El maná de cada día, 3.6.15

Miércoles de la 9ª semana del Tiempo Ordinario

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Cuando resuciten ni los hombres ni las mujeres se casarán

Cuando resuciten ni los hombres ni las mujeres se casarán



PRIMERA LECTURA: Tobías 3, 1-11.16-17a

En aquellos días, profundamente afligido, sollocé, me puse a llorar y empecé a rezar entre sollozos: «Señor, tú eres justo, todas tus obras son justas; tú actúas con misericordia y lealtad, tú eres el juez del mundo.

Tú, Señor, acuérdate de mí y mírame; no me castigues por mis pecados, mis errores y los de mis padres, cometidos en tu presencia, desobedeciendo tus mandatos.

Nos has entregado al saqueo, al destierro y a la muerte, nos has hecho refrán, comentario y burla de todas las naciones donde nos has dispersado. Sí, todas tus sentencias son justas cuando me tratas así por mis pecados, porque no hemos cumplido tus mandatos ni hemos procedido lealmente en tu presencia.

Haz ahora de mí lo que te guste. Manda que me quiten la vida, y desapareceré de la faz de la tierra y en tierra me convertiré. Porque más vale morir que vivir, después de oír ultrajes que no merezco y verme invadido de tristeza. Manda, Señor, que yo me libre de esta prueba; déjame marchar a la eterna morada y no me apartes tu rostro, Señor, porque más me vale morir que vivir pasando esta prueba y escuchando tales ultrajes.»

Aquel mismo día, Sara, la hija de Ragüel, el de Ecbatana de Media, tuvo que soportar también los insultos de una criada de su padre; porque Sara se había casado siete veces, pero el maldito demonio Asmodeo fue matando a todos los maridos, cuando iban a unirse a ella según costumbre.

La criada le dijo: «Eres tú la que matas a tus maridos. Te han casado ya con siete, y no llevas el apellido ni siquiera de uno. Porque ellos hayan muerto, ¿a qué nos castigas por su culpa? ¡Vete con ellos! ¡Que no veamos nunca ni un hijo ni una hija tuya!»

Entonces Sara, profundamente afligida, se echó a llorar y subió al piso de arriba de la casa, con intención de ahorcarse.

Pero lo pensó otra vez, y se dijo: «¡Van a echárselo en cara a mi padre! Le dirán que la única hija que tenía, tan querida, se ahorcó al verse hecha una desgraciada. Y mandaré a la tumba a mi anciano padre, de puro dolor. Será mejor no ahorcarme, sino pedir al Señor la muerte, y así ya no tendré que oír más insultos.» Extendió las manos hacia la ventana y rezó.

En el mismo momento, el Dios de la gloria escuchó la oración de los dos, y envió a Rafael para curarlos.


SALMO 24,2-3.4-5ab.6-7bc.8-9

A ti, Señor, levanto mi alma.

Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado, que no triunfen de mí mis enemigos; pues los que esperan en ti no quedan defraudados, mientras que el fracaso malogra a los traidores.

Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mi con misericordia, por tu bondad, Señor.

El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 11, 23a. 26

Yo soy la resurrección y la vida -dice el Señor-; el que cree en mí no morirá para siempre.


EVANGELIO: Marcos 12, 18-27

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, de los que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano.”

Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos; el segundo se casó con la viuda y murió también sin hijos; lo mismo el tercero; y ninguno de los siete dejó hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección y vuelvan a la vida, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete han estado casados con ella.»

Jesús les respondió: «Estáis equivocados, porque no entendéis la Escritura ni el poder de Dios. Cuando resuciten, ni los hombres ni las mujeres se casarán; serán como ángeles del cielo.

Y a propósito de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios: “Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”? No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados.»



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EN EL SUBSUELO DE LA EXISTENCIA

Papa Francisco en la Domus Sanctae Marthae
Miércoles 5 de junio de 2013

Por las personas que viven «en el subsuelo de la existencia», en condiciones «límite», y que perdieron la esperanza, el Papa Francisco rezó durante la misa el 5 de junio. La invitación a pensar en los muchos que experimentan situaciones de abandono y «de sufrimiento existencial» fue la sugerencia de las lecturas de la liturgia del día.

En la del libro de Tobías (3, 1-11.16-17) el Papa identificó en las experiencias de Tobit y de Sara las historias de dos personas que sufren, al límite de la desesperación, en vilo entre la vida y la muerte. Ambos están en busca de «una vía de escape», que encuentran lamentándose. «No blasfeman, pero se lamentan» puntualizó el Santo Padre.

«Lamentarse ante Dios no es pecado», afirmó. E inmediatamente contó: «Un sacerdote, a quien conozco, una vez le dijo a una mujer que se lamentaba ante Dios por sus calamidades: “Señora, esa es una manera de orar, continúe”. El Señor oye, escucha nuestros lamentos».

El Pontífice recordó también el ejemplo de Job y de Jeremías que «se lamentan incluso con una maldición: no contra el Señor, sino por tal situación». Por lo demás lamentarse «es humano», también porque «son muchas las personas en este estado de sufrimiento existencial».

Las personas que sufren —explicó— «deben entrar en mi corazón, deben causar una inquietud en mí. Mi hermano sufre, mi hermana sufre; he ahí el misterio de la comunión de los santos. Ora: “Señor, mira a aquél, llora, sufre”. Orar, permitidme decirlo, con la carne: «no con las ideas; rezar con el corazón».

Finalmente el Pontífice puso de relieve en la primera lectura una palabra «que abre la puerta a la esperanza» y que puede ayudar en la oración. Es la expresión «en aquel instante»: cuando Tobit rezaba, «en aquel instante» Sara rezaba; y «en aquel instante» la oración de ambos fue escuchada delante de la gloria de Dios. «La oración —dijo el Santo Padre— llega siempre ante la gloria de Dios. Siempre, cuando es una oración del corazón».

http://www.vatican.va

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