El maná de cada día, 10.7.16

julio 9, 2016

Domingo XV del Tiempo Ordinario

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Haz tú lo mismo

Haz tú lo mismo



Antífona de entrada: Sal 16, 15

Yo, con mi apelación vengo a tu presencia y al despertar me saciaré de tu semblante.


Oración colecta

Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al buen camino, concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre y cumplir cuanto en él se significa. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Deuteronomio 30, 10-14

Moisés habló al pueblo, diciendo:

«Escucha la voz del Señor, tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el código de esta ley; conviértete al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma.

Porque el precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda, ni inalcanzable; no está en el cielo, no vale decir: “¿Quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos? “; ni está más allá del mar, no vale decir: “¿Quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos? ”

El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo.»


SALMO 68, 14 y 17. 30-31. 33-34. 36ab y 37

Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

Mi oración se dirige a ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude. Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia; por tu gran compasión, vuélvete hacia mí.

Yo soy un pobre malherido; Dios mío, tu salvación me levante. Alabaré el nombre de Dios con cantos, proclamaré su grandeza con acción de gracias.

Miradlo, los humildes, y alegraos, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. Que el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos.

El Señor salvará a Sión, reconstruirá las ciudades de Judá. La estirpe de sus siervos la heredará, los que aman su nombre vivirán en ella.


SEGUNDA LECTURA: Colosenses 1, 15-20

Cristo Jesús es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.

Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.

Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 6, 63c. 68c

Tus palabras, Señor, son espíritu y vida; tú tienes palabras de vida eterna.

EVANGELIO: Lucas 10, 25-37

En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?»

Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?»

Él contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo .»

Él le dijo: «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.»

Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?» Jesús dijo:

«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.

Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él, y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.”

¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?»

Él contestó: «El que practicó la misericordia con él.»

Díjole Jesús: «Anda, haz tú lo mismo. »


Antífona de la Comunión: Sal 83, 4-5

Hasta el gorrión ha encontrado una casa, y la golondrina, un nido donde colocar sus polluelos; tus altares, Señor de los ejércitos, rey y Dios mío. Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre.


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NOS LLEVÓ A LA POSADA, ES DECIR, A LA IGLESIA

San Agustín (Comentario al salmo 125,15)

Comentando este salmo os he exhortado encarecidamente al ejercicio de la misericordia, porque el ascenso comienza con ella, y, como bien sabéis, sólo quien asciende canta el cántico de los peldaños. Recordad. No améis el bajar olvidando el subir; antes bien, pensad siempre en subir, puesto que quien bajaba de Jerusalén a Jericó cayó en manos de ladrones. Si no hubiera bajado no hubiese ido a parar en ellos.

Adán descendió y cayó en sus manos. Todos nosotros somos Adán. Pero pasó el sacerdote y no se preocupó de él, como tampoco el levita, puesto que la ley no podía sanar. Pasó también cierto samaritano, es decir, Jesucristo nuestro Señor. A él se le dijo: ¿No decimos en verdad que eres samaritano y tienes el demonio? (Jn 8,48). Él no respondió: «No soy samaritano», sino: Yo no tengo demonio. En efecto, samaritano quiere decir guardián. Si hubiera dicho que no era samaritano hubiese negado ser guardián. ¿Y quién otro nos custodiaría?

Luego presentó la parábola, como sabéis: Pasó un samaritano y obró con él misericordia (Lc 10,33). Yacía herido en el camino porque bajó. El samaritano no nos abandonó al pasar; nos curó, nos subió al jumento, es decir, a su carne; nos llevó a la posada, esto es, a la Iglesia, y nos encomendó al mesonero, que es el Apóstol, y le entregó dos denarios para curarnos, a saber, el amor a Dios y al prójimo, puesto que toda la ley y los profetas se encierran en estos dos mandamientos. Y dijo al mesonero: Si gastas algo más, te lo daré al volver (Lc 10,35).

Efectivamente, el Apóstol gastó más, en cuanto que estando permitido a los apóstoles, como soldados de Cristo, el ser alimentados de parte de la hueste de Cristo, sin embargo, él trabajó con sus manos y condonó a las huestes sus provisiones.

Son cosas que han sucedido: por haber descendido hemos sido heridos. Ascendamos, cantemos, y avancemos para llegar.

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¡AHORA… O NUNCA!

Ningún minuto de tu tiempo vuelve jamás a repetirse. Pero hay encuentros, conversaciones, llamadas de teléfono, circunstancias y situaciones que, porque sabes que tienen un valor especialmente único, intentas vivir con la mayor intensidad posible y hasta grabarlas en tu memoria para poder recordarlas con detalle.

Cuántas veces te has encontrado con una persona a la que hacía años que no veías, has recibido un correo electrónico de alguien de quien habías perdido el contacto o te han llamado por teléfono después de tanto tiempo, y todo sin que lo hayas previsto ni esperado. Cómo valoramos, entonces, esos momentos que sabemos puede que no vuelvan a repetirse quizá nunca más. Piensa que, en el orden del bien, todas y cada una de las oportunidades y situaciones son aún más valiosas y únicas.

Quién sabe si la conversión o la entrega a Dios de una persona depende de ese pequeño bien que has hecho en ese momento, no más tarde, o de esa pequeña entrega, esa renuncia, ese detalle que no dejaste pasar. No desaproveches ninguna ocasión de hacer el bien, porque quizá nunca vuelvas a tener otra oportunidad con esa persona o nunca vuelvan a darse esas circunstancias tan propicias.

