Las diez claves para entender el Sínodo sobre la Familia

octubre 26, 2015

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El documento final fue aprobado por unanimidad

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Terminó el Sínodo Ordinario de los Obispos sobre la Familia con una misa concelebrada en la Basílica de San Pedro, entre el Santo Padre Francisco y los Padres Sinodales, cardenales, obispos y presbíteros.

El sábado por la tarde, el Sínodo aprobó un documento de 94 puntos, en el cual se contenían las propuestas que el Sínodo eleva al Santo Padre, para que tomara en consideración los aspectos que considerara más oportunos. El Sínodo, como se recordará, es un órgano consultivo del Papa. El documento final fue aprobado por unanimidad por la llamada Comisión de los 10, recogiendo las 248 observaciones hechas alInstrumentum Laboris en los 13 ciculi minori, o círculos lingüísticos.

Dicho esto, destacaremos las diez claves del documento final del Sínodo sobre la Familia, que ha servido para vivir “la colegialidad y la sinodalidad” entre los obispos y el Papa, lo que ha sido valorado muy positivamente. Los obispos han reafirmado la primacía del Papa sobre toda la Iglesia. El documento final del Sínodo destaca que se ha tratado de un Sínodo pastoral y no doctrinal.

LAS DIEZ CLAVES

El documento aborda la situación de las familias en el mundo (muy diversa, que va desde las familias ordinarias formadas por un hombre y una mujer, hasta las familias monoparentales, la poligamia, los matrimonios mixtos, etc.).

1.- El Sínodo hace una gran defensa de la familia, como “célula primera y vital de la sociedad”, formada ésta por la unión en matrimonio de un hombre y una mujer, más los hijos y los abuelos, si los hubiere. En consecuencia, rechaza otras uniones que no pueden llamarse “matrimonio”, como los homosexuales, pues Dios creó al hombre y la mujer, como dice el Génesis, como fundamento del género humano. Sin embargo,los homosexuales deben “ser respetados en su dignidad y acogida, cuidando evitar toda etiqueta de discriminación injusta”. Hay que ayudar y acompañar también a las familias que tienen entre sus miembros personas con tendencia homosexual. Un desafío particular es el de la “ideología de género”, que “niega la diferencia y la reciprocidad natural de hombre y mujer”, y vacía “la base antropológica de la familia” al proponer “una sociedad sin diferencia de sexos”. La Iglesia rechaza las presiones que se reciben del exterior en favor de los matrimonios homosexuales.

2.- Los cristianos deben descubrir “la belleza del matrimonio y la familia”, a través de los ejemplos de familias cristianas que viven su vocación y entrega a los demás como un don de Dios. El Sínodo alaba a las familias que, a pesar de las dificultades, se han mantenido en el plan de Dios, con un matrimonio indisoluble, acogiendo a los hijos y respetando a los abuelos. Los estados y las autoridades públicas deben proteger a la familia. Para fortalecer a la familiaconviene que los futuros esposos reciban una buena preparación al matrimonio, y una vez celebradoeste reciban un acompañamiento en los primeros años. Los sacerdotes deben recibir también una importante preparación sobre el matrimonio y la familia

3.- La familia se encuentra ante unos desafíos muy fuertes como los que les coloca la técnica y los medios de comunicación, que la hacen“frágil” y a los miembros “inmaduros”. El Sínodo afirma que, dado que la vida procede de Dios,no se pueden llevar a cabo manipulaciones genéticas o biotecnológicas por las que la vida pueda ser “independiente de la relación sexual entre un hombre y una mujer”. “La vida humana es sagrada desde su inicio (…) y solo Dios es el señor de la vida desde el comienzo hasta el final”. “Nadie, en ninguna circunstancia, puede revindicar para sí el derecho de destruir directamente a un ser humano inocente”. Y citando al papa Francisco, dice el Sínodo que “hoy se considera demasiado fácilmente al ser humano como un bien de consumo que se puede usar y tirar: hemos iniciado la cultura del “descarte” que incluso es promovida”. Se condena la pena de muerte.

