El maná de cada día, 18.11.18

noviembre 17, 2018

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Penúltimo domingo del año litúrgico

II Jornada Mundial de los Pobres, Mensaje del Papa Francisco, http://w2.vatican.va/content/francesco/es/messages/poveri/documents/papa-francesco_20180613_messaggio-ii-giornatamondiale-poveri-2018.html

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Aprended de la parábola de la higuera

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Antífona de entrada: Jer 29, 11. 12.14

Dice el Señor: Tengo designios de paz y no de aflicción, me invocaréis y yo os escucharé ,os congregaré sacándoos de los países y comarcas por donde os dispersé.

Oración colecta

Señor, Dios nuestro, concédenos vivir siempre alegres en tu servicio porque en servirte a ti, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Daniel 12, 1-3

Por aquel tiempo se levantará Miguel, el arcángel que se ocupa de tu pueblo: Serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora. Entonces se salvará tu pueblo: Todos los inscritos en el libro.

Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: Unos para vida eterna, otros para ignominia perpetua. Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad.

SALMO 15, 5.8.9-10.11

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.

SEGUNDA LECTURA: Hebreos 10, 11-14.18

Cualquier otro sacerdote ejerce su ministerio, diariamente ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, porque de ningún modo pueden borrar los pecados.

Pero Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies.

Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados. Donde hay perdón, no hay ofrenda por los pecados.

ALELUYA: Lucas 21, 36

Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para manteneros en pie ante el Hijo del hombre.

EVANGELIO: Marcos 13, 24-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte.

Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta.

Os aseguro que no pasará esta generación antes de que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.»

Antífona de comunión: Sal 72, 28

Para mí lo bueno es estar junto a Dios, hacer del Señor mi refugio.

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EN AQUELLOS DÍAS…

P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

El Evangelio del penúltimo domingo del año litúrgico es el clásico texto sobre el fin del mundo. En toda época ha habido quien se ha encargado de agitar amenazadoramente esta página del Evangelio ante sus contemporáneos, alimentando psicosis y angustia.

Mi consejo es permanecer tranquilos y no dejarse turbar lo más mínimo por estas previsiones catastróficas. Basta con leer la frase final del mismo pasaje evangélico: «Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sólo el Padre».

Si ni siquiera los ángeles ni el Hijo (se entiende que en cuanto hombre, no en cuanto Dios) conocen el día ni la hora del final, ¿es posible que lo sepa y esté autorizado a anunciarlo el último adepto de alguna secta o fanático religioso?

En el Evangelio Jesús nos asegura el hecho de que Él volverá un día y reunirá a sus elegidos desde los cuatro vientos; el cuándo y el cómo vendrá (entre las nubes del cielo, el oscurecimiento del sol y la caída de las estrellas) forman parte del lenguaje figurado propio del género literario de estos relatos.

Otra observación puede ayudar a explicar ciertas páginas del Evangelio. Cuando nosotros hablamos del fin del mundo, según la idea que tenemos hoy del tiempo, pensamos inmediatamente en el fin del mundo en absoluto, después de lo cual ya no puede haber más que la eternidad.

Pero la Biblia razona con categorías relativas e históricas, más que absolutas y metafísicas. Cuando por ello habla del fin del mundo, entiende con mucha frecuencia el mundo concreto, aquél que de hecho existe y es conocido por cierto grupo de hombres: su mundo.

Se trata, en resumen, más del fin de un mundo que del fin del mundo, si bien las dos perspectivas a veces se entrecruzan.

Jesús dice: «No pasará esta generación sin que todo esto suceda». ¿Se equivocó?

No; no pasó de hecho aquella generación; el mundo conocido por quienes le escuchaban, el mundo judaico, pasó trágicamente con la destrucción de Jerusalén en el año 70 después de Cristo. Cuando en el año 410 sucedió el saqueo de Roma por obra de los vándalos, muchos grandes espíritus del tiempo pensaron que era el fin del mundo. No erraban mucho; acababa un mundo, el creado por Roma con su imperio.

En este sentido, no se equivocaban tampoco aquellos que el 11 de septiembre de 2001, viendo la caída de las Torres Gemelas, pensaron en el fin del mundo…

Todo esto no disminuye, sino que acrecienta la seriedad del compromiso cristiano. Sería la mayor estupidez consolarse diciendo que, total, nadie conoce cuándo será el fin del mundo, olvidando que puede ser, para cada uno, esta misma noche.

Por eso Jesús concluye el Evangelio de hoy con la recomendación: «Estad atentos y vigilad, porque no sabéis cuándo será el momento preciso».

Debemos -considero- cambiar completamente el estado de ánimo con el que escuchamos estos Evangelios que hablan del fin del mundo y del retorno de Cristo. Se ha terminado por considerar un castigo y una oscura amenaza aquello que la Escritura llama «la feliz esperanza» de los cristianos, esto es, la venida de Nuestro Señor Jesucristo (Tito, 2, 13).

También está por en medio la idea misma que tenemos de Dios. Los recurrentes discursos sobre el fin del mundo, obra frecuente de personas con un sentimiento religioso distorsionado, tienen sobre muchos un efecto devastador: Reforzar la idea de un Dios perennemente enfadado, dispuesto a dar rienda suelta a su ira sobre el mundo.

