Maná y Vivencias Cuaresmales (46), 15.4.17 – Sábado Santo, Triduo Pascual

Sábado Santo

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María, la nueva Eva, la Madre de los que viven

María, la nueva Eva, la Madre de los que viven

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AMBIENTACIÓN.- Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando, consternada, su pasión y muerte.

En este acto de piedad y santo temor de Dios, la Madre Iglesia vuelve los ojos a María, la Mujer creyente y hoy la Madre Dolorosa.

Como siempre la Mujer Fuerte nos enseña muchas cosas con el recogimiento adolorido y la soledad serena de la Madre más tierna.

María, la mujer curtida en el dolor y sostenida por el Espíritu del Amor y del Perdón, hoy sábado santo, se constituye en modelo y promotora de la cultura del encuentro y de la reconciliación.

¿Por qué? Pues porque hoy la Iglesia permanece boquiabierta contemplando, en el cuerpo muerto de Jesús y en la rigidez y frialdad del sepulcro de Jesús, las consecuencias fatales y dolorosas del enfrentamiento entre los hombres: La división, las rencillas, el odio, la crueldad, la lucha por la supervivencia, las venganzas, la soberbia y la tiranía, la insaciable hambre de poder…

Hoy los hombres experimentan cada vez con más fuerza el deseo de una pacificación de la humanidad: Ya basta de enfrentamientos, guerras, luchas, venganzas… con la lógica de que “tú debes morir para que yo viva, tú debes permanecer sometido para que yo esté por encima de ti, tú debes caer para que yo sobresalga…”

María resplandece como la posibilitadora de la reconciliación. Ya basta de una cultura hecha por el “varón” fuerte con la necesaria exclusión de la “mujer” débil. Una forma de sentir y de actuar basada en la ley de la supervivencia, de la lucha y de la ley del más fuerte. En una palabra: cultura del desencuentro.

Hoy la Iglesia contempla a María para aprender a fomentar la cultura del encuentro del mundo de Dios y del mundo de los hombres, el encuentro entre los hombres que se sienten hermanos: Una Iglesia del encuentro, de la reconciliación, de la compasión, de la ternura, de la sinceridad con uno mismo y del reconocimiento de la verdadera grandeza del hombre que se arrodilla ante Dios y tiende la mano al hermano.

Santa María, Madre de Dios y de los hombres, abrázanos para que podamos abrazar. Amén.


Nuestra fe católica nos invita a reflexionar sobre aquel “descenso a los infiernos”, al lugar de los muertos, que confesamos en el Credo.

Ese descenso, por una parte, prolonga la humillación de la cruz, y, por otra, manifiesta claramente el realismo de la muerte de Jesús, cuya alma conoció en verdad la separación del cuerpo, para entendernos, y se unió a las restantes almas de los justos.

Pero el descenso al reino de la muerte es también el primer movimiento de la victoria de Cristo sobre la misma, como lo expresa magníficamente un autor desconocido de los primeros tiempos de la Iglesia, en la lectura elegida para este día en la Liturgia de las Horas.

Hoy no se celebra el sacrificio de la Misa ni se recibe la comunión, a no ser en caso de viático, aunque se reza la Liturgia de las Horas. El altar permanece, por todo ello, desnudo, hasta que, después de la solemne Vigilia o expectación nocturna de la resurrección, se inauguren los gozos de la Pascua, cuya exuberancia inundará los cincuenta días pascuales.


DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS

En la profesión de la fe afirmamos que Jesús crucificado, muerto y sepultado “descendió a los infiernos”. Y en esta frase se encuentra una enseñanza importante. “Los Infiernos” a que se refiere el Credo no representan el lugar de los condenados, sino el lugar de los muertos.

En efecto, los judíos del Antiguo Testamento creían que todo aquel que moría iba a un lugar de oscuridad, silencio e incertidumbre. Por eso, Jesús, muerto en la cruz, también va a este lugar de oscuridad. Con esto se enseña que la muerte de Jesús es una muerte real y verdadera, como la de todo ser humano.

Pero esa afirmación fundamental de la muerte real y humana de Jesús, muy pronto dio pie, en la reflexión cristiana, a una nueva afirmación: Jesús, solidario en la muerte con todos los hombres, se encuentra, en el lugar de los muertos, con toda la humanidad que espera. Allí la toma de la mano y la conduce a la vida definitiva.

Por tanto, hermano, hermana, te invito a leer y saborear esta lectura patrística del descenso del Señor a los infiernos para liberar a los justos que esperaban la victoria de su Resurrección.

Jesús desciende a los infiernos y toma de la mano a Adán y se lo lleva con él: “porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona”.

