Maná y Vivencias Cuaresmales (43), 12.4.17

abril 12, 2017

Miércoles Santo

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Sugerencia:

Preparación para recibir el sacramento de la Reconciliación. Se ofrecen orientaciones para la Confesión al final de esta entrada.


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¿Cuánto vale Jesús, El Señor, para ti? ¿En cuánto lo tasas?



Antífona de entrada: Filipenses 2, 10.8.11

Al nombre de Jesús, doble la rodilla todo cuanto hay en el cielo, en la tierra y en los abismos, porque el Señor se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por eso, el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre.


Oración colecta

Oh Dios, que para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz, concédenos alcanzar la gracia de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Isaías 50, 4-9

El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo.

El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás. Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían. Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado.

Está cerca el que me hace justicia: ¿quién me va a procesar? ¡Comparezcamos todos juntos! ¿Quién será mi adversario en el juicio? ¡Que se acerque hasta mí! Sí, el Señor viene en mi ayuda: ¿quién me va a condenar?

SALMO 68, 8-10. 21-22. 31. 33-34

¡Señor, Dios mío, por tu gran amor, respóndeme!

Por ti he soportado afrentas y la vergüenza cubrió mi rostro; me convertí en un extraño para mis hermanos, fui un extranjero para los hijos de mi madre: porque el celo de tu Casa me devora, y caen sobre mí los ultrajes de los que te agravian.

La vergüenza me destroza el corazón, y no tengo remedio. Espero compasión y no la encuentro, en vano busco un consuelo: pusieron veneno en mi comida, y cuando tuve sed me dieron vinagre.

Así alabaré con cantos el nombre de Dios, y proclamaré su grandeza dando gracias; que lo vean los humildes y se alegren, que vivan los que buscan al Señor: porque el Señor escucha a los pobres y no desprecia a sus cautivos.

Aclamación antes del Evangelio:

¡Salve, Rey nuestro! Sólo tú te has compadecido de nuestros errores.

O bien:

¡Salve, Rey nuestro, obediente al Padre! Fuiste llevado a la crucifixión, como un manso cordero a la matanza.

EVANGELIO: Mateo 26, 14-25

Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: ¿Cuánto me darán si se lo entrego?

Y resolvieron darle treinta monedas de plata. Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo. El primer día de los Ácimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: ¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?

Él respondió, vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: ‘El Maestro dice, se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’.

Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua. Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: Les aseguro que uno de ustedes me entregará.

Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: ¿Seré yo, Señor?

Él respondió: El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ése me va a entregar.

El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquél por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!. Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: ¿Seré yo, Maestro? Tú lo has dicho, le respondió Jesús.

Antífona de comunión: Mateo 20, 28

El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.


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VIVENCIAS CUARESMALES

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Me levantaré, volveré junto a mi padre y le diré: He pecado

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43. MIÉRCOLES SANTO
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TEMA: Al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el cielo, en la tierra, en el abismo-, porque el Señor se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz; por eso Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Reza con todo fervor, unción y agradecimiento la Oración Colecta:

Oh Dios, que, para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz; concédenos alcanzar la gracia de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.

Los pasos del siervo son decididos, el Señor le da fuerzas. Isaías 50, 4-9: “Tengo cerca mi abogado, ¿quién pleiteará contra mí? Vamos a enfrentarnos: ¿quién es mi rival? Que se acerque”.

Aclamación: Salve, Rey nuestro, solamente tú te has compadecido de nuestros errores. Gracias, Señor, pues tú eres el único que me entiende y me toma en serio. Mil gracias, Señor. Tú seas bendito. Amén.

Sin embargo, él no recibe el mínimo de comprensión y consolación de nuestra parte: Espero compasión y no la hay (Salmo 68, 8 34).

Terrible pecado el de Judas, y pensar que Jesús lo eligió con amor de predilección y durante días, meses y años lo siguió embelesado y hasta le confiaron un servicio delicado en el grupo de los discípulos: administración de las limosnas de la bolsa común.

Pero Judas comenzó a falsearse en pequeños asuntos, en detalles insignificantes, y se fue haciendo mañoso; y el que falló en lo poco se fue haciendo indigno de lo grande, y llegó hasta lo impensable, lo inaudito.

Quién lo iba a decir, si eran nimiedades. Y sin embargo, el fallo final es muy severo: “más le valdría no haber nacido”.

Escuchemos el relato evangélico. Piensa en tu honestidad, ante tu propia conciencia, ante Dios. ¿A qué das importancia? En cuestión de amor todo tiene su importancia; nada es despreciable. Es muy peligroso comenzar a trampear, porque no sabemos hasta dónde nos puede conducir la mala costumbre, el habituarnos a la mentira y la falsedad.

Repite hoy una y otra vez la oración sobre las ofrendas, pídelo de corazón: “Que consigas todos los frutos de la pasión de Cristo”. Comienza por escuchar reverentemente la descripción de sus padecimientos: 1era. lectura.

