Maná y Vivencias Pascuales (50B), 4.6.17

junio 3, 2017

Domingo de Pentecostés

MISA DEL DÍA
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Cuando llegó el día de Pentecostés, todos los discípulos estaban reunidos, y quedaron llenos del Espíritu Santo

Cuando llegó el día de Pentecostés, todos los discípulos estaban reunidos en oración, vino un viento recio… y quedaron llenos del Espíritu Santo

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ANTÍFONA DE ENTRADA: Sab 1, 7

El Espíritu del Señor ha llenado toda la tierra; él da unidad a todas las cosas y se hace comprender en todas las lenguas. Aleluya.


ORACIÓN COLECTA

Oh Dios, que por el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones; derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Hechos de los Apóstoles: 2, 1-11

El día de Pentecostés, todos los discípulos estaban reunidos en un mismo lugar. De repente se oyó un gran ruido que venía del cielo, como cuando sopla un viento fuerte, que resonó por toda la casa donde se encontraban.

Entonces aparecieron lenguas de fuego, que se distribuyeron y se posaron sobre ellos; se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otros idiomas, según el Espíritu los inducía a expresarse.

En esos días había en Jerusalén judíos devotos, venidos de todas partes del mundo. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma.

Atónitos y llenos de admiración, preguntaban: “¿No son galileos todos estos que están hablando? ¿Cómo, pues, los oímos hablar en nuestra lengua nativa?

Entre nosotros hay medos, partos y elamitas; otros vivimos en Mesopotamia, Judea Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene. Algunos somos visitantes, venidos de Roma, judíos y prosélitos; también hay cretenses y árabes.

Y sin embargo, cada quien los oye hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua”.

SALMO 103

Envía tu espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice alma mía al Señor, ¡Dios mío, que grande eres! Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas.

Les retiras el aliento, y expiran, y vuelven a ser polvo; envías tu aliento y los creas, y repueblas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras. Que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor.

SEGUNDA LECTURA: 1 Corintios: 12, 3-7.12-13

Hermanos: Nadie puede llamar a Jesús “Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo.

Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diferentes servicios, pero el Señor es el mismo. Hay diferentes actividades, pero Dios, que hace todo en todos, es el mismo.

En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros y todos ellos, a pesar de ser muchos, forman un solo cuerpo, así también es Cristo.

Porque todos nosotros, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, y a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu.

SECUENCIA

Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos. Por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.


ACLAMACIÓN: Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor. Aleluya.

EVANGELIO: Juan: 20, 19-23

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”.

Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.

De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

PREFACIO DEL DOMINGO DE PENTECOSTÉS

En verdad es justo y necesario… darte gracias siempre y en todo lugar… Dios todopoderoso y eterno.

Pues, para llevar a plenitud el misterio pascual, enviaste hoy el Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos por su participación en Cristo.

Aquel mismo Espíritu que, desde el comienzo, fue el alma de la Iglesia naciente; el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos; el Espíritu que congregó en la confesión de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas.

Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría y también los coros celestiales… cantan sin cesar el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo…



Envía tu espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Envía tu espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

EJERCICIO PASCUAL (3): VEN, ESPÍRITU SANTO

Apreciado hermano, estimada hermana: Ha llegado el momento de coronar el ejercicio cuaresmal y pascual. Han sido noventa días de búsqueda del Señor.

Han sido también noventa días en los que el Señor ha salido a nuestro encuentro, un día tras otro, con fidelidad y renovada ilusión.

Concluyendo la pascua, nosotros le presentamos al Señor, con alegría y satisfacción, nuestros esfuerzos.

Mereció la pena realizarlos. Y aunque no se puede merecer el don divino, ahora el Señor nos premiará con una nueva efusión del Espíritu Santo: una renovada sensibilidad para captar y seguir las inspiraciones del Espíritu.

Ayer y anteayer nos hemos centrado en el Padre y el Hijo. El Espíritu Santo, quizás sin darnos cuenta de ello, guió nuestra aproximación al Misterio.

Hoy queremos tomar mayor conciencia del ser y de la acción del Espíritu en nuestras vidas.

Jesús, al ascender a los cielos, anunció a los discípulos el cumplimiento de la promesa del Espíritu realizada por el Padre en el antiguo Testamento, sobre todo a través de los profetas: “Vendrán días en que enviaré el Espíritu y la tierra entera se llenará del conocimiento del Señor”.

