El Papa lanza una dura advertencia a los obispos que no rezan ni anuncian el Evangelio

enero 26, 2016

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El Papa Francisco en Santa Marta habla a los obispos...

El Papa Francisco en Santa Marta habla a los obispos…

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El Papa lanza una dura advertencia a los obispos que no rezan ni anuncian el Evangelio

Por Álvaro de Juana

VATICANO, 22 Ene. 16 / 05:55 am (ACI).- Si un obispo no reza ni anuncia el Evangelio y dedica el tiempo a otras cosas debilita a la Iglesia. Es lo que afirmó el Papa Francisco en la homilía de la Misa de este viernes en la capilla de la Casa Santa Marta al hablar de la misión de los obispos y la elección que Dios ha hecho con cada uno de ellos.

“Los obispos son columnas de la Iglesia” que “tenemos la responsabilidad de ser testimonio”, dijo el Papa. Por tanto, “nuestra vida debe ser un verdadero testimonio de la Resurrección de Cristo”.

Francisco señaló dos misiones que tienen principalmente los obispos: la primera es “estar con Jesús en la oración. La primera tarea del obispo no es hacer planes pastorales… ¡no, no! Es orar”.

El segundo “es ser testimonio, es decir, predicar. Predicar la salvación que el Señor Jesús nos ha dado”.

Son “dos tareas no fáciles, pero son propiamente estos compromisos los que hacen fuertes las columnas de la Iglesia”.

“Si estas columnas se debilitan porque el obispo no reza o reza poco, se olvida de rezar; o porque el obispo no anuncia el Evangelio, se ocupa de otras cosas, la Iglesia se debilita, sufre”.

“El pueblo de Dios sufre, porque las columnas son débiles”, afirmó.

El Evangelio del día relata la elección de los Doce Apóstoles por parte de Jesús, a quienes escoge “para que estén con Él y para enviarlos a predicar con el poder de expulsar los demonios”.

Los Doce “son los primeros obispos” y después de la muerte de Judas, fue elegido Matías: “la primera ordenación episcopal de la Iglesia”, explicó.  “Testimonios de que Jesucristo está vivo, que el Señor Jesucristo ha resucitado, que el Señor Jesús camina con nosotros, que el Señor Jesús nos salva, que el Señor Jesús ha dado su vida por nosotros, que el Señor Jesús es nuestra esperanza, que el Señor Jesús nos acoge siempre y nos perdona”.

Francisco también aclaró que “la Iglesia sin obispos no puede funcionar” y por eso “la oración de todos nosotros por nuestros obispos es una obligación, pero una obligación de amor, una obligación de los hijos hacia el Padre, unaobligación de hermanos, para que la familia permanezca unida en la confesión de Jesucristo, vivo y resucitado”.

“Por eso quisiera hoy invitarles a ustedes a orar por nuestros obispos. Porque también nosotros somos pecadores, también nosotros tenemos debilidades, también nosotros tenemos el peligro de Judas: porque también él fue elegido como columna”, explicó el Santo Padre.

“También nosotros corremos el peligro de no orar, de hacer otras cosas que no sean anunciar el Evangelio expulsar los demonios… Orar, para que los obispos sean lo que Jesús quería, que todos nosotros demos testimonio de la Resurrección de Jesús”.

El Pontífice recordó que “el pueblo de Dios ora por los obispos”. “En cada Misa se reza por los obispos: se reza por Pedro, el jefe del colegio episcopal, y se reza por el obispo del lugar”.

Sin embargo, “esto es poco”. “Se dice el nombre y muchas veces se dice por hábito, y se sigue”. Al contrario, se debe “orar por el obispo con el corazón, pedir al Señor: Señor, cuida de mi obispo; cuida de todos los obispos, y mándanos obispos que sean verdaderos testimonios, obispos que recen, y obispos que nos ayuden, con su predicación, a entender el Evangelio, a estar seguros de que Tú, Señor, estás vivo, estás  entre nosotros”.

 

https://www.aciprensa.com/noticias/el-papa-lanza-una-dura-advertencia-a-los-obispos-que-no-rezan-ni-anuncian-el-evangelio-18886/


El maná de cada día, 26.1.16

enero 26, 2016

Martes de la 3ª semana del Tiempo Ordinario

San Timoteo y San Tito, obispos

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Santos Timoteo y Tito

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Antífona de entrada: Sal 95, 3-4

Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones; porque es grande el Señor y muy digno de alabanza.

Oración colecta

Oh Dios, que hiciste brillar con virtudes apostólicas a los santos Timoteo y Tito; concédenos por su intercesión que, después de vivir en este mundo en justicia y santidad, merezcamos llegar al reino de los cielos. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 2 Timoteo 1, 1-8

Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, llamado a anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús, a Timoteo, hijo querido; te deseo la gracia, misericordia y paz de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro.

Doy gracias a Dios, a quien sirvo con pura conciencia, como mis antepasados, porque tengo siempre tu nombre en mis labios cuando rezo, de noche y de día.

Al acordarme de tus lágrimas, ansío verte, para llenarme de alegría, refrescando la memoria de tu fe sincera, esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice, y que estoy seguro que tienes también tú.

Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio.

No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor y de mí, su prisionero. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios.


SALMO 95, 1-2ª. 2b-3, 7-8a.10

Contad las maravillas del Señor a todas las naciones.

Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre.

Proclamad día tras día su victoria. Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones.

Familias de los pueblos, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor.

Decid a los pueblos: «El Señor es rey, él afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente.»


Aclamación antes del Evangelio: 2Tm 1, 10

Nuestro Salvador Jesucristo destruyó la muerte y sacó a la luz la vida. por medio del Evangelio.


EVANGELIO: Marcos 3, 31-35

En aquel tiempo, llegaron la madre de Jesús y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar.

La gente que tenía sentada alrededor le dice: «Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan».

Él les pregunta: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?».

Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre».


Antífona de la comunión: Mc 16, 15; Mt 28, 20

Id por todo el mundo a proclamar la Buena Nueva, dice el Señor: yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

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SAN TIMOTEO Y SAN TITO, OBISPOS

Timoteo y Tito, discípulos y colaboradores del apóstol Pablo, presidieron las Iglesias de Efeso y de Creta, respectivamente. Ellos fueron los destinatarios de las cartas llamadas «pastorales», cartas llenas de excelentes recomendaciones para la formación de pastores y fieles.

He combatido bien mi combate

De las homilías de san Juan Crisóstomo, obispo

Pablo, encerrado en la cárcel, habitaba ya en el cielo, y recibía los azotes y heridas con un agrado superior al de los que conquistan el premio en los juegos; amaba los sufrimientos no menos que el premio, ya que estos mism­os sufrimientos, para él, equivalían al premio; por esto, los consideraba como una gracia.