Pero éste no es el Dios de la Biblia, a quien un salmo describe como «clemente y compasivo, tardo a la cólera y lleno de amor, que no se querella eternamente ni para siempre guarda su rencor… que él sabe de qué estamos hechos» (Sal 103, 8-14)

www.homiletica.org

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XXXIII del tiempo ordinario Ciclo “B”
18 de noviembre del 2012
P. José Jubera, oar

Aferrados a la tierra

Reza el dicho popular que el árbol no deja ver el bosque y podemos trasladar su enseñanza al afán por lo cotidiano que nos impide ver el futuro y más aún, ver la vida eterna. Al terminar el año litúrgico e iniciar el nuevo la Iglesia, gran pedagoga, nos propone meditar sobre el futuro. Preguntarnos: ¿Cielo o infierno? ¿Pienso en ello? ¿Es de vida o muerte para mí? ¿Qué espacio ocupa en mi pensamiento y en mi acción?

Un mundo en crisis

Es lo que descubre el texto escuchado del profeta Daniel. La salvación de Dios está por encima de los tiempos concretos de la historia, tiempos buenos o no tan buenos, crisis que parece dañar el progreso de la humanidad, la llamada sociedad del bienestar.

¿Adónde va nuestro mundo? ¿Adónde voy yo como cristiano?

El texto de Daniel supera la inmediatez para colocar a Dios en el centro de la historia. Según el profeta, Dios enviará al arcángel san Miguel y entonces se salvará el pueblo: todos los que se encuentran inscritos en el libro. Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán: unos para la vida eterna, otros para vergüenza e ignominia perpetua (Dn. 12, 29).

Aprender del libro abierto de la naturaleza

Nos basamos en las palabras de Jesús: Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, decís que el verano está cerca, pues cuando veáis vosotros esto, sabed que él está a la puerta (Mc. 13, 29). La vida es un sembrar y la muerte un cosechar es un dicho muy repetido.

Por eso no hay que vivir con temores sobre la muerte… Es el hoy lo que importa, es hoy cuando Jesús llama a la puerta y hay que abrirle nuestro corazón y nuestra vida para que nos llene de su amor. De esta manera un día nos encontrará vigilantes y nos felicitará por haber guardado su palabra y no haber renegado de su nombre (Ap. 3, 8).

En la comunidad

En cada Eucaristía celebramos la presencia de Cristo Jesús en medio de nosotros, somos su Cuerpo: Él la Cabeza y nosotros sus miembros. Si estamos unidos a él, ¿qué o quién nos podrá separar de él? Con san Pablo nos reafirmamos: Ni la muerte, ni la vida… nos podrán apartar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.

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El maná de cada día, 17.11.18

noviembre 17, 2018

Sábado de la 32ª semana del Tiempo Ordinario

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Orar incesantemente

Orar sin desfallecer, con perseverancia, ininterrumpidamente

PRIMERA LECTURA: 3 Juan 5-8

Querido amigo Gayo, te portas con plena lealtad en todo lo que haces por los hermanos, y eso que para ti son extraños. Ellos han hablado de tu caridad ante la comunidad de aquí.

Por favor, provéelos para el viaje como Dios se merece; ellos se pusieron en camino para trabajar por él sin aceptar nada de los gentiles.

Por eso debemos nosotros sostener a hombres como éstos, cooperando así en la propagación de la verdad.

SALMO 111, 1-2.3-4.5-6

Dichoso quien teme al Señor.

Dichoso quien teme al Señor y ama de corazón sus mandatos. Su linaje será poderoso en la tierra, la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia, su caridad es constante, sin falta. En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta, y administra rectamente sus asuntos. El justo jamás vacilará, su recuerdo será perpetuo.

ALELUYA: 2 Tesalonicenses 2, 14

Dios nos llamó por medio del Evangelio, para que sea nuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

EVANGELIO: Lucas 18,1-8

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola:

«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario.”

Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.”»

Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas?

Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»
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ORAR CON INSISTENCIA

Vivimos, sin darnos cuenta, con una enorme necesidad de Dios y, sin embargo, preferimos llenar nuestra hambre con golosinas de falsos espejismos que dejan el corazón seco y desabrido.

Oramos poco y mal, y pretendemos saciar con nuestra anemia espiritual el hambre de Dios que padece el mundo. “Conviene orar siempre y no desfallecer” (Lc 18,1).

Cristo oró. Oró con mayor insistencia cuanta mayor era la agonía de Getsemaní. Oró de manera extraordinaria cuando realizaba milagros. Oró también en lo ordinario, durante los largos años de la vida oculta de Nazaret. Oró en lo pequeño, cuando estuvo oculto en el seno de María.

De su oración brotaba su apostolado. De su oración nació la Iglesia. Su oración en la cruz nos alcanzó el don del Espíritu. Has de orar, si quieres vivir en la realidad. Orar con Cristo y orar como Cristo.

¿Crees, acaso, que tu eficacia apostólica, tu vida de caridad, la reforma de tu carácter, la lucha contra el pecado, toda tu vida espiritual y tu relación con Dios pueden sostenerse sin la oración diaria?

Te pueden las cosas, las prisas, el trabajo, las mil ocupaciones del día a día. Pero todo eso es echar agua por un colador, se vuelve espuma entre los dedos, si no nace de una profunda vida interior.

No dejes pasar más días sin dedicar un poco de tu tiempo a estar con Dios. Búscate un Sagrario y haz de él el centro de tu jornada.

Organiza tu horario de cada día dando prioridad a tu vida de oración y no dejes para después, para el final, lo más importante. Sólo así tu vida dejará de ser un metal que resuena y que hace mucho ruido, pero que no deja huella. En proporción a tu oración así será tu santidad y tus frutos.

www.mater-dei.es


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