Novena a Santa Rita de Casia (3)

mayo 15, 2015

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DÍA TERCERO

RITA, ESPOSA ENAMORADA


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1. Señal de la cruz

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro; en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


2. Acto de contrición

Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los Ángeles, a los Santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.


3. Oración preparatoria para todos los días

Señor y Dios nuestro, admirable en tus Santos. Venimos a ti, el único Santo, atraídos por el ejemplo de Rita, tu hija predilecta. Nos encomendamos a su poderosa intercesión y queremos imitar su vida. Pues tú nos mandaste: “Sean santos porque Yo soy santo”. A la vez, tu Hijo nos ordenó: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”.

Padre de bondad, concédenos poder contemplar durante esta novena con gran admiración y devoción las maravillas que obraste en tu sierva Rita. Hoy nos unimos a todos los devotos de santa Rita para darte gracias por los ejemplos de santidad que en ella nos dejaste. Concédenos imitarla en la tierra, para que así podamos alabarte con santa Rita y con todos los santos para siempre en el cielo.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


4. Datos biográficos o ejemplos de vida

Cuenta la historia que Rita se desposó con el joven que le proponían sus padres, bien dispuesto aunque de carácter impulsivo. Rita pasó, sin duda, por un proceso de enamoramiento, a la vez sinceramente humano y libre, y a la vez, profundamente creyente, voluntarioso. En ello buscaba no tanto sus conveniencias egoístas sino la mayor gloria de Dios.

Rita, pues, se fue enamorando de Fernando, consciente y libremente; lo consideraba como un regalo maravilloso de Dios para ella: la prueba más palpable, después de sus padres, de que Dios la amaba, la valoraba, y quería verla feliz. Pues le regalaba un hombre que le perteneciera en exclusiva y de por vida.

Y Rita así aceptaba a Fernando. Por tanto se desposó tiernamente enamorada de Fernando y dando gracias a Dios por ese don inmerecido que le entregaba para siempre. Por su parte, ella se comprometió a quererlo, también para siempre, en el amor del Señor.

Por eso, dicen los biógrafos, que, como esposa, Rita procuraba conocer los deseos y necesidades de su esposo para complacerlo en todo lo que no se opusiera a la ley de Dios.

En este proceso entró el sentimiento y la voluntad debidamente balanceados que garantizan un amor maduro, verdadero: que involucra a toda la persona y para siempre.

Su esposo Pablo Fernando, dicen los biógrafos, era un hombre difícil, de carácter violento; por lo cual, además de hacer sufrir a Rita en el hogar, le acarreaba sin duda conflictos en la vida pública: enredos con malas compañías en diversiones peligrosas y juegos de azar, lo cual levantaba comentarios que comprometían a Rita y a los hijos.

Esta dificultad en la relación con su esposo, mal ejemplo a los hijos y escándalos en la sociedad, lejos de desanimar a Rita, la espoleaban para acoger a su esposo con mayor ternura, tratando de comprenderlo y perdonarlo, devolviendo bien por mal. Trataba además de reconciliar a las partes enemistadas como lo había aprendido de sus padres.

Como la mujer fuerte de la Escritura, no cedía a los lamentos depresivos, ni a la autoconmiseración. También sabía vencer la tentación de mendigar la justicia humana y las falsas compasiones, ya que le había tocado en suerte un mal esposo, le había salido malo…

Por supuesto que Rita tampoco hacía caso de las insinuaciones de la gente para que respondiera devolviendo mal por mal. Aunque le costaba entender y sobre todo practicar el perdón y la misericordia, Rita quería creer que Dios permitía todo aquello para bien. Él le daría fuerzas para llevarlo todo a buen puerto.

Buscaba en Dios, más que nunca, la fortaleza necesaria para devolver bien por mal, para no quejarse, ni acusar, ni maldecir, ni buscar ávidamente compasiones humanas.

Al revés, de su debilidad sacaba fuerzas para consolar y animar a sus hijos, para visitar a los enfermos llevándoles consuelo: ayudaba a los pobres y necesitados cuanto se lo permitían los deberes del hogar.

De esta manera, Rita aprendió a ser y a sentirse plena y feliz, aunque no fuera correspondida por su esposo Fernando. En la oración y en la vida diaria de servicio y fidelidad, Dios le fue enseñando que su felicidad no dependía de la correspondencia de su esposo y de sus hijos.

