Esta es la herencia más grande que se puede dejar a los hijos

febrero 4, 2016

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Papa Francisco

Papa Francisco predica en Santa Marta sobre el testamento de un cristiano, a la luz de las palabras de David en el lecho de la muerte

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Papa Francisco: Esta es la herencia más grande que se puede dejar a los hijos

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VATICANO, 04 Feb. 16 / 07:25 am (ACI/EWTN Noticias).- El Papa Francisco explicó esta mañana que el pensamiento de la muerte no es algo que guste mucho pero que finalmente ilumina la existencia. Ante esta realidad, dijo, es importante recordar cuál es la mayor herencia que un hombre o una mujer puede dejar a sus hijos.

Reflexionando sobre la primera lectura de hoy en la que el Rey David le pide a su hijo Salomón observar la ley de Dios, el Santo Padre afirma de este modo, el soberano que está a punto de morir enseña que “la herencia más bella y más grande que un hombre o una mujer puede dejar a los hijos es la fe”.

“En cada vida hay un fin” y este es “un pensamiento que no gusta tanto”, que “siempre se encubre” pero que “es la realidad de todos los días”. Pensar “en el último paso” es “una luz que ilumina la vida”, “es una realidad que debemos tener siempre ante nosotros”, explicó el Papa

“Cuando se hace testamento la gente dice: ‘A este le dejo esto, a este le dejo aquello, a este le dejo esto…’. Sí, está bien, pero la herencia más bella, la mayor herencia que un hombre, una mujer, puede dejar a sus hijos es la fe. Y David hace memoria de las promesas de Dios, hace memoria de su propia fe en estas promesas y se las recuerda a su hijo.

Dejar la fe en herencia. Cuando en la ceremonia del Bautismo damos a los padres la vela encendida, la luz de la fe, les estamos diciendo: ‘Consérvala, hazla crecer en tu hijo y en tu hija y déjala como herencia’”.

El Papa resaltó luego: “dejar la fe como herencia, esto nos enseña David, y muere así, sencillamente como cada hombre. Pero sabe bien qué aconsejar a su hijo y cuál es la mejor herencia que le deja: ¡no el reino, sino la fe!”.

El Santo Padre alentó a los presentes a preguntarse: “¿Cuál es la herencia que yo dejo con mi vida?”: “¿Dejo la herencia de un hombre, de una mujer de fe? ¿Les dejo esta herencia a los míos?”

“Pidamos al Señor dos cosas: no tener miedo de este último paso, como la hermana de la audiencia del miércoles –‘Estoy terminando mi recorrido y comienzo el otro’– no tener miedo; y la segunda, que todos nosotros podamos dejar con nuestra vida, como la mejor herencia, la fe, la fe en este Dios fiel, este Dios que está junto a nosotros siempre, este Dios que es Padre y jamás decepciona”.

El Pontífice contó brevemente algo que le dijo una anciana religiosa en una de las audiencias de los miércoles que estaba presente para escucharlo:

“En una de las audiencias del miércoles había entre los enfermos una monjita anciana, pero con un rostro de paz, con una mirada luminosa: ‘¿Cuántos años tiene usted, hermana?’. Y con una sonrisa: ‘Ochenta y tres, pero estoy terminando mi recorrido en esta vida, para comenzar el otro itinerario con el Señor, porque tengo un cáncer en el páncreas’. Y así, en paz, aquella mujer había vivido su vida consagrada con intensidad. No tenía miedo de la muerte: ‘Estoy terminando mi recorrido de vida, para comenzar el otro’. Es un pasaje. Estas cosas nos hacen bien”.

A continuación la lectura sobre la que reflexionó el Pontífice esta mañana

I Reyes 2:1-4, 10-12
1 Cuando se acercaron los días de la muerte de David, dio órdenes a su hijo Salomón:
2 «Yo me voy por el camino de todos. Ten valor y sé hombre.
3 Guarda las observancias de Yahveh tu Dios, yendo por su camino, observando sus preceptos, sus órdenes, sus sentencias y sus instrucciones, según está escrito en la ley de Moisés, para que tengas éxito en cuanto hagas y emprendas.
4 Para que Yahveh cumpla la promesa que me hizo diciendo: “Si tus hijos guardan su camino para andar en mi presencia con fidelidad, con todo su corazón y toda su alma, ninguno de los tuyos será arrancado de sobre el trono de Israel”.
10 David se acostó con sus padres y le sepultaron en la Ciudad de David.
11 David reinó sobre Israel cuarenta años; reinó en Hebrón siete años; reinó en Jerusalén 33 años.
12 Salomón se sentó en el trono de David su padre y el reino se afianzó sólidamente en su mano.

