El maná de cada día, 18.12.16

diciembre 17, 2016

Domingo IV de Adviento, Ciclo A

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La virgen está encinta y dará a luz un hijo



Antífona de entrada: Is 45,8

Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad la victoria; ábrase la tierra y brote la salvación.


Oración colecta

Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que por el anuncio del ángel hemos conocido la encarnación de tu Hijo, para que lleguemos por su pasión y su cruz a la gloria de la resurrección. Por nuestro Señor.


PRIMERA LECTURA: Is 7,10-14

En aquellos días, dijo el Señor a Acaz: «Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo».

Respondió Acaz: «No la pido, no quiero tentar al Señor».

Entonces dijo Dios: «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad, la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”».


SALMO 23

Va a entrar el Señor, él es el Rey de la gloria.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos.

Ése recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.


SEGUNDA LECTURA: Rom 1, 1-7

Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el Evangelio de Dios.

Este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras santas, se refiere a su Hijo, nacido, según la carne, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte: Jesucristo, nuestro Señor.

Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a la fe, para gloria de su nombre. Entre ellos estáis también vosotros, llamados por Cristo Jesús.

A todos los de Roma, a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de los santos, os deseo la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 1, 23

Mirad, la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, «Dios-con-nosotros».


EVANGELIO: Mt 1, 18-24

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto.

Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados».

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”».

Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.


Antífona de comunión: Is 7, 14

Mirad: La Virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Dios-con-nosotros.

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PREGUNTAS AL PAPA FRANCISCO SOBRE LA NAVIDAD

Francisco cuenta a “La Stampa” y a “Vatican Insider” su primera Navidad como Obispo de Roma.

¿Qué significa para usted la Navidad?

Es el encuentro con Jesús. Dios siempre ha buscado a su pueblo, lo ha guiado, lo ha custodiado, ha prometido que le estará siempre cerca. En el Libro del Deuteronomio leemos que Dios camina con nosotros, nos guía de la mano como hace un papá con su hijo. Esto es hermoso.

La Navidad es el encuentro de Dios con su pueblo. Y también es una consolación, un misterio de consolación. Muchas veces, después de la misa de Nochebuena, pasé algunas horas solo, en la capilla, antes de celebrar la misa de la aurora, con un sentimiento de profunda consolación y paz.

Recuerdo una vez aquí en Roma, creo que era la Navidad de 1974, en una noche de oración después de la misa en la residencia del Centro Astalli. Para mí la Navidad siempre ha sido esto: contemplar la visita de Dios a su pueblo.

¿Cuál es el mensaje de la Navidad para las personas de hoy?

Nos habla de la ternura y de la esperanza. Dios, al encontrarse con nosotros, nos dice dos cosas.

La primera: tengan esperanza. Dios siempre abre las puertas, no las cierra nunca. Es el papá que nos abre las puertas. Segunda: no tengan miedo de la ternura.

Cuando los cristianos se olvidan de la esperanza y de la ternura se vuelven una Iglesia fría, que no sabe dónde ir y se enreda en las ideologías, en las actitudes mundanas. Mientras la sencillez de Dios te dice: sigue adelante, yo soy un Padre que te acaricia. Tengo miedo cuando los cristianos pierden la esperanza y la capacidad de abrazar y acariciar.

Tal vez por esto, mirando hacia el futuro, hablo a menudo sobre los niños y los ancianos, es decir los más indefensos. En mi vida como sacerdote, yendo a la parroquia, siempre traté de transmitir esta ternura, sobre todo a los niños y a los ancianos. Me hace bien, y pienso en la ternura que Dios tiene por nosotros.

¿Cómo es posible creer que Dios, considerado por las religiones como infinito y omnipotente, se haga tan pequeño?

Los Padres griegos la llamaban “synkatábasis”, condescendencia divina. Dios que desciende y está con nosotros. Es uno de los misterios de Dios. En Belén, en el 2000, Juan Pablo II dijo que Dios se convirtió en un niño que dependía totalmente de los cuidados de un papá y de una mamá.

Por esto la Navidad nos da tanta alegría. Ya no nos sentimos solos, Dios descendió para estar con nosotros. Jesús se hizo uno de nosotros y sufrió por nosotros el final más terrible en la cruz, el de un criminal.

A menudo se presenta la Navidad como una fábula de ensueño. Pero Dios nace en un mundo en el que también hay mucho sufrimiento y miseria…

Lo que leemos en los Evangelios es un anuncio de alegría. Los evangelistas describen una alegría. No hacen consideraciones sobre el mundo injusto, sobre cómo pudo nacer Dios en un mundo así. Todo esto es fruto de nuestra contemplación: los pobres, el niño que nace en la precariedad.

