Las Confesiones de san Agustín. I, 16.25-26

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Reprueba ciertos métodos de enseñar las letras humanas (Conf. I, 16.25-26)

25. Mas ¡ay de ti, oh río de la costumbre humana! ¿Quién hay que te pondrá dique? ¿Cuándo no te secarás? ¿Hasta cuándo dejarás de arrastrar a los hijos de Eva a ese mar inmenso y espantoso que apenas logran pasar los que subieren sobre el leño? 36

¿Acaso no fue en ti donde yo leí la fábula de Júpiter tonante y adulterante? Cierto es que no pudo hacer ambas cosas; pero así se fingió para autorizar la imitación de un verdadero adulterio con el engaño de un falso trueno.

Con todo, ¿quién es de los maestros que llevan «pénula» el que oye con oído sano a uno de su misma profesión que dogmatiza clamando: «Fingía estas cosas Homero y trasladaba las cosas humanas a los dioses, pero yo más quisiera que hubiera pasado las divinas a nosotros»?

Aunque más verdadero sería decir que fingió estas cosas aquél, atribuyendo las divinas a hombres corrompidos, para que los vicios no fuesen tenidos por vicios y cualquiera que los cometiese pareciese que imitaba a dioses celestiales, no a hombres perdidos.

26. Y, sin embargo, ¡oh río infernal!, en tus aguas se precipitan los hijos de los hombres incluso pagando honorarios por aprender tales perversiones. Y se tiene por gran espectáculo poder hacer esto en el foro público al amparo de las leyes, que determinan, a más de los honorarios, los salarios que se han de dar a los actores.

Y golpeas tus cantos y gritas diciendo: «Aquí se aprende vocabulario; aquí se adquiere elocuencia, sumamente necesaria para persuadir y exponer el propio pensamiento».

Como si no pudiéramos aprender estos vocablos: lluvia, dorado, regazo, disfraz, bóveda celeste y otras más que se hallan escritas en dicho lugar, si Terencio no nos introdujese a un joven perdido que se propone a Júpiter como modelo de estupro, al contemplar una pintura mural «en la que se representaba al mismo Júpiter en el momento en que, según dicen, envió una lluvia de oro sobre el regazo de Dánae, engañando con semejante truco a la pobre mujer».

Y ved cómo se excitaba a la lujuria a vista de tan celestial maestro:

—¡Y qué dios! —dice.

¡Nada menos que el que hace retumbar la bóveda del cielo con enorme trueno!

—Y yo, hombrecillo, ¿no iba a hacer lo mismo?

—Pues lo hice, sí, y con mucho gusto.

De ningún modo, de ningún modo con semejante torpeza se aprenden mejor aquellas palabras, sino que con tales palabras se perpetra más atrevidamente semejante torpeza.

No condeno yo las palabras, que son como vasos selectos y preciosos, sino el vino del error que maestros ebrios nos propinaban en ellos, y del que si no bebíamos éramos azotados, sin que se nos permitiese apelar a otro juez sobrio.

Y, no obstante, Dios mío, en cuya presencia ya no ofrece peligro este mi recuerdo, confieso que aprendí estas cosas con gusto y en ellas me deleité, miserable, siendo por esto llamado «niño de grandes esperanzas».

http://www.augustinus.it/

 

One Response to Las Confesiones de san Agustín. I, 16.25-26

  1. […] Corazón libre del Sacerdote – Las Confesiones de san Agustín. I, 16.25-26 – Las Confesiones de san Agustín. I, […]

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