El perfil del pastor según el Papa Francisco

noviembre 18, 2016

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Papa Francisco

Papa Francisco: Perfil del verdadero pastor de almas; sacerdote, obispo…

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El perfil del pastor según Francisco

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En la catequesis de la audiencia general, un nuevo fragmento que compone el retrato del sacerdote y obispo
Por Andrea Tornielli

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Homilía tras homilía, catequesis tras catequesis, durante los últimos ocho meses el Papa Francisco ha trazado el perfil del verdadero pastor de almas.

Durante la audiencia general de ayer en Plaza San Pedro habló del sacramento de la confesión, recordando que Jesús dio a los apóstoles «el poder de perdonar los pecados». La Iglesia, añadió el Papa, «no es dueña de la potestad de las llaves, sino sierva del ministerio de la misericordia y se alegra cada vez que puede ofrecer este don divino».

Se siente aquí un eco de la invitación del pasado 21 de abril, cuando Francisco habló con los sacerdotes de la diócesis de Roma antes de ordenarlos: «Sean pastores y no funcionarios. Mediadores y no intermediarios».

Al reflexionar sobre la figura del confesor, Bergoglio añadió en su catequesis:

«El perdón de Dios que se nos da en la Iglesia, se nos transmite a través del ministerio de un hermano nuestro, el sacerdote; también él, un hombre que, como nosotros, necesita la misericordia, se hace realmente instrumento de misericordia, dándonos el amor sin límites de Dios Padre. También los sacerdotes deben confesarse, incluso los obispos: todos somos pecadores. ¡Incluso el Papa se confiesa cada quince días, porque el Papa es también un pecador!».

«El servicio que presta el sacerdote como ministro, por parte de Dios, para perdonar los pecados, es muy delicado –continuó Francisco–, es un servicio muy delicado y requiere que su corazón esté en paz; que el sacerdote tenga el corazón en paz, que no maltrate a los fieles, sino que sea apacible, benevolente y misericordioso; que sepa sembrar esperanza en los corazones y, sobre todo, que sea consciente de que el hermano o la hermana que se acerca al sacramento de la Reconciliación busca el perdón y lo hace como se acercaban tantas personas a Jesús, para que las curara. El sacerdote que no tiene esta disposición de ánimo es mejor que, hasta que no se corrija, no administre este Sacramento. Los fieles penitentes tienen el deber ¿no? Tienen el derecho. Nosotros tenemos el derecho, todos los fieles de encontrar en los sacerdotes los servidores del perdón de Dios».

«Un sacerdote enamorado –dijo Francisco el pasado 16 de septiembre durante el encuentro con el clero romano– debe siempre acordarse del primer amor, de Jesús, volver a esa fidelidad que permanece siempre y nos espera. Para mí, este es el punto-clave de un sacerdote enamorado: que tenga la capacidad de volver con la memoria al primer amor. Una Iglesia que pierde la memoria es una Iglesia electrónica: no tiene vida. Hay que tener cuidado con los sacerdotes “rigoristas” y “laxistas”. El sacerdote misericordioso –afirmó– es el que dice la verdad, pero añade: “No te espantes, el Dios bueno nos espera. Vamos juntos”. Esto lo debemos tener siempre presente: acompañar. Ser compañeros de camino. La conversión siempre se hace así, por el camino, no en el laboratorio».

Durante la reciente visita a Asís, al dirigirse al clero de la diócesis umbra, Francisco pidió a los párrocos que aprendieran de memoria no solo el nombre de sus parroquianos, sino «incluso los de los perros», de los animales domésticos. Una manera para decir que el pastor debe estar cerca de su rebaño.

«Esto es lo que les pido: que sean pastores con “el olor de las ovejas”, pastores en medio del propio rebaño, y pescadores de hombres», dijo Francisco el 28 de marzo, durante la homilía de la misa crismal: «Nuestra gente agradece el evangelio predicado con unción, agradece cuando el evangelio que predicamos llega a su vida cotidiana, cuando baja como el óleo de Aarón hasta los bordes de la realidad, cuando ilumina las situaciones límites, “las periferias” donde el pueblo fiel está más expuesto a la invasión de los que quieren saquear su fe. Nos lo agradece porque siente que hemos rezado con las cosas de su vida cotidiana, con sus penas y alegrías, con sus angustias y sus esperanzas. Y cuando siente que el perfume del Ungido, de Cristo, llega a través de nosotros, se anima a confiarnos todo lo que quieren que le llegue al Señor: “Rece por mí, padre, que tengo este problema…”. “Bendígame, padre”, y “rece por mí” son la señal de que la unción llegó a la orla del manto, porque vuelve convertida en súplica».

