Maná y Vivencias Cuaresmales (19), 19.3.17

Domingo III de Cuaresma, Ciclo A

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Señor, dame esa agua



Antífona de entrada: Sal 24,15-16

Tengo los ojos puestos en el Señor, porque él saca mis pies de la red. Mírame, oh Dios, y ten piedad de mí, que estoy solo y afligido.

Oración colecta

Señor, Padre de misericordia y origen de todo bien, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados, mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de nuestras culpas. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA: Éxodo 17,3-7

En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: «¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?»

Clamó Moisés al Señor y dijo: «¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen.»

Respondió el Señor a Moisés. «Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el río, y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo.»

Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y puso por nombre a aquel lugar Masá y Meribá, por la reyerta de los hijos Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo: «¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?»


SALMO 94,1-2.6-7.8-9

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón.»

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos.

Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras.»


SEGUNDA LECTURA: Romanos 5,1-2.5-8

Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo.

Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

En efecto, cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.


Aclamación antes del Evangelio: Juan 4,42.15

Señor, tú eres el Salvador del mundo. Dame de tu agua viva para que no vuelva a tener sed.


EVANGELIO: Juan 4,5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.

Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber.» Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.

La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.

Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.»

La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?»

Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.»

La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. Veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.»

Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.»

La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo.»
Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo.»

En aquel pueblo muchos creyeron en él. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.»


Antífona de comunión: Juan 4,13-14

El que beba del agua que yo le daré, dice el Señor, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en una fuente que salta hasta la vida eterna.


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VIVENCIAS CUARESMALES

19. DOMINGO TERCERO DE CUARESMA CICLO A

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¡Si conocieras el don de Dios!


TEMA: El Agua viva o el agua de la Vida.

Como en el desierto (A.T.), ahora Dios da vida; pero una vida superior. Es el mismo respirar del Espíritu Santo con nosotros (2da. Lectura) que en nuestro interior viene a ser como un manantial que siempre refresca y vitaliza nuestro obrar (Evangelio).

En la Eucaristía te alimentas del Cuerpo y de la Sangre de Cristo para robustecer la presencia de Dios en ti y en todas tus actitudes y comportamientos. Acude a conversar con Dios utilizando las oraciones y lecturas bíblicas de la liturgia eucarística.

En la primera lectura y en el Evangelio encontramos a los israelitas y a la mujer samaritana, representante de los no judíos, buscando y reclamando agua para apagar la sed. Esto nos indica que todo hombre, de cualquier raza, cultura y tiempo, desea satisfacer unas necesidades básicas. En una palabra: busca felicidad, placer, realización personal, plenitud, descanso.

Todos los hombres sienten sed, aspiran a algo más, son eternos buscadores. En realidad, no sólo tienen sed, sino que son sed. Están hechos a la medida de Dios y sólo para Dios. No podía ser otro modo si Dios es el único Señor, único Dios.

Esta sed la ha puesto Dios mismo como la necesidad más elemental del hombre: ser feliz. Esa felicidad sólo la alcanzará en Dios. San Agustín después de muchos años de búsqueda, de tanteos y errores, encontró a Dios, se convirtió y se bautizó.

Su experiencia de Dios la formuló y la resumió así para nosotros: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará siempre inquieto hasta que descanse en ti”. En un sentido complementario, también solía confesar humildemente: “Sólo sé una cosa: que fuera de ti me va muy mal”.

En la primera lectura, los israelitas se sienten agobiados por la necesidad inmediata, se olvidan de los prodigios obrados por Dios en su favor, se desesperan y se rebelan contra Dios y su profeta Moisés. Hasta dudan de la buena intención de Dios: los habría sacado de Egipto para exterminarlos en un inhóspito desierto.

Como si dijeran: Si nos está dejando morir de sed, quiere decir que Dios ha tenido mala intención desde el principio, nos ha engañado. De ahí la pregunta: ¿Acaso está Yahvé en medio de nosotros, lo experimentamos como nuestro Dios poderoso y providente? Concluyen: No lo está porque no nos auxilia. Nos ha abandonado.

He ahí el pecado del pueblo contra Dios: paradigma de nuestro pecado, de nuestro pecado más frecuente y del que ahora en Cuaresma debemos arrepentirnos.

El salmista nos invita a superar la tentación de desesperación en la que cayeron los israelitas en el desierto: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón” (Salmo 94).

Más todavía: Nos insta a que aprendamos a vencer la tentación con toda determinación. Nos exhorta vivamente a que escarmentemos en cabeza ajena: “No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras”.

En el Evangelio aparece Jesús cansado de tanto buscar a la oveja perdida para ofrecerle el agua viva. El Camino se ha cansado buscando a los hombres. Y se ha sentado para esperarlos en aquel lugar preciso adonde vendrán torturados por la sed buscando salvación. Así espera Jesús a la samaritana.

Veámoslo en el evangelio de hoy: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.

Nos fijamos en una frase de Jesús que puede despertar nuestra conciencia en esta Cuaresma: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva”.

Si conociéramos, si sospecháramos siquiera la bondad y la belleza del plan de Dios sobre nosotros, sobre cada uno de nosotros. Si conociéramos con cuánta delicadeza y paciencia Jesús nos espera en este tiempo cuaresmal para entrar en nuestras vidas por la fe, por una sincera conversión y renovación de nuestra experiencia de Dios…

Como a los apóstoles en la última cena, Jesús nos dice en esta Cuaresma: He esperado con ansia este tiempo, esta oportunidad, para encontrarme contigo, para cenar contigo.

