Santos en comunidad, según Gaudete et exsultate, 140-146, (11)

noviembre 26, 2018

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Éxtasis de Ostia: Santa Mónica y san Agustín

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En comunidad

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Es muy difícil luchar contra la propia concupiscencia y contra las asechanzas y tentaciones del demonio y del mundo egoísta si estamos aislados. Es tal el bombardeo que nos seduce que, si estamos demasiado solos, fácilmente perdemos el sentido de la realidad, la claridad interior, y sucumbimos.

La santificación es un camino comunitario, de dos en dos. Así lo reflejan algunas comunidades santas. En varias ocasiones la Iglesia ha canonizado a comunidades enteras que vivieron heroicamente el Evangelio o que ofrecieron a Dios la vida de todos sus miembros.

Pensemos, por ejemplo, en los siete santos fundadores de la Orden de los Siervos de María, en las siete beatas religiosas del primer monasterio de la Visitación de Madrid, en san Pablo Miki y compañeros mártires en Japón, en san Andrés Kim Taegon y compañeros mártires en Corea, en san Roque González, san Alfonso Rodríguez y compañeros mártires en Sudamérica.

También recordemos el reciente testimonio de los monjes trapenses de Tibhirine (Argelia), que se prepararon juntos para el martirio. Del mismo modo, hay muchos matrimonios santos, donde cada uno fue un instrumento de Cristo para la santificación del cónyuge.

Vivir o trabajar con otros es sin duda un camino de desarrollo espiritual. San Juan de la Cruz decía a un discípulo: estás viviendo con otros «para que te labren y ejerciten».

La comunidad está llamada a crear ese «espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado». Compartir la Palabra y celebrar juntos la Eucaristía nos hace más hermanos y nos va convirtiendo en comunidad santa y misionera.

Esto da lugar también a verdaderas experiencias místicas vividas en comunidad, como fue el caso de san Benito y santa Escolástica, o aquel sublime encuentro espiritual que vivieron juntos san Agustín y su madre santa Mónica:

«Cuando ya se acercaba el día de su muerte ―día por ti conocido, y que nosotros ignorábamos―, sucedió, por tus ocultos designios, como lo creo firmemente, que nos encontramos ella y yo solos, apoyados en una ventana que daba al jardín interior de la casa donde nos hospedábamos […]. Y abríamos la boca de nuestro corazón, ávidos de las corrientes de tu fuente, la fuente de vida que hay en ti […]. Y mientras estábamos hablando y suspirando por ella [la sabiduría], llegamos a tocarla un poco con todo el ímpetu de nuestro corazón […] de modo que fuese la vida sempiterna cual fue este momento de intuición por el cual suspiramos».

Pero estas experiencias no son lo más frecuente, ni lo más importante. La vida comunitaria, sea en la familia, en la parroquia, en la comunidad religiosa o en cualquier otra, está hecha de muchos pequeños detalles cotidianos.

Esto ocurría en la comunidad santa que formaron Jesús, María y José, donde se reflejó de manera paradigmática la belleza de la comunión trinitaria. También es lo que sucedía en la vida comunitaria que Jesús llevó con sus discípulos y con el pueblo sencillo.

Recordemos cómo Jesús invitaba a sus discípulos a prestar atención a los detalles. El pequeño detalle de que se estaba acabando el vino en una fiesta. El pequeño detalle de que faltaba una oveja. El pequeño detalle de la viuda que ofreció sus dos moneditas.

El pequeño detalle de tener aceite de repuesto para las lámparas por si el novio se demora. El pequeño detalle de pedir a sus discípulos que vieran cuántos panes tenían. El pequeño detalle de tener un fueguito preparado y un pescado en la parrilla mientras esperaba a los discípulos de madrugada.

La comunidad que preserva los pequeños detalles del amor, donde los miembros se cuidan unos a otros y constituyen un espacio abierto y evangelizador, es lugar de la presencia del Resucitado que la va santificando según el proyecto del Padre.

A veces, por un don del amor del Señor, en medio de esos pequeños detalles se nos regalan consoladoras experiencias de Dios:

«Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea […]. De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien sostenía. En lugar de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros […]. No puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad».

En contra de la tendencia al individualismo consumista que termina aislándonos en la búsqueda del bienestar al margen de los demás, nuestro camino de santificación no puede dejar de identificarnos con aquel deseo de Jesús: «Que todos sean uno, como tú Padre en mí y yo en ti» (Jn 17,21).

 


Germán Arana sj: “Siempre he encontrado en el Papa Francisco la roca de la fe”

noviembre 26, 2018

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Hablar con el Papa es lo más agradable de este mundo, es un gran conversador, una persona que establece una relación personal muy cercana y abierta con una gran cordialidad y tiene un fortísimo sentido del humor, lo cual hace muy agradable el encuentro.

