El Papa a los jóvenes: Ustedes son la riqueza de México

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Papa Francisco

El Papa Francisco se dirige a los jóvenes durante la visita a México

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Francisco dice a los jóvenes que Jesús nunca nos invita a ser sicarios, sino amigos

El Papa a los jóvenes: Ustedes son la riqueza de México

Discurso íntegro del papa Francisco a los jóvenes en el estadio José María Morelos y Pavón de Morelia (México): 

Buenas tardes. Ustedes jóvenes que están mirando por televisión, que están escuchando, quiero enviar un saludo a los miles de jóvenes que en la arquidiócesis de Guadalajara están reunidos en la plaza San Juan Pablo II siguiendo lo que está pasando aquí. Y como ellos tantos otros, pero empezaron a avisar que miles allí están reunidos, así que somos dos estados: la plaza Juan Pablo II de Guadalajara y nosotros aquí.

Yo conocía las inquietudes de ustedes porque me habían hecho llegar el borrador de lo que más o menos iban a decir. La verdad, para qué les voy a mentir. Pero a medida que hablaban también iba tomando nota de cosas que me parecían importantes para que no quedaran en el aire si no aparecen en lo que yo resumí de lo que ustedes habían dicho y como respuesta.

Les cuento que cuando llegué a esta tierra fui recibido con una calurosa bienvenida. Y pude constatar ahí mismo algo que sabía desde hace tiempo: la vitalidad, la alegría, el espíritu festivo del pueblo mexicano.

“Ahorita”…, después de escucharlos, pero especialmente después de verlos, constato nuevamente otra certeza, algo que le dije al Presidente de la Nación en mi primer saludo. Uno de los mayores tesoros de esta tierra mexicana tiene rostro joven, son sus jóvenes. Sí, son ustedes la riqueza de esta tierra. Cuidado, no dije la esperanza de esta tierra, dije: “Su riqueza”.

La montaña puede tener minerales ricos que van a servir para el progreso de la humanidad, es su riqueza. Pero esa riqueza hay que transformarla en esperanza con el trabajo, como los mineros. Ustedes son la riqueza. Hay que transformarla en esperanza.

Y Daniela, al final, echó un desafío y además también les voy a dar pistas sobre la esperanza. Todos, cuando hay dificultades, todos podemos vivir, pero no podemos vivir sin esperanza. Sentir el mañana, no podemos sentir el mañana si uno primero uno no logra valorarse, no logra sentir que su vida, sus manos, su historia vale la pena.

Hace tiempo decía que con mis manos, con mi corazón y con mi mente puedo construir esperanza. Si yo no siento eso la esperanza no podrá tener lugar.

La esperanza nace cuando se puede experimentar que no todo está perdido, y para eso es necesario el ejercicio de empezar “por casa”, empezar por sí mismo. No todo está perdido. No estoy perdido, yo valgo, yo valgo mucho. Cada uno se contesta en su corazón: ¿de verdad que no todo está perdido? ¿Yo estoy perdido o estoy perdida? ¿Yo valgo? ¿Valgo poco, mucho?

La principal amenaza a la esperanza son los discursos que te desvalorizan, que te van chupando y terminás como caído, como arrugado, con el corazón triste. Discursos que te hacen sentir de segunda, si no de cuarta. La principal amenaza a la esperanza es cuando sentís que no le importas a nadie o que estás dejado de lado, esa es la gran dificultad para la esperanza.

Cuando en una familia, en una sociedad, o en una escuela o en un grupo de amigos te hacen sentir que no les importas. Y eso es duro, es doloroso, pero eso sucede, ¿o no sucede? ¿sí o no? Eso sucede, eso mata, eso nos aniquila y esa es la puerta de ingreso para tanto dolor.

Pero también hay otra principal amenaza a la esperanza, la esperanza de que esa riqueza que son ustedes crezca y dé su fruto. Y esa sed de creer que empezás a ser valioso cuando te disfrazas de ropas, marcas, del último grito de la moda, o cuando te volvés prestigio, importante por tener dinero pero, en el fondo, tu corazón no cree que seas digno de cariño, digno de amor… Y eso a tu corazón lo destruye. La esperanza está amordazada por lo que te hacen creer, no te la dejes sufrir.

La principal amenaza es cuando uno siente que tiene que tener plata para comprar todo, incluso el cariño de los demás. La principal amenaza es creer que por tener un gran “carro” sos feliz. ¿Es verdad que por tener un gran carro sos feliz? (¡No!, contestan los jóvenes)

Ustedes son la riqueza de México, ustedes son la riqueza de la Iglesia. Y no los estoy -permítanme que les diga una frase de mi tierra- no les estoy sobando el lomo, no les estoy adulando. Y entiendo que muchas veces se vuelve difícil sentirse la riqueza cuando nos vemos continuamente expuestos a la pérdida de amigos o de familiares en manos del narcotráfico, de las drogas, de organizaciones criminales que siembran el terror.