Piensa que ese momento, cada momento, es el momento de Dios, no el tuyo, para hacer ese bien concreto que se te presenta delante. Cada persona es única, cada momento es único, la vida es sólo una. No la llenes de omisiones, de tiempos vacíos, de oportunidades perdidas, porque nunca sabes si el Señor te concederá el siguiente minuto de vida.

Lañas diarias www.mater-dei.es


El maná de cada día, 9.7.16

julio 9, 2016

Sábado de la 14ª semana del Tiempo Ordinario

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No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma



PRIMERA LECTURA: Isaías 6, 1-8

El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Y vi serafines en pie junto a él, cada uno con seis alas: con dos alas se cubrían el rostro, con dos alas se cubrían el cuerpo, con dos alas se cernían.

Y se gritaban uno a otro, diciendo: «¡Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de su gloria!» Y temblaban los umbrales de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo.

Yo dije: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos.»

Y voló hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: «Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado.»

Entonces escuché la voz del Señor, que decía: «¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?» Contesté: «Aquí estoy, mándame.»


SALMO 92

El Señor reina, vestido de majestad.

El Señor reina, vestido de majestad, el Señor, vestido y ceñido de poder.

Así está firme el orbe y no vacila. Tu trono está firme desde siempre, y tú eres eterno.

Tus mandatos son fieles y seguros; la santidad es el adorno de tu casa, Señor, por días sin término.


Aclamación antes del Evangelio: 1P 4, 14

Si os ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos vosotros, porque el Espíritu de Dios reposa sobre vosotros.


EVANGELIO: Mateo 10, 24-33

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

«Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo; ya le basta al discípulo con ser como su maestro, y al esclavo como su amo. Si al dueño de la casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados!

No les tengáis miedo, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído, pregonadlo desde la azotea.

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos?

Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados.

Por eso, no tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones. Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo.»


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NO TEMO, PORQUE TEMO
San Agustín (Sermón 65, 1-3)

Las palabras divinas que nos han leído nos animan a no temer temiendo y a temer no temiendo. Cuando se leyó el evangelio, advertisteis que Dios nuestro Señor, antes de morir por nosotros, quiso que nos mantuviéramos firmes; pero animándonos a no temer y exhortándonos a temer.

Dijo, pues: No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma (Mt 10,28). Ahí nos animó a no temer. Ved ahora dónde nos exhortó a temer: Pero temed a aquel -dijo- que puede matar el alma y el cuerpo en la gehenna (ib.). Por tanto, temamos para no temer. Parece que el temor va asociado a la cobardía; parece que el temor es propio de los débiles, no de los fuertes.

Pero ved lo que dice la Escritura: El temor del Señor es la esperanza de fortaleza (Prov 14,26). Temamos para no temer, esto es, temamos prudentemente, para no temer infructuosamente. Los santos mártires… temiendo no temieron: temiendo a Dios, desdeñaron a los hombres.

¿Qué ha de temer el hombre de parte de otros hombres? ¿Y con qué puede aterrar un hombre a otro hombre? Le aterra diciéndole: «Te mato». Y no teme que quizá muera él antes, mientras amenaza. Él dice: «Te mato»; pero ¿quién lo dice y a quién lo dice?

Escucho a dos, a uno que amenaza y a otro que teme; uno de ellos es poderoso, el otro débil, pero ambos son mortales. ¿Por qué se excede en el honor la hinchada potestad, que en la carne es igual debilidad? Intime confiado la muerte quien no la teme personalmente.

Pero, si teme esa muerte con que amenaza, reflexione y compárese con aquel a quien amenaza. Descubra en él una condición común, y, juntamente con él, pida misericordia al Señor.

Porque es un hombre y amenaza a un hombre, una criatura a una criatura; la una que se hincha ante su Creador y la otra que huye hacia el Creador.

Diga, pues, el valerosísimo mártir, como hombre que está ante otro hombre: «No temo, porque temo. Tú no ejecutarás tu amenaza, si él no quiere. En cambio, nadie impedirá que él lleve a cabo la suya. Y, con todo, si él lo permite, ¿qué puedes hacerme con esa amenaza?

Puedes ensañarte con la carne, pero el alma está segura. No darás muerte a lo que ni ves, pues como visible aterras a otro visible. Ambos tenemos un Creador invisible, a quien debemos temer juntos. Él creó al hombre de un elemento visible y de otro invisible: hizo al hombre visible de tierra, y animó el invisible con su aliento.

Por consiguiente, la sustancia invisible, es decir, el alma que levantó de la tierra la tierra postrada, no teme cuando hieres la tierra. Puedes herir la morada, pero ¿puedes herir al morador?

Éste está atado, y si rompes su atadura, huye para ser coronado en lo oculto. ¿Por qué amenazas, si nada puedes hacer al alma? Este cuerpo al que puedes dañar resucitará gracias al alma a la que nada puedes hacer.

También la carne resucitará, por mérito del alma. Será devuelta a su morador, no para caerse, sino para mantenerse».

Estoy repitiendo las palabras del mártir: «Mira; no temo tus amenazas, ni siquiera pensando en la carne». La carne pende de una autorización, pero los cabellos de la cabeza están contados para el Creador.

¿Por qué he de temer perder la carne, si no pierdo ni un cabello? ¿Cómo no atenderá a mi carne, quien conoce lo más vil que tengo? El cuerpo mismo, que puede ser herido y muerto, será ceniza por algún tiempo, pero en la eternidad será inmortal.

¿Y para quién será? ¿A quién se devolverá para la vida eterna ese cuerpo muerto, magullado, destrozado? A quién se devolverá? A aquel que no temió entregar su vida, ni teme cuando dan muerte a su carne.


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