéis de la gente, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes, por mi causa; así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles. Cuando os arresten, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en su momento se os sugerirá lo que tenéis que decir; no seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. Los hermanos entregarán a sus hermanos para que los maten, los padres a los hijos; se rebelarán los hijos contra sus padres, y los matarán.

Todos os odiarán por mi nombre; el que persevere hasta el final se salvará.»


Antífona de comunión: Hechos de los apóstoles 7, 58

Se pusieron a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación: Señor Jesús, recibe mi espíritu.


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San Esteban, protomártir

LAS ARMAS DE LA CARIDAD
De los sermones de san Fulgencio de Ruspe, obispo

Ayer celebramos el nacimiento temporal de nuestro Rey eterno; hoy celebramos el triunfal martirio de su soldado.

Ayer nuestro Rey, revestido con el manto de nuestra carne y saliendo del recinto del seno virginal, se dignó visitar el mundo; hoy el soldado, saliendo del taber­náculo de su cuerpo, triunfador, ha emigrado al cielo.

Nuestro Rey, siendo la excelsitud misma, se humilló por nosotros; su venida no ha sido en vano, pues ha aportado grandes dones a sus soldados, a los que no sólo ha enriquecido abundantemente, sino que también los ha fortalecido para luchar invenciblemente. Ha traí­do el don de la caridad, por la que los hombres se hacen partícipes de la naturaleza divina

Ha repartido el don que nos ha traído, pero no por esto él se ha empobrecido, sino que, de una forma ad­mirable, ha enriquecido la pobreza de sus fieles, mien­tras él conserva sin mengua la plenitud de sus propios tesoros.

Así, pues, la misma caridad que Cristo trajo del cielo a la tierra ha levantado a Esteban de la tierra al cielo. La caridad, que precedió en el Rey, ha brillado a con­tinuación en el soldado.

Esteban, para merecer la corona que significa su nom­bre, tenía la caridad como arma, y por ella triunfaba en todas partes. Por la caridad de Dios, no cedió ante los judíos que lo atacaban; por la caridad hacia el pró­jimo, rogaba por los que lo lapidaban. Por la caridad, argüía contra los que estaban equivocados, para que se corrigieran; por la caridad, oraba por los que lo lapi­daban, para que no fueran castigados.

Confiado en la fuerza de la caridad, venció la acerba crueldad de Saulo, y mereció tener en el cielo como compañero a quien conoció en la tierra como perseguidor. La santa e inquebrantable caridad de Esteban deseaba conquistar orando a aquellos que no pudo convertir amonestando.

Y ahora Pablo se alegra con Esteban, y con Esteban goza de la caridad de Cristo, triunfa con Esteban, rei­na con Esteban; pues allí donde precedió Esteban, mar­tirizado por las piedras de Pablo, lo ha seguido éste, ayudado por las oraciones de Esteban.

¡Oh vida verdadera, hermanos míos, en la que Pablo no queda confundido de la muerte de Esteban, en la que Esteban se alegra de la compañía de Pablo, porque ambos participan de la misma caridad! La caridad en Esteban triunfó de la crueldad de los judíos, y en Pablo cubrió la multitud de sus pecados, pues en ambos fue la caridad respectiva la que los hizo dignos de poseer el reino de los cielos.

La caridad es la fuente y el origen de todos los bienes, egregia protección, camino que conduce al cielo. Quien camina en la caridad no puede temer ni errar; ella dirige, protege, encamina.

Por todo ello, hermanos, ya que Cristo construyó una escala de caridad, por la que todo cristiano puede ascender al cielo, guardad fielmente la pura caridad, ejercitadla mutuamente unos con otros y, progresando en ella, alcanzad la perfección.


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