Los sacerdotes, aun siendo célibes, deben ser padres. El «deseo de paternidad» está inscrito en las fibras más profundas de un hombre, explicó el Papa en la homilía de Santa Marta del pasado 26 de junio.

«Cuando un hombre no tiene este deseo, algo falta en este hombre. Algo no funciona. Todos nosotros, para ser, para volvernos plenos, para ser maduros, debemos sentir la alegría de la paternidad: incluso nosotros los célibes. La paternidad es dar vida a los demás, dar vida, dar vida… Para nosotros, será la paternidad pastoral, la paternidad espiritual: pero es dar vida, volvernos padres». «Un padre –continuó– que sabe qué significa defender a los hijos. Y esta es una gracia que nosotros los sacerdotes debemos pedir: ser padres, ser padres. La gracia de la paternidad, de la paternidad sacerdotal, de la paternidad espiritual».

Hablando de las fatigas del sacerdote, durante el encuentro con el clero romano de septiembre, el Papa explicó: «Cuando un sacerdote está en contacto con su pueblo, se fatiga. Cuando un sacerdote no está en contacto con su pueblo, se fatiga pero mal y, para ir a dormir debe tomarse una pastilla, ¿no? En cambio, el que está en contacto con su pueblo (¡porque el pueblo verdaderamente tiene muchas exigencias!, pero son las exigencias de Dios, ¿no?), ese se fatiga en serio, ¿eh?; y no necesita pastillas».

El propuesto es un modelo de pastor que no crea ninguna distancia, que no vive separado, que no se considera el “administrador” de los bienes de la gracia, que no tiene la preocupación de “regular” la fe de las personas sino, más bien, de facilitarla, que no se ocupa excesivamente de las cuestiones de “moda eclesiástica” y no se preocupa demasiado por su imagen. Vive unido a Dios y por este motivo completamente dedicado al servicio de los fieles que le fueron encomendados.

Deriva de esta cercanía, de este compartir, la indicación sobre la sobriedad que el Papa pronunció ante los jóvenes seminaristas y religiosos el pasado 6 de julio: «Me duele cuando veo a una monja o a un sacerdote con un coche último modelo. No se puede ir con coches costosos. El coche es necesario, para hacer muchos trabajos, pero pretendan uno humilde. Si quieren uno bonito, piensen en los niños que mueren de hambre».

Las características del sacerdote indicadas por Francisco también aparecen en el perfil del obispo que ha ido trazando durante estos meses. En el vídeo-mensaje enviado a la Ciudad de México, al Congreso sobre la Evangelización en América, el Papa habló del obispo como «pastor que conoce por su nombre a sus ovejas, las guía con cercanía, con ternura, con paciencia, manifestando efectivamente la maternidad de la Iglesia y la misericordia de Dios».

El verdadero pastor, explicó, no tiene la actitud «del príncipe o del mero funcionario» que se preocupa principalmente por la disciplina, por las reglas, por los mecanismos organizativos; «esto siempre lleva a una pastoral distante de la gente, incapaz de favorecer y de obtener el encuentro con Cristo y el encuentro con los hermanos».

«El pueblo de Dios que le fue encomendado –continuó– necesita que el obispo vele por él, cuidando sobre todo lo que lo mantiene unido y promueve la esperanza en los corazones». Francisco también habló sobre la importancia para los obispos de la formación de sacerdotes que sean capaces de estar cerca, «que sepan encender los corazones de la gente, caminar con ellos, entrar en diálogo con sus esperanzas y con sus temores».

En diferentes ocasiones, Bergoglio ha aludido a la enfermedad del carrerismo: «Nosotros los pastores –dijo el pasado 19 de septiembre a los nuevos obispos– no seamos hombres con “psicología de príncipes”, hombres ambiciosos, que son esposos de una Iglesia, mientras esperan otra más bonita, más importante o más rica. ¡Estén muy atentos para no caer en el espíritu del carrerismo!». «¡Eviten el escándalo –añadió– de ser “obispos de aeropuerto”! Sean pastores acogedores, en camino con su pueblo».

Otro de los males que aflige a la Iglesia, y que a veces va de la mano del carrerismo, es el clericalismo, una «tentación», como lo definió Francisco en el vídeo-mensaje que envió a México, que daña mucho a la Iglesia. «La enfermedad típica de la Iglesia replegada sobre sí misma –escribió el Papa a los obispos argentinos el pasado 18 de abril– es la autorreferencialidad: mirarse al espejo, curvarse sobre sí misma como aquella mujer del Evangelio. Es una especie de narcisismo que nos conduce a la mundanidad espiritual y al clericalismo sofisticado».

