Maná y Vivencias Cuaresmales (16), 16.3.17

Jueves de la 2ª semana de Cuaresma

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Como árbol plantado al borde de la acequia



Antífona de entrada: Salmo 138, 23-24

Ponme a prueba, Dios mío, y conocerás mi corazón; mira si es que voy por mal camino y condúceme tú por el camino recto.


Oración colecta

Señor, tú que amas la inocencia y la devuelves a quien la ha perdido, atrae hacia ti nuestros corazones y abrásalos con el fuego de tu Espíritu, para que permanezcamos firmes en la fe y eficaces en el bien obrar. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Jeremías 17, 5-10

Así dice el Señor: «Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita.

Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto.

Nada más falso y enfermo que el corazón: ¿quién lo entenderá? Yo, el Señor, penetro el corazón, sondeo las entrañas, para dar al hombre según su conducta, según el fruto de sus acciones.»


SALMO 1, 1-2.3.4.6

Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.

Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche.

Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin.

No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal.


Aclamación antes del Evangelio: Lucas 8, 15

Dichosos los que cumplen la palabra del Señor con un corazón bueno y sincero, y perseveran hasta dar fruto.


EVANGELIO: Lucas 16, 19-31

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle la llagas.

Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron.

Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.” Pero Abrahán le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.

Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.”

El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.” Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.” El rico contestó: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.”

Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.”»

Antífona de comunión: Salmo 118, 1

Dichoso el que, con vida intachable, hace la voluntad del Señor.

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VIVENCIAS CUARESMALES

Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor

Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor



16. JUEVES

SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA


TEMA: Al final, habrá un juicio definitivo, inapelable… y será el de Dios. ¿Lo sabemos, nos interesa recordarlo?

En este mundo, los hombres suelen ir por dos caminos bien diferentes, contrapuestos: el bien y el mal; Lázaro y el Epulón. ¿Por cuál estás tú transitando? Atrévete a reconocerlo. Estás a tiempo…

El camino de la Cuaresma es un camino de rectificación: el creyente se deja interpelar por Dios, y valientemente se somete a una revisión profunda de los fundamentos de su fe y de su práctica religiosa.

Por eso asume decididamente la oración del salmista en la antífona de entrada de la misa de hoy: Señor, sondéame y conoce mi corazón, ponme a prueba y conoce mis sentimientos, mira si mi camino se desvía, guíame por el camino recto (Salmo 138).

Pero sabiendo que somos arcos falsos que podemos ceder en cualquier momento a la mentira, a la cobardía, a la autojustificación, rezamos en la Oración colecta: Atrae hacia ti nuestros corazones y abrásalos en el fuego de tu Espíritu, para que permanezcamos firmes en la fe y eficaces en el bien obrar.

No es fácil conseguir lo que se pide; en realidad, es imposible para nosotros, pero posible para Dios y su acción misericordiosa, en especial durante el tiempo cuaresmal.

La verdad de Dios es pura y total. En Dios no hay sombra de oscuridad, por eso cuestiona constantemente nuestra vida tejida de luces y de sombras.

Cuestiona y afronta crudamente nuestras convicciones. Así habla Yahvé: “Maldito el hombre que confía en otro hombre, que busca su apoyo en un mortal y aparta su corazón de Yahvé”.

Texto bíblico: Jeremías 17, 5-10. “Maldito el hombre que confía en otro hombre y busca en él su apoyo”.

Podrá parecernos durísimo e inhumano ese término “maldito”, impropio de un Dios Padre, tierno y paciente. Maldito, “desdichado”: porque se perdería para siempre.

No se puede andar con ambigüedades y rodeos en esta verdad fundamental: Sólo Dios es la medida del hombre. Éste no puede contentarse con menos; pues negaría la sabiduría y la bondad infinita de Dios.

“Nos hiciste, Señor, para ti”, confiesa agradecido san Agustín. Porque así, Señor, te pareció bien, para alabanza de tu gloria. Sería gravísimo negar a Dios en su misma esencia, relativizar lo divino, lo único absoluto: su santidad, bondad, sabiduría y generosidad.

Sin embargo, se comprende este atrevimiento del ser humano, porque nada hay tan enfermo y voluble como el corazón del hombre. ¿Quién lo entenderá? Pero Dios sí lo entiende, porque él lo ha creado; su Espíritu penetra hasta el espíritu del hombre, hasta lo más íntimo del hombre.

Por eso lee y saborea de forma sosegada la oración del salmista: “Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor. Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón, no se marchitan sus hojas. Cuanto emprende tiene buen fin” (Salmo 1, 1-2-3-4-y 6).

Dios, que desea nuestro mayor bien, quiere ahorrarnos sufrimientos inútiles y amargas decepciones y nos manda descansar sólo en él. Él es nuestra roca y fundamento esencial y existencial: y en él, todo lo demás; y sin él, nada.

Dice el Evangelio que Jesús no se fiaba de nadie, de ninguno de aquellos que le querían hacer rey, porque él sabía lo que hay dentro de cada uno.

Y no lo hace de manera despectiva, pues él sabe valorar al hombre como nadie, pero no se fiaba, no se dormía en los laureles, en las alabanzas del hombre; el hombre, no sólo por su volubilidad, sino sobre todo por su fragilidad creatural, no puede proporcionar la felicidad total de nadie. Eso pertenece al Creador.

