Cómo convertirse en un buen sacerdote en 10 lecciones del papa Francisco

junio 15, 2016

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Papa con sacerdotes jóvenes

El Papa Francisco rodeado de sacerdotes jóvenes que pugnan por saludarlo, tocarlo

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Vademécum del perfecto pastor

Cómo convertirse en un buen sacerdote en 10 lecciones del papa Francisco

Por Isabelle Cousturié

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Para un sacerdote, tener el corazón del Buen Pastor requiere “acogida”, “inclusión” y “consideración” hacia su rebaño. Este corazón, a semejanza del de Jesús, le dice que “su amor no tiene límites”, que “no se cansa y nunca se da por vencido”, sintetizaba el papa Francisco el pasado 3 de junio durante la celebración de la misa del Jubileo de los sacerdotes y seminaristas, venidos por miles a revitalizarse unidos del 1 al 3 de junio.

El vademécum del perfecto pastor

Después de tres meditaciones en tres lugares distintos –en las basílicas de san Juan de Letrán, santa María la Mayor y san Pablo Extramuros– sobre “El sacerdote, ministro de la Misericordia”, la voluntad del papa fue la de imprimir un auténtico vademécum del perfecto pastor en los corazones y las almas de los casi 6.000 siervos de Dios en la fiesta del Sagrado Corazón –instituida hace 160 años– y que también estuvieron presentes en la Jornada mundial de la oración para su santificación.

El Papa ofreció varios consejos prácticos para que los ministros del sacerdocio no pierdan el rumbo entre las “muchas iniciativas, que los ponen ante diversos frentes: de la catequesis a la liturgia, de la caridad a los compromisos pastorales e incluso administrativos”. Aquí están algunos de esos consejos. Un buen sacerdote…

  1. Mira en el corazón de los fieles

Los sacerdotes están llamados a llegar “al corazón”, es decir, “a la interioridad, a las raíces más sólidas de la vida, al núcleo de los afectos, en una palabra, al centro de la persona”. El sacerdote es como “una brújula” que apunta “tenazmente” hacia nosotros, sobre todo hacia “el que está lejano”, con la inquietud de “llegar a todos” y con el cuidado de “no perder a nadie”.

  1. Va a buscar a sus ovejas

Dios mismo sale a buscar a su rebaño de ovejas (Ez 34: 11-16). El Evangelio dice “va en busca de la oveja perdida” (Lc 15: 4), sin acobardarse por los riesgos; sin demora se aventura fuera de los lugares de pastoreo y fuera de las horas de trabajo. Y no busca el pago de las horas extra. No deja para más tarde su búsqueda, no piensa “hoy ya he cumplido con mi deber”.

  1. No tiene miedo a ser molestado

“¡Ay de los pastores que privatizan su ministerio!”. Un buen sacerdote “no es celoso de su legítima tranquilidad —legítima, digo; ni siquiera de esa—, y nunca pretende que no lo molesten”.

  1. Está abierto a las críticas

El pastor que sigue el corazón de Dios “no defiende su propia comodidad, no se preocupa de proteger su buen nombre, aunque sea calumniado como Jesús”. No teme las críticas y estará “dispuesto a arriesgar con tal de imitar a su Señor”.

  1. Es todo para todos

El Pastor según Jesús deja su corazón disponible a los asuntos de los demás: “No vive haciendo cuentas de lo que tiene y de las horas de servicio: no es un contable del espíritu, sino un buen Samaritano en busca de quien tiene necesidad. Es un pastor, no un inspector de la grey, y se dedica a la misión no al cincuenta o sesenta por ciento, sino con todo su ser. (…) Y como todo buen cristiano,  y como ejemplo para cada cristiano, siempre está en salida de sí mismo. (…) No es atraído por su yo, sino por el tú de Dios y por el nosotros de los hombres”.

  1. Conoce a su rebaño, a cada una de las ovejas

“Cristo ama y conoce a sus ovejas, da la vida por ellas y ninguna le resulta extraña (Jn 10: 11-14). Su rebaño es su familia y su vida. No es un jefe temido por las ovejas, sino el pastor que camina con ellas y las llama por su nombre (Jn 10: 3-4).

  1. Guía hacia la santidad

“Con mirada amorosa y corazón de padre, acoge, incluye, y, cuando debe corregir, siempre es para acercar; no desprecia a nadie, sino que está dispuesto a ensuciarse las manos por todos. El Buen Pastor no conoce los guantes”.

  1. Es humilde y respetuoso

“Ministro de la comunión, que celebra y vive, no pretende los saludos y felicitaciones de los otros, sino que es el primero en ofrecer la mano, desechando cotilleos, juicios y venenos”.

  1. Es un artesano de la paz

Escucha con paciencia los problemas y acompaña los pasos de las personas, prodigando el perdón divino con generosa compasión. No regaña a quien abandona o equivoca el camino, sino que siempre está dispuesto para reinsertar y recomponer los litigios”.