Sopesemos bien lo que esto significa. El premio consistía ciertamente en partir para estar con Cristo; en cambio, quedarse en esta vida significaba el combate; sin embargo, el mismo anhelo de estar con Cristo lo movía a diferir el premio, llevado del deseo del combate, ya que lo juzgaba más necesario.

Comparando las dos cosas, el estar separado de Cristo representaba para él el combate y el sufrimiento, más aún el máximo combate y el máximo sufrimiento. Por el contrario, estar con Cristo representaba el premio sin comparación; con todo, Pablo, por amor a Cristo, prefiere el combate al premio.

Alguien quizá dirá que todas estas dificultades él las tenía por suaves, por su amor a Cristo. También yo lo admito, ya que todas aquellas cosas, que para nosotros son causa de tristeza, en él engendraban el máximo delei­te. Y ¿para qué recordar las dificultades y tribulacione­s? Su gran aflicción le hacía exclamar: ¿Quién enferma sin que yo enferme?; ¿quién cae sin que a mi me dé fiebre?

Os ruego que no sólo admiréis, sino que también imitéis este magnífico ejemplo de virtud: así podremos ser partícip­es de su corona.

Y, si alguien se admira de esto que hemos dicho, a saber, que el que posea unos méritos similares a los de Pablo obtendrá una corona semejante a la suya, que atienda a las palabras del mismo Apóstol: He combatido bien mi comba­te, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todo­s los que tienen amor a su venida.

¿Te das cuenta de cómo nos invita a todos a tener parte en su misma gloria?

Así pues, ya que a todos nos aguarda una misma co­rona de gloria, procuremos hacernos dignos de los bienes que tenemos prometidos.

Y no sólo debemos considerar en el Apóstol la magnit­ud y excelencia de sus virtudes y su pronta y robusta disposición de ánimo, por las que mereció llegar a un premio tan grande, sino que hemos de pensar también que su naturaleza era en todo igual a la nuestra; de este modo, las cosas más arduas nos parecerán fáciles y llevaderas y, esforzándonos en este breve tiempo de nuestra vida, alcanzaremos aquella corona incorruptible e inmortal, por la gracia y la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, a quien pertenece la gloria y el imperio ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.


El maná de cada día, 25.1.16

enero 25, 2016

Conversión de San Pablo

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Fin del Octavario de oración por la unidad de los cristianos

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Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?



Antífona de entrada: 2 Tm 1, 12; 4, 8

Sé de quién me he fiado y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el último día, en que vendrá como juez justo, el encargo que me dio.


Oración colecta

Señor, Dios nuestro, tú que has instruido a todos los pueblos con la predicación del apóstol san Pablo, concede a cuantos celebramos su Conversión caminar hacia ti, siguiendo su ejemplo, y ser ante el mundo testigos de tu verdad. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Hechos de los apóstoles 22, 3-16

En aquellos días, dijo Pablo al pueblo: «Yo soy judío, nací en Tarso de Cilicia, pero me crié en esta ciudad; fui alumno de Gamaliel y aprendí hasta el último detalle de la ley de nuestros padres; he servido a Dios con tanto fervor como vosotros mostráis ahora.

Yo perseguí a muerte este nuevo camino, metiendo en la cárcel, encadenados, a hombres y mujeres; y son testigos de esto el mismo sumo sacerdote y todos los ancianos. Ellos me dieron cartas para los hermanos de Damasco, y fui allí para traerme presos a Jerusalén a los que encontrase, para que los castigaran.

Pero en el viaje, cerca ya de Damasco, hacia mediodía, de repente una gran luz del cielo me envolvió con su resplandor, caí por tierra y oí una voz que me decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”

Yo pregunté: “¿Quién eres, Señor?”

Me respondió: “Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues.”

Mis compañeros vieron el resplandor, pero no comprendieron lo que decía la voz.

Yo pregunté: “¿Qué debo hacer, Señor?”

El Señor me respondió: “Levántate, sigue hasta Damasco, y allí te dirán lo que tienes que hacer.”

Como yo no veía, cegado por el resplandor de aquella luz, mis compañeros me llevaron de la mano a Damasco.

Un cierto Ananías, devoto de la Ley, recomendado por todos los judíos de la ciudad, vino a verme, se puso a mi lado y me dijo: “Saulo, hermano, recobra la vista.” Inmediatamente recobré la vista y lo vi.

Él me dijo: “El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, para que vieras al Justo y oyeras su voz, porque vas a ser su testigo ante todos los hombres, de lo que has visto y oído. Ahora, no pierdas tiempo; levántate, recibe el bautismo que, por la invocación de su nombre, lavará tus pecados.”»


SALMO 116,1.2

Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.

Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos.

Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre.


Aclamación: Jn 15, 16

Yo os he elegido del mundo, para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure –dice el Señor.


EVANGELIO: Marcos 16, 15-18

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo:

«ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.»


Antífona de comunión: Ga 2, 2

Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí.


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Pablo lo sufrió todo por amor a Cristo

De las homilías de san Juan Crisóstomo, obispo

Qué es el hombre, cuán grande su nobleza y cuánta su capacidad de virtud lo podemos colegir sobre todo de la persona de Pablo.

Cada día se levantaba con una mayor elevación y fervor de espíritu y, frente a los peligros que lo acechaban, era cada vez mayor su empuje, como lo atestiguan sus propias palabras: Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante; y, al presentir la inminencia de su muerte, invitaba a los demás a compartir su gozo, diciendo:

Estad alegres y asociaos a mi alegría; y, al pensar en sus peligros y oprobios, se alegra también, y dice, escribiendo a los corintios: Vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos y de las persecuciones; incluso llama a estas cosas armas de justicia, significando con ello que le sirven de gran provecho.

Y así, en medio de las asechanzas de sus enemigos, habla en tono triunfal de las victorias alcanzadas sobre los ataques de sus perseguidores y, habiendo sufrido en todas partes azotes, injurias y maldiciones, como quien vuelve victorioso de la batalla, colmado de trofeos, da gracias a Dios, diciendo: Doy gracias a Dios, que siempre nos asocia a la victoria de Cristo.

Imbuido de estos senti­mientos, se lanzaba a las contradicciones e injurias, que le acarreaba su predicación, con un ardor superior al que nosotros empleamos en la consecución de los honores, deseando la muerte más que nosotros deseamos la vida, la pobreza más que nosotros la riqueza, y el trabajo mucho más que muchos otros apetecen el descanso que lo sigue.

La única cosa que él temía era ofender a Dios; lo demás le tenía sin cuidado. Por esto mismo, lo único que deseaba era agradar siempre a Dios.

