La gracia de Dios en María y el cristianismo, según la RCC, por el P. Raniero Cantalamessa

.

Anunciación del Ángel a María, la llena de gracia

.

Charla del P. Raniero Cantalamessa en la asamblea regional de Madrid, Marzo, 2017

 

“ALÉGRATE, LLENA DE GRACIA”

 .

Como los organizadores me han pedido, el tema de esta enseñanza de acuerdo con la solemnidad de hoy, la Anunciación, será “Alégrate, llena de gracia”. María guía a la Iglesia y a la Renovación Carismática al buen descubrimiento de la gracia de Dios.

Entrando el Ángel donde estaba María, dijo: “Alégrate, llena de gracia” y de nuevo “No temas, María, que gozas del favor, de la gracia, de Dios”. El Ángel, al saludarla, no llama a María por su nombre, sino que la llama simplemente “Llena de gracia” o perfectamente volcada de gracia. No dice alégrate, María, sino que dice “Alégrate, “La Llena de Gracia” ”.

Es el nombre nuevo de María. En la gracia está la identidad más profunda de María. María es aquella que es querida para Dios. Querida, como caridad, deriva de la misma raíz que caritas, que significa gracia. La gracia de María está ciertamente en función de lo que sigue, del anuncio del Ángel, de su misión de madre de Dios. Pero no se agota en ella. María no es para Dios sólo una función, sino que es ante todo una persona.

Es una persona que es querida para Dios por la eternidad. María es así la proclamación viviente de que al comienzo de todo, en la relación entre Dios y las criaturas, está la gracia. La gracia es el centro y el lugar en el cual la criatura puede encontrar a su Creador. La gracia es aquello por lo que Dios sobresale y se inclina hacia la criatura. Es el ángulo convexo que llena, colmando con caridad, el vacío del ser humano, de Dios.

Dios es amor -dice San Juan- y cuando sale de la Trinidad esto equivale a decir que Dios es gracia. Sólo en el seno de la Trinidad, en las relaciones trinitarias, no hay gracia, no hay misericordia. En la Trinidad ¿sabéis? no hay misericordia; hay amor puro. Porque, que el Padre ame al Hijo no es gracia, concesión, misericordia; es naturaleza, es necesidad. El Padre es Padre en cuanto ama a su Hijo.

Que el Hijo ame a su Padre, no es gracia, no es concesión. Es naturaleza, porque el Hijo es Hijo en cuanto ama a su Padre. ¿Entendéis en qué sentido digo que en la Trinidad no hay pues misericordia? Hay amor puro. Cuando Dios hace algo fuera de sí, entonces su amor se vuelve misericordia, es gracia. No es debido, no es naturaleza. Es concesión y gracia.

De esta misteriosa gracia de Dios, María es una especie de icono viviente. Hablando de la humanidad de Jesús, San Agustín dice: “¿En base a qué la humanidad de Jesús mereció ser asumida por el Eterno Verbo del Padre en la unidad de su persona? ¿qué obra buena precedió a esta unión de parte de Jesús?, ¿qué hizo antes de este momento?, ¿en qué había creído o qué había pedido para ser enaltecido a tal inefable dignidad?” (Se habla de la naturaleza humana de Jesús asumida por el Verbo).

“Busca  mérito, busca justicia -sigue diciendo San Agustín-, reflexiona y ve si existe otra cosa que no sea gracia”. Estas palabras arrojan una luz singular sobre toda la persona de María. De ella se debe decir, aún con más razón que de la humanidad de Jesús, ¿qué había hecho María para merecer el privilegio de dar a Jesús su humanidad? ¿qué creyó?, ¿qué pidió? ¿qué esperó?, ¿qué sufrió para venir al mundo santa e inmaculada?

Busca también aquí el mérito, busca la justicia, busca todo lo que quieras… y fíjate si encuentras en ella, al comienzo, algo que no sea gracia. María puede hacer suyas con toda verdad las palabras del Apóstol Pablo y decir: “Por gracia de Dios soy lo que soy”.

En la gracia se sigue la explicación completa de María. Su grandeza y su belleza. Pero ¿qué es la gracia? Para descubrirlo, partamos del lenguaje corriente. Me parece que en español es lo mismo que en italiano. El significado más común de gracia es belleza, fascinación, amabilidad. De la misma raíz que kharis (gracia) deriva la palabra caritas y en francés charité.

Sin embargo, éste no es el único significado de la palabra gracia. Cuando decimos de un condenado a muerte que obtuvo la gracia ¿intentamos decir quizás que obtuvo la belleza, la fascinación? ¡No! ciertamente, intentamos decir que consiguió el perdón, el favor, la remisión de su pena. En efecto, éste es el significado primordial de gracia: favor no merecido, inmerecido.