Dios había prometido una nueva ley escrita, no ya en tablas de piedra, sino en el corazón de los creyentes: “Les daré un corazón de carne; les arrancaré, de cuajo, el corazón de piedra; pondré en ellos un corazón nuevo; y entonces, ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios”.

Jesús rogó al Padre que cumpliera la promesa enviando el otro Consolador. Éste no traería nada nuevo, sino que les recordaría a los discípulos todo lo revelado por Jesús y se lo haría comprender claramente y experimentar con fruición.

El Espíritu vino sobre los discípulos tan pronto como Jesús fue glorificado: “Si no me voy, no vendrá el Espíritu”.

Pentecostés significa la irrupción del Espíritu que inaugura el nacimiento de la Iglesia, los últimos tiempos y la plenitud de la salvación. Dios ha cumplido su parte. Ahora nos toca a nosotros: Vivir según el Espíritu, no según la carne. 

¿Qué significa “la vida en el Espíritu”? Los Hechos de los Apóstoles nos narran el cambio que obró el Espíritu en los Apóstoles y discípulos de Jesús.

De hecho, los discípulos experimentaron una profunda transformación. Comprendieron las Escrituras y todo el misterio de Jesús.

Quedaron subyugados, enhechizados, y como enajenados por el Espíritu del Resucitado y, de inmediato, salieron del Cenáculo a predicar por todo el mundo, con mucha convicción y entusiasmo, la salvación traída por Cristo y en él perfectamente realizada.

Nació la Iglesia y con ella una nueva manera de ver la historia y de construir la sociedad como anticipo del Reino de Dios.

Pero, ojo, esta transformación es la herencia del Resucitado para todo el que crea, sin excepción. “Venid a mí, gritaba Jesús en el atrio del Templo el día de la Fiesta, todos los que tenéis sed, y tomad gratis el agua de la vida”.

El don del Espíritu es para todos. Solamente hace falta reconocer que lo necesitamos. Sólo se necesita reconocer que por naturaleza somos limitados, atrevidos, pecadores. Y entonces, sentiremos la sed de Dios, y desearemos ser llenos del Espíritu de Dios: nacer de arriba, de lo alto.

Hermano, hermana: vamos a pedir, o mejor agradecer, el don del Espíritu al finalizar estas “Vivencias Pascuales”. Claro que ya tienes el Espíritu, desde que recibiste el bautismo.

Pero la cuestión es cómo lo tienes: Si está suelto, vivo y actuante en ti, o si lo tienes atado, ignorado y casi anulado por tu pecado o tu inconsciencia.

Vamos a orar con toda sencillez ante quien sabemos nos ama y nos tiene reservadas muchas sorpresas. “Si conocieras el don de Dios y lo que él te puede dar a gustar…”

Di con todas tus ganas: Ven, Espíritu divino, ven, Padre amoroso del pobre; ven, dulce huésped del alma, y habita en mí, pon tu sede y tu trono en el centro de mi ser, de mi corazón. Te doy las gracias. Amén.

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Así dice el Señor Dios: Yo derramaré mi Espíritu sobre todos

Así dice el Señor Dios: Yo derramaré mi Espíritu sobre todos

ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

Espíritu divino, creo en ti como la tercera persona de la Santísima Trinidad. Te adoro y te invoco como el Santificador. Tú eres el abrazo del Padre y del Hijo, fuente de toda relación y comunión.

Te doy gracias porque tú estás derramado en mi corazón desde el bautismo. Aunque no tenga conciencia expresa de tu presencia, sé que tú guías todos mis buenos pensamientos y deseos. Tú me haces presente al Padre y al Hijo, y me inspiras el conocimiento y el amor a ellos.

Con toda reverencia me pongo en tu presencia, Espíritu Santo. Reconozco mi pobreza, y te invoco porque sé que eres “padre amoroso del pobre”. ¿Adónde iría, Señor, con mi pobreza?

Ven, dulce huésped del alma, pues sin ti me abrumaría la mayor y cruel soledad. Tú que eres generoso en tus dones, ten misericordia de mí y lléname de tus gracias.

