Maná y Vivencias Cuaresmales (33), 2.4.17

Domingo V de Cuaresma, Ciclo A

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¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?

¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?

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Antífona de entrada: Salmo 42, 1-2

Señor, hazme justicia. Defiende mi causa contra gente sin piedad; sálvame del hombre injusto y malvado, tú que eres mi Dios y mi defensa.


Oración colecta:

Te rogamos, Señor Dios nuestro, que tu gracia nos ayude, para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Ezequiel 37, 12-14

Así dice el Señor: «Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor.

Os infundiré mi espíritu, y viviréis; os colocaré en vuestra tierra y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago.» Oráculo del Señor.

SALMO 129,1-2.3-4ab.4c-6.7-8

Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz, estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica.

Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora. Aguarde Israel al Señor, como el centinela la aurora.

Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y él redimirá a Israel de todos sus delitos.


SEGUNDA LECTURA: Romanos 8, 8-11

Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo.

Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.


Aclamación antes del evangelio: Juan 11, 25.26

Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor; el que cree en mí no morirá para siempre.


EVANGELIO: Juan 11, 1-45

Un hombre llamado Lázaro había caído enfermo. Era natural de Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. Esta María, hermana de Lázaro, fue la que derramó perfume sobre los pies del Señor y los secó con sus cabellos. Así que las dos hermanas enviaron a decir a Jesús:
–Señor, tu amigo está enfermo.

Jesús dijo al oírlo:
–Esta enfermedad no va a terminar en muerte, sino que ha de servir para mostrar la gloria de Dios y también la gloria del Hijo de Dios.

Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro; sin embargo, cuando le dijeron que Lázaro estaba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde se encontraba. Después dijo a sus discípulos:
–Vamos otra vez a Judea.

Los discípulos le contestaron:
–Maestro, hace poco los judíos de esa región trataron de matarte a pedradas, ¿y otra vez quieres ir allá?

Jesús les dijo:
–¿No es cierto que el día tiene doce horas? Pues bien, si uno anda de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si uno anda de noche tropieza, porque le falta la luz.

Después añadió:
–Nuestro amigo Lázaro se ha dormido, pero voy a despertarle.
Los discípulos le dijeron:
–Señor, si se ha dormido es señal de que va a sanar.

Pero lo que Jesús decía era que Lázaro había muerto, mientras que los discípulos pensaban que se había referido al sueño natural. Entonces Jesús les habló claramente:
–Lázaro ha muerto. Y me alegro de no haber estado allí, porque así es mejor para vosotros, para que creáis. Pero vayamos a verle.

Tomás, al que llamaban el Gemelo, dijo a los otros discípulos:
–Vayamos también nosotros, para morir con él.

Jesús, al llegar, se encontró con que ya hacía cuatro días que habían sepultado a Lázaro. Betania estaba cerca de Jerusalén, a unos tres kilómetros, y muchos judíos habían ido a visitar a Marta y María, para consolarlas por la muerte de su hermano.

Cuando Marta supo que Jesús estaba llegando, salió a recibirle; pero María se quedó en la casa. Marta dijo a Jesús:
–Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero aun ahora yo sé que Dios te dará cuanto le pidas.
Jesús le contestó:
–Tu hermano volverá a vivir.

Marta le dijo:
–Sí, ya sé que volverá a vivir cuando los muertos resuciten, en el día último.
Jesús le dijo entonces:
–Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y ninguno que esté vivo y crea en mí morirá jamás.¿Crees esto?
Ella le dijo:
–Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

Después de esto, Marta fue a llamar a su hermana María y le dijo en secreto:
–El Maestro está aquí y te llama.

En cuanto María lo oyó, se levantó y fue a ver a Jesús; pero Jesús no había entrado aún en el pueblo, sino que permanecía en el lugar donde Marta había ido a encontrarle.
Al ver que María se levantaba y salía de prisa, los judíos que habían ido a consolarla a la casa, la siguieron pensando que iba al sepulcro a llorar.

Cuando María llegó a donde estaba Jesús, se puso de rodillas a sus pies, diciendo:
–Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.
Jesús, al ver llorar a María y a los judíos que habían llegado con ella, se sintió profundamente triste y conmovido, y les preguntó:
–¿Dónde lo habéis sepultado?

