La encrucijada de Europa para hacer posible un sueño necesario – editorial ECCLESIA

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Europa

Europa: La Comunidad Europea

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La encrucijada de Europa para hacer posible un sueño necesario – editorial ECCLESIA

Con motivo del Premio CARLOMAGNO

Lo pudo decir más alto, pero no más claro, el Papa Francisco (páginas 37 y 38): la Europa madre en la que sueña, la Europa fiel a su identidad y a sus raíces, no es la Europa actual, Europa más de mercaderes que de valores, Europa más de exclusiones que de la auténtica y precisa inclusión, Europa más de fronteras, vetos y muros que la casa abierta, acogedora y común que sus fundadores también soñaron.

Fue en el mediodía del viernes 6 de mayo. En la Sala Regia del Palacio Apostólico, sede de grandes eventos y citas.

Las instituciones europeas, con sus principales líderes presentes en el aula –al igual que el Rey de España o los primeros ministros de Holanda, Italia y Alemania, entre otros muchos invitados-, entregaban al Papa Francisco el prestigioso Premio Carlomagno, galardón instituido en 1949, para reconocer y poner de relieve la contribución y el servicio a los verdaderos ideales del viejo continente en pro del bien, la paz y la concordia.

Un largo elenco de conocidas y reputadas personalidades –entre ellas, en 2004, el Papa Juan Pablo II- se han hecho merecedoras, casi todas ellas europeas, del galardón.

Y ahora, en medio de la colosal crisis de refugiados que tiene en jaque la credibilidad moral de Europa y en medio de la crisis política y económica que azota a tantos países de la Unión, ha sido un argentino universal, patrimonio ya de la entera humanidad, voz y conciencia de Europa y del mundo, el Papa Francisco, quien recibía el premio.

Resultaba evidente que el jurado que en diciembre pasado le otorgó el galardón (Ecclesia, números 3.812-13, página 44) sabía bien que la contribución de Francisco a Europa no estaban siendo ni las lisonjas ni las componendas, sino su denuncia profética de la pérdida de los valores que asolan al viejo continente.

Sin ir más lejos, Lampedusa, Estrasburgo, Lesbos son elocuentes etapas europeas del ministerio apostólico itinerante del actual Papa, donde ha clamado por la recuperación de estos valores y donde ha añorado aquellas raíces que hicieron posible el sueño europeo y su condición de faro de la entera humanidad.

Por ello, nadie pudo extrañarse de su discurso –extraordinario, antológico, valiente, a veces duro, pero siempre alentador y propositivo-, mediante el cual acogió el Premio Carlomagno.

¿Qué es lo que dijo el Papa, qué es lo que pidió?

Francisco, tras evocar y elogiar la capacidad creativa que a lo largo de los siglos, y muy singularmente tras la Segunda Guerra Mundial, ha caracterizado a Europa, constató, como ya hiciera el 25 de noviembre de 2014 en Estrasburgo, cómo en la actualidad crece la impresión de estar “cansada y envejecida, no fértil ni vital, donde los grandes ideales que inspiraron a Europa parecen haber perdido fuerza de atracción”.

De ahí la pregunta capital de Francisco en este discurso: “¿Qué te ha sucedido Europa humanista, defensora de los derechos humanos, de la democracia y de la libertad?”.

Y de ahí, las propuestas de respuesta y de solución a esta “anemia” y “anestesia” europeas, la primera de las cuales es precisamente recuperar y trasfundir la memoria, desde los principios de sus fundadores -con citas expresas a Adenauer, Schumnan y De Gasperi- y, en definitiva, actualizar la idea de Europa.

Bajo tres criterios fundamentales desarrolló Francisco la necesidad de actualizar la idea de Europa: capacidad de integrar, capacidad de comunicación y la capacidad de generar. Capacidades que para que den frutos demandan solidaridad, diálogo y cultura del encuentro.

Francisco esbozó también cuál ha de ser la presente contribución a Europa por parte de la Iglesia y que no es otra que su misma misión: “El anuncio del Evangelio”, “salir al encuentro de las heridas del hombre, llevando la presencia fuerte y sencilla de Jesús, su misericordia que consuela y anima”, “solo una Iglesia rica en testigos podrá llevar de nuevo el agua pura del Evangelio a las raíces de Europa”.

Y concluyó su discurso con su “sueño” de Europa, que es el sueño de la inclusión real de todas las personas y del reconocimiento efectivo de su entera dignidad humana; el sueño de una economía social y para las personas, frente a “una economía líquida que solo apunta al rédito y al beneficio”. Un sueño, pues, posible y, sobre todo, necesario: el sueño de Dios y del cristianismo, almas de Europa.

http://www.revistaecclesia.com/la-encrucijada-europa-posible-sueno-necesario-editorial-ecclesia/

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