También en el lenguaje de la Biblia se nombra el mismo doble significado. “Doy mi gracia a quien quiero -dice Dios- y me compadezco de quien quiero” (Éxodo, 32) . “Has hallado gracia a mis ojos”, le dice Dios a Moisés, exactamente como el Ángel le dice a María, que ha encontrado gracia junto a Dios. Y gracia indica aquí, una vez más, favor, agrado, misericordia. ¡Es claro!

Al lado de este significado principal, que es el perdón, el favor, la misericordia de Dios, se aclara en la Biblia también el otro significado que hemos mencionado, en el cual gracia implica una calidad inherente a la criatura, a veces vista como un efecto del favor divino, y que la vuelve bella, encantadora y amable. Así, por ejemplo, se habla en la Biblia de la gracia que  fluye sobre los labios del esposo leal y más bello entre los hijos de los hombres, y de una buena esposa se dice en Los Proverbios “que tiene la amabilidad de la sierva y la gracia de una gacela” (“Gracia”, ahí la palabra “gracia”).

Si ahora volvemos a María, notamos que en el saludo del ángel se reflejan los dos significados de gracia que hemos destacado. María encontró gracia, es decir, favor, cerca de Dios. Ella es reina del favor de Dios. ¿Qué es la gracia que encontraron a los ojos de Dios los patriarcas, los profetas, en comparación con la que encontró María? ¿Con quién el Señor ha permanecido más que con ella?

En ella Dios no estuvo sólo por poder o por providencia, sino también en persona, por presencia. No es entonces una presencia intencional, sino real. Dios no dio a María sólo su favor, sino que se ha dado él mismo por completo en su Hijo. “El Señor está contigo”,  esta frase dicha sobre María tiene un significado distinto que en cualquier otro. El Señor está contigo no sólo intencionalmente, con su amor lejano, sino que está contigo en tu seno.

En consecuencia, María es llena de gracia también en el otro significado, es decir, es bella. Una clase de belleza que llamamos santidad. “Toda pulcra”, dice la liturgia de la Iglesia, toda bella. Porque está llena del favor divino María es también hermosa. Esta gracia consistente en la santidad de María tiene también una característica que la pone por encima de la gracia de toda otra persona, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento.

Es una gracia no contaminada. Hay una diferencia -decía un poeta francés- entre un papel blanco y un papel que ha sido blanqueado. Un papel que ha sido blanqueado no será jamás como un papel blanco. Y María es más importante. La Iglesia latina ha expresado este sentido con el título de “Inmaculada” y la Iglesia ortodoxa con el título de “panaguía“, que significa toda santa. Uno lo explica en sentido negativo: la ausencia de pecado; y el otro positivamente: la presencia de todas las virtudes.

Sin embargo, no quisiera detenerme demasiado sobre este significado secundario y derivado que es el sentido de belleza, que constituye el así llamado “atuendo de gracia de María”. También la predicación sobre la gracia, por cierto, tiene necesidad de una renovación en el Espíritu.

Y esta renovación consiste en volver a poner siempre de nuevo en primer plano el significado primordial de gracia. Aquel que vuelve a mirar a Dios antes que la criatura, al autor de la gracia antes que al destinatario de la gracia. Consiste en restituir a Dios su poder. Desde mi primer contacto con la Renovación Carismática ésta fue una definición que me impresionó mucho. La Renovación Carismática es restituir el poder de Dios.

Es fácil, hablando del título “Llena de gracia” dado por el ángel a María, caer en el equívoco de insistir más en la gracia de María que en la gracia de Dios. “Llena de gracia” ha sido el punto de partida privilegiado que constituyó la base sobre la que se definieron los dogmas de la Inmaculada Concepción, de la Asunción y casi todas las otras prerrogativas de María. Todo esto constituye un progreso para la fe, sin duda.

Sin embargo, una vez que esto está seguro, es necesario regresar rápidamente al significado primario de la palabra gracia. El que habla más de Dios que de María, más de aquel que da la gracia que de aquella que la recibe. Porque esto es lo que María misma desea de los creyentes, de nosotros. Sin este llamado de atención, gracia puede terminar indicando su significado contrario. Es decir, es mérito.

Gracia, dicha de Dios, de la cual María ha estado colmada, es también una gracia de Cristo (gratia Christi). Es la gracia de Dios dada en Cristo Jesús. Así la describe San Pablo en la Primera Carta a los Corintios, 4, es decir, el favor y la salvación que Dios concede ahora a los hombres a causa de la muerte redentora de Cristo. Su gracia (la gracia de María) es gracia de la nueva alianza.

María, ha declarado la Iglesia al definir el dogma de la Inmaculada Concepción, ha sido preservada del pecado en previsión de los méritos de Jesucristo Salvador. En este sentido, ella  es verdaderamente, como la llama Dante Alighieri, nuestro poeta italiano, es “Hija de su Hijo”.

