Maná y Vivencias Pascuales (16), 11.4.16

Lunes de la 3ª semana de Pascua


Esto es lo que el Padre espera de vosotros: que creáis al que él ha enviado

Esto es lo que el Padre espera de vosotros: que creáis al que él ha enviado


TEXTO ILUMINADOR.-

Ellos le preguntaron: “¿Qué tenemos que hacer, y cuáles son las obras que Dios nos encomienda?” Jesús respondió: “La obra que Dios les pide es creer al Enviado de Dios”.

Para llegar a la fe hay que ir más allá de las acciones que se ven, del alimento que se saborea, de las palabras que escuchamos. Todo el evangelio hay que verlo como un “signo” de Dios.

Todo cuanto sucede y observamos en nuestro alrededor hay que sentirlo y descubrirlo como “señal” de Dios. Algunos que comieron el pan multiplicado por Jesús no “vieron” la señal de Dios, el signo de Dios.

La experiencia de la fe se capta con todas las facultades de la personas, desde los sentidos más externos o superificiales hasta las capas más íntimas e insondables del alma, del espíritu humano.

A cuenta del paso del Mar Rojo, el libro del Éxodo describe así la experiencia religiosa y liberadora del pueblo judío: Israel miró a los egipcios muertos en la orilla, vio la mano poderosa de Yahvé, y creyó en él y en Moisés su enviado; y entonces entonó un canto de alabanza a Dios su salvador.

Por tanto, hay que despertar en nosotros la capacidad de admiración para descubrir, para “ver” y sentir los gestos amorosos de Dios en todo cuanto vivimos: oímos, vemos y hacemos. Es el proceso de la fe que desemboca en el reconocimiento de Dios, como el mejor amigo del hombre; en la alabanza al Señor nuestro salvador.

Hermano, hermana: todo, absolutamente todo debería ser un mensaje de Dios para ti. A ver si hoy consigues que todo te hable de Dios. Nada es casualidad. No hay fatalismo. Todo tiene en Dios su explicación para cuantos ama el Señor y para cuantos se dejan enseñar por Dios.

Que hoy, hermano, todo redunde en bendición para ti. Dios es capaz de hacértelo sentir. Es la prueba de la resurrección del Señor en ti. Que el Señor te bendiga durante todo este día y por todo cuanto suceda en esta jornada. Amén.

Antífona de entrada

Ha resucitado el Buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas y que se dignó morir por su grey. Aleluya.

ORACIÓN COLECTA.- Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados, para que puedan volver al buen camino, concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre, y cumplir cuanto en él se significa. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

PRIMERA LECTURA: Hechos 6, 8-15

En aquellos días, Esteban, lleno de gracia y fortaleza, realizaba grandes prodigios y señales milagrosas en el pueblo.

Algunos que pertenecían a la sinagoga llamada de los Libertos, cirenenses y alejandrinos, y otros de Cilicia y Asia acudieron para rebatir a Esteban, pero no pudieron hacer frente a la sabiduría y al Espíritu que hablaba por él.

Entonces sobornaron a unos hombres que dijeran: “Nosotros lo hemos oído hablar contra Moisés y contra Dios”.

Así excitaron al pueblo, a los Ancianos y a los maestros de la Ley; vinieron de repente, lo arrestaron y lo llevaron al Sanedrín.

Allí presentaron testigos falsos que declararon: “Este hombre siempre habla en contra de nuestro Lugar Santo y contra la Ley. Le oímos decir que Jesús Nazareno destruirá este Lugar y cambiará las costumbres que nos dejó Moisés”.

Todos los que estaban sentados en el Sanedrín, cuando miraron a Esteba, vieron su rostro como el de un ángel.

SALMO: 118, 23-24. 26-27. 29-30.- Dichoso el que camina con vida intachable

Aunque los poderosos se reúnan en contra mía, tu servidor sigue meditando tus leyes. Tus prescripciones son mis delicias, y tus mandamientos mis consejeros.