Si así fuera, debería sentirse fatalmente infeliz para siempre. Así se sentían algunas mujeres que estaban fracasando en su matrimonio y que se compadecían de Rita por los extravíos de su marido, y por su mala suerte en el matrimonio.

¿Pero no sería Dios capaz de hacerla feliz aun en medio de esas circunstancias que ella no podía cambiar ni había buscado?

Si la felicidad de Rita dependía irremediablemente de la correspondencia de su esposo y de sus hijos, Dios sería injusto. La condenaría a ser infeliz y desdichada en su vida. Pero no, Rita entendió que su felicidad dependía sólo de ella y de Dios. Al casarse se había unido a su esposo por amor a Dios, y a Dios le había prometido hacer feliz a su esposo y a llevarlo por el camino del bien. Y eso nadie se lo podía prohibir ni tampoco impedir.

Por otra parte, Dios sería el más interesado en darle esa posibilidad, porque para los hombres es imposible devolver bien por mal y ahogar el mal a fuerza de bien. Y ese amor divino derramado en ella sería fuente de felicidad. Más feliz es el que más ama…

Así, Rita aprendió a tener en Dios al mejor de los esposos y al mejor padre de sus hijos. Y al amar a Dios y por su amor hacer el bien a discreción, Rita se llenaba de felicidad y de satisfacción al sentirse creadora y redentora de los suyos en Dios, colaborando con Dios de manera incondicional como esposa y madre, desarrollando al máximo toda su feminidad y su maternidad, como mujer transformada por el Espíritu.

Pero lo que más le preocupaba a Rita era la conversión de su esposo, y por esta intención oraba sin interrupción. Al fin, Dios le concedió la gracia de la conversión y cambio de su esposo.

Esto le causó una inmensa alegría, que apenas pudo disfrutar, porque al poco tiempo su esposo Pablo Fernando, según dicen las crónicas, murió asesinado en una emboscada que le tendieron de noche cuando regresaba a casa. No sabemos el motivo.

Rita supo encajar este duro golpe de la vida con dignidad y entereza. Le arrebataban lo que más amaba de la vida, después de Dios. Su sufrimiento fue sereno, dando ejemplo a sus hijos, perturbados por la muerte cruel e injusta de su padre.

Lamentablemente, los dos hijos, entre desconcertados y dolidos, son instigados a la venganza y al odio. Rita tendrá que ayudarlos a perdonar, a olvidar y a amar a los asesinos de su propio padre.


5. Lecturas bíblicas y agustinianas

El primer relato bíblico de un matrimonio ritual entre judíos lo encontramos en Génesis 24, 1-53. Del texto se desprende que el matrimonio entre creyentes judíos está en función del cumplimiento de la Promesa. Leamos:

Abraham era ya muy viejo. Yahvé le había favorecido en todo. Abraham dijo a su servidor más antiguo, que era su mayordomo: “Te ruego pongas tu mano bajo mi muslo. Me vas a jurar por Yahvé, Dios del cielo y de la tierra, que no tomarás para mi hijo una mujer entre las hijas de los cananeos que nos rodean. Sino que tú irás a mi país a buscar, entre mi parentela, una mujer para mi hijo Isaac”.

El servidor respondió: “Y si la mujer no quisiera venir conmigo a esta tierra, ¿deberé llevar a tu hijo a la tierra de donde saliste?”

Abraham contestó: “Por ningún motivo llevarás para allá a mi hijo, pues Yahvé, Dios del cielo y de la tierra, que me sacó de la familia de mi padre y del país donde nací, me prometió con juramento que entregará este país a mi descendientes.

Yahvé enviará a su ángel delante de ti y tú tomarás allá una mujer para mi hijo. Si la mujer no quiere seguirte, estarás libre de este juramento; pero tú, en ningún caso lleves para allá a mi hijo”.

El mayordomo oró así: “Yahvé, Dios de mi patrón Abraham, haz que me vaya bien hoy y muestra tu benevolencia para con mi patrón Abraham. Voy a quedarme junto a la fuente, ahora que las muchachas de la ciudad vienen a buscar agua.

