¿Por qué no hubo sexo entre María y José? Responde Fulton Sheen

diciembre 20, 2018

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¿Por qué no hubo sexo entre María y José? No fue necesario; sobraba porque su matrimonio fue consumado con Jesús. María y José se unieron con Jesús.

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¿Por qué no hubo sexo entre María y José?

Responde Fulton Sheen

A continuación una exhortación del arzobispo norteamericano Fulton Sheen (1895-1979) sobre el matrimonio cristiano vivido a ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret. ¡Es una preciosidad!

“Quiero hablarles de un matrimonio que formó una familia: del constituido por la Virgen María y san José.

Para explicar la singularidad de sus bodas, hay que tener presente una verdad: puede haber habido matrimonio aun sin unión física. 

Este caso puede existir por tres motivos: porque los sentidos, satisfechos ya, se hayan vuelto insensibles; porque los esposos, después de haberse unido, hayan hecho voto a Dios de renunciar al placer para dedicarse a los más sublimes éxtasis del espíritu; y, finalmente, porque los esposos, a pesar del matrimonio, hayan hecho voto de virginidad, renunciado a sus recíprocos derechos.

la virginidad resultó ser el centro de atracción de esta unión.

Una cosa es renunciar a los placeres de la vida conyugal por estar hartos de ellos, y otra muy distinta renunciar a esos placeres antes de haberlos probado para formar solamente una unión de corazones, como ocurrió con las bodas de María y José.

Ellos se unieron como dos estrellas que no se enlazan nunca mientras que sus rayos luminosos se entrecruzan en el espacio.

Fue un matrimonio parecido a lo que sucede en la primavera entre las flores que juntan sus perfumes o a dos instrumentos que juntan sus melodías al unísono formando una sola.

Los esposos, al renunciar a sus recíprocos derechos por un móvil más elevado, no destruyen la esencia del matrimonio, pues como dice san Agustín, “la base de un matrimonio de amor es la unión de los corazones”.

Esto nos lleva a una pregunta: ¿Por qué fue necesario el matrimonio habiendo hecho voto de virginidad la Virgen y san José?

El matrimonio era necesario a pesar del voto de virginidad para preservar a la Virgen de cualquier sospecha mientras no le llegase el tiempo de revelar el misterio del nacimiento de Jesús.

Se consideró, en efecto, que Nuestro Señor fuera hijo de san José. De este modo, no quedó expuesto al sarcasmo del pueblo el nacimiento de Cristo y no sirvió de escándalo para los débiles en la fe.

De esta manera, además, pudo tener en José un testigo la pureza de María.

Pero todo privilegio de la gracia debe tener su correspondencia, y María y José hubieron de pagarlo con su mayor dolor.

El Ángel no había dicho a la Virgen que revelase la obra del Espíritu Santo que se había realizado en ella, y por eso se calló María. San José, al no poderse explicar el fenómeno, pensó repudiarla.

Una vez hizo la Virgen la siguiente revelación a un santo: “Nunca experimenté una angustia tan intensa, con excepción de la del Gólgota, como la que sentí al tener que desagradar, mal de mi gusto, a José, que era un hombre justo”.

San José sufría al no poder comprender lo sucedido: sabía que María, lo mismo que él, había hecho el voto de virginidad, y por eso la consideraba fuera de toda sospecha y no se atrevía ni a pensar que tuviese culpa alguna. ¿Cómo debería explicárselo entonces?

La sorpresa del casto José era comparable a la de la Virgen María cuando en el momento de la Anunciación hubo de preguntar: “¿Cómo puede suceder eso si no conozco a hombre alguno?” María deseaba saber cómo podría ser virgen y madre a un mismo tiempo, y san José no sabía cómo podría ser virgen y padre.

Y el Ángel del Señor explicó a ambos que solamente Dios tenía poder para hacer semejante cosa, y no la ciencia humana. Solamente pueden penetrar en estos misterios los que entienden la voz de los ángeles.

Como quiera que san José quería repudiar secretamente a la Virgen, el Ángel le corrió el velo del misterio: efectivamente, tan pronto como tal pensamiento se afianzó en la mente del santo, un ángel se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas de vivir con tu esposa, María, porque lo nacido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, al que le pondrás por nombre Jesús. Él liberará a su pueblo de los pecados” (San Mateo 1, 20-21).

De este modo, conociendo las razones del nacimiento de Jesús, pudo san José volver a encontrar la paz. Su alma se llenó de felicidad al tener noticia de que sería el padre putativo del Salvador del mundo y guardián protector de la Madre de aquel a quien no pueden contener los cielos.

Vayamos ahora a la segunda pregunta: ¿Era san José viejo o joven?

