“Las pequeñas iglesias, que crecen en los suburbios, tienen algo que enseñar a toda la Iglesia”

diciembre 14, 2017

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El Papa Francisco con algunos jesuitas en su visita a Myanmar y Bangladesh

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Papa Francisco: “Las pequeñas iglesias, que crecen en los suburbios, tienen algo que enseñar a toda la Iglesia”

“El pueblo de Dios es un pueblo pobre, humilde, sediento de Dios. Los pastores debemos aprender de la gente”

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Por Jesús Bastante

“Las pequeñas iglesias que crecen en los suburbios y no tienen tradiciones católicas antiguas hoy deben hablar a la Iglesia universal, a toda la Iglesia. Claramente siento que tienen algo que enseñarnos”.

Como en otros viajes, el Papa Francisco mantuvo dos encuentros con las comunidades jesuitas de Myanmar y Bangladesh. Actos que ahora ha recogido Antonio Spadaro sj., en La Civiltá Cattolica.

En los mismos, el Papa habla sobre la Iglesia y los fundamentalismos, la misión de la Compañía de Jesús y la pobreza, y denunció la cerrazón de algunos ante el drama de los refugiados. “Lamentablemente, en Europa hay países que han elegido cerrar las fronteras. Lo más doloroso es que para tomar esta decisión tuvieron que cerrar sus corazones”

“Gracias por venir. Veo muchas caras jóvenes, y me alegro. Es algo bueno, porque es una promesa. Los jóvenes tienen futuro, si tienen raíces. Si no tienen raíces, van a donde sopla el viento”, comienza el diálogo del Papa en Myanmar. Una conversación que giró en torno al ser jesuita.

El jesuita es alguien que siempre debe acercarse, cuando se acerca a la Palabra hecha carne. Mira, escucha sin prejuicios, pero con mística. Mira sin miedo y místicamente: esto es fundamental para la forma en que vemos la realidad”, respondió el Papa. Una mirada de “inculturación”, que “es la misma esencia de la Palabra que se hizo carne, que tomó nuestra cultura, nuestro lenguaje, nuestra carne, nuestra vida, y murió”.

¿Cómo deben ser los jesuitas hoy? Francisco responde con palabras de Pablo VI: “Id a la encrucijada”. Y, “para ir a la encrucijada de la historia, mis queridos, ¡debemos rezar! ¡Necesitamos ser hombres de oración en la encrucijada de la historia!”.

Siendo, además, pastores cercanos y serviciales, no “pastores que se aprovechan de su pueblo, que viven detrás de su pueblo”, como alerta el profeta Ezequiel. Malos pastores que “viven para chupar la leche, toman la leche de las ovejas y cortan la lana (…). Un pastor que se acostumbra a la riqueza y la vanidad termina, como dice San Ignacio, con gran orgullo”. Por ello, “a un buen pastor le sienta bien la pobreza, que como decía san Ignacio, es la madre y el muro de la vida religiosa“.

Y también del cristiano. “El pueblo de Dios es un pueblo pobre, un pueblo humilde, un pueblo sediento de Dios. Los pastores debemos aprender de la gente”.

Muchos de los jesuitas del país trabajan con refugiados. Una tarea difícil e ingrata. En este sentido, el Papa recordó sus visitas a los campos de Lampedusa o Lesbos, “verdaderos campos de concentración, prisiones“, donde las personas malviven, y llegan con heridas indelebles.

Francisco recordó a un refugiado con el que habló: “Me ​​dijo que tardó tres años en llegar desde su casa a Lampedusa. Y en esos tres años fue vendido cinco veces”. Más aún: “Un sacerdote anciano me dijo irónicamente que no estaba seguro de si había más sacerdotes en Roma o mujeres más jóvenes esclavizadas. Y son niñas secuestradas, engañadas, llevadas de un lugar a otro”.

“Lamentablemente, en Europa hay países que han elegido cerrar las fronteras. Lo más doloroso es que para tomar esta decisión tuvieron que cerrar sus corazones”, denunció Francisco, quien recordó su visita con el patriarca Bartolomé, y el testimonio de un hombre musulmán: “‘Mi esposa era cristiana. Nos amamos mucho. Los terroristas vinieron un día. Vieron su cruz. Le dijeron que se la quitara. Ella dijo que no y fue masacrada frente a mí. Sigo amando a mi esposa y a mis hijos‘.

Estas cosas deben ser vistas y deben ser contadas. Estas cosas no llegan a los salones de nuestras grandes ciudades. Estamos obligados a denunciar y hacer públicas estas tragedias humanas que tratamos de silenciar“.

