Maná y Vivencias Cuaresmales (33), 18.3.18

Domingo V de Cuaresma, Ciclo B

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Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre

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Antífona de entrada: Salmo 42, 1-2

Señor, hazme justicia. Defiende mi causa contra gente sin piedad; sálvame del hombre injusto y malvado, tú que eres mi Dios y mi defensa.


Oración colecta

Te rogamos, Señor Dios nuestro, que tu gracia nos ayude, para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Jeremías 31, 31-34

Mirad que llegan días –oráculo del Señor– en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. No como la alianza que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto: ellos quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor –oráculo del Señor–.

Sino que así será la alianza que haré con ellos, después de aquellos días –oráculo del Señor–: Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: “Reconoce al Señor.”

Porque todos me conocerán, desde el pequeño al grande –oráculo del Señor–, cuando perdone sus crímenes y no recuerde sus pecados.


SALMO 50

Oh Dios, crea en mí un corazón puro.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso: enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti.


SEGUNDA LECTURA: Hebreos 5, 7-9

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado. Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

Aclamación antes del Evangelio: Juan 12, 26

El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará.


EVANGELIO: Juan 12, 20-33

En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: «Señor, quisiéramos ver a Jesús.»

Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.

Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.»

Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.»

La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel.

Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.»

Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.


Antífona de comunión: Juan 12, 24-25

Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna.


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Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto

VIVENCIAS CUARESMALES

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33. DOMINGO QUINTO DE CUARESMA

CICLO B

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TEXTO ILUMINADOR:

Hoy es un día consagrado a nuestro Dios:
No hagáis duelo ni lloréis;
pues es un día consagrado a nuestro Dios.
No estéis tristes,
pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza.

El Antiguo Testamento anuncia: Se acerca el tiempo, dice el Señor, en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá un alianza nueva… Voy a poner mi ley en lo más profundo de su mente y voy a grabarla en sus corazones… y todos me van a conocer… cuando yo les perdone sus culpas y olvide sus pecados, para siempre jamás.

El Nuevo Testamento realiza lo anunciado y cumple lo prometido, en Cristo Jesús: Algunos griegos se acercaron a Felipe y le pidieron: Señor, “quisiéramos ver a Jesús”. Se lo dijeron a Jesús y él les respondió: “Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado. Yo les aseguro que si el grano de trigo, sembrado en tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto… Ahora que tengo miedo, ¿le voy a decir a mi Padre: ‘Padre, líbrame de esta hora’ ? No, pues precisamente para esta hora he venido. Padre, dale gloria a tu nombre… Está llegando el juicio de este mundo; ya va a ser arrojado el príncipe de ese mundo. Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”.

La primitiva comunidad expresa la relectura que hace de ambos testamentos y testimonia así su experiencia cristiana: “Hermanos: Durante su vida mortal, Cristo ofreció oraciones y súplicas, con fuertes voces y lágrimas, a Aquel que podía librarlo de la muerte, y fue escuchado por su piedad. A pesar de que era el hijo, aprendió a obedecer padeciendo, y, llegando a su perfección, se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen”.

Hoy, nosotros, bajo la acción del Espíritu del Padre y del Hijo, tomamos conciencia de pertenecer a la única y misma comunidad de los redimidos en Cristo y expresamos nuestros sentimientos con las palabras del salmista diciendo:
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Crea en mí, Señor, un corazón puro

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
y limpia mi pecado.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso;
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.

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