El maná de cada día, 3.7.16

Domingo XIV del Tiempo Ordinario

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Los mandó por delante, de dos en dos

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Antífona de entrada: Sal 47, 10-11

Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo; como tu renombre, oh Dios, tu alabanza llega al confín de la tierra; tu diestra está llena de justicia.



Oración colecta

Oh Dios, que por medio de la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída, concede a tus fieles la verdadera alegría, para que quienes han sido librados de la esclavitud del pecado alcancen también la felicidad eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.



PRIMERA LECTURA: Isaías 66, 10-14c

Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis, alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto.

Mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos, y apuraréis las delicias de sus ubres abundantes.
Porque así dice el Señor:

«Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz, como un torrente en crecida, las riquezas de las naciones. Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán; como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo, y en Jerusalén seréis consolados. Al verlo, se alegrará vuestro corazón, y vuestros huesos florecerán como un prado; la mano del Señor se manifestará a sus siervos.»



SALMO 65, 1-3a. 4-5. 16 y 20

Aclamad al Señor, tierra entera.

Aclamad al Señor, tierra entera; tocad en honor de su nombre; cantad himnos a su gloria; decid a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!»

Que se postre ante ti la tierra entera, que toquen en tu honor, que toquen para tu nombre. Venid a ver las obras de Dios, sus temibles proezas en favor de los hombres.

Transformó el mar en tierra firme, a pie atravesaron el río. Alegrémonos con Dios, que con su poder gobierna eternamente.

Fieles de Dios, venid a escuchar, os contaré lo que ha hecho conmigo. Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica, ni me retiró su favor.



SEGUNDA LECTURA: Gálatas 6, 14-18

Hermanos:

Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo. Pues lo que cuenta no es circuncisión o incircuncisión, sino una criatura nueva.

La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma; también sobre el Israel de Dios. En adelante, que nadie me venga con molestias, porque yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús.

La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu, hermanos. Amén.



Aclamación antes del Evangelio: Col 3, 15a. 16a

Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; la palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza.



EVANGELIO: Lucas 10, 1-9

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía:
– «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies.

¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino.

Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.
Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario.

No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: “Está cerca de vosotros el reino de Dios.”»



Antífona de comunión: Sal 33, 9

Gustad y ved qué bueno es el Señor; dichoso el que se acoge a él.

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EN TI DEBE HABER UNA FUENTE, NUNCA UN DEPÓSITO

San Agustín, obispo (Sermón 101,5-7)

Veamos, pues, cómo entendemos nosotros lo que el Señor ordenó a quienes envió a predicar el evangelio y a cosechar la mies ya sazonada. Veámoslo.

No llevéis ni bolsa, ni alforja, ni calzado, y no saludéis a nadie por el camino. En cualquier casa en que entréis, decid: «Paz a esta casa»; y si en ella hubiere un hijo de la paz, descansará sobre él vuestra paz; si no la hay volverá a vosotros (Lc 10,4-6).

Examinemos todo brevemente. No llevéis bolsa alguna. ¿Qué es lo que hacemos? En efecto, cuando vamos de viaje llevamos una bolsa; llevamos bolsos para el camino. Ni alforja. Es posible que no la llevemos. Ni calzado. ¿De qué se trata? ¿Se nos manda caminar con los pies desnudos? Ved que también caminamos calzados. No escondemos los pies cuando hablamos; ante vuestros ojos estamos calzados.

Más aún, si alguien nos saludase en el camino y no le devolviéramos el saludo, nos tacharía de soberbios. El reproche a nosotros recaería sobre el Señor. De hecho, saludamos a quienes encontramos en el camino.

Lo otro es ya más fácil, decir: Paz a esta casa, cuando entramos a la de alguien. Pero ¿cómo superamos el obstáculo de la bolsa y el calzado? Dirijamos nuestra mirada al Señor por si nos consuela y concede la compresión de estas palabras.

Pues incluso lo que dije que era sencillo, a saber, decir: Paz a esta casa, al entrar en ella -más fácil que lo cual no hay nada-, si lo tomamos de forma carnal, igual que lo que sigue, encontramos un peligro. ¿Qué se nos manda? Decid: Paz a esta casa. Nada más sencillo.

Pero ¿cómo sigue? Si hubiere en ella un hijo de paz, descansará sobre él vuestra paz; si no lo hay, volverá a vosotros. ¿De qué se trata? ¿Cómo puede volver a mí la paz? ¿Quiere decir que sólo la tendré si vuelve, mientras que si descansa en él la perdí? ¡Aléjese tal idea de la mente de los sanos!

Por consiguiente, aquello no se ha de tomar de forma carnal y, por tanto, quizá, ni el saco, ni el calzado, ni la bolsa; ni esto de no saludar a nadie por el camino, que si lo tomamos como suena, parece que se nos manda ser soberbios.

Pongamos la atención en el Señor, nuestro ejemplo y ayuda verdadera… Pues bien: incluso el mismo Señor tuvo bolsa en el camino de su peregrinación, bolsa que confió a Judas. Aunque era ladrón, lo aguantaba a su lado. Pero yo, con perdón de mi Señor, deseando aprender, le pregunto: «Señor, que soportaste a Judas, un ladrón, ¿cómo es que tenías lo que te pudo robar?