4.- El matrimonio es indisoluble porque procede de la “fidelidad de Dios con la alianza”. Los fines del matrimonio son el amor mutuo y la procreación de los hijos. El amor entre los esposos “no depende de las capacidades humanas, sino que Dios sostiene esta alianza con la fuerza de su Espíritu”. Así, una afectividad narcisista, inestable (como los que imponen una sexualidad sin límites) y cambiable no ayuda a la persona a alcanzar una mayor madurez”: se “denuncia” la pornografía, la prostitución y su explotación, así como la “mentalidad antinatalista”. El divorcio produce “serias consecuencias en los adultos, los hijos y toda la sociedad”. Los hijos son quienes más sufren las consecuencias de un divorcio. La Iglesia debe acompañar a los cónyuges separados para que se traten “con respeto y misericordia, sobre todo por el bien de los hijos, para no hacerles sufrir más”. Los hijos no deben ser objeto de contienda entre los esposos. La Iglesia acompañará a las parejas de hecho y uniones civiles de modo positivo a fin de que puedan abrazar el matrimonio.

5.- El Sínodo reivindica la encíclica “Humanae Vitae” de Pablo VI y “rechaza con todas sus fuerzas las medidas coercitivas del Estado en favor de la contracepción, la esterilización y el aborto”, y “apoya el uso de los “ritmos naturales de fecundidad” (los esposos deben estar de acuerdo)porque “respetan el cuerpo de los esposos, alientan la ternura entre ellos y favorecen la educación de una libertad auténtica”.. Los hijos son “un don maravilloso de Dios, una alegría para los padres y para la Iglesia”.

6.- Los padres tienen la obligación de educar a los hijos, y educarlos en la fe. Este es uno de los “desafíos fundamentales” que tienen hoy las familias. El Sínodo pide que “sea tutelado el derecho de los padres a elegir libremente el tipo de educación que quieren dar a sus hijos, según sus convicciones, y en condiciones accesibles y de cualidad”. Los padres son los principales responsables de la educación de sus hijos y deben ayudarlos a que maduren también su camino hacia la afectividad, aunque recibirán ayuda de la Iglesia. Apoya también a las escuelas católicas, y señala que en algunos países estas escuelas son las únicas que existen para que los hijos de familias pobres puedan tener una educación,“ofreciendo una alternativa a la pobreza”.

7.- La Iglesia se mantiene en la “tolerancia cero” ante los casos de violencia doméstica que golpean especialmente a los más débiles, como las mujeres y los niños. Aquí, dice el Sínodo, se requiere la estrecha colaboración con la justicia“para actuar contra los responsables y proteger adecuadamente a las víctimas”. La Iglesia acompañará al cónyuge abandonado y también a las familias que tienen al padre alejado por largos periodos, y cita concretamente el servicio militar. Acompañará a quienes, al volver de la guerra, “sufren un síndrome post-traumático y son turbados en su conciencia ante graves cuestiones morales”.

8.- Los divorciados y vueltos a casar por lo civil“deben estar más integrados en las comunidades cristianas, de diversas maneras posibles, evitando toda ocasión de escándalo”. Pueden participar en diversos “servicios eclesiales”, no deben sentirse “excomulgados”. Esta integración es “necesaria incluso para el cuidado y educación cristiana de sus hijos, que deben ser considerados los más importantes”. Establece el Sínodo una serie de condicionantes para esta mayor integración. Se mirará si su situación irregular, y si en su origen no era un matrimonio nulo. Después, en su discernimiento pastoral habrá que ver caso por caso, acompañados por el presbítero, quien verá en el interior de las personas y su responsabilidad personal. La ley no tiene gradualidad, y por eso “el discernimiento no podrá prescindir nunca de las exigencias de la verdad y de caridad del Evangelio propuestas por la Iglesia”. Por ello, para una mayor integración en la Iglesia, se garantizan condiciones de“humildad, reserva, amor a la Iglesia y a su enseñanza, en la búsqueda de la voluntad de Dios”. El Sínodo no se pronuncia de modo expreso sobre la recepción de los sacramentos por los divorciados vueltos a casar, pues el Sínodo es pastoral y no doctrinal.

9.- Las familias deben ser acompañadas, preferentemente en las parroquias, aunque también en movimientos u organizaciones católicas, en la formación espiritual de sus miembros. En la familia se aprenden los valores del amor a Dios y a la Iglesia, y los miembros de las familias deben vivir una vida espiritual, mediante la oración y las lecturas del Evangelio y de las Escrituras. En la pastoral hay que mantener un equilibrio entre pastoral juvenil y pastoral familiar. Las familias deben estar dichosas por el hecho de que alguno de sus hijos tenga vocación al sacerdocio o estado religioso. La familia cristiana debe irradiar en la cultura moderna, pues como dijo el papa Pablo VI “la ruptura entre el Evangelio y la cultura es sin duda el drama de nuestra época, como lo fue en épocas anteriores”.

10.- El documento del sínodo abarca a toda la familia, y en particular se refiere a las familias más necesitadas, ya sea por su pobreza o por estar con problemas. Así contempla las situaciones concretas dela viudez, la vejez, las minusvalías, el hombre, la mujer, los niños, los hijos adoptados, los migrantes, los prófugos y los perseguidos. Rechaza el Sínodo la explotación de la mujer, de los niños y del hombre en trabajos inhumanos, cuando no la violencia y la explotación sexual. De los niños dice que “deben estar en el primer lugar en la vida familiar y pastoral”. Y los abuelos “constituyen el nexo intergeneracional, y aseguran el equilibrio psico-afectivo con la transmisión de tradiciones y costumbres” donde los jóvenes “puedan reconocer sus propias raíces” y, además, con frecuencia colaboran en la transmisión de la fe.

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El maná de cada día, 26.10.15

octubre 26, 2015

Lunes de la 30ª semana del Tiempo Ordinario

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Nuestro Dios es un Dios que salva



PRIMERA LECTURA: Romanos 8, 12-17

Hermanos, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.

Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios.

Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre).

Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados.


SALMO 67, 2.4.6-7ab.20-21

Nuestro Dios es un Dios que salva.

Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian. En cambio, los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría.

Padre de huérfanos, protector de viudas, Dios vive en su santa morada. Dios prepara casa a los desvalidos, libera a los cautivos y los enriquece.

Bendito el Señor cada día, Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación.Nuestro Dios es un Dios que salva, el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.


ALELUYA: Jn 17, 17b.a

Tu Palabra, Señor, es verdad; conságranos en la verdad.


EVANGELIO: Lucas 13, 10-17

Un sábado, enseñaba Jesús en una sinagoga. Había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezar.

Al verla, Jesús la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad.» Le impuso las manos, y en seguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios.

Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la gente: «Seis días tenéis para trabajar; venid esos días a que os curen, y no los sábados.»

Pero el Señor, dirigiéndose a él, dijo: «Hipócritas: cualquiera de vosotros, ¿no desata del pesebre al buey o al burro y lo lleva a abrevar, aunque sea sábado? Y a ésta, que es hija de Abrahán, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no había que soltarla en sábado?»

A estas palabras, sus enemigos quedaron abochornados, y toda la gente se alegraba de los milagros que hacía.
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MIRAR AL CIELO

P. Francisco Fernández Carvajal

— La mujer encorvada y la misericordia de Jesús.

— Lo que nos impide mirar al Cielo.

— Solo en Dios comprendemos la verdadera realidad de la propia vida y de todo lo creado.

I. En el Evangelio de la Misa1, San Lucas nos relata cómo Jesús entró a enseñar un sábado en la sinagoga, según era su costumbre. Y había allí una mujer poseída por un espíritu, enferma desde hacía dieciocho años, y estaba encorvada sin poder enderezarse de ningún modo. Y Jesús, sin que nadie se lo pidiera, movido por su compasión, la llamó y le dijo: Mujer, quedas libre de tu enfermedad. Y le impuso las manos, y al instante se enderezó y glorificaba a Dios.

El jefe de la sinagoga se indignó porque Jesús curaba en sábado. Con su alma pequeña no comprende la grandeza de la misericordia divina que libera a esta mujer postrada desde hacía tanto tiempo. Celoso en apariencia de la observancia del sábado prescrita en la Ley2, el fariseo no sabe ver la alegría de Dios al contemplar a esta hija suya sana de alma y de cuerpo. Su corazón, frío y embotado –falto de piedad–, no sabe penetrar en la verdadera realidad de los hechos: no ve al Mesías, presente en aquel lugar, que se manifiesta como anunciaban las Escrituras. Y no atreviéndose a murmurar directamente de Jesús, lo hace de quienes se acercan a Él: Seis días hay en los que es necesario trabajar; venid, pues, en ellos a ser curados y no en día de sábado.

Y el Señor, como en otras ocasiones, no calla: les llama hipócritas, falsos, y contesta –recogiendo la alusión al trabajo– señalando que, así como ellos se daban buena prisa en soltar del pesebre a su asno o a su buey para llevarlos a beber aunque fuera sábado, a esta, que es hija de Abrahán, a la que Satanás ató hace ya dieciocho años, ¿no era conveniente soltarla de esta atadura aun en día de sábado? Aquella mujer, en su encuentro con Cristo recupera su dignidad; es tratada como hija de Abrahán y su valor está muy por encima del buey o del asno. Sus adversarios quedaron avergonzados, y toda la gente sencilla se alegraba por todas las maravillas que hacía.

La mujer quedó libre del mal espíritu que la tenía encadenada y de la enfermedad del cuerpo. Ya podía mirar a Cristo, y al Cielo, y a las gentes, y al mundo. Nosotros hemos de meditar muchas veces estos pasajes en los que la compasiva misericordia del Señor, de la que tan necesitados andamos, se pone singularmente de relieve. «Esa delicadeza y cariño la manifiesta Jesús no solo con un grupo pequeño de discípulos, sino con todos. Con las santas mujeres, con representantes del Sanedrín como Nicodemo y con publicanos como Zaqueo, con enfermos y con sanos, con doctores de la ley y con paganos, con personas individuales y con muchedumbres enteras.

»Nos narran los Evangelios que Jesús no tenía dónde reclinar su cabeza, pero nos cuentan también que tenía amigos queridos y de confianza, deseosos de acogerlo en su casa. Y nos hablan de su compasión por los enfermos, de su dolor por los que ignoran y yerran, de su enfado ante la hipocresía»3.

La consideración de estas escenas del Evangelio nos debe llevar a confiar más en Jesús, especialmente cuando nos veamos más necesitados del alma o del cuerpo, cuando experimentemos con fuerza la tendencia a mirar solo lo material, lo de abajo, y a imitarle en nuestro trato con las gentes: no pasemos nunca con indiferencia ante el dolor o la desgracia. Hagamos igual que el Maestro, que se compadece y pone remedio.

II. «Así encontró el Señor a esta mujer que había estado encorvada durante dieciocho años: no se podía erguir (Lc 13, 11). Como ella –comenta San Agustín– son los que tienen su corazón en la tierra»4; después de un tiempo han perdido la capacidad de mirar al Cielo, de contemplar a Dios y de ver en Él la maravilla de todo lo creado. «El que está encorvado, siempre mira a la tierra, y quien busca lo de abajo, no se acuerda de a qué precio fue redimido»5. Se olvida de que todas las cosas creadas han de llevarle al Cielo y contempla solo un universo empobrecido.

El demonio mantuvo dieciocho años sin poder mirar al Cielo a la mujer curada por Jesús. Otros, por desgracia, pasan la vida entera mirando a la tierra, atados por la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida6. La concupiscencia de la carne impide ver a Dios, pues solo lo verán los limpios de corazón7; esta mala tendencia «no se reduce exclusivamente al desorden de la sensualidad, sino también a la comodidad, a la falta de vibración, que empuja a buscar lo más fácil, lo más placentero, el camino en apariencia más corto, aun a costa de ceder en la fidelidad a Dios (…).

»El otro enemigo (…) es la concupiscencia de los ojos, una avaricia de fondo, que lleva a no valorar sino lo que se puede tocar. Los ojos que se quedan como pegados a las cosas terrenas, pero también los ojos que, por eso mismo, no saben descubrir las realidades sobrenaturales. Por tanto, podemos utilizar la expresión de la Sagrada Escritura, para referirnos a la avaricia de los bienes materiales, y además a esa deformación que lleva a observar lo que nos rodea –los demás, las circunstancias de nuestra vida y de nuestro tiempo– solo con visión humana.

»Los ojos del alma se embotan; la razón se cree autosuficiente para entender todo, prescindiendo de Dios (…). La existencia nuestra puede, de este modo, entregarse sin condiciones en manos del tercer enemigo, de la superbia vitae. No se trata solo de pensamientos efímeros de vanidad o de amor propio: es un engreimiento general. No nos engañemos, porque este es el peor de los males, la raíz de todos los descaminos»8. Ninguno de estos enemigos podrá con nosotros si tenemos la sinceridad necesaria para descubrir sus primeras manifestaciones, por pequeñas que sean, y suplicamos al Señor que nos ayude a levantar de nuevo nuestra mirada hacia Él.

III. La fe en Cristo se ha de manifestar en los pequeños incidentes de un día corriente, y ha de llevarnos a «organizar la vida cotidiana sobre la tierra sabiendo mirar al Cielo, esto es, a Dios, fin supremo y último de nuestras tensiones y nuestros deseos»9.

Cuando, mediante la fe, tenemos la capacidad de mirar a Dios, comprendemos la verdad de la existencia: el sentido de los acontecimientos, que tienen una nueva dimensión; la razón de la cruz, del dolor y del sufrimiento; el valor sobrenatural que podemos imprimir a nuestro trabajo diario y a cualquier circunstancia que, en Dios y por Dios, recibe una eficacia sobrenatural.

El cristiano no está cerrado en absoluto a las realidades terrenas; por el contrario, «puede y debe amar las cosas creadas por Dios. Pues de Dios las recibe, y las mira y respeta como objetos salidos de las manos de Dios»10, pero solo «usando y gozando de las criaturas en pobreza y con libertad de espíritu, entra de veras en posesión del mundo, como quien nada tiene y es dueño de todo: Todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios (1 Cor 3, 22)»11. San Pablo recomendaba a los primeros cristianos de Filipos: Por lo demás, hermanos, cuanto hay de verdadero, de honorable, de justo, de íntegro, de amable y de encomiable; todo lo que sea virtuoso y digno de alabanza, tenedlo en estima12.

El cristiano adquiere una particular grandeza de alma cuando tiene el hábito de referir a Dios las realidades humanas y los sucesos, grandes o pequeños, de su vida corriente. Cuando los aprovecha para dar gracias, para solicitar ayuda y ofrecer la tarea que lleva entre manos, para pedir perdón por sus errores… Cuando, en definitiva, no olvida que es hijo de Dios todas las horas del día y en todas las circunstancias, y no se deja envolver de tal manera por los acontecimientos, por el trabajo, por los problemas que surgen… que olvide la gran realidad que da razón a todo: el sentido sobrenatural de su vida. «¡Galopar, galopar!… ¡Hacer, hacer!… Fiebre, locura de moverse… Maravillosos edificios materiales…

»Espiritualmente: tablas de cajón, percalinas, cartones repintados… ¡galopar!, ¡hacer! —Y mucha gente corriendo: ir y venir.

»Es que trabajan con vistas al momento de ahora: “están” siempre “en presente”. —Tú… has de ver las cosas con ojos de eternidad, “teniendo en presente” el final y el pasado…

»Quietud. —Paz. —Vida intensa dentro de ti. Sin galopar, sin la locura de cambiar de sitio, desde el lugar que en la vida te corresponde, como una poderosa máquina de electricidad espiritual, ¡a cuántos darás luz y energía!…, sin perder tu vigor y tu luz»13.

Acudamos a la misericordia del Señor para que nos conceda ese don, vivir de fe, para poder andar por la tierra con los ojos puestos en el Cielo, con la mirada fija en Él, en Jesús.

1 Lc 13, 10-17. — 2 Cfr. Ex 20, 8. — 3 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 108. — 4 San Agustín, Comentario al Salmo 37, 10. — 5 San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, 31, 8. — 6 Cfr. 1 Jn2, 16. — 7 Cfr. Mt 5, 8. — 8 San Josemaría Escrivá, o. c., 56. — 9Juan Pablo II, Ángelus 8-XI-1979. 10 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 37. — 11 Ibídem. — 12 Flp 4, 8. — 13 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 837.

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