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Germán Arana sj: “Siempre he encontrado en el Papa Francisco la roca de la fe”

EL JESUITA ESPAÑOL, SOBRE SU AMISTAD CON BERGOGLIO: “ES GRATÍSIMO CONVERSAR CON ÉL”

“Es un hombre de una gran fortaleza interior y de una profunda paz”

Por Encarni Llamas Fortes, Diócesis de Málaga)

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El P. Germán Arana SJ ha compartido, recientemente, la reflexión de las Jornadas de Formación Permanente para el Clero de nuestra diócesis. Experto en acompañamiento espiritual y conocido por sus ejercicios espirituales, nos concede esta entrevista.

Es usted conocido por los ejercicios que dirige, ¿cuál es su secreto?

El secreto es muy sencillo, y es lo único que funciona: ajustándome lo máximo posible a la metodología ignaciana, juntar el alma con Dios, juntar a la persona con Dios y uno retirarse discretamente para ayudar a que se produzca ese encuentro.

Es dejar que Dios actúe, de tal manera que la persona se alumbre el sentido de su propia vida, con la garantía de una pedagogía de discernimiento que asegure la lucidez de ese proceso.

El acompañamiento espiritual es otra de sus especialidades, ¿nos dejamos acompañar los cristianos del siglo XXI?

De todo hay, pero son muchas las personas que buscan acompañamiento. Quizás, en la cultura actual, el acompañamiento espiritual sea especialmente buscado porque el mero discurso externo a la persona no le convence, sino lo que le afecta a su propia vida y le implica personalmente.

Y esto es lo que ocurre en el acompañamiento espiritual, que se pone el foco de atención en lo que la persona está viviendo.

El clero diocesano puede encontrar dificultades debido a la soledad, ¿es importante que lleven un buen acompañamiento espiritual en su vida?

Importantísimo. Difícilmente uno llega a ser pastor si él mismo no se convierte en discípulo del Señor, con la ayuda de otro hermano que no te va a decir lo que tienes que hacer, sino que te ayuda a objetivar la iniciativa de Dios en la propia vida y a comprometerte con ella.

Si esto falta en la vida del sacerdote, su vida se va convirtiendo en algo muy rutinario y se termina convirtiendo en una especie de empleado de cosas sagradas, en un señor que dispensa servicios religiosos, pero no en un verdadero pastor de almas.

La revista Vida Nueva lo define como “El jesuita español de absoluta confianza de Francisco”, ¿cómo es mantener una conversación con el Papa Francisco?

Pues es muy fácil, es gratísimo conversar con él. Hablar con el Papa es lo más agradable de este mundo, es un gran conversador, una persona que establece una relación personal muy cercana y abierta con una gran cordialidad y tiene un fortísimo sentido del humor, lo cual hace muy agradable el encuentro.

Yo he conversado con él sobre circunstancias muy duras de la vida de la Iglesia y de problemas señalados y siempre he encontrado en el Papa la roca de la fe. Es un hombre de una gran fortaleza interior y de una profunda paz y todo esto le viene solo de una vida interior muy fuerte.

Una recomendación para Adviento…

La apertura a la esperanza. Hoy el pueblo de Dios necesita sacar la cabeza, estamos demasiado apesadumbrados por los problemas, por las dificultades de la evangelización, por el cambio de percepción de la vida en la Iglesia, en la imagen pública, en la sociedad…

Hemos recibido el Evangelio para entregarlo con la mayor limpieza a los demás, pero con la convicción de que está vehiculado por la misma fuerza de Dios y eso nos hace vivir en una profundísima esperanza. Tenemos que dejar de ser lloricas.

A veces nos vamos de ejercicios espirituales cuando estamos en plena crisis, ¿es conveniente?

No importa estar de “bajón” o de “subidón”, lo que verdaderamente importa para los ejercicios es tener unos fuertes deseos, esté uno como esté.

Puede ser que uno esté pasando una crisis y necesite reorientar su vida, pero es muy posible que, ante unos deseos de intensa necesidad del Señor y de intenso deseo de crecimiento, los Ejercicios ayuden mucho, pues la clave es el deseo, no ir a hacer una cosa rutinaria.

Los Ejercicios no son para personas de un nivel excepcional -es cierto que requieren una cierta robustez psicológica y humana- sino para personas con un intenso deseo del Señor y de búsqueda de la propia verdad.

¿Por qué nos atrae más la crítica que la corrección fraterna?

El Papa Francisco es casi obsesivo en señalar el exceso de críticas como uno de los males mayores de la Iglesia porque crea mucha desunión y provienen no de un espíritu de comunión y de amor, sino de una especie de despecho interior que se proyecta sobre los demás y eso nunca hace bien, no es constructivo.