A mí, hombre miserable y sin fuerzas, me prohibes hasta llevar bolsa. Tú la llevabas y fue en ella donde tuviste que soportar al ladrón. Si no la hubieses llevado, él no hubiese tenido donde robar». ¿Qué resta, sino que me diga: «Entiendes lo que significa No llevéis bolsa? ¿Qué significa?

No seáis sabios para vosotros solos, recibe el Espíritu. En ti debe haber una fuente, nunca un depósito; de donde se pueda dar algo, no donde se acumule. Dígase lo mismo de la alforja.

¿Y qué son los zapatos? ¿De qué están hechos los que usamos? De cuero de animales muertos. Nos cubrimos los pies con cuero de animales muertos. ¿Qué se nos manda? Renunciar a las obras de muerte. Esto se nos advirtió de forma figurada en Moisés cuando le dijo el Señor: Descálzate, pues el sitio en que estás es tierra sagrada (Éx 3,5).

¿Hay tierra más santa que la Iglesia de Dios? Puesto que estamos en ella, descalcémonos, renunciemos a las obras de muerte. Respecto al calzado que llevamos en nuestro caminar, el mismo Señor me ofrece consuelo, pues, si no hubiese estado calzado, no hubiese dicho de él el Bautista: No soy digno de desatar la correa de su calzado (Lc 3,16).

Obedezcamos, pues, y no se infiltre en nuestro corazón la soberbia empedernida. «Yo -dirá alguien- cumplo el evangelio, pues camino descalzo». Bien, tú puedes, yo no. Guardemos lo que uno y otro hemos recibido; inflamémonos en el amor, amémonos unos a otros, y de esta forma yo amo tu fortaleza y tú soportas mi debilidad.

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Papa Francisco. Angelus del domingo 7 de julio de 2013

El Evangelio de este domingo (Lc 10, 1-12.17-20) nos habla del hecho de que Jesús no es un misionero aislado, no quiere realizar solo su misión, sino que implica a sus discípulos. Y hoy vemos que, además de los Doce apóstoles, llama a otros setenta y dos, y les manda a las aldeas, de dos en dos, a anunciar que el Reino de Dios está cerca.

¡Esto es muy hermoso! Jesús no quiere obrar solo, vino a traer al mundo el amor de Dios y quiere difundirlo con el estilo de la comunión, con el estilo de la fraternidad. Por ello forma inmediatamente una comunidad de discípulos, que es una comunidad misionera. Inmediatamente los entrena para la misión, para ir.

Pero atención: el fin no es socializar, pasar el tiempo juntos, no, la finalidad es anunciar el Reino de Dios, ¡y esto es urgente! También hoy es urgente. No hay tiempo que perder en habladurías, no es necesario esperar el consenso de todos, hay que ir y anunciar. La paz de Cristo se lleva a todos, y si no la acogen, se sigue igualmente adelante.

A los enfermos se lleva la curación, porque Dios quiere curar al hombre de todo mal. ¡Cuántos misioneros hacen esto! Siembran vida, salud, consuelo en las periferias del mundo. ¡Qué bello es esto! No vivir para sí mismo, no vivir para sí misma, sino vivir para ir a hacer el bien.

Hay tantos jóvenes hoy en la Plaza: pensad en esto, preguntaos: ¿Jesús me llama a ir, a salir de mí para hacer el bien? A vosotros, jóvenes, a vosotros muchachos y muchachas os pregunto: vosotros, ¿sois valientes para esto, tenéis la valentía de escuchar la voz de Jesús? ¡Es hermoso ser misioneros! Ah, ¡lo hacéis bien! ¡Me gusta esto!

Estos setenta y dos discípulos, que Jesús envía delante de Él, ¿quiénes son? ¿A quién representan?

Si los Doce son los Apóstoles, y por lo tanto representan también a los obispos, sus sucesores, estos setenta y dos pueden representar a los demás ministros ordenados, presbíteros y diáconos; pero en sentido más amplio podemos pensar en los demás ministerios en la Iglesia, en los catequistas, los fieles laicos que se comprometen en las misiones parroquiales, en quien trabaja con los enfermos, con las diversas formas de necesidad y de marginación; pero siempre como misioneros del Evangelio, con la urgencia del Reino que está cerca. Todos deben ser misioneros, todos pueden escuchar la llamada de Jesús y seguir adelante y anunciar el Reino.

Dice el Evangelio que estos setenta y dos regresaron de su misión llenos de alegría, porque habían experimentado el poder del Nombre de Cristo contra el mal. Jesús lo confirma: a estos discípulos Él les da la fuerza para vencer al maligno. Pero agrega: «No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están escritos en el cielo» (Lc 10, 20).

No debemos gloriarnos como si fuésemos nosotros los protagonistas: el protagonista es uno solo, ¡es el Señor! Protagonista es la gracia del Señor. Él es el único protagonista. Nuestra alegría es sólo esta: ser sus discípulos, sus amigos. Que la Virgen nos ayude a ser buenos obreros del Evangelio.

Queridos amigos, ¡la alegría! No tengáis miedo de ser alegres. No tengáis miedo a la alegría. La alegría que nos da el Señor cuando lo dejamos entrar en nuestra vida, dejemos que Él entre en nuestra vida y nos invite a salir de nosotros a las periferias de la vida y anunciar el Evangelio. No tengáis miedo a la alegría. ¡Alegría y valentía!

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