Volviendo a la labor de los religiosos en la Iglesia, el Papa les pidió “acercarse más, acompañar. Mantente cerca, y el Espíritu inspirará lo que puede hacer o decir”. Estar cerca, también, de la jerarquía.

Y si no estoy de acuerdo con lo que dice el obispo, debo tener la parresía para ir y hablar con él con valor y diálogo. Y finalmente obedecer”. Porque “uno no puede pensar en la Compañía de Jesús como una Iglesia paralela. Todos pertenecemos a la Iglesia santa y pecadora, en alegría y en tristeza”.

“Tenemos ejemplos de grandes jesuitas que se sintieron crucificados por la Iglesia de su tiempo y mantuvieron la boca cerrada”, reconoció el Papa. “Pensemos en el cardenal De Lubac, por nombrar uno. Y a muchos otros. Yo diría: fueron hombres de la Iglesia. Cuando la Sociedad entra en la órbita de la autosuficiencia, deja de ser la Compañía de Jesús”.

Preguntado por los fundamentalistas religiosos, el Papa quiso ser claro: “Mira, hay fundamentalismos en todas partes. Y nosotros los católicos tenemos ‘el honor’ de contar con fundamentalistas entre los bautizados“.

El primero de diciembre, tras el encuentro con los rohingyas, el Papa mantuvo un coloquio con 13 jesuitas. Y comenzó reconociendo que “Jesucristo hoy se llama Rohingya. Usted habla de ellos como hermanos y hermanas: lo son”, y reivindicando la lucha por la dignidad de los más pobres. “El problema es la salvación de los bancos. Pero, ¿quién salva la dignidad de hombres y mujeres hoy?”

“Ya nadie se preocupa por la gente en ruinas. El diablo se las arregla para actuar así en el mundo de hoy. Si tuviéramos un pequeño sentido de la realidad, esto debería escandalizarnos. Frente a todo esto debemos pedir una gracia: llorar. El mundo ha perdido el don de las lágrimas”.

Finalmente, confesó que en sus recientes nombramientos cardenalicios, “traté de ver las iglesias pequeñas, las que crecen en los suburbios. No para consolar a esas Iglesias, sino para lanzar un mensaje claro: las pequeñas iglesias que crecen en los suburbios y no tienen tradiciones católicas antiguas hoy deben hablar a la Iglesia universal, a toda la Iglesia. Claramente siento que tienen algo que enseñarnos”.

http://www.periodistadigital.com/religion/mundo/2017/12/14/francisco-las-pequenas-iglesias-que-crecen-en-los-suburbios-tienen-algo-que-ensenar-a-toda-la-iglesia-religion-iglesia-vaticano-jesuitas-myanmar-bangladesh.shtml


Catequesis del Papa Francisco sobre la importancia de la Misa del domingo

diciembre 14, 2017

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El Papa Francisco bendice a una mujer enferma tras la Audiencia. Enfermos

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TEXTO COMPLETO Catequesis del Papa Francisco sobre la importancia de la Misa del domingo

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VATICANO, 13 Dic. 17 / 06:09 am (ACI).- El Papa Francisco reflexionó sobre la importancia de la Misa dominical durante la catequesis de la Audiencia General que tuvo lugar en el Aula Pablo VI del Vaticano este miércoles 13 de diciembre.

El Santo Padre recordó que “los cristianos vamos a Misa el domingo para encontrar al Señor resucitado, o mejor, para dejarse encontrar por Él, escuchar su palabra, alimentarse en su mesa, y así hacerse Iglesia, es decir, hacerse parte del Cuerpo místico viviente hoy en el mundo”.

A continuación, el texto completo de la catequesis del Papa Francisco:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Retomando el camino de catequesis sobre la Misa, hoy nos preguntamos: ¿Por qué ir a Misa el domingo?

La celebración dominical de la Eucaristía está al centro de la vida de la Iglesia (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2177). Nosotros los cristianos vamos a Misa el domingo para encontrar al Señor resucitado, o mejor dicho para dejarnos encontrar por Él, escuchar su palabra, nutrirnos en su mesa, y así hacernos Iglesia, es decir, su Cuerpo místico viviente en el mundo.

Lo han comprendido, desde el primer momento, los discípulos de Jesús, los cuales han celebrado el encuentro eucarístico con el Señor en el día de la semana que los judíos llamaban “el primero de la semana” y los romanos “día del sol”, porque ese día Jesús había resucitado de entre los muertos y se había aparecido a los discípulos, hablando con ellos, comiendo con ellos, donándoles a ellos el Espíritu Santo (Cfr. Mt 28,1; Mc 16,9.14; Lc 24,1.13; Jn 20,1.19), como hemos escuchado en la Lectura bíblica.

