El maná de cada día, 6.8.17

agosto 5, 2017

La Transfiguración del Señor

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Se transfiguró delante de ellos

Se transfiguró delante de ellos



Antífona de entrada: Mt 17, 5

En una nube luminosa se apareció el Espíritu Santo y se oyó la voz del Padre que decía: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.


Oración colecta

Oh Dios, que en la gloriosa Transfiguración de tu Unigénito confirmaste los misterios de la fe con el testimonio de los profetas, y prefiguraste maravillosamente nuestra perfecta adopción como hijos tuyos, concédenos, te rogamos, que, escuchando siempre la palabra de tu Hijo, el Predilecto, seamos un día coherederos de su gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Daniel 7, 9-10. 13-14

Durante la visión, vi que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó; su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas.

Un río impetuoso de fuego brotaba delante de él. Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros.

Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él.

Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.


SALMO 96, 1-2. 5-6. 9

El Señor reina altísimo sobre toda la tierra.

El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables. Tiniebla y nube lo rodean, justicia y derecho sostienen su trono.

Los montes se derriten como cera ante el dueño de toda la tierra; los cielos pregonan su justicia, y todos los pueblos contemplan su gloria.

Porque tú eres, Señor, altísimo sobre toda la tierra, encumbrado sobre todos los dioses.


SEGUNDA LECTURA: 2 Pedro 1, 16-19

Queridos hermanos:

Cuando os dimos a conocer el poder y la última venida de nuestro Señor Jesucristo, no nos fundábamos en fábulas fantásticas, sino que habíamos sido testigos oculares de su grandeza.

Él recibió de Dios Padre honra y gloria, cuando la Sublime Gloria le trajo aquella voz: «Éste es mi Hijo amado, mi predilecto.» Esta voz, traída del cielo, la oímos nosotros, estando con él en la montaña sagrada.

Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 17, 5c

Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.


EVANGELIO: Mateo 17, 1-9

Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.

Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.

Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».


Antífona de la comunión: 1Jn 3, 2

Cuando Cristo se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es.
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¡QUÉ BIEN SE ESTÁ AQUÍ!

Del sermón de Anastasio Sinaíta, obispo,
en el día de la Transfiguración del Señor

El misterio que hoy celebramos lo manifestó Jesús a sus discípulos en el monte Tabor.

En efecto, después de haberles hablado, mientras iba con ellos, acerca del reino y de su segunda venida gloriosa, teniendo en cuenta que quizá no estaban muy convencidos de lo que les ha anunciado acerca del reino, y deseando infundir en sus corazones una firmísima e íntima convicción, de modo que por lo presente creyeran en lo futuro, realizó ante sus ojos aquella admirable manifestación, en el monte Tabor, como una imagen prefigurativa del reino de los cielos.

Era como si les dijese: «El tiempo que ha de transcurrir antes de que se realicen mis predicciones no ha de ser motivo de que vuestra fe se debilite, y, por esto, ahora mismo, en el tiempo presente, os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto llegar al Hijo del hombre con la gloria del Padre».

Y el evangelista, para mostrar que el poder de Cristo estaba en armonía con su voluntad, añade: Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Éstas son las maravillas de la presente solemnidad, éste es el misterio, saludable para nosotros, que ahora se ha cumplido en la montaña, ya que ahora nos reúne la muerte y, al mismo tiempo, la festividad de Cristo.

Por esto, para que podamos penetrar, junto con los elegidos entre los discípulos inspirados por Dios, el sentido profundo de estos inefables y sagrados misterios, escuchemos la voz divina y sagrada que nos llama con insistencia desde lo alto, desde la cumbre de la montaña.

Debemos apresurarnos a ir hacia allí –así me atrevo a decirlo– como Jesús, que allí en el cielo es nuestro guía y precursor, con quien brillaremos con nuestra mirada espiritualizada, renovados en cierta manera en los trazos de nuestra alma, hechos conformes a su imagen, y, como él, transfigurados continuamente y hechos partícipes de la naturaleza divina, y dispuestos para los dones celestiales.

Corramos hacia allí, animosos y alegres, y penetremos en la intimidad de la nube, a imitación de Moisés y Elías, o de Santiago y Juan.

Seamos como Pedro, arrebatado por la visión y aparición divina, transfigurado por aquella hermosa transfiguración, desasido del mundo, abstraído de la tierra; despojémonos de lo carnal, dejemos lo creado y volvámonos al Creador, al que Pedro, fuera de sí, dijo: Señor, ¡qué bien se está aquí!