La joven a quien yo le dijere que incline su cántaro para que yo pueda tomar agua y ella me respondiere: ‘Toma y voy también a dar de beber a tus camellos’, haz que sea ella la que tú has destinado a tu servidor Isaac. Dame a conocer de este modo tu cariño para con mi patrón”.

Y más adelante, en los versículos 50 al 53, leemos:

Labán y Batuel dijeron al mayordomo de Abraham: “Se ve que la mano de Yahvé está en todo esto. No podemos oponernos. Ahí está Rebeca, llévatela y que sea la esposa del hijo de tu patrón como lo ha mandado Yahvé”.

Cuando el servidor de Abraham oyó lo que decían, se echó a tierra para adorar a Yahvé. Luego sacó joyas de oro y plata y vestidos, los que dio a Rebeca. Hizo también buenos regalos a su hermano y a su madre y familiares. Llamaron a Rebeca y le preguntaron: “¿Quieres irte con este hombre?” “Sí, me voy”, contestó.

Entonces dejaron partir a su hermana Rebeca y a su nodriza con el servidor de Abraham y con sus hombres.

En Tobías 7, 9-16, encontramos los detalles ceremoniales de la celebración del matrimonio:

Entonces Ragüel llamó a su hija Sara, le tomó la mano, se la entregó a Tobías, diciendo: “recíbela por esposa, según la ley y lo que está escrito en el libro de Moisés. Llévala a la casa de tu padre. El Dios del cielo los guíe por los caminos de la paz”.

Luego dijo a la madre que trajera una hoja de papiro, en ella escribió el contrato matrimonial, y lo firmaron. Terminado esto, se pusieron a comer y beber. Ragüel llamó a su esposa y le dijo: “Hermana, prepara otro dormitorio para Sara”.

Ella preparó la habitación y llevó a Sara, que se puso a llorar. La madre secó las lágrimas de su hija y le dijo: “Hija mía, ten confianza; que el Señor del Cielo te dé alegría en lugar de tristeza. Confianza, hija”. Y salió.

En el capítulo 8, 1 y siguientes, leemos:

Después de la cena, hablaron de acostarse y acompañaron al joven de la sala donde había comido a su habitación… Mientras tanto, los padres habían salido de la habitación.

Entonces Tobías dijo a Sara: “Levántate, hermana, y oremos para que el Señor tenga piedad de nosotros”. Luego dijo Tobías: “Bendito seas, Dios de nuestros padres, y bendito sea tu nombre santo y glorioso por los siglos de los siglos; que los cielos y todas las criaturas te bendigan.

Tú creaste a Adán y le diste a Eva su mujer, como ayuda y compañera, para que de los dos naciera la raza humana. Tú dijiste: No está bien que el hombre esté solo, démosle una compañera semejante a él.

Ahora, Señor, tomo a mi hermana con recta intención y no buscando el puro placer. Ten piedad de nosotros y que podamos llegar juntos a nuestra ancianidad”. Ella respondió: “Amén”. Y se acostaron los dos para pasar la noche.

En el Nuevo Testamento encontramos maravillosas exhortaciones que, sin duda, Rita meditó y siguió ejemplarmente. Así, por ejemplo, en Efesios, 5, 22-33:

Que las esposas se sometan a sus maridos como al Señor. En efecto, el marido es cabeza de su esposa, como Cristo es cabeza de la Iglesia, cuerpo suyo, del cual es asimismo Salvador. Y así como la Iglesia se somete a Cristo, así también la esposa debe someterse en todo a su marido.

En otro lugar, el mismo san Pablo insiste: A los casados les ordeno, no yo, sino el Señor, que la mujer no se separe de su marido… Lo mismo que el marido no despida a su mujer.

Si alguna mujer tiene un esposo que, sin compartir su fe, está conforme en vivir con ella, no se divorcie, pues el esposo no creyente es santificado por su esposa, y la esposa no creyente es santificada por el marido que tiene fe… y los hijos también están consagrados a Dios (1 Corintios 7, 10-14).

Por su parte, san Pedro completa esta espiritualidad matrimonial: Que las mujeres obedezcan a sus maridos, y con eso seguramente ganarán a aquellos que se resisten a la predicación. Al verlas castas y serias en su conducta, esa misma conducta hará las veces de predicación.