Carrerismo y clericalismo, enfermedad esta última que a veces incluso se transmite a los fieles laicos, que pueden llegar a desear ser «clericalizados», son cadenas que impiden salir, afrontar los desafíos de la evangelización en mar abierto a la que ha llamado el Papa.

http://www.lastampa.it/2013/11/21/vaticaninsider/es/vaticano/el-perfil-del-pastor-segn-francisco-176cw6RJC935PPoVcAFsDL/pagina.html


El maná de cada día, 18.11.16

noviembre 18, 2016

Viernes de la 33ª semana de Tiempo Ordinario

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expulsion-mercaderes

Mi casa es casa de oración



PRIMERA LECTURA: Apocalipsis 10, 8-11

Yo, Juan, oí cómo la voz del cielo que había escuchado antes se puso a hablarme de nuevo, diciendo: «Ve a coger el librito abierto de la mano del ángel que está de pie sobre el mar y la tierra. »

Me acerqué al ángel y le dije: «Dame el librito.»

Él me contestó: «Cógelo y cómetelo; al paladar será dulce como la miel, pero en el estómago sentirás ardor.»

Cogí el librito de mano del ángel y me lo comí; en la boca sabía dulce como la miel, pero, cuando me lo tragué, sentí ardor en el estómago.

Entonces me dijeron: «Tienes que profetizar todavía contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes.»


SALMO 118, 14. 24. 72. 103. 111. 131

¡Qué dulce al paladar tu promesa!

Mi alegría es el camino de tus preceptos, más que todas las riquezas.

Tus preceptos son mi delicia, tus decretos son mis consejeros.

Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata.

¡Qué dulce al paladar tu promesa: más que miel en la boca!

Tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón.

Abro la boca y respiro, ansiando tus mandamientos.


Aclamación antes del Evangelio: Juan 10, 27

Mis ovejas escuchan mi voz, dice el Señor; y yo las conozco y ellas me siguen.


EVANGELIO: Lucas 19, 45-48

En aquel tiempo, entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: «Escrito está: “Mi casa es casa de oración”; pero vosotros la habéis convertido en una “cueva de bandidos.”»

Todos los días enseñaba en el templo.

Los sumos sacerdotes, los escribas y los notables del pueblo intentaban quitarlo de en medio; pero se dieron cuenta de que no podían hacer nada, porque el pueblo entero estaba pendiente de sus labios.

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Quien escandaliza al pueblo
Papa Francisco en Casa Santa Marta
Viernes 21 de noviembre de 2014

Párrocos y laicos que tienen responsabilidades pastorales deben «mantener limpio el templo» y «acoger a cada persona como si fuera María», cuidando de no «dar escándalo al pueblo de Dios» y evitando transformar a la iglesia en un intercambio de dinero, «porque la salvación es gratuita». Es esta la recomendación que dio el Papa Francisco el viernes, 21 de noviembre, fiesta de la presentación de la bienaventurada Virgen María en el templo, durante la misa en Santa Marta.

«El gesto de Jesús en el templo» —que como escribe san Lucas en su Evangelio (19, 45-48) «se puso a echar a los vendedores»— según el Papa «es precisamente una ceremonia de purificación del templo». El pueblo de Israel «conocía estas ceremonias: muchas veces tuvo que purificar el templo al ser profanado».

Basta pensar, recordó, «en los tiempos de Nehemías en la reconstrucción del templo». Estaba «siempre ese celo por la casa de Dios, porque el templo para ellos era precisamente la morada de Dios, era lo “sagrado”, y cuando era profanado, tenía que ser purificado».

Así, pues, «Jesús, en ese momento, hace una ceremonia de purificación» afirmó el Papa, confesando: «hoy pensaba cuánta diferencia entre este Jesús, celoso de la gloria de Dios, con látigo en mano, y ese Jesús de doce años, que hablaba con los doctores: ¡cuánto tiempo pasó y cómo cambiaron las cosas!».

En efecto, «Jesús, movido por el celo de la gloria del Padre, realiza este gesto, esta ceremonia de purificación: el templo había sido profanado». Pero «no sólo el templo: con el templo, el pueblo de Dios profanado con el pecado tan grave del escándalo».