Ciertamente, Pedro, en verdad qué bien se está aquí con Jesús; aquí nos quedaríamos para siempre. ¿Hay algo más dichoso, más elevado, más importante que estar con Dios, ser hechos conformes con él, vivir en la luz?

Cada uno de nosotros, por el hecho de tener a Dios en sí y de ser transfigurado en su imagen divina, tiene derecho a exclamar con alegría: ¡Qué bien se está aquí!, donde todo es resplandeciente, donde está el gozo, la felicidad y la alegría, donde el corazón disfruta de absoluta tranquilidad, serenidad y dulzura, donde vemos a (Cristo) Dios, donde él, junto con el Padre, pone su morada y dice, al entrar:

Hoy ha sido la salvación de esta casa, donde con Cristo se hallan acumulados los tesoros de los bienes eternos, donde hallamos reproducidas, como en un espejo, las imágenes de las realidades futuras.


El maná de cada día, 5.8.17

agosto 5, 2017

Sábado de la 17ª semana del Tiempo Ordinario

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santos inocentes

Sus discípulos recogieron el cadáver, lo enterraron, y fueron a contárselo a Jesús

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         CÓMO PUEDES LEER LA BIBLIA: Diez reglas

Lee la Biblia…

  1. … y haz oración.

La Biblia es la Sagrada Escritura. Por eso es bueno que, antes de leer, le pidas a Dios su Espíritu Santo y que, después de haber leído, le des las gracias. ¿Cómo puedes orar? Comienza simplemente con esta breve oración: “Tu Palabra es una lámpara para mis pasos y una luz en mi camino” (Salmo 119,105).

  1. … y déjate sorprender.

La Biblia es un libro lleno de sorpresas. Aun cuando algunos relatos ya los hayas escuchado en otra ocasión, dales una segunda oportunidad. ¡Y dátela también a ti! La Biblia te muestra la inmensidad y grandeza de Dios, que lo supera todo.

  1. … y alégrate.

La Biblia es una gran historia de amor con final feliz: la muerte no tiene ninguna chance (oportunidad o posibilidad). La vida sale victoriosa. Esta buena noticia la encuentras en todos los textos bíblicos. Búscala. Y alégrate cuando la hayas encontrado.

  1. … y hazlo periódicamente, con frecuencia.

La Biblia es el libro para tu vida. Si la lees a diario, aunque solo sea un versículo o un pequeño párrafo, podrás darte cuenta de cuánto bien te hace. Es como con el deporte y con la música: solo la práctica constante hace que uno progrese y, cuando se tiene un poco de práctica, resulta bien entretenido.

  1. … y no leas demasiado.

La Biblia es un tesoro enorme. Se te regala gratuitamente. No necesitas desempaquetarlo todo de inmediato. Lee solamente lo que puedas absorber bien. Si algo te llega o te impacta especialmente, escríbetelo y apréndetelo de memoria.

  1. … y tómate tiempo.

La Biblia es un libro antiquísimo que es siempre joven y siempre nuevo. No es para leerla toda de un tirón. Es bueno hacer pausas. De ese modo puedes reflexionar y captar lo que Dios quiere decirte. Y cuando hayas leído ya toda la Biblia, comienza simplemente de nuevo desde el principio.

  1. … y ten paciencia.

La Biblia es un libro lleno de profunda sabiduría, pero en ocasiones parece también enigmática y extraña. No comprenderás siempre todo de inmediato. Y algunas cosas solo pueden comprenderse partiendo de la época o de la situación histórica. Ten paciencia contigo y con la Biblia. Si hay algo que no llegas a entender, mira el contexto u otros pasajes que traten del mismo tema.

  1. … y léela con otros.

Lo que te dice la Biblia puedes compartirlo con otros. Y lo que otros han descubierto en la Biblia puede ayudarte a comprenderla mejor. Cuando hables con otros sobre la Biblia, cuida de que la Palabra de Dios permanezca en el centro y de que no se le añadan asuntos o intereses extraños. La Biblia no es nunca un arma contra otros; es un puente para artífices de paz.

  1. … y abre tu corazón.

La Biblia es un asunto del corazón. Quien lee la Biblia no puede quedarse en la mera lectura. Dios abre tu corazón. Su palabra se escribe en tu vida y puedes celebrarla en la liturgia. A esto se te invita: a leer la Biblia con el corazón abierto.

  1. … y ponte en camino.

La Biblia es la brújula para tu vida. Ella te muestra por dónde va el camino. El camino lo recorres por ti mismo, pero no lo recorres solo. Piensa en los discípulos de Emaús (Lucas 24, 13-35). Primero no reconocieron a Jesús, que los acompañaba en su tristeza. Pero después se preguntaron: “¿No ardía acaso nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lucas 24, 32).