Le dijeron:
–Señor, ven a verlo.
Y Jesús lloró. Los judíos dijeron entonces:
–¡Mirad cuánto le quería!

Pero algunos decían:
–Este, que dio la vista al ciego, ¿no podría haber hecho algo para que Lázaro no muriese?

Jesús, otra vez muy conmovido, se acercó al sepulcro. Era una cueva que tenía la entrada tapada con una piedra. Jesús dijo:
–Quitad la piedra.
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
–Señor, seguramente huele mal, porque hace cuatro días que murió.
Jesús le contestó:
–¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?

Quitaron la piedra, y Jesús, mirando al cielo, dijo:
–Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas, pero digo esto por el bien de los que están aquí, para que crean que tú me has enviado.

Habiendo hablado así, gritó con voz fuerte:
–¡Lázaro, sal de ahí!
Y el muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas y envuelta la cara en un lienzo. Jesús les dijo:
–Desatadlo y dejadle ir.

Al ver lo que Jesús había hecho, creyeron en él muchos de los judíos que habían ido a acompañar a María.


Antífona de comunión: Juan 11, 26

El que está vivo y cree en mí, dice el Señor, no morirá para siempre.


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VIVENCIAS CUARESMALES

En la Cruz resplandece la gloria de la Trinidad

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33. DOMINGO QUINTO

DE CUARESMA

CICLO A

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TEMA ILUMIADOR.- Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí no morirá para siempre.

En la oración colecta se pide participar en el mismo amor que movió a Cristo a complacer al Padre y a salvar a los hombres.

Ya no se trata sólo de contemplar el amor de Cristo como algo externo sino de interiorizarlo afectiva y efectivamente. El dolor parece que está acercando al justo a Dios. Ahora, en el sufrimiento parece que es más difícil rehuir a Dios. La presencia de Dios en el corazón y en la vida real se interaccionan con más fuerza y nitidez.

Poco a poco se impone la única realidad: sólo Dios basta. Él todo lo llena. Si a él lo tengo, ¿qué me falta? Si él está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? ¿Quién nos podrá separar del amor de Dios que está en Cristo Jesús?

La pasión va perfeccionando al justo. Dios perfeccionó a Jesús a base de sufrimientos. Lo hizo más humilde y lo llenó de su amor. Por eso puede someterse a los verdugos. Como cordero llevado al matadero. Sólo hay un actor, Dios mismo. Los demás actores del gran teatro del mundo se van diluyendo como niebla matinal, y se secan como hierba del campo.

Dice el salmista: volví a pasar y ya no estaban. Y no se trata de verlo con los ojos de la carne, sino con los del Espíritu. Es decir, como los mira y los ve Dios mismo. La luz y la verdad se van imponiendo en todo su brillo y munificencia: precisamente en la pasión, en el dolor.

Por eso se ve como hermano aun al mismo adversario y aun al enemigo. Él no tiene culpa; no sabe lo que hace. El justo ya no se enreda en las mediaciones humanas, tratando de buscar culpables, hallar explicaciones: todo aparece con una especial claridad más allá de las cortinas puramente humanas.

Esta purificación del justo a través del dolor viene a ser como una “resurrección en vida”. Pues se accede a un tipo de existencia que permite al justo vivir permanentemente en un nivel de victoria, en una felicidad que resulta inaccesible e incomprensible para los pecadores, los hombres carnales.

De ahí la oportunidad de las lecturas de hoy acerca de la resurrección del justo, y del poder de Jesús para resucitar muertos, gracias al poder que le ofrece el Padre Celestial. Veamos las lecturas de este domingo.

La resurrección prometida en el Antiguo Testamento Cristo la ha llevado a cabo en su propia persona antes y después de su muerte. La resurrección de Lázaro es un anticipo de la resurrección operada por Jesús en todo bautizado.

El bautismo se nos da como don, gracias al cual entramos con comunión con las personas de la Santísima Trinidad, por la fe, la esperanza y la caridad. A la vez, nosotros asumimos el bautismo como una tarea que llevamos a cabo día a día con la ayuda constante del Espíritu Santo derramado en nuestros corazones.