Y, lo que era para él lo más importante de todo, gozaba del amor de Cristo; con esto se consideraba el más dichoso de todos, sin esto le era indiferente asociarse a los poderosos y a los príncipes; prefería ser, con este amor, el último de todos, incluso del número de los condenados, que formar parte, sin él, de los más encumbrados y honorables.

Para él, el tormento más grande y extraordinario era el verse privado de este amor: para él, su privación signific­aba el infierno, el único sufrimiento, el suplicio infinito e intolerable.

Gozar del amor de Cristo representaba para él la vida, el mundo, la compañía de los ángeles, los bienes presentes y ­futuros, el reino, las promesas, el conjunto de todo bien; sin este amor, nada catalogaba como triste o alegre. Las cosas de este mundo no las consideraba, en sí mismas, ni duras ni suaves.

Las realidades presentes las despreciaba como hierba ya podrida. A los mismos gobernantes y al pueblo enfurecido contra él les daba el mismo valor que a un insignificante mosquito.

Consideraba como un juego de niños la muerte y la más variada clase de tormentos y suplicios, con tal de poder sufrir algo por Cristo.


Anunciar el Evangelio con la palabra y la vida es la esencia del cristiano

enero 24, 2016

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Papa Ángelus

Papa Francisco en el Ángelus del 24 de enero de 2016

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Papa Francisco: Anunciar el Evangelio con la palabra y la vida es la esencia del cristiano

Por Álvaro de Juana

VATICANO, 24 Ene. 16 / 06:18 am (ACI).- Anunciar el Evangelio es la misión de cada bautizado. Es la afirmación que realizó esta mañana el Papa Francisco al presidir el rezo del Ángelus desde la ventana del estudio del palacio apostólico del Vaticano.

“Ser cristiano y ser misionero es la misma cosa. Anunciar el Evangelio, con la palabra e incluso antes, con la vida, es la finalidad principal de la comunidad cristiana y de cada miembro suyo”.

“En el Evangelio de hoy, el Evangelista Lucas, antes de presentar el discurso programático de Jesús en Nazaret, nos resume brevemente la actividad evangelizadora”, comenzó diciendo para explicar las lecturas del día.

El Pontífice habló de “evangelizar a los pobres” y de lo que esto significa: “Ésta es la misión de Jesús, esta es también la misión de la Iglesia y de cada bautizado en la Iglesia”, indicó.

Pero, “¿qué significa evangelizar a los pobres?”, dijo. “Significa acercarse a ellos, servirlos, liberarlos de su opresión, y todo esto en el nombre y con el Espíritu de Cristo, porque es Él el Evangelio de Dios, es Él la Misericordia de Dios, es Él la liberación de Dios”, respondió.

En definitiva, el texto de Isaías “indica que el anuncio misionero mesiánico del Reino de Dios venido en medio de nosotros se dirige de modo preferencial a los marginados, a los prisioneros, a los oprimidos”.

“Probablemente en tiempos de Jesús estas personas no estaban en el centro de la comunidad de fe”, subrayó.

Francisco pidió que cada uno se pregunte: hoy, en nuestras comunidades parroquiales, en las asociaciones, en los movimientos, ¿somos fieles al programa de Jesús?”. “¿La evangelización de los pobres, llevarles a ellos el anuncio de la buena noticia, es la prioridad?”, dijo de nuevo.

“Atención: no se trata de hacer asistencia social, y mucho menos actividad política”, advirtió. “Se trata de ofrecer la fuerza del Evangelio de Dios, que convierte los corazones, resana las heridas, transforma las relaciones humanas y sociales según la lógica del amor” porque “los pobres, en efecto, están en el centro del Evangelio”.

Sobre lo que hizo Jesús en la Sinagoga y narra el Evangelio de Lucas, el Papa explicó que se trata de “una actividad que Él cumple con la potencia del Espíritu Santo: su palabra es original, porque revela el sentido de las Escrituras; es una palabra autoritaria porque manda a los espíritus impuros y estos le obedecen”.

Pero “Jesús es diferente a los maestros de su tiempo: no ha abierto una escuela para el estudio de la ley, sino que sale a predicar y enseña en todas partes: en las sinagogas, por las calles, en las casas”.

El Papa pidió entonces “entrar también nosotros ahora en la sinagoga de Nazaret, el pueblo donde Jesús creció hasta cerca de los treinta años”. “Aquello que acontece es un hecho importante que dibuja la misión de Jesús. Él se levanta para leer la Sagrada Escritura. Abre el rollo del profeta Isaías y toma el pasaje en el que está escrito: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado con la unción y me ha mandado llevar a los pobres la buena noticia’. Y después dice: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que ustedes han escuchado”.

 


El maná de cada día, 24.1.16

enero 23, 2016

Domingo III del Tiempo Ordinario, Ciclo C

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El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido



Antífona de entrada: Sal 95, 1. 6

Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra. Honor y majestad le preceden, fuerza y esplendor están en su templo.


Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Él, que vive y reina contigo.


PRIMERA LECTURA: Nehemías 8, 2-4a. 5-6. 8-10

En aquellos días, el sacerdote Esdras trajo el libro de la Ley ante la asamblea, compuesta de hombres, mujeres y todos los que tenían uso de razón. Era mediados del mes séptimo. En la plaza de la Puerta del Agua, desde el amanecer hasta el mediodía, estuvo leyendo el libro a los hombres, a las mujeres y a los que tenían uso de razón. Toda la gente seguía con atención la lectura de la Ley.

Esdras, el escriba, estaba de pie en el púlpito de madera que había hecho para esta ocasión. Esdras abrió el libro a la vista de todo el pueblo -pues se hallaba en un puesto elevado- y, cuando lo abrió, toda la gente se puso en pie. Esdras bendijo al Señor, Dios grande, y todo el pueblo, levantando las manos, respondió: «Amén, amén.»

Después se inclinaron y adoraron al Señor, rostro en tierra.

Los levitas leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicando el sentido, de forma que comprendieron la lectura. Nehemías, el gobernador, Esdras, el sacerdote y escriba, y los levitas que enseñaban al pueblo decían al pueblo entero: «Hoy es un día consagrado a nuestro Dios: No hagáis duelo ni lloréis. »

Porque el pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la Ley. Y añadieron: «Andad, comed buenas tajadas, bebed vino dulce y enviad porciones a quien no tiene, pues es un día consagrado a nuestro Dios. No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza.»


SALMO 18, 8. 9. 10. 15

Tus palabras, Señor, son espíritu y vida.

La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante.

Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.

La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.

Que te agraden las palabras de mi boca, y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón, Señor, roca mía, redentor mío.