  1. Transmite alegría

La alegría de un sacerdote “no es para sí mismo, sino para los demás y con los demás, la verdadera alegría del amor”. Es una alegría fruto de su transformación por la “misericordia que, a su vez, ofrece de manera gratuita”. El sacerdote está “sereno interiormente” y “feliz de ser un canal de misericordia, de acercar al hombre al Corazón de Dios”. La tristeza para él no es algo habitual, sino meramente transitoria. “La dureza le es ajena, porque es pastor según el corazón suave de Dios”.

Vademecum del perfecto pastor

 


El maná de cada día, 15.6.16

junio 15, 2016

Miércoles de la 11ª semana del Tiempo Ordinario

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Dios ve los corazones, no las apariencias

Dios ve los corazones, no las apariencias



PRIMERA LECTURA: 2 Reyes 2, 1.6-14

Cuando el Señor iba a arrebatar a Elías al cielo en el torbellino, Elías y Eliseo se marcharon de Guilgal.

Llegaron a Jericó, y Elías dijo a Eliseo: «Quédate aquí, porque el Señor me envía solo hasta el Jordán.»

Eliseo respondió: «¡Vive Dios! Por tu vida, no te dejaré.»

Y los dos siguieron caminando. También marcharon cincuenta hombres de la comunidad de profetas y se pararon frente a ellos, a cierta distancia. Los dos se detuvieron junto al Jordán; Elías cogió su manto, lo enrolló, golpeó el agua, y el agua se dividió por medio, y así pasaron ambos a pie enjuto.

Mientras pasaban el río, dijo Elías a Eliseo: «Pídeme lo que quieras antes de que me aparten de tu lado.»

Eliseo pidió: «Déjame en herencia dos tercios de tu espíritu.»

Elías comentó: «¡No pides nada! Si logras verme cuando me aparten de tu lado, lo tendrás; si no me ves, no lo tendrás.»

Mientras ellos seguían conversando por el camino, los separó un carro de fuego con caballos de fuego, y Elías subió al cielo en el torbellino.

Eliseo lo miraba y gritaba: «¡Padre mío, padre mío, carro y auriga de Israel! »

Y ya no lo vio más. Entonces agarró su túnica y la rasgó en dos; luego recogió el manto que se le había caído a Elías, se volvió y se detuvo a la orilla del Jordán; y agarrando el manto de Elías, golpeó el agua diciendo: «¿Dónde está el Dios de Elías, dónde?»

Golpeó el agua, el agua se dividió por medio, y Eliseo cruzó.


SALMO 30, 20.21.24

Sed fuertes y valientes de corazón, los que esperáis en el Señor.

Qué bondad tan grande, Señor, reservas para tus fieles, y concedes a los que a ti se acogen a la vista de todos.

En el asilo de tu presencia los escondes de las conjuras humanas; los ocultas en tu tabernáculo, frente a las lenguas pendencieras.

Amad al Señor, fieles suyos; el Señor guarda a sus leales, y a los soberbios les paga con creces.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 14, 23

El que me ama guardará mi palabra -dice el Señor-, y mi Padre lo amará, y vendremos a él.


EVANGELIO: Mateo 6, 1-6.16-18

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial.

Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga.

Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará.

Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga.

Tú, cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará.

Cuando ayunéis, no andéis cabizbajos, como los hipócritas que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga.

Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.»


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La mano izquierda y la mano derecha (Mt 6,3)

Cuánto nos cuesta que no valoren y reconozcan nuestra generosidad. Nos acostumbramos fácilmente a medir nuestra entrega con el metro de la cortesía y la corrección social, más que con la medida del Evangelio.

Somos quizá generosos con nuestro tiempo, cualidades o bienes, y decimos que todo eso lo hacemos sin esperar nada a cambio; pero cuando, efectivamente, no hay nada a cambio, vamos acumulando pequeños rencores que entibian nuestra entrega y van empequeñeciendo nuestro corazón.

En el fondo, nos gusta dar con la mano derecha mientras hacemos todo lo posible para que nuestra mano izquierda sepa quién ha dado, lo que hemos dado y qué ejemplar ha sido nuestra acción.

Cuando damos para quedar bien, para que no digan, por si luego necesito pedir favores, por mera apariencia de Evangelio, estamos disfrazando nuestra fe con esa careta de la hipocresía que, tarde o temprano, decepciona a los demás y los aparta del Evangelio.

El Señor no hizo depender su predicación, sus curaciones, su entrega al Padre en la Cruz, del reconocimiento humano, de la buena opinión de los hombres o de la recompensa que podía esperar a cambio.

Cuántas intenciones egoístas y vanidosas, disfrazadas de apariencia de bien, se ocultan agazapadas en tantos actos que realizamos en nombre de Dios y de la virtud cristiana.

Cuánto afán de crecer a los ojos de los demás, cuánta ambición de poder y de reconocimiento, cuánto egocentrismo sutil y engañoso, escondemos en la mano izquierda, mientras con la derecha mostramos abiertamente nuestra dádiva más generosa.

Contempla a Cristo en la Cruz y dejarás de buscar compensaciones y reconocimientos humanos que agostan tu alma y la van encerrando en la caracola de tu soberbia.

Basta que Dios conozca tus manos, si tú quieres conocer también las suyas.


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