En María contemplamos la novedad de la nueva alianza respecto de la antigua alianza. En ella se ha dado un salto cualitativo. “¿Qué novedad trajo el Hijo de Dios viniendo al mundo?” se preguntaban algunos en tiempo de San Ireneo, y San Ireneo respondía diciendo: “Trajo toda clase  de novedad trayéndose a sí mismo”.

La gracia de Dios ya no consiste en cualquier don de Dios sino el don de él mismo, de sí mismo. No consiste en cualquier favor suyo, sino en su presencia. Esto es la novedad de la gracia de Cristo en relación al sentido general del Antiguo Testamento del favor divino. Ahora la gracia para nosotros es siempre gracia de Dios en Cristo Jesús. Es la gracia  del agua que brota del monte Calvario.

La primera cosa que debe hacer, en respuesta a la gracia de Dios, la criatura -según San Pablo nos enseña- es dar gracias. Dice en la Primera Carta a los Corintios “siempre doy gracias a Dios por vosotros, por la gracia que Dios os ha concedido en Cristo Jesús”. En esta frase está todo. La gracia de Dios es la causa y el dar gracias es el efecto. “Siempre doy gracias a Dios por vosotros por la gracia que Dios os ha concedido en Cristo Jesús”.

A la gracia de Dios siempre debe seguir el “gracias” del hombre. Dar gracias no significa restituir el favor o dar una retribución. ¿Quién podría dar a Dios la retribución de algo? Agradecer significa sobre todo reconocer la gracia. Aceptar su gratuidad. ¡Y no es tan fácil! Porque nosotros queremos ser siempre acreedores de Dios y no deudores. No querer librarse ni pagar a Dios el rescate.

Por eso este es un comportamiento religioso fundamental: dar gracias. Agradecer significa aceptarse con Dios como dependientes, dejar que Dios sea Dios y acercarse gozosamente. No como quien se somete con tristeza. Es un reconocimiento gozoso.

Eso es lo que María hizo con el Magnificat. “Proclama mi alma la grandeza del Señor porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí”. Él ha hecho obras grandes por mí. La lengua hebraica no conoce una palabra especial que signifique agradecimiento. Cuando quiere agradecer a Dios, el hombre bíblico comienza a alabar, exaltar, proclamar sus maravillas con gran entusiasmo.

Por esto quizá en el Magnificat no encontramos la palabra agradecer, sino que encontramos las palabras proclamar, exultar. Exulta en el Señor. Si no existe la palabra, no obstante existe el sentimiento correspondiente en la Biblia. María restituye de verdad a Dios su poder. Concentra en la gracia toda su gratuidad. Ella atribuye a la gracia de Dios, es decir, a la gracia, las cosas que le están sucediendo y no se atribuye ningún mérito.

“Ha mirado a la pequeñez de su sierva”. No se debería traducir “Ha mirado a la humildad de su sierva”. Humildad puede significar la virtud de la humildad. Tenemos que tener cuidado, porque hay un peligro si entendemos que María no atribuye nada a la acción del Señor, sino a su virtud de humildad.

Hubo alguien,  un santo, que dicen que dijo este error: ”Mirad la importancia de la humildad, María no se gloría de ninguna virtud sino de su humildad”. ¡Y así ha destruido la humildad de María! ¿No les parece? Si María atribuyese a su humildad, la elección de Dios, habría destruido la humildad. Tenemos que conocer que la palabra tapeinós, que es la palabra griega que está detrás de ésta, puede significar pequeñez objetiva y puede significar el sentido que yo tengo, el reconocimiento de mi propia pequeñez.

En este segundo significado subjetivo es la virtud de la humildad, pero en el significado objetivo significa la pequeñez objetiva. Entonces, María usa la palabra en el sentido objetivo. Dice: “ha mirado la nada de su sierva, la nada que soy yo frente a Dios”. ¡Claro! ¡Claro! Entonces, tenemos que tener cuidado de no atribuir a María la presunción de ser humilde, porque la humildad tiene un estatuto especial: la poseen los que no creen poseerla y no la poseen quienes creen poseerla.

Sin embargo, ha llegado el momento de recordarnos que María es figura y espejo de la Iglesia. ¿Qué significa para la Iglesia y para cada uno de nosotros el hecho de que la historia de María comience con la palabra “gracia”? Significa que también para nosotros, al comienzo de todo, está la gracia. La elección libre y gratuita de Dios, su favor inexplicable. Su venir al encuentro con nosotros en Cristo y donarse a nosotros por puro amor.

