Las Confesiones de san Agustín. III, 3.5-6

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Aversión a los «eversores» (Conf. III, 3.5-6)

5. Entre tanto, tu misericordia fiel circunvolaba sobre mí a lo lejos. Mas ¡en cuántas iniquidades no me consumí, Dios mío, llevado de cierta curiosidad sacrílega, que, apartándome de ti, me conducía a los más bajos, desleales y engañosos obsequios a los demonios, a quienes sacrificaba mis malas obras, siendo en todas castigado con duro azote por ti!

Tuve también la osadía de apetecer ardientemente y negociar el modo de procurarme frutos de muerte en la celebración de una de tus solemnidades y dentro de los muros de tu iglesia. Por ello me azotaste con duras penas, aunque comparadas con mi culpa no eran nada, ¡oh tú, grandísima misericordia mía, Dios mío y refugio mío contra «los terribles malhechores», con quienes vagué con el cuello erguido, alejándome cada vez más de ti, amando mis caminos y no los tuyos, amando una libertad fugitiva!

6. Tenían aquellos estudios que se llaman honestos o nobles por blanco y objetivo las contiendas del foro y hacer sobresalir en ellas tanto más laudablemente cuanto más engañosamente. ¡Tanta es la ceguera de los hombres, que hasta de su misma ceguera se glorían!

Y ya había llegado a ser «el mayor» [el primero] de la escuela de retórica y me gozaba de ello soberbiamente y me hinchaban de orgullo. Con todo, tú sabes, Señor, que yo era mucho más pacato que los demás y totalmente ajeno a las gamberradas (eversionibus) de los eversores —nombre siniestro y diabólico que llegó a convertirse en vitola de elegancia—, y entre los cuales yo vivía con impudente pudor por no ser uno de tantos.

Es verdad que andaba con ellos y me gozaba a veces con sus amistades, pero siempre aborrecí sus hechos, esto es, las calaveradas con que impudentemente sorprendían y ridiculizaban la candidez de los novatos, sin otro fin que el de tener el gusto de burlarles y fomentar a costa ajena sus malévolas alegrías.

Nada hay más parecido que este hecho a los actos de los demonios, por lo que ningún nombre les cuadra mejor que el de eversores o perversores, por ser ellos antes trastornados y pervertidos totalmente por los espíritus malignos, que así los burlan y engañan, sin saberlo, en aquello mismo en que desean reírse y engañar a los otros.

http://www.augustinus.it/

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