La Navidad no fue una denuncia de la injusticia social, de la pobreza, sino un anuncio de alegría. Todo lo demás son conclusiones que sacamos nosotros. Algunas correctas, otras menos y otras más ideologizadas. La Navidad es alegría, alegría religiosa, alegría de Dios, interior, de luz, de paz.

Cuando no se tiene la capacidad o se está en una situación humana que no te permite comprender esta alegría, se vive la fiesta con alegría mundana. Pero entre la alegría profunda y la alegría mundana hay mucha diferencia.

Es su primera Navidad como Obispo de Roma, en un mundo lleno de conflictos y guerras…

Dios nunca da un don a quien no es capaz de recibirlo. Si nos ofrece el don de la Navidad es porque todos tenemos la capacidad para comprenderlo y recibirlo. Todos, desde el más santo hasta el más pecador, desde el más limpio hasta el más corrupto. Incluso el corrupto tiene esta capacidad: pobrecito, la tiene un poco oxidada, pero la tiene.

La Navidad en este tiempo de conflictos es un llamado de Dios, que nos da este don. ¿Queremos recibirlo o preferimos otros regalos? Esta Navidad en un mundo afectado por las guerras me hace pensar en la paciencia de Dios.

La principal virtud de Dios, indicada en la Biblia, es que Él es amor. Él nos espera, no se cansa nunca de esperarnos. Él da el don y después nos espera. Esto sucede en la vida de cada uno de nosotros. Hay algunos que lo ignoran. Pero Dios es paciente y la paz, la serenidad de la noche de Navidad, es un reflejo de la paciencia de Dios hacia nosotros.


El maná de cada día, 17.12.16

diciembre 17, 2016

17 de Diciembre. Primera feria mayor de Adviento

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Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente

Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente

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Antífona de entrada: Isaías 49, 13

Exulta, cielo; alégrate tierra, porque viene el Señor y se compadecerá de los desamparados.


Oración colecta

Dios, creador y restaurador del hombre, que has querido que tu Hijo, Palabra eterna se encarnase en el seno de María, siempre Virgen; escucha nuestras súplicas, y que Cristo, tu Unigénito, hecho hombre por nosotros, se digne hacernos partícipes de su condición divina. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Génesis 49, 1-2. 8-10

En aquellos días, Jacob llamó a sus hijos y les dijo:

«Reuníos, que os voy a contar lo que os va a suceder en el futuro; agrupaos y escuchadme, hijos de Jacob, oíd a vuestro padre Israel: A ti, Judá, te alabarán tus hermanos, pondrás la mano sobre la cerviz de tus enemigos, se postrarán ante ti los hijos de tu padre.

Judá es un león agazapado, has vuelto de hacer presa, hijo mío; se agacha y se tumba como león o como leona, ¿quién se atreve a desafiarlo?

No se apartará de Judá el cetro, ni el bastón de mando de entre sus rodillas, hasta que venga aquel a quien está reservado, y le rindan homenaje los pueblos.»


SALMO 71, 1-2. 3-4ab. 7-8. 17

Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente.

Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud.

Que los montes traigan paz, y los collados justicia; que él defienda a los humildes del pueblo, socorra a los hijos del pobre.

Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar amar, del Gran Río al confín de la tierra.

Que su nombre sea eterno, y su fama dure como el sol; que él sea la bendición de todos los pueblos, y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.


Aclamación antes del Evangelio:

Sabiduría del Altísimo, que lo ordenas todo con firmeza y suavidad, ven y muéstranos el camino de la prudencia.


EVANGELIO: Mateo 1, 1-17

Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán.

Abrahán engendró a Isaac, Isaac a Jacob, Jacob a Judá y a sus hermanos. Judá engendró, de Tamar, a Farés y a Zará, Farés a Esrón, Esrón a Aram, Aram a Aminadab, Aminadab a Naasón, Naasón a Salmón, Salmón engendró, de Rahab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed; Obed a Jesé, Jesé engendró a David, el rey.

David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón, Salomón a Roboam, Roboam a Abías, Abías a Asaf, Asaf a Josafat, Josafat a Joram, Joram a Ozías, Ozías a Joatán, Joatán a Acaz, Acaz a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés a Amós, Amós a Josías; Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando el destierro de Babilonia.