Te pido perdón, Espíritu Consolador, porque frecuentemente me olvido de ti. Con mi pecado te tengo entristecido. Perdóname. Por el contrario, quiero ser dócil a tus inspiraciones. Ten paciencia conmigo y no me dejes por imposible.

Al finalizar este ejercicio cuaresmal y pascual, ven, Espíritu Santo, a mi vida entera y transfórmala sustancialmente. Quiero recibir como una renovación en toda mi persona, en toda mi existencia. Quiero ser una nueva criatura en Cristo.

No quiero defraudar al Padre que tanto me valora y tanto espera de mí. No puedo traicionarle a Jesús que me amó y se entregó por mí. Ayúdame, Espíritu de fortaleza, pues me siento desorientado y desvalido.

En fin, tú sabes mejor que nadie lo que me conviene. Ven, padre amoroso del pobre. Visita mi corazón. Mira mi pobreza y hasta mi propia miseria.

Ven a calentar lo que está frío; a iluminar lo oscuro; a enderezar lo torcido; a curar las heridas; a suavizar lo duro; a endulzar la amargura; a calmar la agresividad y la violencia que habitan dentro de mí.

Ven, Espíritu Santificador con todas tus gracias: los dones y los frutos; para que me parezca más a Jesús y pueda glorificar al Padre, como él se merece.

Mira que estoy como la tierra reseca que espera la lluvia; espero el agua que limpia, refresca y fecunda. Quiero ser como la arcilla en manos del alfarero para que tú la modeles según los designios del Padre y la imagen del Hijo.

Incluso, quiero ser una vasija nueva: si es preciso, rompe y quiebra mi vida ya hecha y mis planes, y hazme de nuevo. En fin, quiero ser como el leño que se deja invadir y penetrar por el fuego hasta transformarse en luz y calor. Ven, Espíritu Sanador, tú que haces nuevas todas las cosas. Tú eres mi única esperanza.

Ven, Espíritu del amor, y enséñame a imitar la generosidad del Padre celestial. Ven, Espíritu Santo, y enséñame a ser hijo en el Hijo de Dios, Jesucristo: que sea verdadero discípulo buscando siempre la gloria del Padre. Dame el celo y la pasión por el Reino que embargaban a Jesús, infúndeme sus mismos sentimientos, los que manifestaba en sus palabras poderosas y obras maravillosas.

Quiero ser otro Cristo en el mundo. Quiero tener su mismo Espíritu para dejarme conducir por él con obsequiosa docilidad y poder en el Amor del Señor.

Te doy gracias, Espíritu divino, por esta oración que me has inspirado y has presentado al Padre y al Hijo, por mí.

Agradezco lo que has hecho en mí, lo que haces, y lo que harás en el futuro para gloria del Padre y contento del Hijo. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Amén.

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Maná y Vivencias Pascuales (50A), 3.6.17

junio 3, 2017

Domingo de Pentecostés

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MISA VESPERTINA DE LA VIGILIA

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Así dice el Señor Dios: Yo derramaré mi Espíritu sobre todos

Así dice el Señor Dios: Derramaré mi Espíritu sobre ellos, del  mayor al menor, y todos me conocerán



Textos bíblico-litúrgicos.-Entrada: Rom 5, 5; 10.11; 1era lectura: Joel 3, 1-5; Salmo 103; 2da. Lectura: Rom 8, 22-27; Evangelio: Jn 7, 37-39; Comunión: Jn 7, 37.

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ANTÍFONA DE ENTRADA, Rom 5, 5; 10.11.- El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que habita en nosotros. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA

Dios todopoderoso y eterno, que has querido que celebráramos el misterio pascual durante cincuenta días, renueva entre nosotros el prodigio de Pentecostés, para que los pueblos divididos por el odio y el pecado se congreguen por medio de tu Espíritu y, reunidos, confiesen tu nombre en la diversidad de sus lenguas. Por nuestro Señor Jesucristo.

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PRIMERA LECTURA: Joel 3, 1-5

Así dice el Señor Dios: Derramaré mi espíritu sobre toda carne: profetizarán vuestros hijos e hijas, vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. También sobre mis siervos y siervas derramaré mi espíritu en aquellos días.

Haré prodigios en el cielo y en la tierra: sangre, fuego, columnas de humo. El sol se entenebrecerá, la luna se pondrá color sangre, antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible. Cuantos invoquen el nombre del Señor se salvarán.

