Maná y Vivencias Cuaresmales (39), 8.4.17

Sábado de la 5ª semana de Cuaresma


La cruz produce en nosotros tristeza pero a la vez esperanza y confianza de ser salvos con Cristo

La cruz produce en nosotros tristeza pero a la vez esperanza y confianza de ser salvos con Cristo



Antífona de entrada: Salmo 21, 20. 7

Señor, no te quedes lejos; tú que eres mi fuerza, ven pronto a socorrerme. Yo soy un gusano, no un hombre, la gente me escarnece y el pueblo me desprecia.


Oración colecta

Señor, tú que realizas sin cesar la salvación de los hombres y concedes a tu pueblo, en los días de Cuaresma, gracias más abundantes, dígnate mirar con amor a tus elegidos y concede tu auxilio protector a los catecúmenos y los bautizados. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Ezequiel 37, 21-28

Así dice el Señor: «Yo voy a recoger a los israelitas por las naciones adonde marcharon, voy a congregarlos de todas partes y los voy a repatriar. Los haré un solo pueblo en su país, en los montes de Israel, y un solo rey reinará sobre todos ellos.

No volverán a ser dos naciones ni a desmembrarse en dos monarquías. No volverán a contaminarse con sus ídolos y fetiches y con todos sus crímenes. Los libraré de sus pecados y prevaricaciones, los purificaré: ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios.

Mi siervo David será su rey, el único pastor de todos ellos. Caminarán según mis mandatos y cumplirán mis preceptos, poniéndolos por obra. Habitarán en la tierra que le di a mi siervo Jacob, en la que habitaron vuestros padres; allí vivirán para siempre, ellos y sus hijos y sus nietos; y mi siervo David será su príncipe para siempre.

Haré con ellos una alianza de paz, alianza eterna pactaré con ellos. Los estableceré, los multiplicaré y pondré entre ellos mi santuario para siempre; tendré mi morada junto a ellos, yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y sabrán las naciones que yo soy el Señor que consagra a Israel, cuando esté entre ellos mi santuario para siempre.»

SALMO: Jeremías 31, 10.11-12ab.13

El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.

Escuchad, pueblos, la palabra del Señor, anunciadla en las islas remotas: «El que dispersó a Israel lo reunirá, lo guardará como un pastor a su rebaño.»

Porque el Señor redimió a Jacob, lo rescató de una mano más fuerte. Vendrán con aclamaciones a la altura de Sión, afluirán hacia los bienes del Señor.

Entonces se alegrará la doncella en la danza, gozarán los jóvenes y los viejos; convertiré su tristeza en gozo, los alegraré y aliviaré sus penas.

Aclamación antes del Evangelio: Ezequiel 18, 31

Arrojen lejos de ustedes todas las rebeldías y háganse un corazón nuevo y un espíritu nuevo.

EVANGELIO: Juan 11, 45-57

En aquél tiempo, muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Pero algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús.

Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron: «¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación.»

Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: «Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera.»

Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. Y aquel día decidieron darle muerte.

Por eso Jesús ya no andaba públicamente con los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos. Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse.

Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban: «¿Qué os parece? ¿No vendrá a la fiesta?»

Los sumos sacerdotes y fariseos habían mandado que el que se enterase de dónde estaba les avisara para prenderlo.

Antífona de comunión: Juan 11, 52

Cristo se entregó a la muerte, para congregar en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos.



VIVENCIAS CUARESMALES

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Y aquel día decidieron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente con los judíos

39. SÁBADO

QUINTA SEMANA DE CUARESMA

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ILUMINACIÓN.- Ha llegado la hora de las tinieblas, la hora de las decisiones: Conviene que muera un solo hombre por el pueblo. Y ese mismo día decidieron matarlo.

A la entrada de la Semana Santa, la oración colecta nos recuerda que Dios concede gracias más abundantes en los días de Cuaresma.

Además, reconoce que Dios realiza sin cesar la salvación de los hombres. Por tanto, todos los momentos son buenos para Dios, pero al final de la Cuaresma se pide expresamente por los catecúmenos y por todos nosotros, los ya bautizados.