Al hacer nuevamente referencia al pasaje evangélico, el Pontífice destacó que «la gente era buena, iba al templo, no miraba estas cosas: buscaba a Dios, oraba». Sin embargo, «tenía que cambiar las monedas para realizar la ofrenda, y lo hacía allí». Es precisamente para buscar a Dios que «el pueblo de Dios iba al templo; no por esos que vendían». La gente «iba al templo por Dios». Y «allí estaba la corrupción que escandalizaba al pueblo».

Al respecto, el Papa recordó «una escena de la Biblia muy hermosa» que tiene también relación con la fiesta de la presentación de María: «Cuando la mamá de Samuel fue al templo, oraba para obtener la gracia de un hijo. Y murmuraba en silencio sus oraciones. El sacerdote, anciano, pobrecito, pero muy corrupto» le dijo «que era una borracha». En ese momento «sus dos hijos sacerdotes explotaban a la gente, explotaban a los peregrinos, escandalizaban al pueblo: el pecado del escándalo».

Pero la mujer, «con mucha humildad, en vez de decirle alguna que otra palabra fuerte a este sacerdote, le explicó su angustia». Así, «en medio de la corrupción, en ese momento» estaba «la santidad y la humildad del pueblo de Dios».

Pensemos, prosiguió el obispo de Roma, en «cuánta gente miraba a Jesús que limpiaba el templo con el látigo». Escribe san Lucas: «Todo el templo estaba pendiente de Él, escuchándolo». Precisamente a la luz del gesto de Jesús, «pienso en el escándalo —afirmó el Papa— que podemos dar a la gente con nuestra actitud, con nuestras costumbres no sacerdotales en el templo: el escándalo del comercio, el escándalo de las mundanidades».

En efecto «cuántas veces vemos que al entrar en una iglesia, aun hoy, está la lista de los precios: bautismo, tanto; bendición, tanto; intenciones de misa, tanto…». Y «el pueblo se escandaliza».

El Papa Francisco contó también un hecho que vivió de cerca: «Una vez, recién ordenado sacerdote, estaba con un grupo de universitarios y una pareja de novios que quería casarse. Habían ido a una parroquia, querían hacerlo con la misa. Y ahí, el secretario parroquial dijo: No, no: no se puede —¿Por qué no se puede con la misa? ¿Si el concilio recomienda hacerlo siempre con la misa? —No, no se puede, porque más de veinte minutos no se puede —¿Por qué? —Porque hay otros turnos —¡Pero nosotros queremos la misa! —Pero pagáis dos turnos».

Así que «para casarse con la misa tuvieron que pagar dos turnos». Esto, destacó el Papa, «es pecado de escándalo». Y «sabemos lo que Jesús dice a los que son causa de escándalo: mejor ser arrojados al fondo del mar».

Es un hecho: «cuando los que están en el templo —sean sacerdotes, laicos, secretarios que tienen que gestionar en el templo la pastoral del templo— se convierten en especuladores, el pueblo se escandaliza». Y «nosotros somos responsables de esto, también los laicos: todos». Porque, explicó, «si veo que en mi parroquia se hace esto, debo tener el valor de decirlo en la cara al párroco», de lo contrario «la gente sufre ese escándalo».

Y «es curioso», añadió el Papa, que «el pueblo de Dios sabe perdonar a sus sacerdotes, cuando tienen una debilidad, caen en un pecado». Pero «hay dos cosas que el pueblo de Dios no puede perdonar: un sacerdote apegado al dinero y un sacerdote que maltrata a la gente. No logran perdonar» el escándalo de la «casa de Dios» que se convierte en una «casa de negocios». Precisamente como ocurrió a «ese matrimonio: se alquilaba la iglesia» para «un turno, dos turnos…».

En el Evangelio, san Lucas no dice que «Jesús está enfadado». Jesús más bien «es el celo por la casa de Dios, aquí: es más que el enfado». Pero, se preguntó el Pontífice, «¿por qué actúa Jesús así? Él lo había dicho y lo repite de otra manera aquí: no se puede servir a dos señores. O das culto a Dios o das culto al dinero».

Y «aquí la casa del Dios vivo es una casa de negocios: se daba precisamente culto al dinero». Jesús, en cambio, dice : «Está escrito: mi casa será casa de oración; pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos». De este modo, «distingue claramente las dos cosas».

Así que «no se puede servir a dos señores: Dios es absoluto». Pero hay otra cuestión: «¿Por qué Jesús se molesta con el dinero?». Porque —respondió el Pontífice— «la redención es gratuita: la gratuidad de Dios». Jesús, en efecto, «vino a traernos la gratuidad total del amor de Dios».