Porque en el monte Sión y en Jerusalén quedará un resto; como lo ha prometido el Señor a los supervivientes que llamó.

En vez de la lectura anterior se puede elegir cualquiera de las siguientes: Génesis, 11, 1-9; Éxodo, 19, 3-8.16-20; Ezequiel 37, 1-14.


SALMO 103

Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor. ¡Dios mío, qué grande eres! Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas.

Les retiras el aliento y expiran, y vuelven a ser polvo; envías tu aliento y los creas, y repueblas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras. Que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor.

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SEGUNDA LECTURA: Rom 8, 22-27.- El espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables

Hermanos: Sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto; y no sólo ella, sino también nosotros, los que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, anhelando que se realice plenamente nuestra condición de hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.

Porque ya es nuestra la salvación, pero su plenitud es todavía objeto de esperanza. Esperar lo que ya se posee no es tener esperanza, porque, ¿cómo se puede esperar lo que ya se posee? En cambio, si esperamos algo que todavía no poseemos, tenemos que esperarlo con paciencia.

El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras.

Y Dios, que conoce profundamente los corazones, sabe lo que el Espíritu quiere decir, porque el Espíritu ruega conforme a la voluntad de Dios, por los que le pertenecen.

ACLAMACIÓN.- Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor. Aleluya.

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EVANGELIO: Juan 7, 37-39

El último día, el más solemne de las fiestas, Jesús en pie gritaba: El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba. Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva.

Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado.


ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Derrama, Señor, la bendición de tu Espíritu, sobre estos dones que te presentamos, para que tu Iglesia quede inundada de tu amor, y sea ante todo el mundo signo visible de la salvación. Por Jesucristo.


COMUNIÓN: Jn 7, 37.- El último día de las fiestas, Jesús en pie gritaba: el que tenga sed, que venga a mí. Aleluya.


ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

La comunión que acabamos de recibir, Señor, nos comunique el mismo ardor del Espíritu Santo que tan maravillosamente inflamó a los apóstoles de tu Hijo. Que vive y reina.

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ORACIÓN AL ESPIRITU SANTO

Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas: fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro, mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por la bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.

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Maná y Vivencias Pascuales (49), 3.6.17

junio 3, 2017

Sábado de la 7ª semana de Pascua

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DECENARIO DEL ESPÍRITU SANTO

DÉCIMO Y ÚLTIMO DÍA

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Cristo

Creo, Señor Jesús, que estás vivo y que sigues pasando hoy delante de mí y me llamas. ¡Aquí estoy!

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Textos bíblico-litúrgicos.- Entrada: Hch 1, 14; 1era lectura: Hch 28, 16-20.30-31; Salmo: 10, 5-6.8; Aclamación: Jn 16, 7.13; Evangelio: Jn 21, 20-25; Comunión: Jn 16, 14.

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TEMA CENTRAL: JESÚS ES MI SEÑOR.

ANTÍFONA DE ENTRADA.- Los discípulos se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la Madre de Jesús, y con sus hermanos. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA

Dios todopoderoso, concédenos conservar siempre en nuestra vida y en nuestras costumbres la alegría de estas fiestas de pascua que nos disponemos a clausurar. Por nuestro Señor.

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PRIMERA LECTURA, Hch 28, 16-20.30-31

Cuando entramos en Roma, le permitieron a Pablo alojarse en una casa particular con un soldado que lo vigilara. Tres días después Pablo convocó a los judíos principales.

Una vez reunidos, les dijo: Hermanos, acaban de traerme preso de Jerusalén. He sido entregado a los romanos sin que yo haya ofendido a las autoridades de nuestro pueblo ni las tradiciones de nuestros padres.

Los romanos querían dejarme en libertad después de haberme interrogado, pues no encontraban en mí nada que mereciera la muerte.

Pero los judíos se opusieron y me vi obligado a apelar al César, sin la menor intención de acusar a las autoridades de mi pueblo. Por este motivo yo quise verlos y conversar con ustedes, pues en realidad, por la esperanza de Israel yo llevo estas cadenas.

Pablo, pues, arrendaba esta vivienda privada y permaneció allí dos años enteros. Recibía a todos los que lo venían a ver, proclamaba el Reino de Dios y les enseñaba con mucha seguridad lo referente a Cristo Jesús, el Señor, y nadie le ponía trabas.