Incluso la gran efusión del Espíritu en Pentecostés sucede el domingo, el quincuagésimo día después de la resurrección de Jesús.

Por estas razones, el domingo es un día santo para nosotros, santificado por la celebración eucarística, presencia viva del Señor entre nosotros y para nosotros. ¡Es la Misa, pues, lo que hace al domingo cristiano! El domingo cristiano gira alrededor de la Misa. ¿Qué domingo es, para un cristiano, aquel en el cual falta el encuentro con el Señor?

Existen comunidades cristianas que, lamentablemente, no pueden gozar de la Misa cada domingo; sin embargo ellas, en este santo día, están llamadas a recogerse en oración en el nombre del Señor, escuchando la Palabra de Dios y teniendo vivo el deseo de la Eucaristía.

Algunas sociedades secularizadas han perdido el sentido cristiano del domingo iluminado por la Eucaristía. Es un pecado, esto. En este contexto es necesario reavivar esta conciencia para recuperar el significado de la fiesta –no perder el sentido de la fiesta–, el significado de la alegría, de la comunidad parroquial, de la solidaridad, del descanso que repone el alma y el cuerpo (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2177-2188).

De todos estos valores nos es maestra la Eucaristía, domingo tras domingo. Por esto el Concilio Vaticano II ha querido reafirmar que «el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo» (Const. Sacrosanctum Concilium, 106).

La abstención dominical del trabajo no existía en los primeros siglos: es un aporte específico del cristianismo. Por tradición bíblica los judíos descansan el sábado, mientras en la sociedad romana no estaba previsto un día semanal de abstención de los trabajos serviles. Fue el sentido cristiano del vivir como hijos y no como esclavos, animado por la Eucaristía, lo que hizo del domingo –casi universalmente– el día de descanso.

Sin Cristo somos condenados a ser dominados por el cansancio de lo cotidiano, con sus preocupaciones, y del temor del mañana. El encuentro dominical con el Señor nos da la fuerza de vivir el hoy con confianza y valentía e ir adelante con esperanza. Por esto los cristianos vamos a encontrar al Señor el domingo, en la celebración eucarística.

La Comunión eucarística con Jesús, Resucitado y Vivo en lo eterno, anticipa el domingo sin ocaso, cuando no existirá más fatiga ni dolor ni luto ni lágrimas, sino sólo la alegría de vivir plenamente y por siempre con el Señor. También de este beato descanso nos habla la Misa del domingo, enseñándonos, en el fluir de la semana, a encomendarnos en las manos del Padre que está en los cielos.

¿Qué cosa podemos responder a quien dice que no sirve ir a Misa, ni siquiera el domingo, porque lo importante es vivir bien, amar al prójimo? Es verdad que la calidad de la vida cristiana se mide por la capacidad de amar, como ha dicho Jesús: «En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13,35); pero, ¿Cómo podemos practicar el Evangelio sin tomar la energía necesaria para hacerlo, un domingo detrás del otro, de la fuente inagotable de la Eucaristía?

No vamos a Misa para dar algo a Dios, sino para recibir de Él lo que de verdad necesitamos. Lo recuerda la oración de la Iglesia, que así se dirige a Dios: «Pues aunque no necesitas nuestra alabanza, ni nuestras bendiciones te enriquecen, tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias, para que nos sirva de salvación» (Misal Romano, Prefacio Común IV).

En conclusión, ¿por qué ir a Misa el domingo? No es suficiente responder que es un precepto de la Iglesia; esto ayuda a cuidar el valor, pero esto sólo no es suficiente. Nosotros los cristianos tenemos necesidad de participar en la Misa dominical porque sólo con la gracia de Jesús, con su presencia viva en nosotros y entre nosotros, podemos poner en práctica su mandamiento, y así ser sus testigos creíbles. Gracias.


El maná de cada día, 14.12.17

diciembre 14, 2017

 

Jueves de la 2ª semana de Adviento

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No temas, yo mismo te auxilio

No temas, yo mismo te auxilio



PRIMERA LECTURA: Isaías 41, 13-20

Yo, el Señor, tu Dios, te agarro de la diestra y te digo: «No temas, yo mismo te auxilio.» No temas, gusanito de Jacob, oruga de Israel, yo mismo te auxilio –oráculo del Señor–.

Tu redentor es el Santo de Israel.

Mira, te convierto en trillo aguzado, nuevo, dentado: trillarás los montes y los triturarás; harás paja de las colinas; los aventarás, y el viento los arrebatará, el vendaval los dispersará; y tú te alegrarás con el Señor, te gloriarás del Santo de Israel.