SEGUNDA LECTURA: 1 Corintios 12, 12-30

Hermanos:

Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.

Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

El cuerpo tiene muchos miembros, no uno solo.

Si el pie dijera: «No soy mano, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el oído dijera: «No soy ojo, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿cómo oiría? Si el cuerpo entero fuera oído, ¿cómo olería? Pues bien, Dios distribuyó el cuerpo y cada uno de los miembros como él quiso.

Si todos fueran un mismo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?

Los miembros son muchos, es verdad, pero el cuerpo es uno solo.

El ojo no puede decir a la mano: «No te necesito»; y la cabeza no puede decir a los pies: «No os necesito.» Más aún, los miembros que parecen más débiles son más necesarios. Los que nos parecen despreciables, los apreciamos más. Los menos decentes, los tratamos con más decoro. Porque los miembros más decentes no lo necesitan.

Ahora bien, Dios organizó los miembros del cuerpo dando mayor honor a los que menos valían.

Así, no hay divisiones en el cuerpo, porque todos los miembros por igual se preocupan unos de otros.

Cuando un miembro sufre, todos sufren con él; cuando un miembro es honrado, todos se felicitan.

Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro.

Y Dios os ha distribuido en la Iglesia: en el primer puesto los apóstoles, en el segundo los profetas, en el tercero los maestros, después vienen los milagros, luego el don de curar, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas.

¿Acaso son todos apóstoles? ¿0 todos son profetas? ¿0 todos maestros? ¿0 hacen todos milagros? ¿Tienen todos don para curar? ¿Hablan todos en lenguas o todos las interpretan?


Aclamación: Lc 4, 18

El Señor me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad.


EVANGELIO: Lucas 1, 1-4; 4, 14-21

Excelentísimo Teófilo:

Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.

En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan.

Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.

Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista.

Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.»

Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.»


Antífona de comunión: Sal 33, 6

Contemplad al Señor y quedaréis radiantes; vuestro rostro no se avergonzará.


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Si amo sin envidia lo que tiene mi hermano, es mío

San Agustín. Sermón 162 A, 4-6

Hemos descubierto, pues, que se puede tener fe sin tener caridad. Que nadie, por lo tanto, se jacte de cualquier don de la Iglesia, si tal vez sobresale en ella por algún don que le haya sido concedido. Vea si posee la caridad. El mismo apóstol Pablo habló, enumerándolos, de muchos dones de Dios presentes en los miembros de Cristo que constituyen la Iglesia, diciendo que a cada uno se le han concedido los dones adecuados y que no puede darse que todos posean el mismo.

Pero ninguno quedará sin su don: apóstoles, profetas, doctores, intérpretes, habladores de lenguas, poseedores del poder de curación, de auxilio, de gobierno, distintas clases de lenguas. Éstos son los mencionados; pero vemos que hay otros muchos en las distintas personas. Que nadie, pues, se apene porque no se le ha concedido lo que ve que se concedió a otro: tenga la caridad, no sienta envidia de quien posee el don y poseerá con quien lo tiene lo que él personalmente no tiene.

En efecto, cualquier cosa que posea mi hermano, si no siento envidia de ello y lo amo, es mío. No lo tengo personalmente, pero lo tengo en él; no sería mío, si no formásemos un solo cuerpo bajo una misma cabeza.

Si, por ejemplo, la mano izquierda tiene un anillo y no la derecha, ¿acaso está ésta sin adorno? Mira las dos manos y verás que una lo tiene y la otra no; mira el conjunto del cuerpo al que se unen ambas manos y advierte que la que no tiene adorno lo tiene en aquella que lo tiene. Los ojos ven por donde se ha de ir, los pies van por donde los ojos ven; ni los pies pueden ver, ni los ojos caminar.

Pero el pie te responde: «También yo tengo luz, pero no en mí, sino en el ojo, pues el ojo no ve sólo para sí y no para mí». Dicen igualmente los ojos: «También nosotros caminamos, no por nosotros, sino por los pies; pues los pies no se llevan sólo a sí mismos y no a nosotros».

De esta manera, cada miembro, según los oficios distintos y peculiares que se les han confiado, ejecutan lo que les ordena la mente; no obstante eso, todos constituyen un solo cuerpo y forman una unidad; y no se arrogan lo que tienen otros miembros en el caso de que no lo posean ellos, ni piensan que les es ajeno lo que todos tienen al mismo tiempo en el único cuerpo.

Finalmente, hermanos, si a algún miembro del cuerpo le sobreviene alguna molestia, ¿cuál de los restantes miembros le negará su ayuda? ¿Qué cosa hay en el hombre más en el extremo que el pie? Y en el mismo pie, ¿qué más en el extremo que la planta? Y en la misma planta, ¿qué otra cosa que la misma piel con que se pisa la tierra?

Así y todo, esta extremidad del cuerpo forma tal parte del conjunto que, si en ese mismo lugar se clava una espina, todos los miembros concurren a prestar su ayuda para extraerla: al instante se doblan las rodillas; se dobla la espina -no la que hirió, sino la que sostiene todo el dorso-; se sienta, para sacar la espina; ya el mismo hecho de sentarse para sacar la espina es obra del cuerpo entero.

¡Cuán pequeño es el lugar que sufre la molestia! Es tan pequeño cuanto la espina que lo punzó; y, sin embargo, el cuerpo en su totalidad no se desentiende de la molestia sufrida por aquel extremo y exiguo lugar; los restantes miembros no sufren dolor alguno, pero todos lo sienten en aquel único lugar.

De aquí tomó el Apóstol un ejemplo de la caridad, exhortándonos a amarnos mutuamente como se aman los miembros en el cuerpo. Dice él: Si sufre un miembro, se compadecen también los otros, y si es glorificado uno solo, se alegran todos. Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros (1 Cor 12,26-27). Si así se aman los miembros que tienen su cabeza en la tierra, ¡cómo deben amarse aquellos que la tienen en el cielo!

Es cierto que tampoco se aman si se apartan de su cabeza; pero cuando esa cabeza de tal manera lo es, de tal manera ha sido exaltada y de tal manera colocada a la derecha del Padre, que, no obstante, se fatiga aquí en la tierra; no en sí misma, sino en sus miembros, hasta el punto de decir al final: tuve hambre, tuve sed, fui huésped cuando se le pregunte: ¿ Cuándo te vimos hambriento o sediento?, como si respondiera: « Yo estaba en el cielo en cuanto Cabeza; pero en la tierra los miembros tenían sed», a esta cabeza no nos unimos si no es por la caridad.