Dichoso tú si le abres, porque él tiene reservado para ti algo tan especial que ningún ojo ha visto y ningún oído ha escuchado, ni nadie se lo ha podido imaginar. Si conocieras el don de Dios y quién es el que habla contigo, tú le pedirías y él no te defraudaría. ¿Cuál será tu respuesta?

Y para ser prácticos y no divagar, permíteme preguntarte: ¿cuál está siendo tu respuesta a Jesús que, cansado de buscarte, te espera en el brocal del pozo de esta Cuaresma, día tras día, con una palabra nueva y liberadora para ti?

Al principio de estas Vivencias quedamos en que esta Cuaresma podía ser la mejor de tu vida, hasta el presente. ¡Y esa meta está en tus manos! ¡Ánimo, merece la pena intentarlo! No estás solo en el intento. Permanecemos unidos en la oración a toda la Iglesia, esposa de Cristo, que se adorna para su Esposo.

Llega una mujer de Samaria a sacar agua

De los tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan

Llega una mujer. Se trata aquí de una figura de la Iglesia, no santa aún, pero sí a punto de serlo; de esto, habla nuestra lectura. La mujer llegó sin saber nada, encontró a Jesús, y él se puso a hablar con ella. Veamos cómo y por qué. Llega una mujer a Samaria a sacar agua.

Los samaritanos no tenían nada que ver con los judíos; no eran del pueblo elegido. Y esto ya significa algo: aquella mujer, que representaba a la Iglesia, era una extranjera, porque la Iglesia iba a ser constituida por gente extraña al pueblo de Israel.

Pensemos, pues, que aquí se está hablando ya de nosotros: reconozcámonos en la mujer, y, como incluidos en ella, demos gracias a Dios. La mujer no era más que una figura, no era la realidad; sin embargo, ella sirvió de figura, y luego vino la realidad. Creyó, efectivamente en aquel que quiso darnos en ella una figura.

Llega, pues, a sacar agua. Jesús le dice: “Dame de beber”. Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.

Ved cómo se trata aquí de extranjeros: los judíos no querían ni siquiera usar sus vasijas. Y como aquella mujer llevaba una vasija para sacar el agua, se asombró de que un judío le pidiera de beber, pues no acostumbraban a hacer esto los judíos. Pero aquel que le pedía de beber tenía sed, en realidad, de la fe de aquella mujer.

Fíjate en quién era aquel que le pedía de beber. Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva”. Le pedía de beber, y fue él mismo quien prometió darle el agua.

Se presenta como quien tiene indigencia, como quien espera algo, y le promete abundancia, como quien está dispuesto a dar hasta la saciedad. Si conocieras -dice- el don de Dios. El don de Dios es el Espíritu Santo.

A pesar de que no habla aún claramente a la mujer, ya va penetrando poco a poco, en su corazón y ya la está adoctrinando. ¿Podría encontrarse algo más suave y más bondadoso que esta exhortación? Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú y él te daría agua viva. ¿De qué agua iba a darle, sino de aquella de la que está escrito: En ti está la fuente viva? Y ¿cómo podrían tener sed los que se nutren de lo sabroso de tu casa?

De manera que le estaba ofreciendo un manjar apetitoso y la saciedad del Espíritu Santo, pero ella no lo acababa de entender, y como no lo entendía, ¿qué respondió? La mujer le dice: “Señor, dame esa agua, así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”.

Por una parte, su indigencia la forzaba al trabajo, pero, por otra, su debilidad rehuía el trabajo. Ojalá hubiera podido escuchar: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Esto era precisamente lo que Jesús quería darle a entender, para que no se sintiera ya agobiada; pero la mujer aún no lo entendía (Tratado 15, 10-12. 16-17: CCL 36, 154-156).

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LECTIO DIVINA, DOMINGO III de CUARESMA, CICLO A

Paso 1. Disponerse: Ponte en la presencia del Señor. Él te ha llamado, te espera. Míralo así: “Es Dios quien quiere hablar conmigo en la lectura”. El Espíritu es la fuerza del amor de Dios que nos revela a Jesús. Llámale con tus palabras y a tu modo, con mucha confianza: Ven, Espíritu Santo. Una forma de prepararte a la escucha del Señor en la lectura es haciendo muy despacio el signo de la cruz sobre ti: en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Jn 4, 5-42

Llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.

La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».

La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».

La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla». Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».

Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que adoran deben hacerlo en espíritu y verdad». La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».

En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?». La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?». Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él.

Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro, come». El les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis».  Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?».

Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo»

Paso 2. Leer: Lee varias veces. ¿Qué sabes de la rivalidad entre samaritanos y judíos? ¿Ves cómo la samaritana va descubriendo poco a poco el misterio de Jesús? ¿Por qué comenzaron a creer muchos samaritanos?

Paso 3. Escuchar: No pienses mucho. Interioriza. ¿Cómo deja tu corazón leer este relato? ¿De qué agua hablan, de qué culto, de qué Padre? ¿Y tú, tienes sed de esta agua?

Paso 4. Orar: Cuéntale al Señor en confianza qué te hace decirle esta lectura. Habla con Jesús en confianza del agua viva, del don de Dios, de la sed que tienes en el corazón. Jesús te pide como a la mujer: “Créeme”. ¿Cómo le respondes?

Paso 5. Vivir: Mira tu vida desde la vida de Jesús, desde su amor por ti. ¿Qué tiene que ver con tu vida este encuentro de Jesús con la samaritana? ¿Tú también participas en disputas religiosas y eclesiales? ¿Conoces por experiencia que Jesús es el Salvador del mundo?

Inspirado en: http://semillas-edit.es/

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