Significa que la gracia es el primer principio del cristianismo. También la Iglesia tuvo su Anunciación. Y ¿cuál es el saludo que le dirige el mensajero divino a la Iglesia? Escuchad por ejemplo el saludo que San Pablo dirige a la Iglesia: Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro y del Señor Jesucristo”, así comienzan casi invariablemente las Cartas de los Apóstoles.

Veamos uno de estos anuncios directamente, para saborearle toda la fuerza y la dulzura. Se trata de la Primera Carta a los Corintios, capítulo primero, versículo del 1 al 7: “Pablo, llamado por voluntad de Dios a ser apóstol de Cristo Jesús y Sóstenes, el hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto: a los santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos, con cuantos, en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro y de ellos. Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro y del Señor Jesucristo.

Doy gracias a Dios sin cesar por vosotros, por la gracia que Dios os ha otorgado por medio de Cristo Jesús. Y es que por medio de él habéis recibido todas las riquezas, las de la palabra y las del conocimiento, en la medida en que se ha consolidado entre vosotros el testimonio de Cristo. Así, ya no os falta ningún don espiritual a los que esperáis la Revelación de nuestro Señor Jesucristo”.

La gracia y la paz no son solamente así un augurio, sino también una noticia. El verbo entendido no es “sea” sino “es”, “está”, “hay“gracias por vosotros. “Os anunciamos que estáis en la gracia, es decir, en el favor de Dios, a través de Cristo”.

Sobre todo, Pablo no se cansa nunca de anunciar a los creyentes la gracia de Dios y de suscitarles el sentimiento vivo de la gracia de Dios. Que no es una idea. La Renovación Carismática tendría que ayudarnos a cambiar las ideas en experiencias, pasar de las cabeza al corazón. También la palabra gracia tiene que decir algo aquí, en el corazón; no solamente en la cabeza.

San Pablo se considera él, el apóstol de la gracia de Dios, elegido para anunciar la buena noticia de la gracia de Dios. Esto se lee en un discurso de Pablo en los Hechos de los Apóstoles: Gracia es la palabra que resume por sí sola todo el anuncio cristiano y todo el Evangelio que es definido, de hecho, como el Evangelio de la gracia de Dios. De nuevo en los Hechos de los Apóstoles, capítulo 14, versículo 3.

Para descubrir la carta de novedad y de consolación contenida en este anuncio, hermanos y hermanas, sería necesario volver a hacer una escucha similar a la que los primeros destinatarios del Evangelio tuvieron. Su época, esta época a comienzos del cristianismo, ha sido definida como una época de angustia. El hombre pagano buscaba desesperadamente un camino de salida del sentido de condena y de lejanía de Dios en el que se debatía; de un modo considerado como una prisión. Y  lo buscaba en los más diversos cultos y en las más diversas filosofías.

Pensemos para hacernos una idea en un condenado a muerte que durante años vive en una incertidumbre opresiva, que se sacude de miedo por cada ruido de pasos que oye fuera de la celda. ¿Qué produce en su corazón la llegada imprevista de una persona amiga que, de lejos, agitando una hoja de papel, le grita: ”¡Gracia! ¡Gracia!, ¡has conseguido la gracia, la amnistía!”? De golpe, nace en él un sentimiento nuevo. El mundo mismo cambia su aspecto y él se siente una criatura renacida.

Un efecto similar debían producir en quienes lo escucharon las palabras del apóstol al comienzo del capítulo 8 de la Carta a los Romanos: “No hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús, porque la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús te ha liberado de la ley, de la muerte y del pecado”.

Este es un kerigma magnífico. ¿Queréis ayudarme a hacerlo resonar en esta sala? Entonces, repetid después de mí: “No hay ninguna condenación, para los que están en Cristo Jesús, porque la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús, te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte” (Aplausos…).

Y tendríamos que hacer resonar estas palabras porque también hoy, el hombre, en el mundo de hoy, con toda su tecnología, vive un tiempo de angustia… de angustia. Hay personas que se sienten rechazadas, condenadas. No solamente por los hombres, sino por Dios también. A estos también tendríamos que llevar esta buena nueva: “No hay ninguna condenación; si te condenan los hombres, Dios te absuelve por Cristo Jesús” (Aplausos…).

Tanto para la Iglesia como para María, la gracia debe ser el núcleo profundo de su realidad y la raíz de su existencia. Como ya hemos recordado, por la gracia María es lo que es. También ella tiene que repetir con San Pablo: Por gracia de Dios soy lo que soy. Esto también es válido en el plano sobrenatural para la Iglesia. La salvación en su raíz es gracia, no es resultado del querer del hombre. Porque vosotros habéis sido salvados por la fe, no por mérito propio, sino por la gracia de Dios (Efesios 2, 8).