Señor, tú que realizas sin cesar la salvación de los hombres y concedes a tu pueblo, en los días de Cuaresma, gracias más abundantes, dígnate mirar con amor a tus elegidos y concede tu auxilio protector a los catecúmenos y a los bautizados. Por nuestro Señor Jesucristo.

La entrada triunfal de Cristo en Jerusalén el Domingo de Ramos es anunciada en la primera lectura tomada de Ezequiel 37, 21-28.

Esto dice el Señor Dios: Yo tomaré a los hijos de Israel de en medio de las naciones adonde fueron y los recogeré de todas partes y los llevaré a su tierra. Formaré con ellos una sola nación en la tierra y en los cerros de Israel y habrá solamente un rey que los mande a todos. Ya nunca más formarán dos naciones ni en el futuro estarán divididos en dos reinos.

No se mancharán más con sus ídolos ni con sus perversidades ni maldades: Yo los libraré de todos los pecados que cometieron y los purificaré. Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios. Mi siervo David será su rey, uno solo será el pastor de todos ellos: observarán mis leyes y guardarán mis mandamientos y los pondrán por obra.

Vivirán en la tierra que di a mi siervo Jacob y que habitaron sus padres: ahí mismo vivirán ellos y sus hijos y los hijos de sus hijos para siempre. David, mi siervo, será perpetuamente su príncipe. Haré con ellos una alianza de paz, que será una alianza definitiva: les daré una estabilidad segura, los multiplicaré y colocaré para siempre mi Templo en medio de ellos.

Junto a ellos tendré mi morada; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Las naciones conocerán que yo soy Yahvé, el que santifica a Israel, cuando mi santuario esté en medio de ellos para siempre.

Lo que se realiza de manera general en Israel, también se realiza de manera personal en cada creyente que se renueva en el Espíritu.

En efecto, la persona es “reunificada” al disminuir la dispersión de fuerzas, el creyente poseyéndose a sí mismo, puede escuchar mejor a su Dios y responderle debidamente mientras Dios coloca su morada en el interior de la persona.

Esta vida nueva en el Espíritu proporciona al creyente una paz que nada ni nadie podrán perturbar, ni mucho menos arrebatar.

La cruz y los apuros en que se encuentra Jesús producen en nosotros tristeza pero a la vez esperanza y confianza de ser salvos con Cristo; incluso, alabanza a Dios, que nos da en Cristo la salvación. Una salvación que no sólo pensamos, sino que también sentimos, experimentamos.

Es lo que reza el Salmo responsorial tomado de Jeremías 31, 10-11-13: “Entonces se alegrará la doncella en la danza; gozarán los jóvenes y los viejos; convertiré su tristeza en gozo, les alegraré y aliviaré sus penas”.

La aclamación abunda en estos sentimientos e incita a profundizar y expresar el gozo de sentirse salvados: “Quitaos de encima vuestros delitos, dice el Señor, y estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo”.

Una vez más, recuerda que nuestro delito principal es no creerle a Dios, que nos tiene reservada una felicidad que ni ojo vio ni oído oyó y que aunque la hemos empezado a disfrutar, no creemos que eso sea sólo el comienzo.

Tendemos a acomodarnos, a vivir en nuestras seguridades; rehuimos depender siempre de Dios.

Jesús prefiere permanecer con sus discípulos un tanto retirado, pues dice el evangelista que ya no andaba públicamente entre los judíos. Aprovecha esa intimidad con Jesús. Él no desaprovecha ninguna oportunidad para revelarse a los suyos, instruirlos y afianzarlos en la fe.

Se olvida de sí mismo y de sus problemas para darse a los demás. Parecería que el dolor de la traición de Judas y el odio gratuito de los judíos le facilitaban sus confidencias con sus propios discípulos. Contempla pues a Cristo en su nobleza y magnanimidad.