La mayor parte de las esculturas y de los cuadros nos presentan un san José viejo, con una larga barba canosa. No existe, desde luego, ningún dato histórico que nos indique su edad.

Si buscamos las razones por las que el arte nos lo representa viejo, descubrimos que se da ese aspecto por entenderse que es el que más se dice con su papel de custodio de la virginidad de María.

Sin embargo, notamos que el arte ha hecho de san José un esposo puro y casto más por edad que por virtud.

Eso se parece al creer que la mejor manera de representar a un hombre honrado, incapaz de robar, sería pintarlo sin manos.

Ante todo, se olvida que en los viejos pueden arder los mismos malos deseos que en los jóvenes. Tenemos un ejemplo en el caso de Susana, pues viejos eran los que la tentaron en el jardín.

Al representar tan viejo a san José, hasta se da un mérito a la edad de un hombre y no a su virtud.

Juzgar a san José puro, por ser viejo, es como querer ensalzar a un torrente de montaña, carente de agua.

Parece, además, lógico pensar que Nuestro Señor prefiriese escoger para padre putativo a un hombre que sabía y quería sacrificarse, y no a uno que se veía obligado a ello.

¿Es, además, presumible que Dios quisiese dar a un viejo por compañero a una jovencita? Si el Señor no tuvo a menos confiar, desde la Cruz, su madre a un joven como san Juan, ¿por qué había de ligarla a un viejo desde el alborear de la vida?

El amor de la mujer determina al del hombre.

La mujer es educadora silenciosa de la virilidad de su esposo. Siendo María el símbolo de la virginidad y la sublime inspiradora de la pureza para todos, ¿por qué no habría de emplear esa su fascinación de maravilla con su José, el justo?

La Virgen conquistó el corazón de su joven esposo, no con la disminución del amor, sino sublimándolo.

A mi parecer, por tanto, san José debió de ser, al casarse con la Virgen, un hombre joven, fuerte, viril, atlético, bien parecido y casto; un prototipo del hombre que puede verse hoy en una pradera apacentando un rebaño o piloteando un avión, o en el taller de un carpintero.

Y no un impotente, sino, por el contrario, rebosante de vigor varonil; no un fruto secado, sino una flor lozana y llena de promesa; no en el ocaso de la vida, sino en el amanecer, derrochando energía, fuerza y pasión.

¡Cómo se agigantan las figuras de la Virgen y de san José cuando, deteniéndonos en el examen de su vida, descubrimos en ella el Primer Poema de Amor!

El corazón humano no se conmueve ante el amor de un viejo por una joven; pero ¿cómo no admirarse profundamente del amor de dos jóvenes unidos por un vínculo divino?

María y José eran ambos jóvenes, muy bien parecidos y llenos de promesas.

Dios siente predilección, por las impetuosas cataratas y por las turbulentas cascadas, pero estoy seguro de que las prefiere cuando, con la energía desarrollada por ellas, se alumbran las ciudades y con sus aguas se aplaca la sed de un niño, a cuando con su ímpetu tronchan las flores brotadas en la orilla.

En María y José no encontramos una cascada de aguas puras y encauzadas ni un lago desecado, sino dos jóvenes que antes de conocer la hermosura de una y la potente fuerza del otro, renuncian a su disfrute para darse por entero a la “pasión sin pasión” y a la “impetuosa calma” de Jesús.

María y José llevaron a su boda no sólo su voto de virginidad, sino también dos corazones llenos de un gran amor, más grande que cualquier otro amor que corazón humano haya podido nunca contener.

Ninguna pareja de casados se ha querido nunca tanto.

Puedo preguntarles a los que son casados: “¿A qué aspiran después de haberse amado? Al Infinito, a un eterno éxtasis sin fin. Pero no se puede probar en su plenitud porque el Infinito al que aspira su alma está aprisionado por el cuerpo.

Este les obstaculiza la progresión hacia Dios, al que se tiende.

Pero si hoy no les hace gustar una delicia infinita el acto de amor, les será dado gozar de ella en el cielo.

En el cielo no será necesaria la unión de los cuerpos porque su amor será infinito.

He aquí por qué ha dicho Dios que en el cielo no existirán matrimonios. No serán necesarias las apariencias porque tendremos la sustancia.

¿Nos afanaríamos por un rayo de sol reflejado por un espejo pudiendo gozarlo directamente? Pues bien: María y José ya probaron la dicha sin igual que es la posesión del amor eterno del cielo, sin ansiedades, al que tiende vuestro matrimonio en Cristo.

Ustedes los casados tienen ahora necesidad de la unión material porque no poseen la realidad de Dios. Como la Virgen y san José poseían a Jesús, ya no deseaban nada más.