En las reglas de sentir con la Iglesia, san Ignacio de Loyola da unas pistas preciosas para esa actitud que debemos tener como hijos de la Iglesia.

Por una parte, tener una actitud acogedora y positiva de todo lo que es presencia de la Iglesia y de todos sus miembros y, por otra parte, sobre todo con respecto a las autoridades o con las personas que tienen una particular responsabilidad, la valentía de establecer una relación de ayuda, incluso de corrección, pero siempre desde el respeto y desde el amor y con discreción.

Pero eso requiere también una actitud humilde, por cada parte. A mí una cosa que me ayuda, y que proviene también de mi experiencia en Ejercicios, es que, cuando noto que empiezo a encresparme por las cosas que veo alrededor, me digo, “pero si tú eres el último de la Iglesia de Dios”, y eso me coloca en mi lugar y veo las cosas de una manera distinta.

https://www.periodistadigital.com/religion/diocesis/2018/11/26/religion-iglesia-vida-religiosa-diocesis-malaga-confidente-papa-jesuita-german-arana-sj-francisco-roca-fe-discernimiento-acompanamiento-espiritualidad.shtml#.W_wfjcKpRRQ.twitter


El maná de cada día, 26.11.18

noviembre 26, 2018

Lunes de la 34ª semana del Tiempo Ordinario

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dos-monedas

Esa pobre viuda ha echado más que nadie



PRIMERA LECTURA: Apocalipsis 14, 1-3.4b-5

Yo, Juan, miré y en la visión apareció el Cordero de pie sobre el monte Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban grabado en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su Padre.

Oí también un sonido que bajaba del cielo, parecido al estruendo del océano, y como el estampido de un trueno poderoso; era el son de arpistas que tañían sus arpas delante del trono, delante de los cuatro seres vivientes y los ancianos, cantando un cántico nuevo.

Nadie podía aprender el cántico fuera de los ciento cuarenta y cuatro mil, los adquiridos en la tierra. Éstos son los que siguen al Cordero adondequiera que vaya; los adquirieron como primicias de la humanidad para Dios y el Cordero. En sus labios no hubo mentira, no tienen falta.


SALMO 23, 1-2.3-4ab.5-6

Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos.

Ése recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.


Aclamación antes del Evangelio: Mateo 24, 42a. 44

Estad en vela y preparados, porque a la hora que menos pensáis viene el Hijo del hombre.


EVANGELIO: Lucas 21, 1-4

En aquel tiempo, alzando Jesús los ojos, vio unos ricos que echaban donativos en el arca de las ofrendas; vio también una viuda pobre que echaba dos reales, y dijo:

«Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.»

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Audacia y fervor, según Gaudete et exsultate, nn. 129-139, (10). ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos (Salmo 23).

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Al mismo tiempo, la santidad es parresía: es audacia, es empuje evangelizador que deja una marca en este mundo. Para que sea posible, el mismo Jesús viene a nuestro encuentro y nos repite con serenidad y firmeza: «No tengáis miedo» (Mc 6,50). «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20).

Estas palabras nos permiten caminar y servir con esa actitud llena de coraje que suscitaba el Espíritu Santo en los Apóstoles y los llevaba a anunciar a Jesucristo.

Audacia, entusiasmo, hablar con libertad, fervor apostólico, todo eso se incluye en el vocablo parresía, palabra con la que la Biblia expresa también la libertad de una existencia que está abierta, porque se encuentra disponible para Dios y para los demás (cf. Hch 4,29; 9,28; 28,31; 2 Co 3,12; Ef 3,12; Hb 3,6; 10,19).

El beato Pablo VI mencionaba, entre los obstáculos de la evangelización, precisamente la carencia de parresía: «La falta de fervor, tanto más grave cuanto que viene de dentro».

¡Cuántas veces nos sentimos tironeados a quedarnos en la comodidad de la orilla! Pero el Señor nos llama para navegar mar adentro y arrojar las redes en aguas más profundas (cf. Lc 5,4).

Nos invita a gastar nuestra vida en su servicio. Aferrados a él nos animamos a poner todos nuestros carismas al servicio de los otros. Ojalá nos sintamos apremiados por su amor (cf. 2 Co 5,14) y podamos decir con san Pablo: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Co 9,16).

Miremos a Jesús: su compasión entrañable no era algo que lo ensimismara, no era una compasión paralizante, tímida o avergonzada como muchas veces nos sucede a nosotros, sino todo lo contrario. Era una compasión que lo movía a salir de sí con fuerza para anunciar, para enviar en misión, para enviar a sanar y a liberar.