(Autor desconocido; 4 de agosto 2017)

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PRIMERA LECTURA: Levítico 25, 1. 8-17

El Señor habló a Moisés en el monte Sinaí: -«Haz el cómputo de siete semanas de años, siete por siete, o sea cuarenta y nueve años.

A toque de trompeta darás un bando por todo el país, el día diez del séptimo mes. El día de la expiación haréis resonar la trompeta por todo vuestro país.

Santificaréis el año cincuenta y promulgaréis manumisión en el país para todos sus moradores.

Celebraréis jubileo; cada uno recobrará su propiedad, y retornará a su familia.

El año cincuenta es para vosotros jubilar; no sembraréis ni segaréis el grano de ricio ni cortaréis las uvas de cepas bordes.

Porque es jubileo; lo considerarás sagrado. Comeréis de la cosecha de vuestros campos.

En este año jubilar cada uno recobrará su propiedad.

Cuando realices operaciones de compra y venta con alguien de tu pueblo, no lo perjudiques. Lo que compres a uno de tu pueblo se tasará según el número de años transcurridos después del jubileo.

Él a su vez te lo cobrará según el número de cosechas anuales: cuantos más años falten, más alto será el precio; cuanto menos, menor será el precio. Porque él te cobra según el número de cosechas.

Nadie perjudicará a uno de su pueblo. Teme a tu Dios.
Yo soy el Señor, vuestro Dios.»


SALMO 66, 2-3. 5. 7-8

Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación.

Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud y gobiernas las naciones de la tierra.

La tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor, nuestro Dios. Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 5, 10

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.


EVANGELIO: Mateo 14, 1-12

En aquel tiempo, oyó el virrey Herodes lo que se contaba de Jesús y dijo a sus ayudantes: -«Ése es Juan Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso los poderes actúan en él. »

Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo habla metido en la cárcel encadenado, por motivo de Herodías, mujer de su hermano Filipo; porque Juan le decía que no le estaba permitido vivir con ella. Quería mandarlo matar, pero tuvo miedo de la gente, que lo tenía por profeta.

El día del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó delante de todos, y le gustó tanto a Herodes que juró darle lo que pidiera.

Ella, instigada por su madre, le dijo: -«Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan Bautista. »

El rey lo sintió; pero, por el juramento y los invitados, ordenó que se la dieran; y mandó decapitar a Juan en la cárcel.

Trajeron la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven, y ella se la llevó a su madre.

Sus discípulos recogieron el cadáver, lo enterraron, y fueron a contárselo a Jesús.
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LAS PRISAS DE SATANÁS

Es contundente la seguridad con que la Biblia afirma, de diversas maneras, el final de esta historia y la transfiguración de este mundo en esos cielos nuevos de los que habla el Apocalipsis.

Este tiempo, por tanto, es breve. Aunque queden todavía miles o millones de años, el fin temporal del pecado y del mal está señalado por Dios. El libro de este mundo llegará a escribir su última página y su última palabra.

Por eso, Satanás tiene prisa, mucha prisa, por librar su batalla contra Dios en cada una de las almas. Sólo dispone de tu vida, muy corta, para impedirte tu salvación y tu entrega a Dios.

En cambio, el tiempo de Dios, que es la eternidad, escapa de los parámetros de nuestro tiempo finito, de nuestros esquemas tan canijos y de nuestras perspectivas tan miopes.

En nuestras prisas y agobios, en nuestra ambición por aprovechar y agotar el tiempo de que disponemos, hay mucho de esa lucha de Satanás contra Dios. El agobio nos impide amar a Dios porque implica un amor desmedido y extremo por nuestras cosas, por nuestros planes, por nuestro tiempo.

En la prisa y en el agobio yo me erijo señor y dueño absoluto de mi vida y de mi tiempo, en lugar de dejar que la providencia de Dios sea la que gobierne ese tiempo y esa actividad. Cuántas veces has experimentado esa acción casi imperceptible y suave de Dios que, en un instante, te resuelve eso que tú pensabas requería mucho más tiempo.

Vivir en la calma y sosiego, aun en medio de una tremenda actividad, dispone el alma para esa contemplación de Dios, que hace de las cosas ocasiones de la presencia de Dios y del tiempo esos pequeños anticipos de la eternidad en la que algún día viviremos.

No dejes que el demonio venza a Dios en cada uno de los minutos de tu vida y llena tu tiempo sólo de salvación, no de condenación.

Lañas diarias www.mater-dei.es