No se preocupen tanto por lucir peinados rebuscados, collares de oro, vestidos lujosos, todas cosas exteriores. Sino que más bien, irradien de lo íntimo del corazón la belleza de un espíritu suave y tranquilo; eso sí que es muy precioso ante Dios (1 Pedro 3, 1-3).

Estas enseñanzas bíblicas sobre la familia se reflejan en la tradición agustiniana, de una manera específica, porque san Agustín tuvo una madre santa, Mónica. Es decir, Agustín forma parte de una familia de santos. Eso marca de manera especial el carisma que trasmite a sus hijos espirituales. La Orden agustiniana no surge de un individuo sino de una comunidad de santos: Agustín y Mónica.

De ahí que la Orden siempre ha presentado a la madre con el hijo, o al hijo con la madre; y así, necesariamente, ha iluminado el misterio de la familia humana. No es casualidad que santa Mónica haya sido presentada siempre en la Iglesia como modelo de esposa y de madre cristiana; y haya sido propuesta de manera especial por los agustinos.

Pues bien, desde niña, santa Rita estuvo en contacto con la espiritualidad agustiniana y debió de abrevarse en sus fuentes. El texto que vamos a reproducir enseguida refleja un paralelo providencial: Mónica y Rita, unidas en una vocación muy parecida, casi idéntica. Designios de Dios… San Agustín nos describe así el ejemplo de su madre:

“No callaré ninguno de los sentimientos que brotan en mi alma, inspirados por aquella sierva tuya que me alumbró en la carne para la vida temporal y me dio a la luz según su corazón para que renaciese a la vida eterna. No diré sus dones, sino tus dones en ella.

Educada en honestidad y templanza, y sujeta más por ti a sus padres que por sus padres a ti, llegada a la pubertad y entregada a su marido, sirvióle como a su señor y se afanó en ganarlo para ti. Hablándole de ti con sus costumbres, con las que la embellecías y hermoseabas haciéndola digna del respeto, del amor y de la admiración de su marido.

Y de tal manera soportó sus infidelidades que nunca tuvo por ello contienda con él; esperaba que tu misericordia descendiese sobre él, dándole al mismo tiempo la fe y la fidelidad.

Por otra parte, él era extremoso en el afecto, pero también fulmíneo en la ira. Pero ella tenía la prudencia de no enfurecerlo cuando estaba enojado, ni con obras, ni con palabras, y así, pasado el desahogo de la cólera y ya quieto y sosegado, aprovechaba ella la primera oportunidad para explicarle lo que había hecho, si él se había desmandado en la cólera…

Las amigas, sabedoras de lo feroz que era el marido de Mónica, se admiraban de cómo podía sobrellevarlo, hasta el punto de que no hubiera el menor indicio de que Patricio le hubiera puesto alguna vez las manos encima y hubiese tenido con ella alguna reyerta doméstica. Así era mi madre, siendo Tú su maestro íntimo en la escuela de su corazón.

Finalmente, ya en lo postrero de su vida temporal, ganó a su marido para ti y en él, fiel ya, no tuvo que llorar lo que había tenido que tolerar cuando era infiel” (Confesiones, Lib. 9, 8-9).



6. Consideraciones bíblico-teológicas

El relato del Génesis 24, enseña que el matrimonio está en función de la promesa de Dios, pues a Abraham se le prohíbe casar a su hijo con una mujer pagana, no judía, que anularía la realización de la promesa de Dios. Abraham quiere asegurar la descendencia a través de Isaac según la promesa del Señor y busca mujer para su hijo, pero una mujer que no aparte a su hijo de la fe recibida ni de la promesa de Dios.

El matrimonio, pues, no está en primer lugar en función de las conveniencias naturales o egoístas o familiares, sino que está siempre y en primer lugar en función de la gloria de Dios; no en función de los esposos, de sus gustos, realizaciones personales, sino en función de la realización del plan de salvación de Dios sobre los hombres.

Por otro lado, la felicidad de los esposos y la descendencia no sufrirán menoscabo por esa prioridad, sino al revés, quedarán garantizadas y perfeccionadas plenamente esas expectativas. Primero es la fidelidad al plan de Dios. La fe orienta al matrimonio y los hijos: antes que esposos y padres son creyentes.

El Antiguo Testamento ya nos proporciona la consistencia religiosa de la vida familiar. Cristo lo elevará a sacramento de su amor tierno y fiel a su propio Cuerpo, la Iglesia.