Te manifesté mis propósitos y me oíste: muéstrame tus deseos. Instrúyeme sobre tus mandamientos, y yo meditaré tus maravillas.

Apártame del camino extraviado y concédeme la gracia de seguir tu ley. Yo he elegido el camino verdadero, y tengo tu Ley presente ante mis ojos.

Aclamación antes del Evangelio: Mateo 4, 4b

Pero Jesús respondió: “Dice la Escritura que el hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

 

EVANGELIO: Juan 6, 22-29

Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del lago, notó que allí no había habido más que una lancha y que Jesús no había embarcado con sus discípulos, sino que sus discípulos se habían marchado solos.

Entretanto, unas lanchas de Tiberíades llegaron cerca del sitio donde habían comido el pan, sobre el que el Señor pronunció la acción de gracias. Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.

Al encontrarlo en la otra orilla del lago le preguntaron: Maestro, ¿cuándo has venido aquí?.

Jesús les contestó: Os lo aseguro: me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.

Ellos le preguntaron: “¿Qué tenemos que hacer, y cuáles son las obras que Dios nos encomienda?” Jesús respondió: “La obra que Dios les pide es creer al Enviado de Dios”.

Antífona de comunión: Juan 14,27

Les dejo la paz, les doy mi paz. La paz que yo les doy no es como la que da el mundo. Que no haya en ustedes ni angustia ni miedo.


.

Del comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre el evangelio de san Juan

Cristo es el vínculo del universo

Todos los que participamos de la sangre sagrada de Cristo alcanzamos la unión corporal con él, como atestigua San Pablo, cuando dice, refiriéndose al misterio del amor misericordioso del Señor:

no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas, que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo.

Si, pues, todos nosotros formamos un mismo cuerpo en Cristo, y no sólo unos con otros, sino también en relación con aquel que se halla en nosotros gracias a su carne, ¿cómo nos mostramos abiertamente todos nosotros esa unidad entre nosotros y en Cristo? Pues Cristo, que es Dios y hombre a la vez, es el vínculo de la unidad.

Y, si seguimos por el camino de la unión espiritual habremos de decir que todos nosotros, una vez recibido el único y mismo Espíritu, a saber, el Espíritu Santo nos fundimos entre nosotros y con Dios.

Pues aunque seamos muchos por separado, y Cristo haga que el Espíritu del Padre y suyo habite en cada uno de nosotros, ese Espíritu único e indivisible, reduce por sí mismo a la unidad a quienes son distintos entre sí en cuanto subsisten en su respectiva singularidad, y hace que todos aparezcan como una sola cosa en sí mismo.

Y así como la virtud de la santa humanidad de Cristo hace que formen un mismo cuerpo todos aquellos en quienes ella se encuentra, pienso que de la misma manera el Espíritu de Dios que habita en todos, único e indivisible, los reduce a todos a la unidad espiritual.

Por esto nos exhorta también San Pablo: sobrellevaos mutuamente con amor, esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todos, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo.

Pues siendo uno solo el Espíritu que habita en nosotros, Dios será en nosotros el único Padre de todos por medio de su Hijo, con lo que reducirá a una unidad mutua y consigo a cuantos participan del Espíritu. Ya desde ahora se manifiesta de alguna manera el hecho de que estemos unidos por participación del Espíritu Santo.

Pues si abandonamos la vida puramente natural y nos atenemos a las leyes espirituales, ¿no es evidente que hemos abandonado en cierta manera nuestra vida anterior, que hemos adquirido una configuración especial y en cierto modo nos hemos transformado en otra naturaleza mediante la unión del Espíritu Santo con nosotros, y que ya no nos tenemos simplemente por hombres, sino como hijos de Dios y hombres celestiales, puesto que hemos llegado a ser participantes de la naturaleza divina?

De manera que todos nosotros ya no somos más que una sola cosa en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: una sola cosa por identidad de condición, por la asimilación que obra en el amor, por comunión de la santa humanidad de Cristo y por participación del único y Santo Espíritu (Libro 11, cap. 11: PG 74, 559–562).

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