Se tiene necesidad de la comunión física para comprender la unión de Cristo con su Iglesia.

Ellos no tenían esa necesidad porque poseían a la Divinidad.

Como dijo León XIII de modo admirable: “Su matrimonio fue consumado con Jesús”. Ustedes se unen con los cuerpos. María y José se unieron con Jesús.

¿Para qué querían afanarse tras los efímeros goces de la carne, cuando en su amor estaba la Luz del mundo?

En realidad de verdad, Jesús es la voluptuosidad de los corazones, por lo que estando Él presente, todo lo demás sobra.

Del mismo modo que marido y mujer se olvidan de sí mismos al contemplar ambos al hijito recién nacido recostadito en su cuna, así también María y José no pensaron más que en Jesús.

Amor más profundo, ni lo ha habido ni lo habrá ya nunca en esta tierra.

La Virgen y san José no llegaron a Dios a través de su amor recíproco, sino que gustaron del grande y puro amor del uno para el otro después de haberse dirigido antes a Jesús.

José renunció a la paternidad de la sangre, pero la encontró en el espíritu, porque fue padre putativo de Jesús. La Virgen renunció a la maternidad y la encontró en su propia virginidad.

La Virgen María fue como el jardín cerrado en el que sólo penetró la Luz del mundo, que no rompió nada para entrar, de la misma manera que la luz solar atraviesa los cristales y entra en una habitación.

Dedico esta transmisión a los que están casados cristianamente y a todos los que un día serán admitidos en el gran misterio del amor.

Que el ejemplo de María y José les sirva para hacerles comprender que el mayor error de una pareja matrimonial es creer que para el casamiento sólo se precisan dos personas: él y ella.

¡No! Se necesitan tres: él, ella y Dios.

¿Me permiten ustedes, marido, mujer e hijos, que les pida que recen juntos en familia, como homenaje al perfecto amor de la Sagrada Familia, un Rosario todas las noches?

Todas las parejas que he unido en matrimonio podrán atestiguar que mi recomendación de siempre ha sido ésta: recen juntos.

La oración de una familia reunida es más grata a Dios que la hecha por separado, porque la familia representa la unidad de la sociedad.

El cristianismo es la única religión que tiene un carácter familiar, porque tiene su origen en una Madre y un Hijo.

Mientras recen todas las noches el santo Rosario en familia, la Virgen les revelará el secreto del Amor y tal vez susurren el uno al otro: “Te quiero, pero no según mi voluntad, sino conforme a la de Dios.”

Si en su cariño solo buscan el amor terreno, no encontrarán nada, pero si a través de él buscan a Dios, entonces lo tendrán todo, porque, lo repito, para que haya amor verdadero, se necesitan tres: él, ella y Dios.

¡Por el amor de Jesús!”

Por Fulton Sheen

¿Por qué no hubo sexo entre María y José?

 


¿Era san José un anciano o un esposo sin vigor?

diciembre 20, 2018

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En el portal de Belén haya un san José joven, vestido como un israelita, con cara serena y rostro amable.

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¿Era san José un anciano o un esposo sin vigor?

Eso no lo dice el Evangelio, más bien se deduce todo lo contrario

Por Salvador Aragonés

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Estos días las familias preparan la Navidad, y con ella también un Belén con figuritas de pastores, de mujeres que llevan presentes al Niño Jesús que acaba de nacer.

Y también ponen en una cueva las figuras de Jesús, María y José, junto a un buey y un asno. Cerca de la cueva están los tres Reyes Magos que esperan su día para adorar al Niño Dios.

En el Belén o Pesebre lo más importante es el Nacimiento. Hay una multiplicidad de imágenes sobre el portal de Belén, todas con Jesús, María y José.

Esta vez nos vamos a fijar en la imagen de san José. ¿Era José de Nazaret un anciano? ¿Era José de Nazaret un esposo sin vigor? ¿Cómo era san José?

José era un “hombre justo” (Mt, 1, 19), es decir santo, un carpintero que amaba con todo su corazón a una muchacha bella no solo por fuera, sino sobre todo por dentro, porque había nacido sin pecado original (Inmaculada). Conocía tanto la bondad de María que no la quería repudiar.

La imagen de José de Nazaret ha sido presentada a lo largo de los 2.000 años de historia del cristianismo de manera diversa.

Si analizamos los textos de la Escritura, especialmente el comienzo de los evangelios de Mateo y Lucas, no hay ningún signo que indique que José de Nazaret era un hombre entrado en años.

¿Por qué? Por dos razones principales.