Es difícil sentirse la riqueza de una nación cuando no se tienen oportunidades de trabajo digno -Alberto, lo expresaste claramente- posibilidades de estudio y capacitación, cuando no se sienten reconocidos los derechos que después terminan impulsándolos a situaciones límites.

Es difícil sentirse la riqueza de un lugar cuando, por ser jóvenes, se los usa para fines mezquinos seduciéndolos con promesas que al final no son reales, son pompas de jabón. Y es difícil sentirse rico así. La riqueza la llevan adentro y la esperanza la llevan adentro pero no es fácil por todo esto que les estoy diciendo, que es lo que dijeron ustedes.

Faltan oportunidades de trabajo y estudio, dijeron Roberto y Alberto. Pero, pese a todo, esto no me voy a cansar de decirlo: ustedes son la riqueza de México. Roberto, vos dijiste una frase que se me escapó cuando leí tu apunte, pero que quiero detenerme. Vos hablaste que perdiste a alguien, y no dijiste perdí el celular, perdí la billetera con plata, perdí el tren porque llegué tarde, dijiste perdimos el encanto de disfrutar del encuentro, perdimos el encanto de caminar juntos, perdimos el encanto de soñar juntos.

Y para que esta riqueza movida por la esperanza vaya adelante hay que caminar juntos, encontrarse, hay que soñar. No pierdan el encanto de soñar, atrévanse a soñar. Soñar, que no es lo mismo que ser dormilones, eso no.

Y no crean que les digo esto de que ustedes son la riqueza de México y que esa riqueza con la esperanza va adelante porque soy bueno, o porque la tengo clara, no queridos amigos, no es así. Les digo esto y estoy convencido, ¿saben por qué? Porque como ustedes, creo en Jesucristo.

Creo que Daniela fue muy fuerte. Yo creo en Jesucristo y por eso les digo: Él es quien renueva la esperanza, quien renueva continuamente mi mirada, quien despierta en mí el encanto de disfrutar, el encanto de soñar, el encanto de trabajar juntos. Es Él el que continuamente me invita a convertir el corazón. Sí, mis amigos, les digo esto porque en Jesús yo encontré a Aquel que es capaz de encender lo mejor de mí mismo.

Y es de su mano que podemos hacer camino, es de su mano que una y otra vez podemos volver a empezar, es de su mano que podemos animarnos a decir: Es mentira que la única forma de vivir, de poder ser joven es dejando la vida en manos del narcotráfico o de todos aquellos que lo único que están haciendo es sembrar destrucción y muerte. Eso es mentira y lo decimos de la mano de Jesús.

Es también de la mano de Jesús, de Jesucristo el Señor que podemos decir que es mentira que la única forma que tienen de vivir los jóvenes aquí es en la pobreza y en la marginación; en la marginación de oportunidades, en la marginación de espacios, en la marginación de la capacitación y educación, en la marginación de la esperanza. Es Jesucristo el que desmiente todos los intentos de hacerlos inútiles, o meros mercenarios de ambiciones ajenas.

Son las ambiciones ajenas las que a ustedes los marginan para usarlos en todas estas cosas que dije que saben en qué terminan: en la destrucción. Y el único que me puede dar esperanza es Jesucristo. Él hace que esta riqueza se transforme en esperanza.

Me han pedido una palabra de esperanza, la que tengo para decirles está en la base de todo, se llama Jesucristo. Cuando todo parezca pesado, cuando parezca que se nos viene el mundo arriba, abracen su cruz, abrácenlo a Él y, por favor, nunca se suelten de su mano, aunque los esté llevando adelante, y si se caen una vez, déjense levantar. Los alpinistas tienen una canción muy linda, mientras suben van cantando en el arte de ascender el triunfo no está en no caer sino en no permanecer caído.

Ese es el arte. ¿Y quién es el único que te puede agarrar de la mano para que no permanezcas caído? Jesucristo, el único. Jesucristo siempre manda un hermano para que te hable y te ayude, no escondas tu mano, no le digas: no me mires que estoy embarrado, no me mires que ya no tengo fe, solo déjate agarrar la mano y agarrarte a esa mano y la riqueza que tenés adentro, sucia, embarrada, dada por perdida, va a empezar a través de la esperanza a dar sus frutos, pero siempre agarrado de la mano de Jesucristo, ese es el camino.

No se olviden: en el arte de ascender el triunfo no está en ascender, sino en permanecer caídos. No se permitan permanecer caídos, nunca, ¿de acuerdo? Y si ven un amigo o una amiga que se pegó un resbalón en la vida y se cayó anda a ofrecerle la mano, pero ofrécesela con dignidad, ponerte al lado de él, escuchar, no le digas: te traigo la receta.