Por lo tanto, antes del mandamiento, en la fe cristiana, viene el don. Y es el don el que genera el deber y no viceversa. No es la ley la que genera la gracia, sino que es la gracia la que genera la ley. La gracia, de hecho, es ley nueva del cristiano, la ley del Espíritu.

Por lo tanto, María recuerda el programa a la Iglesia sobre todo esto: Que todo es gracia. La gracia es el distintivo del cristianismo, en el sentido que se distingue de toda otra religión por la gracia. Desde el punto de vista de las doctrinas las morales y de los dogmas y de las obras buenas, puede haber semejanzas y equivalencias al menos parciales en las obras de algunos seguidores de otras religiones, sus obras pueden ser y son incluso y son mejor que las obras de muchos cristianos.

Pero es la gracia de Dios la diferencia. Y repito, en la gracia está lo único, la prerrogativa del cristianismo que lo distingue de toda otra religión y filosofía religiosa. No se habla de superioridad sino de diferencia. En cada religión el esquema es: se tiene que hacer algo para alcanzar el premio. Pueden ser especulaciones intelectuales, pueden ser renuncias ascéticas… pero el esquema siempre es lo mismo. Para alcanzar el objetivo (que puede ser paraíso, el nirvana…) se tiene que seguir un camino.

El cristianismo no comienza diciendo a los hombres lo que tienen que hacer para ser salvados; comienza diciendo lo que Dios ha hecho para salvarles. Es decir, el cristianismo comienza con el don, la gracia. Los diez mandamientos, los preceptos del Evangelio… todo eso está en segundo nivel. El primer nivel es la gracia, el don de Dios, de quien desciende el deber.

Si esto hubiera estado claro no habría existido la reforma protestante. Pero desgraciadamente se había olvidado precisamente esto, que no se llega a la fe a través de las virtudes. Lo decía San Gregorio Magno: No se llega a la fe a través de las virtudes, sino que se llega a las virtudes a través de la fe. Y ahora, gracias a Dios, estamos recobrando la unidad en esto. Será el tema de mi última charla a la Casa Pontificia este año. Cómo ahora, anunciar juntos, católicos y protestantes, este gran mensaje de la gracia de Dios, de la salvación gratuita. De quien descienden las obras.

Si hubo un error (como a veces, muchas veces, estoy invitado a hablar a mis hermanos protestantes, les digo) el error más fuerte durante la Reforma no fue que se cortó la Carta a los Romanos de todo el resto del Nuevo Testamento, haciendo de ella un canon en el canon. El error mayor fue recortar la primera parte de la carta a los Romanos de la segunda, porque si se leen juntas se ve que hay lugar para la fe, primero está la fe, lo que Cristo ha hecho, y la fe en Cristo que nos salva, y después a partir del capítulo 12 se comienza a hablar de las virtudes, de los frutos del Espíritu que tienen que seguir; de otra manera, la vida que se ha recibido se pierde.

Es lo que pasa también en la vida del hombre: el niño, la criatura ¿puede hacer algo para ser concebido en el seno de su madre? Me parece que no. Necesita el amor, al menos hasta ahora, necesita el amor de un hombre y una mujer. El niño no puede hacer nada para ser concebido, pero una vez que ha nacido, tiene que poner en obra sus pulmones y respirar; de otra manera muere. En la Carta de Santiago dice esto: la fe sin las obras está muerta. Y la fe sin las obras muere.

La más grande herejía del hombre moderno es pensar que puede prescindir de la gracia de Dios. En la cultura tecnológica en la que vivimos asistimos a una eliminación de la misma idea de gracia. Es el pelagianismo radical de la mentalidad moderna. ¿Sabéis qué es el pelagianismo? Una herejía contra la que luchó San Agustín que dice que el hombre con su buena voluntad, no por la voluntad de Dios, por la ley puede salvarse por sí mismo, por sus obras.

Es como decir que la gracia de Dios, la muerte de Cristo es algo opcional, algo que se añade, pero que no es indispensable. Se cree hoy que basta ayudar al paciente a conocer a la luz de la razón sus neurosis o sus complejos de Edipo para que esté curado, sin necesidad de una gracia de lo alto que lo cure. El caso típico de esto es el psicoanálisis. Pero no todo el psicoanálisis, sino el psicoanálisis que sale de una premonición materialista y que, desde el inicio, da por supuesto que no hay nada de espiritual en el hombre.

Si la gracia es lo que da valor al hombre, lo que lo eleva por encima del tiempo, de la corrupción, de la mortalidad… ¿qué es un hombre sin gracia o que rechaza la gracia? Es un hombre, una mujer, vacío, vacía. En el sentido fuerte de esta palabra. Vacío. El hombre moderno está justamente impresionado por las diferencias llamativas existentes entre los ricos y pobres, entre los saciados y los hambrientos. No obstante, no se preocupa por una diferencia infinitamente más dramática: la diferencia entre quienes viven en gracia de Dios y quienes viven sin gracia de Dios.