Por tanto, la fe entra de lleno en una experiencia tan fundamental en la vida humana como es la convivencia familiar. Los creyentes, por la fe se hacen esposos y padres. La fe constituye el fundamento suficiente y necesario para el matrimonio. Perfecciona cualquier otra motivación o fundamento.

Por tanto, la recepción del sacramento del matrimonio y la vivencia del mismo no constituyen algo opcional, sino algo necesario, para aquellos creyentes que deseen vivir esa experiencia como Dios lo ha dispuesto. El sacramento del matrimonio capacita a los que se casan ante Dios para superar lo que es imposible humanamente y amarse en toda la belleza y felicidad que Dios ha dispuesto sólo para sus hijos.

En la vida familiar, la relación constitutiva y fontal es la esponsal: ser y hacerse constantemente esposos, cada día más enamorados. Es la tarea más estimulante y la más difícil del matrimonio, la más fecunda y santificadora.

En el orden de importancia y de los principios aventaja a la relación de padres. La relación esponsal constituye la fuente de la felicidad de los esposos y padres. Por lo tanto, también para los hijos.

Por otra parte, solamente el amor de Dios puede garantizar la estabilidad y plena realización del matrimonio. En el matrimonio se comprometen tres: los esposos y Dios. La experiencia religiosa garantiza la fidelidad de los esposos, pues la alimenta constantemente.

Si falla una parte, Dios permanece fiel, dispuesto siempre a restaurar la unidad. Él consolará a la parte fiel, la robustecerá espiritualmente y además utilizará su dolor y sacrificio para salvar, tarde o temprano, pero de manera indefectible creemos, a la parte infiel.

Estamos seguros en la fe de que la parte equivocada no se puede perder para siempre, mientras haya fidelidad por la otra parte, pues Dios amontonará ascuas de remordimiento en el corazón del cónyuge infiel.

Y creemos que no se perderá por la misericordia de Dios expresada en la fidelidad de la parte creyente y santa.

El cónyuge fiel es el camino ordinario, poco menos que único, para que Dios actúe en la parte infiel. Porque nadie como él puede entender a su pareja y comprenderla mejor, y, por tanto, perdonar con el amor del Señor. Y ésta será la gran misión del cónyuge fiel: salvar, redimir a su pareja.

Una misión que merece la pena, y que le llenará de satisfacción humana y religiosa. Así sucedió en el caso de santa Mónica y en el caso de santa Rita: lograron la conversión de sus esposos, el primero pagano y el segundo inconsecuente con la fe recibida.

Esos ejemplos son normativos para las familias cristianas si es que se sienten como tales y como tales quieren conducirse.



7. Peticiones o plegaria universal

Presentemos a Dios nuestras peticiones implorando que nos inspire el Señor sentir y actuar como lo hizo santa Rita en toda su vida.

1. Señor, que te has revelado a los hombres,
– por la intercesión de santa Rita, muéstranos tu rostro, aumentándonos la fe en tu palabra de verdad, y nuestro amor a tu Hijo Jesucristo.

Invitación: Roguemos al Señor.
Respuesta: Te lo pedimos, Señor.

2. Señor, tu sierva santa Rita conservó la paciencia en medio de tantas pruebas y tribulaciones;
– haz que en nuestra vida no seamos jamás motivo de molestia, o irritación para los demás.

3. Señor, que te glorificaste en la vida familiar de santa Rita, utilizándola como instrumento de salvación para su esposo y sus hijos;
– haz que nosotros seamos colaboradores tuyos en la salvación de los hombres, comenzando por nuestros propios hogares, comunidades religiosas o eclesiales.

4. Señor, que concediste a santa Rita la constancia de llamar a las puertas del monasterio hasta ser admitida como religiosa;
– haz que aprendamos el valor del sacrificio y el de la perseverancia en todas las circunstancias de nuestra vida.

5. Señor, que moviste a santa Rita para que prefiriese la muerte de sus hijos a verlos manchados por el pecado del odio y de la condenación eterna,
– enséñanos a perdonar a nuestros enemigos y a vivir en paz con todo el mundo, para que así podamos gozar nosotros mismos de tu paz y bendición.