Evangelio, por lo demás elocuente, el del rico Epulón y el pobre Lázaro, tomado de Lucas 16, 19-31. El rico -que no tiene nombre en el evangelio: por tanto, un ser vacío, sin misión ni sentido, como animal de engorde- encarna la ignorancia culpable del hombre y la vaciedad de la autosuficiencia.

En la tierra caben las mayores perversiones e injusticias, las más crueles tiranías y opresiones pero un día la tortilla se volteará: Tú recibiste bienes, y ahora sufres; él recibió males, justo es que él ahora goce porque permaneció fiel.

Estas palabras, lamentablemente, son actuales, pues muchos contemporáneos nuestros no reconocen sus raíces religiosas y cristianas.

La mayor pobreza del hombre actual consiste en pretender negar sus propios orígenes y tratar de vivir como si Dios no existiera, como ni no tuviera ni principio ni fin.

Un hombre sin vocación, no vocacionado. Es decir, un hombre a quien nadie ha llamado a la vida y a la fe, cuyo nombre nadie ha pronunciado.

¿Será el hombre fruto del azar, un estorbo para los demás, y sus afanes existenciales una pasión inútil?

Otra lección de esta parábola: cada uno responderá por sí mismo, nadie podrá suplantar a nadie. Nadie puede responder por otro: el encuentro con Dios es personal. Cada uno tiene que “mojarse” y dar el paso de la fe sin exigir a Dios excesivas pruebas de su llamada.

Pues si no se convierten con los medios ordinarios, ni aunque resucite un muerto se convertirán. No hay milagros que puedan forzar la libertad del hombre. Aparte de que el amor forzado no vale, no sirve.

Sólo creerá el que, de verdad, quiera creer. El que tenga oídos, que oiga.

Otra verdad: lo que se hizo, hecho está: con la muerte se acabó la hora de cambiar o de corregir; se pasó la oportunidad; las respuestas que se dan al rico indican que se vive sólo una sola vez, no hay reencarnación que valga.

¿No será esa pretendida segunda oportunidad una veleidad gratuita? Somos, o no somos; si somos, valemos; si no valemos, ¿para qué repetir la experiencia de una inutilidad mediante una reencarnación? ¿Quién nos aseguraría que a la segunda acertaríamos?

A veces nos admira la destreza y terquedad del hombre en buscar subterfugios para esconderse de Dios, para rechazar el camino recto y reinventar caminos torcidos y rodeos.

Pero nadie está libre, ojo. Busquemos la sencillez de los niños. De los que son como ellos es el Reino de los cielos.

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De las homilías de san Basilio Magno

El que se gloríe, que se gloríe en el Señor

No se gloríe el sabio de su sabiduría, no se gloríe el fuerte de su fortaleza, no se gloríe el rico de su riqueza. Entonces, ¿en qué puede gloriarse con verdad el hombre? ¿Dónde halla su grandeza? Quien se gloría -continúa el texto sagrado-, que se gloríe de esto: de conocerme y comprender que soy el Señor.

En esto consiste la sublimidad del hombre, su gloria y su dignidad: en conocer dónde se halla la verdadera grandeza y adherirse a ella con todas sus fuerzas; en buscar la gloria que procede del Señor de la gloria.

Dice, en efecto, el Apóstol: El que se gloríe, que se gloríe en el Señor, afirmación que se halla en aquel texto: Cristo, que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención; y así, como dice la Escritura: “El que se gloríe, que se gloríe en el Señor”.

Por tanto, lo que hemos de hacer para gloriarnos de un modo perfecto e irreprochable en el Señor es no enorgullecernos de nuestra propia justicia, sino reconocer que en verdad carecemos de ella y que lo único que nos justifica es la fe en Cristo.

En esto precisamente se gloría Pablo, en despreciar su propia justicia y en buscar la que se obtiene por la fe y que procede de Dios, para así tener íntima experiencia de Cristo, del poder de su resurrección y de la comunión en sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de alcanzar la resurrección de entre los muertos.

Así caen por tierra toda altivez y orgullo. El único motivo que te queda para gloriarte, oh hombre, y el único motivo de esperanza consiste en hacer morir todo lo tuyo y buscar la vida futura en Cristo; de esta vida poseemos ya las primicias, es algo ya incoado en nosotros, puesto que vivimos en la gracia y en el don de Dios.

Y, es el mismo Dios quien activa en nosotros el querer y la actividad para realizar su designio de amor. Y es Dios también el que, por su Espíritu, nos revela su sabiduría, la que de antemano destinó para nuestra gloria. Dios nos da fuerzas y resistencia en nuestros trabajos. He trabajado más que todos, dice Pablo; aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo.

Dios saca del peligro más allá de toda esperanza humana. En nuestro interior, dice también el Apóstol, dimos por descontada la sentencia de muerte; así aprendimos a no confiar en nosotros, sino en Dios que resucita a los muertos.

Él nos salvó y nos salva de esas muertes terribles, en él está nuestra esperanza, y nos seguirá salvando (Homilía 20, sobre la humildad, 3: PG 31, 530-531).

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