Esta vida de intimidad se alimenta en un clima de fe, pues ésta facilita ese clima. Una fe sincera que confiesa la misericordia de Dios y que abre a la vida eterna. Ésta consiste en conocer al Padre y al Hijo en el poder del Espíritu; el Padre y el Hijo están muy unidos ahora por la persecución, por la oposición de los hombres al plan de salvación.

Reza la oración sobre las ofrendas: Señor todopoderoso, que por la confesión de tu nombre nos haces renacer a la vida eterna, en el sacramento del bautismo, recibe nuestros dones y atiende nuestras súplicas, para que cuantos en ti esperan puedan ver realizados sus deseos y perdonadas sus culpas. Por Jesucristo nuestro Señor.

Después de la comunión se pide participar en la naturaleza divina: es decir entrar en la vida íntima de la Santísima Trinidad que reluce con especial brillo en estos días santos, a partir de mañana Domingo de Ramos.

Humildemente te pedimos, Señor, que así como nos alimentas con el Cuerpo y Sangre de tu Hijo, nos des también parte en su naturaleza divina. Por Jesucristo nuestro Señor.

Escuchemos el relato evangélico que anuncia la muerte de Jesús: Entonces, los jefes de los sacerdotes y los fariseos se reunieron en Consejo. Decían: ¿Qué vamos a hacer? Este hombre va multiplicando los milagros.

Uno de ellos llamado Caifás tomó la palabra: ‘Vosotros no os dais cuenta de la situación. Conviene que muera un solo hombre por el pueblo y no que toda la nación perezca’.

Y ese mismo día decidieron matarlo.

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De la Constitución Sacrosánctum Concílium, sobre la sagrada liturgia, del Concilio Vaticano II: La economía de la salvación

Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, en distintas ocasiones y de muchas maneras habló antiguamente a nuestros padres por los profetas, y, cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo, el Verbo hecho carne, ungido por el Espíritu Santo, para evangelizar a los pobres, y curar a los contritos de corazón, como médico corporal y espiritual, como Mediador entre Dios y los hombres.

En efecto, su misma humanidad, unida a la persona del Verbo, fue instrumento de nuestra salvación. Por esto, en Cristo se realizó plenamente nuestra reconciliación, y se nos otorgó la plenitud del culto divino.

Esta obra de la redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, cuyo preludio habían sido las maravillas divinas llevadas a cabo en el pueblo del antiguo Testamento, Cristo la realizó principalmente por el misterio pascual de la bienaventurada pasión, resurrección de entre los muertos y gloriosa ascensión.

Por este misterio, muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida. Pues el admirable sacramento de la Iglesia entera brotó del costado de Cristo dormido en la cruz.

Por esta razón, así como Cristo fue enviado por el Padre, él mismo, a su vez, envió a los apóstoles, llenos del Espíritu Santo.

No sólo los envió para que, al predicar el Evangelio a toda criatura, anunciaran que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos libró del poder de Satanás y de la muerte y nos condujo al reino del Padre, sino también a que realizaran la obra de la salvación que proclamaban, mediante el sacrificio y los sacramentos, en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica.

Así, por el bautismo, los hombres son injertados en el misterio pascual de Jesucristo: mueren con él, son sepultados con él y resucitan con él, reciben el espíritu de hijos adoptivos que nos hace gritar: “¡Abba!” (Padre), y se convierten así en los verdaderos adoradores que busca el Padre.

Del mismo modo, cuantas veces comen la cena del Señor proclaman su muerte hasta que vuelva. Por eso precisamente el mismo día de Pentecostés, en que la Iglesia se manifestó al mundo, los que aceptaron las palabras de Pedro se bautizaron.

Y eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones, alabando a Dios, y eran bien vistos de todo el pueblo.

Desde entonces, la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual: leyendo lo que se refiere a él en toda la Escritura, celebrando la Eucaristía, en la cual se hace de nuevo presente la victoria y el triunfo de su muerte, y dando gracias, al mismo tiempo, a Dios por su don inexpresable en Cristo Jesús, para alabanza de su gloria (núm. 5-6).

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