Pascal formuló el principio de los tres órdenes o niveles de grandezas que hay entre los hombres. Dice: hay tres niveles de grandeza. Hay primero el primer nivel de los cuerpos, la grandeza material, y en este nivel son grandes y excelentes los que tienen muchos bienes, los ricos, los que son muy hermosos, los “stars”,  los atletas que tienen una fuerza. No se deben despreciar estos bienes o valores que si están bien usados, vienen de Dios, pero están en un primer nivel.

Sobre esto, infinitamente más superior -dice Pascal- está el nivel del ingenio, de la inteligencia, del espíritu; y en este nivel son grandes los poetas, los artistas, los escritores, los científicos… todos los que han enriquecido la humanidad con obras de ingenio. Y en general la humanidad se para aquí. No conoce nada más que estas dos grandezas. Y Pascal dice ¡No!, ¡hay un tercer orden de grandeza, infinitamente más bello y superior que el segundo! y es el de la gracia, de la santidad, porque ésta es una grandeza eterna.

Es una grandeza que depende de nosotros. Porque no depende de nosotros el nacer ricos o pobres, hermosos o bellos… No depende de nosotros esto, ¿eh? Lo que depende de nosotros es ser buenas personas o malas personas, ser buenos o malos, santos o pecadores. Por esto esta grandeza realiza lo que hay de más precioso y noble en la criatura, es la grandeza máxima. La morada más alta, que diría Santa Teresa de Ávila.

El primer plano son los estados, las moradas. Aquí hay una morada noble. Y en este nivel, por supuesto, la cumbre es Jesús, el Santo de Dios, la fuente de santidad. ¡Me encanta este título de Jesús! Que fue el que le dio a Jesús, una vez, San Pedro: “¡a quién iremos Señor, tú solo tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos conocido y creído que tú eres el Santo de Dios.” Jesús es la santidad misma de Dios.

Después de Jesús, y en dependencia, María, la santa, y después los santos y después todos nosotros… Y por esto, recobrar el sentido de la gracia es vibrar. Sería una ganancia enorme si este día sirviera para tomar conciencia de este tesoro que tenemos en nosotros. Sería un día bien empleado.

Este redescubrimiento de la gracia, en el cual María nos está mirando, cambia el modo de considerar nuestra vida. Contiene un llamado personal y urgente a la conversión. Para muchas personas todo el problema de Dios se reduce a la pregunta si existe o no un más allá, algo después de la muerte o si existe un Creador. Todo lo que le impide romper del todo la comunión con la Iglesia y con la fe es la siguiente duda ¿y si existe algo después de la muerte?

En consecuencia, se cree que el alcance principal de la Iglesia es el de conducir a los hombres al Cielo; a encontrar a Dios, pero sólo después de la muerte. En las confrontaciones de este tipo de fe tiene un éxito fácil la crítica de aquellos que ven en el más allá, un paraíso, un escape, una proyección ilusoria de los deseos no satisfechos en la Tierra. Sin embargo, esta crítica tiene poco que hacer con las confrontaciones de la predicación genuina de la gracia, que no es sólo esperanza sino también experiencia y presencia de Dios, aquí y hoy.

La doctrina de la gracia es la única capaz de cambiar esta triste situación de la gente para quien la fe es simplemente creer que hay algo después de la muerte. “La gracia -dice un conocido principio teológico escolástico- es el inicio de la gloria”. ¿Recordáis en este dicho un principio de Santo Tomás de Aquino? La gracia es el principio de la gloria, es el inicio, no sólo la esperanza de la gloria; es el comienzo.

Esto quiere decir que la gracia hace ya presente de algún modo la vida eterna. Se nos hace ver y gustar a Dios hasta el final de esta vida. Es verdad que con esta esperanza nos han salvado, dice Pablo: “En la esperanza, estamos salvados.” Pero esto no significa que esperamos simplemente ser salvados un día. Significa que ya ahora, en la esperanza, experimentamos la salvación.

La esperanza cristiana no es el dirigir el alma a cualquier cosa que pudiera ocurrir. Esa es la esperanza entre los hombres, en sentido ordinario significa esto: el sentido que algo ocurra o el deseo de que algo pase. La esperanza cristiana no es simplemente el deseo que algún día pase algo para mí. De algún modo es ya una certeza, una posesión. Quien tiene la promesa del Espíritu posee la esperanza de la Resurrección. Tiene ya como regalo lo que espera. Este es un dicho de un padre de la Iglesia.