La primera: María de Nazaret, una jovencita “llena de gracia” (Lc, 1, 28), no podía enamorarse de un anciano, o un hombre ya entrado en años, mucho mayor que ella. Sería como eclipsar el sentido de la belleza del corazón de la Virgen María.

La segunda: si José -elegido por Dios para cuidar a la Virgen y al hijo de Dios- hubiera sido un anciano, ¿cómo podría haber viajado con la Virgen -encinta del último mes- de Nazaret a Belén? Y después viajar a Egipto y vuelta a Israel y trabajar de carpintero… ¿Hubiera elegido Dios a un anciano?

Entonces ¿cómo pudo mantener su castidad siendo joven? Dios, a través de su Ángel, le anunció a José la virginidad de María y lo eligió esposo de una Virgen y custodio del Hijo de Dios.

O sea que Dios le dio la gracia para llevar a cabo su misión de cuidar tanto del Niño como de su madre con su virginidad. Cuando el amor es tan profundo, la virtud de la castidad supera cualquier obstáculo.

En no pocos pesebres José de Nazaret aparece con rostro envejecido, incluso con barba blanca y calvo.

Esta figura de san José se adueñó de la imaginería religiosa de la Edad Media y Moderna porque creyeron que así se resaltaba la virginidad de María.

En los tiempos actuales, los artistas esculpen, dibujan o representan a san José con barba poblada negra o de color castaño, con todo el pelo de un hombre joven y con un cuerpo bien compuesto, sin curvaturas.

Este es el San José bíblico, el padre del Hijo de Dios según la Ley. Ya no son los tiempos en que para las representaciones teatrales del Nacimiento de Jesús se eligiera al anciano del pueblo para el papel de san José.

Así, pues, en el portal moderno de Belén haya un san José joven, vestido como un israelita, con cara serena y rostro amable.


El maná de cada día, 20.12.18

diciembre 20, 2018

20 de Diciembre. Feria de Adviento

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Antífona de entrada: Isaías 11,1; 40,5; Lc 3,6

Brotará un renuevo del tronco de Jesé y la gloria del Señor llenará toda la tierra. Todos verán la salvación de Dios.


Oración colecta

Señor y Dios nuestro, a cuyo designio se sometió la Virgen Inmaculada aceptando, al anunciárselo el ángel, encarnar en su seno a tu Hijo; tú que la has transformado, por obra del Espíritu Santo, en templo de tu divinidad, concédenos, siguiendo su ejemplo, la gracia de aceptar tus designios con humildad de corazón. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Isaías 7, 10-14

En aquellos días, el Señor habló a Acaz: «Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.»

Respondió Acaz: «No la pido, no quiero tentar al Señor.»

Entonces dijo Dios: «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”.»


SALMO 23, 1-2.3-4ab.5-6

Va a entrar el Señor, él es el Rey de la gloria.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos.

Ése recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.


Aclamación antes del Evangelio

Llave de David, que abres las puertas del reino eterno, ven y libra a los cautivos que viven en tinieblas.


EVANGELIO: Lucas 1, 26-38

A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.

El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»

Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»

El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»

María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»

Y la dejó el ángel.


Antífona de comunión: Lucas 1, 31

El ángel dijo a María: concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús.

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Y LA PALABRA SE HIZO CARNE

El tema de la “carne” es uno de los más debatidos a lo largo de la historia de la humanidad. Han existido diversas posturas filosóficas, ideológicas o prácticas.

Desde aquellos que veían en la carne una cárcel para el espíritu, hasta los que la han exaltado hasta convertirla en un ídolo con el que alcanzar bienestar, placer, satisfacción, etc.

También en la historia de la Iglesia se han formulado pensamientos y actitudes dispares. Unos han apelado a la apariencia carnal de Jesucristo, pues lo único real era su espíritu.

Otros han llegado a reducir a Cristo a lo estrictamente humano, olvidando su condición divina. Entre una y otra postura, todo tipo de interpretaciones.

Lo admirable del Evangelio es la sencillez con que Dios se da a conocer en el mundo. Dios hecho carne, la persona del Verbo, el hijo de Dios, se hace uno de nosotros para experimentar en la humildad de esa carne la gloria del Todopoderoso.

Sin embargo, no se reserva nada, se nos da enteramente, para que también en nuestra propia carne seamos partícipes de esa intimidad divina.

Ese “habitar entre nosotros” no es un añadido más, sino que es el reconocimiento de que nuestra carne forma parte de lo más digno que hay en el ser humano, es decir, también en ella estamos hechos a imagen y semejanza de Dios.

Siendo Él puro espíritu, la Palabra se hizo carne y nos elevó a ese orden sobrenatural… Por toda la eternidad.

Mater Dei


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