Con la oración postcomunión pide “sentir profundamente” la salvación, experimentar. Que toda tu persona quede marcada, seducida por el Señor. Que puedas decir con Job: Antes te conocía de oídas, ahora te han visto mis ojos. Lo que aprovecha es el Espíritu, la carne no sirve de nada; si no naces de arriba no puedes ver el reino de Dios.
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PREPARACIÓN PARA TU RECONCILIACIÓN INTEGRAL Y, POR TANTO, SACRAMENTAL


CONFESIÓN SACRAMENTAL

¿Cuál es la razón profunda de esta praxis eclesial de confesar también los pecados leves o veniales? La razón está, por un lado, en una vivencia gradual cada vez más intensa de la gracia del Bautismo. Un irnos conformando continuamente a la muerte de Cristo, para que se manifieste en nosotros la vida de Cristo.

Con ello el penitente se toma en serio el carácter combativo de la vida cristiana: el esfuerzo cristiano por alcanzar la salvación, pues el Reino de Dios exige entrega y laboriosidad de nuestra parte.

La segunda razón para recomendar la práctica frecuente del sacramento de la penitencia, sin pecados graves, la expresa de este modo Juan Pablo II:

“Hay que subrayar el hecho de que la gracia propia de la celebración sacramental tiene una gran virtud terapéutica y contribuye a quitar las raíces mismas del pecado”(Reconciliación y Penitencia 32).


EL ARREPENTIMIENTO

¿Qué es el arrepentimiento? No significa sólo que una persona reconozca haber actuado mal, y que anhele reparar el mal hecho, asumiendo responsablemente las consecuencias de pecado. Arrepentimiento no es solamente tener voluntad de mejorar. El arrepentimiento no se agota en esto. Es mucho más.

Arrepentirse significa apelar al Dios viviente. Dios es el único santo, inaccesible y que no transige ante la injusticia; pero, a la vez, es el Amor y el Creador, capaz no sólo de dar origen al hombre para que exista, sino de algo incomparablemente más hermoso: recrear, hacer nueva en toda su belleza original, la persona humana manchada por la debilidad y la culpa.

El arrepentimiento es un clamor que se hace al misterio más profundo del poder creador de Dios. Con la verdad de sus hechos se presenta el hombre ante Dios para decirle:

“Señor, confieso mi culpa. Acepto tus juicios. Estoy delante de ti y me declaro reo. Quiero que ganes en el juicio y que tu voluntad prevalezca sobre la mía porque yo sé que tú eres el único santo. Te amo con todo mi ser. Tú tienes toda la razón, aunque sabes que soy de barro. Contigo me juzgaré a mí mismo. Pero tú eres amor y apelo a tu compasión. No pretendo, Señor, de ninguna manera, sustraerme al rigor de tu justicia, porque tú eres siempre gracia y misericordia”.

Es decir, al hombre le toca arrepentirse, a Dios tener misericordia. Es un misterio en que se relacionan dos vidas para realizar una vida única de santidad: la vida del Dios amoroso que perdona y la vida del hombre creyente, capaz de arrepentirse.

Por eso, el arrepentimiento es un don de Dios. Yo, arrepintiéndome de mis pecados, no sólo no le oculto nada a Dios sino que vuelvo a la vida, me siento nuevo, y recomienzo. Casi diría, me rehago de nuevo.

Cuanto estamos expresando es un misterio grande que únicamente el Dios viviente nos puede hacer comprender y, sobre todo, experimentar.


PERDÓN DE DIOS

En el perdón, Dios continúa la creación, sigue atrayendo al hombre hacia sí y hacia su creación, con la intención de que se sumerja en lo inefable de su fuerza viviente y vivificadora.

Más todavía, Dios introduce al hombre en el misterio de su poder creador, que no es únicamente dar la vida a lo que no existe sino hacer inocente lo que ha sido culpable. Se realiza entonces una nueva creación: Dios introduce al hombre y su pecado dentro de sí mismo, en un misterio de amor inefable.

De allí el hombre sale nuevo e inocente. Dios ya no tiene que quitar su vista de este hombre, porque su culpa no existe. Tampoco nuestra conciencia tiene necesidad de desviar su mirada de nuestra persona porque la culpa ya no existe.


LA EXPERIENCIA DEL PERDÓN DE DIOS

Esta experiencia supone todo un proceso de conversión y vivificación. “Si nos acusa el corazón, Dios es más grande que nuestro corazón, y él lo sabe todo” (1 Juan 3, 20). El texto habla de una “acusación del corazón”, que parece no referirse únicamente a lo que diga la razón (“En esto fallaste”), o a lo que diga la conciencia (“En esto pecaste”).

Ambas acusaciones pesan mucho sobre el hombre. Pero la acusación del corazón pesa más todavía: Es algo que viene de las raíces de la vida. Es la vida misma la que te acusa diciendo: “Has sido injusto conmigo”.