Aquí está uno de los acontecimientos más preciosos que la Renovación Carismática ha llevado a la vida cristiana: tener una experiencia, no sólo una idea del Espíritu de  Dios. ¿No os parece? Es un don que hemos recibido, no es nuestro, pero tenemos que tenerlo vivo y en la Iglesia difundirlo. La vida cristiana es tener una experiencia, no sólo una doctrina sobre el Espíritu Santo, aunque aquí no se necesita insistir en esto, porque ya veo, por la alabanza que aquí hay una experiencia.

La gracia es presencia de Dios. Las dos expresiones dirigidas a María: Llena de gracia y el Señor está contigo, son casi la misma cosa. Esta presencia de Dios en el hombre se realiza en Cristo y por Cristo. La vida cristiana bajo esta perspectiva encuentra una analogía y un símbolo en lo que era el compromiso en los hebreos, es decir, la situación de María en el momento de la Concepción.

La situación de María y José en el momento de la Anunciación es un símbolo, una parábola. Ella era ya esposa de José a título pleno. Ninguno podría rescindir el pacto nupcial y separarla de su esposo. Sin embargo, todavía no había ido María a vivir con él.

Así es el tiempo de la gracia respecto al tiempo de la gloria y de la fe. Respecto al tiempo de la visión. Somos ya de Dios y de Cristo y ninguno puede cortarnos de él, sino nosotros; aunque no hemos ido todavía a estar permanentemente con él.

¿Veis la analogía? Sabéis que en tiempo de María hasta un año después de las nupcias, de la boda, no vivían juntos. Así es nuestra vida, parecida a este tiempo hay entre el desposorio, las nupcias, y estar con el Esposo, vivir junto a él, y consumar el matrimonio.

Decía que el descubrimiento de la gracia contiene también una llamada a la conversión. De hecho, frente a ello urge rápidamente el interrogante ¿qué hice yo con la gracia de Dios? ¿qué estoy haciendo con la gracia de Dios? San Pablo amonestaba: “Como colaboradores de Dios os exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios” (2ª Corintios 6, 1)

Se puede, de hecho, recibir en vano la gracia de Dios, es decir, dejarla caer en el vacío. El lenguaje cristiano ha acuñado la expresión desperdiciar la gracia. Esto sucede cuando no se corresponde a la gracia. Cuando no se cultiva la gracia. De modo que ella pueda producir sus frutos, que son los frutos del Espíritu. Cuando el Apóstol dice: “¿O desprecias tal vez sus tesoros de bondad, paciencia y tolerancia sin reconocer que esa bondad te impulsa al arrepentimiento?” (Romanos 2, 4).

También en la época del Apóstol había algunas personas que creían que podían vivir al mismo tiempo en gracia y en el pecado. A ellos les responde: “¿Qué diremos, entonces, que tenemos que seguir pecando para que abunde la gracia? ¡Ni pensarlo!”, y todavía dice Pablo: “¿Vamos a pecar porque no estamos sometidos a la ley, sino bajo la gracia? De ningún modo” (Romanos 6). Es absurdo.

Es decir, es una monstruosidad, porque esto significa responder a la gracia con la ingratitud. Significa querer que la vida y la muerte estén juntas. Concretamente, esto significa que no se puede vivir una vida en el Espíritu permaneciendo voluntariamente, sin darse mucha preocupación, en el pecado. El caso extremo de este recibir en vano la gracia consiste en perderla, en vivir del pecado, es decir, en la des-gracia de Dios. Esto es terrible, porque es presagio de muerte eterna.

Si de hecho la gracia de Dios es el inicio de la gloria, la des-gracia de Dios es el inicio de la condenación, el infierno. Vivir en desgracia de Dios es vivir ya como un condenado. Es vivir ya la pena del daño aún si todavía no se es capaz de ver y experimentar de qué daño irreparable se trata. Vivir culpablemente sin gracia de Dios es estar muerto. Muerto de la segunda muerte.

Hermanos y hermanas ¡cuántos cadáveres circulan por nuestras calles y por nuestras plazas! A veces dan la imagen misma de (…?) y por el contrario, están muertos.

Un ateo muy conocido, Sartre, a quien un día se le preguntó en una entrevista: ¿Cómo te has sentido en el fondo de la conciencia y qué sensación has tenido llegado al final de tu vida?, y él respondió: “Viví toda la vida con la extraña sensación de aquel que viaja sin pasaje”.

No sé qué intentó decir exactamente, pero es cierto que su respuesta es verdadera. Vivir sin Dios, rechazando su gracia, es como viajar por la vida sin pasaje, con el peligro de ser sorprendido de un momento a otro y obligado a descender. Las palabras de Jesús sobre el hombre encontrado en la sala del banquete sin la vestidura apropiada que es atado de pies y manos y es tirado fuera, hace pensar lo mismo.