Despacito dale fuerzas con tu palabra, dale fuerzas con la escucha, esa medicina que se va olvidando, la “escuchoterapia”, déjalo hablar, déjalo que te cuente y entonces poquito a poco te va a ir extendiendo la mano y lo vas a ayudar en nombre de Jesucristo, pero si vas de golpe y le empezás a predicar, pobrecito lo vas a dejar peor de lo que estaba. Nunca se suelten de la mano de Jesucristo, nunca se aparten de él y si se aparten, se levantan, él comprende.

Porque de la mano de Jesucristo es posible vivir a fondo, de su mano es posible creer que la vida vale la pena, que vale la pena dar lo mejor de sí, ser fermento, sal y luz en medio de sus amigos, en medio de sus barrios, de su comunidad, en medio de la familia.

Por eso, queridos amigos, de la mano de Jesús les pido que no se dejen excluir, no se dejen desvalorizar, no se dejen tratar como mercancía. Jesús nos dio un consejo para esto para no dejarnos excluir, para no dejarnos desvalorizar, sean astutos como serpientes y humildes como palomas, las dos virtudes juntas. A los jóvenes viveza no les falta. A veces les falta la astucia para que no sean ingenuos, las dos cosas: astutos pero sencillos.

Es cierto que por este camino quizás que no tendrán el último carro en la puerta, no tendrán los bolsillos llenos de plata, pero tendrán algo que nadie nunca podrá sacarles, que es la experiencia de sentirse amados, abrazados y acompañados. Es el encanto de disfrutar del encuentro, el encanto de soñar en el encuentro, es la experiencia de sentirse familia, de sentirse comunidad.

Y es la experiencia de poder mirar a la cara con la frente alta, sin el carro, sin la plata pero con la frente alta: la dignidad. Tres palabras que las vamos a repetir: riqueza, esperanza, dignidad. ¿Las repetimos? La riqueza que Dios les dio a ustedes, ustedes son la riqueza. La esperanza que les da Jesucristo. Y la dignidad que nos da el no dejarse sobar el lomo y ser mercadería para los bolsillos de otros.

Hoy el Señor los sigue llamando, los sigue convocando, al igual que lo hizo con el indio Juan Diego. Los invita a construir un santuario. Un santuario que no es un lugar físico, sino una comunidad, un santuario llamado parroquia, un santuario llamado nación. La comunidad, la familia, el sentirnos ciudadanos, es uno de los principales antídotos contra todo lo que nos amenaza, porque nos hace sentir parte de esta gran familia de Dios.

No para refugiarnos, no para encerrarnos, para escaparnos de las amenazas de la vida o de los desafíos, al contrario, para salir a invitar a otros; para salir a anunciar a otros que ser joven en México es la mayor riqueza y por lo tanto, no puede ser sacrificada. Y porque es riqueza es capaz de tener esperanza y nos da dignidad. Otra vez las tres palabras: riqueza, esperanza y dignidad. Pero riqueza esa que Dios nos dio y tenemos que hacer crecer.

Jesús, el que nos da la esperanza, nunca nos invitaría a ser sicarios, sino que nos llama discípulos, nos llama amigos. Él nunca nos mandaría a la muerte, sino que todo en Él es invitación a la vida. Una vida en familia, una vida en comunidad; una familia y una comunidad a favor de la sociedad.

Y aquí, Rosario, retomo lo que vos dijiste, una cosa tan linda: en la familia se aprende cercanía, se aprende solidaridad, a compartir, a discernir, a llevar adelante los problemas unos de otros, a pelearse y a arreglarse, a discutir y a abrazarse y a besarse.

La familia es la primera escuela de la nación y en la familia está esa riqueza que tienen ustedes. La familia es quien custodia esa riqueza. En la familia van a encontrar esperanza porque está Jesús. En la familia van a tener dignidad. Nunca, nunca dejen de lado la familia. La familia es la piedra de base de la construcción de una gran nación.

Ustedes son riqueza, tienen esperanza y sueñan. También Rosario habló de soñar. ¿Ustedes sueñan con tener una familia? (¡Sí!) Casi no escuché la respuesta. (¡Sí!). Queridos hermanos, ustedes son la riqueza de este país y, cuando duden de eso, miren a Jesucristo, que es la esperanza, el que desmiente todos los intentos de hacerlos inútiles, o meros mercenarios de ambiciones ajenas. Les agradezco este encuentro y les pido que recen por mí. Gracias.

Los invito a rezar juntos a nuestra Madre de Guadalupe, a pedirle que nos haga conscientes de la riqueza que Dios nos dio, que haga crecer en nosotros, en nuestro corazón, la esperanza en Jesucristo y que andemos por la vida con dignidad de cristianos. Dios te salve, María…

Que los bendiga Dios todopoderoso, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y por favor no se olviden de rezar por mí. Gracias.

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