Así, pues, hermanos, vemos que cada miembro, en su competencia, realiza su tarea propia, de forma que el ojo ve, pero no obra; la mano, en cambio, obra, pero no ve; el oído oye, pero ni ve ni obra; la lengua habla, pero ni ve ni oye; y aunque cada miembro tiene funciones distintas y separadas, unidos en el conjunto del cuerpo tienen algo común entre todos. Las funciones son distintas, pero la salud es única.

En los miembros de Cristo la caridad es lo mismo que la salud en los miembros del cuerpo. El ojo está colocado en el lugar mejor, el lugar destacado, puesto como consejero en la fortaleza, para que desde ella mire, vea y muestre. Gran honor el de los ojos por su ubicación, por su agilidad y por cierta fuerza que no tienen los demás miembros. De aquí que los hombres juran por sus ojos con más frecuencia que por cualquier otro miembro.

Nadie ha dicho a otro: «Te amo como a mis oídos», a pesar de que el sentido del oído es casi igual y está cercano a los ojos. ¿Qué decir de los restantes? A diario dicen los hombres: «Te amo como a mis propios ojos». Y el Apóstol, indicando que se tiene mayor amor a los ojos que a los restantes miembros, para mostrarse amado por la Iglesia de Dios, dice: Doy testimonio en favor vuestro de que, si os hubiera sido posible, hubiérais sacado vuestros ojos y me los habríais dado a mí (Gál 4,15).

Nada hay, por tanto, en el cuerpo más sublime y más respetado que los ojos y nada hay quizá más en la extremidad del cuerpo que el dedo meñique del pie. Aun siendo así, conviene que en el cuerpo haya dedos y que estén sanos,-antes que sean ojo cubierto de legañas por alguna afección, pues la salud, común a todos los miembros, es más preciosa que las funciones de cada uno de ellos.

Así ves que en la Iglesia un hombre tiene un don pequeño, y, con todo, tiene la caridad; quizá veas en la misma Iglesia otro más eminente, con un don mayor, que, sin embargo, no tiene caridad; sea el primero el dedo más alejado, y el segundo el ojo. El que pudo obtener la salud, ése es el que más aporta al conjunto del cuerpo.

Finalmente, es molestia para el cuerpo entero el miembro que enferma, y, en verdad, todos los miembros aportan su colaboración para que sane el enfermo y la mayor parte de las veces sana. Pero si no hubiera sanado y la podredumbre engendrada indicase la imposibilidad de ello, de tal modo se mira por el bien de todos, que se le separa de la unidad del cuerpo.


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¿LOS EVANGELIOS SON RELATOS HISTÓRICOS?
P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

Antes de empezar el relato de la vida de Jesús, el evangelista Lucas explica los criterios que le han guiado. Asegura que refiere hechos transmitidos por testigos oculares, verificados por él mismo con «comprobaciones exactas» para que quien lee pueda darse cuenta de la solidez de las enseñanzas contenidas en el Evangelio. Esto nos ofrece la ocasión de ocuparnos del problema de la historicidad de los Evangelios.

Hasta hace algún siglo, no se mostraba entre la gente el sentido crítico. Se tomaba por históricamente ocurrido todo lo que era referido. En los últimos dos o tres siglos nació el sentido histórico por el cual, antes de creer en un hecho del pasado, se somete a un atento examen crítico para comprobar su veracidad. Esta exigencia ha sido aplicada también a los Evangelios.

Resumamos las diversas etapas que la vida y la enseñanza de Jesús atravesaron antes de llegar a nosotros.

Primera fase: vida terrena de Jesús. Jesús no escribió nada, pero en su predicación utilizó algunos recursos comunes a las culturas antiguas, los cuales facilitaban mucho retener un texto de memoria: frases breves, paralelismos y antítesis, repeticiones rítmicas, imágenes, parábolas… Pensemos en frases del Evangelio como: «Los últimos serán los primeros y los primeros los últimos», «Ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición…; estrecha la entrada y angosto el camino que lleva a la Vida» (Mt 7,13-14). Frases como éstas, una vez escuchadas, hasta la gente de hoy difícilmente las olvida. El hecho, por lo tanto, de que Jesús no haya escrito Él mismo los Evangelios no significa que las palabras en ellos referidas no sean suyas. Al no poder imprimir las palabras en papel, los hombres de la antigüedad las fijaban en la mente.

Segunda fase: predicación oral de los apóstoles. Después de la resurrección, los apóstoles comenzaron inmediatamente a anunciar a todos la vida y las palabras de Cristo, teniendo en cuenta las necesidades y las circunstancias de los diversos oyentes. Su objetivo no era el de hacer historia, sino llevar a la gente a la fe. Con la comprensión más clara que ahora tenemos de esto, ellos fueron capaces de transmitir a los demás lo que Jesús había dicho y hecho, adaptándolo a las necesidades de aquellos a quienes se dirigían.

Tercera fase: los Evangelios escritos. Una treintena de años después de la muerte de Jesús, algunos autores comenzaron a poner por escrito esta predicación que les había llegado por vía oral. Nacieron así los cuatro Evangelios que conocemos. De las muchas cosas llegadas hasta ellos, los evangelistas eligieron algunas, resumieron otras y explicaron finalmente otras, para adaptarlas a las necesidades del momento de las comunidades para las que escribían. La necesidad de adaptar las palabras de Jesús a las exigencias nuevas y distintas influyó en el orden con el que se relatan los hechos en los cuatro Evangelios, en la diversa colocación e importancia que revisten, pero no alteró la verdad fundamental de ellos.

Que los evangelistas tuvieran, en la medida de lo posible en aquel tiempo, una preocupación histórica y no sólo edificante, lo demuestra la precisión con la que sitúan el acontecimiento de Cristo en el espacio y el tiempo. Poco más adelante, Lucas nos proporciona todas las coordenadas políticas y geográficas del inicio del ministerio público de Jesús (Lc 3,1-2).

En conclusión, los Evangelios no son libros históricos en el sentido moderno de un relato lo más despegado y neutral posible de los hechos ocurridos. Pero son históricos en el sentido de que lo que nos transmiten refleja en la sustancia lo sucedido.

Pero el argumento más convincente a favor de la fundamental verdad histórica de los Evangelios es el que experimentamos dentro de nosotros cada vez que somos alcanzados en profundidad por una palabra de Cristo. ¿Qué otra palabra, antigua o nueva, jamás ha tenido el mismo poder?

http://www.homiletica.org


El maná de cada día, 23.1.16

enero 23, 2016

Sábado de la 2ª semana del Tiempo Ordinario

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www-St-Takla-org--Jesus-Sermon-on-the-Mount-004-Cosimo-Rosselli-1481-with-Healing-of-the-Leper

Lo seguía tanta gente que no lo dejaban ni comer



PRIMERA LECTURA: 1 Samuel 1, 1-4.11-12.19.23-27

En aquellos días, al volver de su victoria sobre los amalecitas, David se detuvo dos días en Sicelag.