Y en esta acusación late la tristeza de la juventud perdida; es también la sensación de haber perdido algo que ya no se puede recuperar; es el amor que no ha llegado a plenitud y que nos produce dolor; palpita igualmente la inquietud de una desolación indecible porque la vida reclama a gritos lo infinito, y pasa irremediablemente veloz.

Pero quien realmente y en el fondo nos acusa cuando el corazón acusa es Dios mismo. Es a él a quien hemos ofendido con nuestro pecado. Hemos ofendido la tierna y sana vida que él ha despertado en nuestro corazón. Hemos defraudado la sagrada confianza que él había establecido con sus hijos.

Así aparece el pecado en el Salmo 50. Es a una persona a la que hemos ofendido, a un Padre, que espera todos los días por si el hijo vuelve, al que llena de besos, a pesar de que quizás no vuelve muy arrepentido, sino más bien por interés.

Pero Dios es más grande que nuestro corazón. Si san Juan hace en su primera carta esta afirmación es que ahí está el remedio.Todo el bien que se haya podido perder es grande, pero Dios es todavía más grande.

El amor que ha sufrido una injusticia pesa muchísimo, pero Dios es un mar sin confines y en él se hace liviano lo pesado, por más grande que sea. Es muy grande la injusticia hecha a la vida por nuestros pecados, pero Dios es la vida, la gracia, el dador de la vida. Él es más que todo.

Por eso, Dios en el perdón de los pecados nos dice: Dales a estas cosas toda la seriedad que quieras, pero es a mí, tu Dios, al que le toca medirlas. Y sucede lo que siempre sucede cuando Dios se pone al frente de sus criaturas: que se esclarecen ellas mismas porque pierden lo que en ellas mismas había de limitación. Pero en Dios todo llega a su plenitud. Porque “él lo sabe todo”.

Este saber es tan luminoso como el sol y deja ver en su verdad la existencia de las cosas. Es un saber hondo como el mar. En él se hunde todo, y él lo abarca todo en su inmensidad. Es como el amor en el que se resuelven todas las cosas, pues “Dios es Dios”. “Yo soy Dios, el Viviente”. Ésta es la respuesta para todo y que lo abarca todo.

¡Quiera Dios concedernos la gracia de conocer verdaderamente quién es él!

San Agustín pedía: “Conózcame a mí, conózcate a ti”. “Tú, Señor, cancelaste todos mis malos merecimientos, para no tener que castigar a estas manos mías con las que me alejé de ti. Previniste todos mis méritos buenos para premiar a tus manos, con las que me hiciste” (Confesiones 13, 1).
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De las instrucciones de san Doroteo, abad
La causa de toda perturbación consiste en que
nadie se acusa a sí mismo.

Tratemos de averiguar, hermanos, cuál es el motivo principal de un hecho que acontece con frecuencia: A saber, que a veces uno escucha una palabra desagradable y se comporta como si no la hubiera oído, sin sentirse molesto, y en cambio, otras veces, así que la oye, se siente turbado y afligido. ¿Cuál, me pregunto, es la causa de esta diversa reacción?

¿Hay una o varias explicaciones? Yo distingo diversas causas y explicaciones y sobre todo una, que es origen de todas las otras, como ha dicho alguien: “Muchas veces esto proviene del estado de ánimo en que se halla cada uno”.

En efecto, quien está fortalecido por la oración o la meditación tolerará fácilmente, sin perder la calma, a un hermano que lo insulta. Otras veces soportará con paciencia a su hermano porque se trata de alguien a quien profesa gran afecto.

A veces también por desprecio, porque tiene en nada al que quiere perturbarlo y no se digna tomarlo en consideración, como si se tratara del más despreciable de los hombres, ni se digna responderle palabra, ni mencionar a los demás sus maldiciones e injurias.

De ahí proviene, como he dicho, el que uno no se turbe ni se aflija, si desprecia y tiene en nada lo que dicen. En cambio, la turbación o aflicción por las palabras de un hermano proviene de una mala disposición momentánea o del odio hacia el hermano.

También pueden aducirse otras causas. Pero si examinamos atentamente la cuestión, veremos que la causa de toda perturbación consiste en que nadie se acusa a sí mismo.

De ahí deriva toda molestia y aflicción, de ahí deriva el que nunca hallemos descanso; y ello no debe extrañarnos, ya que los santos nos enseñan que esta acusación de sí mismo es el único camino que nos puede llevar a la paz.

Que esto es verdad, lo hemos comprobado en múltiples ocasiones; y nosotros, con todo, esperamos con anhelo hallar el descanso a pesar de nuestra desidia, o pensamos andar por el camino recto, a pesar de nuestras repetidas impaciencias y de nuestra resistencia en acusarnos a nosotros mismos.

Así son las cosas. Por más virtudes que posea un hombre, aunque sean innumerables si se aparta de este camino, nunca hallará el reposo sino que estará siempre afligido o afligirá a los demás, perdiendo así el mérito de todas sus fatigas (Instrucción 7, sobre la acusación de sí mismo, 1-2: PG 88, 1695-1699)