6. Señor, que diste a santa Rita la paz y la tranquilidad en el monasterio después de tantas penas como había sufrido,
– suscita muchas vocaciones a la vida religiosa, donde muchos hijos tuyos alcancen lo único necesario y adelanten el Reino a este mundo.

7. Pídase y formúlese ante el Señor la gracia específica que se desea obtener por la intercesión de santa Rita en esta novena.

8. Señor, que por tu resurrección venciste a la muerte y permitiste que Rita participara de tu victoria,
– concede la vida eterna a todos los fieles difuntos y en particular a los devotos de santa Rita.

Peticiones específicas para el día tercero

9. Oh Dios, que concediste a las santas mujeres de la Biblia, y a Rita en particular, conocer y amar a sus futuros esposos y novios en la fe y el amor a ti,
– concede a los jóvenes que se preparan para el matrimonio poder formar verdaderos hogares cimentados en las afinidades humanas, y sobre todo en la fe y el amor cristianos.

10. Oh Dios, siempre fiel a tu alianza y que no quieres que nadie se pierda,
– bendice a los esposos, santificados por tu gracia, para que se rediman el uno al otro, precisamente en el amor de Cristo y así aumenten con sus hijos tu familia en el mundo.



Oración conclusiva

Dios Todopoderoso, que te dignaste conceder a santa Rita amar a sus enemigos y llevar en su corazón y en su frente la señal de la pasión de tu Hijo, concédenos, siguiendo sus ejemplos, considerar de tal manera los dolores de la muerte de tu Hijo que podamos perdonar a nuestros enemigos, y así llegar a ser en verdad hijos tuyos, dignos de la vida eterna prometida a los mansos y sufridos.

Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.


8. Padre Nuestro, Ave María y Gloria (tres veces).


9. Oración final para todos los días

Oh Dios y Señor nuestro, admirable en tus santos, te alabamos porque hiciste de santa Rita un modelo insigne de amor a ti y a todos los hombres.

El amor fue el peso de su vida que la impulsó, cual río de agua viva, a través de todos los estados de su peregrinación por este mundo, dando a todos ejemplo de santidad, y manifestando la victoria de Cristo sobre todo mal.

Ella meditó continuamente la Pasión salvadora de tu Hijo y compartió sus dolores “completando en su carne lo que faltaba a los sufrimientos de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia”.

Aleccionada en su interior por la consolación del Espíritu Santo, Rita se convirtió en ejemplo de penitencia y caridad, experimentando continua y gozosamente, cómo la cruz del sufrimiento conduce a la alegría verdadera y a la luz de la resurrección.

De esta manera, se convirtió en instrumento de salvación al servicio del Dios providente, para bien de todos los hombres, sus hermanos, sobre todo en su propio hogar, en su familia, y finalmente en la comunidad agustiniana y en tu Iglesia.

Te damos gracias, oh Padre de bondad, fuente de todo don, y te bendecimos por las maravillas obradas en la vida de santa Rita de Casia, tu sierva. A la vez, te imploramos ser protegidos por su poderosa intercesión, de todo mal, llegando a cumplir tu voluntad en todas las circunstancias de nuestra vida, de acuerdo a los ejemplos de santidad que Rita nos dejó.

Te lo pedimos por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


10. Gozos a santa Rita

CORO

Tú que vives de amor,
y en el amor te recreas,
bendita por siempre seas,
dulce esposa del Señor.

ESTROFAS

1. Cual del ángel la belleza
difunde luz celestial,
exhalaba su pureza
tu corazón virginal.
Danos guardar esa flor,
que es la reina de las flores,
y ponga en ella su amor
el Dios de santos amores.

2. Santa madre, santa esposa,
en las penas y amarguras
brindaba tu amor dulzuras,
como fragancias las rosas.
Trocando en templo tu hogar
buscaste en Dios el consuelo:
almas que saben amar
hacen de un hogar un cielo.

3. Como esposa del Señor
con alma de serafín,
en tu amor ardió el amor
del corazón de Agustín.
Amor que Dios galardona
y en prenda de unión divina,
brota en tu frente una espina
y una flor en su corona.


11. Himno a santa Rita de Casia

Gloria del género humano,
Rita bienaventurada,
sed nuestra fiel abogada (tres veces)
cerca del Rey soberano.