 


El maná de cada día, 4.2.16

febrero 4, 2016

Jueves de la 4ª semana del Tiempo Ordinario

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Tú eres Señor del universo.

Tú eres Señor del universo.



PRIMERA LECTURA: 1 Reyes 2, 1-4.10-12

Estando ya próximo a morir, David hizo estas recomendaciones a su hijo Salomón:

«Yo emprendo el viaje de todos. ¡Ánimo, sé un hombre! Guarda las consignas del Señor, tu Dios, caminando por sus sendas, guardando sus preceptos, mandatos, decretos y normas, como están escritos en la ley de Moisés, para que tengas éxito en todas tus empresas, dondequiera que vayas; para que el Señor cumpla la promesa que me hizo: “Si tus hijos saben comportarse, caminando sinceramente en mi presencia, con todo el corazón y con toda el alma, no te faltará un descendiente en el trono de Israel.”»

David fue a reunirse con sus antepasados y lo enterraron en la Ciudad de David. Reinó en Israel cuarenta años: siete en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén. Salomón le sucedió en el trono, y su reino se consolidó.


SALMO 1 Cro 29,10.11ab.11d-12a.12bcd

Tú eres Señor del universo.

Bendito eres, Señor, Dios de nuestro padre Israel, por los siglos de los siglos.

Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder, la gloria, el esplendor, la majestad, porque tuyo es cuanto hay en cielo y tierra.

Tú eres rey y soberano de todo. De ti viene la riqueza y la gloria.

Tú eres Señor del universo, en tu mano está el poder y la fuerza, tú engrandeces y confortas a todos.


Aclamación antes del Evangelio: Mc 1, 15

Está cerca el reino de Dios -dice el Señor-: convertíos y creed en el Evangelio.


EVANGELIO: Marcos 6, 7-13

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.

Y añadió: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.»

Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.


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LO QUE DEJAMOS A LOS DEMÁS

Papa Francisco en Casa Santa Marta
Jueves 6 de febrero de 2014

Vivir durante toda la vida en el seno de la Iglesia, como pecadores pero no como traidores corruptos, con una actitud de esperanza que nos lleva a dejar una herencia hecha no de riqueza material sino de testimonio de santidad. Son las «grandes gracias» que el Papa Francisco indicó durante la misa celebrada el jueves 6 de febrero, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta.

El obispo de Roma centró su reflexión en el misterio de la muerte, partiendo de la primera lectura —tomada del primer libro de los Reyes (2, 1-4.10-12)— en la que, dijo, «hemos escuchado el relato de la muerte de David». Y «recordamos el inicio de su vida, cuando fue elegido por el Señor, ungido por el Señor». Era un «jovencito»; y «después de algunos años comenzó a reinar», pero era siempre «un muchacho, tenía veintidós o veintitrés años».

Por lo tanto, toda la vida de David es «un recorrido, un camino al servicio de su pueblo». Y «así como comenzó, así terminó». Sucede lo mismo en nuestra vida, señaló el Papa, que «comienza, camina, sigue adelante y termina».

El relato de la muerte de David sugirió al Pontífice tres reflexiones surgidas «del corazón». En primer lugar puso en evidencia que «David muere en el seno de la Iglesia, en el seno de su pueblo. Su muerte no lo encuentra fuera de su pueblo» sino «dentro». Y así vive «su pertenencia al pueblo de Dios». Sin embargo David «había pecado: él mismo se llama pecador». Pero «jamás se apartó del pueblo de Dios: pecador sí, traidor no». Ésta, dijo el Papa, «es una gracia»: la gracia de «permanecer hasta el final en el pueblo de Dios» y «morir en el seno de la Iglesia, precisamente en el seno del pueblo de Dios».

Al subrayar dicho aspecto, el Papa invitó «a pedir la gracia de morir en casa: morir en casa, en la Iglesia». Y remarcó que «ésta es una gracia» y «no se compra», porque «es un regalo de Dios». Nosotros «debemos pedirlo: Señor dame el regalo de morir en casa, en la Iglesia». Aunque fuésemos «todos pecadores», no debemos ser ni «traidores» ni «corruptos».