SALMO 10, 5-6.8

El Señor está en su templo santo, el Señor tiene su trono en el cielo: sus ojos están observando, sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables, y al que ama la violencia., él lo odia. Porque el Señor es justo y ama la justicia, los que son rectos contemplarán su rostro.


ACLAMACIÓN Jn 16, 7.13.- Les enviaré el Espíritu Santo de la verdad, dice el Señor, él les comunicará toda la verdad. Aleluya.

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EVANGELIO, Jn 21, 20-25

En aquel tiempo, dijo Jesús a Pedro: Sígueme.

Pedro entonces, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús tanto amaba (el que en la cena se había inclinado sobre su pecho y le había preguntado: Señor, ¿quién es el que te va a entregar?)

Al verlo, Pedro preguntó a Jesús: ¿Y qué va a ser de éste? Jesús le contestó: Si yo quiero que permanezca hasta mi vuelta, ¿a ti qué te importa? Tú sígueme.

Por esta razón corrió entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no iba a morir. Pero Jesús no dijo que no iba a morir, sino simplemente: Si yo quiero que permanezca hasta mi vuelta, ¿a ti qué te importa?

Este es el mismo discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito aquí, y nosotros sabemos que dice la verdad.

Jesús hizo también otras muchas cosas. Si se escribieran una por una, creo que no habría lugar en el mundo para tantos libros.


COMUNIÓN Jn 16, 14.- El Espíritu Santo me glorificará, porque recibirá de mí lo que les irá comunicando, dice el Señor. Aleluya.

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DECENARIO AL ESPÍRITU SANTO

ORACIÓN PREPARATORIA

Oh Dios que, por el misterio de Pentecostés, santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica.- Por Jesucristo nuestro Señor.

DÍA DÉCIMO

Para concretar, aunque sea de una manera muy general, un estilo de vida que nos impulse a tratar al Espíritu Santo con familiaridad y a través de él, al Padre y al Hijo, podemos fijarnos en tres realidades: docilidad, vida de oración, indulgencia para con el prójimo.

El trato con el Paráclito produce en el hombre espiritual la paz y la libertad que Cristo nos ha ganado con su vida, pasión y muerte, y resurrección gloriosa. Es decir, los siete dones del Espíritu: Sabiduría, entendimiento, consejo, ciencia, fortaleza, piedad y temor de Dios.

Más explícitamente y según san Pablo, he aquí las consecuencias, sentimientos y frutos de la presencia del Espíritu Santo en nuestros corazones.

Los frutos del Espíritu son caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad (Gál 5, 22-23): y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad (2 Cor 3,17).

Oh Dios, que con tu Espíritu llenaste la tierra, haz que los hombres construyan un mundo nuevo de justicia y de paz.

ORACIÓN FINAL

Ven, Espíritu Santo, llena nuestros corazones y enciéndelos con el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu y serán creados; y renovarás la faz de la tierra.

Quema, Señor, con el fuego del Espíritu Santo nuestras entrañas y nuestro corazón, para que te sirvamos con cuerpo limpio; y con un corazón puro te agrademos.

Te pedimos, Señor, que inspires nuestras acciones, las prevengas y las acompañes con tu auxilio, para que todos nuestros deseos, pensamientos y trabajos comiencen siempre en ti, como en su fuente, y tiendan siempre a ti, como a su fin.

Por Jesucristo nuestro Señor.- Amén.

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EJERCICIO PASCUAL (2): JESÚS ES MI SEÑOR

Ayer contemplamos que Dios Padre ha tomado la iniciativa para crearnos y después para redimirnos. Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo. El amor consiste, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero.

Más que amar a Dios, nosotros tenemos que dejarnos amar por Dios.

Pues bien, Dios Padre ha enviado a su Hijo al mundo, no para condenarlo, sino para salvarlo. Todo el que cree en Jesús como enviado del Padre tiene vida eterna.

Por tanto, debemos acoger a Jesús y creer todo cuanto nos diga y nos mande porque sólo él ha bajado del cielo, y sólo a él Dios Padre lo ha acreditado con palabras verdaderas y signos maravillosos.