Al tercer día de la muerte de Saúl, llegó uno del ejército con la ropa hecha jirones y polvo en la cabeza; cuando llegó, cayó en tierra, postrándose ante David.

David le preguntó: «¿De dónde vienes?»

Respondió: «Me he escapado del campamento israelita.»

David dijo: «¿Qué ha ocurrido? Cuéntame.»

Él respondió: «Pues que la tropa ha huido de la batalla, y ha habido muchas bajas entre la tropa y muchos muertos, y hasta han muerto Saúl y su hijo Jonatán.»

Entonces David agarró sus vestiduras y las rasgó, y sus acompañantes hicieron lo mismo. Hicieron duelo, lloraron y ayunaron hasta el atardecer por Saúl y por su hijo Jonatán, por el pueblo del Señor, por la casa de Israel, porque habían muerto a espada.

Y dijo David: «¡Ay, la flor de Israel, herida en tus alturas! ¡Cómo cayeron los valientes! Saúl y Jonatán, mis amigos queridos, ni vida ni muerte los pudo separar; más ágiles que águilas, más bravos que leones. Muchachas de Israel, llorad por Saúl, que os vestía de púrpura y de joyas, que enjoyaba con oro vuestros vestidos. ¡Cómo cayeron los valientes en medio del combate! ¡Jonatán, herido en tus alturas! ¡Cómo sufro por ti, Jonatán, hermano mío! ¡Ay, cómo te quería! Tu amor era para mí más maravilloso que el amor de mujeres. ¡Cómo cayeron los valientes, los rayos de la guerra perecieron!»


SALMO 79, 2-3.5-7

Que brille tu rostro, Señor, y nos salve.

Pastor de Israel, escucha, tú que guias a José como a un rebaño; tú que te sientas sobre querubines, resplandece ante Efraín, Benjamín y Manasés; despierta tu poder y ven a salvarnos.

Señor Dios de los ejércitos, ¿hasta cuándo estarás airado mientras tu pueblo te suplica?

Les diste a comer llanto, a beber lágrimas a tragos; nos entregaste a las contiendas de nuestros vecinos nuestros enemigos se burlan de nosotros.


ALELUYA: Hch 16, 14b

Abre, Señor, nuestro corazón, para que aceptemos las palabras de tu Hijo.



EVANGELIO: Marcos 3, 20-21

En aquel tiempo, Jesús fue a casa con sus discípulos y se juntó de nuevo tanta gente que no los dejaban ni comer.

Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales.

 

El Papa lanza una dura advertencia a los obispos que no rezan ni anuncian el Evangelio

Por Álvaro de Juana

VATICANO, 22 Ene. 16 / 05:55 am (ACI).- Si un obispo no reza ni anuncia el Evangelio y dedica el tiempo a otras cosas debilita a la Iglesia. Es lo que afirmó el Papa Francisco en la homilía de la Misa de este viernes en la capilla de la Casa Santa Marta al hablar de la misión de los obispos y la elección que Dios ha hecho con cada uno de ellos.

“Los obispos son columnas de la Iglesia” que “tenemos la responsabilidad de ser testimonio”, dijo el Papa. Por tanto, “nuestra vida debe ser un verdadero testimonio de la Resurrección de Cristo”.

Francisco señaló dos misiones que tienen principalmente los obispos: la primera es “estar con Jesús en la oración. La primera tarea del obispo no es hacer planes pastorales… ¡no, no! Es orar”.

El segundo “es ser testimonio, es decir, predicar. Predicar la salvación que el Señor Jesús nos ha dado”.

Son “dos tareas no fáciles, pero son propiamente estos compromisos los que hacen fuertes las columnas de la Iglesia”.

“Si estas columnas se debilitan porque el obispo no reza o reza poco, se olvida de rezar; o porque el obispo no anuncia el Evangelio, se ocupa de otras cosas, la Iglesia se debilita, sufre”.

“El pueblo de Dios sufre, porque las columnas son débiles”, afirmó.

El Evangelio del día relata la elección de los Doce Apóstoles por parte de Jesús, a quienes escoge “para que estén con Él y para enviarlos a predicar con el poder de expulsar los demonios”.

Los Doce “son los primeros obispos” y después de la muerte de Judas, fue elegido Matías: “la primera ordenación episcopal de la Iglesia”, explicó.  “Testimonios de que Jesucristo está vivo, que el Señor Jesucristo ha resucitado, que el Señor Jesús camina con nosotros, que el Señor Jesús nos salva, que el Señor Jesús ha dado su vida por nosotros, que el Señor Jesús es nuestra esperanza, que el Señor Jesús nos acoge siempre y nos perdona”.

Francisco también aclaró que “la Iglesia sin obispos no puede funcionar” y por eso “la oración de todos nosotros por nuestros obispos es una obligación, pero una obligación de amor, una obligación de los hijos hacia el Padre, unaobligación de hermanos, para que la familia permanezca unida en la confesión de Jesucristo, vivo y resucitado”.

“Por eso quisiera hoy invitarles a ustedes a orar por nuestros obispos. Porque también nosotros somos pecadores, también nosotros tenemos debilidades, también nosotros tenemos el peligro de Judas: porque también él fue elegido como columna”, explicó el Santo Padre.

“También nosotros corremos el peligro de no orar, de hacer otras cosas que no sean anunciar el Evangelio expulsar los demonios… Orar, para que los obispos sean lo que Jesús quería, que todos nosotros demos testimonio de la Resurrección de Jesús”.

El Pontífice recordó que “el pueblo de Dios ora por los obispos”. “En cada Misa se reza por los obispos: se reza por Pedro, el jefe del colegio episcopal, y se reza por el obispo del lugar”.

Sin embargo, “esto es poco”. “Se dice el nombre y muchas veces se dice por hábito, y se sigue”. Al contrario, se debe “orar por el obispo con el corazón, pedir al Señor: Señor, cuida de mi obispo; cuida de todos los obispos, y mándanos obispos que sean verdaderos testimonios, obispos que recen, y obispos que nos ayuden, con su predicación, a entender el Evangelio, a estar seguros de que Tú, Señor, estás vivo, estás  entre nosotros”.

 

https://www.aciprensa.com/noticias/el-papa-lanza-una-dura-advertencia-a-los-obispos-que-no-rezan-ni-anuncian-el-evangelio-18886/



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El maná de cada día, 22.1.16

enero 22, 2016

Viernes de la 2ª semana del Tiempo Ordinario

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llamo a los que quiso

Llamó a los que quiso



PRIMERA LECTURA: 1 Samuel 24, 3-21

En aquellos días, Saúl, con tres mil soldados de todo Israel, marchó en busca de David y su gente hacia las Peñas de los Rebecos; llegó a unos apriscos de ovejas junto al camino, donde había una cueva, y entró a hacer sus necesidades.

David y los suyos estaban en lo más hondo de la cueva, y le dijeron a David sus hombres: «Este es el día del que te dijo el Señor: “Yo te entrego tu enemigo.” Haz con él lo que quieras.»

Pero él les respondió: «¡Dios me libre de hacer eso a mi Señor, el ungido del Señor, extender la mano contra él!»

Y les prohibió enérgicamente echarse contra Saúl, pero él se levantó sin meter ruido y le cortó a Saúl el borde del manto, aunque más tarde le remordió la conciencia por haberle cortado a Saúl el borde del manto.

Cuando Saúl salió de la cueva y siguió su camino, David se levantó, salió de la cueva detrás de Saúl y le gritó: «¡Majestad!»

Saúl se volvió a ver, y David se postró rostro en tierra rindiéndole vasallaje.

Le dijo: «¿Por qué haces caso a lo que dice la gente, que David anda buscando tu ruina? Mira, lo estás viendo hoy con tus propios ojos: el Señor te había puesto en mi poder dentro de la cueva; me dijeron que te matara, pero te respeté y dije que no extendería la mano contra mi señor, porque eres el Ungido del Señor. Padre mío, mira en mi mano el borde de tu manto; si te corté el borde del manto y no te maté, ya ves que mis manos no están manchadas de maldad, ni de traición, ni de ofensa contra ti, mientras que tú me acechas para matarme. Que el Señor sea nuestro juez. Y que él me vengue de ti; que mi mano no se alzará contra ti. Como dice el viejo refrán: “La maldad sale de los malos…”, mi mano no se alzará contra ti. ¿Tras de quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién vas persiguiendo? ¡A un perro muerto, a una pulga! El Señor sea juez y sentencie nuestro pleito, vea y defienda mi causa, librándome de tu mano.»

Cuando David terminó de decir esto a Saúl, Saúl exclamó: «Pero, ¿es ésta tu voz, David, hijo mío?»

Luego levantó la voz, llorando, mientras decía a David: «¡Tú eres inocente, y no yo! Porque tú me has pagado con bienes, y yo te he pagado con males; y hoy me has hecho el favor más grande, pues el Señor me entregó a ti y tú no me mataste. Porque si uno encuentra a su enemigo, ¿lo deja marchar por las buenas? ¡El Señor te pague lo que hoy has hecho conmigo! Ahora, mira, sé que tú serás rey y que el reino de Israel se consolidará en tu mano.»


SALMO 56, 2.3-4.6.11

Misericordia, Dios mío, misericordia.

Misericordia, Dios mío, misericordia, que mi alma se refugia en ti; me refugio a la sombra de tus alas, mientras pasa la calamidad.

Invoco al Dios altísimo, al Dios que hace tanto por mí. Desde el cielo me enviará la salvación, confundirá a los que ansían matarme, enviará su gracia y su lealtad.

Elévate sobre el cielo, Dios mío, y llene la tierra tu gloria. Por tu bondad que es más grande que los cielos, por tu fidelidad que alcanza las nubes.


Aclamación antes del Evangelio: 2 Co 5,19

Dios estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, y a nosotros nos ha confiado la palabra de la reconciliación.


EVANGELIO: Marcos 3, 13-19

En aquel tiempo, Jesús, mientras subía a la montaña, fue llamando a los que él quiso, y se fueron con él.

A doce los hizo sus compañeros, para enviarlos a predicar, con poder para expulsar demonios.

Así constituyó el grupo de los Doce: Simón, a quien dio el sobrenombre de Pedro, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, a quienes dio el sobrenombre de Boanerges –Los Truenos–, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Celotes y Judas Iscariote, que lo entregó.
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LLAMÓ A LOS QUE QUISO

Dios llama a todos, porque su voluntad es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Llama sin condiciones, gratuitamente, porque quiere y como quiere, sin pedir el curriculum vitae.

No estás entre los suyos por tus méritos y cualidades, por tu valía personal, por tu forma de ser, por tu cualificación profesional. No estás aquí por lo que haces o vales. Nada de eso cuenta para Dios cuando se trata de elegir y llamar no según los criterios del mundo sino según sus planes y su voluntad.

No te refugies en tus defectos de carácter, en tus rarezas, en tus ocupaciones, en tu poca formación, en tu fe débil y vacilante, en tantas y tantas excusas con las que justificamos nuestras omisiones y nuestra pereza para la entrega apostólica. Pregúntate, más bien, hasta qué punto has tomado conciencia de que Dios te llama y cuenta contigo, y cómo es la respuesta de tu vida.

No pienses que eso de ser apóstoles es para otros que están hechos de una pasta especial, que tienen todo el tiempo del mundo para dedicarse a ello o que reciben de Dios gracias extraordinarias para ello que a ti, en cambio, no te da.

No habiendo entre los Doce ningún apóstol completamente perfecto y dotado de todo lo que se necesita para ser apóstol, el Señor, sin embargo, contó con todos: con el que le negó tres veces, con el que le traicionó, con el que tenía fama de impostor y corrupto por recaudar impuestos, con los que sólo pensaban en hacer carrera y buscar el puesto a la derecha o a la izquierda.

La llamada de Dios no es para otros, para los demás; es para ti. Ni la edad, ni las condiciones de salud, ni el trabajo, ni el estado de vida, ni las circunstancias familiares, ni tus defectos de carácter o tus limitaciones de cualquier tipo han de ser obstáculo o excusa para tu vida de oración, tu apostolado o tu entrega a Dios.

Lañas diarias www.mater-dei.es


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Dios puede ser hallado en el corazón del hombre

San Gregorio de Nisa. Homilía 6 sobre las bienaventuranzas

La salud corporal es un bien para el hombre; pero lo que interesa no es saber el porqué de la salud, sino el po­seerla realmente. En efecto, si uno explica los beneficios de la salud, mas luego toma un alimento que produce en su cuerpo humores malignos y enfermedades, ¿de qué le habrá servido aquella explicación, si se ve aquejado por la enfermedad?

En este mismo sentido hemos de enten­der las palabras que comentamos, o sea, que el Señor llama dichosos no a los que conocen algo de Dios, sino a los que lo poseen en sí mismos. Dichosos, pues, los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Y no creo que esta manera de ver a Dios, la del que tie­ne el corazón limpio, sea una visión externa, por así de­cirlo, sino que más bien me inclino a creer que lo que nos sugiere la magnificencia de esta afirmación es lo mismo que, de un modo más claro, dice en otra ocasión: El reino de Dios está dentro de vosotros; para enseñarnos que el que tiene el corazón limpio de todo afecto desorde­nado a las criaturas contempla, en su misma belleza in­terna, la imagen de la naturaleza divina.