Después del destierro de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel a Zorobabel, Zorobabel a Abiud, Abiud a Eliaquín, Eliaquín a Azor, Azor a Sadoc, Sadoc a Aquim, Aquim a Eliud, Eliud a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob; y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

Así, las generaciones desde Abrahán a David fueron en total catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta el Mesías, catorce.


Antífona de comunión: Ag 2, 8

Vendrá el deseado de las naciones, y se llenará de gloria el templo del Señor.
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CATORCE GENERACIONES

Mateo sitúa el nacimiento de Cristo al final de una serie de progenitores y ascendientes con los que va describiendo la genealogía de Jesús. “Desde Abraham a David, catorce generaciones; desde David hasta la deportación de Babilonia, catorce generaciones. Desde la deportación de Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones” (Mt 1,17).

Si el evangelista hubiera tenido que contarnos el origen de Cristo al estilo de las antiguas mitologías, hubiera escrito una genealogía llena de generaciones de dioses, héroes y semidioses. No es el caso de Cristo, de quien sabemos que perteneció a la estirpe de David, fue descendiente de Jacob y nació de María, que era la mujer de José.

Para Mateo es importante recalcar que Jesús era el “hijo de David”, porque el parentesco de sangre con David era necesario para que el pueblo de Israel reconociera a Jesús como el Mesías.

Y, sin embargo, igualmente necesarios eran los demás personajes de esa genealogía para que todos reconociéramos en ese Mesías a alguien de nuestro mismo linaje humano. No hay entre sus antecesores dioses, héroes o semidioses y sí prostitutas, traidores y muchos personajes desconocidos de los que la historia sólo nos dice que pertenecieron a la ascendencia de Cristo.

¿Qué sabemos y quiénes fueron Esrón, Arán, Abiá, Asaf, Salatiel, Aliud o Azor? Y, sin embargo, todos entraban en el plan de Dios, quizá sin ellos saberlo. Ni siquiera el pecado de muchos de ellos impidió que el Verbo se hiciera carne y naciera hecho Niño en un pesebre.

Aquel que quiso pertenecer al real linaje de David quiso también nacer en un pobre establo de Belén. Y aquel que era Dios no quiso renunciar a un linaje humano entreverado de miseria y de pecado.

Y tú ¿por qué no te aceptas como eres? ¿Por qué te empeñas en disimular, esconder o tergiversar la verdad de tu condición de pecador, haciendo creer a otros lo que no eres? ¿Te preocupa más lo que los demás piensen de ti que lo que eres ante Dios y para Dios?

Enamórate de este Dios Niño que pone patas arriba nuestros esquemas, medidas y criterios demasiado humanos. Aquello que no cuenta a los ojos de los hombres es lo que Dios elige para cumplir sus planes. Y hasta los detalles más nimios de tu vida o los acontecimientos más intrascendentes cuentan para Dios.

Piensa que si sólo existieras tú en el mundo sólo por ti el Verbo se habría hecho carne y habría llegado a dar su vida en la Cruz. Dios conduce los hilos y personajes de tu historia, aunque tu vida pase desapercibida y seas para muchos un personaje desconocido que nunca pasó a la historia.

Mater Dei

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Hoy comienza la recta final del Adviento, las ferias mayores que nos llevarán hasta el día de nochebuena.

La liturgia, a partir de la vísperas de hoy, se prepara alabando al Mesías con diferentes títulos expresados en las antífonas del Magníficat de cada feria hasta el día 23.

María, la Inmaculada, es el título solemne de adviento y fuente de muchos otros. Pero en la tradición cristiana, según los lugares, en el adviento se ha invocado a María con otras advocaciones: Virgen de la Esperanza, Virgen de la Expectación, Virgen de la O

Virgen de la Esperanza, por ser la madre que trajo la esperanza al mundo, Jesús. Virgen de la Expectación, porque esperó como madre que naciera su hijo Jesús.Virgen de la O, porque, según algunos, grávida de su hijo, los artistas la representaron en óvalo.

Más probable es que esta denominación de María arranque de la exclamación ¡Oh! con que comienza la antífona magnificat del 17 al 23 de diciembre, canto evangélico que el evangelista Lucas pone en boca de María y se reza a diario en las vísperas.

“¡Oh!” Expresa alegría y asombro en la boca y el corazón del creyente que ora o canta estas antífonas que se abren sucesivamente con ¡Oh Sabiduría! ¡Oh raíz de Jesé! ¡Oh Adonai! ¡Oh sol naciente! ¡Oh llave de David! ¡Oh Rey de reyes! ¡Oh Enmanuel!