Jesús, lleno del Espíritu de Dios, pasó por el mundo haciendo el bien. Y sufriendo aprendió a obedecer hasta la muerte y muerte de cruz. Dios Padre lo perfeccionó a base a sufrimientos.

Pero, después de muerto, no lo dejó en el sepulcro sino que lo glorificó. Es decir, le dio un nombre sobre todo nombre y lo constituyó Señor y Salvador. No hay salvación fuera de él.

Por tanto, en este día, estimados hermanos, debemos hacer un acto de fe en Jesús confesándolo como nuestro Señor y Salvador, sometiéndole a él todo nuestro ser, nuestra persona.

Sólo así podemos agradar al Padre y podremos recibir el Espíritu Santificador.

Creer en Jesús significa adherirse vitalmente a él, con toda sinceridad y decisión: Entregándole todo lo que somos y queremos, y a la vez renunciando a todo cuanto no sea conforme a los designios del Padre.

Esta fe ha de comprometer toda nuestra existencia y todos los niveles de nuestra personalidad.

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ORACIÓN A JESÚS EL SEÑOR

Señor Jesús, creo que tú has venido de parte de Dios para revelarnos los designios de su amor.

Te doy gracias por tu disponibilidad, pues tú te ofreciste al Padre diciéndole: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. Me has dado un cuerpo; mándame a mí. Yo iré y les mostraré a todos tu gloria.

Gracias, Señor Jesús, por esa solidaridad, esa generosidad y fidelidad. Te admiro, te doy gracias y te acojo en lo más profundo de mi corazón como testigo del amor del Padre.

Tú te has rebajado tanto que te has hecho hermano nuestro, en todo igual a nosotros, menos en el pecado.

Creo en ti, Señor, te amo, y quiero acoger tu palabra: ¿A dónde iría lejos de ti? Sólo tú tienes palabras de vida eterna.

Tú eres mi sabiduría y mi todo. Tú pasaste por el mundo haciendo el bien. Y ahora yo creo que tú estás vivo, y eres capaz de transformar mi vida totalmente.

Sé que te has hecho en todo semejante a nosotros, menos en el pecado: Tú sabes que somos de barro, y nos puedes comprender porque tú asumiste nuestra carne.

Por eso, me inspiras toda la confianza para entregarme a ti y dejarme llevar adonde tú dispongas. Tú eres mi maestro. No quiero saber nada fuera de ti.

Por eso, te consagro mi entendimiento y toda mi persona. Quiero que tú gobiernes mi vida por tu santo Espíritu.

Toma posesión de toda mi persona, de todo mi ser: para que yo tenga tus mismos sentimientos, intereses, deseos y acciones. Que ya no viva yo, sino que tú vivas en mí.

Renuncio a dirigir mi vida al margen de ti o contra la voluntad del Padre. Renuncio al pecado y a todas las acciones, promesas y mentiras del espíritu malo.

Renuncio a mi personalidad pecadora, al hombre viejo. Quiero ser una criatura nueva. Todo lo anterior pasó… y renuncio a ello.

En ti, Señor Jesús, seré una persona completamente nueva, definitivamente diferente. Estoy seguro que eso tú lo puedes hacer porque el Padre te ha hecho Señor y Salvador.

Ayer, Señor Jesús, tu Espíritu me capacitaba para imitar al Padre Dios que hace brillar el sol sobre justos e injustos. Aprendí a perdonar y a olvidar las ofensas hasta renunciar a toda venganza.

Hoy, Señor Jesús, tu Espíritu me sugiere que colabore contigo en la salvación del mundo. Sí, quiero continuar tu obra para llevar muchos hermanos a la gloria, para que la casa del Padre se llene de invitados. Para que tus desposorios, Cristo Jesús, con la humanidad alcancen a todos los hombres.

Finalmente, sé que has tomado en serio esta declaración de fe y de amor hacia ti, Señor Jesús. Querría hacerla con mayor convicción. Pero tú comprendes mi debilidad y sabes valorar mis esfuerzos.

Por eso, te confieso y te proclamo como mi Salvador, mi único Señor, Dueño de mi vida y de todas mis cosas. No quiere ya ser esclavo de nada ni de nadie sino sólo de ti; y por ti y en ti, esclavo de todos.

Lléname de tu Espíritu para realizar las obras que el Padre espera. Amén.

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