Nido de castos amores,
fue tu corazón sencillo,
claro espejo, cuyo brillo
no hirieron negros vapores.
Haz que nunca amor profano
tenga en nuestro pecho entrada.

Gloria del género humano…


NOTA: Los contenidos de esta Novena a Santa Rita están tomados, con la debida autorización, del librito publicado por Ed. Paulinas, Caracas 2005. Site: http://www.paulinas.org.ve


Maná y Vivencias Pascuales (41), 15.5.15

mayo 15, 2015

Viernes de la 6ª semana de Pascua


DECENARIO AL ESPÍRITU SANTO (2)

Segundo día (Oraciones, al final de la entrada)

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¿No sentíamos arder el corazón mientras nos explicaba las Escrituras?

¿No sentíamos arder el corazón mientras nos explicaba las Escrituras?


Textos bíblico-litúrgicos.- Entrada: Ap 5, 9-10; 1era lectura: Hch 18, 9-18; Salmo: 46, 2-7; Aleluya: Lc 24, 26; Evangelio: Jn 16, 20-23; Comunión: Rom 4, 25.


ANTIFONA DE ENTRADA Ap 5, 9-10.- Con tu sangre, Señor, has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; has hecho de ellos una dinastía sacerdotal que sirva a Dios. Aleluya.


ORACIÓN COLECTA

¡Oh Dios!, que por la resurrección de tu Hijo nos has hecho renacer a la vida eterna; levanta nuestros corazones hacia el Salvador, que está sentado a tu derecha, a fin de que cuando venga de nuevo, los que hemos renacido en el bautismo seamos revestidos de una inmortalidad gloriosa. Por nuestro Señor.


PRIMERA LECTURA, Hch 18, 9-18

En aquellos días, estando Pablo en Corinto, durante la noche el Señor le dijo en una visión: No tengas miedo, sigue hablando y no calles, pues en esta ciudad me he reservado un pueblo numeroso. Yo estoy contigo y nadie podrá hacerte daño.

Pablo siguió enseñando entre ellos la Palabra de Dios, y permaneció allí un año y seis meses.

Pero siendo Galión gobernador de Acaya, los judíos acordaron unánimemente hacer una manifestación contra Pablo; lo llevaron ante el tribunal y lo acusaron: Este hombre incita a la gente a que adoren a Dios de una manera que prohíbe nuestra Ley.

Pablo iba a contestar, cuando Galión dijo a los judíos: Judíos, si se tratara de una injusticia o de algún crimen, sería correcto que yo los escuchara. Pero como se trata de discusiones sobre mensajes, poderes superiores y sobre su Ley, arréglense entre ustedes mismos. Yo no quiero ser juez de tales asuntos.

Y los echó del tribunal. Entonces agarraron a Sóstenes, jefe de la sinagoga, y empezaron a golpearlo delante del tribunal. Galión no hizo caso.

Pablo se quedó en Corinto todavía por bastante tiempo. Después se despidió de los hermanos y se embarcó para Siria, acompañado por Priscila y Áquila. En Cencreas se afeitó la cabeza, porque había hecho un voto


SALMO 46, 2-7

Aplaudan, pueblos todos, aclamen a Dios con voces de alegría. Porque el Señor es sublime y terrible, emperador de toda la tierra.

Él nos somete los pueblos y nos sojuzga las naciones; él nos escogió por heredad suya: Gloria de Jacob, su amado.

Dios sube entre aclamaciones, el Señor, al son de trompetas: Tocad para Dios, tocad, tocad para nuestro Rey, tocad.


ALELUYA Lc 24, 26.- Era necesario que el Mesías padeciera y resucitara de entre los muertos, para entrar en su gloria. Aleluya.


EVANGELIO, Jn 16, 20-23

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: En verdad les digo que llorarán y se lamentarán, mientras que el mundo se alegrará. Ustedes estarán apenados, pero su tristeza se convertirá en gozo.

La mujer se siente afligida cuando está para dar a luz, porque le llega la hora del dolor. Pero después que ha nacido la criatura, se olvida de las angustias por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre.

Así también ustedes ahora sienten tristeza, pero yo los volveré a ver y su corazón se llenará de alegría, y nadie les podrá arrebatar ese gozo. Cuando llegue ese día ya no tendrán que preguntarme nada.