Y alegría y asombro fueron los sentimientos que embargaban a María los días anteriores al nacimiento de Jesús, por lo que la Iglesia peregrinante en su oración litúrgica intenta asemejarse a María y provocar en los fieles esos sentimientos marianos.

Las exclamaciones anteriores se encuentran todas en los libros proféticos del Antiguo Testamento; cosa razonable, porque antes del nacimiento de Jesús eran los libros veterotestamentarios los que conocían y con los que oraban los fieles judíos que esperaban al Mesías.

La Iglesia, que litúrgicamente espera la llegada del Mesías, suplica con vivas fórmulas, ya no sólo judías, sino también cristianas, el nacimiento de Jesús.

Desde aquí se os invita a leer la paráfrasis que a cada una de estas antífonas ha realizado José Antonio Ciordia, agustino recoleto, y profesor de Sagrada Escritura durante más de cuarenta años. Su interpretación de cada una de las “O” está encerrada en el molde de diez versos de rima sencilla que invitan a la contemplación y al asombro esperanzado. En estos versos, la teología se ha hecho oración.

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¡Oh Sabiduría!
Saliste de la boca del Excelso
y engendras a tu voz las cosas todas,
ordenas en belleza el universo
y tejes con amor la humana historia.
Levanta en mi interior jardín de flores
con el calor que irradia tu Palabra:
en orden pon el caos de pasiones
que arrastran mi existencia hacia la nada.
Concédeme, Señor, gustar tu ciencia
y hallar en mí sabrosa tu presencia.

¡Oh raíz de Jesé!
Volvió a reverdecer el trono antiguo;
de su raíz brotó la flor más bella:
gimieron consternados los Abismos
y el cielo despertó legión de estrellas.
Pastor de las naciones y los pueblos
Enseña fulgurante, Vara enhiesta:
dirige poderoso hacia tu Reino
a cuantos ya se alegran con tu vuelta.
Estrella tuya soy, lucirte quiero
y ser en ti, jugosa Vid, renuevo.

¡Oh Adonai!
La zarza del Horeb, que en luz y fuego
al siervo Moisés de Dios hablara
se muestra imagen fiel de tu misterio:
de ser calor, espíritu y Palabra.
Voz eres celestial que a todos llama
y fuerza universal que todo eleva
y fuego abrasador que en viva llama
al mundo entero en torno a ti congrega.
Tu voz la nuestra sea, creadora,
y nuestra, la pasión que te devora.

¡Oh sol naciente!
Tú, Luz de Luz y Sol de eterno brillo,
fulgor ardiente que ciegas las Tinieblas
mantén tu curso fiel en el designio
de convertir en luz la obscura tierra.
Pues somos noche y hálito de barro,
cuán densas son las sombras en el alma
y cuántas las caídas en los pasos
si Tú no vienes pronto ¡y nos salvas!
¡Alumbre el resplandor de tu mirada
las niñas de mis ojos fatigadas!

¡Oh llave de David!
Sagrado Cetro,
en donde Dios ejerce sus poderes:
recibes en herencia los misterios
y entregas sus riquezas al que quieres.
Si cierras Tú, cerrados permanecen,
y quedan manifiestos si los abres:
al hombre sin orgullo entrada ofreces
y ocultas su valor al arrogante.
Desata al pecador de su pecado
y da tu libertad al que es esclavo.

¡Oh Rey de reyes!
Oh Rey de reyes, Fin de las edades;
Sillar fundamental del reino nuevo;
que rompes con tu cetro las ruindades
que hicieron enemigos a los pueblos.
Encanto de profetas y de sabios,
Anhelo de las islas más distantes,
que animas con el Soplo de tus labios
al hombre que del barro modelaste:
Renueva en tu poder al hombre viejo
y trae a tu redil a los dispersos.

¡Oh Enmanuel !
Y dijo nuestro Dios: “iré con ellos:
pondré sobre mis hombros su destino,
seré su Hermano, Padre y compañero
y haré su corazón igual al mío!”.
Seremos -como esposos- una carne;
en ellos grabaré mi Testamento;
mis venas llevarán la misma sangre:
tendremos en común el aposento.
Yo con vosotros; id, contadlo presto
¡que soy el Enmanuel, hermano vuestro!

El cielo dio su Rocío;
la tierra rompió su entraña
la Virgen espera un Niño:
¡nacer lo veréis mañana!
“Ven, Señor Jesús”.

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