Llegamos al final, para vuestra consolación. El anuncio de la gracia contiene también una carga de consuelo y de coraje. Debemos tomar no solamente este llamado a la conversión. El ángel invita a María a alegrarse a causa de la gracia y a no tener miedo a causa de la misma gracia. Y nosotros también estamos invitados a hacer lo mismo. Si María es figura de la Iglesia, entonces es a cada uno y a cada una de nosotros, que se dirige también la invitación: “Alégrate, lleno o llena de gracia. No temas porque has encontrado la gracia”.

La gracia es la razón principal de nuestra alegría. En la letra griega en la que se escribió el Nuevo Testamento, al comienzo de las dos palabras la gracia y la alegría –caris y chara- casi se confunden. La gracia es lo que da alegría. Caris genera la chara. Alegrarse por la gracia significa deleitarse en el Señor y nada absolutamente anteponer al favor y a la amistad de Dios.

La gracia es también la razón fundamental de nuestro coraje. A San Pablo, que se lamentaba por la espina en la carne ¿qué le respondió Dios?: “Te basta mi gracia.” Repitámonos  esto todos ahora, también cuando estamos a punto de enfadarnos con Dios: “Te basta mi gracia”. Repitámoslo también para Raniero: a pesar de tus ochenta y tres años y de tu debilidad, “Te basta mi gracia”.

La gracia de Dios no es como la de los hombres, que con frecuencia decepciona. Dios es al mismo tiempo gracia y fidelidad. Su fidelidad dura por siempre, dice el Salmo. Todos nos pueden abandonar, incluso el padre y la madre -dice un salmo- pero Dios nos acoge siempre. Por eso podemos decir: la bondad y el amor me escoltan todos los días de mi vida. Es necesario hacer todo lo posible para renovar cada día el contacto con la gracia de Dios que está en nosotros. Tomar conciencia de la gracia.

No se trata de entrar en contacto con una cosa o con una idea, sino con una persona. De nuevo, de la gracia, hemos visto, que no es otra cosa que Cristo en nosotros esperanza de la gloria. Ahora gracia es una persona. Es la presencia de Cristo en nosotros. Por la gracia nosotros podemos tener hasta el fin de esta vida un cierto contacto espiritual con Dios, bastante más real que aquel que se pueda tener a través de la especulación sobre Dios.

Cada uno tiene su medio y su recurso preferido para establecer este contacto con la gracia. Como una especie de camino secreto, conocido sólo por él. Será un pensamiento, un recuerdo, una imagen interior (a veces el Señor habla a través de una imagen, sí), una palabra de Dios, un ejemplo recibido. Pensando de nuevo en esto se toma contacto con la gracia.

¿Cuál es el ejercicio para hacer ahora? Es un ejercicio de fe y gratitud y de absoluto. Debemos creer en la gracia, creer que Dios nos ama y que nos es verdaderamente favorable. Escuchar como dichas para cada uno de nosotros las palabras pronunciadas por Dios por medio del profeta: “Tú, Israel, (en lugar de Israel cada uno puede poner su nombre) siervo mío, Jacob mi elegido, a quien tomé, no temas que yo estoy contigo. No te angusties que yo soy tu Dios”.

Hemos escuchado cuál es el primer deber, la primera necesidad que nace de recibir la gracia. Es el de dar gracias, bendecir, exaltar a quien da la gracia. Decimos por lo tanto, también nosotros con los santos: “Qué bien inapreciable es tu gracia. ¿Queréis probar a decirlo ahora juntos?: “Tu gracia vale más que la vida”.

Son muchísimas, hermanos y hermanas, las ciudades y las catedrales y los santuarios en la cristiandad  (al menos en Italia), donde se venera a la Virgen con el título de “Santa María de las gracias”. Es uno de los títulos más queridos para el pueblo cristiano que acude en ciertas ocasiones delante de la imagen de la Virgen que así la representa, como Santa María de las Gracias.

¿Por qué no dar un paso adelante y descubrir un título todavía más bello, todavía más necesario?: “Santa María de la Gracia”, en singular. ¿Por qué, antes de pedir a la Virgen obtenernos las gracias, no pedimos obtener la gracia? Las gracias que se piden a la Virgen y por las cuales se encienden velas y se hacen exvotos y novenas, son en general gracias materiales, para esta vida, buenas ¿verdad?, para esta vida. Son las cosas que Dios da en exceso a quien busca primero el Reino de Dios, es decir, la gracia.

¡Qué alegría damos en el Cielo a María y qué progreso realizamos en su culto si, sin despreciar el título Santa María de las Gracias, no nos ponemos a auparla, a invocarla, como nos la ha revelado la Palabra de Dios, es decir, como “Santa María de la Gracia”! Amén.

Transcrita por Chus Villarroel, op.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: