Novena a Santa Rita de Casia (4), 16.5.16

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DÍA CUARTO

RITA, MADRE ABNEGADA


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1. Señal de la cruz

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


2. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.


3. Oración preparatoria para todos los días

Señor y Dios nuestro, admirable en tus Santos. Venimos a ti, el único Santo, atraídos por el ejemplo de Rita, tu hija predilecta. Nos encomendamos a su poderosa intercesión y queremos imitar su vida.

Pues tú nos mandaste: “Sean santos porque Yo soy santo”. A la vez, tu Hijo nos ordenó: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”.

Padre de bondad, concédenos poder contemplar durante esta novena con gran admiración y devoción las maravillas que obraste en tu sierva Rita. Hoy nos unimos a todos los devotos de santa Rita para darte gracias por los ejemplos de santidad que en ella nos dejaste.

Concédenos imitarla en la tierra, para que así podamos alabarte con santa Rita y con todos los santos para siempre en el cielo.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


4. Datos biográficos o ejemplos de vida

Son muchas las virtudes domésticas que la tradición atribuye a santa Rita. Como esposa buscaba con todo esmero complacer a su marido y llevarlo a Dios.

El amor hacia el esposo alcanzaba a los hijos en ternura y generosidad. Por ser esposa perfecta, llegó también a la perfección como madre cristiana.

Con su mansedumbre, ternura y fortaleza se constituía en el centro de la familia: principio de unidad, de armonía, de perdón y de seguridad hogareña.

A partir del nacimiento del primer hijo, Juan Santiago, su esposo fue cambiando en sus modales. A los dos años nació el segundo hijo, Pablo María. El ejemplo de Rita y la inocencia de los hijos provocaron el cambio casi total de Pablo Fernando. La dureza y altivez dejaron paso a la mansedumbre y responsabilidad hogareñas que exige la fe sincera.

Rita valoraba los esfuerzos de su esposo. Le animaba en la superación de sus debilidades. Asistía gozosa al nacimiento doloroso de un hombre nuevo…

Rita amaba a los suyos con todas sus fuerzas después de Dios. Los veía como el don del Señor que debía cuidar celosamente, pero no les quería de forma egoísta o posesiva, sino en la fe.

Por eso, la pérdida violenta de su esposo no la destruyó, sino que la consolidó en la fe y en el amor incondicional a sus hijos. Rita supo perdonar a los asesinos de su esposo, dando ejemplo a sus hijos.

Éstos no comprendían la injusticia y la desgracia de quedar huérfanos, y no acertaban a perdonar como su madre, sino que día a día aumentaba en su corazón el rencor y el deseo de vengar la muerte de su padre.

Rita oraba por la pacificación de sus hijos. Comprendía sus sentimientos, pero no podía justificar sus impulsos e intenciones vengativas.

Dice la tradición que, en medio de la tormenta interior entre sentimientos encontrados propios de una madre y de una madre cristiana, llegó a ofrecer su propia vida para que sus hijos no se perdieran eternamente. Pero nada sucedía.

Entonces, la generosidad heroica de la madre llegó a ofrecer la vida de sus dos hijos pidiendo a Dios que los sacara de este mundo, una vez reconciliados con Él, para que se salvaran eternamente. Prefería verlos muertos para el mundo, pero vivos para Dios. No importaba su dolor, viudez y soledad, frente a la salvación de sus hijos y la gloria de Dios.

Y Dios escuchó su oración: en menos de dos meses, sus dos hijos, dicen las crónicas, fallecieron víctimas de la peste negra que azotaba Europa.


5. Lecturas bíblicas

El bienestar integral de la pareja y la procreación de los hijos, los dos fines del matrimonio profundamente implicados entre sí, los encontramos en las primeras páginas de la Biblia:

De la costilla que Yahvé había sacado al hombre, formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces el hombre exclamó: ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Ésta será llamada “varona” porque del varón ha sido tomada.

Por eso el hombre deja a sus padres para unirse a una mujer, y son los dos una sola carne (Génesis 2, 22-24).

La tradición sacerdotal completa: Y creó Dios al hombre a su imagen. A imagen de Dios los creó. Macho y hembra los creó. Dios los bendijo, diciéndoles: “Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Manden a los peces del mar, a las aves del cielo y a cuanto animal viva en la tierra” (Génesis 1, 27-28).

En la Biblia los hijos son siempre considerados como un don de Dios, y una familia numerosa como una bendición extraordinaria de Dios. La familia numerosa actualiza la realización de la promesa divina, hecha al patriarca Abraham: “Te haré padre de muchos pueblos”.

Los hijos se reciben de Dios y a Dios se le devuelven, como se evidencia en el siguiente texto.

En el segundo libro de los Macabeos 7, 20-29, encontramos un ejemplo similar al de Rita: una madre judía prefiere el martirio de sus siete hijos, antes que verlos apostatar. Leemos:

Nadie más admirable y digno de recuerdo que la madre viendo morir a sus siete hijos en el espacio de un día. Lo soportó con entereza, esperando en el Señor con noble actitud. Uniendo un temple viril a la ternura femenina, fue animando a cada uno y les decía en su lengua:

“Yo no sé cómo aparecieron; yo no les di el aliento, ni la vida, ni formé con los elementos su organismo; fue el Creador del universo el que modela la raza humana y determina el origen de todo. Él con su misericordia les devolverá el aliento y la vida si ahora se sacrifican por su ley”.

Antíoco creyó que la mujer lo despreciaba y sospechó que lo estaba insultando.

Todavía quedaba el más pequeño y el rey intentaba persuadirlo; más aún, le juraba que si renegaba de sus tradiciones, lo haría rico y feliz, lo tendría por amigo, le daría algún cargo; pero, como el muchacho no hacía el menor caso, el rey llamó a la madre y le rogaba que aconsejase al chiquillo para su bien.

Tanto le insistió que la madre accedió a persuadir al hijo; se inclinó hacía él y, riéndose del cruel tirano, habló así en su idioma: “Hijo mío, ten piedad de mí; te llevé nueve meses en el seno, te amamanté y crié tres años y te he alimentado hasta que te has hecho un joven.

Hijo mío, te lo suplico, mira el cielo y la tierra, fíjate en todo lo que contiene y ten presente que Dios lo creó todo de la nada, y lo mismo da el ser al hombre. No temas a ese verdugo, ponte a la altura de tus hermanos y acepta la muerte; así por la misericordia de Dios te recobraré junto con ellos”.

Mencionamos dos Salmos que cantan las excelencias de la vida familiar. Así en el Salmo 127, 3-5:

Son los hijos regalo del Señor y es el fruto del vientre premio suyo; como flechas en manos del guerrero son los hijos tenidos cuando joven. Feliz el hombre que con tales flechas ha llenado su caja, cuando vaya a la plaza a litigar no podrán humillarlo sus contrarios.

Asimismo en el Salmo 128, 1-6, leemos:

Felices los que temen al Señor y siguen su camino.
Comerás del trabajo de tus manos;
¡que la suerte y la dicha te acompañen!

Tu esposa será como vid fecunda en medio de tu casa.
Tus hijos serán como olivos nuevos en torno de tu mesa.
Miren cómo será bendito el hombre que respeta al Señor.

¡Que te bendiga Dios desde Sión mientras dure tu vida!
¡Y puedas tú ver a Jerusalén, gozando en su grandeza,
y también a los hijos de tus hijos!
¡Tenga paz Israel!

El amor a los hijos ha de ser cariñoso y tierno, pero a la vez firme; incluye la corrección, no puramente emocional o reactiva, sino “en el Señor”. Así en Colosenses 3, 21, leemos: Padres, no sean demasiado exigentes con sus hijos, no sea que se desanimen.

Asimismo en Proverbios 29, 17: Corrige a tu hijo, te ahorrarás inquietudes y hará la felicidad de tu alma.

En Mateo 10, 37-39, leemos: No es digno de mí el que ama a su hijo o a su hija más que a mí; el que procure salvar su vida la perderá y el que la pierda por mí la hallará.

Por otra parte Jesús valora al máximo los lazos familiares; y por eso mismo los relativiza frente a lo único necesario. Veamos Marcos 3, 32-35:

Como era mucha la gente sentada en torno a Jesús, le transmitieron este recado: “Oye, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están afuera y preguntan por ti”. Él les contestó: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Y mirando a los que estaban sentados en torno a Él, dijo.

“Aquí están mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

Finalmente, en Proverbios 31, 10-31, encontramos la descripción de la mujer perfecta. Extractamos algunos versículos:

Una mujer perfecta, ¿quién la encontrará? Es mucho más valiosa que las joyas. En ella se confía su marido, no le falta nada. Le produce el bien, no el mal, todos los días de su vida.

Es como un barco mercante, que de lejos trae sus alimentos. Se levanta cuando aún es de noche, da de comer a los de su casa y dirige a su servidumbre. Está llena de fortaleza y vigoriza sus brazos. Tiende su mano al desamparado y al pobre. Su marido es estimado en toda la ciudad, cuando se sienta con los ancianos del país.

Aparece fuerte y digna y mira confiadamente el porvenir. Habla con sabiduría y enseña la piedad. Está atenta a la marcha de su casa y nunca ociosa. Sus hijos se levantan y la llaman dichosa, su marido la elogia diciéndole: ‘Muchas mujeres han obrado maravillas, pero tú las superas a todas’.

Engañosa es la gracia, vana la hermosura, la mujer que tiene la sabiduría, ésa será la alabada. Que pueda gozar del fruto de su trabajo y que por sus obras todas la celebren.


6. Consideraciones bíblico-teológicas

El bienestar integral de la pareja se prolonga en los hijos. Los esposos, unidos en Dios, se dan vida mutuamente en el amor de Dios. Inmediatamente, el amor difusivo alcanza a un tercero, a la prole.

Los esposos se sienten colaboradores de Dios, creador de la vida, y actualizan en el mundo su amor creativo, trayendo hijos al mundo con responsabilidad y generosidad. El ejercicio de esta paternidad responsable, mucho más que un calculado control de natalidad, supone una digna tarea.

Magnífica aventura de procrear con Dios hijos que nunca morirán y que serán verdaderamente hijos suyos, aunque pertenezcan a Dios primero. Por fe se hacen padres; por amor dan vida. Es su misión específica en la Iglesia.

Con generosidad ejercen su paternidad fiados en Dios, el único Padre que de todos cuida; y traen responsablemente hijos al mundo, para gloria de Dios. Con ello demuestran su amor a Dios.

Para eso se han casado: para ser felices en la mutua fidelidad y para traer hijos al mundo. En esa tarea se santificarán y llegarán a plenitud.

Para Dios lo mejor, porque Dios ama a quien da con alegría y con generosidad. A Dios están respondiendo, porque Él confió en ellos y los llamó y capacitó por el sacramento para esa maravillosa vocación.

Así, los padres construyen el santuario de Dios en su propio hogar, “iglesia doméstica” y “primer seminario”, fundamento de una sociedad nueva y de una Iglesia renovada.

Los padres cumplirán bien su misión en la medida en que sean buenos esposos. Los hijos deben ser la sobreabundancia de felicidad de los padres. Son una prolongación de lo mejor de sus padres. Son reflejo de sus padres.

Por eso los hijos constituyen una exigencia de permanente conversión para sus padres, y les impiden el estancamiento en la vida humana y cristiana. Los hijos proporcionan constantemente a los padres el sentido de sus vidas.

Así resulta verdadero el dicho: “Cada uno tiene los hijos que se merece”; es decir, aquellos que los padres van forjando o “haciendo” y conformando con sus actitudes positivas o negativas. Los hijos se traen a la vida por fe y se les educa con paciencia y dedicación, a veces, ciertamente heroicas.

Y esta crianza es el mejor fruto de la fe y compromiso cristiano de los padres; es el programa de santificación que Dios les pone a su alcance: propio y suficiente. Los otros compromisos como el laboral, profesional, político, etc., no serán sino la concretización del primero, el familiar.

Serán medios para cumplir con lo principal: la familia. Quien se compromete en su familia cumple a cabalidad con todo lo demás. La familia es el primer compromiso, es la concretización de la comunidad de fe, la prolongación de la parroquia, la iglesia doméstica.

Los padres son los sacerdotes del hogar, los representantes de Dios. Ellos gobiernan a los suyos, no imponiendo el temor o la prepotencia, sino sirviendo a los suyos en humildad y santo temor de Dios, bajo la autoridad del único Padre y Maestro.

Por eso, a los hijos se les quiere en Dios y por Dios. Y esto no significa rebajarlos en nada, sino darles su máximo valor. Así evitaremos fomentar en los padres falsas expectativas que les producirían, más pronto que tarde, amargos desengaños.

Por tanto, los padres aman a sus hijos en Dios, sabiendo que antes que suyos son hijos de Dios, que Él los ama más que ellos, que Él sufre por ellos y se preocupa, más que ellos mismos, por sus propios hijos.

Por eso, no hay lugar para el amor posesivo o puramente sentimental que genera paternalismo ansioso, miedo, sobreprotección, decepciones, resentimientos, amenazas, porque Dios lleva cuenta de los desvelos de los padres y nada está perdido.

Dios los recompensará abundante y cumplidamente, aunque los hijos fueran ingratos o injustos, real o supuestamente.

El amor paternal debe hacerse cada vez más generoso y puro. Los padres deben aceptar la ley de la vida: morir como el grano de trigo para poder germinar, dar tallo, espiga y fruto. La vida humana no surge al azar, ni crece sin pagar un precio por ella, sin sacrificio.

La vida cuesta, debe ser afirmada. Lo que vale, cuesta. La grandeza de los hijos suele estar en proporción directa al sacrificio y entrega que han adelantado y sembrado los padres. No hay regalos, ni atajos en este camino. Lo que vale, indudablemente cuesta.

En la familia cristiana el evangelio se traduce así: Que crezcan los hijos, que mengüen los padres. Que los padres gocen con los hijos, que disfruten viéndoles crecer ante Dios y ante los hombres. No importa que ellos no figuren, que vayan desapareciendo poco a poco de escena.

La caridad se alegra del bien del otro, y con ello se contenta. El que crece en caridad se va contentando cada vez con menos, cada vez reclama menos para sí.

Ojalá que ellos sepan asumir gozosamente ese ocaso lleno de paz, poblado de bondad y misericordia, de serenidad; lleno del premio de Aquél que no tiene ocaso. El único Padre. Así necesitan siempre los hijos a sus padres, generosos.

Porque nunca dejan de ser padres, nunca pueden dejar de amar a sus propios hijos, y a los hijos de sus hijos. Pues el amor es difusivo y, como el vino, cuanto más añejo, mejor; más exquisito, más gratuito, más parecido al de Dios, y más unido a él. En el amor paternal y maternal no hay marcha atrás.

Pero para esa plenitud necesitan calmar su sed constantemente en la fuente de agua viva que proporciona una práctica cristiana fiel y madura. Su vocación es fundirse con Dios Amor, dador de vida, plenitud de comunión trinitaria. Fuente de toda familia en el cielo y en la tierra.


7. Peticiones o plegaria universal

Se recitan o se pueden rezar alternando presidente y pueblo. Pueden mezclarse algunas de las siguientes peticiones con las señaladas, de manera específica, para cada día de la novena. No se omita la número siete de las que siguen.

Presentemos a Dios nuestras peticiones implorando que nos inspire el Señor sentir y actuar como lo hizo santa Rita en toda su vida.

1. Señor, que te has revelado a los hombres,
– por la intercesión de santa Rita, muéstranos tu rostro, aumentándonos la fe en tu palabra de verdad, y nuestro amor a tu Hijo Jesucristo.

Invitación: Roguemos al Señor.
Respuesta: Te lo pedimos, Señor.

2. Señor, tu sierva santa Rita conservó la paciencia en medio de tantas pruebas y tribulaciones;
– haz que en nuestra vida no seamos jamás motivo de molestia, o irritación para los demás.

3. Señor, que te glorificaste en la vida familiar de santa Rita, utilizándola como instrumento de salvación para su esposo y sus hijos;
– haz que nosotros seamos colaboradores tuyos en la salvación de los hombres, comenzando por nuestros propios hogares, comunidades religiosas o eclesiales.

4. Señor, que concediste a santa Rita la constancia de llamar a las puertas del monasterio hasta ser admitida como religiosa;
– haz que aprendamos el valor del sacrificio y el de la perseverancia en todas las circunstancias de nuestra vida.

5. Señor, que moviste a santa Rita para que prefiriese la muerte de sus hijos a verlos manchados por el pecado del odio y de la condenación eterna,
– enséñanos a perdonar a nuestros enemigos y a vivir en paz con todo el mundo, para que así podamos gozar nosotros mismos de tu paz y bendición.

6. Señor, que diste a santa Rita la paz y la tranquilidad en el monasterio después de tantas penas como había sufrido,
– suscita muchas vocaciones a la vida religiosa, donde muchos hijos tuyos alcancen lo único necesario y adelanten el Reino a este mundo.

7. Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener por la intercesión de santa Rita en esta novena.

8. Señor, que por tu resurrección venciste a la muerte y permitiste que Rita participara de tu victoria,
– concede la vida eterna a todos los fieles difuntos y en particular a los devotos de santa Rita.

Peticiones específicas del cuarto día

9. Oh Dios, Espíritu Santo, que eres el amor entre el Padre y el Hijo, principio de toda comunidad,
– asiste a las esposas y madres cristianas para que, a ejemplo de santa Rita, sean el alma del hogar por la ternura, el perdón y el amor.

10. Oh Dios, Espíritu Santo, que fecundaste las entrañas de María Santísima, Madre del Redentor,
– consuela y fortalece a las madres cristianas para que, como Rita, conduzcan a toda su familia hasta el Señor.

Oración conclusiva

Dios Todopoderoso, que te dignaste conceder a santa Rita amar a sus enemigos y llevar en su corazón y en su frente la señal de la pasión de tu Hijo, concédenos, siguiendo sus ejemplos, considerar de tal manera los dolores de la muerte de tu Hijo que podamos perdonar a nuestros enemigos, y así llegar a ser en verdad hijos tuyos, dignos de la vida eterna prometida a los mansos y sufridos.

Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.


8. Padre Nuestro, Ave María y Gloria (tres veces).


9. Oración final para todos los días

Oh Dios y Señor nuestro, admirable en tus santos, te alabamos porque hiciste de santa Rita un modelo insigne de amor a ti y a todos los hombres.

El amor fue el peso de su vida que la impulsó, cual río de agua viva, a través de todos los estados de su peregrinación por este mundo, dando a todos ejemplo de santidad, y manifestando la victoria de Cristo sobre todo mal.

Ella meditó continuamente la Pasión salvadora de tu Hijo y compartió sus dolores “completando en su carne lo que faltaba a los sufrimientos de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia”.

Aleccionada en su interior por la consolación del Espíritu Santo, Rita se convirtió en ejemplo de penitencia y caridad, experimentando continua y gozosamente, cómo la cruz del sufrimiento conduce a la alegría verdadera y a la luz de la resurrección.

De esta manera, se convirtió en instrumento de salvación al servicio del Dios providente, para bien de todos los hombres, sus hermanos, sobre todo en su propio hogar, en su familia, y finalmente en la comunidad agustiniana y en tu Iglesia.

Te damos gracias, oh Padre de bondad, fuente de todo don, y te bendecimos por las maravillas obradas en la vida de santa Rita de Casia, tu sierva. A la vez, te imploramos ser protegidos por su poderosa intercesión, de todo mal, llegando a cumplir tu voluntad en todas las circunstancias de nuestra vida, de acuerdo a los ejemplos de santidad que Rita nos dejó.

Te lo pedimos por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


10. Gozos a santa Rita

CORO

Tú que vives de amor,
y en el amor te recreas,
bendita por siempre seas,
dulce esposa del Señor.

ESTROFAS

1. Cual del ángel la belleza
difunde luz celestial,
exhalaba su pureza
tu corazón virginal.
Danos guardar esa flor,
que es la reina de las flores,
y ponga en ella su amor
el Dios de santos amores.

2. Santa madre, santa esposa,
en las penas y amarguras
brindaba tu amor dulzuras,
como fragancias las rosas.
Trocando en templo tu hogar
buscaste en Dios el consuelo:
almas que saben amar
hacen de un hogar un cielo.

3. Como esposa del Señor
con alma de serafín,
en tu amor ardió el amor
del corazón de Agustín.
Amor que Dios galardona
y en prenda de unión divina,
brota en tu frente una espina
y una flor en su corona.


11. Himno a santa Rita de Casia

Gloria del género humano,
Rita bienaventurada,
sed nuestra fiel abogada (tres veces)
cerca del Rey soberano.

Nido de castos amores,
fue tu corazón sencillo,
claro espejo, cuyo brillo
no hirieron negros vapores.
Haz que nunca amor profano
tenga en nuestro pecho entrada.

Gloria del género humano…

 

NOTA: Los contenidos de esta Novena a Santa Rita están tomados, con la debida autorización, del librito publicado por Ed. Paulinas, Caracas 2005. Site: http://www.paulinas.org.ve

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