Yo diría que esta concisa expresión de aquel que es la Palabra equivale a decir:

«Oh vosotros, los hombres en quienes se halla algún deseo de contemplar el bien ver­dadero, cuando oigáis que la majestad divina está eleva­da y ensalzada por encima de los cielos, que su gloria es inexplicable, que su belleza es inefable, que su natu­raleza es incomprensible, no caigáis en la desesperación, pensando que no podéis ver aquello que deseáis».

Si os esmeráis con una actividad diligente en limpiar vuestro corazón de la suciedad con que lo habéis emba­durnado y ensombrecido, volverá a resplandecer en voso­tros la hermosura divina.

Cuando un hierro está ennegrecido, si con un pedernal se le quita la herrumbre, en se­guida vuelve a reflejar los resplandores del sol; de mane­ra semejante, la parte interior del hombre, lo que el Señor llama el corazón, cuando ha sido limpiado de las manchas de herrumbre contraídas por su reprobable abandono, recupera la semejanza con su forma original y primitiva y así, por esta semejanza con la bondad divi­na, se hace él mismo enteramente bueno

Por tanto, el que se ve a sí mismo ve en sí mismo aque­llo que desea, y de este modo es dichoso el limpio de cora­zón, porque al contemplar su propia limpieza ve, como a través de una imagen, la forma primitiva.

Del mismo modo, en efecto, que el que contempla el sol en un espejo, aunque no fije sus ojos en el cielo, ve reflejado el sol en el espejo, no menos que el que lo mira directamente, así también vosotros –es como si dijera el Señor–, aunque vuestras fuerzas no alcancen a contemplar la luz inacce­sible, si retornáis a la dignidad y belleza de la imagen que fue creada en vosotros desde el principio, hallaréis aquello que buscáis dentro de vosotros mismos.

La divinidad es pureza, es carencia de toda inclinación viciosa, es apartamiento de todo mal. Por tanto, si hay en ti estas disposiciones, Dios está en ti.

Si tu espíritu pues, está limpio de toda mala inclinación, libre de toda afición desordenada y alejado de todo lo que mancha eres dichoso por la agudeza y claridad de tu mirada, ya que, por tu limpieza de corazón, puedes contemplar lo que escapa a la mirada de los que no tienen esta limpieza, y, habiendo quitado de los ojos de tu alma la niebla que los envolvía, puedes ver claramente, con un corazón sere­no, un bello espectáculo.

Resumiremos todo esto dicien­do que la santidad, la pureza, la rectitud son el claro resplandor de la naturaleza divina, por medio del cual vemos a Dios.

 

El Papa lanza una dura advertencia a los obispos que no rezan ni anuncian el Evangelio

Por Álvaro de Juana

VATICANO, 22 Ene. 16 / 05:55 am (ACI).- Si un obispo no reza ni anuncia el Evangelio y dedica el tiempo a otras cosas debilita a la Iglesia. Es lo que afirmó el Papa Francisco en la homilía de la Misa de este viernes en la capilla de la Casa Santa Marta al hablar de la misión de los obispos y la elección que Dios ha hecho con cada uno de ellos.

“Los obispos son columnas de la Iglesia” que “tenemos la responsabilidad de ser testimonio”, dijo el Papa. Por tanto, “nuestra vida debe ser un verdadero testimonio de la Resurrección de Cristo”.

Francisco señaló dos misiones que tienen principalmente los obispos: la primera es “estar con Jesús en la oración. La primera tarea del obispo no es hacer planes pastorales… ¡no, no! Es orar”.

El segundo “es ser testimonio, es decir, predicar. Predicar la salvación que el Señor Jesús nos ha dado”.

Son “dos tareas no fáciles, pero son propiamente estos compromisos los que hacen fuertes las columnas de la Iglesia”.

“Si estas columnas se debilitan porque el obispo no reza o reza poco, se olvida de rezar; o porque el obispo no anuncia el Evangelio, se ocupa de otras cosas, la Iglesia se debilita, sufre”.

“El pueblo de Dios sufre, porque las columnas son débiles”, afirmó.

El Evangelio del día relata la elección de los Doce Apóstoles por parte de Jesús, a quienes escoge “para que estén con Él y para enviarlos a predicar con el poder de expulsar los demonios”.

Los Doce “son los primeros obispos” y después de la muerte de Judas, fue elegido Matías: “la primera ordenación episcopal de la Iglesia”, explicó.  “Testimonios de que Jesucristo está vivo, que el Señor Jesucristo ha resucitado, que el Señor Jesús camina con nosotros, que el Señor Jesús nos salva, que el Señor Jesús ha dado su vida por nosotros, que el Señor Jesús es nuestra esperanza, que el Señor Jesús nos acoge siempre y nos perdona”.

Francisco también aclaró que “la Iglesia sin obispos no puede funcionar” y por eso “la oración de todos nosotros por nuestros obispos es una obligación, pero una obligación de amor, una obligación de los hijos hacia el Padre, unaobligación de hermanos, para que la familia permanezca unida en la confesión de Jesucristo, vivo y resucitado”.

“Por eso quisiera hoy invitarles a ustedes a orar por nuestros obispos. Porque también nosotros somos pecadores, también nosotros tenemos debilidades, también nosotros tenemos el peligro de Judas: porque también él fue elegido como columna”, explicó el Santo Padre.

“También nosotros corremos el peligro de no orar, de hacer otras cosas que no sean anunciar el Evangelio expulsar los demonios… Orar, para que los obispos sean lo que Jesús quería, que todos nosotros demos testimonio de la Resurrección de Jesús”.

El Pontífice recordó que “el pueblo de Dios ora por los obispos”. “En cada Misa se reza por los obispos: se reza por Pedro, el jefe del colegio episcopal, y se reza por el obispo del lugar”.

Sin embargo, “esto es poco”. “Se dice el nombre y muchas veces se dice por hábito, y se sigue”. Al contrario, se debe “orar por el obispo con el corazón, pedir al Señor: Señor, cuida de mi obispo; cuida de todos los obispos, y mándanos obispos que sean verdaderos testimonios, obispos que recen, y obispos que nos ayuden, con su predicación, a entender el Evangelio, a estar seguros de que Tú, Señor, estás vivo, estás  entre nosotros”.

 

https://www.aciprensa.com/noticias/el-papa-lanza-una-dura-advertencia-a-los-obispos-que-no-rezan-ni-anuncian-el-evangelio-18886/


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