Reconozcamos nuestra fragilidad pero dejemos que Jesús la tome con sus manos y nos lance a la misión. Somos frágiles, pero portadores de un tesoro que nos hace grandes y que puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban. La audacia y el coraje apostólico son constitutivos de la misión.

La parresía es sello del Espíritu, testimonio de la autenticidad del anuncio. Es feliz seguridad que nos lleva a gloriarnos del Evangelio que anunciamos, es confianza inquebrantable en la fidelidad del Testigo fiel, que nos da la seguridad de que nada «podrá separarnos del amor de Dios» (Rm 8,39).

Necesitamos el empuje del Espíritu para no ser paralizados por el miedo y el cálculo, para no acostumbrarnos a caminar solo dentro de confines seguros. Recordemos que lo que está cerrado termina oliendo a humedad y enfermándonos.

Cuando los Apóstoles sintieron la tentación de dejarse paralizar por los temores y peligros, se pusieron a orar juntos pidiendo la parresía:

«Ahora, Señor, fíjate en sus amenazas y concede a tus siervos predicar tu palabra con toda valentía» (Hch 4,29). Y la respuesta fue que «al terminar la oración, tembló el lugar donde estaban reunidos; los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios» (Hch 4,31).

Como el profeta Jonás, siempre llevamos latente la tentación de huir a un lugar seguro que puede tener muchos nombres: individualismo, espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos, dependencia, instalación, repetición de esquemas ya prefijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, refugio en las normas. Tal vez nos resistimos a salir de un territorio que nos era conocido y manejable.

Sin embargo, las dificultades pueden ser como la tormenta, la ballena, el gusano que secó el ricino de Jonás, o el viento y el sol que le quemaron la cabeza; y lo mismo que para él, pueden tener la función de hacernos volver a ese Dios que es ternura y que quiere llevarnos a una itinerancia constante y renovadora.

Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo de la apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida.

¡Dios no tiene miedo! ¡No tiene miedo! Él va siempre más allá de nuestros esquemas y no les teme a las periferias. Él mismo se hizo periferia (cf. Flp 2,6-8; Jn 1,14).

Por eso, si nos atrevemos a llegar a las periferias, allí lo encontraremos, él ya estará allí. Jesús nos primerea en el corazón de aquel hermano, en su carne herida, en su vida oprimida, en su alma oscurecida. Él ya está allí.

Es verdad que hay que abrir la puerta del corazón a Jesucristo, porque él golpea y llama (cf. Ap 3,20). Pero a veces me pregunto si, por el aire irrespirable de nuestra autorreferencialidad, Jesús no estará ya dentro de nosotros golpeando para que lo dejemos salir.

En el Evangelio vemos cómo Jesús «iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios» (Lc 8,1).

También después de la resurrección, cuando los discípulos salieron a predicar por todas partes, «el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban» (Mc 16,20). Esa es la dinámica que brota del verdadero encuentro.

La costumbre nos seduce y nos dice que no tiene sentido tratar de cambiar algo, que no podemos hacer nada frente a esta situación, que siempre ha sido así y que, sin embargo, sobrevivimos. A causa de ese acostumbrarnos ya no nos enfrentamos al mal y permitimos que las cosas «sean lo que son», o lo que algunos han decidido que sean.

Pero dejemos que el Señor venga a despertarnos, a pegarnos un sacudón en nuestra modorra, a liberarnos de la inercia. Desafiemos la costumbre, abramos bien los ojos y los oídos, y sobre todo el corazón, para dejarnos descolocar por lo que sucede a nuestro alrededor y por el grito de la Palabra viva y eficaz del Resucitado.

Nos moviliza el ejemplo de tantos sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos que se dedican a anunciar y a servir con gran fidelidad, muchas veces arriesgando sus vidas y ciertamente a costa de su comodidad. Su testimonio nos recuerda que la Iglesia no necesita tantos burócratas y funcionarios, sino misioneros apasionados, devorados por el entusiasmo de comunicar la verdadera vida.

Los santos sorprenden, desinstalan, porque sus vidas nos invitan a salir de la mediocridad tranquila y anestesiante.

Pidamos al Señor la gracia de no vacilar cuando el Espíritu nos reclame que demos un paso adelante, pidamos el valor apostólico de comunicar el Evangelio a los demás y de renunciar a hacer de nuestra vida cristiana un museo de recuerdos.

En todo caso, dejemos que el Espíritu Santo nos haga contemplar la historia en la clave de Jesús resucitado. De ese modo la Iglesia, en lugar de estancarse, podrá seguir adelante acogiendo las sorpresas del Señor.

https://ismaelojeda.wordpress.com/2018/11/23/audacia-y-fervor-segun-gaudete-et-exsultate-129-139-10/

 


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