Por ello «cuando la Iglesia o las iglesias se convierten en negocios, se dice que la salvación no es tan gratuita». Y es justo «por eso que Jesús toma el látigo en la mano para hacer este rito de purificación en el templo».

http://www.vatican.va

Evangelio del día: Que nuestra fe no sea un negocio ni especulación

Reflexión del Papa: Debemos pedirle al Señor que nos ayude a hacer muchas cosas buenas, pero con fe

La expulsión de los mercaderes del templo y el complot de los fariseos:

En aquel tiempo, cuando Jesús entró al Templo, se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: “Está escrito: Mi casa será una casa de oración, pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones”. Y diariamente enseñaba en el Templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los más importantes del pueblo, buscaban la forma de matarlo. Pero no sabían cómo hacerlo, porque todo el pueblo lo escuchaba y estaba pendiente de sus palabras”.

Reflexión del Papa Francisco

Los explotadores, los especuladores del templo, explotan incluso el lugar sagrado de Dios para hacer negocios: cambian las monedas, venden los animales para el sacrificio, también entre ellos tienen como un sindicato para defenderse.

Y esto no sólo era tolerado, sino incluso permitido por los sacerdotes del templo. Son aquellos que hacen de la religión un negocio.

En la Biblia está la historia de los hijos de un sacerdote que inducían a la gente a dar ofertas y ganaban tanto, incluso con los pobres. Y Jesús no ahorra sus palabras:

“Mi casa será llamada casa de oración. ¡Ustedes, en cambio, han hecho de ella una cueva de ladrones!”

La gente que iba en peregrinación allí a pedir la bendición del Señor, a hacer un sacrificio: ¡allí, aquella gente era explotada! Los sacerdotes allí no enseñaban a rezar, no les daban la catequesis… Era una cueva de ladrones. Paguen, entren… Hacían ritos vacíos, sin piedad.

No sé si nos hará bien pensar si entre nosotros sucede algo de este tipo en algún lugar. No lo sé. Esto es utilizar las cosas de Dios para beneficio propio.

[…] Pídele al Señor que te ayude a hacer cosas buenas, pero con fe. Sólo con una condición: cuando ustedes se pongan a rezar pidiendo esto, si tienen algo contra alguien, perdonen. Es la única condición, para que también su Padre que está en los cielos les perdone a ustedes sus culpas.

Pidamos hoy al Señor que nos enseñe este estilo de vida de fe y que nos ayude a no caer jamás, a nosotros, a cada uno de nosotros, a la Iglesia, en la esterilidad y la especulación (Homilía en Santa Marta, 29 de mayo de 2015)

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Oración de Sanación

Mi Señor, quiero hoy entregar en tus manos mi vida entera para que me moldees a tu manera y me libres de todas mis fragilidades que me quitan las ganas de seguir luchando y me van desencantando de tu amistad dulce y generosa.

Mi experiencia cristiana debe estar fundamentada en conocerte, amarte, seguirte y concretar actos de amor en mi vida cotidiana. Cuando dejo de hacer todo eso, tú lloras por mí, te lamentas.

Cuando elijo otros caminos que no son los tuyos, sientes como una tristeza de muerte porque sabes que abandono la casa de amor que el Padre, en su infinita bondad, ha construido para mí.

Quiero comprender, en este día, todos los gestos y acciones que me llevan a abordar el tren de la fe, el tren de la esperanza y la caridad, y no perder el tiempo en ocupaciones inútiles que me aparten de tu alegría.

¡No quiero que vuelvas a llorar por mí!, no quiero que llores por mis pecados y apatías a tu Palabra. Quiero más bien, que sientas el gozo de que yo haya recobrado mi dignidad de Hijo de Dios

Ayúdame, oh Dios de amor, a redescubrirte y encontrarme contigo en la Eucaristía, sacramento bendito con el cual me fortaleces el alma y me haces valiente para dar la batalla a las tentaciones del mundo.

Te ofrezco mi vida y todos mis proyectos. Haz de mí, un discípulo amado que nunca te rechace ni te cause tristezas o pena alguna. Confío en tu divino amor y en la bendición que ahora recibo de ti.

Ven a mi corazón, Santísima Trinidad, pues soy templo habitado por tu divina majestad.

Padre Santo, te adoro y te bendigo porque tú todo lo has dispuesto para mi bien, a través de tu bendito Hijo Jesús que vive en mí por la fe, el amor y la esperanza que el Espíritu Santo suscita y alimenta en mi corazón.

Ven a mi vida, ven a mi corazón, Santa Trinidad, y glorifícate en todos mis pensamientos, palabras y acciones. Ven, aduéñate de mí durante todo este día, y nunca te apartes de mi lado. Amén



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