Los pobres y los indigentes buscan agua, y no la hay; su lengua está reseca de sed. Yo, el Señor, les responderé; yo, el Dios de Israel, no los abandonaré.

Alumbraré ríos en cumbres peladas; en medio de las vaguadas, manantiales; transformaré el desierto en estanque y el yermo en fuentes de agua; pondré en el desierto cedros, y acacias, y mirtos, y olivos; plantaré en la estepa cipreses, y olmos y alerces, juntos.

Para que vean y conozcan, reflexionen y aprendan de una vez, que la mano del Señor lo ha hecho, que el Santo de Israel lo ha creado.


SALMO 144, 1.9.10-11.12-13ab

El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que té bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas;

Explicando tus hazañas a los hombres, la gloria y majestad de tu reinado. Tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad.


ACLAMACIÓN: Isaías 45, 8

Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad al Justo. Ábrase la tierra y brote la salvación.


EVANGELIO: Mateo 11, 11-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:

«Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él. Desde los días de Juan, el Bautista, hasta ahora se hace violencia contra el reino de Dios, y gente violenta quiere arrebatárselo.

Los profetas y la Ley han profetizado hasta que vino Juan; él es Elías, el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo. El que tenga oídos que escuche.»
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EL DIVINO IMPERTINENTE

Vivir desde los parámetros de Dios implica abrazar todas las cosas, personas y acontecimientos desde la confianza en esa solicitud con que la providencia divina viste los lirios del campo y la hierba que hoy crece y mañana se seca. No hay nada que se escape a la presencia y al amor de Dios.

Nosotros, en cambio, con nuestra cortedad de miras, nos atrevemos a clasificar los acontecimientos en nimios e importantes, y a distinguir entre las personas que valen la pena y las que no.

¿Crees, acaso, que tienes la suficiente perspectiva humana como para dar su justo valor a esas cosas y personas? Y aunque la tuvieras, ¿crees, acaso, que tienes la suficiente perspectiva sobrenatural para conocer y amar las cosas como Dios las conoce y las ama?

Acostúmbrate a valorar todo lo que te parece humanamente pequeño, eso que otros desprecian por su inutilidad e insignificancia, o que nunca te hará triunfar.

Aprende también a ver y a amar desde los parámetros de Dios esos imprevistos, esos cambios de planes, eso tan inoportuno que te sucede de repente, eso que no viene al caso y que te molesta, esa llamada inesperada, esa persona que te resulta impertinente porque te interrumpe, retrasa o cambia tus planes.

Todo eso vale mucho más que los lirios del campo y está revestido, como ellos, de esa belleza de la providencia de Dios que ni siquiera Salomón, con todo su fasto, pudo alcanzar.
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Adviento es el tiempo del Espíritu y de María

Adviento es el tiempo de la maternidad de María por obra del Espíritu Santo. Tiempo de gestación expectante en el alma ante el próximo nacimiento del Verbo encarnado.

Al compás del amor, brotan en el corazón deseos callados de contemplar asombrados el rostro niño de Dios. Deseos que nacen del Espíritu Santo, Aquel que ora y clama en nosotros pidiendo la venida de Cristo: ¡Ven, Amado! ¡Ven, Nacido! ¡Ven, Esperado!

Y es la Virgen Madre quien acompaña en el seno del Adviento el nacimiento del Verbo, como acompaña en el seno de Pentecostés el nacimiento de la Iglesia. Paralelismos sostenidos por el Espíritu, Aquel por quien toda virginidad se hace fecunda y materna.

Prepara tu alma con aires de hogar para acoger en ella al Verbo que se hace carne de tu carne. Embellécela con más silencio contemplativo, con oración más intensa, para que resuene en ella la voz de ese Espíritu Santo que clama enamorado al Verbo.

Empapa tu Adviento de mucho Espíritu Santo. Pídele que se haga presente en tu vida, en tu actividad, en tu trabajo, en tus afanes y preocupaciones, en todos los momentos y circunstancias de tu día a día; invócalo sobre las personas que te rodean o sobre las que están lejos, en las situaciones difíciles, en los momentos más duros.

Pídele que cubra con su gracia tu persona y tu vida, la Iglesia toda, el mundo entero, como cubrió y fecundó el seno virginal de María, para que en todo y en todos crezca ese cuerpo niño del Verbo que es la Iglesia.

Adviento es el tiempo que el Espíritu guía y conduce hacia el Verbo de Belén. Allí contemplas también a la Virgen, siempre Madre, que se anonada de humildad adorando esa carne de Dios. Ponte quieto junto a Ella, y calla. Adora y calla.

No quieras romper ese silencio contenido que, en las frías noches de Belén, envuelve con ecos del Espíritu el resonar de esta Palabra del Padre.


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