El maná de cada día, 5.6.16

Domingo X del Tiempo Ordinario

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¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!

¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!



Antífona de entrada: Sal 26, 1-2

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida: ¿quién me hará temblar? Ellos, mis enemigos y adversarios, tropiezan y caen.


Oración colecta

Oh Dios, fuente de todo bien, escucha sin cesar nuestras súplicas, y concédenos, inspirados por ti, pensar lo que es recto y cumplirlo con tu ayuda. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 1 Reyes 17, 17-24

En aquellos días, cayó enfermo el hijo de la señora de la casa. La enfermedad era tan grave que se quedó sin respiración. Entonces la mujer dijo a Elías: “¿Qué tienes tú que ver conmigo? ¿Has venido a mi casa para avivar el recuerdo de mis culpas y hacer morir a mi hijo?”

Elías respondió: “Dame a tu hijo.”

Y, tomándolo de su regazo, lo subió a la habitación donde él dormía y lo acostó en su cama. Luego invocó al Señor: “Señor, Dios mío, ¿también a esta viuda que me hospeda la vas a castigar, haciendo morir a su hijo?”

Después se echó tres veces sobre el niño, invocando al Señor: “Señor, Dios mío, que vuelva al niño la respiración.”

El Señor escuchó la súplica de Elías: al niño le volvió la respiración y revivió. Elías tomó al niño, lo llevó al piso bajo y se lo entregó a su madre, diciendo: “Mira, tu hijo está vivo.”

Entonces la mujer dijo a Elías: “Ahora reconozco que eres un hombre de Dios y que la palabra del Señor en tu boca es verdad.”


SALMO 29

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí. Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

Tañed para el Señor, fieles suyos, dad gracias a su nombre santo; su cólera dura un instante; su bondad, de por vida; al atardecer nos visita el llanto; por la mañana, el júbilo.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí; Señor, socórreme. Cambiaste mi luto en danzas. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.


SEGUNDA LECTURA: Gálatas 1, 11-19

Os notifico, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí no es de origen humano; yo no lo he recibido ni aprendido de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo.

Habéis oído hablar de mi conducta pasada en el judaísmo: con qué saña perseguía a la Iglesia de Dios y la asolaba, y me señalaba en el judaísmo más que muchos de mi edad y de mi raza, como partidario fanático de las tradiciones de mis antepasados.

Pero, cuando aquel que me escogió desde el seno de mi madre, y me llamó por su gracia, se dignó revelar a su Hijo en mí, para que yo lo anunciara a los gentiles, en seguida, sin consultar con hombres, sin subir a Jerusalén a ver a los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, y después volví a Damasco.

Más tarde, pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas, y me quedé quince días con él.

Pero no vi a ningún otro apóstol, excepto a Santiago, el pariente del Señor.


Aclamación antes del Evangelio: Lc 7, 16

Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.


EVANGELIO: Lucas 7, 11-17

En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío.

Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba.

Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: “No llores.”
Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: “¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!”

El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre.
Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: “Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.”

La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.


Antífona de comunión: Sal 17, 3

Señor, mi roca, mi alcazar, mi libertador; Dios mío, peña mía.
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El Señor te resucitará y te devolverá a la Iglesia, tu madre

San Agustín (Comentario sobre el evangelio de San Juan 49,3)

Si, pues, el Señor, por su gracia y misericordia resucita a las almas para que no muramos por siempre, bien podemos suponer que los tres muertos que resucitó en sus cuerpos significan y son figura de las resurrecciones de las almas que se llevan a cabo mediante la fe.

Resucitó a la hija del jefe de la sinagoga cuando aún estaba en casa de cuerpo presente (Mc 5,41.42); resucitó al joven hijo de la viuda cuando le llevaban ya fuera de las puertas de la ciudad (Lc 7,14-15); resucitó a Lázaro que llevaba cuatro días en el sepulcro (Jn 11,33ss).

Mire cada cual su alma. Si peca, muere, porque el pecado es la muerte del alma. A veces se peca con el pensamiento: te agradó lo que era malo y le diste tu consentimiento; pecaste. Ese consentimiento te causó la muerte, pero esa muerte es interna, porque el mal pensamiento no pasó a la obra.

Para indicar que resucita a esas almas, el Señor resucitó a aquella niña que todavía no había sido sacada fuera, sino que yacía muerta en la casa: estaba oculta, como el pecado. Pero, si no sólo diste el consentimiento a la mala delectación, sino que pusiste el mal por obra, lo sacaste afuera como a un muerto; ya estás fuera y levantado como un cadáver.

El Señor resucita también a éste y lo entrega a su madre viuda. Si pecaste, arrepiéntete, y el Señor te resucitará y te devolverá a la Iglesia, tu madre.

El tercero de los muertos es Lázaro. Hay un género de muerte detestable denominado hábito perverso; pues una cosa es pecar y otra tener el hábito del pecado. Quien peca y al punto se enmienda, vuelve pronto a la vida, porque aún no está amarrado por el hábito; aún no está sepultado.

Pero quien tiene el hábito está ya sepultado, y bien puede decirse que ya hiede, pues empieza a tener mala fama como si fuera un hedor insoportable. Tales son los dados al vicio y los de perversas costumbres.

Les dices: «No hagas eso». ¿Cuándo has sido escuchado por quien está bajo tierra y se deshace en la putrefacción, y está bajo la gruesa losa de la costumbre? Tampoco para resucitar a ése le faltó poder a Cristo.

Lo sabemos, lo hemos visto y diariamente vemos a hombres que, cambiadas sus pésimas costumbres, viven mejor que quienes les reprendían. Detestabas a ese hombre: ahí tienes a la misma hermana de Lázaro -si es que es la misma que ungió con ungüento los pies del Señor y los enjugó con sus cabellos después de haberlos lavado con sus lágrimas- que ha experimentado una resurrección mejor que la de su hermano, ya que fue librada de la pesada mole de sus hábitos perversos e inveterados.

Era una pecadora de fama y de ella se dijo: Se le perdonan muchos pecados, porque amó mucho (Lc 7,37- 47).

Vemos a muchos, hemos conocido a muchos; nadie desespere, nadie presuma de sí mismo. Es malo tanto perder la esperanza como presumir de uno mismo. No pierdas la esperanza y elige aquello de que es justo que presumas.

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