La Iglesia, precisó el Pontífice, es «madre y nos quiere también así», quizás incluso «muchas veces sucios». Porque es ella quien «nos limpia: es madre, sabe cómo hacerlo». Pero está «en nosotros pedir esta gracia: morir en casa».

El Papa Francisco propuso luego una segunda reflexión sobre la muerte de David. «En este relato —apuntó— se ve que David está tranquilo, en paz, sereno». Hasta el punto que «llama a su hijo y le dice: yo emprendo el camino de todo hombre sobre la tierra». En otras palabras David reconoce: «¡Ahora me toca a mí!». Y después, se lee en la Escritura, «David se durmió con sus padres». He aquí, explicó el Pontífice, el rey que «acepta su muerte con esperanza, con paz». Y «ésta es otra gracia: la gracia de morir con esperanza», con la «consciencia de que esto es un paso» y que «del otro lado nos esperan». Incluso después de la muerte, en efecto, «continúa la casa, continúa la familia: no estaré solo». Se trata de una gracia que hay que pedir sobre todo «en los últimos momentos de la vida: nosotros sabemos que la vida es una lucha y el espíritu del mal quiere el botín».

El obispo de Roma recordó también el testimonio de santa Teresita del Niño Jesús, quien «decía que, en sus últimos momentos, había en su alma una lucha y cuando pensaba en el futuro, a lo que le esperaba después de la muerte, en el cielo, sentía como una voz que le decía: pero no, no seas tonta, te espera la oscuridad, te espera sólo la oscuridad de la nada». Ese, precisó el Papa, «era el demonio que no quería que se confiara a Dios».

De aquí la importancia de «pedir la gracia de morir con esperanza y morir confiándose a Dios». Pero el «confiarse a Dios —afirmó el Pontífice— comienza ahora, en las pequeñas cosas de la vida y también en los grandes problemas: confiarse siempre al Señor. De esta manera uno coge este hábito de confiarse al Señor y crece la esperanza». Por lo tanto, explicó, «morir en casa, morir con esperanza» son «dos cosas que nos enseña la muerte de David».

La tercera idea sugerida por el Papa fue «el problema de la herencia». Al respecto «la Biblia —precisó— no nos dice que cuando murió David vinieron todos los nietos y bisnietos a pedir la herencia». A menudo existen «muchos escándalos sobre la herencia, muchos escándalos que dividen en las familias». Pero no es la riqueza la herencia que deja David. Se lee, de hecho, en la Escritura: «Y el reino quedó establecido sólidamente». David, más bien, «deja la herencia de cuarenta años de gobierno por su pueblo y el pueblo consolidado, fuerte».

Al respecto el Pontífice recordó «un dicho popular» según el cual «cada hombre debe dejar en la vida un hijo, debe plantar un árbol y debe escribir un libro: y ésta es la mejor herencia». El Papa invitó a cada uno a preguntarse: «¿Qué herencia dejo yo a los que vienen detrás de mí? ¿Una herencia de vida? ¿He hecho tanto bien que la gente me quiere como padre o como madre?». Tal vez no «planté un árbol» o «escribí un libro», «pero ¿he dado vida, sabiduría?». La auténtica «herencia es la que David» revela dirigiéndose ya a las puertas de la muerte a su hijo Salomón con estas palabras: «Ten valor y sé hombre. Guarda lo que el Señor tu Dios manda guardar siguiendo sus caminos, observando sus preceptos».

Así las palabras de David ayudan a entender que la verdadera «herencia es nuestro testimonio de cristianos que dejamos a los demás». Existen, en efecto, algunas personas que «dejan una gran herencia: pensemos en los santos que vivieron el Evangelio con tanta fuerza» y precisamente por esto «nos dejan un camino de vida, un modo de vivir como herencia».

Al concluir, el Papa resumió los tres puntos de su reflexión transformándolos en una oración a san David, a fin de que «nos conceda a todos estas tres gracias: pedir la gracia de morir en casa, morir en la Iglesia; pedir la gracia de morir en esperanza, con esperanza; y pedir la gracia de dejar una hermosa herencia, una herencia humana, una herencia hecha con el testimonio de nuestra vida cristiana».

http://www.vatican.va


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