Adán y Eva. Es decir, toda la humanidad. Todos los hombres que no se nieguen a tomar la mano de Jesús, que no se nieguen a prenderse de la mano del Resucitado, primicia de los que duermen, y que serán despertados a una resurrección gloriosa. Todos ellos serán llevados por Cristo como trofeo de victoria a la presencia del Padre Celestial.

Ora, medita, estimado hermano, apreciada hermana, y aprende a poblar tu vida de la presencia de Dios. Precisamente tú, que vives en una sociedad ruidosa, extrovertida y superficial. El silencio del sábado santo junto al sepulcro: todo un signo profético para nuestro tiempo.

De una homilía antigua sobre el grande y santo Sábado
El descenso del Señor al abismo

¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra está temerosa y sobrecogida porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo.

Va a buscar a nuestro primer padre como si éste fuera la oveja perdida. Quiere visitar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. Él, que es al mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de sus prisiones y de sus dolores a Adán y a Eva.

El Señor, teniendo en sus manos las armas vencedoras de la cruz, se acerca a ellos. Al verlo, nuestro primer padre Adán, asombrado por tan gran acontecimiento, exclama y dice a todos: “Mi Señor esté con todos”. Y Cristo, respondiendo, dice a Adán: “Y con tu espíritu”.

Y, tomándolo por la mano, lo levanta, diciéndole: “Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz. Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo; y ahora te digo que tengo el poder de anunciar a los que están encadenados: “Salid”, y a los que se encuentran en las tinieblas: “Iluminaos”, y a los que duermen: “Levantaos”.

A ti te mando: Despierta tú que duermes, porque no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo; levántate de entre los muertos, pues yo soy la vida de los muertos. Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate, salgamos de aquí, porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona.

Por ti, yo, tu Dios, me he hecho tu hijo; por ti, yo, tu Señor, he revestido tu condición servil; por ti, yo, que estoy sobre los cielos, he venido a la tierra y he bajado al abismo; por ti, me he hecho hombre, semejante a un inválido que tiene su cama entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto, he sido entregado a los Judíos en el huerto, y en el huerto he sido crucificado.

Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar, de acuerdo con mi imagen, tu imagen deformada; contempla los azotes en mis espaldas, que he aceptado para aliviarte del peso de los pecados, que habían sido cargados sobre tu espalda; contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero, pues los he aceptado por ti, que maliciosamente extendiste una mano al árbol prohibido.

Dormí en la cruz y la lanza atravesó mi costado, por ti, que en el paraíso dormiste, y de tu costado diste origen a Eva. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te saca del sueño del abismo. Mi lanza eliminó aquella espada que te amenazaba en el paraíso.

Levántate, salgamos de aquí. El enemigo te sacó del paraíso; yo te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celeste. Te prohibí comer del árbol de la vida, que no era sino imagen del verdadero árbol; yo soy el verdadero árbol, yo, que soy la vida y que estoy unido a ti. Coloqué un querubín que fielmente te vigilara; ahora te concedo que el querubín, reconociendo tu dignidad, te sirva.

El trono de los querubines está a punto, los portadores atentos y preparados, el tálamo construido, los alimentos prestos; se han embellecido los eternos tabernáculos y moradas, han sido abiertos los tesoros de todos los bienes y el reino de los cielos está preparado desde toda la eternidad”.

LA MADRE DOLOROSA

Dame tu mano, María, la de las tocas moradas; clávame tus siete espadas en esta carne baldía. Quiero ir contigo en la impía tarde negra y amarilla. Aquí, en mi torpe mejilla, quiero ver si se retrata esa lividez de plata, esa lágrima que brilla.

¿Dónde está ya el mediodía luminoso en que Gabriel, desde el marco del dintel, te saludó: “Ave, María”? Virgen ya de la agonía, tu Hijo es el que cruza ahí. Déjame hacer junto a ti ese augusto itinerario. Para ir al monte Calvario, cítame en Getsemaní.

Déjame que te restañe ese llanto cristalino, y a la vera del camino permite que te acompañe. Deja que en lágrimas bañe la orla negra de tu manto a los pies del árbol santo, donde tu fruto se mustia. Capitana de la angustia: no quiero que sufras tanto.

Qué lejos, Madre, la cuna y tus gozos de Belén: “No, mi Niño, no. No hay quien de mis brazos te desuna”. Y rayos tibios de luna, entre las pajas de miel, le acariciaban la piel sin despertarle. ¡Qué larga es la distancia y qué amarga de Jesús muerto a Emmanuel!

A ti, doncella graciosa, hoy maestra de dolores, playa de los pecadores, nido en que el alma reposa, a ti, ofrezco, pulcra rosa, las jornadas de esta vía. A ti, Madre, a quien quería cumplir mi humilde promesa. A ti, celestial princesa, Virgen sagrada María.- Amén

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