El Espíritu que habita en nuestro interior lo sentimos como primicia de la resurrección definitiva en Cristo para gloria del Padre. Dios que nos creó de la nada nos recreará en Cristo por el poder del Espíritu. Se trata del poder de Dios: “Yo lo digo y lo pongo por obra”. Como lo ha demostrado en Cristo, también lo realizará en nosotros, para alabanza de su gloria.

Observa la perfecta comunión y solidaridad que se vive en la Trinidad, modelo de toda comunidad, y contémplala con admiración. Maravillosa revelación de Jesús que ora en el Espíritu a su Padre hasta conmoverse interiormente: “Te doy gracias, Padre. Yo sé que siempre me atiendes.”

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De los sermones de san Gregorio de Nisa, obispo

Primogénito de la nueva creación

Ha comenzado el reino de la vida y se ha disuelto el imperio de la muerte. Han aparecido otro nacimiento, otra vida, otro modo de vivir, la transformación de nuestra misma naturaleza. ¿De qué nacimiento se habla? Del de aquellos que no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

¿Preguntas que cómo es esto posible? Lo explicaré en pocas palabras. Este nuevo ser lo engendra la fe; la regeneración del bautismo lo da a luz; la Iglesia, cual nodriza lo amamanta con su doctrina e instituciones y con su pan celestial lo alimenta; llega a la edad madura con la santidad de vida; su matrimonio es la unión con la Sabiduría; sus hijos, la esperanza; su casa, el reino; su herencia y sus riquezas, las delicias del paraíso; su desenlace no es la muerte, sino la vida eterna y feliz en la mansión de los santos.

Éste es el día en que actuó el Señor, día totalmente distinto de aquellos otros establecidos desde el comienzo de los siglos y que son medidos por el paso del tiempo. Este día es el principio de una nueva creación, porque, como dice el profeta, en este día Dios ha creado un cielo nuevo y una tierra nueva.

¿Qué cielo? El firmamento de la fe en Cristo. Y, ¿qué tierra? El corazón bueno que, como dijo el Señor, es semejante a aquella tierra que se impregna con la lluvia que desciende sobre ella y produce abundantes espigas.

En esta nueva creación, el sol es la vida pura; las estrellas son las virtudes; el aire, una conducta sin tacha; el mar, aquel abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento de Dios; las hierbas y semillas, la buena doctrina y las enseñanzas divinas en las que el rebaño, es decir, el pueblo de Dios, encuentra su pasto, los árboles que llevan fruto son la observancia de los preceptos divinos.

En este día es creado el verdadero hombre, aquel que fue hecho a imagen y semejanza de Dios. ¿No es, por ventura, un nuevo mundo el que empieza para ti en este día en que actuó el Señor? ¿No habla de este día el Profeta, al decir que será un día y una noche que no tienen semejante?

Pero aún no hemos hablado del mayor de los privilegios de este día de gracia: lo más importante de este día es que él destruyó el dolor de la muerte y dio a luz al primogénito de entre los muertos, a aquel que hizo este admirable anuncio: Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.

¡Oh mensaje lleno de felicidad y de hermosura! El que por nosotros se hizo hombre semejante a nosotros, siendo el Unigénito del Padre, quiere convertirnos en sus hermanos y, al llevar su humanidad al Padre, arrastra tras de sí a todos los que ahora son ya de su raza (Sermón 1 sobre la resurrección de Cristo: PG 46, 603-606, 626-627).

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De los sermones de san León Magno, papa

La gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo

Que la predicación del Evangelio sirva para la confirmación de la fe de todos, y que nadie se avergüence de la cruz de Cristo, gracias a la cual el mundo ha sido redimido. Que nadie tema sufrir por la justicia, ni desconfíe del cumplimiento de las promesas, porque por el trabajo se va al descanso, y por la muerte se pasa a la vida; pues el Señor echó sobre sí toda la debilidad de nuestra condición, y, si nos mantenemos en su amor, venceremos lo que él venció y recibiremos lo que prometió.

En efecto, ya se trate de cumplir los mandamientos o de tolerar las adversidades, nunca debe dejar de resonar en nuestros oídos la palabra pronunciada por el Padre: “Éste es mi Hijo, Amado, mi predilecto; escuchadlo”(Sermón 51, 3-4.8: PL 54, 310-311.313).

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