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DECENARIO AL ESPÍRITU SANTO (2)

 

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ORACIÓN PREPARATORIA

Oh Dios que, por el misterio de Pentecostés, santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica.- Por Jesucristo nuestrao Señor.


DÍA SEGUNDO

La fuerza y el poder de Dios iluminan la faz de la tierra. El Espíritu Santo continúa asistiendo a la Iglesia de Cristo, para que sea, siempre y en todo, signo levantado ante las naciones, que anuncia a la humanidad la benevolencia y el amor de Dios.

Por grandes que sean nuestras limitaciones, los hombres podemos mirar con confianza a los cielos y sentirnos llenos de alegría: Dios nos ama y nos libra de nuestros pecados.

La presencia y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia son la prenda y la anticipación de la felicidad eterna, de esa alegría y de esa paz que Dios nos depara en el cielo, pero que ya aquí comenzamos a degustar como prenda segura de los bienes definitivos.

Oh Dios, ilumina a todos los hombres con la luz de tu Espíritu y disipa las tinieblas de nuestro mundo, para que el odio se convierta en amor, el sufrimiento en gozo y la guerra en paz.


ORACIÓN FINAL

Ven Espíritu Santo, llena nuestros corazones y enciéndelos con el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu y serán creados; y renovarás la faz de la tierra.

Quema, Señor, con el fuego del Espíritu Santo nuestras entrañas y nuestro corazón, para que te sirvamos con cuerpo limpio y con un corazón puro te agrademos.

Te pedimos, Señor, que inspires nuestras acciones, las prevengas y las acompañes con tu auxilio, para que todos nuestros deseos, pensamientos y trabajos comiencen siempre en ti, como en su fuente, y tiendan siempre a ti, como a su fin.

Por Jesucristo nuestro Señor.- Amén.


De los sermones de san León Magno, papa.- Los días que transcurrieron entre la resurrección del Señor y su ascensión

Aquellos días, queridos hermanos, que transcurrieron entre la resurrección del Señor y su ascensión no se perdieron ociosamente, sino que durante ellos se confirmaron grandes sacramentos, se revelaron grandes misterios.

En aquellos días se abolió el temor de la horrible muerte, y no sólo se declaró la inmortalidad del alma, sino también la de la carne. Durante estos días, gracias al soplo del Señor, se infundió en todos los apóstoles el Espíritu Santo, y se le confió a san Pedro, después de las llaves del reino, el cuidado del redil del Señor, con autoridad sobre los demás.

Durante estos días, el Señor se juntó, como uno más, a los dos discípulos que iban de camino y los reprendió por su resistencia a creer, a ellos, que estaban temerosos y turbados, para disipar en nosotros toda tiniebla de duda.

Sus corazones, por él iluminados, recibieron la llama de la fe y se convirtieron de tibios en ardientes, al abrirles el Señor el sentido de las Escrituras.

En la fracción del pan, cuando estaban sentados con él a la mesa, se abrieron también sus ojos, con lo cual tuvieron la dicha inmensa de poder contemplar su naturaleza glorificada.

Por tanto, amadísimos hermanos, durante todo este tiempo que media entre la resurrección del Señor y su ascensión, la providencia de Dios se ocupó en demostrar, insinuándose en los ojos y en el corazón de los suyos, que la resurrección del Señor Jesucristo era tan real como su nacimiento, pasión y muerte (el subrayado es mío).

Por esto, los apóstoles y todos los discípulos, que estaban turbados por su muerte en la cruz y dudaban de su resurrección, fueron fortalecidos de tal modo por la evidencia de la verdad que, cuando el Señor subió al cielo, no sólo no experimentaron tristeza alguna, sino que se llenaron de gran gozo.

Y es que en realidad fue motivo de una inmensa e inefable alegría el hecho de que la naturaleza humana, en presencia de una santa multitud, ascendiera por encima de la dignidad de todas las criaturas celestiales, para ser elevada más allá de todos los ángeles, por encima de los mismos arcángeles, sin que ningún grado de elevación pudiera dar la medida de su exaltación, hasta ser recibida junto al Padre, entronizada y asociada a la gloria de aquel con cuya naturaleza divina se había unido en la persona del Hijo (Sermón 1 sobre la Ascensión del Señor, 2-4: PL 54, 395-396).

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